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1991/06/22 Formación y dinámica grupal


Primer Encuentro Interdisciplinario. Psicoanálisis y educación.  Sociedad Peruana de Psicoanálisis, Lima, 1992.   Publicado en “Psicoanálisis y Educación”, Biblioteca Peruana de Psicoanálisis, 1992.  

 

Creo que ésta era una buena oportunidad para actualizar y reelaborar el tema que desde hace algunos años venimos trabajando sobre el proceso de formación en nuestra institución[1].  Por otro lado, si bien no es una experiencia precisamente novedosa, creo que es lo suficientemente valiosa como para compartirla con quienes intentan desarrollar modelos institucionales educativos.

Adicionalmente, debo decir que, como psicoanalistas y psicoterapeutas, nos preocupa cada vez más la labor de prevención de la enfermedad, particularmente en un país tan enfermo como el nuestro.  De todo esto resulta, felizmente, una gran movilización de nuestros recursos hacia la salud y creemos firmemente que la docencia y el trabajo en común son un buen vehículo para obtenerla.

En medio de todo este registro están las generaciones venideras, a las que tenemos la obligación de, cuando menos, señalar la ruta hacia un Perú mejor.

Pero dichas “generaciones venideras” ya están; y, nosotros casi nos estamos yendo, con nuestros viejos vicios y sin innovar.  Tratemos, pues, juntos, de encontrar en este espacio algunas respuestas y, más que respuestas, decisiones sobre acciones a tomar; que no queden nuestros esfuerzos en la pura exposición sensual.


Algunas precisiones necesarias

La escuela del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, a la cual me he referido al comienzo, viene desarrollando actividades académicas, para la formación de psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados, desde su fundación hace 8 años.  Cuatro promociones han egresado y otras cuatro se encuentran en los diferentes niveles de sus respectivos procesos formativos.

La enseñanza se imparte a lo largo de cuatro años, pero, para ingresar a la escuela, es menester pasar por un “curso introductorio”, período durante el cual los cursos son dictados por la totalidad de los profesores de la escuela, lo que permite que tanto alumnos como profesores tengan la oportunidad de conocerse y evaluarse.  En este lapso, los alumnos-postulantes tienen, adicionalmente, la oportunidad de confrontarse con sus motivaciones e intereses, a través de un proceso de dinámica grupal.

Producto de la constante evaluación de las actividades que realizamos es que prácticamente ninguna de las promociones con las que nos vinculamos haya recibido la misma propuesta curricular.  Incluso, la modalidad de la conducción de la dinámica grupal se ha ido modificando, al mismo tiempo que cobraba mayor importancia en nuestra consideración, como veremos después.

Respecto a estas modificaciones, podríamos agregar que, al comienzo de nuestras actividades, el mayor sostén de las mismas era la teoría psicoanalítica.  La intelectualización, como bandera de lucha, nos protegía de oscuras ansiedades, que sólo tiempo después pudimos comprender y manejar a cabalidad.  Ahora, 8 años después, podemos decir que, si bien dicha teoría tiene un lugar prevalente en nuestro plan de estudios, lo que sostiene la formación que brindamos es el espíritu psicoanalítico.

Para explicar mejor cómo llegamos a ello, es menester dar cuenta de algunos conceptos sobre los grupos y su dinámica.  Todo grupo humano, en términos corrientes de funcionamiento y conducción, puede corresponder a cualquiera de estas tres modalidades[2]

·         Grupo Autocrático: Es aquél en el que el líder tiene todo el poder y a los miembros del grupo no les queda más que acatar sus indicaciones.  El ejemplo típico es el de un grupo militar.

·         Grupo Democrático: El líder surge en base a la representatividad de los miembros del grupo y se debe a las decisiones de los componentes del mismo.

·         Grupo “Laissez Faire”: Es un grupo en el que cada cual hace lo que le parece, ante la carencia de un liderazgo integrador y/o demasiado pasivo.

Respecto a este mismo tema, W. R. Bion[3] encuentra que los grupos pueden, en sus orígenes  -y más allá de ellos-  funcionar de dos maneras distintas, que son:

·         El grupo de trabajo: En éste, dice Bion, la actividad va aparejada a una tarea, se halla ligada a la realidad;  sus métodos son racionales y, en consecuencia, son -por lo menos embrionariamente- científicos. A este aspecto de la actividad mental de un grupo es a lo que él llamó “grupo de trabajo”.

·         Los grupos de supuestos básicos:  En ellos, la actividad de grupo para conseguir sus objetivos se ve obstruida por actividades mentales que tienen en común el tenor de fuertes tendencias emocionales y fantasías, que Bion agrupó de la siguiente manera:
o   Supuesto básico de dependencia: el grupo coloca en el líder la total capacidad y atributos para satisfacer necesidades de dependencia, apoyo y protección.  Se resiste a toda actividad opuesta a esta premisa.
o   Supuesto básico de ataque-fuga: El sentir del grupo es que se reúne para enfrentar algo o huir de algo.  El liderazgo es buscado en alguien que satisfaga estas necesidades.  Otras propuestas ajenas a estos objetivos son rechazadas.
o   Supuesto básico de emparejamiento: El grupo coloca las expectativas en que, en base a tal o cual acontecimiento, en principio en que se unan dos miembros de sexo opuesto del grupo, “las cosas cambiarán”, ya que de ellos saldrá el mesías, el salvador. Todo está puesto en un futuro esperanzador; por lo tanto, el presente es soslayado.

Hechas estas precisiones conceptuales, volvamos al punto en que nos detuvimos, aquél acerca del “espíritu psicoanalítico”.  Éste es el producto de una evolución en la que, en los inicios, nuestro grupo conductor se manejaba sobre supuestos básicos de ataque-fuga, frente a lo que reactivamente actuábamos más bien con una conducción del tipo laissez faire.

Ahora, 8 años más tarde, podemos decir que constituimos un sólido grupo de trabajo o tareas, no exento de momentos regresivos, los que podemos felizmente superar. 

No ha sido sencillo el tránsito.  En el primer momento, el trabajar y estudiar absorbían nuestros mayores esfuerzos.  Era una época de gran riesgo para la subsistencia como grupo y, por lo tanto, parecía no importar demasiado si manteníamos o no una claridad de objetivos en relación a formar psicoterapeutas.  Más bien, les dábamos elementos propios de una formación como psicoanalistas.  Todo esto se daba dentro de un marco de cierta laxitud en el cumplimiento de las exigencias formativas.

Tal vez valga la pena mencionar que eran momentos en que el movimiento psicoanalítico mismo enfrentaba su reto histórico de estructuración y no podíamos sustraernos del todo a las influencias de la propia dinámica que de allí emanaba.

En algún momento, sin embargo, empezamos a tener un “insight” de nuestra necesidad de integrarnos mejor en base al sostén común de objetivos más decantados, como la necesidad de conformar mejor una ley en la que nuestros  alumnos encuentren una mayor posibilidad de sentirse identificados consistentemente como psicoterapeutas.


¿Qué sostuvo esta evolución?

Creemos que ha sido básicamente la explicación exhaustiva de la lectura analítica a nuestros propios procesos de desarrollo como grupo.  La experiencia, previamente adquirida en dinámica grupal, por algunos de nosotros, permitía encontrar respuestas, al principio tan solo atenuantes de la incertidumbre, para luego llegar a ser francamente resolutivas.  Se fue  desarrollando entre nosotros un espacio analítico de encuentro, muy grato y acogedor.

Primero, solo éramos los directivos.  Luego, el grupo se fue enriqueciendo con la incorporación de nuevos miembros.  El año pasado tuvimos la feliz idea de compartirlo, además, con los alumnos, en unas jornadas que, a nuestro entender, marcaron la consolidación de nuestra estructura como grupo de trabajo y como escuela, en su sentido cabal.

Nuestras reuniones, al comienzo, eran semanales, en casa de cualquiera de nosotros.  Con el tiempo, al crecer el grupo, estas reuniones se realizan mensualmente, participan todos los miembros directivos y profesores, así como el personal administrativo, en el local de la escuela.  A esto se añaden por lo menos dos jornadas largas de evaluación de la tarea, al final de cada cuatrimestre.

Con el transcurrir del tiempo, pudimos observar que era posible tolerar las interpretaciones y confrontaciones que de la dinámica grupal se hacían.  Nuestros miembros, cada vez más, se podían ubicar sobre la base de sus reales capacidades y limitaciones.  Se podían superar algunas incongruencias de nuestras propuestas, pulir defectos de la conducción de los cursos, consolidar los compromisos con la tarea, apoyar al que tenía una carencia tanto como al que mostraba su inspiración creativa.  Había y hay una sensación de “buena compañía de vuelo”, pero siempre con posibilidades para “aterrizajes forzosos”, propios de saludables ajustes a la realidad: total, siempre habrá posibilidades para un nuevo despegue creativo.

El ir logrando este clima tiene como resultante una mayor concurrencia a las reuniones mensuales, a las que solamente en forma excepcional falta algún miembro.

Resulta muy singular observar que, paralelamente a todos estos fenómenos en el grupo conductor, se va desarrollando una mayor consistencia y convicción respecto a las exigencias de la tarea formativa.  Hay un firme sentimiento de ley que todos estamos dispuestos a acatar desde una dimensión predominantemente yoica (no superyoica).

Es difícil resumir o poner en palabras todo el esfuerzo que se puso en lograrlo, que se sigue poniendo. Lograr mantener un nivel de solidaridad y crítica alturada entre nuestros miembros ha tenido que ver también con la necesidad de tomar distancia de los viejos modelos nacionales (¿?), tan arraigados en nuestro entorno, como son el chisme o los comentarios tendenciosos, propios del ataque-fuga.  Creo que a estas alturas de nuestra evolución, “lapidamos” menos y comprendemos más.

Hasta aquí me he centrado básicamente en el grupo conductor.  Respecto a los alumnos, se vio igualmente la necesidad de trabajar sus dificultades para constituirse como grupo de tareas-aprendizaje. 

Cada vez más, hemos tenido en cuenta lo que ya muchos han señalado (por ejemplo, Alberto Péndola)[4].  Es decir, que la formación analítica moviliza mucho a los educandos (candidatos).  Si a esto se agrega una precaria estructura de sostén grupal, los resultados pueden ser nefastos.

Por este motivo, a partir de la quinta promoción, se hizo lugar para una hora semanal de dinámica grupal a lo largo del curso introductorio.  De esta manera, además de integrarse como grupo y comprender más acerca de la realidad de la formación, podrían procesar interferencias surgidas en la relación con los profesores o cursos, situaciones que bien podrían tener que ver con fenómenos transferenciales o contratransferenciales (en ambos sentidos).

Hemos podido comprobar que, de no tenerse en cuenta estos aspectos, el riesgo de perturbación en el proceso de formación es grande.  Con cierto dolor, recordamos que una de nuestras promociones prácticamente desapareció como tal al no poder resolver sus dificultades grupales. No pudimos ayudarlos con una respuesta efectiva: ¡aún no estábamos suficientemente integrados como grupo conductor!

Otra promoción tuvo, también, grandes problemas para remontar un entrampamiento transferencial-contratransferencial con su tutor, lo que nos movió a una mayor conciencia de la necesidad de trabajar la dinámica de los grupos constituidos en promociones.

Por ello, al presente, dichas reuniones se realizan periódicamente, por lo menos una vez al mes.  En situaciones críticas, se aumenta la frecuencia, tanto como la duración y/o se hacen cambios en la modalidad del trabajo grupal.  El objetivo se plantea claramente: “hasta resolver el problema”.

Estas reuniones de dinámica grupal se han integrado a las que previamente se realizaban como reuniones de tutoría.  Actualmente, la actividad de tutoría, que contempla los aspectos evolutivos de la realidad del proceso de formación, llámense problemas de coordinación horaria, dificultades con algún curso, actividad, etc., hace lugar a las consideraciones respecto a “otras causas”  -no conscientes, provenientes del “inconsciente grupal”- que pudieran estar perturbando la marcha y/o consecución de dichos objetivos.

A veces, el problema real o de factor inconsciente no proviene del alumno.  Ciertamente, puede ser que el profesor o la institución misma estén promoviendo o complementando el funcionamiento de supuesto básico.  Surge, entonces, la necesidad adicional de trabajar el tema en las reuniones de profesores-directivos.

Los alumnos, en un primer momento, no creían en la autenticidad de esta posición. Hubo reclamos acerca de que no considerábamos la realidad, amparándonos en nuestras interpretaciones.  Ésta es una actitud propia de un supuesto básico.  Creo que sólo han podido integrar la variable al ir comprobando que, efectivamente, estábamos permanentemente observando en nosotros mismos aquello que les pedíamos a ellos que observen: el trasfondo inconsciente grupal de nuestras comunes actividades. 

Esto ayudó, adicionalmente, a diluir las distancias y a que la resultante fuera una mayor participación organizativa y mejores posibilidades de identificación con las tareas propuestas, ya que ahora muchas de éstas surgen de ellos mismos, sea por verbalización directa o como producto de nuestras interpretaciones.

Justamente, el hecho de darnos cuenta de la necesidad de decantar su identidad como psicoterapeutas, desligándose de la idealización de la identidad del psicoanalista, nos llevó a realizar las jornadas que antes mencionara.  Éstas se llevaron a cabo en el mes de julio pasado y la estructura de trabajo fue fundamentalmente sobre la base de la dinámica grupal, en la cual participamos todos con una total horizontalidad.  Creo que una de las consecuencias de aquellas jornadas fue que actualmente exista la Asociación de Psicoterapeutas Psicoanalíticamente Orientados.

Alentados por estos resultados, decidimos modificar la modalidad de trabajo de la dinámica grupal en los cursos introductorios, realizando así, desde la última promoción, talleres de trabajo vivencial intensivo, incluyendo técnicas de psicodrama, de pequeño y gran grupo.  El resultado de esta variación lo pudimos observar de inmediato en diferentes niveles: mayor integración al interior del grupo, mayor motivación para la tarea, mayor identificación con la propuesta de la terapia personal, notoria disminución en los índices de ausentismo y consolidación de las motivaciones respecto a la formación como psicoterapeutas.

El grupo, al inicio de la formación regular, está mucho más cerca de considerarse  un grupo de tarea, con las entendibles ventajas que esto supone para su formación.

Quisiera, ahora, mostrar en una pequeña viñeta, cómo lo que no pudimos hacer con aquella promoción hace algunos años ahora sí encuentra en nosotros una capacidad de respuesta resolutiva.

Se trataba, nuevamente, de la posibilidad de desintegración de una promoción, al mismo tiempo que se producía una suerte de “autoinmolación”, entendido como un “abandono de la formación”, de un miembro sensible y representativo de dicho grupo, atrapado en una suerte de liderazgo que absorbía la hostil frustración de sus compañeros.

Habíamos detectado, hacía ya un tiempo, estas dificultades para integrarse entre los miembros de la promoción que llamaremos “x”.  Un alto nivel de deserción, desde el proceso introductorio, hacía ver que estaba siendo difícil remontar el supuesto básico de dependencia, con el que se habían iniciado.  A esto, se sumaban los elementos de la realidad: cierto descuido de nuestra parte en el dictado de los cursos correspondientes, dificultades del tutor para conducir el trabajo grupal (también por factores de realidad), etc.

Un primer intento de superar el escollo, en una reunión grupal, permitió tomar mayor conciencia del problema; pero, las propuestas ahí planteadas no pudieron ser sostenidas por el grupo en un sentido de resolución. 

Un nuevo tutor intentó desarrollar el trabajo intensivo que habíamos propuesto en la reunión del grupo conductor durante la evaluación de fin de año.  Pero esto fue interferido, tanto por las resistencias del grupo mismo como por la realidad de las vacaciones largas del verano.

En otra reunión del grupo conductor, previa al reinicio de las clases, se volvió a considerar el problema.  Tomamos el acuerdo de que, en lugar de hacer clases inaugurales, todo el staff se reuniría con la promoción, toda una mañana, para trabajar el problema.  Así, de alguna manera, estaríamos a la altura de su fantasía de origen, la cual fue expresada en la primera reunión del curso introductorio: que estuviéramos todos los profesores y directivos para recibirlos, cosa que no se dio durante el curso introductorio y que los llevó a sentirse muy frustrados.  La finalidad, claro está, era prestarles un apoyo masivo y prioritario en su dificultad y lograr, nosotros mismos, encontrar alguna respuesta resolutiva.

Simultáneamente a esta decisión, el emergente grupal, al que nos referimos anteriormente, nos comunica su decisión de retirarse.  Ya habíamos observado que el grupo veía en él al torcido representante de la actividad opuesta a las premisas básicas de dependencia.

El emergente vivía con culpa su actitud de búsqueda de atender a sus necesidades de aprendizaje, ya que el grupo respondía reiteradamente con un sordo y hostil silencio a sus iniciativas.  Sentía, además, que lo abandonábamos a su suerte y, en medio de la frustración, rabia e impotencia que la situación le movía, decidió retirarse de la promoción.

Esto, en nuestra lectura, correspondía a una inmolación, aquello que hacen ahora los estudiantes cercanos para llamar la atención de las autoridades que desatienden sus demandas. En este caso, a la vez, se satisfacían las fantasías de eliminación de sus compañeros, en la búsqueda de mantener el supuesto básico de dependencia.

En aquella reunión, logramos todos comprender mejor los dinamismos, tanto como mostrar que un grupo que está verdaderamente unido encuentra en cualquiera de sus miembros la posibilidad de apoyatura comprensiva.  Uno de nosotros, particularmente inspirado en dicha ocasión, dio con las formas necesarias para que se produjera un insight grupal.

Los miembros de la promoción estuvieron entonces a tiempo de reparar  en su compañero aquello que estaban requiriendo reparar en sí mismos.  Él mismo, al asistir a la reunión, prestó lugar para rescatarse y ser rescatado en sus necesidades de reconocimiento y apoyo.  Pudieron ver que el grupo mismo y la realización de sus objetivos de formación podían satisfacerlos.

Paralelamente al trabajo grupal, se hicieron las correcciones pertinentes a la realidad de la conducción académica.  Hasta ese momento, los alumnos se venían mostrando apáticos, no cumplían con sus tareas, atrapados como estaban por sus resentimientos ante la frustración y sentimiento de abandono.  Al presente, se ha revertido de manera significativamente esta situación. 

Creo que es interesante señalar, además, que de las propuestas de modificaciones, que se les estaban exponiendo esa mañana, rechazaban justamente la que iba a ser dirigida por un profesor, exalumno de la escuela, para desarrollar un “curso-reto” de psicodrama, en torno a la conformación de su supuesto básico de dependencia.  Nuestro apoyo al profesor dejaba en claro que contemplaba en principio las necesidades del grupo de alumnos.  El curso mismo tenía esa orientación.  Creo que, en esa oportunidad, pudimos contener la rabia del grupo, a la vez que satisfacer su hambre y atenuar los sentimientos de persecución que se estaban dando. 

Nosotros no buscábamos “chivos expiatorios”, buscábamos resolver problemas.  Tratábamos, también, de lograr una mejor identificación con lo esencial de la formación como psicoterapeutas: buscar soluciones.

Es posible que no haya mencionado todo lo que contribuyó a  que las cosas se dieran de la manera cómo se dieron, pero tengo razones para confiar en que el futuro de este grupo de estudios va a ser positivamente diferente a lo que hubiera sido sin el trabajo grupal.





NOTAS

[1] Estenssoro, Rosa María… Velaochaga, Julia… Psicoterapia ¿informalidad del psicoanálisis?  Revista del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, Año II, N°2, 1988.
Morales, Pedro… La docencia de la psicoterapia como proceso dinámico.  Revista del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, Año II, N°2, 1988.
Morales, Pedro… La formación en psicoterapia.  Trabajo presentado en las primeras jornadas del  Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima. Lima, 1990.
Morales, Pedro… Paz Soldán, Juan… Vicisitudes en la consolidación de una identidad psicoterapéutica. Trabajo presentado en el II Congreso Peruano de Psicoanálisis.  Lima, Sociedad Peruana de Psicoanálisis, 1990.
[2] Beal, G. … y otros… Conducción y acción dinámica del grupo.  Buenos Aires, Kapeluz, 1952.
[3] Bion, W.R. ... Experiencias en grupos.  Buenos Aires, Paidós, 1963.
[4] Péndola, Alberto… La formación psicoanalítica.  Trabajo presentado en el Primer Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis.  Lima, 1990.

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