jueves

18/05/2011 Los Hikikomoris ¿Un enquistamiento social?

VI Congreso de FLAPPSIP
Mayo de 2011
Buenos Aires


Felipe:“He decidido enfrentar la realidad,
así es que cuando se ponga linda me avisan.”
(Quino)

Una mirada al clásico freudiano “El Malestar en la Cultura” nos permite tomar consciencia de que ya hace mucho que se ha instalado en nuestra organización social una suerte de divorcio entre lo que se supone constituye la realización personal o social y los parámetros que suponen la dicha realización.

De hecho, estamos sufriendo el desborde de una sociedad de consumo que ha llegado a convertirnos en irrefrenables depredadores, poniendo en jaque a la naturaleza, amenazando con su destrucción (con la consecuente extinción de nuestra propia especie).

Un fenómeno cada vez más agudo de negación colectiva nos impide acoger las señales que nos hablan de dicho deterioro. Estamos ensoberbecidos por la gloria de la ciencia y la tecnología y suponemos, con desgraciada facilidad, que “alguien va a arreglar el entuerto”, mientras ese “alguien” sigue explotando nuestra confianza, confundiéndonos cada vez más en relación a nuestra razón de existir.

Se nos vende la idea de estar en el mejor de los mundos y que podríamos llegar a ser muy exitosos. En realidad, estamos cómodamente (o incómodamente) instalados en una dualidad de ganadores y perdedores; todo ello a partir del logro material, del manejo del poder efímero, de la fuerza, la belleza y el talento, los que fácilmente se prostituyen y se venden.

Los supuestos ganadores adolecen de la peculiaridad de que el éxito los excita cada vez más, de manera que apenas tienen o desarrollan la capacidad de disfrutar. Por su parte, los “perdedores”, los que no alcanzan a representar el personaje exitoso, quedan enmarañados en una resignación frustrada, con una profunda sensación de impotencia y, a veces, amargura existencial.

Los modelos desmesurados, en base a los cuales desarrollamos nuestros ideales de realización, se tornan cada vez más inalcanzables, promoviendo, crecientes quiebras en la identificación saludable. Las más de las veces, encontramos remedos insustanciales y huecos, que medran en la ostentación, mientras que otros optan por el repliegue, por una suerte de enquistamiento, a la espera de mejores tiempos.

Dentro de este grupo, en una variable destructiva, se anotan aquéllos que recurren al consumo de drogas, hacen trastornos alimenticios, se automutilan, etc.

Otros hay que reaccionan con una marginalidad agresiva; se empoderan en una hermandad hostil a lo externo y diferente. Forman pandillas y generan normas y rituales de integración que les deparan una forma de sentirse protegidos.

Cada vez más, el quiebre de la autoestima, de quienes nos solicitan en consulta, requiere de una ayuda que los libere de la trama social en la que no encuentran asidero. No suelen ser conscientes de que son víctimas de un sistema opresivo que les exige un sometimiento al que no se resignan.

Suele ser que los padres, atrapados por dicho sistema, hayan perdido el sentido de sus necesidades de apego y comunicación, entregando tempranamente a sus hijos a nodrizas electrónicas que contribuyen a anestesiar sus humanas necesidades, refugio fácil para la frustración afectiva en la que se desarrollan.

Adicionalmente, en nombre de la ciencia y como una racionalización de las imposiciones de la sociedad de consumo, se ha ido distorsionando la expresión de la programación genética de la crianza, que requiere de una serie de hábitos de apego que no se cumplen y que son indispensables para el desarrollo empático, base esencial de la integración social y del sentido humano de vivir.

Los Hikikomori: un síntoma de la época
Hace más o menos unos cinco años, leí por primera vez, en una noticia periodística, que las autoridades japonesas mostraban preocupación por un fenómeno que comprometía nada menos que al 10% (un millón aproximadamente) de su población juvenil. Los llamaron “los Hikikomori”, término japonés que se traduce como “confinamiento o reclusión”; es decir, que son jóvenes que “se recluyen”.

Más precisamente, se aíslan en sus dormitorios por períodos largos, más de 6 meses o, incluso por años. Hay varios que llevan ya más de diez años sin salir de su cuarto. No trabajan, no estudian, no tienen vida social. Viven a expensas de los padres, personas por lo general exitosas y pudientes que se han sentido en la total impotencia de entender y, menos aún, de resolver la extraña conducta de sus hijos, por lo cual, en su mayor parte, deciden esperar a que las cosas cambien de manera natural.

El aislamiento del que hablamos incluye un distanciamiento con la familia. La comunicación es mínima. No comen con los padres, no salen a la calle. Duermen de día y se pasan la noche despiertos, casi siempre entretenidos viendo videos, escuchando música o sumergidos en juegos electrónicos o en diálogos múltiples, por la vía del “Chat”, con amigos cibernéticos.

Su vida transcurre en el espacio virtual, a tal punto que se les hace difícil sostener los patrones sociales convencionales, lo que, eventualmente, dificulta su reinserción al mundo de la realidad. El ciberespacio es su oportunidad de fuga al riesgo del compromiso afectivo; en el mundo virtual se sienten como peces en el agua. Es notorio cómo llegan a desgastar el teclado de la computadora, el que manejan con la soltura que no tienen para otras circunstancias.

En general, descuidan la higiene y el cuidado por su entorno inmediato. Su cuarto generalmente se nos muestra como desordenado y caótico. Muchos viven rodeados de basura.

Este síndrome se desarrolla a partir de los 13 o 14 años, pudiendo observarse especialmente en personas menores de 17 hasta 34… y seguramente más años. Se les describe como muy sensibles a la frustración o a la presión escolar o social. Muchos de ellos muestran una clara inteligencia o talentos que han suscitado expectativas en su entorno, a lo que ellos responden con reacciones de oposición o retracción, lo que, a la larga, confluye en su aislamiento.

Observemos el contexto: la sociedad japonesa se ha ido caracterizando, cada vez más, por una sobre exigencia en la formación escolar. Desde muy temprano, nadie se conforma con que sus hijos hagan sólo los cursos regulares de la escuela. Tienen que llevar por lo menos dos cursos extras que los preparen para el futuro competitivo en el que tienen que insertarse. Muchos se saturan, pero siguen adelante, a costa de enfermedades psicosomáticas o estrés crónico. Otros colapsan y abandonan, como es el caso de estos jóvenes que se aíslan.

La crianza suele estar en manos de la madre. Suele ser que la comunicación y los méritos circulen más por el área del “deber cumplido” que del disfrute de la comunicación o del intercambio afectivo. Los japoneses hablan poco, cumplen mucho, son obedientes. Así se han formado en el colectivo social.

El padre suele estar absorbido por sus “responsabilidades y deberes”, casi siempre agotado y tenso, tal vez ambivalente ante las dificultades del hijo “para dar la talla”. Además, no tienen alternativa, no cuentan con otro modelo que ése, tan exigente y hasta sacrificial. No saben qué hacer, se sienten avergonzados y tratan de ocultar lo que les está pasando.

Como la disciplina japonesa tiende a la inhibición de la agresión, los padres expresan su frustración y vergüenza más a través de gestos que de expresiones directas, lo cual aumenta los sentimientos del hijo de estar siendo exigido en algo en lo que ha fallado, no teniendo, tampoco, otra opción que expresar su rabia y frustración de la manera pasiva que ha adoptado con su autoexclusión.

Los Hikikomoris se perpetúan como temerosos del fracaso y, más aún, de la vergüenza de su precariedad, de sentir sus necesidades de apoyo y afecto.

Originalmente, se emparentó este fenómeno con la depresión e incluso con la esquizofrenia. Hay, también, quienes lo relacionan, conductualmente, con las fobias sociales, con trastornos de la personalidad, con adicciones, etc.

Es posible que haya un parentesco sintomático, pero, en general, se coincide en considerar que, más que un trastorno clasificable desde la clínica tradicional, éstas son expresiones sintomáticas de una estructura social en crisis.

Se trataría de un fracaso en la integración del modelo económico de consumo, eje de la globalización mundial (una suerte de fagocitación de las individualidades) y una estructura de valores que ha dejado de tener el sustento previo del honor y el sacrificio por el colectivo social, que se encuentran en la tradición japonesa. Ésta ha sido rebasada por las exigencias de “performance” que impone el modelo global.

El Hikikomori decidió su opción por una existencia virtual. Se trata de un nuevo falso “self” en el que se zambulle hasta profundidades uterinas, precariamente umbilicadas por el entorno familiar. A la manera de un enquistamiento del verdadero “self”, espera condiciones mejores para re-emerger. Cuando esto se produce, es posible, con ayuda, rescatar en parte los potenciales que se dejaron de ejercitar y, por lo tanto, que no han desarrollado suficientemente, lo cual hace que el rescate de su autoestima y la relación con el mundo conlleve tiempos largos.

Se ha observado que, en algunos casos, grupos de aliados en estos infortunios se unen para programar su eliminación (para suicidarse), protegiéndose de esta manera de la humillación de sentirse excluidos por una sociedad opresora que no los entiende.

Los otros Hikikomoris
Si bien ha sido una observación fenoménica de algo que inquieta a la sociedad japonesa, hemos podido encontrar que, en otros contextos sociales de nuestro mundo occidental, casos similares aparecen catalogados como “los nini”, “los bunker”, “los invisibles”, “los niños caracol”, “los freeters”, los que sufren de “trastorno de auto encierro”, “síndrome de frustración crónica”, “adicción al Internet”, etc. Tienen grados distintos de aislamiento pero sensaciones y actitudes comunes frente al entorno social.

No es novedad que, en cada época, un sector de la juventud se confronte de manera peculiar con la estructura social vigente. Recordemos a los “hippies” y su apartamiento de las convenciones de entonces, en particular respecto a la libertad sexual y al “amor libre”. En aquellos grupos (y, también, en algunos de hoy en día) se planteaba una opción vincular o el rescate de tal o cual valor humano o de la naturaleza.

Actualmente, lo que parece predominar es una respuesta pasiva, una búsqueda de apartarse de una sociedad con la que no logran identificarse , descreídos de los valores inciertos de propuestas contradictorias que se reflejan en su estructura familiar y que invocan más el modelo del “parecer” antes que el del “ser”. Ven a sus padres trabajar 16 horas diarias para sostener a la familia y “para ser alguien” y sienten que esperan lo mismo, si no más, de ellos, en medio de lo cual la cercanía es precaria, la comunicación escasea y el afecto apenas alcanza para reconocer los méritos del esfuerzo, pero no alcanza para llenar el vacío con el que crecen. No creen en este modelo y se resisten a repetirlo.

Reemplazan esta insustancial invocación adaptativa por otra en la que asumen una insustancialidad personal, sostenida por la realidad virtual, identificados con seres de ficción, optando por la alternativa de un control del riesgo de fracaso como ocurre en los juegos e historias de ficción.

Su repliegue pretende anular el pasaje del tiempo, el enfrentamiento con las exigencias propias de la edad y la necesidad de encontrar respuestas desde sí mismos, en las que encuentren su propio sentido de vivir. Pareciera ser, sin embargo, que el temor a fracasar los lleva a no arriesgar ensayos creativos, menos aún en el mundo de los afectos. No han aprendido a pelear por lo que quieren; lo único que pareciera estar claro es lo que no quieren. Cualquier frustración moviliza el repliegue masivo al que ya están predispuestos.

Es una suerte de nihilismo: nada tiene valor, nada merece la pena de ser amado o defendido, ni ellos mismos. Es un colapso del sistema de creencias, que favorece la anulación de la emoción; es una suerte de disociación, que alcanza ribetes de escisión, en la que una racionalidad cada vez más precaria sostiene una “razón de ser”, basada en que eso es lo que les gusta hacer. Encuentran una cuota de placer que mantiene a raya la amenaza de un derrumbe cada vez que reaparece el sentimiento de frustración o fracaso.

Más allá de las recorridas vertientes internas e inconscientes desde donde solemos trabajar, sobre las que podríamos decir mucho más, quisiera centrar nuestra mirada en el deterioro de la organización social en que estamos viviendo, cosa que anticipaba en el comienzo de la presentación.

Estamos creciendo en un contexto en el que el principal valor es el material y la mayor libertad está adherida a la idea de consumir o tener riqueza material. El modelo global de la economía libre no tiene otra bandera que el enriquecimiento irrestricto.

A lo largo del siglo pasado, se ha ido resquebrajando la organización de las necesidades gregarias, propias de la especie, en favor de un modelo individualista y egocéntrico; “la era del narcisismo”, la llaman algunos.

Pero es, también, la era del vacío, de la caída libre -que es esa “libertad” de la que “gozamos”-, en medio del vértigo de un desencuentro que clama por reencontrar el asidero de nuestro afectos y el camino hacia una intimidad posible, hacia el sentido común, que pareciera hoy más perdido que nunca.

01/10/2010 La Marginalidad como Proceso Creativo

Solemos mirar el tema de la marginalidad desde la observación de las víctimas del sistema social, de aquellos a quienes hemos dejado de lado o que nos reclaman el olvido de una paternidad negada, muchas veces investidos de harapientos ropajes, otras, con la mirada dura o desde un ataque vindicativo que, sin saberlo, reclama una atención elemental del reconocimiento de su naturaleza humana.

Hemos dedicado muchísimas páginas, estudios, reflexiones, investigaciones, programas de ayuda, etc., sin terminar de entender y menos aún de resolver el agudo reto que se desliza detrás de esta cuenta milenaria que tiene la humanidad con aquellos que existen en los “márgenes de la ciudad”, en condiciones de pobreza, de enfermedad, con limitaciones físicas, alimentarias o de fortaleza, como para sostener desde sí mismos la tarea de vivir en los términos en que lo humano se define como un derecho natural.

Pero, hay otras formas que aparecen en los márgenes y no siempre en función de una debilidad: son los diferentes, los que se atreven a sustraerse de la influencia social, los que cuestionan el sistema con alguna propuesta alternativa, en el orden social, las ciencias, las artes, la salud, etc.. Suele ser que cuestionen el statu quo y sean, por esto, rechazados y hasta perseguidos. Muchas veces son personas o grupos de personas que se adelantan a su tiempo y no son bien comprendidos o aceptados porque revolucionan los hábitos o la mentalidad de la época.

Hay que tener valor y convicción suficientes para mantenerse fiel a las ideas que nos colocan al margen, aún en el caso de una franca excentricidad, de cara a los usos y costumbres del colectivo social. El premio en términos de un reconocimiento suele aparecer con el tiempo (en muchos casos, post mortem).

La psicoterapia psicoanalítica nació por los años cuarenta, como una alternativa a la praxis psicoanalítica tradicional. Mirada con desdén en sus inicios, fue calificada por los psicoanalistas como una práctica de menor valía. Era el cobre, frente al áureo metal de la ortodoxia psicoanalítica. Es recién en las dos últimas décadas del siglo pasado que investigadores y observadores de la clínica coinciden en reconocer los efectos terapéuticos de la psicoterapia, incluso, muchas veces, por encima de los logros provenientes de la aplicación del psicoanálisis clásico.

El Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, creado hace casi 30 años, supo esperar esta evolución hacia el reconocimiento, mientras ensayaba variables de aplicación de los conceptos psicoanalíticos, en una práctica abierta y creativa, centrada en el paciente y sus singulares necesidades.

Pudo, asimismo, acercar la sofisticada herramienta psicoanalítica, procesada en su aplicación, a las mayorías menos favorecidas económicamente, habiendo atendido, en 21 años, más de 50,000 solicitudes de consulta.

Visto así, constatamos una vez más que el ejemplo paradigmático nos señala siempre dos caminos: recorrer cómodamente la senda trazada por quienes nos antecedieron, o fijarnos en el espíritu que los animó en sus comienzos, aquello que los movió a buscar otras vías. Gran paradoja, aquella que nos invita a identificarnos con el resultado y a la vez con el espíritu reformulador. Algo más hay que hacer en el proceso de lograr una identidad; como en las herencias, se trata de convertir lo heredado en algo verdaderamente propio. El riesgo de no hacerlo es quedar atrapado en un espejo sin fin.

09/2010 27 años después

Reflexiones sobre los contextos cambiantes y sus consecuencias en la cultura
(a propósito del XIV Congreso Internacional del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica)
Setiembre de 2010

Hace apenas un poco más de 27 años retornaba de Buenos Aires, recién graduado como Psicoanalista. Ése es el tiempo exacto de mi relación con el Centro.

En el contexto de entonces, la sociedad psicoanalítica peruana, también, se iniciaba. Éramos apenas siete miembros y teníamos que prodigarnos en las tareas de dar la talla para obtener la aprobación, como institución, para pasar a formar parte de la Sociedad Internacional de Psicoanálisis; es decir, obtener la oficialidad.

Gobernaba Belaúnde con sus modos quijotescos, mientras la horda senderista iba cobrando fuerza y ferocidad. En sintonía con nuestro gobernante, tampoco nosotros aterrizábamos de nuestra nube psicoanalítica hacia el encuentro con la realidad social y cotidiana. Éramos todos “señores a la antigua”, de buenos modales y principios sólidos, con capacidad de mística y vocación de servicio.

Eran tiempos distintos. El futuro era mirado con optimismo y seguridad, con esa sensación de que los cambios “se tomaban su tiempo” y uno contaba con eso, sea en el abordaje analítico con los pacientes, como en los planes en general.

Los años de antes ya no son como los de ahora. Los años ahora los sentimos ora efímeros, ora violentos, vertiginosos, cambiantes. A veces, paradójicamente, la impresión es que el tiempo no pasa. Se pierde con facilidad la sensación de continuidad, de proceso. Nada es duradero. La incertidumbre prevalece y hace brumoso el futuro. Pareciera, incluso, que no hay futuro, que todo seguirá igual o se pondrá peor.

La velocidad de las cosas que ocurren, el vértigo de la información, apenas dejan espacio para sedimentar la experiencia. Los afectos, si tienen lugar, se encuentran en una suerte de coctelera en permanente agitación. La resultante es que, cada vez más, nos vemos en la necesidad de proteger nuestras emociones y sentimientos. Los lazos apenas tienen tiempo para gestarse y terminan siendo una suerte de carga pesada de la que más vale sacudirse.

La cantidad de información que nos invade, más allá de nuestro deseo, vulnera sensiblemente nuestro equipo protector contra el estrés.

El sostenimiento social se ha desvirtuado a favor de una globalización despersonalizante e inhumana, entregándonos, ya sin resistencia, a la voracidad de un sistema omnívoro e insaciable.

La necesidad de apelar a mecanismos primitivos se hace cada vez más apremiante. La idealización nos lleva a la falacia de la realización desde la tenencia material; la negación nos lleva a apostar “a perdedor” en la búsqueda del placer inmediato.

Por cierto, la búsqueda del placer inmediato se instala en función de maquillar un estado cada vez mayor de carencia de sentido, de desarraigo del sí mismo y de ocultar la humana necesidad de relaciones de afecto, de reconocimiento, desde lo esencial de ser, sin tener que hacer… o tener.

La escisión habita en lo social de manera flagrante. Nadie reconoce a nadie y los aparentes vínculos son absolutamente deleznables, son una cáscara que no soporta pruebas de consistencia. Todo el mundo proyecta lo peor de sí en los demás y nadie se reconoce en el eje de la responsabilidad de sus actos.

Se está perdiendo, de a pocos, la capacidad para entablar lazos afectivos duraderos, el vínculo pareciera herido de muerte y la intimidad es una experiencia cada vez más extraña. La intensidad parece suplir, de largo, a la profundidad en los lazos entre las parejas, entre las familias y en la sociedad en general.

La sociedad de consumo y la globalización han generado valores entrampados en lo material. El logro de poder o de riqueza ha generado la falacia de que con eso basta para sentirse realizados.

Desde un punto de vista evolutivo, nos fuimos acostumbrando a medir las cosas desde la corteza cerebral, en desmedro de nuestra posibilidad de sentir o relacionarnos integrando nuestras emociones. Esto derivó notoriamente en un injusto privilegio de la medición de la inteligencia en términos del rendimiento intelectual, situación que recién empieza a revertir a partir de la última década del siglo pasado.

La exagerada valoración de lo material, en la sociedad de consumo, ha dado paso a una lamentable quiebra en la estructura de valores, motivo por el cual la corrupción de las personas encargadas de la salvaguarda de los intereses de la mayoría es escandalosamente frecuente.

Peor aún, este mismo modelo ha llevado a la quiebra del principio de autoridad, derivada del modelo democrático, y del respeto por el semejante. Los valores de integración social se han ido desintegrando al punto de poderse diagnosticar a nuestra sociedad actual como predominantemente psicopática.

Todo ello tiene que ver con el predominio de una determinación hedonista de nuestros intereses y con la virtual incapacidad de anteponer empáticamente las consideraciones del posible daño que pueda originarse en los demás como consecuencia de las propias ambiciones, que cada vez aparecen más y más desmesuradas.

Los considerandos de honor y vergüenza, ante la sanción social, prácticamente no interesan. En la política, abundan los personajes que no muestran el menor rubor al mentir y, como si fuera poco, inventan y tergiversan la verdad invocando un apoyo que muchas veces se ampara en la complicidad social, por lo que increíblemente los seguimos viendo en vidriera. Algunas de las expresiones que acompañan a estos personajes son: “Bueno, robó, pero hizo obra”, “Hicimos un faenón, hermano”, “Esto necesita una aceitada”, “Bueno, optaremos por el mal menor” o “Borrón y cuenta nueva”.

La política se ha convertido en una organización cada vez más parecida a la de una mafia y, por tanto, la “omertá”, el silencio cómplice, parece ser la ley vigente.

Por cierto, nuestros representantes invitan a identificarse con ellos en su cinismo y sus actos transgresores. Solemos encontrarnos personas que expresan lo siguiente: “Si ellos lo hacen… ¿por qué yo no?” Claro, algunos “sólo” se pasarán la luz roja o pagarán una coima para “tapar” una falta, o para lograr un objetivo, mientras que otros transitarán por las ligas mayores de la corrupción, de la estafa, del narcotráfico o del crimen.

Ahora bien, ocurre que, desde el punto de vista biológico, entre un 10 a 20 por ciento de las criaturas de la naturaleza nacen con un diferencial genético privilegiado, con un gran potencial para el desarrollo de recursos con los que favorecer evolutivamente a su especie. Pues bien, en los humanos, de mucho tiempo a esta parte, las personas que cuentan con este privilegio sienten que no tienen deuda alguna con su especie. Peor aún, sienten como derecho personal el utilizar sus talentos para explotar a los demás en beneficio propio.

A pesar de que el mandato natural supone que estos talentos están destinados a generar lazos de afecto e integración grupal, el resultado usual es que los afortunados terminan ocupando un lugar de privilegio en la cúspide material, sin resonancia emocional con su entorno social. Casi siempre habitados por un vacío existencial, por una sensación de falta de sentido que difícilmente se pueden explicar.

Recientemente, al parecer motivados por la realidad del deterioro de la tierra y el creciente y flagrante detrimento de la calidad de vida de las grandes mayorías, algunos personajes , han comenzado a donar sus dineros, gesto que por cierto no basta… No sólo se trata de garantizar la sobrevivencia; se trata, también, de consolidar la coexistencia equilibrada y respetuosa de semejantes y diferentes.

Por otro lado, los últimos avances en las neurociencias y los estudios alrededor del apego, nos muestran la otra faceta de este deterioro, causa y consecuencia de la descomposición social. Hemos abandonado los patrones de crianza, programados por la naturaleza, que garantizan el desarrollo de los sistemas de relación afectiva. La mujer tiene cada vez menos disposición para la reproducción y la maternidad se ve socavada por la necesidad de producir dinero. La crianza actual está programada más en función de la tecnología que por los determinantes biológicos.

La realidad –con un récord de cesáreas y visitas a la incubadora- diseña un desencuentro, entre la madre y el infante, que asegura un estrés que haría palidecer a los teóricos del trauma del nacimiento. Desde el comienzo, el bebé está forzado, así, a lidiar con necesidades adaptativas que desdibujan el equilibrio natural de su regulación emocional.

Por estos motivos, dado que tampoco se trata de un abandono total, el bebé deriva a las llamadas “formas de apego inseguro”, una de las cuales considero que es la más frecuente: el apego evitativo. El bebé, el niño, se protege de los riesgos del compromiso afectivo del apego primario y crece apoyándose en recursos defensivos, es decir, usa sus potenciales en función de mantener a distancia la posibilidad de exponerse emocionalmente.

Otra forma de apego, que no se veía tan frecuentemente hace 27 años, es la del apego confusional, emparentada con esa organización psicopatológica que denominamos “ fronteriza”. Se van armando, así, cadenas transgeneracionales que perpetúan la falla, repotenciando lo que la sociedad aporta como falta de sostén integrador, complementario al plan maestro de la naturaleza, inscrito en nuestra programación genética.

Al interior del psicoanálisis, en estos 27 años, ha sido notoria una evolución. Las sofisticadas teorías, muchas veces teñidas de una inteligente sustentación, han ido encontrando posibilidades de aterrizaje a la luz de los aportes de las neurociencias. Es posible verificar, por la vía de las neuroimágenes, los niveles de activación que produce la terapia.

Las teorías de la angustia encuentran mayores posibilidades de comprensión a partir de la observación de la dinámica del apego temprano (y, también, tardío). La compleja dinámica de la integración de las emociones y las consecuencias del estrés temprano nos permiten ampliar nuestra comprensión de los fenómenos inconscientes y de las memorias, en particular en el terreno de la memoria implícita.

En este lapso, resultados de múltiples investigaciones encuentran que los resultados positivos de una psicoterapia dependen, más que de la técnica utilizada, de la calidad del vínculo entre paciente y terapeuta.

Desde las neurociencias, la mejor comprensión del sentido de la neuroplasticidad da posibilidades de una mejor comprensión de los llamados cambios estructurales, en el sentido del logro de una estabilización de circuitos moduladores, que encuentran consolidación en una saludable mentalización y posibilidades de manejo consciente.

El objetivo terapéutico se orienta, así, con mayor sentido, hacia el logro de una mejor regulación emocional a partir del aporte vincular interpersonal. El terapeuta busca las claves para una convergencia sintónica y sincrónica con el objetivo de reparar las fallas en la regulación afectiva original.

Esto, ineludiblemente, requiere una modificación sustancial de nuestros baluartes de neutralidad y abstinencia; una mayor observación y manejo de los fenómenos de campo, que se nutren de lo transferencial y contratransferencial tanto como de la relación misma y de la alianza terapéutica que sostiene el proceso de cambio.

La atención flotante y su recíproca asociación libre quizás tengan que ser crecientemente consideradas al interior de una horizontalidad interactuante.

Ello, claro está, no niega la indispensable asimetría propia del juego de roles que el terapeuta necesita mantener, como parte del ajuste de sintonías, muy a la manera de una madre suficientemente buena (que no pierde su lugar como madre, pese a “fundirse” con su bebé).

En suma, de lo dicho, 27 años después observamos lo siguiente:

- Existe una grave perturbación en los modelos de apego humano.

- El potencial genético del bebé no encuentra el complemento sintónico indispensable para el desarrollo pleno del cerebro límbico, lo cual conlleva futuras fallas empáticas.

- Se establece un círculo vicioso entre la falla temprana y los problemas de adaptación al entorno, plagados ambos de fallas empáticas.

- Estamos viviendo en una sociedad psicopatizada, en una suerte de “sálvese quien pueda”. No estamos generando acercamientos o sinergias suficientes para salir de tal condición.

- Es posible que la angustia proveniente de la amenaza de destrucción total del planeta y de la vida lleve a alguna reacción hacia la búsqueda de los recursos empáticos entrampados o dormidos.

- La psicoterapia debe ser, cada vez más, un proceso de encuentro humano, algo distinto a la pura aplicación de técnicas estereotipadas.

- El amparo emocional, el sostenimiento, el aliento oportuno y la disposición para el encuentro afectivo tienen que prevalecer por encima de las explicaciones inteligentes o racionalizadoras.

- Por último, necesitamos participar más en campañas de difusión de estas observaciones sobre nuestra realidad como especie, sobre nuestra deshumanización.

13/08/2010 “Enactment” y cambio

Voy a abordar el tema desde una perspectiva particular y compleja, en la cual incluiré una visión básica de la teoría psicoanalítica, de la praxis psicoterapéutica y un esfuerzo de integración de nociones provenientes de las neurociencias.
Aparentemente fue Joseph Sandler el primero en utilizar el término “enactment” , refiriéndose al hecho de que el paciente “arrastra” al analista a conductas que le permiten actualizar una cierta relación de objeto, siendo que éste último responde, en acción espontánea, a estas demandas inconscientes, de origen primitivo, que requieren de una particular expresión vincular en el contexto del análisis. Según Moreno, para Sandler, “haga lo que haga, el analista siempre actúa”.
Agrega Moreno que: “Esto que ocurre durante la sesión, puede ser de índole muy variada, pero con la característica general de que algo que se dice o se hace, y algo que se responde, ambos de forma espontánea y fuera de lo pensado, irrumpen en el marco del diálogo analítico sorprendiendo y cambiando el estilo habitual; puede ser breve o más largo y, después, al recuperarse el intercambio de siempre, debe ser comprendido como una puesta en acto de una escena cuyo argumento no ha estado en la conciencia antes de la acción, y que incumbe directamente al mundo interno del paciente, que inconscientemente ha propuesto ese encuentro y ha arrastrado al analista a jugar ese rol, en el que también está implicado, en mayor o menor medida, su propio mundo interno.”
En un panel, formado por distinguidos psicoanalistas , se discutió el concepto desde este singular enunciado: “El concepto de Enactment. ¿Progreso o moda actual?”. Una de las conclusiones fue que se trataba de un fenómeno por completo inevitable, resultante natural del proceso de intersubjetividad, componente esencial del trabajo en psicoanálisis.
Sin ir a mayores precisiones conceptuales en la definición, trataré de aportar mis propias experiencias y reflexiones alrededor de lo que propongo como un “fenómeno de campo ” propio de las relaciones humanas y su lugar en el proceso terapéutico.
Hace ya muchos años, escribí el artículo “El Cuerpo como Objeto Transicional ” en el que describía la experiencia vivida con una paciente que, al ingresar y al retirarse de la sesión, tenía la necesidad de abrazarme efusivamente mientras murmuraba “abrazos, besos”. Yo correspondía emocionalmente, como quien se reencuentra o se despide de una persona querida.
El espíritu de aquel artículo respira, desde el título, los aromas propuestos por Donald Winnicott en relación a los fenómenos transicionales. Los conceptos de “handling” y “holding” encontraban lugar en un desarrollo que, además, invocaba de manera particular la noción de “presentación del objeto” (la oportunidad de estar allí, en el momento justo) de manera constante.
Habiendo terminado aquel proceso de análisis, hace ya bastante tiempo, podemos decir que la peculiar experiencia terapéutica que compartimos funcionó en ella y se ha mantenido.
Previamente, muy a la manera de lo que ocurre en los fenómenos transicionales, el ritual de contacto físico se fue diluyendo de manera natural. En paralelo, la paciente se fue integrando, encontrando así crecientes posibilidades de regular las desbordantes sensaciones de desestructuración que la habían traído a la consulta.
Siempre la recuerdo con mucho cariño. Me resulta muy grato reencontrarla, cuando la casualidad lo permite, y darnos nuevamente un efusivo abrazo, motivado esta vez por el puro gusto de hacerlo, de saber que está muy bien en la vida y que ahora fluye con soltura, creatividad y una gran seguridad en lo que hace.
He compartido circunstancias diversas de contacto emocional con mis pacientes, a veces simplemente desde formas tonales intensas, enfáticas o alentadoras; otras, con expresiones de afecto o aprecio sincero. En ocasiones, les he permitido tocarme o darnos un abrazo, hacerles una caricia en el pelo, apretar especialmente la mano al despedirnos, cambiar de roles, etc. Siempre, claro, en función de que emergía el gesto espontáneo en el paciente o en mí. Siempre atento al “a posteriori”.
Tengo anécdotas graciosas de sobredramatización en momentos muy densos o dramáticos. Les he contado a mis pacientes cosas personales, que asociaba en el momento y que tenían que ver con lo que les estaba pasando.
Hubo un tiempo en que me acompañaba la duda de si estaba haciendo lo correcto. La sensación de transgredir la norma analítica de la abstinencia y la neutralidad movilizaba en mí frecuentes dudas e incertidumbres. Trataba de escribir sobre esto y exponerlo a la opinión de mis colegas. Casi siempre se me respondía que “de eso” no debía hablar, menos aún si tenía en cuenta mi lugar como profesor de técnica.
Es cierto que existía el riesgo de que los colegas jóvenes encontraran en la propuesta una licencia para ignorar la necesidad de contar con una sólida formación antes de abrirse de esta manera a la experiencia con sus pacientes. Ese recaudo sigue vigente. Necesitan saber de los riesgos que supone la cercanía física tanto para el paciente como para el terapeuta. Particularmente si ocurren a destiempo.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces y ahora observo que se va poniendo en boga la noción de “enactment” y la “naturaleza interpersonal de la terapia”, por lo que me animo a re-examinar el tema con ustedes a la luz de la licencia de los tiempos.
En mi experiencia personal, salvo excepciones, en la mayoría de los casos el resultado fue que se afianzó la alianza terapéutica, se produjo una mayor apertura o creció el sentimiento de confianza en el vínculo.
En tanto así, esta disposición para con mis pacientes es ahora parte natural de mi trabajo terapéutico: una experiencia humana que requiere de un especial sostenimiento desde esa otra sabiduría que nos surge de manera espontánea, refleja, cuando es necesaria, y que proviene de los registros más profundos de nuestro inconsciente afectivo, desde lo más hondo de nuestra memoria implícita. Creo que nunca como ahora percibo la importancia de la propuesta winnicottiana de dejar lugar para el gesto espontáneo.
En realidad, esto nada tiene de extraño si recordamos que nuestra dupla funcional en el trabajo analítico se da en torno a la asociación libre, en un espacio en el que buscamos que confluyan los inconscientes de terapeuta y paciente; donde surgen, en especial, las emociones desreguladas de los pacientes, dadas las experiencias que les tocó vivir, tanto en la infancia temprana como a lo largo de la vida.
Sobre lo que, quizás, no hemos reflexionado lo suficiente es acerca de qué otras implicancias tiene esta apertura, qué implica.
Observemos algunos detalles. En un proceso terapéutico, cada tanto se presenta un “momento especial”, aquél que relacionamos con el “timing”. Se trata de un momento de especial necesidad sincrónica por parte del otro (paciente o terapeuta) y de una oportunidad para que se genere un fenómeno de activación, algo que se me antoja relacionar con el concepto de impronta. Una vía asociativa es expuesta, activada o reconducida a un punto de accesibilidad sensible, casi siempre rescatada de los circuitos inhibitorios del miedo.
Se trata de una vía que se puede volver a recorrer (o empezar a recorrer) con el alivio de la liberación expresiva, con la posibilidad de sentir plenitud y acogimiento sintónico.
En el contexto de las disposiciones, alguien prestó el aliento (el paciente o el terapeuta), se produjo la chispa y se echó a andar la experiencia. A veces, por primera vez, aquello que era potencial o que estaba trabado en su expresión pudo encontrar un lugar en la comunicación con el otro.
Esto tiene similitud con fenómenos propios de la biología del desarrollo y las neurociencias.
A lo largo de la vida, el ser humano tiene “picos” evolutivos de maduración, marcados por programas biológicos que se entroncan con las circunstancias, con el entorno, que las favorece o las perturba en su expresión. En general, son experiencias que tienen la característica de constituir improntas. Son experiencias que dejan honda huella en la memoria emocional; que, al amparo de la neuroplasticidad, expresan cambios estructurales activando o generando nuevas sinapsis funcionales. Es en estos momentos en que es crucial la presencia sintónica y sincrónica de la madre.
La diada funcional entre la madre y el bebé, indispensable para el desarrollo, es ahora suplida por la diada terapeuta paciente.
Esta cualidad interactiva entre el marcador biológico y su expresión, como resultado del encuentro con el entorno, ha llamado la atención de los investigadores de todas las canteras: biólogos, neurólogos, psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras, etc.
Considero que el concepto de “enactment” va adquiriendo recién su adultez, a la par que el psicoanálisis alcanza una mayor madurez, enriqueciendo su bagaje conceptual a la luz de distintos desarrollos que nos van aportando tanto las neurociencias como la biología del desarrollo, la etología etc.
Cabe tener en cuenta que, en estos últimos años, distintos investigadores han ido comprobando que la fortaleza de un proceso terapéutico estriba en la calidad del vínculo que se logre entre terapeuta y paciente, más allá de la técnica que se emplee. Esto lleva a un primer plano la importancia de la alianza terapéutica. Quizás, la experiencia emocional correctiva propuesta por Alexander, hace tanto tiempo, va en ese sentido.
Comprendo que esto arma un revoltijo en la comprensión y manejo de los complicados conceptos y mecanismos de la transferencia, la contratransferencia y del proceso terapéutico en general.
Poner en primer término la importancia de la alianza terapéutica implica, más que una experiencia “mutativa”, como gustan decir algunos, una experiencia “mutuativa”, si tenemos en cuenta que el cambio se suscita en ambos protagonistas.
Tal vez uno de los primeros en tratar de integrar esta dimensión del vínculo en la terapia fue Ferenczi, en cuyos relatos encontramos lo complicado que puede ser un “enactment” y la necesidad de ser sumamente cuidadoso y delicado en su manejo.
En muchos relatos de colegas, vemos que éstos algunas veces se vieron sorprendidos al encontrarse de pronto en situaciones de este tipo y, con mucha timidez, confiesan que éstas tuvieron relación con giros positivos en el proceso terapéutico. A veces, incluso, las describen como generadoras de un cambio radical en la naturaleza del vínculo de trabajo.
En realidad, en la mayoría de los casos, uno tendría que verse sorprendido si tenemos en cuenta la naturaleza del “enactment”: súbita, fuera de programa y que suscita una respuesta espontánea, no calculada por el terapeuta.
El entendimiento de lo actuado ha ido variando, desde verlo como una resistencia (lo cual habrá de evaluarse en todos los casos) hasta considerarlo como la expresión de un contenido profundamente inconsciente que no encuentra otra forma de expresión y que requiere de una respuesta especialmente sintónica, de una experiencia emocional sincrónica muy precisa, que provenga de lo más profundo de la memoria implícita. Se trata de una respuesta mucho más ligada a nuestro saber biológico primario que intelectivo; es una experiencia de encuentro restitutivo de una falla original, allí donde en algún momento se produjo un desencuentro temprano.
En la fenomenología de la sesión, el paciente incluye, más allá de lo verbal, su propio cuerpo, su fisiología misma, sus emociones inconscientes, a las que el analista corresponderá con resonancia sintónica, en cuyo caso el “enactment” se traduce en la línea descrita. Cabe, también, la posibilidad de una asintonía, una falta de resonancia o, lo que es peor, una respuesta reactiva o de rechazo a la propuesta dinámica del paciente, cosa que, también, lleva a formas de actuación, muchas veces reforzadoras de la situación traumática original.
El origen de la búsqueda desde el paciente y la conexión con el analista provendrá fundamentalmente desde las memorias implícitas, las “no olvidadas” y “no recordables”, ligadas esencialmente a emociones y afectos en sus formas más primarias, cercanas a lo corporal y fisiológico.
Los conceptos de identificación primaria y de identificación proyectiva encuentran espacio en esta fenomenología relacional, dando lugar a fenómenos de campo que eventualmente expresan “enactments”, que tienen la particularidad de constituir puntos de cambio, momentos de giro, que hemos relacionado con la “impronta” de la organización cognitiva primaria.
Suele ser que, a partir de entonces, el paciente encuentra mayores posibilidades para la confianza, para abrirse y fluir en el encuentro terapéutico (y en la vida). El otro, el terapeuta, (esta vez) estuvo allí, respondió a las claves afectivas del mensaje críptico de la emoción coartada, y lo hizo con resonancia e intensidad adecuadas, en una cercanía sostenida esencialmente desde el cerebro emocional (derecho), desde el gesto espontáneo, no pensado, menos aún planificado.

Bibliografía

Alexander, Franz... French, Thomas... Terapéutica psicoanalítica. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1965.


Moreno, Enrique… A propósito del concepto de "enactment".  Publicado en la revista nº004 de Aperturas Psicoanalíticas. Revista internacional de Psicoanálisis. 5 de abril del 2000.

09/2010 La experiencia fundacional y los seres míticos

XIV Congreso del CPPL “Entre el deseo y la realidad”
Setiembre de 2010

Hay tantas cosas que recordar, tantas cosas que pasaron en la época en que fundamos el Centro…

Para empezar, todos estábamos de regreso del extranjero, luego de un gran esfuerzo para formarnos como psicoanalistas. Digamos que habíamos pasado por el “rito iniciático” de demostrar cuán firme era nuestra vocación: migrar, sacrificarlo todo -o casi todo, incluido nuestro patrimonio económico-, enfrentar las incertidumbres e inestabilidades del entorno elegido, lidiar con nuestros demonios interiores…

Durante el período de formación, tuvimos tiempo suficiente como para darnos cuenta de que éramos muy diferentes, por lo que era todo un reto emprender un proyecto en común. Era distinto, también, enfrentar las adversidades de la formación como analistas a sostener un lugar paradigmático como profesores o maestros de profesionales en formación.

Pero… nos entregamos con todo. Fue una oportunidad para compartir experiencias y dificultades personales, lo cual nos generó sentimientos de solidaridad y confianza. Esto hizo que nos sintiéramos fortalecidos y bien dispuestos para emprender la tarea de crear una institución.

Pronto, sin embargo, surgió entre nosotros una gran sinergia; tanto así que todo nos parecía fácil. Era sencillo ponerse de acuerdo y llevar las cosas a la acción; tan sencillo como corregir, una y otra vez, los desvaríos de cada quien en relación a lo tan fácilmente acordado.

Así fue que generamos un modelo peculiar, siempre cambiante, casi caótico, que al principio estuvo atado a nuestras formaciones de origen, pero que, más bien pronto, se fue enriqueciendo con la experiencia de campo. De esta manera, el aparente caos inicial fue logrando un rostro de creatividad y consistencia. La sinergia y el clima de confianza en el equipo fueron configurando una de las más preciadas características de la institución.

Cabe aclarar que, el que diga que se nos hizo fácil la tarea, no significa que no tuviéramos que dedicar muchísimas horas de trabajo y sentir, durante mucho tiempo, la necesidad de reunirnos dos a tres veces por semana para compartir instantes, problemas por resolver, entrampamientos emocionales, necesidades de apoyo, chismes… etc.

Hubo mucha necesidad de sostenimiento entre nosotros. No solíamos criticar las flaquezas del otro; simplemente las cubríamos, llenábamos el vacío... hasta que el otro, el emergente en problemas, pudiera hacerlo por sí mismo.

Nuestro primer reto fue el deslinde de nuestra posición respecto a la naciente Sociedad Peruana de Psicoanálisis. El crear una institución diferente ¿correspondía a una necesidad narcisísticamente cargada?, ¿era producto de una fantasía maniaca? o ¿se trataba realmente del deseo y la necesidad de asegurar un espacio de desarrollo creativo, fuera del contexto, acartonado aún, de las exigencias de una sociedad psicoanalítica en su propio proceso iniciático?

La fantasía maniaca existió y la idea era agruparnos para enfrentarnos al “establishment” psicoanalítico. Primero, surgió la propuesta de formar “otra” sociedad psicoanalítica, sobre la base de duros cuestionamientos a la idoneidad y a la rigidez de la institución oficial, personificada en uno de sus líderes fundacionales.

Sin embargo, consideramos que si optábamos por esta ruta, esta posición denotaría una notoria tinción emocional agresiva y tendría el carácter propio de una escisión.

Luego de evaluarlo, nos dimos cuenta de que se trataba de una propuesta especular. Nos realizaríamos a partir del derrocamiento del “padre de la horda” para, en realidad, instalar un régimen similar al cuestionado.

Ayudó mucho en estos inicios, el poder interpretar psicoanalíticamente nuestra dinámica grupal y decidir a partir de ello.

El otro riesgo suponía una realización narcisista que provenía de la, por entonces, sobre-idealización del psicoanálisis y, por supuesto, de los psicoanalistas, clima por demás atrapante. “Es psicoanalista…” o “Está siendo psicoanalizado por fulano…”, se murmuraba con admiración, tentando al falso self.

En paralelo, al interior de la institución analítica se exigía la máxima sumisión a las jerarquías y a los dogmas entonces vigentes, los que, por cierto, tenían dimensión y aval internacional. El modelo “identificatorio – persecutorio” era detentar el poder y poco menos que convertirse en “el ideal”.

Por aquella época, regresar laureado de una formación psicoanalítica lo convertía a uno en una suerte de héroe a la vuelta de su respectiva odisea, la de la formación en el exilio. Es cierto que habíamos hecho tremendos sacrificios para estar en el punto en el que nos encontrábamos, pero uno de los primeros gestos necesarios era justamente el de rescatarnos del lugar de “héroes”, sin perder la vida o la identidad en el intento.

Salir de este entorno implicaba una confrontación generacional, romper con el ideal. Existía, además, el antecedente de que todos los intentos previos de organizarse como institución en psicoterapia psicoanalítica (fuera de la sociedad de psicoanálisis) habían sucumbido a la interdicción de los representantes de la misma. Se trataba, entonces, de una transgresión no exenta de posibles condenas.

Nos propusimos no pelear con nadie, tan sólo evitar el sentimiento de “pecado original”. Muy a la manera de Edipo, intentábamos salvar de la condena al hijo indeseado. Sublimando la “sombra del pecado original”, derivamos hacia la posibilidad de “ser” originales o simplemente diferentes.

De alguna manera, quedamos en la condición del bastardo que se atreve a nacer, desafiando con su monstruosidad deforme a la perfección de una realeza que no cesaría de repudiarlo por mucho tiempo… quizás hasta el presente.

Optamos, entonces, por una apuesta más terrena: hacer camino al andar. Ir viendo qué podíamos – o qué sabíamos, si sabíamos – acerca de esto de formar psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados. Partimos con la mochila llena de Freud y de psicoanálisis y con la cantimplora rebosante de ilusión y creatividad, felizmente renovables.

Más allá de la motivación ligada a la docencia y formación de terapeutas, hubo, desde el principio, una total coincidencia en la intención de difundir el pensamiento psicoanalítico, así como en llevar la praxis psicoterapéutica a los sectores menos favorecidos (en todo sentido) de nuestra sociedad. Es así como consta en nuestros estatutos de entonces.

La integración con el personal, con los colegas que se fueron uniendo en la tarea docente, con los alumnos, fue mostrando los frutos propios de una estructura viva. Los congresos, jornadas, revistas, libros, cursos, talleres, cine fórum, participación en medios, etc., fueron otorgándonos identidad y autoridad. Nos hicimos institución haciendo, creando, atreviéndonos al cambio, a ser diferentes.

El tiempo nos permitió largamente realizar nuestro anhelo de servicio a la comunidad, apoyados, por cierto, en el capital humano de nuestra población de alumnos y exalumnos con vocación de servicio. Se fue logrando el reconocimiento, quizás más “desde fuera” (desde los psiquiatras, los colegas extranjeros, los pacientes, el público en general…).

Si algo nos acompañó, a lo largo del largo camino que compartimos, fue la absoluta convicción de que nos necesitábamos, de que el protagonismo de cualquiera de nosotros pudiera ser una necesidad transitoria que jamás debía poner en cuestión la intención compartida. Así, el liderazgo siempre estuvo a distancia de las fantasías maniacas originales.

En eso nos ayudó sobremanera el ir declinando cualquier logro personal en favor de la institución. Por ejemplo, si participábamos en medios, era en tanto miembros del Centro; si presentábamos trabajos, si teníamos iniciativas innovadoras, etc., era a nombre de la institución. Gratamente, pronto vimos que nuestros alumnos tomaban iniciativas similares, por ejemplo, organizando, con su propio esfuerzo, el primer congreso peruano de corte psicoanalítico.

Se generó un sentimiento de pertenencia operativo, no atrapante. El clima de libertad y acogimiento permitía que cada quien, en la medida de sus posibilidades, encontrara su realización a través de la experiencia formativa y participativa.

Podríamos aseverar que el Centro nos ha permitido canalizar nuestra disposición paterna. Esto es cierto. Pero es también cierto que nos ha permitido crecer, creer en nosotros mismos, mirándonos en el espejo de nuestra creación. Somos, podemos. Nada hubiera sido posible si no nos hubiéramos juntado en la disposición fertilizante, en el aprecio y en el respeto, tanto por los potenciales de cada quien, como de sus debilidades.

El sostén del conjunto, la integración bien avenida, ha sido y será nuestra garantía de realización. No nos regateamos nada. Todo tenía ese grato sabor que hace ligera la tarea. No hubo nada que no estuviéramos dispuestos a poner a la hora de jugarnos cartas difíciles, siempre pensando en la salud y fortaleza de la institución, que se convirtió en el gran continente que nos permitió trascender hacia cercanías creativas y gratificantes.

Creo que el Centro ha sido como el hijo que sostiene la ilusión, que motiva para el esfuerzo, que crece y se hace fuerte, que anima a seguir, que es generoso y agradecido desde su sola presencia. Miren, si no, las cosas que nos regala como una realidad tangible.

El Centro es fruto del amor. No pueden existir institución, mística ni renuncia en lo personal, si no hay una dosis importante de amor. Desde el lugar que nos toque en nuestra necesidad evolutiva -como hijos, como padres, como abuelos- siempre hay un espacio para sostener y ser sostenido, para aprender en la experiencia de “pertenecer”, de disfrutar del “nosotros”.

Siento que le debo a esta institución mis mejores recuerdos como profesional: nada grandioso, cosas sencillas, simplemente la posibilidad de ser y hacer con libertad. Le agradezco, también, ese espíritu libre que se fortaleció en este espacio de encuentro paradojal.

Ahora, desde el lugar de abuelo, siento que hace mucho que esto ocurrió y, sin embargo, resurgen frescas las emociones y el entusiasmo cuando nos reencontramos, aquí en la institución, en clases, o en cualquier actividad -sea con ustedes o en el espacio circunscrito de los abuelos, donde aún nos prodigamos caricias de reconocimiento.

Ya que hablamos de las fantasías fundacionales, no hay que olvidar aquella propia de la fratría, que, como todas las anteriores, nunca declina, y que nosotros, también, tuvimos que superar. Me refiero a la fantasía de la eliminación del hermano rival, del protagonismo omnipotente, del resurgimiento de la tentación maniaca o narcisista, que siempre estará al acecho, esperando un nuevo procesamiento.

La unidad lograda estará siempre en riesgo de perderse. Lo hecho y lo dicho hasta aquí son la manera en que logramos mantener a raya dichos riesgos. Gracias al análisis de la dinámica grupal, a la declinación trascendente en favor de la institución y gracias a la entrega generosa de nuestros potenciales a favor de la misma, es que pudimos y podremos seguir recogiendo, enriquecida, la esencia de nosotros mismos.

Tengo la convicción de que todos los que se han acercado y participado de nuestras actividades, en grado mayor o menor, lo han hecho desde el afecto. Al inicio, por ejemplo, muchos colegas contribuyeron con participar en el dictado de clases, estrictamente en base a la amistad. Nuestra estructura misma es un germen de amor, de afecto, de buena disposición y acogimiento.

He sentido muy de cerca el aliento solidario de nuestro personal y el compromiso total con la gesta. Martita, nuestra secretaria ejecutiva, nació con la institución, lo mismo que sus hijos… a veces a mitad de un congreso… En ella veo reflejado ese amor incondicional que sólo podemos comparar con el de una familia bien avenida.

Los seres míticos, nuestros héroes paradigmáticos, esos héroes que nos propusimos no ser, sólo podrán serlo en forma transitoria, en la medida en que nos podamos ver todos como paradigmas, como participantes de una gesta con muchos vientres, con múltiples inseminadores, rescatados permanentemente del riesgo protagónico o la omnipotencia prescindente.

Nos necesitamos todos. Nos debemos todo a todos, en una paradójica gratuidad. Cualquiera puede ubicarse en el lugar de paradigma. Nuestra pretensión es que el paradigma sea el de la vocación de servicio y el de la modestia antes que el narcisismo alzado o arrogante. El paradigma que queremos es aquel que esté basado en el amor, que nos permita mirar a nuestro entorno, interactuar con él. Nuestro paradigma es el de la creatividad en oposición a la impotencia resignada o estéril de las quejas y las críticas sin propuesta de solución. Nuestro paradigma es el compromiso, la confianza en que contamos con el compañero, a quien nos debemos en reciprocidad.

¿Alguien hubiera creído que podíamos sacar adelante un programa de proyección social, como el que tenemos, sin contar con apoyo externo? Pues, sí. Bastaron el apoyo afectivo, las ganas y, más que nada, la unión en la gestión. Ha sido una de las grandes satisfacciones derivadas de habernos juntado, de haberlo deseado y actuado en el momento oportuno.

Pero, no es sólo cosa de haberlo echado a andar. Es, también, como todo, cosa de recrearlo en el día a día, de sostener la mística y el amor que trasunta, de no olvidar lo que hay detrás de lo que ahora nos aparece graciosamente disponible.

Cada rincón de la institución palpita desde su historia, invitando a integrarse, a identificarse, a participar. Incita a crecer, a ponerle “nuestro toque”.

El reto innovador está con nosotros, siempre lo estuvo. Esperamos seguir liderando en el terreno de la psicoterapia. Comprobamos que, en muchos aspectos, teníamos una visión de avanzada respecto a las fórmulas clásicas de la técnica. La terapia se ha consolidado alrededor de una mayor atención al vínculo, a la relación interpersonal como herramienta efectiva. Los viejos mitos han ido declinando, enriqueciéndose con la investigación y el desarrollo de otras disciplinas, como las neurociencias.

La tarea fundacional subsiste, nos reta desde el día a día, nos invoca a ser los nuevos héroes, los nuevos paradigmas. En realidad, nada que signifique algo nuevo, simplemente es el reto de sostener la llama del amor, la mística de la renuncia en favor de los demás. Las formas pueden cambiar pero no el espíritu.

23/10/09 Carlos Antonio Morales, mi padre

Este es el testimonio que presenté en la Mesa: "Padre – Hijo, Dos Miradas", del XI Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis y VIII Diálogo COWAP entre el 22-25 de Octubre de 2009

En el tránsito hacia una mención objetiva de lo que fue mi padre, me inundan una serie de emociones, que por momentos me impactan al punto de hacerme trastabillar. Es como rasgar debajo de mi piel para encontrarlo y casi ya no lo reconozco. Son esas emociones, esos efluvios, esos sentimientos que brotan de mí mismo, lo que queda en mí de él. Poco a poco, sin embargo, van surgiendo recuerdos de nuestras anécdotas del tiempo en que fuimos padre e hijo. Del tiempo en que le tocó ser mi padre.

Estaba allí cuando nací. Él esperaba una niña en esas épocas en que la ecografía aún no pinchaba la ilusión. No sé si hubo desilusión al tener a su quinto varón (sólo tengo una hermana), pero por años sentí como una gran deuda con él… Felizmente, luego me percaté de que nunca me reclamaría la deuda y más bien encontré lugar como el “menorcito” y buen compañero de papá.

Aún así, traté siempre de ser atento con él aunque, más que atento, me esmeraba en no darle problemas. Creo que desde mis primeros contactos descubrí en él a un hombre bueno, noble, naturalmente afectuoso y tolerante, de alma tierna, talvez reflejando con ello la forma en que había manejado su orfandad de madre. Siendo hijo natural, a la muerte de su madre fue criado con sus hermanos paternos, en el hogar formal de éste. Y, desde niño, supo ganarse el cariño de los demás: hermanos, parientes, amigos.

Durante años, antes y después de su muerte, escuché hablar de mi padre con admiración y aprecio, si no con respeto. Era muy conocido como alguien sensible y solidario, en espacios casi siempre sostenidos en el anonimato, llevando alimentos a la viuda que se vio en dificultades, apoyando con su presencia a quien lo necesitara. No era necesario que se lo pidieran, él aparecía oportuno y pertinente.

Lo admiraban, además, por su inteligencia y su particular habilidad para crear cosas, para inventar soluciones. Al respecto, recuerdo cuando hizo un mimeógrafo casero o cuando fabricaba utensilios o construía él mismo la ampliación de la casa en que vivíamos.

Era fascinante ver cómo se planteaba retos: arreglar el reloj, la radio… realmente cualquier cosa. Se zambullía en el tema y se pasaba horas trabajando hasta que… saltaba de júbilo porque había logrado arreglar el desperfecto.

Desde niños nos habituamos a tener en casa todo tipo de herramientas y muy pronto me encontré arreglando yo mismo mis zapatos… o fabricando mis juguetes. No eran épocas de abundancia, pero no era por eso que nos dedicábamos a la tarea de emprender nuestra propia aventura de aportar soluciones creativas. A mí me encantaba hacerlo, me hacía sentir ese júbilo que veía en papá… llegar a ese ¡lo hice!!

Admiraba a mi padre, lo amaba como no he amado a nadie, salvo a mis hijos, con ese amor incondicional, con esa disposición a dar la vida por el otro. Justamente alguna vez, alrededor de mis once años, estando mi padre, que era militar, en un recóndito lugar de la frontera, se originó un conflicto armado. Hacía meses que no veía a papá y lo extrañaba mucho. Perderlo, que se muriera, me parecía algo terrible. Entonces, por las noches rogaba a Dios que me llevara a mí, pero que conservara con vida a mi padre.

Este dar la vida por el otro signó la paternidad de mi padre. Alguna vez, poco antes de su enfermedad fatal, expresó “ya todos mis hijos están logrados, puedo morir en paz”. Su mayor aspiración era que fuéramos profesionales y yo, que era el último, ya estudiaba medicina. Es posible que esto reavivara mi antiguo sentimiento de deuda con él, de hecho, fue un tema importante en la elaboración de mi duelo. Lo cierto es que papá fumaba tres paquetes al día de tabaco negro. Era inevitable que se fuera.

Su muerte me sumió en el capítulo más triste de mi vida, pero enfrentar el duelo a lo largo de años me permitió rescatarlo, asimilarlo con cariño y agresión, saldando deudas y terminando por aceptar que cada quien elige su destino.

El que papá fumara tanto me remite de manera singular al escenario conyugal de mi padre, forma parte de mi escena primaria. Las incursiones infantiles a su habitación debían superar las densas nubes de humo que su vicio impenitente dejaba como testimonio de que ni dormido apagaba el cigarrillo. De todas maneras, su abrazo siempre dispuesto dejaba otra huella, a la que se sumaban olores y texturas que me son imposibles de olvidar. Por cierto, su olor “natural” era a tabaco.

No recuerdo enseñanzas de papá en la forma de indicaciones o imposiciones de lo que uno debía o no hacer o ser. Su pregón era desde el ejemplo. No forzaba las cosas, invitaba a que lo acompañáramos, a que lo ayudáramos en las tareas que hacía, pero no lo decía dos veces. Estabas con él si realmente querías estar; si no, él lo hacía solo. Demostraba, así, que también podía solo.

Sin embargo, siendo tan permisivo, a la hora de poner límites lo hacía sin titubeos. No amparaba, en ningún caso, la falta de responsabilidad o el parasitismo engreído. Había libertad, pero con el compromiso implícito de que cada quien cumpliera con lo propio. Si ponía la varilla más alta, lo hacía más como un estímulo, sin descalificar lo logrado. No había condena si no se accedía al olimpo de la excelencia.

Si bien él mismo se manejaba con excelencia en todo lo que emprendía, parecía no percatarse de ello y era más bien sencillo, humilde, jamás presuntuoso. Hizo su carrera militar desde soldado raso y, al poco tiempo, habiendo accedido al grado de oficial, pasó a ser instructor en la Escuela de Oficiales.

Papá era un fascinante relator de anécdotas. Contaba pasajes de su vida en donde no faltaban episodios de búsqueda de tesoros entremezclados con experiencias paranormales. Tenía el don de la mediumnidad y el mundo fantástico de los espíritus en el que nos veíamos inmersos nos dejaba una sensación de estar con una suerte de héroe mítico… ¡y era mi papá!

Resultaba difícil pensar en emularlo en aquellas épocas en que uno le temía al cuco y a la insondable oscuridad de las noches solitarias en las que, a partir de estos relatos, más bien se poblaban de fantasmas aterrorizantes, que a veces me despertaban con sus ronquidos (los de papá).

En una época en que se enviaba al Colegio Militar a los muchachos para que se les corrigiera, mi padre me invito a que ingresara. Pienso ahora que fue porque, por entonces, tenían un plantel de excelentes profesores. Quizás en esa época de fascinación por mi padre lo entendí como una invitación a seguir sus pasos, ser militar como él… y ¡no podía fallarle a papá!

Felizmente, mi periplo leonciopradino más bien me ayudó a percatarme de que la vida militar no era lo mío. Nunca hice buenas migas con el autoritarismo abusivo, menos con alguna forma de sometimiento humillante, ni propio ni ajeno. Además, en ningún momento mi padre me confirmó las sospechas de que quería que siga sus pasos. Como siempre, una vez instalado en esta instancia, todo corría por mi cuenta. No fui mal alumno y no traía problemas… hasta que un par de incidentes dieron lugar a un giro en la relación con papá, ese giro grato que surge de la adversidad catastrófica y que deja huellas imborrables en el ciclo iniciático de la adolescencia.

Ocurrió que, estando ya en quinto año de secundaria, hubo una huelga de maestros y en el colegio andábamos pateando latas hasta que a alguien se le ocurrió armar una timba con dados. Luego de una brega inicial, entre los entusiastas que nos anotamos quedamos tres con un volumen respetable de monedas y billetes que habíamos esquilmado a los que tuvieron que retirarse por falta de fondos. Felices por nuestra suerte, en medio del fragor batiente de los dados, no nos dimos cuenta de que un capitán miraba la escena… Cuánto rato habría estado allí… no lo sé. Lo que sí recuerdo es que muy lenta y pausadamente se acercó, contó monedas y billetes… No sabíamos si nos estaba queriendo tomar el pelo ya que no tenía fama de “malo”… Pero, al final, elevó un parte a la dirección y, por primera vez en mi vida, me vi catapultado al mundo de “los malos”. Uno de los tres precoces timberos ya había sido advertido por el director, en el auditorium, delante de todo el colegio, con respecto a una falta que había cometido, de que ésa era la última que se le permitiría.

Mi record en conducta era bueno pero la falta era grave para los parámetros del colegio, por lo que sentía que ya estaba frente a un pelotón de fusilamiento. Fueron días terribles: no comía, no dormía… estaba en la más absoluta zozobra.

Hicieron ir a mi padre para informarle sobre la mala conducta de su hijo y para comunicarle la sanción que se me impondría… ¡Terrible…! Lo peor para mí era justamente que se lo dijeran a él. ¡Me sentía pésimo! Me llevaron a la Dirección para esperar su salida. Yo estaba pálido y frío, con ese frío intenso de los condenados que empiezan a morir antes para acoger serenamente el disparo final.

Salió papá. Caminamos, su mano en mi hombro… Entonces, me dijo unas pocas palabras: “Hijo, creo que tienes que escoger mejor tus compañías…” ¡Yo estaba vivo! El pelotón no disparó y mi padre me renovó su confianza… No sentí que me perdonó, simplemente sentí que seguía siendo yo, su hijo, que había cometido una falta. No se ofuscó, no me condenó. Me doy cuenta que hasta hoy bendigo su comprensión…

El otro acontecimiento, también por esas épocas, tuvo que ver con mi debut en las “lides de los machos”. Los compañeros del colegio empezaban a alardear de sus incursiones con las chicas de cierto prostíbulo y, en algún momento, me encontré iniciado en una aventura que dejó lamentables consecuencias; las que, en primera instancia, resolvimos en la enfermería del colegio con unas dosis pertinentes de penicilina. Lo que parecía superado, sin embargo, no lo fue. Poco tiempo después de terminadas las clases, las molestias volvieron y ya no había posibilidad de buscar la solución en la enfermería…

Entonces, le conté a papá que en esos baños sucios del colegio había adquirido una infección y que, si bien me habían ayudado en la enfermería, las molestias me habían vuelto. Sin decir nada, papá me llevó a un médico del hospital militar y, con un tono festivo, le dijo más o menos lo siguiente “Doctor, mi hijo me cuenta que se ha sentado en un inodoro sucio del colegio y pescó una infección. Se la curaron pero ahora parece que se ha vuelto a sentar en el mismo inodoro…” No hablamos una palabra más. Se acabó la inocencia. Compartíamos otro discurso y una renovada disposición. Podía confiar en papá. Podía contar con él.

A mi padre le gustaba la pesca. A veces en bote, a veces desde las peñas, siempre se las ingeniaba para sacar el pez más grande. Tenía una paciencia increíble. Tiraba el cordel y esperaba largo rato con su pucho en los labios. Mientras con mis hermanos verificábamos varias veces si los peces no se habían comido la carnada de nuestros cordeles, él seguía tranquilamente esperando hasta que, de pronto, un tirón… y, otra vez, un pescado grande o diferente al que estábamos esperando sacar. Era un premio a su paciencia.

También, le gustaba la cocina. Tenía una especial convocatoria para reunir a la familia, hermanos, primos, cuñados, amigos, etc. Se llegaban a juntar multitudes, cosa que no volvió a ocurrir después de su partida.

Tocaba la guitarra con ese dejo andino y melancólico que evocaba tal vez su orfandad temprana: “dónde están mis amigos no los veo, dónde están mis hermanos no los hallo…” Aún me conmuevo al evocarlo, resuenan en mis oídos sus canciones mientras en mi mente aparece su imagen, siempre con el cigarrillo en los labios, en ese equilibrio increíble que sostenía su alianza con la muerte.

Lo vi aprender a tocar el acordeón, ya grande, con esa paciencia de autodidacta que capitaliza magistralmente el ensayo-error. Persistió –como siempre- hasta que lo dominó.

Que más les puedo decir… Admiraba a mi padre, podría escribir muchas páginas sobre él, como de hecho me he sentido estimulado a hacer. Hace un par de semanas soñé con él, después de muchísimos años. Me hacía cosquillas, yo reía hasta perder el aliento. Sentí el calor de su cuerpo y esa vitalidad alegre y juguetona que me supo transmitir cuando niño.

Mientras describía a mi padre, he ido reconociendo en mí mucho de todo aquello que él era y hacía. De alguna manera me veo descrito en él. Fue un buen padre. Yo he tratado de dar la talla, siempre dudoso de sí lo habré logrado, en especial en esos terribles momentos en que los hijos muestran sus flaquezas y conflictos. Felizmente me acompaña esa paciencia (la de papá) que permite apostar al tiempo y a confiar en que lo sembrado sólo espera mejores climas para brotar.

Nunca pensé, antes de ser padre, que fuera posible querer a un hijo como llegué a querer a mis hijos. Sentir el natural sacrificio que brota espontáneo frente a las circunstancias de su desarrollo. Más de una vez me he sorprendido renunciando a un bocado apetecido, dándoselo a ellos sin titubear, al ver que no habían quedado satisfechos. Creo que ésta es una condición que se instala para siempre. Uno adquiere el talento de adecuarse a sus movimientos progresivos y regresivos, acompaña a los hijos en su regresión pero, también, es posible dejar que nos acojan cuando, desde su madurez, les surge apoyarnos o sostenernos.

Decía que he mantenido mis dudas sobre la suficiencia de mi función como padre; eso de que la calidad es suficiente nunca terminó de convencerme y reconozco que muchas veces estuve ausente debido a las exigencias profesionales y económicas.

Comentándole a mi hija mayor sobre la proximidad de esta presentación y mis dudas sobre qué poner al respecto, me respondió con la celeridad que permiten los mails…:“Papita:Yo creo que eso de ser buen padre es algo que pesa en tu mente desde hace muchos años. Quisiera que pudieras ver lo que yo veo y ya no sientas como que fallaste. Al contrario, eres y siempre has sido un buen padre. Me siento con suerte de tener un papá como tú. Todos tenemos fallas, padre e hijos; no somos perfectos y siempre hay lugar para mejorar… El hecho de que tus hijos sean buenas personas, derechos y que te quieran mucho son prueba de que lo hiciste bien… Nosotros sabemos que siempre podemos contar contigo y que nos quieres mucho…”

Con mi segundo hijo tuve la oportunidad de experimentar un sentimiento muy especial. Al nacer su hija, que ahora tiene cuatro años, sentí una tremenda emoción al momento de verlo en su flamante lugar de padre, cargando a su hija con ternura. Me acordé de aquel pensamiento de Confucio (creo), que dice: “Uno no sabe si fue buen padre hasta que sus hijos son padres”. Aparte, por cierto, el rol de abuelo renueva en mí la posibilidad de jugar, de divertirnos en juegos muy locos y personales con mi nieta.

Mi tercer hijo me anuncia que no tiene intenciones de tener hijos hasta nuevo aviso. Me escribe mientras alterna el chateo con la preparación de unos tallarines verdes que acaba de aprender a preparar y que planea devorar apenas termine el siempre apurado contacto con su padre… Se había reunido el fin de semana con su hermana y le había preparado algo rico. Me despedí contento, más aún porque sabía que su hermana había disfrutado especialmente de su cercanía.

Cerrando este relato, sólo me cabe decir: “Gracias papá… allí donde estés…” Gracias a ustedes por escucharme.

10/2009 La Psicoterapia de Nuestros Días

Desde una hegemonía casi total a lo largo de tres cuartos del siglo pasado, el psicoanálisis, matriz de las psicoterapias llamadas dinámicas, ha venido considerando la necesidad de adaptar sus recursos técnicos a la realidad objetiva de una patología de variables infinitas en las que no cabe la posibilidad de una intervención estandarizada, por no decir estereotipada. Del original intento de adaptar al paciente a los modos de su técnica, ha devenido, con razonable esfuerzo, en el ajuste de la técnica a los requerimientos del paciente.

Mucho de este cambio, por supuesto, ha tenido que ver con la creciente experiencia de campo de analistas y terapeutas así como con tener que enfrentar los retos de las llamadas “nuevas patologías”, de los “nuevos contextos” y de otras variables. Más allá de los criterios subjetivos de cambio, mucho ha contribuido la investigación en el terreno del proceso y, más aún, en el de la observación de los resultados.

Hasta los años 80, la investigación en psicoterapia era escasa, estaba centrada casi siempre en el esfuerzo empírico, con una observación exhaustiva del proceso pero con poca precisión respecto a la causalidad de la mejoría. Otros enfoques, como las terapias de tipo cognitivo conductual, podían exhibir resultados tangibles desde la aplicación de sus estrategias de trabajo, en particular en lo que respecta al alivio sintomático o adaptativo, pudiendo mostrar mejores y mayores estadísticas de efectividad.

Unas y otras, sin duda, mostraban logros pero dejaban sin responder una serie de interrogantes, como ¿Cuál es el factor gravitante del éxito psicoterapéutico en cada disciplina? ¿Alguna psicoterapia muestra mejores resultados que otra? ¿Cada patología requiere de un tipo específico de psicoterapia? ¿Cuánto gravitan las cualidades personales del terapeuta? ¿Es el paciente, más allá de su patología, un factor importante? ¿Qué tan determinantes resultan el tiempo, el contexto y tantas otras variables? Sobre estas interrogantes, desde diferentes enfoques, diversos investigadores han dedicado, de manera creciente en los últimos años, esfuerzos por encontrar respuestas. La investigación en psicoterapia, tarea ardua y difícil, viene progresando y preocupándose ya no sólo de los resultados sino de qué los originan .

Una de las primeras y tempranas conclusiones de la investigación en psicoterapia es que no existe una significativa diferencia en cuanto a los logros terapéuticos que obtienen las diferentes disciplinas vigentes. Es más, una observación frecuente es que hay una tendencia creciente al uso combinado de recursos propios de una u otra línea teórico-técnica y que, quienes trabajan de esta manera, suelen ser los terapeutas con más experiencia, sin perder el eje de su tendencia escolástica de origen, en una suerte de eclecticismo funcional.

En tanto así, la idea de una manera única de enfrentar el reto de la cura en psicoterapia, va cediendo terreno al trabajo con integración de recursos de distintas disciplinas, en las que prima cierta elasticidad, adecuada a cada caso, en función tanto de la meta como de la estrategia más apropiada para lograrla.

Una mayor comprensión de los trastornos mentales permitió a la psicoterapia orientar mejor sus recursos, ya fuere en relación a problemas derivados de un déficit estructural o a conflictos ligados a la necesidad de represión. La organización de estrategias de respuesta pertinentes, en las que el componente central se juega en el terreno de la creación de un ambiente sostenedor, incluye ineludiblemente a la persona del terapeuta.

Esto está en relación directa con el común denominador en los hallazgos de nuestros investigadores. La conclusión es que uno de los factores más importantes en el proceso de la cura es la calidad de la relación que logren establecer psicoterapeuta y paciente. En este sentido, el aporte sostenedor proveniente de un psicoterapeuta empático, ligado a la disponibilidad de un paciente motivado, lograrán producir el gran factor de los procesos de la cura: la alianza de trabajo o “alianza terapéutica”, dinámica en la que el vínculo logra mantenerse en una simetría funcional en medio de una asimetría alternante.

Por otro lado, con el éxito de las neurociencias en la reciente década de los 90, con el mayor conocimiento de la neuroquímica cerebral, de los neurotransmisores y especialmente gracias al aporte de las técnicas de neuroimagen, se han podido “visualizar” los efectos de la psicoterapia en la fisiología cerebral. Resulta interesante -y una gran paradoja- que los avances en la neurociencia y el mayor conocimiento de la fisiología cerebral estén prestando oportunidad para ir rescatando los basamentos de la teoría freudiana. Como ejemplo encontramos que la teoría del inconsciente se ve refrendada y ampliada con el avance de los conocimientos respecto a las memorias primitivas.

Ya no hay duda de que el mandato genético es modelado por el entorno; que, más allá del aporte cognitivo del entorno sociocultural, el vínculo temprano es indispensable como activador de los potenciales funcionales del cerebro del bebé. Las fallas en este fundamental encuentro constituyen el eje de las patologías de déficit con expresión profunda en la capacidad para relacionarse empáticamente. En este sentido, Eric Kandel, Nobel de medicina en el 2001, luego de investigar el funcionamiento de la memoria, encuentra que es oportuno reencontrar los nexos entre las memorias y los fenómenos del inconsciente, observando en particular lo que atañe a la memoria implícita, a los registros inconscientes que están más allá de la represión freudiana, incluyendo, más bien, los complejos procesos de la organización cognitiva. Sin embargo, el rescate de la teoría psicoanalítica, que permite algún mayor acercamiento a la comprensión de la subjetividad humana, no necesariamente conlleva un aval a sus propuestas técnicas, en las cuales hay mucho por decantar.

Es por ello que, luego de una prolongada sensación de crisis, el psicoanálisis ha tenido que ir integrando en su praxis las variables técnicas que originalmente planteara la Psicoterapia Psicoanalítica. Ésta, en esencia, trata de encontrar formas de abordaje que se adecúen a cada paciente. Las variables a las que nos referimos, por ejemplo, sostienen un manejo diferente de la neutralidad, en favor de una actitud más activa por parte del terapeuta, para poner en funcionamiento los recursos saludables del paciente. En tanto así, se puede concebir alcances terapéuticos con pocas sesiones, en un trabajo focal o de tipo apoyo, formas que antes no eran concebibles como promotoras de los cambios estructurales (cambios profundos y estables que sólo parecían poder conseguirse con la aplicación del psicoanálisis).

El fenómeno de integración interdisciplinaria ha derivado en que, al presente, se hayan constituido grupos que se definen como de Neuropsicoanálisis, entre los que sobresalen los nombres de Antonio Damasio, Mark Solms y Jaak Panksepp, entre otros, quienes han logrado significativos aportes a la comprensión de la subjetividad desde una visión neurofisiológica, que permitirá una mejor base científica para el trabajo psicoterapéutico.


Referencias Bibliográficas

Damasio H. … Tranel D. ... Grabowski T. ... Adolphs R. … Damasio A. … Neural Systems behind word and concept retrieval. Cognition, 2004, 92(1-2): 179-229.

Jiménez, Juan Pablo… El vínculo, las intervenciones técnicas y el cambio terapéutico en terapia psicoanalítica”. En “Aperturas Psicoanalíticas hacia Modelos Integradores”. Revista de psicoanálisis (Internet), julio 2005, Nº 20.

Kandel, Eric… Biology and the Future of Psychoanalysis: A New Intellectual Framework for Psychiatry Revisited. American Journal of Psychiatry 156:505-524, April 1999. American Psychiatric Association.

Kandel, Eric… Psiquiatría, Psicoanálisis y la nueva biología de la mente. Barcelona, Ars Médica, 2007.

Kaplan-Solms… Estudios clínicos en neuropsicoanálisis. Introducción a la neuropsicología profunda. Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2005.

National Institute of Mental Health... Psychotherapeutic interventions: How and why they work. December 9-10, 2002. Rockville, Maryland.

Panksepp, Jaak... Affective neuroscience: The foundations of human and animal emotions. New York, Oxford University Press, 1998.

Solms, M. …Turnbull, O. … El cerebro y el mundo interior. Una introducción a la neurociencia de la experiencia subjetiva. México, Fondo de Cultura Económica, 2005.