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2010/09/20 27 años después: reflexiones sobre los contextos cambiantes y sus consecuencias en la cultura


XIV Congreso Internacional del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica
Lima, setiembre de 2010

Hace apenas un poco más de 27 años retornaba de Buenos Aires, recién graduado como Psicoanalista. Ése es el tiempo exacto de mi relación con el Centro.

En el contexto de entonces, la sociedad psicoanalítica peruana, también, se iniciaba. Éramos apenas siete miembros y teníamos que prodigarnos en las tareas de dar la talla para obtener la aprobación, como institución, para pasar a formar parte de la Sociedad Internacional de Psicoanálisis; es decir, obtener la oficialidad.

Gobernaba Belaúnde con sus modos quijotescos, mientras la horda senderista iba cobrando fuerza y ferocidad. En sintonía con nuestro gobernante, tampoco nosotros aterrizábamos de nuestra nube psicoanalítica hacia el encuentro con la realidad social y cotidiana. Éramos todos “señores a la antigua”, de buenos modales y principios sólidos, con capacidad de mística y vocación de servicio.

Eran tiempos distintos. El futuro era mirado con optimismo y seguridad, con esa sensación de que los cambios “se tomaban su tiempo” y uno contaba con eso, sea en el abordaje analítico con los pacientes, como en los planes en general.

Los años de antes ya no son como los de ahora. Los años ahora los sentimos ora efímeros, ora violentos, vertiginosos, cambiantes. A veces, paradójicamente, la impresión es que el tiempo no pasa. Se pierde con facilidad la sensación de continuidad, de proceso. Nada es duradero. La incertidumbre prevalece y hace brumoso el futuro. Pareciera, incluso, que no hay futuro, que todo seguirá igual o se pondrá peor.

La velocidad de las cosas que ocurren, el vértigo de la información, apenas dejan espacio para sedimentar la experiencia. Los afectos, si tienen lugar, se encuentran en una suerte de coctelera en permanente agitación. La resultante es que, cada vez más, nos vemos en la necesidad de proteger nuestras emociones y sentimientos. Los lazos apenas tienen tiempo para gestarse y terminan siendo una suerte de carga pesada de la que más vale sacudirse.

La cantidad de información que nos invade, más allá de nuestro deseo, vulnera sensiblemente nuestro equipo protector contra el estrés.

El sostenimiento social se ha desvirtuado a favor de una globalización despersonalizante e inhumana, entregándonos, ya sin resistencia, a la voracidad de un sistema omnívoro e insaciable.

La necesidad de apelar a mecanismos primitivos se hace cada vez más apremiante. La idealización nos lleva a la falacia de la realización desde la tenencia material; la negación nos lleva a apostar “a perdedor” en la búsqueda del placer inmediato.

Por cierto, la búsqueda del placer inmediato se instala en función de maquillar un estado cada vez mayor de carencia de sentido, de desarraigo del sí mismo y de ocultar la humana necesidad de relaciones de afecto, de reconocimiento, desde lo esencial de ser, sin tener que hacer… o tener.

La escisión habita en lo social de manera flagrante. Nadie reconoce a nadie y los aparentes vínculos son absolutamente deleznables, son una cáscara que no soporta pruebas de consistencia. Todo el mundo proyecta lo peor de sí en los demás y nadie se reconoce en el eje de la responsabilidad de sus actos.

Se está perdiendo, de a pocos, la capacidad para entablar lazos afectivos duraderos, el vínculo pareciera herido de muerte y la intimidad es una experiencia cada vez más extraña. La intensidad parece suplir, de largo, a la profundidad en los lazos entre las parejas, entre las familias y en la sociedad en general.

La sociedad de consumo y la globalización han generado valores entrampados en lo material. El logro de poder o de riqueza ha generado la falacia de que con eso basta para sentirse realizados.

Desde un punto de vista evolutivo, nos fuimos acostumbrando a medir las cosas desde la corteza cerebral, en desmedro de nuestra posibilidad de sentir o relacionarnos integrando nuestras emociones. Esto derivó notoriamente en un injusto privilegio de la medición de la inteligencia en términos del rendimiento intelectual, situación que recién empieza a revertir a partir de la última década del siglo pasado.

La exagerada valoración de lo material, en la sociedad de consumo, ha dado paso a una lamentable quiebra en la estructura de valores, motivo por el cual la corrupción de las personas encargadas de la salvaguarda de los intereses de la mayoría es escandalosamente frecuente.

Peor aún, este mismo modelo ha llevado a la quiebra del principio de autoridad, derivada del modelo democrático, y del respeto por el semejante. Los valores de integración social se han ido desintegrando al punto de poderse diagnosticar a nuestra sociedad actual como predominantemente psicopática.

Todo ello tiene que ver con el predominio de una determinación hedonista de nuestros intereses y con la virtual incapacidad de anteponer empáticamente las consideraciones del posible daño que pueda originarse en los demás como consecuencia de las propias ambiciones, que cada vez aparecen más y más desmesuradas.

Los considerandos de honor y vergüenza, ante la sanción social, prácticamente no interesan. En la política, abundan los personajes que no muestran el menor rubor al mentir y, como si fuera poco, inventan y tergiversan la verdad invocando un apoyo que muchas veces se ampara en la complicidad social, por lo que increíblemente los seguimos viendo en vidriera. Algunas de las expresiones que acompañan a estos personajes son: “Bueno, robó, pero hizo obra”, “Hicimos un faenón, hermano”, “Esto necesita una aceitada”, “Bueno, optaremos por el mal menor” o “Borrón y cuenta nueva”.

La política se ha convertido en una organización cada vez más parecida a la de una mafia y, por tanto, la “omertá”, el silencio cómplice, parece ser la ley vigente.

Por cierto, nuestros representantes invitan a identificarse con ellos en su cinismo y sus actos transgresores. Solemos encontrarnos personas que expresan lo siguiente: “Si ellos lo hacen… ¿por qué yo no?” Claro, algunos “sólo” se pasarán la luz roja o pagarán una coima para “tapar” una falta, o para lograr un objetivo, mientras que otros transitarán por las ligas mayores de la corrupción, de la estafa, del narcotráfico o del crimen.

Ahora bien, ocurre que, desde el punto de vista biológico, entre un 10 a 20 por ciento de las criaturas de la naturaleza nacen con un diferencial genético privilegiado, con un gran potencial para el desarrollo de recursos con los que favorecer evolutivamente a su especie. Pues bien, en los humanos, de mucho tiempo a esta parte, las personas que cuentan con este privilegio sienten que no tienen deuda alguna con su especie. Peor aún, sienten como derecho personal el utilizar sus talentos para explotar a los demás en beneficio propio.

A pesar de que el mandato natural supone que estos talentos están destinados a generar lazos de afecto e integración grupal, el resultado usual es que los afortunados terminan ocupando un lugar de privilegio en la cúspide material, sin resonancia emocional con su entorno social. Casi siempre habitados por un vacío existencial, por una sensación de falta de sentido que difícilmente se pueden explicar.

Recientemente, al parecer motivados por la realidad del deterioro de la tierra y el creciente y flagrante detrimento de la calidad de vida de las grandes mayorías, algunos personajes , han comenzado a donar sus dineros, gesto que por cierto no basta… No sólo se trata de garantizar la sobrevivencia; se trata, también, de consolidar la coexistencia equilibrada y respetuosa de semejantes y diferentes.

Por otro lado, los últimos avances en las neurociencias y los estudios alrededor del apego, nos muestran la otra faceta de este deterioro, causa y consecuencia de la descomposición social. Hemos abandonado los patrones de crianza, programados por la naturaleza, que garantizan el desarrollo de los sistemas de relación afectiva. La mujer tiene cada vez menos disposición para la reproducción y la maternidad se ve socavada por la necesidad de producir dinero. La crianza actual está programada más en función de la tecnología que por los determinantes biológicos.

La realidad –con un récord de cesáreas y visitas a la incubadora- diseña un desencuentro, entre la madre y el infante, que asegura un estrés que haría palidecer a los teóricos del trauma del nacimiento. Desde el comienzo, el bebé está forzado, así, a lidiar con necesidades adaptativas que desdibujan el equilibrio natural de su regulación emocional.

Por estos motivos, dado que tampoco se trata de un abandono total, el bebé deriva a las llamadas “formas de apego inseguro”, una de las cuales considero que es la más frecuente: el apego evitativo. El bebé, el niño, se protege de los riesgos del compromiso afectivo del apego primario y crece apoyándose en recursos defensivos, es decir, usa sus potenciales en función de mantener a distancia la posibilidad de exponerse emocionalmente.

Otra forma de apego, que no se veía tan frecuentemente hace 27 años, es la del apego confusional, emparentada con esa organización psicopatológica que denominamos “ fronteriza”. Se van armando, así, cadenas transgeneracionales que perpetúan la falla, repotenciando lo que la sociedad aporta como falta de sostén integrador, complementario al plan maestro de la naturaleza, inscrito en nuestra programación genética.

Al interior del psicoanálisis, en estos 27 años, ha sido notoria una evolución. Las sofisticadas teorías, muchas veces teñidas de una inteligente sustentación, han ido encontrando posibilidades de aterrizaje a la luz de los aportes de las neurociencias. Es posible verificar, por la vía de las neuroimágenes, los niveles de activación que produce la terapia.

Las teorías de la angustia encuentran mayores posibilidades de comprensión a partir de la observación de la dinámica del apego temprano (y, también, tardío). La compleja dinámica de la integración de las emociones y las consecuencias del estrés temprano nos permiten ampliar nuestra comprensión de los fenómenos inconscientes y de las memorias, en particular en el terreno de la memoria implícita.

En este lapso, resultados de múltiples investigaciones encuentran que los resultados positivos de una psicoterapia dependen, más que de la técnica utilizada, de la calidad del vínculo entre paciente y terapeuta.

Desde las neurociencias, la mejor comprensión del sentido de la neuroplasticidad da posibilidades de una mejor comprensión de los llamados cambios estructurales, en el sentido del logro de una estabilización de circuitos moduladores, que encuentran consolidación en una saludable mentalización y posibilidades de manejo consciente.

El objetivo terapéutico se orienta, así, con mayor sentido, hacia el logro de una mejor regulación emocional a partir del aporte vincular interpersonal. El terapeuta busca las claves para una convergencia sintónica y sincrónica con el objetivo de reparar las fallas en la regulación afectiva original.

Esto, ineludiblemente, requiere una modificación sustancial de nuestros baluartes de neutralidad y abstinencia; una mayor observación y manejo de los fenómenos de campo, que se nutren de lo transferencial y contratransferencial tanto como de la relación misma y de la alianza terapéutica que sostiene el proceso de cambio.

La atención flotante y su recíproca asociación libre quizás tengan que ser crecientemente consideradas al interior de una horizontalidad interactuante.

Ello, claro está, no niega la indispensable asimetría propia del juego de roles que el terapeuta necesita mantener, como parte del ajuste de sintonías, muy a la manera de una madre suficientemente buena (que no pierde su lugar como madre, pese a “fundirse” con su bebé).

En suma, de lo dicho, 27 años después observamos lo siguiente:

- Existe una grave perturbación en los modelos de apego humano.

- El potencial genético del bebé no encuentra el complemento sintónico indispensable para el desarrollo pleno del cerebro límbico, lo cual conlleva futuras fallas empáticas.

- Se establece un círculo vicioso entre la falla temprana y los problemas de adaptación al entorno, plagados ambos de fallas empáticas.

- Estamos viviendo en una sociedad psicopatizada, en una suerte de “sálvese quien pueda”. No estamos generando acercamientos o sinergias suficientes para salir de tal condición.

- Es posible que la angustia proveniente de la amenaza de destrucción total del planeta y de la vida lleve a alguna reacción hacia la búsqueda de los recursos empáticos entrampados o dormidos.

- La psicoterapia debe ser, cada vez más, un proceso de encuentro humano, algo distinto a la pura aplicación de técnicas estereotipadas.

- El amparo emocional, el sostenimiento, el aliento oportuno y la disposición para el encuentro afectivo tienen que prevalecer por encima de las explicaciones inteligentes o racionalizadoras.

- Por último, necesitamos participar más en campañas de difusión de estas observaciones sobre nuestra realidad como especie, sobre nuestra deshumanización.

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