Mostrando entradas con la etiqueta CPPL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CPPL. Mostrar todas las entradas

miércoles

2010/09/20 La experiencia fundacional y los seres míticos

XIV Congreso del CPPL “Entre el deseo y la realidad”
Setiembre de 2010

Hay tantas cosas que recordar, tantas cosas que pasaron en la época en que fundamos el Centro…

Para empezar, todos estábamos de regreso del extranjero, luego de un gran esfuerzo para formarnos como psicoanalistas. Digamos que habíamos pasado por el “rito iniciático” de demostrar cuán firme era nuestra vocación: migrar, sacrificarlo todo -o casi todo, incluido nuestro patrimonio económico-, enfrentar las incertidumbres e inestabilidades del entorno elegido, lidiar con nuestros demonios interiores…

Durante el período de formación, tuvimos tiempo suficiente como para darnos cuenta de que éramos muy diferentes, por lo que era todo un reto emprender un proyecto en común. Era distinto, también, enfrentar las adversidades de la formación como analistas a sostener un lugar paradigmático como profesores o maestros de profesionales en formación.

Pero… nos entregamos con todo. Fue una oportunidad para compartir experiencias y dificultades personales, lo cual nos generó sentimientos de solidaridad y confianza. Esto hizo que nos sintiéramos fortalecidos y bien dispuestos para emprender la tarea de crear una institución.

Pronto, sin embargo, surgió entre nosotros una gran sinergia; tanto así que todo nos parecía fácil. Era sencillo ponerse de acuerdo y llevar las cosas a la acción; tan sencillo como corregir, una y otra vez, los desvaríos de cada quien en relación a lo tan fácilmente acordado.

Así fue que generamos un modelo peculiar, siempre cambiante, casi caótico, que al principio estuvo atado a nuestras formaciones de origen, pero que, más bien pronto, se fue enriqueciendo con la experiencia de campo. De esta manera, el aparente caos inicial fue logrando un rostro de creatividad y consistencia. La sinergia y el clima de confianza en el equipo fueron configurando una de las más preciadas características de la institución.

Cabe aclarar que, el que diga que se nos hizo fácil la tarea, no significa que no tuviéramos que dedicar muchísimas horas de trabajo y sentir, durante mucho tiempo, la necesidad de reunirnos dos a tres veces por semana para compartir instantes, problemas por resolver, entrampamientos emocionales, necesidades de apoyo, chismes… etc.

Hubo mucha necesidad de sostenimiento entre nosotros. No solíamos criticar las flaquezas del otro; simplemente las cubríamos, llenábamos el vacío... hasta que el otro, el emergente en problemas, pudiera hacerlo por sí mismo.

Nuestro primer reto fue el deslinde de nuestra posición respecto a la naciente Sociedad Peruana de Psicoanálisis. El crear una institución diferente ¿correspondía a una necesidad narcisísticamente cargada?, ¿era producto de una fantasía maniaca? o ¿se trataba realmente del deseo y la necesidad de asegurar un espacio de desarrollo creativo, fuera del contexto, acartonado aún, de las exigencias de una sociedad psicoanalítica en su propio proceso iniciático?

La fantasía maniaca existió y la idea era agruparnos para enfrentarnos al “establishment” psicoanalítico. Primero, surgió la propuesta de formar “otra” sociedad psicoanalítica, sobre la base de duros cuestionamientos a la idoneidad y a la rigidez de la institución oficial, personificada en uno de sus líderes fundacionales.

Sin embargo, consideramos que si optábamos por esta ruta, esta posición denotaría una notoria tinción emocional agresiva y tendría el carácter propio de una escisión.

Luego de evaluarlo, nos dimos cuenta de que se trataba de una propuesta especular. Nos realizaríamos a partir del derrocamiento del “padre de la horda” para, en realidad, instalar un régimen similar al cuestionado.

Ayudó mucho en estos inicios, el poder interpretar psicoanalíticamente nuestra dinámica grupal y decidir a partir de ello.

El otro riesgo suponía una realización narcisista que provenía de la, por entonces, sobre-idealización del psicoanálisis y, por supuesto, de los psicoanalistas, clima por demás atrapante. “Es psicoanalista…” o “Está siendo psicoanalizado por fulano…”, se murmuraba con admiración, tentando al falso self.

En paralelo, al interior de la institución analítica se exigía la máxima sumisión a las jerarquías y a los dogmas entonces vigentes, los que, por cierto, tenían dimensión y aval internacional. El modelo “identificatorio – persecutorio” era detentar el poder y poco menos que convertirse en “el ideal”.

Por aquella época, regresar laureado de una formación psicoanalítica lo convertía a uno en una suerte de héroe a la vuelta de su respectiva odisea, la de la formación en el exilio. Es cierto que habíamos hecho tremendos sacrificios para estar en el punto en el que nos encontrábamos, pero uno de los primeros gestos necesarios era justamente el de rescatarnos del lugar de “héroes”, sin perder la vida o la identidad en el intento.

Salir de este entorno implicaba una confrontación generacional, romper con el ideal. Existía, además, el antecedente de que todos los intentos previos de organizarse como institución en psicoterapia psicoanalítica (fuera de la sociedad de psicoanálisis) habían sucumbido a la interdicción de los representantes de la misma. Se trataba, entonces, de una transgresión no exenta de posibles condenas.

Nos propusimos no pelear con nadie, tan sólo evitar el sentimiento de “pecado original”. Muy a la manera de Edipo, intentábamos salvar de la condena al hijo indeseado. Sublimando la “sombra del pecado original”, derivamos hacia la posibilidad de “ser” originales o simplemente diferentes.

De alguna manera, quedamos en la condición del bastardo que se atreve a nacer, desafiando con su monstruosidad deforme a la perfección de una realeza que no cesaría de repudiarlo por mucho tiempo… quizás hasta el presente.

Optamos, entonces, por una apuesta más terrena: hacer camino al andar. Ir viendo qué podíamos – o qué sabíamos, si sabíamos – acerca de esto de formar psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados. Partimos con la mochila llena de Freud y de psicoanálisis y con la cantimplora rebosante de ilusión y creatividad, felizmente renovables.

Más allá de la motivación ligada a la docencia y formación de terapeutas, hubo, desde el principio, una total coincidencia en la intención de difundir el pensamiento psicoanalítico, así como en llevar la praxis psicoterapéutica a los sectores menos favorecidos (en todo sentido) de nuestra sociedad. Es así como consta en nuestros estatutos de entonces.

La integración con el personal, con los colegas que se fueron uniendo en la tarea docente, con los alumnos, fue mostrando los frutos propios de una estructura viva. Los congresos, jornadas, revistas, libros, cursos, talleres, cine fórum, participación en medios, etc., fueron otorgándonos identidad y autoridad. Nos hicimos institución haciendo, creando, atreviéndonos al cambio, a ser diferentes.

El tiempo nos permitió largamente realizar nuestro anhelo de servicio a la comunidad, apoyados, por cierto, en el capital humano de nuestra población de alumnos y exalumnos con vocación de servicio. Se fue logrando el reconocimiento, quizás más “desde fuera” (desde los psiquiatras, los colegas extranjeros, los pacientes, el público en general…).

Si algo nos acompañó, a lo largo del largo camino que compartimos, fue la absoluta convicción de que nos necesitábamos, de que el protagonismo de cualquiera de nosotros pudiera ser una necesidad transitoria que jamás debía poner en cuestión la intención compartida. Así, el liderazgo siempre estuvo a distancia de las fantasías maniacas originales.

En eso nos ayudó sobremanera el ir declinando cualquier logro personal en favor de la institución. Por ejemplo, si participábamos en medios, era en tanto miembros del Centro; si presentábamos trabajos, si teníamos iniciativas innovadoras, etc., era a nombre de la institución. Gratamente, pronto vimos que nuestros alumnos tomaban iniciativas similares, por ejemplo, organizando, con su propio esfuerzo, el primer congreso peruano de corte psicoanalítico.

Se generó un sentimiento de pertenencia operativo, no atrapante. El clima de libertad y acogimiento permitía que cada quien, en la medida de sus posibilidades, encontrara su realización a través de la experiencia formativa y participativa.

Podríamos aseverar que el Centro nos ha permitido canalizar nuestra disposición paterna. Esto es cierto. Pero es también cierto que nos ha permitido crecer, creer en nosotros mismos, mirándonos en el espejo de nuestra creación. Somos, podemos. Nada hubiera sido posible si no nos hubiéramos juntado en la disposición fertilizante, en el aprecio y en el respeto, tanto por los potenciales de cada quien, como de sus debilidades.

El sostén del conjunto, la integración bien avenida, ha sido y será nuestra garantía de realización. No nos regateamos nada. Todo tenía ese grato sabor que hace ligera la tarea. No hubo nada que no estuviéramos dispuestos a poner a la hora de jugarnos cartas difíciles, siempre pensando en la salud y fortaleza de la institución, que se convirtió en el gran continente que nos permitió trascender hacia cercanías creativas y gratificantes.

Creo que el Centro ha sido como el hijo que sostiene la ilusión, que motiva para el esfuerzo, que crece y se hace fuerte, que anima a seguir, que es generoso y agradecido desde su sola presencia. Miren, si no, las cosas que nos regala como una realidad tangible.

El Centro es fruto del amor. No pueden existir institución, mística ni renuncia en lo personal, si no hay una dosis importante de amor. Desde el lugar que nos toque en nuestra necesidad evolutiva -como hijos, como padres, como abuelos- siempre hay un espacio para sostener y ser sostenido, para aprender en la experiencia de “pertenecer”, de disfrutar del “nosotros”.

Siento que le debo a esta institución mis mejores recuerdos como profesional: nada grandioso, cosas sencillas, simplemente la posibilidad de ser y hacer con libertad. Le agradezco, también, ese espíritu libre que se fortaleció en este espacio de encuentro paradojal.

Ahora, desde el lugar de abuelo, siento que hace mucho que esto ocurrió y, sin embargo, resurgen frescas las emociones y el entusiasmo cuando nos reencontramos, aquí en la institución, en clases, o en cualquier actividad -sea con ustedes o en el espacio circunscrito de los abuelos, donde aún nos prodigamos caricias de reconocimiento.

Ya que hablamos de las fantasías fundacionales, no hay que olvidar aquella propia de la fratría, que, como todas las anteriores, nunca declina, y que nosotros, también, tuvimos que superar. Me refiero a la fantasía de la eliminación del hermano rival, del protagonismo omnipotente, del resurgimiento de la tentación maniaca o narcisista, que siempre estará al acecho, esperando un nuevo procesamiento.

La unidad lograda estará siempre en riesgo de perderse. Lo hecho y lo dicho hasta aquí son la manera en que logramos mantener a raya dichos riesgos. Gracias al análisis de la dinámica grupal, a la declinación trascendente en favor de la institución y gracias a la entrega generosa de nuestros potenciales a favor de la misma, es que pudimos y podremos seguir recogiendo, enriquecida, la esencia de nosotros mismos.

Tengo la convicción de que todos los que se han acercado y participado de nuestras actividades, en grado mayor o menor, lo han hecho desde el afecto. Al inicio, por ejemplo, muchos colegas contribuyeron con participar en el dictado de clases, estrictamente en base a la amistad. Nuestra estructura misma es un germen de amor, de afecto, de buena disposición y acogimiento.

He sentido muy de cerca el aliento solidario de nuestro personal y el compromiso total con la gesta. Martita, nuestra secretaria ejecutiva, nació con la institución, lo mismo que sus hijos… a veces a mitad de un congreso… En ella veo reflejado ese amor incondicional que sólo podemos comparar con el de una familia bien avenida.

Los seres míticos, nuestros héroes paradigmáticos, esos héroes que nos propusimos no ser, sólo podrán serlo en forma transitoria, en la medida en que nos podamos ver todos como paradigmas, como participantes de una gesta con muchos vientres, con múltiples inseminadores, rescatados permanentemente del riesgo protagónico o la omnipotencia prescindente.

Nos necesitamos todos. Nos debemos todo a todos, en una paradójica gratuidad. Cualquiera puede ubicarse en el lugar de paradigma. Nuestra pretensión es que el paradigma sea el de la vocación de servicio y el de la modestia antes que el narcisismo alzado o arrogante. El paradigma que queremos es aquel que esté basado en el amor, que nos permita mirar a nuestro entorno, interactuar con él. Nuestro paradigma es el de la creatividad en oposición a la impotencia resignada o estéril de las quejas y las críticas sin propuesta de solución. Nuestro paradigma es el compromiso, la confianza en que contamos con el compañero, a quien nos debemos en reciprocidad.

¿Alguien hubiera creído que podíamos sacar adelante un programa de proyección social, como el que tenemos, sin contar con apoyo externo? Pues, sí. Bastaron el apoyo afectivo, las ganas y, más que nada, la unión en la gestión. Ha sido una de las grandes satisfacciones derivadas de habernos juntado, de haberlo deseado y actuado en el momento oportuno.

Pero, no es sólo cosa de haberlo echado a andar. Es, también, como todo, cosa de recrearlo en el día a día, de sostener la mística y el amor que trasunta, de no olvidar lo que hay detrás de lo que ahora nos aparece graciosamente disponible.

Cada rincón de la institución palpita desde su historia, invitando a integrarse, a identificarse, a participar. Incita a crecer, a ponerle “nuestro toque”.

El reto innovador está con nosotros, siempre lo estuvo. Esperamos seguir liderando en el terreno de la psicoterapia. Comprobamos que, en muchos aspectos, teníamos una visión de avanzada respecto a las fórmulas clásicas de la técnica. La terapia se ha consolidado alrededor de una mayor atención al vínculo, a la relación interpersonal como herramienta efectiva. Los viejos mitos han ido declinando, enriqueciéndose con la investigación y el desarrollo de otras disciplinas, como las neurociencias.

La tarea fundacional subsiste, nos reta desde el día a día, nos invoca a ser los nuevos héroes, los nuevos paradigmas. En realidad, nada que signifique algo nuevo, simplemente es el reto de sostener la llama del amor, la mística de la renuncia en favor de los demás. Las formas pueden cambiar pero no el espíritu.

2007/03/28 Homenaje al Maestro Carlos Alberto Seguín

Aniversario del CPPL, 28 de marzo de 2007



¡Parece mentira que haya pasado tanto tiempo! Pero las canas no engañan, como tampoco engaña esta realidad hermosa, tangible y cotidiana de una institución funcionando… consolidada.

Tiempo, esfuerzo y una dedicación indeclinable, que ha sabido combinar el amor por la docencia con una vocación de servicio a la comunidad, es, en su esencia, el resumen de nuestra historia.

No es poco el orgullo proveniente de haber brindado formación a 23 promociones de psicoterapeutas, a más de 200 profesionales que se han forjado (o lo están haciendo) en nuestra Escuela, a lo largo de estos años; tampoco podemos soslayar la profunda satisfacción de haber brindado atención a más de 26,000 personas de escasos y medianos recursos en nuestro Departamento de Servicios Especializados y Proyección Social, asistencia que se multiplica geométricamente si tomamos en cuenta los procesos terapéuticos o los trabajos en talleres, charlas, campañas de salud, etc., que seguimos realizando a lo largo de los tiempos.

Estamos, pues, contentos de cumplir estos 24 años. Se ha hecho camino y se han desarrollado lazos sólidos; nuestra gente ha crecido con la institución y hay cada vez más posibilidades de confiar en un recambio generacional. Actualmente, son fundamentalmente exalumnos de nuestra Escuela quienes conducen la nueva directiva. Seguimos participando algunos de los fundadores, pero está asegurada la continuidad generacional institucional.

Pero, más allá de los logros académicos y materiales, está el haber logrado crear y mantener un espíritu, un clima de calidez y colaboración, que se perciben en cada una de las actividades que realizamos. Hay una constante disposición a la cercanía, a la creatividad en conjunto, a la entrega generosa en momentos cruciales, no exenta de momentos de conflicto, que siempre, felizmente, hemos podido resolver.

Es en ese punto que encuentro un enlace con la experiencia que algunos de nosotros tuvimos en el Servicio de Psiquiatría del Dr. Seguín, a quien hoy celebramos en el centenario de su nacimiento. En ese entonces, cada reunión era una fiesta, el clima era de alegría y entrega.

El Maestro, por cierto, era un ejemplo permanente, un paradigma ineludible, un modelo peculiar (“Dionisiaco”, a decir del Dr. Javier Mariátegui). Es decir, estaba más cercano a lo lúdico y a la apertura creativa que al dogma, tenía una disposición permanente para el aprendizaje tanto como para la docencia, buscando siempre al paciente detrás de sus síntomas, pero… no sólo al paciente. Todos los que trabajamos a su lado sentimos, en grados diferentes, las muestras de su cercanía, de su interés por conocernos, de su solidaridad con el interés de cada uno de nosotros por SER un psiquiatra dinámico original, en base a los propios recursos, ayudándonos a canalizar nuestras inquietudes de forma adecuada y coherente.

El “Viejo” (así lo llamábamos con cariño y él lo disfrutaba con gracia, replicando: “simplemente soy más años joven que ustedes…”) nos exigía que fuéramos consistentes con la línea que cada uno estaba eligiendo y, por supuesto, sin perder jamás el eje de la relación con el paciente.

Para Seguín, la teoría pura no tenía mayor atractivo; recogía el saber de distintas fuentes y, entre éstas, concedía un lugar importante a la literatura. Así lo sugiere en los consejos a su hijo en “Tú y la Medicina”, un librito que vale la pena leer, en donde encontramos a un Seguín con influencias de Kahlil Gibrán, pero traduciendo de manera tierna y sincera lo que fue su forma de vivir su relación con la medicina.

Era un gran lector y un cinéfilo impenitente, con una asimilación impresionante de lo que recogía y procesaba de cada estímulo, con una lucidez impresionante que, más bien pronto, se esmeraba en compartir con sus colegas y discípulos, con un estilo de comunicador ameno y sencillo, que resultaba siempre estimulante y enriquecedor.

¡Cómo no extrañar al maestro! ¡Pensar que pasó con nosotros su último cumpleaños en este mismo espacio!, en lo que fue nuestra “Clínica de Día”, que llevaba su nombre. Nos acompañó en esa oportunidad con su buen humor y la ternura de siempre… ¡Siempre lo tendremos presente maestro!!

Quiero, con esta celebración del centenario de su nacimiento, relevar también el valor de quienes lo acompañaron en la gesta de aquella escuela de psiquiatría dinámica del Hospital Obrero, la que me tocó conocer y en la cual pude compartir gratísimos momentos de saber y de sabor, de seriedad y de humor.

Recordamos con cariño:

- Al Dr. Oscar Valdivia Ponce, prematuramente desaparecido, quien no cesaba de amenazarnos con dichos como “muy gallitos son estos residentes, hay que cortarles los espolones…” Felizmente, y muy por el contrario, era un gran promotor de nuestra participación en la docencia y en cuanta actividad nos requiriera, especialmente en las de organizar los festejos del servicio.

- Al maestro José Alva, agudísimo clínico, de quien aprendí el “abc” del diagnóstico diferencial y quien me nutrió de conocimientos desde la riqueza de su alma bondadosa. Guardo por él especiales sentimientos de gratitud.

- Al Dr. Sergio Zapata, entusiasta y culto participante, que enriquecía nuestros “mournings” (como llamábamos a las reuniones post encuentro en comunidad) con muy cultos comentarios. Entre tantas cosas, le dedicó una especial mirada a investigar el alma criolla a través de nuestros valses.

- A ellos tres, el Dr. Max Silva, en una pertinente metáfora futbolística, los denominaba “el mediocampo” del servicio. A propósito de Max, discípulo fiel del Maestro Seguín, gran estudioso de Vallejo, recuerdo que me aconsejaba con cariño que no me analizara, que corría el riesgo de perder ese lado histérico que me hacía tolerable. Veo en Max a un gran amigo, estudioso, siempre llano a compartir su saber de manera generosa.

- Con Humberto Napurí conocí el mundo fascinante del psicodrama y la dinámica de los grupos. Solíamos, también, compartir nuestra afición por la pesca, junto a otros entusiastas colegas del servicio, como Augusto Calderón, David Jáuregui y Johnny Campos. Con estos últimos, además, llegamos a formar un trío musical, al que alguna vez nuestro colega y maestro de ceremonias, Jorge García Calderón, presentó como “los tres chiflados”…

- A Mario Chiappe, con quien compartí los afanes de hacer una tesis en tiempo record, para poder graduarme como médico y postular a la única plaza de residente que ofrecía el Hospital. Gran entusiasta en la investigación de la medicina folklórica, excelente supervisor y amigo, nos dejó un penoso vacío con su repentina desaparición, en la flor de su carrera.

- Cómo no recordar a Emilio Morales Charún, hombre sencillo y amable, con una sabiduría natural, forjando a pulso su profesión, siempre dispuesto a enseñar a los nuevos y aportando siempre su alegría en nuestras celebraciones con su gran habilidad para el canto y el baile afroperuano.

- Con Rubén Ríos compartimos el interés por las discusiones clínicas así como lugares en la Cátedra de Psiquiatría. También lamentamos su pérdida.

- Rafael Junchaya, quien me impresionó por su “otra formación” (en música clásica, cosa que le granjeó especial aprecio por parte del Dr. Seguín). Rafael acogió el estímulo del Maestro para desarrollar el movimiento de “Análisis Transaccional”, del cual ha llegado a ser una figura internacional.

- Héctor Cornejo Mere, buen compañero y hombre comprometido, animándonos siempre con frases de estímulo… Recuerdo su participación en las reuniones de la comunidad terapéutica.

- Alberto Péndola… En realidad, a Alberto lo conocí cuando yo era alumno de medicina y él profesor de la Cátedra de Psiquiatría; formaba parte de los entusiastas por el psicoanálisis y, de hecho, fue uno de los primeros que viajó a formarse como psicoanalista en la Argentina, ejemplo que otros seguimos después. Hombre de línea, que ya desde entonces lucía una especial facilidad para la lectura de la dinámica grupal, cosa que ensayábamos permanentemente todos los miembros del equipo, en especial en las ya mencionadas reuniones de “mourning”.

- Jaime Velasco, quien en su momento nos fascinara con sus magistrales clases sobre teoría psicoanalítica; brindaba generosos y abundantes espacios gratuitos en donde muchos aprendimos el “abc” de la teoría psicoanalítica. También se embarcó en la ruta hacia Buenos Aires.

- Augusto Colmenares, brillante y muy culto miembro del staff, quien enrumbó hacia Inglaterra y, finalmente, afincó en España. Pese a las grandes diferencias de saber y edad, siempre se esmeraba por mantener un trato de “pares”. De él aprendí a fijarme en la “música” de la sesión.

- Compañeros entrañables de la residencia fueron los doctores Víctor Espinoza, Amanda Castillo, José Cabrejos, Augusto Gushiken, Rómulo Bosleman y Anita Llanos.

- Recuerdo, también, con mucho cariño, a los enfermeros, a los terapeutas ocupacionales y a los anónimos pacientes de la comunidad terapéutica.

Conocí a otros discípulos distinguidos del Maestro fuera del servicio, antes o después de haber ingresado allí. Alberto Perales me dejó muchas enseñanzas en la Clínica San Antonio, de la que fue director.

Cómo no recordar a Pancho Vásquez y el psicodrama de la Clínica de Día. Tengo presente a Alberto García Martinelli, a Ricardo Milla y a Marcela Rosas, con quienes compartí gratos momentos de aprendizaje y trabajo.

Conocí poco a Elia Izaguirre quien, hasta donde recuerdo, se dedicó a explorar diversas técnicas terapéuticas y a Felipe Iannacone, quien tuvo un destacado lugar en el desarrollo de la terapia gestáltica. A Saúl Peña, a Max Hernández, Moisés Lemlij y a Carlos Crisanto los fui encontrando en las profundidades del psicoanálisis. Formaron el primer contingente… de lujo por cierto, que traían con fuerza el ímpetu de hacer escuela y que permitió que muchos de los que nos habíamos inclinado por la psicodinamia, termináramos de encauzarnos hacia el psicoanálisis, como Marcos Gheiler, José Cabrejos, Jaime Heresi, Noel Altamirano y otros.

Los psiquiatras que nos formamos con Seguín alcanzamos a tener la categoría de Psiquiatras Dinámicos. Es decir, incorporamos el reconocimiento de factores provenientes del inconsciente y la posibilidad de un abordaje psicoterapéutico, además del puramente farmacológico.

La formación con Seguín, en realidad, era muy amplia, holística, humanista. Muchos de sus discípulos, a partir de esta base, hemos seguido diferentes rutas en la amplia gama de posibilidades de desarrollo, pero todas se han caracterizado por mantener el “espíritu Seguiniano”, de entrega y pasión por comprender mejor y tratar de ayudar al semejante, basados en un vínculo de afecto especial con éste. A esto, el Maestro lo llamó el “eros terapéutico”, concepto que, hoy por hoy, es reconocido como el común denominador de las terapias que tienen éxito, ya que es especialmente el vínculo lo que produce la cura.

Al retirarse el Maestro Seguín, a comienzos de los años 70, sus discípulos mantuvieron la línea de formación y es así que tenemos una sucesión de generaciones que han seguido la línea de la psiquiatría dinámica, la cual, con el tiempo, ha ido teniendo sesgos lógicos derivados de la conducción del Servicio.

Por este motivo, y dado que la intención del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima es homenajear al Dr. Seguín en la persona de sus discípulos directos, quiero pedir disculpas por todos aquellos nombres de los que me pueda estar olvidando en estos momentos. Tal vez ustedes me puedan ayudar luego a recordarlos.

No voy a mencionar tampoco a los miembros de las nuevas generaciones. Lo dejo como tarea para otro momento de la celebración de este centenario, que recién comienza.

2005/09 Terminación y determinación


XI Congreso del CPPL y I Congreso de la Asociación Peruana de Psicoterapia Psicoanalítica de Grupos.   Setiembre de 2005.                                                                       

Este trabajo tratará de ubicarnos en la dimensión clínica de la terminación como el límite de un capítulo que puede ser, por cierto, el final de algo. Contrasto el sentido de límite con el de meta, de objetivo, elementos propios de la orientación de la determinación de la búsqueda y de evaluar la consecución -o no- de la finalidad propuesta. Mientras que la terminación puede quedar circunscrita al parámetro tiempo, la determinación vehiculiza el esfuerzo hacia el logro de un objetivo en ese espacio temporal.

Un objetivo importante a tener en cuenta en la labor terapéutica es, justamente, el de integrar “tiempo y sentido”, “tiempo sentido” y “sentido del tiempo”. Es decir, ayudar a consolidar la temporalidad, allí donde suelen entramparse las vivencias en el “sin tiempo” del pretérito omnipresente que anula toda posible ilusión de futuro. Es allí donde es necesario instalar el final, para poder escribir la historia, ensanchándola esta vez con una cabal comprensión del sentido de la trama.

Esta terminación, como veremos, tiene especial importancia en la precisión del objetivo terapéutico. El paciente suele tener una idea, una expectativa, a veces realista y clara, sobre lo que espera de la terapia. Esto supone un trabajo de tiempo y objetivo limitados en donde el final está planteado desde el vamos, sea en función de un tiempo o el del objetivo propuesto. No siempre el terapeuta está suficientemente atento a lo que el paciente está dispuesto a comprometer en el trabajo terapéutico. Muchas veces se cruzan sus propias expectativas o su idea de lo que debe ser un tratamiento. No es ajena la posibilidad de que el terapeuta tenga temor al final “prematuro”, al abandono del paciente. Freud comentaba que, en sus comienzos, mientras más se esforzaba por que los paciente se queden, más se le iban y cuando se invirtió la situación, cuando su lista de espera llegó a ser nutrida, más se quedaban.

Es claro, entonces, que en la finalización de tratamiento se conjugan las variables del paciente y del terapeuta que facilitan o dificultan el registro del “timing” para el final, es decir, qué lectura tiene uno u otro de lo que implica y qué podemos tener en cuenta para considerar si es lo adecuado.

Veamos primero algo de la variable terapeuta. Aprovechemos la oportunidad para echar una ojeada a las implicancias de la finalización en la formación como psicoterapeutas y el peso de los objetivos logrados en cada uno de sus pilares: teóricos, clínicos y personales; inquietud que, sospecho, anima a nuestros alumnos del último año, que han tenido a su cargo la organización de este congreso.

Para ello, voy a compartir con ustedes algunos pasajes de la reflexión del final de mi propia formación, escritos en un artículo que titulé: “Psicoanálisis: Mito y Realidad”.

Culminé mi formación el año 1982. En esa época, además de aprobar los seminarios, había que presentar y sustentar una monografía, supervisar individualmente dos casos por dos años y, no sé si aún se mantenga este criterio, había que contar también con el  “alta” del análisis didáctico. En lo personal, a esto se sumaba el haber pasado la difícil experiencia de haber hecho la formación en un país extranjero. Con gran esfuerzo y sacrificio, había perseguido sin desmayo aquello sin lo cual no sentiría completa mi formación profesional. Y... lo había logrado!, había llegado al final, creo que no hay nada que nos dé más satisfacción que aquello que nos ha costado un gran sacrificio. Estaba feliz...creo, o tal vez sentía en ese momento la descompresión propia del llegar a la meta.

Ocurrió que, llegando a Lima, el año 83 del siglo pasado, los colegas del Seguro Social, mi alma mater, donde había trabajado unos años como psiquiatra dinámico          - léase psicoterapeuta-, me invitaron a presentar una ponencia en un congreso de Psiquiatría. Tenían expectativas de escuchar al nuevo analista. Por entonces acá éramos muy pocos los psicoanalistas - siete, creo-  y uno tenía la sensación de tener un aura especial, como la de un súper héroe. Fue allí, entre ese final de formación y el nuevo comienzo de mi ejercicio profesional, que preferí hablar de la elaboración del duelo, de mi duelo por la terminación de mi formación analítica.

Escribiendo el artículo, me di cuenta que distaba mucho de sentirme o creerme  como se suponía que iba a estar en ese final de formación: como un ideal de psicoanalista o como un psicoanalista ideal. Había escuchado y leído mucho sobre  psicoanálisis sin llegar a la erudición. Tenía maestros y compañeros que recitaban a Freud o a Lacan con una fluidez impresionante... hasta la letra chica!. Freudianos a ultranza, Kleinianos, Lacanianos... un furor más parecido al de las barras bravas. Con convicción excluyente, remitían todo saber a lo dicho por sus mentores. Virtudes y defectos que me enseñaron mucho.

De hecho, nunca fui religioso y definitivamente no encajaba en este modelo identificatorio. No iba conmigo, no tenía los talentos para ello; sin embargo, en medio de esa variopinta oferta de aprendizaje, podía elegir con libertad aquello con lo que más sintonizara, tanto en lo que respecta a profesores como a los temas de mi interés. Sólo un 50% de los seminarios era obligatorio, pero en ellos se revisaba con amplitud la obra de Freud. 

Trabajaba, mientras tanto, en un centro de atención psicoterapéutica, similar a nuestro programa de proyección social y había escrito trabajos de reflexión teórica a partir de la clínica; incluso, había ganado allí un par de premios en el concurso anual de la institución, en la que trabajábamos alrededor de 70 profesionales.

Bueno, volviendo a la finalización de mi formación psicoanalítica en Buenos Aires... Me sorprendió que no me dieran ningún “cartón” de reconocimiento como psicoanalista. Eso no existe, y es así hasta el presente, lo que había era una oscura compensación dada por una “constancia de pertenencia” en el sentido de que la identidad como psicoanalista la otorga el ser miembro de la IPA, a través de la filial local, en este caso la APA. O sea que, además, no tenía elección: ser, dependía de pertenecer....

Ya de vuelta, otra cosa que observaba en mí era que no me iba “la impostura del frac”, que prevalecía en mi entorno. Sin embargo, dentro de mí, en el ejercicio clínico, encontraba al analista que había querido ser, junto con el psicoterapeuta de siempre, enriquecido ahora por los recursos del psicoanálisis.

 Las reflexiones de entonces me permitieron sedimentar un objetivo más profundo y liberador: el de lograr una saludable castración, alejándome así de la tentación mítico – omnipotente que yo mismo había anhelado. Lo valioso de la formación surgió, entonces, a mis ojos: no hubiera podido hacerlo sin haber integrado la disciplina de analizarme-en-el-campo, con poco margen de confusión. Así, entendí que lo propio, “mi campo”, siempre fue la clínica, el encuentro con el paciente, la técnica y la necesidad tremenda de sentirme en libertad para crear a partir de la experiencia. Todo ello despertó en mi un renovado sentimiento de gratitud por la formación recibida y, simultáneamente, me alejó de todo sentimiento subalterno de deuda.

Cada quien, al final de la formación, tendrá que lograr aplicar en sí mismo lo aprendido, evaluar si se logró el objetivo. El trabajo de la finalización de la terapia con sus pacientes tendrá que encontrarlos en un punto de elasticidad suficiente como para no retenerlo ni “dejarlo ir” si esto no es lo que corresponde.

Un final requiere tener un sentido, digamos que tiene que haber una finalidad del final. En el tratamiento psicoanalítico este final tiene que ver con una serie de logros que esperamos que se vayan dando a lo largo del proceso. Una de las primeras cosas que necesitamos tener en cuenta es que este sentido sea compartido con el paciente. Sólo sobre esta base podremos llegar a tener un tiempo compartido, una posibilidad de considerar el final o la terminación como coherente o consistente con los fines propuestos en el acuerdo de trabajo.   

Suele ser que algún aspecto importante de la vida personal del paciente ha quedado entrampado y su vida carece del sentimiento de completud. En la experiencia terapéutica, su historia adquiere paulatinamente una nueva configuración en la que el final es posible. Este final tendrá que ver, también, con la posibilidad de relacionarse con los demás sin confundirse (derivando a la empatía las primigenias y excluyentes proyecciones, las trampas de la subjetividad).

En la construcción de la nueva historia será posible ser dueño y responsable de sus decisiones, en particular de la decisión de estar bien (es determinante tomar esta decisión, es la que sostiene el proceso y le da sentido a la finalidad). Esto incluye la posibilidad de participar en la decisión de  terminar dicho proceso.

Solemos basar el criterio de terminación en la incorporada capacidad del paciente de mirarse a sí mismo, de relacionarse consigo mismo de manera objetiva; en otras palabras, de poder manejarse analíticamente sin necesidad del analista. Implícita está la noción de haber superado las ansiedades de separación – individuación, las que justamente pueden reaparecer en las instancias finales del proceso, ante la inminencia  de la separación “definitiva” del analista.

Aún así, algunas personas necesitan vivir la experiencia por su cuenta, para terminar de darse cuenta de algunas de las observaciones que pudieran surgir en el tratamiento. Tenemos que creer en ello. Por cierto que las motivaciones pueden surgir de resistencias, de la emergencia de temores y fantasías propias del proceso. En estas circunstancias, caben dos posibilidades: que el paciente tenga potenciales como para lograrlo solo o que considere la eventualidad de retomar el proceso cuando reconsidere su pertinencia.

Poder construir el final, participar del sepultamiento de la fantasía omnipotente, de la fusión primitiva que atrapa y condena a la inmovilidad impotente, supone quizás la misión más importante en el proceso de análisis. Algún autor, no estoy seguro cuál, se refería a ello como el caminar en busca de nuestro ideal, para poder hacerlo pedazos al encontrarlo... ¿Qué hacemos pedazos al final?: las imágenes idealizadas del registro infantil entrampado, las idealizaciones de sí mismo, las expectativas de cambiar el allá y entonces en favor del ser en el aquí y ahora, como si esto fuera posible. Todo ello implica un final en el que estemos en capacidad de tolerar el duelo, la pérdida, la separación. Esto incluye, por cierto, la declinación de las fantasías transferenciales y la aceptación del analista como persona real.

Algo a tener en claro en el ejercicio de nuestra disciplina es la finalidad terapéutica definida en el caso de cada paciente. Una cosa es lo que creemos que requiere el paciente y otra es la que deriva de su propia motivación y necesidad. Así, la terminación breve del proceso resulta pertinente a los objetivos de un proceso en donde no hay tiempo para más.

Su finalidad puede estar circunscrita a un objetivo puntual que le permita resolver alguna coyuntura o dificultad sintomática. Es allí donde la finalidad requiere del buen acuerdo de los participantes de la experiencia. Es una visión distinta de la finalidad, propia de las formas de la psicoterapia, más operativa y a la vez más delicada, que necesita mucho de que el terapeuta confíe en la continuidad de la cura en el proceso de vida del paciente.

En ambos casos, la finalización no tiene por qué significar un hecho irreversible, es decir, que el analista o terapeuta no vuelva a ver a su paciente, salvo que esto conlleve una necesidad del proceso, porque se agotó o surgió un impasse importante. Quiero decir que es necesario que, después del final, el profesional mantenga el vínculo en la distancia – cercanía convenientes ante la eventualidad de ser requeridos en algún momento posterior. La alianza terapéutica se nutrirá con la evolución del paciente en la vida.

En cualquier caso, es importante elaborar las transferencias e identificaciones a favor de motivaciones adultas y actuales, saludables para la vida de la persona del paciente. Por cierto, en el trabajo del final, el analista necesita estar atento a posibles movimientos de retener a su paciente o no favorecer la separación, cosa que en oportunidades aparece como una continuación del trato parentalizado, viendo al paciente como “el hijo”, siempre infantil, como pasa con las mamás que se niegan a ver su crecimiento.

No debiera espantarnos tampoco el análisis “sin final”. En muchos casos lo comparo con el ejercicio físico que uno hace yendo al gimnasio. La finalidad en estos casos tiene que ver con el “mantenerse en forma”. Digamos que, como en una empresa, no se despide al gerente de finanzas una vez que se logró el punto de equilibrio (que sería la capacidad de tener un juicio financiero adecuado).

Otros casos de terapia requieren procesos sin final, como única manera de caminar en la vida. Ocurre en trastornos severos con necesidad de un trabajo permanente de apoyo y  sostén. Es imprescindible para estos pacientes saber que uno siempre “está allí”, disponible. No siempre las características del proceso son como las convencionales; puede éste transcurrir con una frecuencia mensual, quincenal, semanal. Incluso el vínculo puede transcurrir en medio de un acuerdo de permanente final, con posibilidad abierta de reencuentro.

Por último, quisiera decirles, pensando también en la finalización de vuestra formación en la Escuela,  que terminar supone guardar en la esencia del sí mismo las huellas de lo vivido, aquello que ha pasado a ser parte de nosotros mismos, sin otra deuda que una gratitud liberadora, sin otra atadura que la posibilidad de compartir la ilusión creadora que reinstala el vínculo desde las posibilidades de una alteridad no entrampante, sin obligaciones, quizás con compromisos, pero sin la incondicionalidad angustiada de las necesidades primitivas. 
         

2003/03/28 Una aleación pertinente: Psicoterapia Psicoanalítica en Proyección Social Un reto para la gestión privada.

VIII Jornada Interna del CPPL "Celebración de los 20 años”, 28-29 de marzo, 2003                                          

   
Al comenzar a redactar este informe reflexivo sobre nuestra actividad psicoterapéutica, se me vienen a la memoria las épocas en que era un ilusionado estudiante de medicina. Se respiraba, entre los compañeros, una mística, una sensación de estar en la iniciación de un apostolado, con una palpitante vocación de servicio que empezaba a encauzarse en la devoción por el estudio y en la empatía por el sufrimiento humano...

De aquellas épocas, recuerdo la fantasía de dedicar uno de mis días de consulta a la gente que no tenía dinero.  Ahora, casi cuarenta años más tarde, tengo la suerte de aún respirar  aquella mística, esta vez en el contexto de una hermosa y cálida institución, el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, la que, dentro de pocos meses, cumplirá 20 años de existencia. 

Es al interior de esta institución que, desde hace 13 años, venimos brindando atención psicoterapéutica y psiquiátrica a personas de escasos recursos, con una demanda creciente, que al presente oscila entre 90 y 120 solicitudes de entrevista mensuales. En la perspectiva del tiempo, esto significa que más de 10,000 personas se nos han aproximado buscando soluciones a sus problemas.

Cabe mencionar que se trata de una institución privada, que funciona con sus propios recursos y que buena parte de dichos recursos - los profesionales- provienen de personas que se han formado o están en formación en esta misma institución, supervisados en su labor por los profesores de nuestra escuela de psicoterapia psicoanalítica, conformando una suerte de “Clínica Docente”.

La formación en psicoterapia psicoanalítica se viene impartiendo desde hace 19 años, con una currícula que se nutre permanentemente de la experiencia en esta actividad clínica y que, a su vez, es volcada en el trabajo terapéutico.

El modelo técnico de trabajo

Es  así que, al principio, el modelo técnico de trabajo era más del tipo “de largo aliento”, allí donde la psicoterapia tiene fronteras tenues con el psicoanálisis. Desde este punto de partida, hemos ido adecuando los recursos técnicos a la realidad de la demanda, abriéndose con ello un abanico de estrategias, que incluyen las formas más breves de intervención terapéutica, en donde “lo analítico” proviene básicamente de la comprensión dinámica de quien sostiene la práctica.

Desde el principio, notamos que una gran cantidad de las consultas aspiran solamente a una mejor comprensión de su problema y, acaso, buscan alguna indicación puntual, más a la manera del modelo médico. Esto se derivaba de que, al comienzo, uno de nuestros miembros mantenía  un programa semanal de difusión y consulta radial, ofreciendo en un lenguaje sencillo posibilidades de entendimiento para los problemas de sus radioescuchas.

Comoquiera que en el espacio radial se daban respuestas a consultas en fracciones mínimas de tiempo, con resultado positivo para la audiencia, la gente  que nos consultaba, esperaba también que les diéramos respuestas de impacto modificador en el más breve lapso.

Dado que la formación en nuestra escuela estaba orientada hacia procesos elaborativos de largo aliento, nuestra gente no estaba del todo preparada para enfrentar el reto de las intervenciones breves. Una fuerte idealización del recurso técnico del psicoanálisis reforzaba una resistencia a declinar en favor de métodos alternativos breves.

Peor aún, la transferencia idealizada con el colega que conducía el programa radial podía facilitar o perturbar el abordaje de quien nos hacía la consulta, no tolerándose con facilidad sustitutos.

Para facilitar las cosas, nuestro colega empezó a atender, una tarde a la semana, en nuestro local institucional. La mayoría de las consultas eran de una sola vez. Pero, dado que la demanda desbordaba de largo sus posibilidades de cobertura, tuvimos que armar todo un equipo de terapeutas, escogidos entre los de mayor experiencia y los que mostraron mayor motivación para la tarea. Una rigurosa supervisión buscó, desde el principio, sostener tres procesos: el de los pacientes, el de los terapeutas y el de la institución. Fue así que nació nuestro programa de proyección social.

Se armó, de esta manera, una pirámide de sostén y de transmisión de la experiencia desde los profesionales más expertos hacia los terapeutas voluntarios y alumnos en formación que estuvieran en condiciones de participar. Al principio, contábamos con un solo supervisor. En la actualidad, tenemos 18 supervisores. La gran mayoría de ellos son jefes de cátedra o profesores de nuestra escuela de psicoterapia psicoanalítica.

Una de las dificultades objetivas provenía de las limitaciones económicas de la gente, en su mayoría personas de clase media o media baja. (No olvidemos que “clase media” en el Perú significa algo así como “límite superior  de sobrevivencia”). Esto significó que, absolutamente todos los que participábamos de la tarea, tuviéramos que declinar nuestras naturales aspiraciones de lucro por nuestra labor a favor tanto de la población consultante como de la formación de nuestros alumnos. Sin proponérnoslo, esto fue dando fortaleza a la institución, tanto por la labor en sí, como por la naturaleza  del espíritu que se iba gestando.

El grupo de psicoterapeutas

La  convocatoria para constituir un equipo de trabajo en proyección social tuvo una gran acogida entre los egresados de nuestra escuela de psicoterapia. Designamos a los de mayor experiencia para conformar un grupo de admisión, mientras que otro grupo se hizo cargo de las derivaciones de los pacientes que requerían de tratamiento.

Para las derivaciones, el equipo admisor considera la experiencia del terapeuta receptor. En el caso de los alumnos en formación, se les deriva pacientes de acuerdo a la observación de su evolución en la formación y a los informes que proporcionan los supervisores acerca del desarrollo de sus capacidades. Al principio, reciben un solo caso de patología poco complicada al cual dedican todos sus esfuerzos. En ningún caso dejan de contar con soporte de supervisión calificada.

Un promedio de 30% de los pacientes que solicitaban consulta se comprometía a tratamientos psicoterapéuticos, de los cuales un alto porcentaje no persistía en el mediano o largo plazo, que  era el fuerte de nuestra oferta inicial. Esto era registrado como un alto nivel de deserción pero, viéndolo desde otro punto de vista, pudiera tener más bien que ver con las expectativas que tenían las personas de encontrar respuestas en corto tiempo.

Desde el comienzo, intentamos propugnar fórmulas de abordaje acordes con la demanda. Así, con el grupo admisor tuvimos largos encuentros con miras a integrar lo que llamamos la “entrevista terapéutica”.   En la entrevista terapéutica se trata de afianzar los recursos sanos del paciente a la vez que se procura lograr un mejor insight de su problemática.  El hecho de ampliar su comprensión de la situación que lo aqueja puede llevarlo a encontrar opciones que estén a su alcance y que él mismo pueda manejar.  Esto, a su vez, podría resultar en una mejor motivación para integrarse a un proceso terapéutico de más largo aliento,  como soporte de cambios más profundos, lo que se ha ido reconociendo mejor como vehículo de cambios.

El “Diagnóstico con Intervenciones Terapéuticas”

Un grupo, liderado por la coordinadora del programa de proyección social, desarrolló un proceso de investigación durante cuatro años, con un instrumento técnico que se denominó “Diagnóstico con Intervenciones Terapéuticas”.  Esta labor de experimentación ha sido compilada en un excelente libro que lleva ese mismo título y que significa un gran aporte, tanto para los alumnos y terapeutas de nuestra institución, como para todos aquellos que tengan interés en trabajar en psicoterapia breve.

Los procesos terapéuticos de largo aliento son manejados a la manera usual en que la psicoterapia psicoanalítica procede. Eso sí, se trata de mantener una claridad de objetivos y estrategias para que no se pierda la ruta de la intención terapéutica. Por ejemplo, se trata de evitar procesos regresivos excesivos y, mas bien, se busca un fortalecimiento yoico, que pueda nutrir la vida presente del paciente con un mejor manejo y una mayor comprensión de los orígenes de su problemática.

Dado que un gran número de pacientes requería de apoyo farmacológico y una mejor precisión diagnóstica, se formó también un equipo de psiquiatría, que en la actualidad está conformado por cuatro colegas,  quienes mantienen una fluida comunicación con los psicoterapeutas, viéndose así reforzados mutuamente los tratamientos.

Con el tiempo  -y dados los requerimientos- se conformaron otros equipos de trabajo para las áreas de niños, adolescentes, parejas, familia y grupos, siendo el área de niños la más requerida. En ella contamos con gente de mucha experiencia, con egresados de nuestras primeras promociones que se han hecho un espacio para trabajar en nuestro programa de proyección social.

El equipo especial de psicoterapeutas

Además de los aproximadamente 70 terapeutas participantes de nuestro programa, desde abril del 2001, se ha conformado un equipo de 18 terapeutas, seleccionados por el departamento de proyección social, en base a su experiencia, a su compromiso con el trabajo y en especial en función a su capacidad para el trabajo en equipo, en quienes se concentra ahora el grueso de la atención a los pacientes. Todos ellos están comprometidos a realizar la consulta en nuestro local (antes se realizaba en los consultorios privados). Esto ha disminuido el volumen de deserciones, lo cual se entiende también como producto de una mejor administración de los requerimientos terapéuticos.

El reagrupamiento de los terapeutas ha tenido un correlato en el terreno administrativo, lo cual ha otorgado una mayor fortaleza a nuestra gestión.

Los encuentros terapéuticos con grupos grandes

Por otra parte, tenemos la experiencia de los “encuentros terapéuticos”, desarrollados en nuestra cede central entre 1999 y 2001. Estos consisten en un sistema de trabajo con grupos grandes, de hasta 60 personas. Una vez más, la radio nos sirvió para hacer la convocatoria. Se proponía un tema, por ejemplo la angustia, y se convocaba a aquellas personas que la padecieran, que quisieran saber más sobre esta materia y/o que necesitaran orientarse sobre ello. El objetivo era apuntalar sus niveles cognitivos tanto como alentar su motivación para resolver sus problemas, en base a una mejor comprensión de éstos, tanto como de alternativas de solución accesibles a sus capacidades. 

Se trataba de un encuentro de una sola vez, a la manera de un taller, con tres momentos. En la primera parte, se les hacía una exposición sencilla del problema a tratar, buscando “calentar el tema” en sí mismos. En un segundo momento, se les dividía en pequeños grupos y participaban vivencialmente, contando sus experiencias sobre su relación con el tema, por ejemplo, si habían padecido de angustia. La conducción tenía que ser muy activa para encontrar puntos de solución, corte e integración elaborativa con el resto de los participantes. El tercer momento era de integración de la experiencia entre todos los asistentes, a partir de lo cual se recogían algunas de las conclusiones a las que ellos mismos habían arribado en el encuentro y que les eran útiles para la comprensión o la solución de sus problemas.

Con esta modalidad de trabajo en grandes grupos, llegamos a atender a 830 personas. Muchas de ellas empezaron luego un proceso terapéutico. Los temas más concurridos fueron los de depresión y autoestima. En algún momento, hicimos un seguimiento a algunos de los concurrentes a esta experiencia grupal, obteniendo respuestas positivas sobre la estabilidad de sus logros, en particular, respecto al mejor manejo de su enfermedad o de las relaciones con los demás.

El trabajo en Villa El Salvador

Por otra parte, un grupo de jóvenes entusiastas, liderados por una egresada de nuestra institución, está luchando denodadamente por reproducir nuestro programa en Villa El Salvador. Han estado atendiendo en condiciones bastante difíciles, superando la adversidad con un espíritu envidiable. Al presente, han conseguido un espacio radial, mediante el cual esperamos poder tener convocatoria en este ambiente, donde es tan necesaria la orientación terapéutica, en particular en lo que respecta a la alta incidencia de maltrato familiar, espacio en el que ya se viene trabajando en conexión con las redes locales para enfrentar este difícil problema.

El cine como espacio terapéutico

Por último, hemos encontrado que el cine es un buen motivo para que las personas tengan oportunidad de incorporar una mejor visión de la naturaleza humana, una oportunidad para relacionarse en grupo, para crecer y ver crecer a otros con uno, para favorecer el encuentro de nuestros profesionales destacados con el público en un diálogo enriquecedor, más “desde el llano”.

Desde hace 13 años pasamos películas todos los Sábados, luego de lo cual se analiza el film, con posibilidades amplias en las que los participantes hablan de cómo sintieron lo que vieron, motivándose polémicas que no quedan restringidas a la visión psicoanalítica del profesional que coordina el encuentro. Se genera un clima muy grato de apertura y gran motivación que se mantiene a lo largo del tiempo y que ha llevado a muchos a desarrollar una agudeza analítica que enriquece sus vidas. Muchos de mis pacientes encuentran en este espacio oportunidad para relacionarse socialmente o integrarse  en una pertenencia a un grupo que lo acoge sin censurarlo.

Palabras finales

Esta ha sido una presentación apretadísima, por el mandato del tiempo. Mi principal intención ha sido la de relevar el que se puede hacer labor social desde la actividad privada, implementando creativamente recursos psicoterapéuticos y, más aún, generando una mística de trabajo en la que no tenga que llegarse a lo sacrificial.

Estos 20 años en el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima y estos últimos 13 a cargo del programa de proyección social han permitido no sólo que realice algunos de mis sueños de juventud, sino también el acercarme de manera realista a nuestra población, con instrumentos que ayuden a resolver sus problemas humanos. La mezcla del oro y del cobre que alguna vez propusiera el maestro Freud, refiriéndose a la unión entre el psicoanálisis y los recursos de la psicoterapia, han encontrado eco en nosotros, pero acaso sea mayor aún el aporte paradigmático de nuestro gran maestro, el Dr. Seguín, el que nos guía en la labor de experimentación creativa, que tantas veces observamos en él en nuestra formación en el entonces Hospital Obrero de Lima.

Quiero agradecer a todos aquellos compañeros de ruta, que están presentes en este informe, a mis colegas y alumnos, a los pacientes que nos han contagiado con su entusiasmo y a ustedes que ahora me escuchan.

1992 Sobre "lo femenino" en el proceso terapéutico

IV Congreso del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima “Sobre femineidad”, 1992


Si ustedes quieren saber más acerca de la femineidad, inquieran en vuestra propia experiencia de vida o diríjanse a los poetas o aguarden hasta que la ciencia pueda darles una información más profunda y mejor entramada.
Sigmund Freud… La Femineidad



Este párrafo, que les acabo de leer, fue escrito por Freud en 1932, al final de su artículo “La Femineidad”.  En él, deja traslucir sus limitaciones para comprender la naturaleza misma de la femineidad.  Quiero resaltar esa honestidad científica que mostró en realidad a lo largo de toda su obra y que para mí es lo esencial en el desempeño del trabajo analítico: el amor a la verdad.  Con este norte, es decir, más que nada buscando respuestas y compartiendo experiencias y reflexiones, es que voy a desarrollar este trabajo.

A los fines de la propuesta de la mesa, trataré de aproximar femineidad y psicoterapia al tiempo de abrir interrogantes que nutran la discusión y el trabajo de los talleres.

Voy a apoyarme en algunos conceptos de autores que, directa o indirectamente, se han ocupado del tema; y, hacia el final, compartiré con ustedes una viñeta clínica personal.

Volviendo a Freud, quisiera citar un párrafo más de su artículo sobre la femineidad.  Dice allí:

Empero, la fase de la ligazón pre-edípica tierna es la decisiva para el futuro de la mujer; en ella se prepara la adquisición de aquellas cualidades con las que luego cumplirá su función sexual y costeará sus inapreciables rendimientos sociales.  En esta identificación conquista también su atracción por el varón, atizando hasta el enamoramiento la ligazón madre edípica de él.

Revelo este pasaje porque, por un lado, rescata a nuestro autor de la usual lectura parcial que de él hacemos, privilegiando su visión falocéntrica; y, por otro lado,  porque creo que el mismo procesamiento de las identificaciones pre-edípicas constituye el sostén básico de “lo femenino” en el varón.

Tal vez valga la pena aclarar, en este punto, que estoy tomando el sentido fundamental de lo femenino desde sus cualidades de “acogedor”, “tierno”, “cálido”, “receptivo”, “delicado”, más que desde el sentido “pasivo” en el que a veces se le utiliza en contraste con “activo”, cualidad que se suele adscribir en lo esencial a lo “masculino”.  Estas cualidades básicas de lo femenino se plasman en el encuentro más temprano de la relación con la madre y son condición esencial para el desarrollo de las futuras identificaciones que nutren y refuerzan lo femenino a la par que dan lugar y espacio para las identificaciones masculinas en el ulterior tránsito por la etapa edípica.

El paciente que no ha conseguido una consistente identificación temprana requerirá del analista un acompañamiento a una regresión mayor.  Prevalecerá el lenguaje pre-verbal por encima del simbólico y, en la mayoría de los casos, no presentará una clara definición sexual.  Esto puede significar una dificultad insalvable a los fines del desarrollo de un trabajo terapéutico.  A mayor falla en estas áreas, mayor requerimiento habrá de una respuesta femenino-sostenedora del analista.  Dejo aquí este tema que retomaremos más adelante.


Algunas ideas de Winnicott

Una de las experiencias más vivificantes a lo largo de mi formación como psicoanalista fue acercarme a Winnicott y a la gente que me ayudó a entenderlo.  Lejano del afán de teorizar, dejaba más bien que la experiencia hablara por sí misma.  Así sentí sus escritos, dichos a su manera, no siempre fácil de entender; pero, eso sí, reflejando un gran compromiso con su material clínico. 

Diría de él que lo sentí como su propuesta misma de trabajo: sostenedor de mis inquietudes por saber un poco más de la mente humana y de mí mismo.  Creo que podría agregar, siguiendo la línea que estoy desarrollando, que Winnicott tenía un nivel de femineidad fácilmente deducible de su trabajo. Su “holding” era la herramienta básica sobre la que sostenía el trabajo interpretativo; actividad ésta (la de la interpretación) que cada vez trataba de incluir menos en su labor analítica, aunque no por innecesaria. Buscaba siempre ajustarse al máximo a la necesidad de su paciente.

Quisiera adelantar, a partir de todo esto, una posible ecuación en el trabajo terapéutico: “holding”=femenino e interpretación=masculino.  Veamos ahora un párrafo de uno de los trabajos de Winnicott, de 1956, titulado “La preocupación maternal primaria”.  Dice allí:

No creo que sea posible comprender el funcionamiento de la madre durante la vida del pequeño sin ver que la madre debe ser capaz de alcanzar este estado de sensibilidad exaltada, casi de enfermedad, y recobrarse luego del mismo.

Estas citas las hago tratando de llamar la atención sobre la necesidad de considerar que, en el trabajo terapéutico que nos proponemos llevar adelante sobre una base analítica, nos tendremos muchas veces que encontrar con el requerimiento de manejarnos en los niveles propios de esa relación primitiva, sosteniendo el proceso con el concurso de nuestros recursos femeninos.  Acá estamos refiriéndonos más a la persona misma del analista, a la manera de esa madre dispuesta a “casi enfermar” con su hijo, acogiendo sus contenidos hasta que los pueda asimilar.  Por supuesto, en este trámite lo que nos sostiene es nuestro profesionalismo y la posibilidad de derivar todo a un entendimiento y a una orientación terapéutica. 

A veces, de ello derivará una interpretación para el paciente, pero no necesariamente.  Tal vez la mayor urgencia es la de poder entender mejor estos fenómenos y discriminarnos lo suficiente en esa situación de ese complejo campo que es nuestro trabajo.  Acaso podamos, también, intentar escribir un artículo y compartirlo con nuestros colegas, como ocurre ahora conmigo.

Felizmente, estas urgencias de regresión con los pacientes no son tan frecuentes, salvo que nos dediquemos a tratar a pacientes muy perturbados.  Pero, no nos cansemos de señalarlo, cuando el paciente nos requiere para sostener sus identificaciones proyectivas, el recurso interpretador “masculino” es insuficiente, si no impertinente, como veremos en el ejemplo más adelante.


Algo más sobre femineidad

A propósito de estos desarrollos, releí un trabajo de Margaret Arden titulado “Un estudio del artículo de Silvia Payne: Un concepto de femineidad”, publicado en el Libro Anual de Psicoanálisis de 1987. En éste, la autora propone adscribir lo femenino al proceso primario y, en tanto así, el proceso secundario sustentaría lo masculino.  Las dos modalidades conformarían lo esencial de la bisexualidad de la mente humana. 

Me pareció interesante, además, en tanto su concepción de la cualidad de lo femenino y masculino en la mente humana correspondía a la posibilidad de encontrar una coincidencia en el uso de la técnica, con respecto a aquella ecuación referida al “holding” como femenino y a la interpretación como masculina.

Pero, volvamos a Margaret Arden.  Ella nos dice, en su artículo, lo siguiente:

Elaborar una teoría de la femineidad es una actividad de proceso secundario, que describe inevitablemente lo femenino en función del proceso secundario o, como yo lo pondría, en función de lo masculino.

Esto recuerda el problema que suscitaba el que los hombres escriban sobre las mujeres pero, de cualquier manera, parece que lo femenino es tan insondable como la naturaleza misma.

Expresa, también, en su artículo, opiniones en el sentido de la imposibilidad de objetivar lo subjetivo sin arriesgar lo verdadero.  De todas maneras, podemos orientarnos hacia la conclusión de que lo femenino “nutre” o sostiene a lo masculino y que éste resulta indispensable para adecuarse a la realidad, en tanto lo masculino sostiene los límites, aquello que, representando a lo femenino, deviene en las “leyes de la lógica y del sentido común”.  Los problemas surgen cuando lo  “masculino” se olvida de su representado o cuando lo femenino pretende la “no ley”.  Es allí donde “se pierde la cabeza”.

Pretender masculino sin femenino como unidad funcional es equivalente a pensar que existe la posibilidad de psique sin soma.


Una experiencia clínica

Creo que ha quedado clara, hasta aquí, la necesidad de contar con un suficiente equilibrio entre lo masculino y lo femenino en nosotros mismos.  Hemos puesto énfasis en el requisito básico de las identificaciones primarias con la madre, proponiéndolas como la matriz de lo femenino.

Veamos ahora, enfocada desde esta dialéctica de lo masculino y lo femenino en el trabajo terapéutico, una situación que me tocó vivir en la consulta y que espero nos resulte ilustrativa.  El énfasis está puesto en la urgencia de mayores recursos “femeninos” que tuve que considerar poner en juego al poco tiempo de empezar a atender a una joven paciente.

Resulta que mi registro de ella estaba enrumbado por el contenido manifiesto de sus quejas, problemas de pareja que no lograba resolver en el sentido de una relación estable.  No le resultaba difícil cambiar de acompañantes, ya que era muy seductora y atractiva; pero, tan pronto le proponían ir “más allá”, cortaba la relación.

Tenía encantos físicos que se encargaba muy bien de resaltar como, por ejemplo, con unas inquietantes minifaldas.

Mi registro y aproximaciones interpretativas iban por el lado de su envidia del pene y de su rivalidad con los varones.  Se comenzaba a repetir entre nosotros una secuencia en la que me aproximaba material interpretable en esa línea.  Al hacerlo –o sea, al interpretarle- ella mostraba una aparente aceptación de mis “hipótesis”, pero con inmediatas réplicas y justificaciones sin mayor trascendencia.

En una sesión, en la que empezábamos otra vez con lo mismo, me propuse dejar el “ping pong” y escucharla un poco más.  Así es que,  me quedé callado el resto de la sesión. La cosa, en cuanto a contenidos, no varió mucho. Lo que sí varió fue su nivel de ansiedad.  Estuvo más calmada, diciendo cosas y “analizándolas” a solas; es decir, sacando sus propias conclusiones.

Esa noche tuve un sueño:

Me tenían que operar y, para hacerlo, me debían trasladar a otro cuerpo.  Así ocurrió y, ya instalado en el otro cuerpo, veía la operación que le hacían a mi propio cuerpo.  En realidad, era como una autopsia, ya que me abrían totalmente, mostrando cada uno de mis órganos, mientras describían su estado. Por ejemplo: pulmones en buen estado, pleura bien, estómago bien, hígado, etc.  Luego me cosían y volvía a mi cuerpo. Salía caminando y seguía caminando por calles y calles, pero tenía la sensación de que no debía exagerar; que recién me habían cosido y que debía tener cuidado.

Al despertar, como comprenderán, me puse a tratar de entender mi sueño, hasta que lo relacioné con mi paciente, cayendo en cuenta que ya me había planteado dudas sobre su nivel de estructuración.

Dos días después, cuando nos volvimos a encontrar, me corroboró la lectura que hice de mi sueño.  Al entrar, me miró y me preguntó qué me pasaba, “¡qué barbaridad lo que ustedes tienen que aguantar!”  Señaló que ella debía ser una paciente muy pesada.  Se puso ansiosa mientras yo me sonreía por dentro frente a esta singular situación.  

A partir de entonces, cambiaron dos cosas: mi actitud y el material que ella traía.  Evidentemente, se tapaba una tremenda desestructuración tras su fachada histérica, situación que me fue comunicada de esta singular manera (en el sueño); y, desde donde he querido mostrar la pertinencia de un viraje desde una postura interpretativo-masculina hacia una posición más bien sostenedora femenina como eje del trabajo terapéutico.
En medio de dicho viraje, un fenómeno brusco de identificación proyectiva favoreció la comprensión de su mayor requerimiento de sostén, de su necesidad de que “la cargue” desde dentro.

Tal vez valga la pena decir algo sobre la identificación proyectiva, mecanismo descrito por Melanie Klein, que consiste en la colocación de un contenido difícilmente tolerable (aunque no exclusivamente así) en la madre (o en algún lugar de ella).

Cuando este fenómeno ocurre en el trabajo analítico, el receptor se ve de pronto con tendencias a actuar en el sentido de lo proyectado sobre sí; desarrolla un síntoma, una fantasía o sueña con… lo proyectado.  El mecanismo transcurre a niveles totalmente inconscientes en ambos casos. 

Sólo el análisis, trasladado del “setting” al interior del analista, le permite la comprensión del fenómeno.  Infiero que, para que tal fenómeno pueda encontrar una resultante terapéutica para el paciente es necesario que el analista se percate del “mensaje” y tenga la posibilidad de ubicarse, además, en el nivel que nos describiera Winnicott, aquél de la madre y su bebé.

Es interesante comentar que este nivel de encuentro con los contenidos del paciente, de no ser suficientemente comprendido y manejado de la manera adecuada, promueve actuaciones del terapeuta que pueden no sólo arruinar el tratamiento sino que llegan a originar problemas en la vida misma del terapeuta, provocando, por ejemplo, accidentes, peleas conyugales, etc.

Los terapeutas analíticos, sean hombres o mujeres,  necesitan de consistentes identificaciones masculinas y femeninas para dar cuenta de las situaciones que les toca resolver con sus pacientes.  Siendo así, actuará de manera más pertinente quien en su momento esté oportuno para poner en juego sus identificaciones masculinas y femeninas.  Podrá trabajar mejor quien pueda confiar en que, al abrir su mundo interno por medio de la atención flotante, ésta encontrará la posibilidad de “parir” entendimiento, al captar desde allí el mensaje de lo escondido en el discurso o detrás del discurso de su interlocutor.

No podemos perder de vista que lo femenino, puesto en el “holding” o en nuestra apertura del inconsciente ante nuestros pacientes, tiene la permanente necesidad de un equilibrio con lo masculino, afectado por la dimensión interpretativa y el sostenimiento de los lindes de la realidad y del proceso elaborativo.


Referencias

Arden, Margaret… Un estudio del artículo de Silvia Payne: Un concepto de femineidad.  En: Libro Anual de Psicoanálisis. Lima, Editorial Imago, 1988.

Freud, Sigmund… La femineidad.  En: Obras completas. Tomo XXII. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1979. Pág. 125.

Winnicott, Donald… La preocupación maternal primaria.  En: Escritos de pediatría y psicoanálisis (1931-1956).  Barcelona, Editorial Laia, 1958.