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2001/09/07 Del Espacio Potencial al Espacio Potenciado

IX Congreso del CPPL: "Subjetividad e Intersubjetividad".  6 - 8 Setiembre 2001


El presente trabajo constituye una extensión reflexiva de un artículo que escribí en 1999, titulado “El Cuerpo Como Objeto Transicional”, presentado en un “Encuentro Winnicottiano”, en Octubre de ese año, en Buenos Aires.

Mucho se ha escrito y teorizado sobre los primeros momentos del funcionamiento psíquico y su gravitación, tanto en la patología derivada como en el afronte terapéutico de dicha patología.

Tomando para este trabajo las ideas de Winnicott, quisiéramos desarrollar algunas opiniones que provienen en buena medida de nuestra experiencia de trabajo, a la vez que permitirnos alguna aproximación a la fascinante y siempre oscura fenomenología de la identificación proyectiva Kleiniana, en especial a la de la madre.

Por último, consideramos en la reflexión algunas ideas de Christopher Bollas sobre el objeto transformacional.  Algunos otros autores están presentes sin que podamos hacerles un honor adecuado a sus aportes.

Consideramos que una de las condiciones del bebé al nacer es la de traer consigo un espacio potencial, contenido en sí mismo, en un lugar hipotético entre su incipiente mente y su cuerpo. Ese espacio potencial es el que irá paulatinamente adquiriendo la cualidad de “Yo” y posteriormente de “sí mismo”, de espacio virtual de experiencias, con una tendencia natural a ampliarse, enriqueciéndose con el desarrollo del “ser en la vida”.

Solemos entender que lo característico de la situación inicial es una madre sostenedora del desarrollo de su bebé, con una disposición particular para relacionarse con él. Ella tiene que ser una extensión Yoica de su vástago, desarrollando un profundo allegamiento con él. La cualidad potencial del bebé es “visitada” y echada a andar por la madre. Es importante que para ella su bebé represente un objeto transicional. El bebé se ve, así, ubicado en un lugar de especial significación para la madre.

El pasaje de una potencialidad ubicada al interior del sí mismo, en la pura subjetividad, hacia un espacio potencial con posibilidades transicionales, requiere de un desplazamiento con punto de partida en la experiencia de haber sido uno mismo, el bebé, un objeto transicional de la madre; de haber ocupado un lugar en el interior de la madre (revestido por las significaciones de ésta) luego de haberla habitado físicamente, tanto como de haberla transportado en el propio interior (el del bebé) en un tránsito fluido y pleno de significaciones en el contexto de la pura subjetividad primaria.

El primer desarrollo sería, entonces, el del espacio potencial que crece en conjunto con el yo mismo y va registrando la maravillosa experiencia del significar transicional: ser todo para el otro, pero a la vez ser uno mismo, ser adecuadamente interpretado o reconocido. La magia de crear la situación, experiencia fundante del desarrollo del ser, necesita de la apertura transicional, que es algo más que simplemente contar con el sostén del otro.

Queremos resaltar que en la experiencia se da algo más que un simple sostén.  La madre “insufla” en su bebé un cúmulo de significaciones, de adjudicaciones proyectivas cargadas de valor, de amor, de representación de sus contenidos más recónditos, de viejas vivencias de temprano origen. Se identifica con su bebé y, a la vez, lo identifica con su propia madre, con sus padres, con sus ideales, con aspectos de sí misma. Esa depositación otorga poder al bebé sobre la mamá, pero él no lo sabe. Tiene, eso sí, una sensación de omnipotencia, de plenitud de existir. Posteriormente, esta experiencia favorece la ilusión de influencia positiva, de transformación desde el encuentro con el otro.

El influjo de la madre supone el aliento elemental que impulsa la plenitud del ser e incentiva la alegría de vivir.  Es la madre quien, como con un objeto transicional, encuentra en la experiencia el bálsamo necesario para sobrellevar el sacrificio y el dolor de perderse momentáneamente a sí misma, de entregar partes de sí, de su tiempo, de su cuerpo. Nada es más importante que él y él lo percibe.

Puede entonces estar tranquilo mientras construye a su mamá. Al principio, podríamos decir que la madre depende más de su bebé que él de ella. Sólo posteriormente él pasará a depender, cuando la reconoce y ella “se ha liberado”, haciendo lugar a otros “objetos” importantes de su entorno, como, por ejemplo, su marido.

Entonces, vamos viendo que la relación empieza desde los espacios potenciales de ambos.  Ella irá tolerando cada vez más el reconocimiento de su bebé como diferente de las adjudicaciones iniciales que le hiciera, siendo posible el tránsito al nuevo vínculo sobre las bases de una mayor tolerancia a la angustia, propia de la permanente pérdida que ello implica (por lo cambiante), en favor creciente al encuentro en el espacio potencial.

La idea es que no es potencial ni transicional aquello que no es transitorio. Lo potencial se pierde y se recupera. Es potencial. Allí donde se instala la pretensión de inmutable, estamos en otra cosa que no corresponde a lo transicional. Es cuando se cierra el espacio potencial. Es cuando hemos pasado a una relación adictiva o fetichista en el proceso terapéutico.

El espacio potencial representa la esencia del “Yo” en apertura a la recreación. Implica un no aferramiento a las seguridades de la representación concreta del otro o de sí mismo.  Es la posibilidad de tolerar la angustia o el dolor en la confianza de una temporalidad reintegradora.

El espacio potencial puede prescindir del objeto para ser, porque se ha dado una integración básica, una introyección del mismo; pero, aún así, lo necesita para crecer, para realimentarse. En el encuentro de los cuerpos como en el de las almas, no hay sentimiento de sustracción sino de mutuo nutrimento.

La experiencia no atrapa, tan sólo predispone; y esta predisposición ensambla en lo transicional; puede así surgir la poesía, la naturaleza tener otro color, la semana ocho días....

El dulce enganche del amor no muere con la terminación del vínculo, vive y habita en nuestro espacio potencial. Está disponible para la felizmente larga y a la vez corta experiencia del vivir relacionándose. El espacio potencial luego retomará su nexo con la esencia misma de la naturaleza y el espíritu, integrando cada vez más el sentido de lo trascendente. Visto de este modo, la trascendencia no tiene nada que ver con la posteridad sostenida por la memoria; se sostiene a sí misma por el hecho de encontrar plenitud.

El espacio potencial no tiene otros límites que los de la experiencia misma del vivir lo que le está dado en origen y aquello de lo que se puede dar en la feliz concatenación con los espacios potenciales del entorno. El sentimiento de plenitud sustituye como objetivo al de la felicidad, que vendría a ser una suerte de grata resultante de la experiencia y que cada tanto nos alegra con su presencia. La plenitud, sin embargo, no cierra el espacio, más bien lo abre, porque la verdadera plenitud llama a compartir, a encontrarse en o con el otro.

La experiencia, producto de dicho encuentro, tiene la virtud de influir sobre el otro, de contagiar emociones y afectos que reverberan al interior, promoviendo movimientos de vuelta que realimentan el espacio potencial.

Christopher Bollas, autor cercano al pensamiento de Winnicott, tiene una obra titulada “La Sombra del Objeto. Psicoanálisis de lo sabido no pensado”. En ésta nos dice: “la madre es significante e identificable menos como un objeto que como un proceso que es identificado con transformaciones acumulativas interiores y exteriores”.
Llama “objeto transformacional” a “la experiencia subjetiva primera que el infante hace del objeto”....”la madre es experimentada como un proceso de transformación..”.

Este aspecto de la experiencia temprana pervive a lo largo de la vida en relación a la búsqueda de experiencias de transformación o de cambio. El paciente que nos solicita ayuda, espera desarrollar con nosotros una experiencia transformacional. Busca transformar su “self”.

El terapeuta, como la madre, es más que vehículo de dicha transformación. Al abrir su mundo interno para lograrlo, es el espacio para la ilusión del que nos habla Winnicott. No es la persona, es su capacidad para funcionar en ese nivel de encuentro lo que importa. El mismo (el terapeuta) tendrá posibilidades de funcionar flexible y creativamente.

Coincido con las reflexiones teóricas de Bollas en que se da algo más que la provisión ambiental. El registro de la experiencia es amplio, lo mismo que las posibilidades de mutua influencia transformadora que existen desde el comienzo mismo de la existencia. Creo, sin embargo, que cabría recalcar que dentro de la fisiología de la relación simbiótica temprana hay un lugar importante para los fenómenos transicionales, que moviliza la identificación proyectiva de la madre en su bebé. Dicha característica adquiere una expresión energética de animación y fuerza que nutre lo que primariamente proviene del bebé. Constituye así una resultante que establece o consolida el sentido de lo potencial, abriendo posibilidades para la relación intersubjetiva.

El bebé procesa estos contenidos que le deposita la madre y va integrándolos en su campo de experiencia hasta configurar el “objeto interno” que irá encontrando lugar, primero, en el cuerpo (como lo sugiero en mi artículo anterior) y, después, en algún lugar del mundo externo, en el espacio potencial que se le abre para una continuidad transicional.

En el trabajo terapéutico, muchas veces nos encontramos con algunos pacientes que requieren de este aliento más que otros. Cuadros de aparente depresión y otras formas clínicas, en donde observamos un sustrato de “desaliento” elemental. Entrampados en una organización de “falso self”, han perdido el sentido del “ser en el mundo”, es decir, han perdido la alegría de vivir, de recoger el influjo y, a la vez, de influir creativamente en sus objetos.

Una de las formas por él recomendadas en el tratamiento de estos pacientes, en especial en los últimos tiempos de Winnicott, es sostenerlos en su necesidad de desarrollar sobre el eje de sí mismos, favoreciendo la oportunidad de una regresión sostenida por el terapeuta. Creemos, sin embargo, que es posible ayudarlos, por lo menos en algunos casos, también desde otro sostén: el del aliento empático.

La idea es rescatar o reinstalar el espacio potencial perdido, revitalizándolo con nuestra presencia psicosomática. La posición del terapeuta, en estos casos, requiere ser especialmente elástica y cuidadosa. Sólo un profundo respeto por el paciente y una adecuada mirada sobre el campo salvaguardan de los riesgos de movilización negativa del paciente. Un equilibrio dinámico entre aliento y frustración supone mayores posibilidades de derivar la experiencia al terreno de la vida cotidiana.

El trabajo, en estas circunstancias, requiere de otro equilibrio: el de la cercanía – distancia en el manejo transferencial. El tejido elaborativo será permanentemente considerado en relación a las circunstancias actuales de la vida del paciente.

Una consideración básica para trabajar en esta línea es descubrir los recursos con que cuenta el paciente, aunque no sean más que su capacidad de sostener una sonrisa o el tener una motivación consistente para “salir del pozo”, expresión con la que suelen referirse a esta situación. El objetivo de trabajar así es el de potenciar el potencial. Desde el hecho en sí de encontrarse con alguien que devuelve la sensación de cálida aceptación, no ficticia, el camino de la confianza se va reinstalando. Confianza en el otro, confianza en el tiempo, confianza en sí mismo... el potencial está dado.

El espacio potencial se potencia y los fenómenos transicionales empiezan a aparecer. La creatividad va dando lugar al fortalecimiento de dicha confianza y, así, el espacio potencial se va abriendo a nuevas experiencias en donde la creatividad es recuperada cada vez más, enriquecida por la experiencia de lograr objetivos, de visualizarlos y encontrar que fue uno mismo quien los realizó. Suele ser que al final la gratitud encuentre expresión de despedida.

El terapeuta requiere también tener en cuenta la disposición transicional para con su paciente, es decir, la conciencia de la temporalidad de su relación. Sabemos que, muchas veces el paciente es visto como un “consolador”, en el sentido que no toleramos su despedida, tal como ocurre con algunas madres respecto a su bebé.

Es importante que el terapeuta esté en condiciones de sostener desde sí mismo su alegría de vivir creativamente la experiencia, de poder identificarse con su paciente tanto como de poder reconocerlo en su alteridad. Solemos referirnos a la necesidad de poder pensar las sesiones con nuestros pacientes, como garantía de sostener el proceso.

Creo, sin embargo, que es igualmente importante no perder nuestro potencial afectivo, sostenedor de la posibilidad de alentar, cuando es pertinente hacerlo. Entendemos que el alentar es algo más que un aporte de ideas, algo más, también, que una simple disposición afectiva.

Ciertamente, uno de los registros a tener en cuenta es la “animación” que el paciente nos induce, ese registro contratransferencial que nos permite “sentirlo” mas allá de su sintomatología, de forma tal que no quedemos entrampados en el solo registro “profesional”, secuela de un diagnóstico clínico; animándonos a animar, a encontrarnos empáticamente con él.

No podemos negar que hay pacientes que “nos hacen sentir” más animados que otros. Muchos de ellos no son para nada conscientes de su potencial, suelen ser personas acostumbradas a jugar a la enfermedad para sostener a la madre o sucedáneos de la misma. Sin embargo, su potencial está intacto. La “madre terapeuta” tendrá tan sólo que animarlo a utilizar esa fuerza para lograr la plenitud de su desarrollo personal.

La ventaja paradójica de este modelo es que el terapeuta no favorece la dependencia, aunque en muchos de los casos la persona tenga fuertes tendencias dependientes. El trabajo central es hacia el logro de una dependencia no regresiva. La opción de que la persona vuelva, después de terminado el proceso central de su tratamiento, es una opción siempre abierta.

No se trata de alimentar fantasías omnipotentes. Todos necesitamos de eventuales “repotenciaciones”, en especial cuando nos perdemos en la jungla de la vida.

Desde la perspectiva de mi actividad, en los últimos años me he reencontrado mucho con el trabajo grupal y con la psicoterapia. En el trabajo con grupos, observo con mucha frecuencia que el dar acceso básico a la motivación de los consultantes, activarla, darles argumentos y herramientas para que puedan destrabar sus existencias, da buenos resultados.

No es posible comparar esta actividad con el psicoanálisis o una psicoterapia de largo aliento. Es confiar en la posibilidad de apertura para la transicionalidad, para la puesta en juego del espacio potencial, de ese mundo interno puesto en juego en el espacio del existir. Es la oportunidad de vivenciar, que aleja el fantasma de sentirse “vivido”.

En mi trabajo terapéutico individual, cada vez voy cobrando mayor confianza en que esta postura es beneficiosa para el paciente. Bastante de lo que intento teorizar surge de mi experiencia con pacientes, como la que voy a relatar a continuación.

Bruno me consulta por primera vez hace unos 5 años. Clínicamente, muestra signos depresivos severos y un achatamiento de su perspectiva de vida, sin ánimos ni fuerzas para realizar las tareas que antes le resultaban sencillas. Envuelto en un problema judicial, ha dedicado lo mejor de sus recursos obsesivos para resolver una coyuntura que le permite, entre otras cosas, cumplir el objetivo de dejar limpia y clara la naturaleza de su calidad moral. Profesional brillante con una rica formación, ha devenido en una sombra humillante ante su propia mirada, lo que lo lleva a reprocharse, una y otra vez, a la manera de una patología melancólica.

Siendo el hijo emergente destacado, en una familia humilde y numerosa, se generaron grandes expectativas sobre él. Con gran esfuerzo, los padres, provincianos de la sierra, le pagaron estudios diferenciados y posteriormente estudios en el extranjero, lo cual fue facilitado por el logro de una beca por parte de Bruno. A contramano de este apoyo, los padres, tiempo después, favorecen el que un hermano lo parasite malamente, robándole clientes, ideas y hasta cosas materiales.

La primera vez lo atiendo por espacio de alrededor de un año. Le prescribo antidepresivos, tratando, a su vez, de ayudarlo a comprender la complejidad de su trama, cargada de conflictos derivados de la idealización de sí mismo, vinculada a oscuras mixturas identificatorias con sus imagos parentales, lo que lo colocaba en un nivel de sobreexigencia paralizante. Si bien mejoró su comprensión y en algo su resonancia afectiva, poco antes de completar el año tiene que retirarse por razones económicas. Sus problemas laborales no han logrado resolverse y vive en una economía de sobrevivencia, (como en realidad maneja todo en su vida).

De aquella época, lo que más recuerdo es que era un paciente aletargante, reiterativo, lento, con una gran pobreza de contenidos asociativos.

A su vuelta, algo mas de dos años después, está mas depresivo, llora con frecuencia en las sesiones, no ha mejorado su situación general y más bien, poco a poco, se ha ido retrayendo y autolimitando, se ha dejado robar por uno de sus hermanos que lo martiriza; le restringe los espacios de trabajo (que comparten, lo mismo que la vecindad del hogar); que le ha cortado los cables de electricidad en más de una oportunidad, porque no le gusta como suena su timbre; que lo agrede verbalmente, etc.

Nuevamente, en las sesiones noto que la tendencia es a aletargarme hasta que, en un determinado momento, me encuentro sacudiéndome de la modorra e invirtiendo la situación. Trato de romper la pobreza de contenidos con preguntas ampliatorias, sobre detalles de su realidad, en particular la laboral. Esto tiene la consecuencia de permitir, de a pocos, ir tomando conciencia de sus límites restringidos, recuperando espacios y talentos que parecían ya inexistentes o perdidos. Por otro lado, lo ayudamos a dosificar sus energías: de un entrampamiento en los líos con el hermano, con quien ahora tiene un juicio por robo (se animó a denunciarlo), hacia cubrir sus necesidades de recuperar su capacidad laboral, mermada tanto en lo productivo como en sus posibilidades de comercialización.

El viraje actitudinal de mi parte, más allá de los contenidos, tiene la virtud de animarlo. Por primera vez lo veo sonreir agradecido al final de las sesiones, como si le hubiera dado grandes soluciones. Como quiera que nos reunimos cada quince días, su sensación es de que en el ínterin de las sesiones “va bajando esa fuerza que me llevo de aquí..” como dice él.

Poco a poco, sin embargo, va logrando un mayor autosostenimiento. Después de muchísimo tiempo, empieza a recorrer huellas de pasados éxitos en su gestión laboral, junta un poco de dinero y viaja al exterior a indagar sobre antiguos contactos comerciales y, para su sorpresa, lo acogen con expresiones de reconocimiento y afecto. A su retorno, está lleno de entusiasmo, ha logrado abrir su espacio potencial y el encuentro con personas bien dispuestas lo llenan de iniciativa y creatividad. Organiza nuevas alianzas en un reconocimiento tácito de que no siempre se puede solo, como hasta ahora había pretendido. Seguimos aún el tratamiento y es muy probable que nos tome bastante tiempo el ayudarlo a afianzar su posición. Por lo menos, hay garantías de poder sostener su proceso...!.

Hace poco ha vuelto a viajar. Veremos que nos trae al retorno. Luce potenciado y cada vez más da la sensación de que va siendo capaz de sostener su potenciación y autonomía creativa, lo cual nos brinda una mayor oportunidad de elaborar comprensivamente su experiencia.

Ciertamente, desde aquella vez del viraje en la conducción, no he vuelto a aburrirme en sus sesiones.



Bibliografía


Abadi, Sonia... Transiciones. Buenos Aires, Editorial Lumen, 1996.

Bollas, Christopher... La sombra del objeto. Psicoanálisis de lo sabido no pensado. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1991.

Davis, Madeleine... Wallbridge, David... Límite y Espacio. Introducción a la obra de D.W. Winnicott. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1988.

McDougall, Joyce... Teatros del cuerpo. Madrid, Editorial Julián Yébenes, 1991.

Morales, Pedro... El cuerpo como objeto transicional. Trabajo presentado en el VIII Encuentro Winnicottiano. Buenos Aires, 1999.

Winnicott, Donald... Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1993.

Winnicott, Donald... Realidad y juego. Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.

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