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2014/10/11 Diacronía y Sincronía. Subjetividad e Intersubjetividad.

XVI Congreso CPPL “La Rebelión del Inconsciente. Psicoterapia y Neurociencias”
Octubre 2014

La subjetividad es esa forma particular que cada quien tiene de percibir e interpretar al otro y a sí mismo.  El percepto, es decir, el registro de lo percibido, está condicionado por una serie de factores, entre los que enfatizaría dos ejes como fundamentales: el de la experiencia vivida en un “espacio seguro”, en un ambiente de confianza básica; y, aquel otro en que los registros de la situación se dan en un clima que moviliza mecanismos de “ataque y fuga”.

Quien sostiene el funcionamiento subjetivo es, por cierto, el sujeto. Resulta necesario,  entonces, echar una ojeada a la constitución del sujeto y a su devenir cognitivo, en particular a aquello que proviene de su experiencia implícita, preverbal, que subyace como esencia de su subjetividad. 

El sujeto, en el inicio, es una suerte de “modelo para armar” (¡un modelo para amar!) con sus piezas singulares  -emociones, sensaciones, percepciones y registros del sensorio-  que irán configurándose en la interacción continua con el entorno.

La teoría del apego, en relación a este punto, a la evolución del sujeto en la vida, enfatiza la necesidad de una configuración basada en un vínculo afectivo, sostenedor a la vez que estimulante, y susceptible, también, de ser estimulado; con capacidad para dar respuestas sintónicas… y, como veremos, de manera especial, con posibilidades para encuentros sincrónicos.

La sintonía y la sincronía en el ínter juego relacional de la madre y su bebé constituyen la base para una disposición positiva en el encuentro estructurante del sujeto. El anhelo por el vínculo de apego transcurre así sin mayores interferencias, dando espacio al registro de la experiencia del sí mismo existiendo, siendo.

La experiencia del sí mismo, en sus comienzos, es una experiencia de a dos, la de una díada funcional que continúa la condición uterina hasta que el bebé logra desarrollar la capacidad tanto de percibirse a sí mismo como de llegar a tener conciencia creciente del otro como semejante y diferente.

A ello contribuyen también las fallas en la respuesta sintónica o sincrónica que, siendo registradas por la madre, la movilizan a tener gestos reparativos. La madre recurre a su propia capacidad de rescatarse de emociones negativas y autorregularse, apoyándose justamente en la percepción en sí misma de las expresiones emocionales de su afectado bebé, quien, desde este ejercicio repetido, puede también integrar la experiencia de rescate y regulación de las propias emociones negativas o de volver a contar con la madre, pese a que ella ha mostrado fallas en el encuentro.

Por cierto, el exceso de fallas o su prolongación en el tiempo restan posibilidades a una reparación “sincrónica”; los intentos de reparar simplemente resultan extemporáneos y, acaso, favorecedores de juegos relacionales que capitalizan la culpa mas no resuelven la desconfianza instalada. La regulación emocional, entonces, deriva a formas varias de manejar la experiencia fallida y de dar cuenta de las emociones negativas. La necesidad de manejar el sentido de lo bueno y lo malo se enrumba hacia la configuración de una subjetividad cerrada, con pocas o nulas posibilidades para experiencias de intimidad e intersubjetividad.

La sintonía tiene que ver con la capacidad de reflejar los estados emocionales del otro en uno mismo, devolviéndoselos a veces en eco resonante, como ocurre con el gesto alegre o la mirada dulce; otras veces, como complemento correspondiente al requerimiento del mensaje emocional, frente al llanto o las expresiones de inquietud o angustia.

La sincronía tiene que ver con el tiempo, con la coincidencia en el estar allí, oportuno, con la respuesta que el bebé requiere de manera perentoria.

Sintonía y sincronía no necesariamente andan juntas y la empatía sola no basta. En el período de apego temprano hay que estar allí, sintiendo con el bebé en el momento mismo en que surge la necesidad.

Es lamentable observar la frecuencia con que se dan fallas groseras en la capacidad empática de la madre, a veces por vacíos en su propia experiencia temprana, otras veces por interferencias varias que no propician un clima de tranquilidad y entrega a la delicada función que le toca en la crianza de su bebé.  Existen diversas circunstancias que pueden alterar el estado emocional o la accesibilidad de la madre, llegando a perturbar este encuentro para el que están naturalmente dotados ambos, madre y bebé.

Digamos que, de la óptima relación de apego temprano deriva un sujeto con capacidad amplia para la interacción sintónica y sincrónica, cuya subjetividad estará teñida de confianza y optimismo.  Las posibilidades de intimidad no movilizan en él angustias de fragilidad o desamparo. El aferramiento a lo propio (y subjetivo) no le resulta indispensable y es, más bien, alguien que puede compartir o desprenderse de sus cosas (ideas, intereses, poder).  Su forma de ver las cosas no se convierte en excluyente o indispensable; el interés ajeno puede, así, llegar a tener prioridad, sin desmedro de su sentimiento de valor personal.  En su vida predomina el diálogo antes que la discusión, pero es firme en sostener sus valores, con los que mantiene una esencial coherencia. Es susceptible de cambio y el camino de la vida le suele deparar cierto grado de sabiduría para asimilar el paso del tiempo y enfrentar la adversidad sin contratiempos. 

Visto en una dimensión diacrónica, mantiene lo esencial de sí mismo a la vez que una apertura al cambio, que la sedimentación de la experiencia de vida le va aportando, sintiendo con ello un enriquecimiento y profundidad que van poniendo distancia a la subjetividad del punto de partida.

En tanto mantiene una disposición sincrónica, no pierde la inercia transformacional. El cambio es una constante que lo enriquece como sujeto, dejando paulatinamente las necesidades de aferrarse a modelos o posturas, sin que ello atenúe su capacidad de disfrutar de sí mismo o de la relación con los demás. Diríamos que se vuelve cada vez más auténtico, transparente y accesible.  No lo aterran los errores y, más bien, se nutre de corregirlos, incentivando formas creativas de hacerlo.  Explora siempre nuevas experiencias y aprende del ejercicio de vivir y relacionarse, de ayudar y dejarse ayudar, de poder jugar distintos roles sin aferrarse a ninguno, salvo por placer natural.

Cuando se producen fallas importantes en la experiencia de apego temprano en lo que atañe a la sintonía y, en especial, a la sincronía, la subjetividad se organiza desde una premisa adaptativa diferente. Predomina la alerta de amenaza y la necesidad de control, que solo se atenúan sobre la base de una reacción defensiva que compromete severamente la capacidad de regulación emocional. Desde entonces, se comienza a apelar a mecanismos de inhibición, a reacciones desproporcionadas o a la distorsión del sentir propio, con la consiguiente confusión subjetiva. Esta disfuncionalidad regulatoria afectiva queda registrada como un patrón en la memoria implícita u operacional, como un contenido no accesible al recuerdo consciente, pero que determinará la esencia de la cualidad subjetiva de nuestra percepción de las cosas y, en particular, en la relación con el otro.

Si falla la funcionalidad sintónica y más aún la sincronía, la subjetividad se convierte  en un baluarte casi inexpugnable (con variables, por cierto).  Distintos ropajes la engalanan, al punto de que, en algunos casos, se llega a lucir hasta como un dechado de  “empatía”, en particular si con ello se logra la coincidencia de los demás hacia ésta (por ejemplo, en la psicopatía). Sin embargo, los problemas surgen intensos cuando algo o alguien la frustran o la cuestionan, cosa que le resulta intolerable. Es entonces que se produce un repliegue, quizás reforzado, hacia la subjetividad.  No hay posibilidades de integrar o asimilar la propuesta del otro.  De esta manera, no se produce una resultante intersubjetiva enriquecedora. No hay apertura a la integración de lo nuevo de la experiencia. Por tanto no hay modificación de la subjetividad en el devenir diacrónico del sujeto.

La sintonía está marcada por la necesidad de que el otro se adapte o coincida con su necesidad subjetiva.  En general, muestran poca disposición a declinar posiciones, acogiendo o integrando el punto de vista del otro. La supuesta adaptación en ellos tiene más el carácter de sometimiento que de integración, manteniéndose climas tensionales que no encuentran con facilidad el pasillo de la sintonía y menos aún la posibilidad sincrónica. Solo la eventualidad de respuestas “perfectas” da lugar a soluciones funcionales, pero siempre sobre la base del temor (al fracaso o a la pérdida del afecto) y a la necesidad de control.

Una circunstancia particular es aquella en la que algún talento especial los ubica como exitosos en el arte, las ciencias, las letras y demás.  Eruditos y destacados, sus argumentos y capacidades no hacen fácil vislumbrar el núcleo duro de su subjetividad disfuncional, más aún si logran ser grandes argumentadores. Es posible que, sin embargo, encuentren en su disciplina un refugio para sus temores y se mantengan sin variaciones en el mundo vincular, a lo largo de la vida.

Es entonces posible observar que, en la diacronía de su subjetividad, en el despliegue en el tiempo, predomina el patrón original, con poca apertura a experiencias sincrónicas, a nuevas experiencias de encuentro que, cuestionando su esencia subjetiva, marquen el sentido de un cambio, de una posibilidad de reformulación de los patrones emocionales de origen. Lo que encontramos es una tendencia a leer las nuevas circunstancias con las mismas claves del núcleo duro de la experiencia temprana; es lo que conocemos como compulsión repetitiva o quizás transferencia, en donde el encuentro con el otro queda siempre desdibujado por la percepción subjetiva teñida del  pasado emocional y la experiencia de intimidad o sincronía no tienen posibilidad en el presente. No hay renovación; por tanto, el patrón subjetivo se sostiene, entrampado por la necesidad de contrarrestar la huella de la falla en el organigrama original, en la experiencia de apego temprano. La modificación de la experiencia implícita no tiene lugar o es muy pobre.

Es la intención de este trabajo enfatizar el paralelo que significa la presencia de fallas o traumas tempranos y la configuración misma, a nivel del cerebro emocional, a nivel del sistema límbico, de las alteraciones en la regulación emocional, que derivan en estructuras disfuncionales en las distintas áreas del sistema neural afectado. El sedimento de estas experiencias fundantes forma el núcleo de nuestra memoria operacional implícita, la que condiciona el ordenamiento de las demás funciones mentales y la resultante subjetividad.

También, quisiera enfatizar que la ciencia ha podido determinar fehacientemente que, si bien estos derivados disfuncionales tienden a sostenerse en el tiempo, es también posible su modificación, en grados variables, mediante la psicoterapia. La influencia de ésta (de la psicoterapia) no se limita ahora a la sola idea de cambios en el comportamiento relacional o del "insight" racional; cada vez es más clara la relación entre el asociar libre y la atención flotante y la comunicación entre cerebros derechos con repercusiones de cambio, que incluyen la noción de neurogénesis y neuroplasticidad. 

La observación de las posibilidades de reorganización sináptica en los circuitos del sistema límbico permite comprobar cambios funcionales, que solemos llamar “estructurales”, en tanto que son estables en el comportamiento relacional afectivo.  Estos, cada vez son más ubicables en el mapeo de las áreas límbicas involucradas, en las que, además, se llega a observar su estabilidad o evolución en el tiempo.

Estos procesos son posibles en la psicoterapia, siempre y cuando el terapeuta incluya en su praxis una cualidad empática decantada y fluida, en la que integre posibilidades flexibles y sintónicas de influir y ser influido, de animar y ser animado, tanto como de acoger procesalmente afectos y emociones que supongan dolor, rabia o tristeza y demás, complementando, a partir de la experiencia emocional, en el aquí y ahora, lo que en el allá y entonces no tuvo oportunidad de encontrar posibilidad expresiva. De esta manera, la base segura entrampada en el sentimiento de control y poder, de una subjetividad defensiva, puede migrar a un eje de confianza básica relacionada con la plenitud o mayor capacidad expresiva del sí mismo.

El proceso de reversión de la trama subjetiva perturbada requiere de una particular sintonía y resonancia sincrónica, poniendo especial atención al hecho de que mucho de lo que se manifiesta de la memoria procedimental en el paciente se da mediante diferentes formas de actuación, a las que el terapeuta tendrá que responder en complemento sintónico y sincrónico.  Son detalles de lo que, de manera creciente, consideramos como un factor positivo y que hemos tenido a bien denominar “enactments”,  una suerte de experiencia emocional correctiva en la que la expresión del inconsciente encuentra de sorpresa a los protagonistas en un punto de ensamble sintónico y sincrónico.

Los acontecimientos sincrónicos suponen momentos de apertura a una cercanía muy íntima en la que se expresa un monto de seguridad como para arriesgar la ilusión de una respuesta acorde a la intención, en el momento en que se da el requerimiento. El reflejo “espontáneo” del terapeuta, sostenido más por su intuición, es decir, por su “sabiduría emocional” responde sin mediar intención racional, tal como suele ocurrir en la normal situación temprana de apego. Es entonces que ingresamos al terreno de la intersubjetividad, cuando podemos contactar y “resonar” con el paciente, cuando el diálogo es sostenido por una disposición afectiva y trófica que, en principio, nos deja una sensación difusa de bienestar o alegría que se irradia luego en nuestras vidas.

La sintonía permite fluir en la relación interpersonal, en el devenir cotidiano corriente. La intersubjetividad agrega posibilidades a la intimidad; lo que la caracteriza es la presencia de momentos pertinentes de sincronía afectiva, a distancia de interacciones proyectivas o baluartes subjetivos que no permiten “leer” al otro. Este tema nos hace recordar el artículo de Winnicott sobre relación y uso del objeto que, en este caso, aplicamos a las posibilidades de reproducir el escenario del apego temprano en el aquí y ahora, con el terapeuta, con posibilidades para el logro de una regulación emocional que no se produjo en el origen.


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