lunes

2007/06/26 El vínculo como vía regia

XII Congreso CPPL "Vías Regias al inconsciente" 
Lima, junio 2007


Digamos  que,  como   tantos  otros,   nuestro    buen    maestro   Sigmund   Freud,   en  su acercamiento a los misterios del inconsciente, hizo camino al andar; de tal manera  que,  al principio, fascinado por sus observaciones de los sueños, les dio el título de “la vía regia” al inconsciente,  porque  en  ellos  iba descubriendo  los  contenidos  que  la  represión  había condenado al exilio.

Eran las épocas de los grandes descubrimientos respecto al lugar de la represión y la premisa de la cura era hacer consciente lo inconsciente... El analista aportaba el contexto para que este fenómeno se pudiera reproducir. La neutralidad y la abstinencia parecían garantizar la pureza de la tarea, al influjo de la asociación libre y la atención flotante.

Andando el tiempo, descubrió otros accesos y, también, fue develando los misterios de la organización de los síntomas, pero… el sueño siguió siendo la vía regia, un equivalente a nuestro mapeo cerebral, pero del alma humana… La interpretación era la respuesta más pertinente, mientras que la construcción y la elaboración aportaban lo suyo. También, la neutralidad y la abstinencia mantenían su presencia rectora en el proceso de la cura.

La observación de los fenómenos de transferencia como un acontecer ineludible y, más aún, los avatares de la contratransferencia fueron, poco a poco, haciendo un espacio para la comprensión del lugar complejo de la relación analista – paciente en la consecución de los llamados cambios estructurales.

En el otoño de su vida, Freud hizo un viraje conceptual al formular su teoría estructural; ya no se trataba sólo del objetivo de hacer consciente lo inconsciente; se trataba ahora de prevalecer desde el Yo, allí donde el ello planteaba el reto de una suerte de domesticación por parte del Yo (“donde era ello ha de ser yo”, decía Freud ). Algo de un fenómeno de transformación flotaba en la propuesta.

En el ínterin de esta evolución, una serie de inquietudes lo llevaron a intentar entender mejor las vicisitudes de las relaciones objetales y del narcisismo. Aún así, la relación terapéutica siguió enmarcada en los parámetros del origen; el analista debía evitar influir en el proceso y, más aún, caer en el riesgo de la sugestión. La interpretación siguió siendo el paradigma de la técnica psicoanalítica.

Si bien Freud, desde el comienzo, destacó la necesidad de una consistente alianza de trabajo con el paciente, creemos que algunas de las premisas de la teoría y de la técnica fueron tomadas de manera muy rigurosa y han dificultado la comprensión de la importancia que tiene el vínculo, en particular ese vínculo que aproxima los inconscientes del analista y su paciente a lo largo de los procesos de regresión. Estos procesos de regresión, a la vez que compartidos, resultan indispensables para la generación de transformaciones en el nivel de las memorias implícitas (no ligadas a representaciones, operacionales).

Este detalle, el de la importancia del vínculo, empieza a cobrar relevancia a partir de las teorías de la relación objetal, en paralelo a la mayor comprensión de la patología de carencia, a los avatares del desarrollo del apego y a la evolución de la comprensión de la configuración de las memorias. Hoy por hoy, la calidad de la relación que logren terapeuta y paciente es un registro común en el recuento del éxito terapéutico, más allá de la técnica que se emplee.

Por tal motivo, creemos que la vía regia de nuestros tiempos es el vínculo, una situación en la que el analista no retacea su disposición afectiva en el proceso que comparte con su paciente, lo que le permite reconocerlo en un nivel esencial, resonante y fundamental; más allá del recuerdo, en el lugar de la experiencia de algo que siempre tuvo presencia sin representación; en las emociones y sensaciones que fundamentalmente requieren que el otro esté allí, comprendiendo su sentido desde las propias vivencias.

En un trabajo anterior , abordé una nueva dimensión de la lectura de la díada transferencia – contratransferencia, remitiéndola a la comprensión de lo que se denomina la “memoria implícita”. Esta “memoria implícita” transita por los canales de la comunicación límbica que es, justamente, la que se produce cuando se aproximan los inconscientes de paciente y analista en la experiencia terapéutica. Aquella vez enfaticé el carácter fisiológico de la relación madre- bebé, determinante en la puesta en función de los potenciales neurológicos del bebé en sus relaciones futuras.

En el análisis, este canal no siempre es facilitado por la palabra o el significante subyacente; aparece como emociones o imágenes, recuerdos o vivencias del analista, que algo tienen que ver con el registro mnémico oculto del paciente, el cual, al ser compartido, constituye acaso la primera oportunidad de una vivencia de reconocimiento, experiencia que no se dio en el momento oportuno de la situación infantil. Sólo en un acercamiento de esta naturaleza es posible aproximarse a los potenciales transformacionales de la memoria implícita, a la posibilidad para el vínculo y la experiencia transicional.

Nos encontramos con un registro del otro, en un reconocimiento simultáneo de sí mismo en el otro, experiencia subjetiva objetivante, transicionalidad incipiente sobre la base de una apertura con esperanza: el otro estuvo allí esta vez.

Contención, “holding”, “handling”, la magia de la presentación del objeto en el momento oportuno… todo ello es instalado en la posibilidad de permitir la intimidad compartida de las emociones y las vivencias más primitivas. Son momentos en que, transitoriamente, se pierde la diferenciación sujeto – objeto, difícil situación que las madres conocen y manejan con naturalidad instintiva, pero que en los terapeutas psicoanalíticos requiere de un profundo proceso de análisis personal con derivaciones esenciales en su apertura empática.

Diferentes autores han ido coincidiendo en sus trabajos terapéuticos con esta experiencia; desde diferentes vertientes se han ido integrando conceptos como el apego, la transicionalidad, los fenómenos de campo en el análisis, la noción de déficit o carencia, la experiencia transformacional (lo que paulatinamente ha incluido como indispensable la propia regresión del analista en el trabajo analítico que conduce).

Situación en la que, más que interpretar, se trata de compartir, abrirse a las asociaciones y los afectos que fluyen, sostenidos por una creciente apertura a la experiencia de asociar libre, confianza que enriquece una alianza basada en la posibilidad de lograr cambios y una comprensión distinta que la puramente racional.

Hace años que vengo incluyendo en mis sesiones de análisis y de psicoterapia, variables de intervención que tienen como común denominador el gesto espontáneo, la posibilidad de compartir con mis pacientes alguna ocurrencia, sentimiento o fantasía que pudiera ser oportuna en el momento; a veces llego a incluir recuerdos personales que surgieron en el momento mismo de la sesión o alguna forma de contacto distinta a lo usual, como tomar la mano del paciente o darle un abrazo al final de la sesión.

Hace poco, en una sesión de análisis con una paciente en regresión, se había generado una distancia en el vínculo. Silencios y expresiones verbales sin cercanía comunicativa poblaban la sesión. En algún momento sentí mucho frío, lo que al instante expresó la paciente. Le pedí, entonces, que me diera su mano y me dijo “qué fría está tu mano”. Como quiera que mis manos estaban más bien tibias, al momento se dio cuenta que eran sus propias manos las que estaban frías y que estaba tomando una distancia que no podía controlar ni explicar sin que yo “resonara” por ella. De mi lado estaban unas manos tibias, pero la única realidad psíquica posible en su registro personal era la de unas manos frías, distantes o ausentes.

Tomar sus manos, a más de brindar calor, proponía la verificación de una presencia inasible de otra manera. Un abandono sufrido en un momento muy temprano de su vida había dejado huellas muy profundas que entroncaban ausencia, impotencia y sensación de muerte. Recorrer juntos ese trayecto de su existencia, con posibilidades reparativas, suponía el poder acoger proyecciones que por momentos se le hacían imposibles sin aterrarse por el riesgo de hacer daño al analista – mamá. Esto solía interferir su relación conmigo, entrando en períodos de silencio o de una comunicación “desconectada”, de la que ambos fuimos aprendiendo a darnos cuenta; una comunicación disociada, acompañada por la exacerbación de síntomas corporales o sensaciones como la descrita (de frío). Esto se daba junto a temores difusos, tanto de quedarse “pegada” a la persona del analista como a enfrentar la experiencia de separación.

A lo largo de meses, luego de un episodio muy persecutorio, que casi hizo colapsar el proceso, me fui encontrando en condiciones de expresar de diferentes maneras una disposición afectuosa, tierna - diría - que recorría huellas diferentes de mi experiencia como padre de una hija, tanto como de momentos significativos de mi propia infancia en la que, en algún momento, entre mis 5 y 6 años, mientras estaba en transición, había sido importante que alguien (una maestra), se diera cuenta que no la estaba pasando bien. Tenía una sensación física difusa, nauseosa, y yo no sabía o no podía expresarlo. El que la profesora descubriera que la estaba pasando mal me llenó de una emoción intensa que derivó en llanto y alivio.

Esto me permitió saber que ella necesitaba que descubriera lo que estaba sintiendo y, pareciera ser que la única manera accesible era a partir de que yo mismo lo sintiera por ella (con ella). Esto destapó una serie de recuerdos de la infancia, pudiendo rescatar huellas perdidas de su relación con sus objetos tempranos. Derivamos por momentos a asociaciones compartidas de fantasías relacionadas a los cuentos, en donde podíamos percatarnos de la dualidad del encantamiento. Por ejemplo, estaban “el príncipe encantado” o “la princesa encantada” (hechizada, claro), rescatados por la expresión afectuosa de algún salvador idealizado (pero siempre hechicero siniestro en potencia), rol que en la sesión podía corresponderle tanto a ella como a mí.

Al principio de nuestro trabajo terapéutico, con frecuencia las interpretaciones eran tomadas como censuras o mandatos a los que ella solía reaccionar oponiéndose o discrepando, recurso para el que tenía especial habilidad.

Luego de lograda una regresión compartida, de llegar a momentos de indiferenciación en la sesión, poco a poco pudimos compartir un fluir asociativo que no requería aclaración ni movía tanto a reacción. Diría que lo que ahora se mueve se podría llamar “resonancia”. Si, hasta se puede agregar “magnética”, porque se parece en algo a aquella que muestra tan claramente las imágenes del interior.

El espacio intrapersonal mutuamente visitado fue dando lugar a un intermedio transicional que sostenía la posibilidad de asociar en complemento, haciendo sitio para una paulatina diferenciación y un mejor manejo simbólico. La interpretación fue encontrando lugar, pero como una mutua creación, como un sentido natural que brotaba de las circunstancias.

Nada fácil. El fantasma de lo siniestro nos acompañaba como una sombra presta a encender los fuegos de la defensa y hubo necesidad de reinstalar, una y otra vez, el sostenimiento, el “Holding” y, en nuestro caso, también el “Handling”, cuando resultaba pertinente. Esto ocurría cuando reaparecían, por momentos, contenidos cargados de dolor o de inmenso temor, que resquebrajaban la confianza lograda y generaban sentimientos de confusión.

Felizmente, al haber ido haciendo huella en la experiencia compartida, cada vez fue más fácil rescatarnos hacia la tarea de recrear el vínculo por asociación, en ese espacio que, de a pocos, iba adquiriendo características transicionales. Surgía un lugar de encuentro, de ilusión compartida, con posibilidades crecientes de incluir la aceptación del duelo, sin el derrumbe catastrófico de su experiencia temprana. Nada especial, sólo que pudimos hacer un vínculo “para siempre”, de aquellos que derivan de manera natural en la capacidad para estar a solas. Los horizontes se ampliaban en la medida en que era posible “ser” a partir de “ir siendo”… permitiendo y permitiéndose ser.

Lo que trato de enfatizar, más allá del uso de la técnica psicoanalítica en el camino a la regresión, es la importancia del vínculo, del profundo compromiso requerido para reinscribir huellas primitivas no accesibles de otra manera que desde la resonancia afectiva; lo que, en el decir de Bollas , abre a las posibilidades de una experiencia transformacional. Y que, en el lenguaje moderno de las neurociencias, adquiere un sentido fisiológico en tanto se produce una estimulación asociativa de la neuroplasticidad que, ahora sabemos, acompaña los procesos de cambio.

Debo advertir a los terapeutas jóvenes que explorar estos linderos de la cercanía contratransferencial y la regresión profunda, requiere de mucha experiencia y consistencia en el manejo de la situación, pudiendo ser muy iatrogénico para el paciente cometer errores en estas circunstancias.

Por lo demás, el reto es el mismo que alguna vez nos llevó a zambullirnos con todo en nuestro análisis personal, el trabajo con nuestros pacientes, ya ha sido dicho por muchos autores, es nada más que una continuación de nuestro propio proceso.


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