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miércoles

2006/11 Eros Terapéutico y Psicoterapia Psicoanalítica

APAL: “Homenaje al Dr. Carlos Alberto Seguín”.  Noviembre de 2006



Fue en 1962 que el maestro Seguín publicó su libro “Amor y Psicoterapia”, en el cuál dedicó el capítulo final a la sustentación de su propuesta de un “eros psicoterapéutico”. A partir de allí podemos hacer la siguiente observación: Seguín nos propone el “eros psicoterapéutico” como una expresión del amor. Describe al “eros psicoterapéutico” como un amor “diferente al amor sexual, libre de autoridad o posesión, de identificación, de dogma, de imposición de valores, reglas o conocimientos y de atracción sexual”.

Yo, que me formé en la escuela de Seguín, puedo dar fe de que, por lo menos en lo personal, encontré en el maestro una disposición ajena al dogma, al autoritarismo, al “discipulaje” y a la explotación en cualquier sentido. No impartía norma que no sostuviera con su propio ejemplo; éramos libres de tomar lo que se nos ofrecía y de dar sin coacción.

En ese ambiente acogedor y de libertad creció mi preferencia por la corriente psicoanalítica. Le debo al Dr. Seguín y a todos los miembros de su “escuela del obrero” mi reconocimiento y gratitud por haber contribuido a que sea el terapeuta que soy: un terapeuta “a mi manera”, lo cuál, según entiendo, es el sentimiento común de quienes nos formamos allí. Creo que todos crecimos así al lado del maestro, sin otra impronta que su espíritu abierto.

Digno de mayores homenajes, el acercarnos a su obra es apenas una pequeña devolución de la gran deuda –que no me atormenta, aunque siempre la tengo presente- y que espero nunca terminar de pagar porque la disfruto, como siempre ocurre con la gratitud.

Me propongo revisar el tema a la luz de los aportes de tres destacados autores psicoanalíticos: Sigmund Freud, Melanie Klein y Donald Winnicott, mis otros maestros.

Para Freud, el amor “diferente al amor sexual”, del que nos habla Seguín, provendría del proceso de “sublimación”, concepto sobre el cual no se extiende mucho a lo largo de su obra, pero que se refiere a “uno de los destinos de la pulsión”, que consiste en la “desexualización” de su meta original.


Eros psicoterapéutico y sublimación:

En su primera teorización sobre la organización del aparato psíquico, Freud adjudicaba particular importancia a la teoría de los instintos. La polaridad entre instintos sexuales e instintos de autoconservación era el motor de un conflicto de fuerzas que derivaba en una organización dinámica destinada a paliar el caos energético en pugna por lograr una descarga.

Esta tesis prevalece por casi dos décadas y va declinando a favor de una nueva dualidad pulsional, la de “eros” y “tánatos”, que es la definitiva tesis pulsional freudiana. “Eros” tiende a la vida y “tánatos” a la muerte. Junto con este vuelco en la teoría de los instintos aparece el punto de vista estructural del aparato psíquico, allá por los años veinte.

Según la primera teoría, el concepto de “eros terapéutico” sería la consecuencia de un procesamiento de los perentorios e irracionales fines instintivos, que recibe la denominación de “sublimación”. En esencia, Freud relacionaba la sublimación con la “desexualización”, la orientación de la primitiva energía sexual hacia fines distintos a los originales.

Freud nunca dejó de dar importancia prioritaria a los instintos y tan es así que al “yo” le adjudicó tan sólo una condición de vasallaje. De esta manera, el “yo” sería apenas una instancia ejecutiva permanentemente jaqueada por el “ello” y por los mandatos restrictivos del “superyó”.

En el mandato superyoico de poner en jaque a los instintos, en particular respecto a la resolución del Complejo de Edipo y la renuncia a la concreción del incesto, encontraríamos la fuente de la capacidad para la sublimación y para establecer vínculos libres de la perentoriedad instintiva o posesiva.

El “eros psicoterapéutico” sería, así, un logro evolutivo; pero valdría la pena discriminar, en la consecución de dicho logro, lo que proviene de la amenaza de una sanción (la castración, instrumento esencial en la tesis freudiana) de lo vinculado al fortalecimiento yoico en su versión altruista, proveniente del estímulo del “ideal del yo”.

Es interesante recordar que la energía misma del “yo” la describe Freud como proveniente de la “desexualización”.

Aquella organización proveniente de la impronta superyoica podemos emparentarla con la moral, con el ordenamiento deontológico; mientras que las expresiones con apoyatura en el “ideal del yo” serían la manifestación misma de la ética, posición en la que estamos ubicando al “eros psicoterapéutico”.

Cabe preguntarnos si esta segunda resultante tiene sólo un punto de partida instintivo “a sublimar” o si es que nos asisten también otras emociones y afectos emparentables con el concepto de “eros” como, por ejemplo, la espiritualidad.

En el contexto de la psicoterapia, por lo dicho, creo que podemos ubicar al “superyó” como la instancia organizadora de un “tánatos terapéutico”, que permitiría el mejor manejo del instinto agresivo, concepto éste (el de “tánatos terapéutico”) que propusiera hace ya mucho Saúl Peña; mientras que la terapia amparada en el “ideal del yo” corresponde a plenitud con la propuesta seguiniana de “eros psicoterapéutico”. La forma en que la propone el maestro puede, sin embargo, acercarse a una configuración idealizada de la posición del terapeuta.

Sabemos que ambos elementos (eros y tánatos) se entretejen necesariamente a la hora de lidiar con la patología. Es en el Yo que este tejido resulta óptimamente edificante de un resultado terapéutico, una vez procesados los avatares de su desarrollo. Cuando observamos un predominio superyoico en el trabajo terapéutico, éste derivará en una suerte de “cura moral” o en respuestas de sumisión adaptativa por parte del paciente.

En esta primera lectura freudiana, el verdadero “eros terapéutico”, a la manera como nos lo presenta Seguín, se daría en el trabajo de búsqueda de los propios ideales del paciente, sostenido en el proceso por un funcionamiento coherente del terapeuta respecto a sus propios ideales puestos en la profesión y, por tanto, libre de conflictos pulsionales.


“Eros psicoterapeutico” en Melanie Klein:

Desde Melanie Klein, el “eros terapéutico” provendría de la prevalencia de la capacidad reparativa sobre las tendencias innatas a la destrucción que habitan en todo ser humano. Para lograrlo, tendría que darse un proceso de integración de las tendencias opuestas, representadas por un “yo” que odia y ama a su objeto, al mismo tiempo que le es posible aceptar la relación con un objeto que lo odia y lo ama a él.

En Melanie Klein, la capacidad para la reparación, indispensable para el proceso terapéutico, incluye necesariamente un componente tanático, el cuál, sostenido por la capacidad para amar (que supone ineludiblemente el reconocer al objeto) protegería de la humana tendencia a dañar o de vincularse de manera idealizada o narcisista.

Es de suponer que todo terapeuta naturalmente ha tenido que conocer de las vicisitudes del dolor, del odio, de la rabia, de la envidia, etc., y, por tanto, haya tenido que aprender a repararse y a reparar, como única vía para la estabilidad en la relación con el otro.

Apoyada como está en la segunda dualidad pulsional freudiana, la teoría kleiniana entendería la propuesta seguiniana como un proceso de idealización o de una reparación maníaca (con negación de la propia agresión), ya que la única reparación posible requiere del reconocimiento en sí mismo (en el terapeuta) de dichos componentes pulsionales y ello incluye la capacidad de reconocer el odio por el paciente, tema que desarrolla más ampliamente Winnicott, cuyas ideas revisaremos a continuación.

De todas maneras, cabe plantearse, siempre siguiendo una reflexión kleiniana, que un consistente proceso de integración derivará en una estructura íntegra, es decir, con la solidez necesaria para enfrentar la experiencia de desintegración propia y ajena sin perder el rumbo del proceso.

La integración consistente, en tanto así, permite un funcionamiento elástico, indispensable para el funcionamiento con variables dentro de los procesos terapéuticos. Nos protege, igualmente (aunque nunca de manera absoluta), de los peligros de la dogmatización (que más que integración es una petrificación defensiva ante ansiedades persecutorias o depresivas), sobre los que nos advierte el Dr. Seguín.

Una efectiva integración supondría una amplia capacidad para la simbolización y una garantía suficiente para un uso creativo de la fantasía sin demasiado margen para la confusión identificatoria con el paciente, otro de los riesgos sobre los que también nos previene Seguín.


“Eros psicoterapeutico” desde Winnicott:

Me resulta más fácil identificar la propuesta seguiniana de “eros psicoterapéutico” con los argumentos psicoanalíticos en los que se ampara Donald Winnicott.

En principio, la propuesta winnicottiana apuesta esencialmente a la organización del ser en base a su posibilidad - o no - de sostenerse en el vínculo con su madre (o representante). Todo ser nace con una tendencia natural a desarrollarse, que tan sólo (poca cosa, diría Winnicott) requiere que no se la perturbe demasiado.

Las urgencias instintivas quedan supeditadas al desarrollo y fortalecimiento yoico, que en un primer momento corre a cargo de la madre y su capacidad de relacionarse personalmente con él (no solamente satisfacer sus demandas instintivas). Esta madre respeta a ultranza las limitaciones y capacidades del pequeño ser en desarrollo.

La experiencia temprana de crecimiento con apoyatura total en un otro da lugar a un sentimiento de confianza básica que abre el camino tanto para una existencia personal como para una relación empática con los demás.

El psicoterapeuta que maneja la relación con sus pacientes en los términos del “eros psicoterapéutico” seguiniano, es decir, con posibilidades amplias de postergación de sí mismo en favor del desarrollo, crecimiento o fortalecimiento de un otro, tendría como base un saludable pasaje por una relación temprana con su madre y/o una experiencia de vida con posibilidad de intimidad con familiares, amigos o maestros (también con analistas o psicoterapeutas).

Es interesante observar que Winnicott no excluye el componente agresivo en una relación normal o natural. El asunto en ciernes es si esta experiencia emocional es sostenida o no por el “yo”. Por otro lado, sin excluir los componentes hereditarios, vincula mucho más las irrupciones agresivas o violentas con las fallas vivenciadas en el desarrollo de su tendencia natural. Es decir, las emparenta más con mecanismos defensivos (expresión última de una necesidad yoica de controlar la situación).

En Winnicott había claridad respecto a que la agresión, en lo posible, requería ser usada para fines de confrontación estructurante y no para reacciones vengativas o hirientes; es decir que, en última instancia, la consideración por el estado del otro es prioritaria. Entendemos que es así, básicamente, como lo plantea la prédica seguiniana.

En un sentido amplio, Seguín es muy claro cuando plantea que la puesta en juego del “eros terapéutico” supone el ejercer las posibilidades de influenciar sobre otro, sobre un ser humano. No está dicho explícitamente, pero sí sobreentendido - y más aún desde una lectura winnicottiana - que es un proceso de mutua influencia que se produce en una tercera área, la del espacio transicional, la del espacio potencial en donde lo instintivo tiene un lugar no primordial, a favor de una experiencia del sí mismo, es decir, de dos totalidades, de dos personas reproduciendo en su encuentro un proceso de mutua recreación.

Estas premisas del encuentro con el otro suponen una experiencia de intimidad necesaria, indispensable diría, para la realización del ser humano, La intimidad es, en última instancia, lo que sostiene la esencia del ser humano. Lo que le devuelve su posibilidad de estar a solas, tanto como la de experimentar el vínculo como enriquecedor.

La disposición ofrecida por el profesional desde su “eros psicoterapéutico”, en realidad se refiere a la confianza, tolerancia y demás, que conlleva la comprensión y el reconocimiento del otro en su naturaleza humana. Comprensión y confianza que se traducirán, a su vez, en consistencia y honestidad que se ponen automáticamente en juego.

Vale la pena recordar, desde Winnicott, que existe también la posibilidad de organizar un “falso eros terapéutico”. Este se da cuando la persona exige a su ser la creación de un personaje, que en este caso tendría que ser un terapeuta “muy bueno”, poco menos que ideal. Esta posición puede conllevar efectos benéficos en su entorno, pero el afán de ser su personaje opaca el interés verdadero por el paciente. “Le faltará algo”, tal vez plenitud personal o tendrá dificultades para poner límites a los demás o acaso alguna enfermedad psicosomática o, a lo mejor, descubre algo escindido en sí mismo, etc.

Al terapeuta “verdadero” lo concibe Winnicott con capacidad para estar de manera psicosomática, es decir: en forma total en su quehacer terapéutico. Al igual que Seguín, este autor valora sobremanera la capacidad de entregarse de manera total, con disposición para jugar y “recrearse” en el encuentro terapéutico, siempre en función del paciente, por cierto.

Desde lo dicho, creo que el planteamiento del Dr. Seguín sobre el eros psicoterapéutico es el resultado de la madurez profesional del terapeuta, de su ética lograda a partir de una consistente disposición, que después la experiencia fragua, casi siempre a costa de grandes sacrificios que “no se notan”. Esto le permite encontrarse a sí mismo y a sus pacientes con mayor sabiduría y elasticidad.

Preocupado como estuvo por la relación médico-paciente más allá de la enfermedad, el “eros psicoterapéutico” no está pensado ni circunscrito al trabajo del psiquiatra, del psicoanalista o psicoterapeuta de cualquier escuela; tiene su lugar en cualquier actividad que tenga como finalidad ayudar al ser sufriente, física o mentalmente, allí donde alguna forma de vocación de servicio se convierte en profesión.

Es interesante observar que, hacia el final de su vida, interrogado por Max Silva sobre el “eros terapéutico”, el maestro se permitió dudar acerca de si logró realmente colocarse en el nivel de su propuesta. Lo que sí sabemos es que permanentemente lo intentó, como probablemente hacemos todos, al momento de ejercer la profesión. Ocurre simplemente que el maestro llegó más lejos que nosotros y por eso será por siempre un paradigma, digno de éste y muchísimos homenajes más.


Bibliografía

Freud, Sigmund (1923)... El yo y el ello. En: Obras Completas. Tomo XIX. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1980.

Segal, Hanna... Introducción a la obra de Melanie Klein. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1965.

Seguín, Carlos Alberto... (1962) Amor y Psicoterapia. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1962.

Silva Tuesta, Max... (1994) Carlos Alberto Seguín. Otros perfiles, otros frentes. Lima, Fondo Editorial del Banco Central de Reserva del Perú, 1994.

Winnicott, Donald... (1971) Realidad y juego. Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.

2005/12/12 Deuda y Gratitud

Encuentro Winnicottiano “Donald W. Winnicott, trazos y espacios: del gesto espontáneo al espacio potencial”

Lima, diciembre de 2005


Hace muchos años, al definir sus expectativas en el tratamiento, una paciente me dijo:
- “Tengo que recuperar el tiempo perdido…”
- “Pero si ya lo perdió”, le contesté.
Y, así, comenzamos una aventura que nos tomó años, para descubrir las bondades de una vida personal en el presente. Prefería la engañosa trampa del pasado, que reiteraba la promesa seductora de ser “la elegida, la preferida, la indispensable, la más importante del mundo”.

Parecía que esta vez sí se iba a cobrar la deuda…no iba a ser explotada... ahora sí la respetarían… pero... ¡nada…! Hasta que nos dimos cuenta que la aterraba dejar ese juego, que no estaba preparada para vivir una vida personal, que vivía - o más bien sobrevivía - pegada a esa deuda por cobrar, mientras que sus padres (con quienes ella, a su vez, se sentía en deuda) la parasitaban desde sus respectivas carencias.

Sin embargo, algún saldo personal permitía vislumbrar un futuro menos catastrófico que el que ella preveía para esta niña obediente, próxima ya a la tercera edad.

En el contexto de las relaciones humanas, las deudas forman parte importante del patrimonio personal con el que nos hacemos a la vida. Desde muy temprano, tenemos que negociar con el entorno. Partimos de una posición, en la que tenemos una absoluta necesidad de nuestro benefactor, hasta otra en la que hallamos posibilidades de contar con una mayor opción personal para dicha negociación. Es el largo camino entre la dependencia absoluta y la salida de la dependencia relativa.

A veces, tenemos la sensación de que nos deben algo que nos pertenece, algo que nos quedó pendiente recibir, y nos encontramos agazapados a la expectativa de que aparezca, de que se nos devuelva lo propio.

Otras veces, el medio nos reclama activamente la deuda de sus vacíos y podemos pasarnos la vida tratando infructuosamente de pagarla. Las deudas del pasado perturban nuestra capacidad de negociar en el presente y distinguir con claridad entre lo que debemos y lo que nos deben, entre deudor y acreedor.

Atrapados en la búsqueda del ilusorio paraíso perdido, nos perdemos en un laberinto de emociones y sentimientos que hacen difícil precisar la naturaleza de nuestra búsqueda. Puede ser que un profundo resentimiento nos impida reconocer nuestro anhelo de ternura y protección. Del mismo modo, una idealización exagerada nos puede poner a distancia de la rabia y el dolor causados por el abandono, la que reaparece tan pronto se produce el desencuentro especular con el otro real, renovándose el reclamo por el despojo actualizado (y actuado).

Unos y otras ven perturbados, en grados diversos, su experiencia de intimidad y el adecuado “uso” del objeto. Sólo la experiencia de la gratuidad y la derivación de la deuda hacia la gratitud podrán revertir tal situación. Esto se da sólo en circunstancias en las que la relación no obliga y, menos aún, somete... aunque sí compromete. Compromete desde la disposición empática y la continencia negociadora, tal como puede darse en un adecuado proceso terapéutico. o en alguna oportunidad que la vida nos ofrece como opción.

Winnicott nos muestra la paradoja de las deudas de gratitud cuando escribe en la dedicatoria de su libro “Realidad y Juego”: “A mis pacientes, que pagaron por enseñarme”.[1]

Respecto a la deuda, Winnicott emparenta su esencia con el ingreso al mundo de los fenómenos transicionales y el reconocimiento del objeto. En su presentación del artículo “Objetos transicionales y fenómenos transicionales”, nos dice:

“Introduzco los términos “objetos transicionales” y “fenómenos transicionales” para designar la zona intermedia de experiencia, entre el pulgar y el osito, entre el erotismo oral y la verdadera relación de objeto, entre la actividad creadora primaria y la proyección de lo que ya se ha introyectado, entre el desconocimiento primario de la deuda y el reconocimiento de ésta... ”[2]

En circunstancias normales, el primer movimiento de cobro no suele ser del supuesto acreedor, la madre. Es el bebé quien reclama, desde el sentimiento de haber sido despojado de su propiedad inalienable; y lo hace con la violencia de quien somete a embargo a un usurpador precario, a un desconocido frustrador que ocupa ahora el lugar de aquella parte de sí que antes resolvía sus demandas con solicitud y premura.

Todos sabemos de la gradiente de frustración necesaria para que se instale el otro como sujeto de crédito, digno de confianza. Me refiero a las circunstancias en las que, pese a todo, la madre, el “otro”, sigue allí, disponible, pero de una manera distinta. Es la etapa de dependencia relativa, con su correlato de nuevas experiencias en el naciente espacio de los fenómenos transicionales.

Es a la comprensión de la naturaleza de esta deuda a lo que intento aproximarme en este trabajo. Sin embargo, es indudable que en la configuración del título “Deuda y Gratitud” tuvo también que ver, aunque desde un nivel más inconsciente (recién me di cuenta después), el título pergeñado por Melanie Klein para su libro “Envidia y Gratitud”. Por tanto, trataré, también, de precisar si hay alguna relación entre la deuda Winnicottiana y la envidia Kleiniana.

Es claro que en Winnicott la deuda se configura a partir de la ausencia sostenedora de la madre y como consecuencia de ésta. En Klein, la envidia es primaria y con una intención predominantemente tanática: el objetivo es destruir lo envidiado. En el enfoque Winnicottiano, la carga irreductible del reclamo de la deuda busca proteger al verdadero Self de los riesgos de una nueva frustración o, en su defecto, constituye una organización omnipotente que integra la identificación con el objeto primario. Casi siempre encarna una exaltación oral sin un sustento objetal suficiente.

Desde el momento mismo de la concepción, madre e hijo configuran una dupla en la que ambos dan y reciben afectos y mensajes en una sincronía trascendente, que involucra condicionantes filogenéticos, sociales y personales. Del registro de esta particular experiencia de encuentro derivan una serie de sentimientos, entre los cuales Winnicott resalta el de la confianza. No se refiere de manera enfática al sentimiento de deuda pero, en diferentes pasajes de su obra, encontraremos alusiones a ella, en particular como consecuencia de las fallas de la madre para proveer el entorno necesario para su bebé. En uno de estos textos, Winnicott dice: “Si la madre le defrauda al principio, ella sabe que (su bebé) se lo hará pagar siempre”.[3]

En la clínica solemos encontrarnos con manifestaciones diversas en las que la deuda tiene un protagonismo central. Esto es particularmente cierto en las patologías que denominamos “de carencia”, en las que, además del registro del déficit original, casi siempre vivido como vacío amenazante, nos encontramos con utópicas manifestaciones de reclamo por aquello que se siente como una deuda por cobrar. Es frecuente observar que, en simultáneo, coexiste un terrorífico sentimiento de deuda, por sentir que uno fue la causa de la falla en el objeto primario, la madre.

Me cuenta Solícita que llamó a su madre para cobrarle un dinero que le debía. Se siente contenta de su logro porque, por mucho tiempo, “mamá se hacía la loca y no me pagaba”. Reflexiona sobre el tema y agrega “Siento que mi madre me debe muchísimo, pero no quería que lo sepa y que me dé, porque entonces yo estaría en deuda con ella...”

Más adelante, dice: “A mis hijas las traje al mundo, pero no por eso siento que me deban la vida, me basta con que sean buenas...”. Días después, retrocede y comenta “Yo no puedo terminar de reconocerme a mí misma porque siento que eso sería destruirla a ella” (a mamá).

Renunciar a la deuda moviliza en Solícita intensos sentimientos de pérdida. El juego del reclamo de la deuda le permite integrarse, pero debido a la rabia del no pago y a la proyección de la deuda. Le cuesta romper con la identificación, sin destrozar el espejo...

Aún así, va cultivando espacios de gratuidad con sus propias hijas, con quienes va elaborando identificaciones que sugieren una suerte de devolución (de las hijas a Solícita), desde su experiencia de saludable crecimiento e individuación, con lo cual, sin proponérselo, ellas van ayudando a mamá a encontrar una alternativa al apego patológico que Solícita tiene con su madre.

En las patologías de conflicto, el tema de la deuda tiene una mayor definición en relación con la problemática edípica. El entrampamiento mayor de la deuda tiene que ver con el deber y la libertad, con la rivalidad y el erotismo, por lo cual, la persona encuentra dificultades en el disfrute en tanto siga sin resolverse la trama infantil. Hay “deudas” y “deudas”; de distinto calibre y profundidad. La negociación de la agresión y el erotismo, a la par que la desidentificación con los objetos parentales, aparecen en el camino, haciéndole lugar a otras formas de relacionarse.

Esteban se pasó la vida trabajando “con papá”, “para papá”, sacrificando lo que sentía que era su verdadera vocación. Más tarde, trasladó la sumisión al padre a la relación con su esposa, en un entrampe anal masoquista torturador, que acompañaba con intensas fantasías agresivas, en las que indefectiblemente él era la víctima.

La muerte del padre movilizó en él dificultades para hacerse de la herencia y, sin proponérselo, en algún momento, se encontró envuelto en un lío callejero, levantando en vilo a una persona que se había mostrado prepotente con él. Mientras lo aferraba de las solapas y le decía: “¡Ahora me las vas a pagar! ¿Es esto lo que querías... ?”, siente que el otro se va encogiendo hasta convertirse en un niño asustado; entonces, lo toma de la nuca y el fondillo y lo arroja para que siga su camino. Mientras se aleja de la escena en su auto, piensa que todo se hubiera resuelto si le hubieran pedido disculpas. El mismo tiene el impulso de regresar y pedir disculpas, pero no lo hace.

Convinimos en el entendimiento de que papá se fue sin pedir disculpas y él se quedó con su rabia, confundido entre el hacerle pagar lo que le hizo y encontrar alguna manera de salir de la “ley del Talión” que regía en su mundo desde niño, aterrado por la posible venganza del padre. El lamentable incidente se presta, en el presente, para echar una mirada a lo actuado, para, por sí mismo, emprender el camino de una saludable desidentificación, liberarse de la deuda con el padre y disfrutar de la herencia con su mujer.

El destino natural de la deuda es resolverse en la paradoja de: “como nos dimos todo... no nos debemos nada, sólo la gratitud”. Nos resarcimos de la pérdida de esta transacción ideal, con la sensación acompañante de la experiencia vivida, que palpita ahora en nuestros corazones. Para que esto sea posible, es indispensable que la entrega, que “los depósitos a plazo”, de los primeros momentos de la vida, se hagan de manera absolutamente gratuita, sin condiciones, obteniendo los beneficios propios del interés directo, es decir, del interés irrestricto por el otro y su expresión en la alegría de participar en la fiesta de la creación compartida.

La de la gratitud es la más noble de las deudas. Por cierto, no es aquello que se pretende desde la educación, cuando se nos impone decir “gracias”. No es necesaria una instrucción así. La gratitud fluye natural en el gesto espontáneo. Quizás una sonrisa nos sea suficiente para percibirla. La de la gratitud es una deuda grata; no nos obliga en lo inmediato, pero nos compromete para siempre. No depende de grandes demostraciones o de valiosos regalos. Es más que nada ese encuentro desde el alma que renueva la confianza en que la verdadera intimidad es posible.

La gratitud es el resultado natural de un acompañamiento materno suficientemente bueno, que permite la constitución de un espacio interno acogedor. La entrega con devoción, encuentro e intercambio, no deja la sensación de vaciamiento en ninguno de los participantes, en particular si se ha logrado integrar adecuadamente la agresión.

Un sutil reclamo de la deuda me lo aporta Marieta, quien me cuenta, en sesión, que la tercera de sus hijas ha empezado a trabajar y le ha pedido que le guarde su dinero. Marieta le dice: “Ah! pero te recuerdo que de chicas ustedes me prometieron hacer una ‘chancha’ para quitarme las arrugas cuando esté viejita...”.

Acá encontramos un reclamo de la deuda: “Tienen que pagar por las arrugas que me han sacado...” ¡Y tendrían que hacerlo, justamente, mediante el pago de una “arruga”!. Cierto que también golpea el que crezcan y ganen su platita y se independicen y tengan sus novios, pero... bueno... ¡tienen que pagar por eso!

Habrían dos tipos de deuda: una proveniente de la relación más temprana y otra derivada de la falta, pero en el sentido de infracción a la norma. La primera está en relación con la falta en tanto ausencia: falta de resonancia empática, falta de reconocimiento y, por tanto, de discriminación; mientras que la segunda se relaciona con: “estoy en falta y debo pagar”.

La naturaleza de la deuda tiene que ver con la persistencia de la culpa por sentir que aquello que se nos ha dado ha sido motivo de sacrificio para el otro. Como si le hubiéramos quitado algo que tiene que ser devuelto o que dificulta que lo recibido sea asumido con libertad y disfrute pleno. La deuda hereda de la individuación el reclamo propio del desgarramiento de la fantasía primigenia de fusión y las angustias de muerte.

El deudor y el acreedor forman una dupla. “Creo que mi hija me está haciendo pagar por todas las veces que le he fallado”, me dice, llena de “culpa”, una paciente. Le explico, entonces, que la manera en que vive la culpa es una forma de confirmarle a su hija la vigencia de una deuda, con lo cual lo que logra es sólo mantenerla, no resolverla. Revisamos, sin embargo, que ella misma no tiene suficiente registro de las deudas vividas con su propia madre, a quien jamás se atrevió a reclamar.

Del ejemplo anterior, vemos que la naturaleza de la deuda esconde una sensación de vacío, de insondable ausencia, que se pretende cubrir con el pago de altos intereses, pero que no alcanzan a contactar con el núcleo de la persona, a la manera de un verdadero interés. Apenas alcanza para calmar la angustia (la de ambas) porque a una le justifica la preocupación, mientras que a la otra le permite el sentimiento de control y omnipotencia. Ninguna de las dos se percata del nivel profundo del reclamo: la necesidad de cubrir un vacío innombrable, de dar cuenta de una ausencia inasible... con sentimientos brumosos de necesidad y temor de encontrar lo necesitado tanto como de tolerar la necesidad.

Lo indispensable de la presencia del otro, ha quedado atrapado por la necesidad de negar el terror de su ausencia... Una doble deuda se va gestando: la que proviene de las fantasías de sustraerle espacios personales al otro, sobre la base de provocar su reacción y/o preocupación; y, esa otra deuda consigo mismo, la deuda de intimidad, de poder arriesgarse a ser detectado por el otro sin pretender cobrarle la deuda, es decir, pudiendo reconocerlo tal como es.

Detrás de la organización superyoica, que mueve el castigo como pago de una deuda, está el reclamo de un tribunal distinto, esencial. El reclamo es por el reconocimiento, el sostenimiento, la presencia sin endeudamiento... por lo menos por un tiempo, hasta que la posibilidad de acompañamiento sea posible y, entonces, la única deuda que llegue a perdurar sea la de la gratitud, o sea, la de la gratuidad; en otras palabras, esa deuda sin reclamo perentorio de pago.

En nuestro desarrollo temprano, en nuestro primerísimo momento de relación con la mamá, recibimos el regalo gratuito del influjo para la vida. La vivencia de entrega total, de presencia total, de correspondencia absoluta, en un encuentro fundante, de mutuas disposiciones vitales, momento de naturaleza irrepetible, la oportunidad más grande de ser con el otro, de ser en el otro... todo depende de que el otro, la madre, esté allí, dispuesta a darlo todo, a recibirlo todo.

Es justamente a partir de este reconocimiento inicial del bebé que, cuando algo pone a prueba extrema nuestra condición de sujetos de crédito, uno puede encontrar en su interior los fondos necesarios como para recuperar dicho crédito. Resulta que los depósitos hechos en algún momento, a lo largo de su existencia previa, han dejado al bebé intereses suficientes como para resolver la supuesta falta de solvencia del medio. Es entonces que se produce una inyección de capital, un crédito increíble que otorga el bebé desde sus fondos intangibles.

Una deuda terrible y desastrosa es la que las madres - y detrás de ellas la sociedad - adquieren con aquellos bebés a quienes se mezquina la compañía indispensable por la paradoja de tener que trabajar para mantenerlos.

Muchas veces lo adeudado proviene de una fantasía de recibir un obsequio, una ayuda, aquello que alguna vez se esperó y no se nos dio. Rompe el fantasma de la carencia y moviliza sentimientos de completud... hasta que viene el reclamo del pago.

Por un lado, el acreedor ha obtenido una posición de poder; se produce, entonces, la renovación incrementada de la sensación de carencia y la apelación al mecanismo una y otra vez. El acreedor se nutre de la necesidad de completud del otro, satisfaciendo sus propias fantasías de completud, llenándose del otro, pero sin poder superar sus respectivos vacíos, porque nunca es suficiente. Necesita del otro, que se hace cargo de la incompletud, de la carencia; entonces, se genera un falso entendimiento de rescate, que resulta una buena justificación para mantener el sistema.

De esta manera, en vez de gratitud, se generan oscuros sentimientos de frustración y odio por el prestatario que viene a quitarnos lo otorgado (en la imaginación, lo regalado). El sustento es que el regalo proviene de la fantasía infantil que requiere que yo sea el pobre niño frustrado que al fin recibe el regalo y no tanto el adulto que necesita de un apoyo para crecer o salir. En el caso maduro, el prestatario sabe que puede pagar y que quien prestó dará las posibilidades de hacerlo. No hay sentimiento de persecución ante el prestamista, más bien habrá gratitud.

El complemento de la idea de regalo lo encontramos en la fantasía omnipotente que otorga la tarjeta de crédito que puede exacerbarse hasta la megalomanía. Todo lo puede... menos las experiencias humanas. Así lo pone Master Card: “Hay cosas que no se pueden pagar”. Esto es usado por los operadores de estos instrumentos, quienes incentivan la sensación de “no límite”, casi la negación de la deuda... ¡la cual aparecerá ominosa en el recibo de fin de mes! Es el gasto, en general no productivo, compensador, que endeuda la vida y hace que trabajemos para pagar deudas.

La resultante la conocemos: el vacío, la ausencia de encuentro humano, que crece de manera exponencial, arrojándonos al siempre dispuesto sistema de consumo, que se nutre ávidamente de nuestros despojos.

Lamentablemente, en los tiempos que nos ha tocado vivir, está cada vez más ausente la entrega en gratuidad, la verdadera vocación de servicio. La integración con el semejante desamparado casi ha desaparecido. Se ha pervertido el endeudamiento; éste es promovido con el fin de establecer relaciones de poder y sometimiento. Miremos, si no, los vínculos de poder que se establecen mediante “la ayuda” de los países desarrollados a los del tercer mundo.

La paradoja trágica es que siempre parece que “esta vez sí nos vamos a resarcir de lo que se nos debe...” Esa fue la fantasía que acompañó la compra de las empresas telefónicas: “Van a devolvernos el tesoro de Atahualpa...”, decían los titulares de los diarios. Y luego nos levantan en peso... y nos siguen ofreciendo beneficios engañosos...

El desastre de la deuda externa, la explosiva germinación psicopatizada de representantes “salvadores”, “padres de la patria” - como se les conoce - quienes, supuestamente viniendo a dar, a entregar lo mejor de sí, terminan mostrando una avidez de acreedores prestos al embargo, repitiendo el modelo de “los grandes” del sistema, de las grandes potencias, en quienes no aparece siquiera el sentimiento de gratitud hacia la madre tierra. Se apoyan en el repudio del otro, de aquel a quien pretenden representar, quien aparece ahora como un famélico pariente que perturba su festín.

El encuentro en el nivel humano ha sido sustituido por el acaparamiento de propiedades, “bienes”, los llamamos. Surgen ejemplos mil, de una dimensión escalofriante, de cómo hemos ido perdiendo el registro de la necesidad de la experiencia de intimidad, en donde es necesario integrar al otro, al semejante, gozoso o sufriente, pero de una manera que no sea la estereotipia de convertirlo en un deudor nuestro o alguien con quien nos sentimos vinculados en función a una deuda o una “conveniencia”.

Mirado desde el otro lado, el vacío personal que prima en nuestra sociedad actual facilita la fuga hacia el endeudamiento, el cual no sirve tanto de apoyo para crecer, como de artefacto negador de la carencia. Así, a la manera de una adicción, caemos en la necesidad de cubrirnos con más y más deudas. Las tarjetas de crédito nos ofrecen tentadoras compensaciones, que medran de nuestra patológica necesidad de empeñarnos al otro, quien nos sustrae más de lo que nos da, atrapando nuestra vulnerabilidad de bebés desamparados y desatendidos, hambrientos de “no sé qué”. La perversa “mamá tarjeta” o, más allá, los agentes de crédito a quienes hemos empeñado el futuro, nos van a reclamar la deuda... la impagable deuda.

La deuda tiene que ver con el reconocimiento de quien nos ha prestado su atención. Casi toda la obra de Winnicott está dedicada a presentarnos la naturaleza de este endeudamiento. Es interesante notar que en el uso corriente de las expresiones haya una sinonimia entre “agradecido” y “reconocido”. Por ejemplo, en este instante, podría decir: “Estoy muy reconocido por la oportunidad que me ofrecen de compartir este trabajo con ustedes”. Uno guarda gratamente la sensación de ser reconocido, atendido con interés por el otro. Gracias por eso.


Bibliografía

Winnicott, Donald… Escritos de pediatría y psicoanálisis.  Barcelona, Editorial Laia, 1979.

Winnicott, Donald… Realidad y juego.  Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.





[1] Winnicott, Donald… Realidad y juego.  Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.
[2] Winnicott, Donald… Realidad y juego.  Pg. 18.
[3] Winnicott, Donald… El odio en la contratransferencia.  En: Escritos de Pediatría y Psicoanálisis.  Barcelona, Editorial Laia, 1979.  Pg. 277.

2005/07 La Construcción de la Diferencia Sexual desde el Espacio Analítico. La importancia del “Holding” y del “Handling”

IX Congreso de Psicoanálisis: “Psicoanálisis: proceso y transformación”
Sociedad Peruana de Psicoanálisis, Lima, Julio de 2005



La diferenciación sexual es un proceso que, como la identidad misma de la persona, se va desarrollando a lo largo de la vida. El tejido particular que logra cada quien con su condición de “macho – hembra” y el registro de lo “masculino – femenino”, involucra ingredientes genéticos, instintivos, educativos, adaptativos, culturales, identificatorios, etc., propios del desarrollo de la identidad y de las posibilidades de un adecuado sostén por parte de un yo suficientemente integrado y plástico.

El propósito del presente trabajo es analizar la evolución de esta diferenciación, retomada desde el proceso analítico. Me voy a apoyar para ello en una viñeta clínica y en los conceptos de Winnicott referentes al “holding” y al “handling” que, como se podrá observar, aparecen como propicios para entender lo actuado desde el analista.

Cuando Winnicott habla del “holding”, vale la pena recordar, se refiere a la importancia del vínculo con la madre en los primeros momentos de la vida del niño, al sostenimiento que ésta hace de su pequeño bebé, a partir de relacionarse con él como una persona, con sus sentimientos y necesidades particulares. Junto con ello, Winnicott nos habla del “handling” y de la necesidad del contacto físico, de la caricia, del abrazo, todo lo cual facilitará la integración psicosomática personal, la relación con el cuerpo y la percepción de los límites en el vínculo con el otro.

Esta integración contribuirá a que, a futuro, el Yo adquiera la capacidad de manejarse con la realidad, con suficiente conciencia de su singularidad, no sólo en cuanto a la diferencia sexual anatómica sino a las particulares formas de vivirla, sentirla, expresarla y disfrutarla.

Cada quien, en su plenitud como persona, necesita saber acerca del lugar que su sexualidad ocupa en su mundo de relaciones, tanto en lo que respecta a la intensidad del impulso instintivo, como al tipo de placer preferido y al complemento objetal elegido. Tal vez la idea de salud sexual en el logro de esta diferenciación tenga que ver con el grado de coherencia que este registro de sí guarde con su expresión en la vida.

Desde los momentos más tempranos va enhebrándose esta diferenciación. La madre ocupa un lugar preeminente en la puesta en marcha de la integración del sí mismo como una entidad sexuada. Para ello, juega un rol fundamental el sostén y el contacto físico que aporta a su bebé. Vínculo personal y caricia corporal van estableciendo los límites del cuerpo y el espacio de las sensaciones instintivas.

En el proceso analítico, en medida variable, se requiere del analista un aporte sostenedor del proceso desde el “holding” y el “handling”, con miras a facilitar el tránsito de despegue de una relación primitiva entrampada hacia las posibilidades de una plena experiencia de vida.

Al respecto, hace unos años, escribí un artículo en el que proponía la posibilidad de entendimiento del cuerpo como un objeto transicional. En él propongo la importancia del uso del cuerpo para sostener significados y para significar en el encuentro con el otro. Esto supone la expresión de una integración psicosomática mínima, que incluirá progresivamente el dibujo de las formas y emociones propias del erotismo y de la identidad humanas.

El bebé requiere ser sostenido en una condición transicional por la madre en los momentos en que la fusión conforma el universo de ambas (el género se borra en la lectura de la fusión primitiva, a predominio de la naturaleza del ser femenino; esto supone una impronta que se relativiza con el desarrollo de la experiencia personal). Para que sea saludable y estructurante, es necesario que, pese a las significaciones identificatorias que pueda darle su madre al bebé, ésta conserve la posibilidad de diferenciarse de él y de sostener su propia diferencia.

Esta es la esencia del sostén primitivo, fundante del alma misma de la intimidad, de la intimidad del alma. A esta experiencia se le suma la de ser tocado, acariciado, cargado físicamente, lo que permite ir sintiendo los trazos sensacionales del placer y del dolor, que luego adquirirán las formas y los límites del cuerpo, en el dibujo simultáneo del sí mismo y del semejante. Junto con ello, observa Winnicott, es necesario que los objetos le sean presentados al bebé en el momento oportuno, lo que, con un toque de “magia” constituye la experiencia de “haberlos creado”.

Las fallas en el logro de la cualidad transicional en la relación con el propio cuerpo (y con el ajeno) derivan en trastornos, tanto en el sostén de la diferenciación de nuestro propio cuerpo como en el encuentro con el cuerpo del otro. En estos casos, el encuentro con el cuerpo del otro moviliza confusión o tan sólo cumple una función aplacadora de ansiedades diversas, con ausencia de posibilidades para una diferenciación o para una experiencia de intimidad a través del sexo. El otro ocupa apenas el lugar de un consolador o una suerte de ansiolítico. No hay encuentro “personal”.

En ese lugar, el de “consolador”, me ubicaba Graciela, al principio de su tratamiento hace unos 8 años. Casi desde el comienzo sentía la necesidad de abrazarse a mí al inicio de sus sesiones, expresando con dramatismo y ansiedad una suerte de “¡Ay!... ¡al fin...!”, gesto que repetía al final de la sesión, pero con un matiz diferente, como una especie de llenarse de bendiciones para el camino, mientras murmuraba “besos, abrazos...”, mientras palmeaba mi espalda (y yo la suya).

Un poco sorprendido y a la vez divertido por la naturaleza de sus efusivas expresiones, me hice de la paciencia suficiente como para explorar qué es lo que me estaba comunicando y, también, qué me estaba requiriendo. En principio me vi ante alguien con mucha necesidad de “holding”; los espacios entre sesiones pronto se convirtieron en penosas agonías, mezcla de desamparo y confusiones en las que aparecían multitud de fantasías y sueños, cantidad de recuerdos y asociaciones que no podía contener sola.

En la vida familiar o en el trabajo con frecuencia perdía el contralor de su ubicación en el espacio o la situación. Perdía, también, la noción de las proporciones en sus reacciones de furia, odio, envidia, tanto como en sus amores. Eran extremos y era notorio el esfuerzo que le insumía mantenerse en contacto con la realidad debido a intensas y frecuentes proyecciones. Todo esto, sin embargo, se apaciguaba en el consultorio. Era el oasis en sus angustias cotidianas; allí lograba calmarse, armarse para enfrentar el mundo que, lamentablemente, la empezaba a desmantelar tan pronto se iba.

Era toda una labor de contención: palabras, silencios, tonos serenos, escucha atenta, estar allí “vivo y despierto”, siempre bien dispuesto. Sabía que una leve distracción era cosa de vida o muerte. Al principio no podía ni dejar de mirarla; acomodar mis zapatos motivaba inmediatamente la protesta de que no estaba con ella. Así, transcurrieron unos tres años, luego de lo cual se hizo tolerable que cerrara los ojos mientras la escuchaba, que la viera sin mirarla. Me amó y me odió con todas sus fuerzas y pudimos seguir vivos gracias a que podía seguir siendo yo mismo y podía demostrárselo.

Respecto al “handling”, vale la pena aclarar que fue una tarea muy delicada, tal vez la más delicada del trabajo que hicimos. Ella mantenía una intensísima fantasía sexual, a la par que no podía obtener placer en la cama con su marido a quien sistemáticamente rechazaba. No dejaba, sin embargo, de traer sueños en los que se acostaba con distintas personas, a veces incluso con varios a la vez, con mujeres con pene, sin pene, con hombres que se auto penetraban analmente, etc. Se angustiaba al ver el genital de su única hija y, más aún, de percibir en sí misma impulsos de masturbarla.

Había sido manoseada en los senos en la adolescencia por un hermano mayor y sospechaba (o fantaseaba) que eso le había pasado también con otros hermanos cuando chica en otras partes de su cuerpo. A su madre, recientemente fallecida, bien podríamos haberla diagnosticado de “borderline”. Ella (la madre), solía invertir roles con los hijos; especialmente si éstos necesitaban ayuda. Hacía escenas dramáticas, de manera que terminaban atendiéndola a ella. Era evidente que, más que sostener a su hija, competía con ella o la invadía. Hasta que murió no le reconoció nada de lo que le regalaba Graciela. Nunca pudo acariciarla, ni tampoco dejó que lo haga con ella.

Todo esto y mucho más se jugaba en el “handling” de esos comienzos y finales de sesión. El acogimiento y la puesta de límites en simultáneo resultaba una difícil tarea. Sin embargo, las cosas se fueron acomodando solas. Mi labor interpretativa circulaba más por el lado de mi actitud y disposición a escucharla, a estar allí con ella.

A la vuelta de su segundo año de trabajo analítico, empiezo a registrar expresiones que cito textualmente: “Anoche tuve relaciones con mi marido. Es diferente. Estoy explorando mi cuerpo, pero es raro porque dejo que él me toque y yo siento que soy yo misma que me toco. Es bien loco pero lo siento así. Antes no había sentido eso. Cuando era chica me miraba en el espejo y me salía de mí y me miraba... veía cómo cambiaba mi cara... Yo nunca exploré mi cuerpo...”. Días después, me dice: “Yo soy torpe para dibujar los límites y los contornos, no sé cómo hacen los artistas que sólo con los colores logran la delimitación”. En mis notas de entonces, escribí: “Esto denota que se está permitiendo más confundirse con el otro en la confianza que los límites y las formas se pueden conservar...”.

Por entonces, mantenía un constante movimiento “regresivo–prospectivo”, sobre el cual podría citar miles de viñetas similares. La exploración del cuerpo era permanente, en medio de confusiones y esclarecimientos que, obviamente, se traducían en la transferencia. Una imagen onírica la muestra teniendo sexo oral con una hermana menor. Son momentos en que descubre con sorpresa que tiene un huequito chiquito; no tiene claro quién es quién, pero tiene la sensación de que falta algo... Me dice que falta “un palo, ser atravesada por un palo...” (sic).

Días después reproduce en la realidad una escena con el marido, también, con gran confusión. En medio de una conversación, siente que él tenía ganas de lactar. El asunto es que era ella quien tenía las ganas y, así, se enfrascan en “una furiosa tiradera”... “No me bastaba con chupar, sentía rabia, quería morder, sentía que yo era él y que él era mi mamá, hasta que me pongo a llorar, como que me hubiera descargado, como un éxtasis...” (mutuo sexo oral). Es una escena primitiva que se reproduce en un juego confuso de ecuaciones simbólicas, en donde el anhelo del pecho ocupa el lugar del pene, allí donde había que tapar su oralidad frustrada en el anhelo por una madre ausente.

En otra oportunidad, interrumpió las circunstancias íntimas con su marido porque se angustió mucho y tuvo que tocarse el cuerpo como recuperando sus formas y límites.

Con el tiempo, el trabajo analítico fue mostrando una peculiar evolución hacia una integración genital. El sexo no sólo se hace más frecuente sino que empieza por primera vez a tener orgasmos y deseos propios. De esto nos da cuenta en un pasaje de sesión en el que, al pagarme con un cheque del marido (siempre renuente a la terapia), me dice: “mi marido dice que si las cosas son como anoche, paga con gusto...”. (Habían tenido una noche “de película”).

En sus sesiones aparecen expresiones singulares de encuentro con el contexto, más allá de mi persona. Me dice: “Me estoy dando cuenta del consultorio... esa pared... el diván... Es muy loco, pero siento que es tu diván el que me da forma, es mi cuerpo el que es delimitado por el diván...”. Pasamos así al sustituto objetal propuesto en mis objetos... ya no era sólo el cuerpo en el abrazo. Junto con ello empezaba a encontrar espacio la palabra. Aún así, aposté mucho más a que fuera ella misma quien llevara el eje elaborativo, confiando en sus propios recursos que, además, saltaban a la vista.

En sus sesiones, especialmente al comienzo, venía llena de contenidos y asociaciones. Yo tan sólo intervenía si era muy necesario. El objetivo estaba en función, más que nada, de compartir con ella mi calma y la disposición de escucharla con interés, lo que no era difícil, ya que me resultaba sumamente interesante. Era un libro abierto, muy estimulante. Me motivó a llevar notas puntuales, sesión por sesión, por un buen tiempo; lo que, además, me permitía una extensiva y enriquecedora reflexión teórica que encontró expresión en aquel trabajo sobre el cuerpo como objeto transicional.

Encontré en ella un objeto transicional, creo que representó muchas cosas para mí, me recordaba mi propio análisis, por la manera de hablar, asociar y elaborar, “haciéndosela fácil” a mi analista de entonces. Creo que en más de un momento me ubiqué como padre o madre de ella y a ella como a una hija con necesidad de cobijo. Podía intuirla. Muchas veces, mientras venía en el auto, pensaba cosas que luego ella traía a sesión. Supongo que ella también visitó muchas veces mi interior. Recuerdo alguna vez que mi mente se fue de la sesión por una fracción de segundo y ella reclamó inmediatamente mi presencia allí.

Pudimos, logramos, construir juntos un espacio transicional en donde las formas y los límites se fueron dando, como una creación mágica, como en el ejemplo de “las pinturas que se delimitan solas” o como en las expresiones respecto “al diván que configura su cuerpo”. Su sexualidad desperdigada y confusa fue poco a poco encontrando el espacio propicio (conté con un buen coterapeuta: el marido, quien tuvo, también, la paciencia y ocupó el lugar en el momento oportuno).

Fue bueno que percibiera, desde el comienzo, que no me confundían las abrumadoras fantasías sexuales que la habitaban y que buscaban desesperadamente un “consolador”. La detección temprana de la ausencia omnipresente de la madre me permitió actuar en consecuencia, administrando con prudencia la dosis de “cercanía–distancia” que fuera pertinente en cada caso. Sensible y aguda, me interpretaba con frecuencia en aquellos momentos: “Eres una madre, Pedro...”

La ansiedad de los inicios fue cediendo. Los abrazos variaron su naturaleza hacia una calidez y gratitud sin dramatismos, al comienzo y al final de la sesión. En una sesión reciente, me dice: “¿Te acuerdas cómo estaba?... ¿qué hiciste?...” Se queda pensando y se responde: “Creo que lo más importante fue tu paciencia y comprensión al momento de contenerme. Eso fue: me contuviste...”. Me movió ternura el sentir su reconocimiento y, también, le expresé el mío: “tú hiciste el trabajo... Yo sólo te acompañé”.

2004/09/24 Entre Narciso y Edipo. Propuestas desde la Psicoterapia Analítica a Propósito de las Patologías Actuales.

IX Jornada Interna del CPPL "Nuevas patologías: ¿de qué sufrimos hoy?"

Lima, 24 – 25 de setiembre de 2004

Vivimos una época de cambios vertiginosos: cambios que se derivan del desarrollo indiscriminado del mercado, con sus secuelas de empobrecimiento, desempleo, migración e incertidumbre económica; donde se hacen realidad, de forma cada vez más patética, las predicciones de A. Toffler respecto a la conformación de una sociedad del “descartable”, donde todo funciona en relación a lo inmediato.

La tecnología hace de las suyas y convierte en obsoleto, de manera implacable, todo aquello que apenas empezamos a conocer o a lo que ya comenzábamos a acostumbrarnos, socavando nuestra necesidad de constancia objetal. En este contexto, es tremendamente notoria la organización individualista, egocéntrica, y narcisista, en cualquiera de sus envases de oferta.

El malestar subjetivo se ve hoy, más que nunca, desbordado por una patología social, por una inmensidad abrumadora de estímulos provenientes de una cada vez más rápida modificación de los contextos y los paradigmas.

La globalización ha contribuido a la atomización de los individuos y a la ruptura de los lazos familiares, comunales y sociales tradicionales. Las circunstancias propias de la economía global y el terrible empobrecimiento de nuestros pueblos hace que el movimiento migratorio sea cada vez mayor y que la construcción de los ideales de organización familiar sean totalmente distintos a los de hace 30 años. El 70% de la población joven (y no tan joven) se iría del país si pudiera, con lo cual el apego resulta peligroso. La familia nuclear que conocimos los más recorridos, ha sido destruida por las urgencias y renuncias temporales y espaciales a las que nos obliga la economía de consumo.

El inusitado desarrollo de los medios de comunicación, donde ocupan un lugar muy especial la televisión, el cable y la internet, ha llevado a la configuración de nuevos grupos de influencia de inmenso poder social, político y económico. La realidad virtual sustituye, cada vez de manera más amplia, las relaciones con semejantes y diferentes. Los afectos se suelen desarrollar encontrando formas también virtuales, es decir, idealizadas, no siendo tolerados con facilidad en el contexto de la realidad.

El desarrollo científico y tecnológico ha llevado a mayores conocimientos y avances en los campos de la genética humana, de la bioquímica cerebral y hormonal; de la organización energética del ser humano y de su entorno; de las nuevas formas vinculadas al aprendizaje y a la estructuración de las familias y los grupos humanos en general...

Todos estos cambios no sólo repercuten en los paradigmas sociales sino, también, en el contexto de las psicopatologías, donde predominan las patologías del déficit, ligadas al narcisismo.

Vivimos en medio de una urgencia adaptativa permanente, con pérdidas y separaciones que apenas tenemos tiempo de procesar. No nos atrevemos a mirar hacia atrás... ni hacia adelante... porque terminamos con la sensación de que justamente atrás y adelante sólo hay abismos inmensos y horrorosos.

Entonces, no nos queda más que vivir el día, el momento, y acumular cuanto podamos: dinero, poder, bienes materiales,... y tratar de sentir o aparentar que “estamos en algo” para pretender, así, negar los vacíos y defendernos de la incertidumbre.

Apelamos, en ello, al principio del placer, al punto de lograr una resultante hedonista generalizada, muy “normal”; pero es éste un hedonismo reactivo e insípido en donde el sentido de continuidad existencial individual queda entrampado, con una resultante bastante escuchada en los motivos de consulta: la sensación de vacío.

Todo ello nos hace pensar en nuevas configuraciones en la organización de las mentes con las que tenemos que aprender a lidiar. Vamos tomando cada vez mayor conciencia de la diversidad de factores intervinientes tanto en el enfermar como en el proceso de la cura.

Felizmente, vamos aprendiendo a mirar un poco más allá. Ya sabemos que, cuando vamos a buscar a Edipo, muchas veces el que nos abre la puerta es Narciso; y que Narciso, más que un arrogante antipático que le complica la vida al pobre Edipo, es un mendigo atormentado que no tuvo mucha suerte en la vida.

Narciso es el Príncipe que trata de negar su condición de sapo, un ser atrapado en la omnipotencia, como producto del encantamiento aterrador de alguna ausencia que no registró, negándole, en adelante, las bondades de la intimidad.

De esta manera, para él no existe el “otro” o no puede ver al “otro” porque éste le resulta aterrador en su encanto, haciéndole sentir que puede caer otra vez en la trampa original, de la que busca tomar la máxima distancia posible. Su omnipotencia le permite sobrevivir, mas no “ser” en la vida. No tiene mayor alternativa que aferrarse a una imagen idealizada de sí mismo, allí donde él mismo no se puede ver.

El camino que ha de recorrer Narciso pasa por ser un poco más sapo y lograr algún beso cariñoso, desencantador, venga de quien venga, pero que sea auténtico, que sea de alguien que aprecie al sapo como tal. El gran obstáculo suele ser la renuencia del sapo a mostrarse y, más aún, a estar en disposición de que surja la oferta del beso.

La investidura real del Príncipe resiste a ultranza, convencida de que resulta un ultraje dejar al sapo en libertad. “Es humillante”, nos dirá, resintiendo el que hagamos alguna aproximación de ayuda que casi siempre le sabe a lástima... “no lo quiero...” “no es verdad...” “tienes que demostrarme que es verdadero...” Y, así, se abre la odisea de la cura, más que demostrando algo, creando una experiencia inédita que establezca la posibilidad de confiar, de creer.

Es necesario que el terapeuta se convierta, también, en sapo, pero en un sapo en el sentido de “sabio”, humilde, paciente. No hay que intentar forzar al Príncipe a ningún cambio. A lo más, se le irá reconociendo y respetando, constatando su función protectora (o más bien Sobreprotectora) y ambivalente en los cuidados del sapo. La ambivalencia se sobreentiende si tenemos en cuenta que su Realeza no ha encontrado libertad ni plenitud por tener que estar cuidando a este horrible bicho, en quien ni remotamente se ve reflejado.

Llegamos a conocer todo tipo de príncipes (y todo tipo de sapos). Como en la historia del Principito, cada uno está aferrado a sus galas deslumbrantes y no tolera que se le mire de otra manera que no sea como súbditos obligados a servirle. Busca atrapar la mirada, no vaya a ser que uno vea al sapo... o al reyezuelo desnudo. Con un poco de humor y mucha empatía podemos, por un rato, jugar su juego, hasta que se sorprendan con nuestra posibilidad de disfrutar.

Por supuesto que ninguno cree realmente que disfrutemos del juego. Todos piensan que vamos a tratar de atrapar su mirada desde nuestra propia pretensión principesca. Así, el juego terapéutico puede comenzar con un cumplimiento de nuestros “reales mandatos”, habida cuenta que Narciso tiene la habilidad de funcionar en base al deseo del otro, en una pauta de sometimiento sostenible tan sólo por su adjudicación especular.

Si todo marcha bien, es posible que, en algún momento, pueda llegar a registrar que no nos es problema el variar las modalidades del juego mientras mantengamos algunas constantes, en especial nuestra sólida disposición e interés en acompañarlo en su proceso.

Esto, al principio lo asusta, pero llega a reconocer que es parte de un juego del que también es capaz, del que de todas maneras forma parte. Es entonces, cuando ya puede confiar un poco más, que empieza a mostrar al pequeño monstruo, al sapo, al ser sensible, escondido y asustado, que duda de la posibilidad de ser aceptado y querido.

La sociedad actual no tolera sapos, los evita, los rehuye. Recuerdo una vez que andaba tristón y fui a una reunión familiar. Me senté a un lado pensando en mis cosas, viendo cómo se entretenían jugando cartas. Pronto empezó un bombardeo de:
- “¿qué te pasa...?”
- “Estoy un poco tristón...”, respondí.
- “Deja tus problemas en el consultorio...”
- “Bueno, pero estoy así... ¿qué problema hay...? No se preocupen, sigan con lo que están haciendo, yo los miro esta vez”.

Pero, no contentos, siguieron:
- “Todo un psiquiatra... ¿no puede resolver sus cosas...?” ”Cambia de cara..”
- “Bueno”, les dije, “si insisten... si quieren les cuento de qué se trata...”.
Entonces, siguieron timbeando.

Lo que la sociedad espera son seres independientes, siempre sonrientes, que no creen problemas, que no molesten. Entendamos al “sapo” como la persona que humanamente se angustia, que sufre, que tiene dolor. También, la que ama y siente necesidades de depender, a veces exageradas porque experimenta un gran desamparo. Sentirlo la puede llegar a avergonzar.

Así, se organiza una sociedad que trata de evadir el dolor, llegando a la indiferencia o el desprecio hacia el otro, el diferente, el ser doliente que es repudiado en su condición, maltratándolo “principescamente”.

El ser humano necesita ser reconocido, despatologizado; y, también, los médicos y terapeutas que tienen que ver con la cura, requieren abandonar la lectura idealizada de sí mismos o de sus particulares técnicas y teorías.

Muchas veces nos hemos sentido abrumados por el reto de la cura, hemos hecho heroicos sostenimientos del proceso “a todo pulmón”, con pobres resultados. Cuántas veces no hemos sentido que “aramos en el mar”, reiterando fórmulas constreñidas por un entendimiento agotado que se resiste a renovarse, a mirarse a la luz de los nuevos tiempos... de las nuevas patologías y de nuevas maneras de enfrentarlas.

La idealización de los recursos terapéuticos, como la farmacoterapia o el psicoanálisis, necesita dejar sus reductos excluyentes para entrar en la vertiente de un realismo integrador, en donde la creatividad de lugar a nuevas inscripciones desde el aquí y ahora.

Por otra parte, hablamos de las “nuevas patologías” conscientes de que no siempre lo que entendemos como nuevo realmente lo es. La bulimia tuvo lugar entre los Romanos, como argumento normal en el desenfreno de los apetitos. Igualmente, se dieron la anorexia y la autorestricción sacrificial, a lo Margarita Gautier. Las “neosexualidades” resurgen de un letargo de siglos. Ya en Sodoma y Gomorra estaba presente el tema, el mismo que encontramos en los hábitos normales de la antigua Grecia. Los problemas de la corrupción y el egoísmo llamaron la atención de Aristóteles... hace más de dos mil años. Por diferentes motivos y circunstancias históricas, nos vemos, una y otra vez, confrontados con los mismos problemas con diferentes rostros.

Actualmente, el Narcisismo resurge desde lo escindido, tratando de disimular su naturaleza espectral con disfraces grandiosos. Vemos a seres atrapados en su cuerpo o en ideologías que no logran dar cuenta de la humana necesidad de vínculo que les subyace amenazante.

Por otro lado, tenemos, también, el cotidiano conflicto de la convivencia y la problemática edípica. Ahí, lo vedado resurge en la búsqueda de una liberación reformuladora: ya no “hacer” desde el sometimiento atemorizado a la autoridad superyoica o ideal, sino “ser” y “hacer” a partir de una comprensión y renuncia voluntaria a favor de alternativas valoradas por el Yo, desde su propia experiencia en la vida.

En cuanto al proceso de la cura, existen muchas variables para dar cuenta de un objetivo cualquiera. La psicoterapia no se escapa a esta premisa. El asunto es que, a veces, podemos insistir en la repetición de una sola pauta, pese a que pudiera no dar los resultados esperados, por las razones que fuere. Muchos prejuicios subyacen a nuestra indisposición al cambio. Edipo y Narciso tienen algo que ver (y mucho de “no poder ver”) con esta situación. Angustias varias - de castración, de desamparo, de pérdida de identidad, etc.- inhiben nuestras posibilidades de explorar, crear o integrar recursos a favor del paciente.

A lo largo de los años he analizado a muchos pacientes... no demasiados... La experiencia me ha dejado ver que son pocos los que resultan abordables en un psicoanálisis clásico, con resultados satisfactorios. Las “Neurosis de Transferencia” muestran cada vez más condimento narcisista, al punto de encontrar con más frecuencia “Neurosis Narcisistas” con aderezo neurótico, por lo que la respuesta terapéutica requiere de una escucha diferente, que nos obliga a estar abiertos al empleo de distintas técnicas de abordaje, sosteniendo nuestro eje analítico en lo que Winnicott llamara “el espacio potencial”, aquello que es posible que pase entre dos personas que se juntan en la intención de la cura, en un proceso de campo.

Mi inquietud y mayor confianza, derivadas de la experiencia y los años, me han permitido rescatar otros instrumentos, otras modalidades, otras variables dinámicas de trabajo, recogidas a lo largo de mi formación como psiquiatra dinámico, primero, y, posteriormente, como psicoanalista. El manejo de los grupos, del psicodrama, de la comunidad terapéutica, de recursos provenientes de la gestalt o del análisis transaccional, la farmacoterapia, etc. fueron encontrando un lugar, allí donde el paciente lo requería.

He podido ir rescatando lo más valioso de las disciplinas con las que me ha tocado en suerte trabajar y aprender. Creo que la actual es una época en la que se empieza a emprender el camino de la integración de recursos. Cada vez se comprende mejor que un único abordaje puede ser insuficiente, que no es sólo la neurociencia y sus correctores farmacológicos la que resolverá el problema del paciente; pero tampoco lo es el psicoanálisis y sólo el psicoanálisis el que producirá la magia del cambio estructural. Algo más, diferente en cada caso, habrá que poner en práctica para ayudar a nuestros pacientes a recobrar la salud.

Los tiempos que nos tocan muestran retos difíciles frente a la patología. Más allá de la problemática narcisista grosera y sintomática, encontramos un rubro muy grande, el de “los normópatas” (término que escuché por primera vez a Maty Caplansky), personas aparentemente normales, pero a partir de ser una suerte de producto en serie de la época. Es alarmante su relación con lo concreto, la ausencia de posibilidades de manejo simbólico, la, a veces, nula capacidad de pensarse, menos aún, dentro de posibilidades de insight. Un velo límbico los acompaña, en un concierto deslumbrante de luces que distraen permanentemente su atención hacia un mundo falaz en el que se pierden sin encontrarse porque, en general, además, suelen no buscarse.

En esta normopatía solemos caer los terapeutas. Creamos normas que se apoderan de los creadores. Solemos observar que la teoría o la aparente razón técnica terminan a distancia de su finalidad y de su origen. Con frecuencia nos encontramos tratando de encasillar al paciente en nuestras propuestas antes que adecuarnos a sus necesidades. Nos hemos olvidado de relacionarnos con la persona del paciente, nos quedamos en la enfermedad, pegados a la técnica.

Sin perder la esencia de lo psicoanalítico, encontramos alternativas en el uso de la transferencia, de la contratransferencia, del trabajo focal, del de objetivos limitados... Sin el uso exclusivo de la interpretación, podemos dirigirnos al fortalecimiento de los niveles de conciencia del paciente, al mejor conocimiento de sí mismo - desde la posibilidad de ser reconocido en el ejercicio de relacionarse con los demás, de mejorar sus formas de expresarse y mostrar sin temor sus sentimientos - mediante un aprendizaje vivencial en la relación terapéutica.

Será importante el registro de los potenciales que ayudaremos a desarrollar, de las experiencias que no tuvieron lugar en el allá y entonces, que no circulan en el espacio de lo reprimido, pero que establecen demandas de respuesta, de reconocimiento y aceptación. Entonces, más que “sacar” algo, estaríamos en la situación de “poner” algo, a partir del compromiso con nuestro paciente, desde el interés y la empatía, lo que nos ubica en una “vía de porre” peculiar, no invasiva.

Entendemos la relación entre las patologías por déficit y las carencias tempranas, en las fallas en el contexto primario de la relación con la madre. Pero, no podemos perder de vista que esta causa original se extiende a todo nuestro contexto actual, a la estructura social en la que nos desarrollamos y que se nos suele ofrecer tanto tentadora y fascinante, como brutal y opresora. Cuando hablamos de las patologías actuales, nos referimos a un mar de organizaciones sintomáticas, a nuevos síndromes que nos plantean retos cada vez más difíciles de integrar desde una sola perspectiva.

La ludopatía, que se exacerbó de manera impresionante con la invasión de los casinos y las “maquinitas”, muestra crudamente el fracaso de la capacidad de jugar creativamente. Se convierte en un distractor omnívoro y omnipotente, que pretende la fantasía de revertir el azar y evadir la realidad dolorosa del vacío personal.

La anorexia, la bulimia y, entre ambas, la ingesta compulsiva de alimentos, a más de configurar una problemática derivada de la oralidad, suponen un fracaso en la transicionalidad, en donde la relación con el cuerpo queda exaltada por las angustias de pérdida y, en tanto así, establecen una relación consoladora “inconsolable” con el cuerpo, al cual, además, no terminan de configurar. Hay déficit estructural. El espacio psíquico no se ha organizado suficientemente como para sostener la representación de sí.

La amplísima gama de fenómenos psicosomáticos tiene similar raigambre, el mudo lenguaje del cuerpo hereda las dolorosas heridas repudiadas por la psique.  Lo mismo pasa con esas maravillosas criaturas de gimnasio que sacan lustre a sus cuerpos para lucirlos encantadores, para atrapar miradas fascinadas, todo puesto en el cuerpo, pero sin poder disfrutarlo en una intimidad personal compartida. No pueden dejar de mirarse porque no alcanzan a verse. Reiteran al infinito la necesidad de verificar si están o si son.

En las distintas formas de adicción pasa algo similar. Hay un fracaso en la organización personal y el consumo de drogas pretende, en forma ilusa, llenar el vacío de objeto, negar a ultranza la necesidad del otro. Alcanza apenas para dramatizar en sí mismos el terrible desamparo al que sobreviven. Divididos en fantasmas de sí mismos, no alcanzan a configurar una unidad.

Tienen dificultades para sostener sus límites, para controlar impulsos, para evaluar los riesgos y aprender de la experiencia. No llegan a superar los alcances de su propia realidad inasible.

Los pacientes que presentan patologías muy vinculadas al déficit han organizado defensas esquizoides de distinto grado de profundidad en las que el punto visible es un poderoso falso Self que se hace añicos cuando se ven enfrentados al reto de la intimidad. La queja corriente, cuando estos pacientes nos visitan, es el vacío, sentimiento que se parece a la depresión pero que es fundamentalmente la percepción de su ausencia de plenitud.

Muchos de ellos han tenido logros importantes en la vida. “Tengo una esposa maravillosa, hijos a los que adoro, una posición que a mis 40 años muchos quisieran tener, profesionalmente me va muy bien... pero mi mujer se queja de que no me acerco a ella, no soy expresivo con mis hijos, dos de ellos están yendo a terapia... mis compañeros de trabajo dicen que soy un tirano. Estoy acá porque la empresa está al borde de la quiebra y no puedo dormir... Si las cosas se arreglan, lo más probable es que no venga más. Yo me conozco, doctor....” me dice uno de estos pacientes en una entrevista reciente.

Podríamos considerarlo un “normópata”: primero de la clase, destacado profesional, frío a la hora de tomar decisiones... no le interesa a quién se lleva por delante con tal de sacar adelante sus objetivos (práctica que se incentiva cada vez más en las “grandes” empresas). Ahora, en crisis, se pregunta cuáles son verdaderamente sus objetivos.

Pareciera tener un buen pronóstico dado que es capaz de darse cuenta de todo lo que le pasa, pero el manejo racional está muy distante del niño asustado que vislumbro. El mundo de los afectos ha quedado fuera de su campo de experiencia, sustituido por un mundo marcado por las responsabilidades y obligaciones y un paradigma llamado “éxito, profesional, material o familiar”.

Pero se da cuenta que algo falta. Algo que ve en otros que disfrutan de sus logros, que son capaces de generar lealtades y que son leales a su vez, cosas que él no puede hacer. Con las justas se comunica más allá de lo necesario y no registra expresiones de gratitud. Se da cuenta de esto, pero no sufre por ello.

Le cuesta ponerse en el lugar del otro (que es el de sí mismo, al que tampoco puede acceder). Las personas son sólo objetos a los que maneja pero con los que no se relaciona. No le es accesible la experiencia de intimidad. Más bien, esta experiencia lo intimida. Le aterra necesitar de alguien. Depender le sabe a un agujero negro que se lo va a tragar. Es más, ya anunció su retiro de la posible terapia.

Pero, justamente como producto del manejo impersonal de sus relaciones, empieza a temer perderlo todo, experimenta una sensación de pérdida inminente (pérdida que ya se produjo alguna vez, como dice Winnicott).

Por todo ello, habrá que lidiar, entonces, con su necesidad de regular la distancia vincular y acogerlo en su desamparo sin humillarlo en su necesidad omnipotente.

En los últimos congresos de Psicoanálisis y Psicoterapia, en donde se convoca, cada vez más, desde la clínica, me parece haber observado un intento de sacudirse del entrampamiento teórico – técnico.

También, hemos podido observar una creciente preocupación por comprender los instrumentos de la cura, de lo que deriva una mayor integración y reconocimiento de los recursos de la psicoterapia psicoanalítica, en particular del lugar que tienen las aproximaciones denominadas “de apoyo” o “intervenciones de afirmación”, en la resolución de la problemática del paciente, como lo señalan, entre otros, Wallerstein y Killingmo.

Se nos impone una consideración cada vez mayor al problema de fondo, al común denominador que, reiteradamente, encontramos en la patología. Me refiero a los problemas derivados de la carencia. No es que nuestro clásico enfoque de la problemática del conflicto no tenga lugar... ¡por supuesto que lo tiene!... pero entiendo que el ritmo de la vida moderna ha socavado la relación humana en momentos decisivos, tanto en la infancia como en las distintas etapas de la vida, de manera que hay cada vez una mayor ausencia de experiencia de intimidad.

El entendimiento reducido a la problemática de la angustia de castración, tema central en la propuesta Freudiana, se queda corto para explicar el vacío de organización proveniente de la ausencia de experiencia de intimidad, de reconocimiento y respeto en tanto individuos singulares. Esto anula la posibilidad de crearse, ante lo cual lo único que queda es “creerse”.  

En eso, en nuestro país hemos caído hasta el fondo del abismo. Los peruanos “nos creemos”.  Se produce una exaltación narcisista de cualquier atributo, vínculo o propiedad a partir de la cual sentimos una suerte de completud que podemos exhibir, casi siempre ante la mirada envidiosa de los demás; mirada que se da en concreto o que nos la imaginamos, con lo cual redondeamos un oscuro sentimiento de placer.

El placer consiste en que el otro esté por debajo, cargado de una envidia de la que necesitamos desprendernos, que sentimos necesidad de endosar, viviendo una idealización del sí mismo, una exaltación, proyección o identificación narcisista, un triunfo sobre el otro, un rebajamiento del otro, un control omnipotente del objeto...

Todo esto tiene sabor a perverso por lo placentero, por un lado; y, por el otro, nos muestra una clara presencia de mecanismos primitivos que nos recuerdan el control maniaco y la negación del duelo, de la pérdida, de la carencia.

Desde la psicoterapia analítica nos toca afinar nuestra comprensión de los problemas derivados del déficit. Necesitamos tomar conciencia de la necesidad de integrar esfuerzos con otras disciplinas, reformular constantemente nuestras bases teóricas y técnicas, tratando nosotros mismos de superar nuestros déficits a la hora de ayudar a nuestros pacientes.


Bibliografía


Killingmo, Bjorn... Conflicto y déficit: implicancias para la técnica. En: Libro Anual de Psicoanálisis 1989. Lima, Ediciones Psicoanalíticas Imago, 1990.

Toffler, Alvin… La tercera ola. Barcelona: Plaza y Janés Editores, 1993.

Wallerstein, R. ... Psicoterapia y Psicoanálisis: una perspectiva histórica. En: Libro Anual de Psicoanálisis 1989. British Psycho Analytical Society. Lima, Ediciones Imago, 1990. Libro Anual de Psicoanálisis 1988.

Wallerstein, R. ... ¿Un psicoanálisis o muchos? En: Libro Anual de Psicoanálisis 1988. British Psycho Analytical Society. Lima, Ediciones Imago, 1989.

Winnicott, Donald W. ... Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1993.

Winnicott, Donald W.... Realidad y Juego. Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.

Winnicott, Donald... Deprivación y delincuencia. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1990.

Winnicott, Donald... Escritos de pediatría y psicoanálisis. Barcelona, Editorial Laia, 1979.

Winnicott, Donald… Exploraciones Psicoanalíticas. Tomo I. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1989.