jueves

2019/09/18 Semblanza psicopatológica de los trastornos del deseo

Semblanza psicopatológica de los trastornos del deseo 

Ubicarnos en el entendimiento del deseo y su devenir, normal o patológico, nos tiene que colocar en un principio en el entendimiento de su significación.

Revisando la etimología[1] del término, encontramos que proviene del latín “desiderare”, compuesto por el prefijo “de” y la palabra “sidus, sideris” (estrella, constelación). En tanto así, provendría de “de sidere”, de las estrellas. Podríamos entender que, en el origen, suponía que la gracia de los dioses sostenía el destino de nuestros deseos y realizaciones. Tenía un sentido más cercano a lo mágico y cósmico, trascendiendo las particularidades del sujeto.

Más allá de la etimología, la Real Academia Española[2], nos aporta otros posibles entendimientos del “deseo”. Rescato el siguiente: Movimiento afectivo hacia algo que se apetece.   

Desear, pues, sería anhelar, sentir apetencia, aspirar a algo. El deseo, por tanto, es el anhelo de cumplir una voluntad o de saciar un gusto. En ocasiones, el deseo surge del recuerdo de vivencias pasadas que resultaron placenteras. Cuando el anhelo por una situación del pasado se torna muy intenso y genera tristeza, se habla de nostalgia…  En otros casos, el deseo es motivado por la potencialidad que se le confiere a aquello que se desea.    El deseo forma parte de la naturaleza humana y es uno de los motores de su conducta.

Sin ánimo de entrar en las múltiples lecturas teóricas que se pueden hacer del deseo, centraré mis puntos de vista en la observación evolutiva del deseo, a partir de la genética y la neurociencia. 

Tengamos en cuenta que el bebé humano debuta en la vida provisto de un potencial indispensable para la sobrevivencia. Éste se expresará mediante impulsores de búsqueda de un complemento, con una programación preestablecida. A partir del encuentro (o desencuentro) del bebé con el complemento, que moviliza su búsqueda, se da comienzo al desarrollo de un registro sensorial y vivencial, el cual se inscribe en lo que llamamos “la memoria implícita” o “huella mnémica”, de naturaleza totalmente inconsciente.   

Dada la condición de absoluta incapacidad del bebé de valerse por sí mismo, el sentido de la búsqueda inicial está indefectiblemente ligado a la necesidad de sobrevivencia, por lo que tiene marcadores muy sensibles respecto a la consecución o falla de esta búsqueda. En estos momentos, importa el encuentro del otro, allí donde es necesario que esté, tal como se espera que ocurra; de ello depende la vida misma.

En el proceso de búsqueda del objeto original participan inicialmente los sentidos, en particular el olfato. A ello se suman complementos para lograr el objetivo de contactar con el entorno protector requerido. Estos complementos son expresiones emocionales y de movimiento, como el llanto o la agitación motriz, que aumentan la presión de la demanda de contacto y atención. No se olviden de aquel dicho popular “quien no llora, no mama”.

Para tener una idea de estos potenciales genéticos de búsqueda, tomemos como ejemplo la realidad observada de que el bebé recién nacido, puesto en el vientre materno, calmado por el calor y contacto con la piel de la madre, por propia gestión, logra encontrar el pezón materno en el lapso aproximado de una hora. Observaciones al respecto han sido realizadas por Nils Bergman en Sudáfrica durante muchos años[3].

Estos momentos iniciales de búsqueda y encuentro del objeto están movilizados por la necesidad de sobrevivencia. Los logros en la relación con el objeto de la necesidad lo protegen del sentimiento de riesgo de muerte y de la angustia de desamparo, medidos en las observaciones de Bergman[4], como un significativo incremento del cortisol sanguíneo ante la separación o ausencia del cuidador.

El registro de la experiencia de encuentro con el objeto de la búsqueda, que puede partir del contacto de piel o el hallazgo y succión del pezón, quedan registrados como una impronta en la memoria implícita.

Quiero relevar el hecho de que desde el comienzo hay un monto energético de búsqueda, componente que habitará posteriormente en el desarrollo de la experiencia y la construcción del deseo; pero, en este momento inicial, tiene una particular importancia el registro del encuentro del objeto de la búsqueda, es decir, del sujeto de quien vamos a ser objeto de atención, con quien se establecerá luego una interacción en la que se intercambiarán roles de sujeto y objeto y se establecerá una mutua estimulación sintónica.

Todo lo anterior constituye el fundamento de la relación basada en la necesidad y el establecimiento de las memorias requeridas para la organización emocional y la integración del ser. Estamos hablando del “cableado” constitutivo de la organización del cerebro límbico del bebé, del hemisferio derecho que es el que muestra mayor predominio de desarrollo durante los tres primeros años.

Un punto central será la experiencia de encuentro, a partir de la cual, el sujeto, sostenido por el entorno, puede fluir desde sus potenciales. Es desde allí que encuentra plenitud el desarrollo de las bases de lo que conocemos como inteligencia emocional y confianza básica. Digamos que, en esencia, se trata de la capacidad para relacionarse empáticamente con el otro y explorar el entorno; de configurar sus deseos y expectativas respecto a sí mismo y a ese contexto en el que le ha tocado vivir, que eventualmente se extenderá en las dimensiones de lo que le gustaría (desearía) explorar (salir, viajar, hacer su vida fuera de los linderos familiares, etc.).

La necesidad de encuentro, a partir del esfuerzo de búsqueda, irá derivando a formas espontáneas de conexión e interacciones lúdicas, desde donde paulatinamente se desplazarán las inquietudes de búsqueda hacia objetos sustitutos de la madre y a una mayor independencia de ella. Una descripción oportuna y teorización pertinente, sintónica con lo expuesto, la encuentro en la visión de Winnicott sobre lo que llama objetos y fenómenos transicionales.

Las fallas en la etapa de necesidad también dejan huellas en la memoria implícita, en una forma que conocemos como registros de carencia o de déficit, lo que supone experiencias negativas en el encuentro con el objeto de la búsqueda o en las experiencias requeridas de interacción con el cuidador. Estas fallas pueden ser de grados variables, pero dejan un común denominador de vacío, de ausencia de una experiencia que debió ocurrir, que no se activó, generando, en cambio, emociones negativas, de desesperanza o rabia. De ello derivan distorsiones o dificultades en la posterior constitución del deseo.  Se trata no solo de la expresión de las dificultades afectivas sino, también, de una integración defectuosa del sí mismo, de sus deseos y de su sentido en la vida.

La adecuada complementación en la relación con el cuidador deriva paulatinamente en posibilidades de individuación y separación de los objetos originales, encontrándose en esta nueva etapa nuevas posibilidades de expresión de la búsqueda, expresada en una natural disposición para la exploración del entorno y una ampliación de la experiencia personal.

En esta etapa es cuando ya va tomando forma la noción de deseo, en una orientación diferente de la original necesidad de preservar la vida. Junto con ello aparecen expresiones relacionadas con el no deseo, el rechazo de lo que pudiera haberse estado aceptando previamente de manera pasiva, vinculado al deseo del otro. Se trata de un delicado tema que requiere ser tomado en cuenta, como una expresión más de la necesidad de reconocimiento del bebé como sujeto singular.

En estas expresiones, la satisfacción corre de cuenta del deseo de hacerlo por sí mismos -ya no asistidos por el cuidador- con una gratificación diferente que parte de la autoafirmación y del sentimiento de poder sostener la realización desde sí, desde la libre expresión de su potencial de hacerlo o lograrlo. Son experiencias que fortalecen al yo, generando huellas que contribuyen a su futuro compromiso en la búsqueda de satisfacer sus deseos.


En el curso de la vida, en el a posteriori de estas instancias tempranas, tendremos como resultado expresiones del deseo que muestran el sello de origen a través del tenor emocional que las acompaña. La gran diferencia se establece allí donde encontramos, de fondo, una problemática entrampada en la dimensión de la carencia; allí donde se complica el sostenimiento del equilibrio del deseo, poniéndose a prueba las fortalezas del yo y sus posibilidades para balancear sus debilidades o déficits.

Voy a hacer, a continuación, un desarrollo descriptivo de algunas características sintomáticas que se nos presentan en la clínica y que tipifican el trastorno en la configuración del deseo.

Al momento de estar ordenando las ideas para esta presentación, me vino a la mente un ejemplo, que considero oportuno en relación a esta temática. Surge en realidad de mi experiencia de vida cotidiana, en el marco del ejercicio de las buenas costumbres, en el edificio donde tengo mi consultorio. Una mañana, hace poco más de un año, yo bajaba en el ascensor. De pronto, éste se detuvo unos pisos más abajo (yo estoy en el piso 15) y subió un hombre a quien no había visto con anterioridad, de unos treinta y tantos años, con la barba sin afeitar, a quien saludé con un movimiento de cabeza. Para mi sorpresa, me replicó, alterado, que yo siempre saludaba de esa manera, que “¿por qué no saludaba como la gente?”. Me quedé callado por un instante, sin saber qué decir, para luego escucharme diciendo “¿Parece que le molesta que lo salude así?” Me respondió: “Claro, pues, ¿cómo no me va a molestar…? Eso no es un saludo, mejor no haga nada”. Fin del viaje. El ascensor llegó a la planta baja y, ya saliendo, mientras se alejaba apurado, le dije “Buen día”, sin encontrar respuesta de su parte. Quizás lo sintió como una ironía o burla. La verdad, ahora que lo escribo, no sé si trataba de ser conciliador o burlón. ¡Tratándose de mí, tengo que tener cuidado! Pero, por lo menos en mi intención consciente, primaba lo conciliador; correspondía ayudarlo a calmarse; no me había molestado con él; es más, no tenía registro de él como vecino (lo cual podría ser también una causa de su enojo).

En primer lugar, perfilemos la presencia de una persona que sube al ascensor con deseos de saludar o de ser saludado, de mostrarse y ser reconocido como buen vecino, tratando de ser o mostrarse amable. Notemos que muestra una falla en la lectura simbólica del saludo. Mi saludo gestual no fue registrado por él como tal. La frustración de su aparente expectativa, movilizó en él una inmediata reacción de enojo, expresión de una inmensa sensibilidad y vulnerabilidad. Parecía sentir mi saludo como una ofensa.  Se dio un viraje súbito hacia una emoción opuesta al supuesto original. Expresó, así, un movimiento afectivo de naturaleza binaria: blanco o negro, lo saludo como él desea o se enoja. De la misma manera, la cualidad del objeto parecía entrampada en esa otra dualidad: amigo o enemigo.  Actuó su enojo impulsivamente, enrostrando al causante de su frustración por la desmesurada afrenta, convencido, además, de la razón de su enojo, con lo cual mostraba fallas en el juicio de realidad, con prevalencia de la fantasía omnipotente y persecutoria.

Es posible, también, pensar que se sintió “ninguneado” por mí, que tal vez nos habíamos cruzado en otras oportunidades sin que percibiera de mi parte una direccionalidad amable hacia su persona. Dada la alta vulnerabilidad en el sustento de su autoestima, tendríamos, como resultante, que movilizó sus expresiones desde una compensación omnipotente que buscaba restituir una herida narcisista. De cualquier manera, en los mecanismos empleados para dar cuenta de su búsqueda de relación, predominaban formas primitivas, con mecanismos de proyección masiva, dejando notar un trasfondo carencial que no permitía sostener la cualidad de un deseo o garantizar su realización. En todo caso, para un lector calificado, queda el registro de una demanda inmensa de atención que no puede ser tramitada. 

El efecto que pudiera originar en su objeto oscilaba entre la confusión, el miedo, la respuesta hostil, el alejamiento y hasta, eventualmente, el entrampamiento en una discusión estéril. Mi respuesta, que intentaba llamar su atención a que lo había saludado a mi manera, tan solo tuvo el efecto de acentuar su desborde, por lo que ya no cabía el diálogo. Lo que necesitaba ahora, era alguien con quien discutir o pelear, estaba atrapado en su emoción hostil. No me volví a cruzar con él. Nunca sabrá que ahora me habitan sentimientos de gratitud hacia él por haberme ayudado con el material para este trabajo

El fracaso en la tramitación del deseo de acercamiento suele condenar a la soledad, con una profundización del sentimiento de vacío que hace inviable la satisfacción de los deseos afectivos de cercanía o reconocimiento. No pueden trascender la trampa narcisista en la que suelen encontrar algún grado de estabilidad emocional. Acaso la compañía de una mascota ayude en esas circunstancias. Son ideales para alguien que requiere de la incondicionalidad de su objeto.

Aunque, bueno, pasa de todo en esta vida. A propósito de mascotas, me acuerdo de otra anécdota de la vida cotidiana. En el inicio de mi jornada laboral, caminaba por una calle, a la vuelta de mi casa, y me encontré, llegando a la esquina, con una escena en la que un perrito de mediana estatura, más bien pequeño, ladraba frenético a otro más pequeño que cruzaba por la acera de enfrente. Ambos llevaban traílla y eran sujetados a duras penas por las empleadas que los habían sacado a pasear.  Prudentemente, al momento de pasar junto al ladrador histérico, tomé la mayor distancia que la calle permitía, con tan mala suerte que fue justo en el momento que mi movimiento llamó su atención y la señora que lo sujetaba tuvo un instante de mayor flaqueza y el perrito saltó sobre mí, alcanzando a morderme el pantalón y rasgarlo de manera increíble. De pronto, quedé con la totalidad de mi muslo derecho expuesto, sin lugar a soluciones pudorosas.

De alguna manera, me sentí responsable de lo que pasó. Yo me había fijado en que el perrito estaba fuera de sí, así es que, echando un bufido, me di media vuelta y regresé a casa a cambiarme de pantalón. En el camino de vuelta pensé en que ese perrito era un peligro y que tampoco se trataba de que los dueños no asumieran su responsabilidad, que quizás la mía era por lo menos reportar el caso al serenazgo; total, podría haber mordido a un niño…  Estaba en esas cavilaciones, cuando, al llegar al lugar del incidente, vi a través de unos barrotes a la empleada, la del perrito, en la puerta del edificio donde aparentemente vivían. Entonces, tomé la decisión de hablar con el dueño; felizmente, tenía un poco de tiempo. La empleada se mostró temerosa y renuente a llamarlo.  Entonces, tuve que presionarla con que avisaría al serenazgo y que se iba a armar un problema mayor para el dueño del perrito.

A los 10 minutos, bajó un hombre de unos cuarenta, hablando por su celular, sin dirigir la mirada a quien se suponía lo estaba esperando. No interrumpió su llamada hasta que terminó con lo que tenía por hablar. Guardó el teléfono mientras se dirigió a mí, diciendo “¿Usted quería hablar conmigo?”. Le expliqué lo que había ocurrido y me contestó: “¿Le ha hecho daño?”  Le dije que me había roto un pantalón de reciente adquisición. Y, bueno, “¿Cuánto cuesta eso?” me preguntó con un tono despectivo. Yo no había pensado en un reclamo de costos por lo que, dudando, le mencioné una cifra aproximada a lo que me había costado, a lo cual respondió: “¿Qué...? ¡nada que ver…!, ¿por un pantalón…?” “Oiga”, repliqué, “su perro me ha causado un perjuicio y le corresponde a usted asumirlo… Él me contestó, “Mire señor, yo no le dije a mi perro que lo muerda”.  Me quedé frío. En ese momento nuestro personaje metió la mano al bolsillo, sacando su teléfono y contestando otra llamada mientras me daba la espalda… Opté por retirarme, reconociendo que era inviable un diálogo negociador en esas circunstancias; estaba perdiendo mi tiempo y quizás terminara perdiendo, además del humor, una hora de trabajo. Eso sí, llegando al consultorio reporté el incidente al serenazgo y me olvidé del asunto. Bueno, es un decir, digamos que traté de rescatarme del mal rato y me puse a pensar, ya desde fuera, en lo insólito de la situación, leyendo los detalles de lo ocurrido en esta psicopatología de la vida cotidiana.  Mis deseos de contribuir con el orden y la justicia quedaron totalmente desairados. Incluso, dudo mucho que el serenazgo haya podido hacer entrar en razón a quien se comportó totalmente a la altura de su cachorro. ¡Fui mordido dos veces esa mañana! Nunca, como aquella vez, pude constatar que los animalitos reflejan el temperamento de sus dueños… ¿o es al revés…? En todo caso, el flujo de las proyecciones agresivas estaba allí, a la vista. 

De este personaje recogemos la observación de una persona inaccesible, de actitud despectiva, negadora, desdeñosa, omnipotente, totalmente agresiva y, ciertamente, sin la menor empatía respecto al daño infligido al otro. Vemos un modelo de funcionamiento en el que se comporta en permanente estado de lucha y el otro es un adversario al que hay que aplastar. El modelo es dominante, impositivo, prepotente.  Uno puede imaginar que el mayor sentido de la realización de sus deseos está por el lado de lograrlo por la razón o la fuerza, en donde la razón, por cierto, es su argumento, el cual puede llegar a desfases groseros del sentido común, a los que los demás deben someterse. Es decir, mantiene un sentido personal de la realidad que induce a pensar en posibles compromisos, también, en su juicio de realidad.

En ambos ejemplos podemos ver rasgos de personalidad sugerentes de narcisismo: uno, pasivo agresivo, demandante; el otro, agresivo sometedor, despectivo. En ambos casos inferimos trastornos en la configuración de sus deseos en la relación con los demás. Es posible, sin embargo, que, en áreas de desempeño autónomo, logren realizar otro tipo de deseos: en el trabajo, empresa, creatividad, etc. Esto casi siempre lo logran en función de apuntalar con ello sus necesidades de compensación por carencias afectivas.   

La evolución del deseo en la etapa simbiótica en situaciones de carencia lleva al sujeto a aferrarse más al ego, al narcisismo, al falso self.  Tiene un motor que funciona permanentemente ligado al terror, a la amenaza, más que al encuentro con el otro. En el universo de la organización narcisista es dónde más vamos a encontrar perturbaciones del deseo. Voy a citar una serie de manifestaciones que nos hablan de un trasfondo carencial de origen.

La huella mnémica activada, moviliza la sensación de amenaza de desastre total.  El futuro se lee como desamparo total y riesgo de muerte.  Se va formando un trauma acumulativo en torno al deseo de la persona afectada por una carencia temprana, que sigue, con desesperación, tratando de fusionarse con el objeto. Se genera la intolerancia a la frustración y una pobre capacidad para la postergación o la renuncia. Algunos tienden al modelo de la satisfacción inmediata del placer, con su correlato de descarte también inmediato. Sus vínculos no conllevan un compromiso afectivo.

La expresión del deseo tiene un carácter de perentoriedad de satisfacción, movilizando reacciones de irritabilidad, agresión o rechazo si no se les presta atención o se les aplaca el pedido, el que muy pronto adquiere las proporciones de una demanda dramática. No tienen mayor intermediación entre el deseo y la actuación. Son impulsivos. Pierden la perspectiva de las consecuencias o de la viabilidad o pertinencia del deseo. Por la variabilidad del deseo, por la inconsistencia del mismo, quieren practicar algo que en poco tiempo abandonan o en lo que no ponen mayor entusiasmo. Sin embargo, en un inicio pareciera que realmente lo desean e insisten en que los apoyen o satisfagan.

Suelen no disfrutar con la obtención de lo deseado, siempre le encuentran un “pero” y desdibujan la sensación de haberlo realizado o recibido. Suele acompañarlos una suerte de perfeccionismo inclemente que se especializa en ellos en encontrar o forzar la sensación de falta o falla. Pueden llegar a destruir su creación o el objeto de deseo obtenido. La búsqueda de lo deseado suele condensarse con lo idealizado, por lo cual es posible que sientan una euforia exaltada transitoria, extremadamente vulnerable a los embates de la realidad. El choque con la realidad moviliza, entonces, una terrible situación de frustración y tristeza incontenible, de desamparo, de autorreproche, una sensación de denigración o engaño, que pronto o en simultáneo se combina con rabia, resentimiento y hetero o autoagresión.

Suelen utilizar la manipulación del objeto, en particular explotando sus culpas o debilidades. En ocasiones, logran inocular en su objeto de deseo la culpa por no corresponder a la fantasía ideal, o sea, a la fusión con él. Suelen concurrir entonces mecanismos de identificación proyectiva y contraidentificaciones. Esto se expresa en una acomodación simbiótica, siempre precaria, con el objeto, una relación especular tan frágil como el cristal que les devuelve la pretendida imagen de sí mismos.

Son muy sensibles a la realización de los deseos del otro, lo cual los vulnera más que anima en la persistencia de la búsqueda de lo deseado. Lo viven como una demostración de que los demás pueden y ellos no, que tienen algo que a ellos les falta. Es posible encontrar en estas personas sentimientos de envidia y fantasías o deseos de que les vaya mal a los demás. De hecho, pueden llegar a sufrir con la felicidad ajena.

Pueden declinar lo deseado en tanto sienten que es algo que no van a lograr o conseguir; desarrollan una suerte de pesimismo que debilita su motivación y esfuerzos por conseguirlo. Una opción a esta condición es apelar a un optimismo utópico que va de la mano de una disposición pasivo – receptiva ingenua y tan mágica e ilusoria como ajena a la realidad.

Existen casos en los que eligen alguna capacidad o talento como instrumento para alejar el fantasma de la carencia; encuentran un incentivo de crecimiento en el que ponen esfuerzo e ingenio suficientes para llegar a constituir un mito de autosuficiencia y grandiosidad omnipotente.  Es, entonces, cuando les basta desear cualquier cosa y la obtendrán, hasta mostrarse exaltadamente generosos con los que representan su condición de origen. En otros casos, esta última actitud puede ser más bien de repudio o maltrato despectivo. 

La agresividad defensiva puede ahuyentar la amenaza del deseo, propio y ajeno, en tanto que moviliza profundos temores de fragilidad, abandono y pérdida, con el consiguiente dolor desestructurante que amenaza con resurgir. Pueden llegar al pánico o a reacciones fóbicas, si no les funciona esa defensa, y huir o ahuyentar a un pretendiente amoroso.

Frente a su objeto de deseo pueden funcionar como dominantes posesivos y controladores, lo que suelen combinar con requerimientos de sometimiento y rebajamiento del mismo. Muy fácilmente pueden hacer alianzas de relación agresiva, de forma tal que mutuamente alejan el fantasma del temido sentimiento de necesidad por el otro y el riesgo de su pérdida, cosa que, por supuesto, no desaparece, pero el lazo continúa. Suelen entramparse en sentimientos de resentimiento o rencor con su objeto de deseo. En estas circunstancias, fantasías de venganza, reproches y maldiciones pueblan su imaginación, manteniendo así, de manera asegurada, un vínculo que no terminan de perder, que se mantiene “vivo” en su mundo de fantasía.  Por cierto, es posible que, trascendiendo este receptáculo del vínculo, opten por oscuras formas de venganza que pueden llevarlos hasta el crimen con la fantasía de obtener así la definitiva posesión de su objeto. 

Podríamos extendernos en el enunciado de rasgos que distorsionan o perturban el deseo en personalidades marcadas por la carencia. De hecho, nos queda también abordar esta problemática en las patologías de conflicto. Pero, no quiero dejar pasar la oportunidad de enfocar y colocar en un primer plano un factor que nos toca a todos en la sociedad en que vivimos.  Me refiero a la configuración de falsos deseos, falsas necesidades, falsas soluciones, al falso reconocimiento o interés que tienen quienes manejan la publicidad en esta sociedad de consumo. Es un sistema perverso, de manipulación de nuestras debilidades, las que son estudiadas al punto que existe un capítulo especializado, el llamado neuromarketing, con la finalidad de movilizar fantasías de realización falaz, favoreciendo el desvío de suministros para una verdadera autoestima. Por ello, quizás tengamos que partir de estar atentos a reconocer el no deseo, o la no necesidad. Reforzar nuestros instrumentos de formación de criterio, con una educación que potencie los recursos del yo para definir sólidamente el diseño de sus deseos, acordes y viables en su colectivo social.

Ahora, bien, desde nuestro lugar como terapeutas, todo lo que podamos detectar como muestra de una falla, de un déficit en la organización emocional de nuestros pacientes (o vecinos) nos lleva a tener en cuenta la importancia de nuestra respuesta emocional o actitudinal. Allan Schore[5], un estudioso del neuropsicoanálisis, enfatiza la necesidad de funcionar terapéuticamente como reguladores emocionales. Esta sería una forma de restituir las condiciones de la falla original. Requiere de mucha cercanía afectiva y de la observación prioritaria de nuestra resonancia emocional, en simultáneo con la posibilidad de sentir al paciente;  incluso, como una forma de sentir por él, a fin de favorecer el desbloqueo de sus afectos y fluir emocionalmente, resonando con él y ayudándolo a resonar con nosotros, en una sintonía que eventualmente logrará matices sincrónicos pertinentes, producto de la mutua apertura y acercamiento inconsciente de los respectivos cerebros derechos, en lo que podríamos llamar una “resonancia simpática”, redondeando la tarea con un enriquecimiento en su capacidad de mentalizar, de favorecer la conciencia de sí mismo.

Quiero cerrar la presentación citando a Eduard Punset:

“… el deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización, la libertad. Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo de vivir y de hacerlo a su manera. Por eso sus autobiografías son más descriptivas que explicativas, pues sus vidas no tanto se deben a los resultados u objetivos cumplidos, sino al sentido inherente al mismo proceso de vivir. Y este proceso, de uno u otro modo, lo establece siempre el deseo…”  “… las emociones están en la base de los deseos y de la inteligencia emocional. Visto de este modo, el deseo se convierte en el portavoz de uno mismo”[6].

NOTAS

[1] Diccionario etimológico World Press en línea. https://etimologia.wordpress.com/2009/09/08/deseo/
[2] Real Academia Española... Diccionario de la Real Academia Española. 6 tomos. Madrid, Real Academia Española, 1970.
[3] Bergman, Nils…  “Tras nacer, un bebé no necesita nada de sus padres, excepto a sus padres, su presencia”.  Entrevista de Diana Oliver en el diario español “El País”, del 4 de junio 2019. 
[4] Bergman, Nils… Cómo actúa el cerebro sobre el cuerpo: opciones comportamentales del recién nacido. París, Sextas Jornadas Internacionales sobre Lactancia, marzo 2005
[5] Schore, Allan… La desregulación del cerebro derecho: un mecanismo fundamental del apego traumático y de la psicopatogénesis del desorden de estrés postraumático.  En: Australian and New Zealand Journal of Psychiatry 2002; 36:9–30
[6] Punset, Eduardo… El alma está en el cerebro: radiografía de la máquina de pensar. Barcelona, Editorial Aguilar, 2006. 


Bibliografía

Bergman, Nils : “Tras nacer, un bebé no necesita nada de sus padres, excepto a sus padres, su presencia”.  Entrevista de Diana Oliver en el diario español “El País”, del 4 de junio 2019.  
Bergman, Nils… Cómo actúa el cerebro sobre el cuerpo: opciones comportamentales del recién nacido. París, Sextas Jornadas Internacionales sobre Lactancia, marzo 2005.
Bowlby, John… La separación afectiva.  Buenos Aires, Ediciones Paidós, 1985.
Damasio, Antonio… En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos.  Madrid, Editorial Crítica, 2005.
Diccionario etimológico World Press en línea https://etimologia.wordpress.com/2009/09/08/deseo/
Kandel, Eric… Psiquiatría, Psicoanálisis y la nueva biología de la mente.  Barcelona, Ars Médica, 2007.
Kaplan-Solms, Karen… Solms, Mark… Estudios clínicos en neuropsicoanálisis.  Introducción a la neuropsicología profunda.  Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2005.
Morales, Pedro… De la Homeostasis al Apego y a la Regulación Afectiva.  Lima, setiembre de 2012.  https://neuro-psicoanalisis.blogspot.com/
Morales, Pedro… De la tarea de hacer consciente lo inconsciente al encuentro relacional de los inconscientes.  VIII Congreso de FLAPPSIP “Clínica Psicoanalítica en el Siglo XXI. Desafíos a la escucha." Lima, 22, 23 y 24 de mayo de 2015.
Morales, Pedro… Del Espacio Potencial al Espacio Potenciado.  Lima, IX Congreso del CPPL: "Subjetividad e Intersubjetividad", 6 - 8 Setiembre 2001
Morales, Pedro… Fluir para Influir.  Lima, XIII Congreso Peruano de Psicoanálisis: “Los Afectos: versiones y subversiones”, organizado por la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, octubre 2013.
Morales, Pedro… Sincronía y regulación emocional en el apego temprano.  Lima, XII Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, setiembre de 2011.
Punset, Eduardo… El alma está en el cerebro: radiografía de la máquina de pensar. Barcelona, Editorial Aguilar, 2006.
Real Academia Española... Diccionario de la Real Academia Española. 6 tomos. Madrid, Real Academia Española, 1970.
Schore, Allan… La desregulación del cerebro derecho: un mecanismo fundamental del apego traumático y de la psicopatogénesis del desorden de estrés postraumático.  En: Australian and New Zealand Journal of Psychiatry 2002; 36:9–30.
Schore, Allan… Los efectos de una relación de apego seguro sobre el desarrollo del cerebro derecho, la regulación del afecto y la salud mental infantil.  Departamento de Psiquiatría y Ciencias Biocomportamentales.  Universidad de California, Escuela de Medicina de Los Ángeles
Winnicott, Donald W.... Realidad y Juego.  Barcelona, Gedisa, 1982.
Winnicott, Donald... El gesto espontáneo. Barcelona, Paidós, 2000.




CPPL, Espacio Abierto, 18 de setiembre de 2019

lunes

2019/05/06 De la “Folie à Deux” a la locura cotidiana


2019/05/06 De la “Folie à Deux” a la locura cotidiana

En las épocas en que era residente de psiquiatría, una lectura clínica me llamó particularmente la atención, se trataba de un cuadro clínico, considerado como de rara incidencia; se le denominaba la “locura de a dos” o la “Folie à Deux”, en su versión francesa.

Se trata de casos en los que una persona mentalmente perturbada en su registro de la realidad, con distorsiones clínicas del pensamiento o del afecto, logra influenciar a gente de su entorno cercano: pareja, amigo, empleado, etc., de tal manera que, en grados variables, esta persona cercana se “contagia” de su funcionamiento perturbado, llegando, en algunos casos, a ser un complemento patológico delirante, totalmente involucrado en sus fantasías desquiciadas y muchas veces ejecutor convencido de las mismas.

Es decir que, a partir de la relación con éste, empieza a mostrar indicios de la misma alteración, a nivel del sentir, del pensar o del comportarse, compartiendo, sin dudarlo, las ideas de la persona perturbada. Por ejemplo, puede tratarse de un pensamiento delirante o persecutorio, de sentimientos de grandiosidad o convicciones premonitorias sobre el futuro, entendimientos mágicos peculiares o bizarros sobre la naturaleza de las cosas, delirios místicos, etc...

Un ejemplo de una situación así, de carácter colectivo, es el caso de Charles Manson y el asesinato (por parte de sus seguidores, contaminados por sus ideas) de Sharon Tate y otros.

El sujeto influido de tal manera puede incluso “enriquecer” el delirio original, desbordando la imaginación, a distancia de los lineamientos de la realidad y del sentido común, llegando a formar parte, a plenitud, del estado creado al interior de este peculiar apego, participando ya no solo de la ideación o afectos sino del mismo contenido que adicionalmente se ha recreado en la interacción, en una suerte de “otra dimensión”, otra realidad   -una realidad secreta, idealizada y omnipotente cuando no llena de matices esotéricos o mágicos, de elevación o trascendencia-  que involucra de manera absoluta  sus convicciones y el sentido del ser.

Un sentimiento de unión especial transita entre sus mundos fusionados, o, mejor dicho “confusionados”, casi siempre con el agregado de sentirse indispensables el uno para el otro, compartiendo sensaciones variables entre las que destaca una comunión placentera, tan indescriptible como inédita, algo que por cierto “nadie puede entender”, sólo ellos.  Lo singular de este fenómeno es que, al producirse la separación, el miembro esencialmente “sano” recupera sus capacidades y funciones, es decir, vuelve a la normalidad al salir del campo de influencia del sujeto perturbado, recupera el juicio, reencontrando su identidad y el sentido común de la realidad.

No ocurre igual con el perturbado de origen, quien suele empeorar en su sintomatología y descompensarse, intensificando sus síntomas, agitarse e, incluso, llegar a atentar contra su vida o la de quien hasta entonces lo complementaba en el delirio. Al referirnos al empeoramiento, también puede ocurrir que nuestro personaje “perturbado” apele a mecanismos maníacos de negación y repudio y hasta denigración del objeto hasta el momento parasitado.

Esto último ocurre con mucha facilidad cuando la patología de origen es maníaco-depresiva, a lo que se adicionan características del entorno que lo facilitan, como tener poder, éxito, belleza física, etc.

Por un lapso, a veces prolongado, comparten una experiencia de aparente sintonía total. El vínculo con el otro transita por los linderos de ser uno con el otro; “almas gemelas que vuelven a juntarse” se les puede escuchar decir. La ilusión sostenida por dos da paso al delirio, al complemento perfecto que anula la experiencia dolorosa de una diferenciación capaz de cuestionarla. Se anula la necesidad y el vacío no existe; la realidad está lejos y amenaza; pero ellos, unidos, son absolutamente capaces de suprimirla y su mejor instrumento es negarla, repudiarla por inútil e innecesaria. La única realidad posible es la que ellos sostienen.

Suele ocurrir, sin embargo, que cada tanto asoma la duda inquietante de que el otro pudiera no estar totalmente entregado y, así, aparecen reiterados requerimientos de pruebas, a veces con rostros de tortura y sometimiento a los que el compañero se entrega, configurando, de a pocos, rituales de reafirmación, que mantienen la llama de la omnipotencia y del poder que conjura la amenaza de cualquier mal con rostro de engaño o de abandono. Por cierto, la mayor amenaza es que se rompa el frágil constructo organizado para tapar las temidas carencias de los involucrados en nuestra “folie a deux”.

Podemos ver sin dificultad que se ha instalado una relación que podríamos denominar de diferentes maneras, pero que, en principio, conlleva una realización fusional omnipotente, una simbiosis que dramatiza la absoluta necesidad del otro. El gran problema es que los concurrentes al ritual, en diferente proporción, han vivido severas fallas en relación a sus momentos simbióticos de origen, en el período inmediatamente posterior al nacimiento, cuando la madre es absolutamente indispensable para los fines de vivir y sentar las bases del ser en relación con un otro confiable.

En tanto así, el que realicen ahora, en esta relación tan peculiar, la fantasía restitutiva de aquella falla, tiene como correlato una creciente ansiedad: que vuelva a aparecer aquel vacío doloroso que hizo mella en las posibilidades de confiar e ilusionarse. Esto, más allá de las torturantes necesidades de pruebas de autenticidad, poco a poco se confunde con los traumas que se vivieron debido al abandono, maltrato o falta de reconocimiento empático.

Se oscila, entonces, entre la suspicacia desconfiada y el doloroso temor de perder al otro, lo que no deja de movilizar sentimientos hostiles, ya que la sospecha linda con la convicción y, paradójicamente se enciende más cuando el otro trata de aplacar los fuegos de la herida reabierta con explicaciones o excusas, que esgrimen infructuosamente y que usualmente brotan desde una culpa que no entienden en su origen, pero la sienten.

Como los niños, cuando les ocurre, piensan que algo hicieron mal y por eso su mamá no los quiere y los maltrata por lo que merecen el castigo o, que justifican el abandono “por ser tan malos”.

Momentos hay de creciente confusión y ansiedades desestructurantes, que provocan la ruptura de la relación. Y esto, cuando ocurre, suele ser porque la persona menos perturbada comprende que está verdaderamente en riesgo su existencia como sujeto y que hasta él mismo está en riesgo de perder la vida.

Es entonces cuando detona la separación y la búsqueda de algún refugio salvador, más acorde con la necesidad de resolver las propias carencias o mínimamente rescatar sus propios recursos hábiles para hacerse cargo de sí mismo y sostener su realidad de manera compatible y equilibrada con el entorno.

En el mejor de los casos, en el a posteriori, esto da lugar a un mejor entendimiento del sentido de la experiencia vivida, que le permitirá discriminar mejor la naturaleza de su fragilidad y de su búsqueda, a veces tan terriblemente entrampada en el desvarío traumático de su experiencia temprana.

El otro escenario, el peor, es aquel en que vuelve a buscar cualquier excusa para reencontrarse con el mágico ser con el que compartió el idealizado delirio o que de pronto la vida le ofrezca la oportunidad en encontrarse con algún otro con el cual repetir la historia. Ciertamente, en este último caso concluiremos que se trata de una muy precaria estructura de personalidad, con fallas en el sostenimiento del sentido de realidad, que oscila en encuentros y desencuentros con realidades idealizadas.

Si bien las descripciones de origen, aquellas del inicio de mi carrera, correspondían a complementos como esquizofrenia, paranoia u otra psicosis, con histeria, personalidad infantil o algún otro predisponente rasgo de personalidad, el largo trayecto recorrido hasta el presente me ha mostrado una inmensidad de formas, gamas y matices en las que habita la naturaleza de la locura compartida, desde las más “normales” en apariencia, en las que se unen parejas con problemas carenciales poco notorios o con problemas de personalidad de diferente calibre, que hacen enamoramientos tormentosos, hasta aquellos más difusos y grupales, pero igualmente importantes, en los que nos solemos quedar atrapados, sin la menor conciencia,  como ocurre en los fárragos manipulados de la sociedad de consumo.

Ni qué decir del siempre presente delirio fanático totalitario, que reaparece aquí o allá, con banderas de religiosidad, de reivindicación territorial, de género, étnicos, etc. que, al generarse, no discriminan niveles de diferenciación social, intelectual o cultural; situaciones que tantas veces comprobamos que obedecen a perversas y convincentes manipulaciones de la credibilidad humana.

Sobre este último punto, resulta increíble comprobar cómo mentes brillantes pudieron caer en la locura colectiva que desencadenó Hitler. Que, dicho sea de paso, nos permite reparar en que el influenciado no es solo una manifiesta mente frágil y predispuesta.

La fuerza de la influencia delirante llega a ser totalizante cuando va creciendo en un grupo en el que la convicción deja de lado la realidad y la prudencia más elemental, donde el sentimiento de  omnipotencia es demasiado tentador, más aún, cuando adquiere visos de realidad, cuando todo pareciera constatarlo, cuando el héroe se alza poderoso e idealizado, hasta que no hay límites que detengan sus manejos desvariados, menos aún, si del otro lado hay una humana búsqueda del rescate de una vulnerada autoestima, de una herida narcisista, derivada de alguna humillación no resuelta, como ocurrió con el pueblo alemán después de la primera guerra mundial.

En suma, la posibilidad de influencia es universal y habita en las cualidades innatas que tiene el ser humano para la interacción comunicativa y vincular con sus semejantes, en sus reacciones como grupo, tanto ante situaciones de peligro como en su sentido trascendente como especie.

La orientación del tema que tratamos, busca acercarse a los niveles en que el complemento vincular entrampa y confunde a los protagonistas, de manera que se movilizan en ellos dinámicas que dificultan su diferenciación y los hacen prevalecer en un funcionamiento difícil de resolver en un sentido trófico o sostenible por la razón y la coherencia. Igualmente, nos proponemos abordar la importancia de la influencia positiva como un regulador y facilitador del crecimiento personal, tanto en las relaciones de pareja como en la integración grupal.


El enamoramiento como una locura de a dos


En cierta medida, esta “locura de a dos” se reproduce de manera natural en los estados de enamoramiento, en donde la idealización de la pareja trasciende la relación de objeto. El otro es lo que cada quien quiere encontrar en él; en el mejor de los casos, al amparo de alguna cualidad real que es idealizada. No dejan de mezclarse, sin embargo, diferentes grados de expresiones de cualidades emotivas y expectativas que provienen de la experiencia de vida, en especial de las experiencias infantiles, no siempre vinculadas a circunstancias felices.

En otras palabras, alguien puede entrar en un enamoramiento, encontrando en su pareja los reflejos de una experiencia amorosa feliz con sus padres, asimilada ahora a su condición de adulto, como una continuidad identificatoria saludable y bien integrada.  Pero, por otro lado, en el enamoramiento se puede buscar encontrar en el otro a quien llenará los vacíos de lo doloroso y no resuelto de su situación infantil. En ambos casos se idealiza, pero en el primero hay cercanía con una realidad que está encontrando posibilidades de continuidad en una nueva situación exogámica.

En el segundo caso, muy por el contrario, la idealización es movilizada para tomar distancia de aquellas experiencias dolorosas que han quedado emparentadas a la experiencia de apertura afectiva y dependencia emocional de otro. Los sentimientos de cercanía y unión movilizan los anhelos de fusión, que, en los casos de un desarrollo con apego seguro, dan lugar a experiencias de intimidad, con mayor tolerancia a la separación, a la defusión, a la reconstitución de cada quien como individuo.

El enamoramiento es una de las grandes pruebas frente a la integración del sí mismo. No son huecas las expresiones “estoy loco por ti” o “me muero por ti” o “no puedo vivir sin ti”, etc.

Una persona bien integrada en su desarrollo personal y afectivo, es capaz de “perder la cabeza”, es decir, entregarse al mundo de la fantasía compartida y a los íntimos anhelos de fusión, pero sin perder del todo la objetividad y el sentido común. Y, si eventualmente cae en los encantos de la locura confusional, reproduce las circunstancias de fusión primaria, con mayor o menor dificultad de reestructurar su sí mismo, pero lo logra.
La mutua entrega en el enamoramiento, abre las puertas a la posibilidad de fusión y a un mundo de convicciones idealizadas, propio de los cuentos de hadas. La necesidad del otro moviliza una búsqueda que linda en la obsesión y el anhelo compulsivo. Por cierto, en tales circunstancias, hay una conocida ceguera a todo lo que cuestione el embeleso de la relación.

Desde la forma disfuncional del enamoramiento, se configuran una serie de variables de locura de a dos. No es infrecuente encontrar personas en las que el enamoramiento, suficientemente aderezado por apegos, afecto y sexualidad intensos, convierte al sujeto en un ser totalmente dependiente del otro, capaz de hacer por él (o por ella) absolutamente todo lo que el otro le pida (o le obligue a hacer), con tal de que no lo dejen, con tal de que “lo quieran”.

Es ese literal “me muero por él (ella)”, en donde uno de los dos, o los dos, tienen profundas carencias afectivas y, por tanto, configuran un lazo de intensa necesidad emocional que, como veremos, deriva en una búsqueda de fusión, de dominio absorbente o alguna forma de parasitismo o explotación, con mayor o menor presencia de castigos y maltratos por el pecado de no satisfacer a su pareja, quien, por cierto, demanda una entrega total imposible de saciar.

Son pues los casos en los que se parte de una atracción, en la que uno de los dos supone un poder que le es atractivo al otro, o, al revés, una debilidad que atrae a un “protector” o protectora”. Y la dupla encuentra pronto el cielo al compartir una complementación omnipotente, lamentablemente marcada por una ambivalencia que tiñe de violencia la tonalidad de la relación, en tanto reeditan el trauma de origen más que la vía de su solución.

Lo vemos a diario en las noticias, casi siempre bajo la forma de mujeres masacradas que se aferran a su maltratador. En el extremo de sus consecuencias, está la muerte misma, cuando de aferrarse se trata, en esa paradójica forma de poseer al otro a costa de la vida misma.


El chulo y su prostituta


En algunos casos, cuando se tornan indispensables el uno para el otro, uno de los dos empieza a explotar al otro. La figura que suele prevalecer en este sentido es la del varón que prostituye a su mujer.

En lo cotidiano, lo usual es ver que un hombre “toma posesión de una mujer” y ejerce un dominio total sobre ella; y, siempre detrás de esta relación está “el premio” del afecto, de la presencia y de la protección frente al desamparo, del no abandono, por lo cual la mujer lo entrega todo y siente que es un pacto en el que ella no puede fallar, entendiendo que fallar es no satisfacer los desmanes y abusos de su pareja, quien la deja cuando quiere y la toma cuando se le antoja, ocupando el lugar de quien hay que satisfacer en todas sus demandas. La pareja se convierte en una suerte de bebé voraz.

Si ella no acepta o protesta, la golpea para recordarle el pacto y que éste es el precio que tiene que pagar para mantener la relación. La ruptura le resulta impensable, intolerable, por lo que cede y se somete a cuanta ofensa, humillación o maltrato físico le imponga su “amado”.
Ella simplemente no tiene valor y todo se lo entrega a su explotador, quien, por supuesto, “se muere por ella”, pero no deja de amenazarla con matarla si no satisface sus insaciables necesidades, ya no solo de cosas materiales sino, también, de colocar en ella las emociones más abyectas de su propia naturaleza, despreciándola, rebajándola y torturándola física y psicológicamente, como probablemente él alguna vez fue tratado, implicando una suerte de venganza por abandonos vividos tempranamente.

Él tiene que tener el dominio total. El riesgo es el dolor de verse a merced de esa mala mujer que puede abandonarlo, como ya ocurrió tempranamente en su vida. Peor aún, si vio la misma dinámica en la relación entre sus padres.


La manipulación de la pareja


Una variable de la situación anterior la constituye la inversión de los roles que hemos mostrado. Ella siente la vulnerabilidad de su amante varón y lo acosa con sus demandas de afecto en la forma de riqueza, viajes, regalos, demostraciones de su poder sobre él ante otras mujeres, humillación, chantaje, explotación rapaz, insaciable, muchas veces destructiva, torturas frecuentes por la vía de la infidelidad y el juego del abandono por “otro mejor” (cosa que a veces concretan). El trasfondo angustiante de perderla hace que ceda una y otra vez, sostenido, aunque no siempre, por estratégicas concesiones amatorias que renuevan la fantasía del idílico Edén.

Esta situación es bastante frecuente en personas mayores que, habiendo gozado de los favores de la vida, se encuentran de pronto en la necesidad de negar el paso de los años y, al reaparecer los vacíos que habían podido ocultar hasta entonces, incluso con alguna maestría en el evitamiento de caer en la dependencia en la relación con sus eventuales parejas, disfrutan más bien de la abundancia de la oferta de la naturaleza sensual por la vía del poder, generalmente del dinero o de sus atributos físicos.

Por otro lado, tenemos la historia del Don Juan de la novela “¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?”, de Enrique Jardiel Poncela[1]. En ésta, al final de sus días, el protagonista, un seductor compulsivo, un Don Juan, se encuentra con su versión femenina, que lo derrota en la pugna por prevalecer sobre el otro, sometiéndolo e hiriéndolo de muerte en lo más hondo de su orgullo masculino.

Son esos casos en los que el otro representa el objeto, no tanto del deseo como “el de la deuda”.  Es el otro quien tiene que pagar por las afrentas vividas, haciéndolo padecerlas. El placer deriva de hacerlo sentir inferior, de humillarlo. Esto deriva, por cierto, de una necesidad omnipotente que hace que sea el otro el que sufra, más aún, si él mismo ha funcionado de esa manera, cuando la humillación implicaba el derrumbe de su omnipotencia.

Este es un ejemplo que recogemos cotidianamente en nuestra cultura, prevalentemente machista, cuyo ideal de mujer no solo es alguien sometida, sino que tiene que ser, además, alguien que esté dispuesta a ser rebajada y denigrada, al punto de su total convencimiento de que no tiene ningún valor, nada de lo que haga lo tiene, cayendo en la absoluta dependencia de su pareja, a quien de ninguna manera puede cuestionar.

No hay lugar para una autoestima que se base en otro asidero que el de la relación con su excelso marido. Tanto él como ella han sido influidos por la sociedad para llegar a desarrollar este tipo de emparejamiento. Sin embargo, son las características de la relación con sus respectivos padres, en especial con la madre, lo que marca la pauta de dicho resultado.

También, se da el caso de personas aparentemente normales que desarrollan entre ambos una resultante enloquecedora, que solo se interrumpe con su separación o, en su defecto, con la consolidación de una característica vincular disfuncional, que sostiene el emparejamiento.  Justamente por eso, comparten la relación a la manera de una diada transferencia – contratransferencia, en la que el escenario está sostenido por un juego de roles infantiles que se complementan, la mayoría de las veces derivados de situaciones traumáticas que toman la forma de evocaciones actuadas inconscientemente, de escenas vistas o sufridas, de maltratos vividos en algún momento de la infancia o la niñez.

En otros casos, ya no tan “locos”, vemos cómo se manipulan las creencias y sentimientos de la gente a través de la educación o la publicidad, para crear un convencimiento de cosas que soslayan criterios de realidad o el juicio mismo, como sucede en la sociedad de consumo, que lleva a que el sentimiento de sí, la representación de sí, que conforma un colectivo de subjetividades, termine siendo producto de intereses ajenos a la persona, alienándola de su encuentro con lo esencial de sí misma.

También, podemos encontrar estados de “fusión” entre dos, cuando se desarrolla la maravilla del vínculo entre la madre y el bebé. Esto no es posible, efectivamente, si no hay capacidad para la apertura empática, por parte de la madre, a la conexión más primitiva. El sostenimiento de la relación es predominantemente subcortical, sintónica y, por cierto, a predominio del acercamiento de los hemisferios cerebrales derechos de los participantes.

Con el transcurso de los años, he ido considerando el ejercicio de la psicoterapia, cada vez más, como una interacción de mutua influencia, en la que la trama “loca” (desfasada de la realidad o del presente, que habita en el paciente y es accesible en la medida en que el terapeuta sea capaz de compartir esos niveles de cercanía) se revierte a través de la relación con un terapeuta con posibilidades de influir positivamente en su paciente, al punto de generar con él una mayor posibilidad de cordura, traducida como “destrabar la subjetividad defensiva”, permitiendo un encuentro sintónico con el otro, es decir, con mejores fundamentos empáticos como para sostener posibilidades para la intimidad y un equilibrio afectivo basado en la confianza en poder ser uno mismo, diferenciado de aquel otro con quien mantiene dicha intimidad, con quien puede fundirse sin confundirse, donde, en el decir de Winnicott, es posible la ilusión sin perderse en el delirio.