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miércoles

2005/07 La Construcción de la Diferencia Sexual desde el Espacio Analítico. La importancia del “Holding” y del “Handling”

IX Congreso de Psicoanálisis: “Psicoanálisis: proceso y transformación”
Sociedad Peruana de Psicoanálisis, Lima, Julio de 2005



La diferenciación sexual es un proceso que, como la identidad misma de la persona, se va desarrollando a lo largo de la vida. El tejido particular que logra cada quien con su condición de “macho – hembra” y el registro de lo “masculino – femenino”, involucra ingredientes genéticos, instintivos, educativos, adaptativos, culturales, identificatorios, etc., propios del desarrollo de la identidad y de las posibilidades de un adecuado sostén por parte de un yo suficientemente integrado y plástico.

El propósito del presente trabajo es analizar la evolución de esta diferenciación, retomada desde el proceso analítico. Me voy a apoyar para ello en una viñeta clínica y en los conceptos de Winnicott referentes al “holding” y al “handling” que, como se podrá observar, aparecen como propicios para entender lo actuado desde el analista.

Cuando Winnicott habla del “holding”, vale la pena recordar, se refiere a la importancia del vínculo con la madre en los primeros momentos de la vida del niño, al sostenimiento que ésta hace de su pequeño bebé, a partir de relacionarse con él como una persona, con sus sentimientos y necesidades particulares. Junto con ello, Winnicott nos habla del “handling” y de la necesidad del contacto físico, de la caricia, del abrazo, todo lo cual facilitará la integración psicosomática personal, la relación con el cuerpo y la percepción de los límites en el vínculo con el otro.

Esta integración contribuirá a que, a futuro, el Yo adquiera la capacidad de manejarse con la realidad, con suficiente conciencia de su singularidad, no sólo en cuanto a la diferencia sexual anatómica sino a las particulares formas de vivirla, sentirla, expresarla y disfrutarla.

Cada quien, en su plenitud como persona, necesita saber acerca del lugar que su sexualidad ocupa en su mundo de relaciones, tanto en lo que respecta a la intensidad del impulso instintivo, como al tipo de placer preferido y al complemento objetal elegido. Tal vez la idea de salud sexual en el logro de esta diferenciación tenga que ver con el grado de coherencia que este registro de sí guarde con su expresión en la vida.

Desde los momentos más tempranos va enhebrándose esta diferenciación. La madre ocupa un lugar preeminente en la puesta en marcha de la integración del sí mismo como una entidad sexuada. Para ello, juega un rol fundamental el sostén y el contacto físico que aporta a su bebé. Vínculo personal y caricia corporal van estableciendo los límites del cuerpo y el espacio de las sensaciones instintivas.

En el proceso analítico, en medida variable, se requiere del analista un aporte sostenedor del proceso desde el “holding” y el “handling”, con miras a facilitar el tránsito de despegue de una relación primitiva entrampada hacia las posibilidades de una plena experiencia de vida.

Al respecto, hace unos años, escribí un artículo en el que proponía la posibilidad de entendimiento del cuerpo como un objeto transicional. En él propongo la importancia del uso del cuerpo para sostener significados y para significar en el encuentro con el otro. Esto supone la expresión de una integración psicosomática mínima, que incluirá progresivamente el dibujo de las formas y emociones propias del erotismo y de la identidad humanas.

El bebé requiere ser sostenido en una condición transicional por la madre en los momentos en que la fusión conforma el universo de ambas (el género se borra en la lectura de la fusión primitiva, a predominio de la naturaleza del ser femenino; esto supone una impronta que se relativiza con el desarrollo de la experiencia personal). Para que sea saludable y estructurante, es necesario que, pese a las significaciones identificatorias que pueda darle su madre al bebé, ésta conserve la posibilidad de diferenciarse de él y de sostener su propia diferencia.

Esta es la esencia del sostén primitivo, fundante del alma misma de la intimidad, de la intimidad del alma. A esta experiencia se le suma la de ser tocado, acariciado, cargado físicamente, lo que permite ir sintiendo los trazos sensacionales del placer y del dolor, que luego adquirirán las formas y los límites del cuerpo, en el dibujo simultáneo del sí mismo y del semejante. Junto con ello, observa Winnicott, es necesario que los objetos le sean presentados al bebé en el momento oportuno, lo que, con un toque de “magia” constituye la experiencia de “haberlos creado”.

Las fallas en el logro de la cualidad transicional en la relación con el propio cuerpo (y con el ajeno) derivan en trastornos, tanto en el sostén de la diferenciación de nuestro propio cuerpo como en el encuentro con el cuerpo del otro. En estos casos, el encuentro con el cuerpo del otro moviliza confusión o tan sólo cumple una función aplacadora de ansiedades diversas, con ausencia de posibilidades para una diferenciación o para una experiencia de intimidad a través del sexo. El otro ocupa apenas el lugar de un consolador o una suerte de ansiolítico. No hay encuentro “personal”.

En ese lugar, el de “consolador”, me ubicaba Graciela, al principio de su tratamiento hace unos 8 años. Casi desde el comienzo sentía la necesidad de abrazarse a mí al inicio de sus sesiones, expresando con dramatismo y ansiedad una suerte de “¡Ay!... ¡al fin...!”, gesto que repetía al final de la sesión, pero con un matiz diferente, como una especie de llenarse de bendiciones para el camino, mientras murmuraba “besos, abrazos...”, mientras palmeaba mi espalda (y yo la suya).

Un poco sorprendido y a la vez divertido por la naturaleza de sus efusivas expresiones, me hice de la paciencia suficiente como para explorar qué es lo que me estaba comunicando y, también, qué me estaba requiriendo. En principio me vi ante alguien con mucha necesidad de “holding”; los espacios entre sesiones pronto se convirtieron en penosas agonías, mezcla de desamparo y confusiones en las que aparecían multitud de fantasías y sueños, cantidad de recuerdos y asociaciones que no podía contener sola.

En la vida familiar o en el trabajo con frecuencia perdía el contralor de su ubicación en el espacio o la situación. Perdía, también, la noción de las proporciones en sus reacciones de furia, odio, envidia, tanto como en sus amores. Eran extremos y era notorio el esfuerzo que le insumía mantenerse en contacto con la realidad debido a intensas y frecuentes proyecciones. Todo esto, sin embargo, se apaciguaba en el consultorio. Era el oasis en sus angustias cotidianas; allí lograba calmarse, armarse para enfrentar el mundo que, lamentablemente, la empezaba a desmantelar tan pronto se iba.

Era toda una labor de contención: palabras, silencios, tonos serenos, escucha atenta, estar allí “vivo y despierto”, siempre bien dispuesto. Sabía que una leve distracción era cosa de vida o muerte. Al principio no podía ni dejar de mirarla; acomodar mis zapatos motivaba inmediatamente la protesta de que no estaba con ella. Así, transcurrieron unos tres años, luego de lo cual se hizo tolerable que cerrara los ojos mientras la escuchaba, que la viera sin mirarla. Me amó y me odió con todas sus fuerzas y pudimos seguir vivos gracias a que podía seguir siendo yo mismo y podía demostrárselo.

Respecto al “handling”, vale la pena aclarar que fue una tarea muy delicada, tal vez la más delicada del trabajo que hicimos. Ella mantenía una intensísima fantasía sexual, a la par que no podía obtener placer en la cama con su marido a quien sistemáticamente rechazaba. No dejaba, sin embargo, de traer sueños en los que se acostaba con distintas personas, a veces incluso con varios a la vez, con mujeres con pene, sin pene, con hombres que se auto penetraban analmente, etc. Se angustiaba al ver el genital de su única hija y, más aún, de percibir en sí misma impulsos de masturbarla.

Había sido manoseada en los senos en la adolescencia por un hermano mayor y sospechaba (o fantaseaba) que eso le había pasado también con otros hermanos cuando chica en otras partes de su cuerpo. A su madre, recientemente fallecida, bien podríamos haberla diagnosticado de “borderline”. Ella (la madre), solía invertir roles con los hijos; especialmente si éstos necesitaban ayuda. Hacía escenas dramáticas, de manera que terminaban atendiéndola a ella. Era evidente que, más que sostener a su hija, competía con ella o la invadía. Hasta que murió no le reconoció nada de lo que le regalaba Graciela. Nunca pudo acariciarla, ni tampoco dejó que lo haga con ella.

Todo esto y mucho más se jugaba en el “handling” de esos comienzos y finales de sesión. El acogimiento y la puesta de límites en simultáneo resultaba una difícil tarea. Sin embargo, las cosas se fueron acomodando solas. Mi labor interpretativa circulaba más por el lado de mi actitud y disposición a escucharla, a estar allí con ella.

A la vuelta de su segundo año de trabajo analítico, empiezo a registrar expresiones que cito textualmente: “Anoche tuve relaciones con mi marido. Es diferente. Estoy explorando mi cuerpo, pero es raro porque dejo que él me toque y yo siento que soy yo misma que me toco. Es bien loco pero lo siento así. Antes no había sentido eso. Cuando era chica me miraba en el espejo y me salía de mí y me miraba... veía cómo cambiaba mi cara... Yo nunca exploré mi cuerpo...”. Días después, me dice: “Yo soy torpe para dibujar los límites y los contornos, no sé cómo hacen los artistas que sólo con los colores logran la delimitación”. En mis notas de entonces, escribí: “Esto denota que se está permitiendo más confundirse con el otro en la confianza que los límites y las formas se pueden conservar...”.

Por entonces, mantenía un constante movimiento “regresivo–prospectivo”, sobre el cual podría citar miles de viñetas similares. La exploración del cuerpo era permanente, en medio de confusiones y esclarecimientos que, obviamente, se traducían en la transferencia. Una imagen onírica la muestra teniendo sexo oral con una hermana menor. Son momentos en que descubre con sorpresa que tiene un huequito chiquito; no tiene claro quién es quién, pero tiene la sensación de que falta algo... Me dice que falta “un palo, ser atravesada por un palo...” (sic).

Días después reproduce en la realidad una escena con el marido, también, con gran confusión. En medio de una conversación, siente que él tenía ganas de lactar. El asunto es que era ella quien tenía las ganas y, así, se enfrascan en “una furiosa tiradera”... “No me bastaba con chupar, sentía rabia, quería morder, sentía que yo era él y que él era mi mamá, hasta que me pongo a llorar, como que me hubiera descargado, como un éxtasis...” (mutuo sexo oral). Es una escena primitiva que se reproduce en un juego confuso de ecuaciones simbólicas, en donde el anhelo del pecho ocupa el lugar del pene, allí donde había que tapar su oralidad frustrada en el anhelo por una madre ausente.

En otra oportunidad, interrumpió las circunstancias íntimas con su marido porque se angustió mucho y tuvo que tocarse el cuerpo como recuperando sus formas y límites.

Con el tiempo, el trabajo analítico fue mostrando una peculiar evolución hacia una integración genital. El sexo no sólo se hace más frecuente sino que empieza por primera vez a tener orgasmos y deseos propios. De esto nos da cuenta en un pasaje de sesión en el que, al pagarme con un cheque del marido (siempre renuente a la terapia), me dice: “mi marido dice que si las cosas son como anoche, paga con gusto...”. (Habían tenido una noche “de película”).

En sus sesiones aparecen expresiones singulares de encuentro con el contexto, más allá de mi persona. Me dice: “Me estoy dando cuenta del consultorio... esa pared... el diván... Es muy loco, pero siento que es tu diván el que me da forma, es mi cuerpo el que es delimitado por el diván...”. Pasamos así al sustituto objetal propuesto en mis objetos... ya no era sólo el cuerpo en el abrazo. Junto con ello empezaba a encontrar espacio la palabra. Aún así, aposté mucho más a que fuera ella misma quien llevara el eje elaborativo, confiando en sus propios recursos que, además, saltaban a la vista.

En sus sesiones, especialmente al comienzo, venía llena de contenidos y asociaciones. Yo tan sólo intervenía si era muy necesario. El objetivo estaba en función, más que nada, de compartir con ella mi calma y la disposición de escucharla con interés, lo que no era difícil, ya que me resultaba sumamente interesante. Era un libro abierto, muy estimulante. Me motivó a llevar notas puntuales, sesión por sesión, por un buen tiempo; lo que, además, me permitía una extensiva y enriquecedora reflexión teórica que encontró expresión en aquel trabajo sobre el cuerpo como objeto transicional.

Encontré en ella un objeto transicional, creo que representó muchas cosas para mí, me recordaba mi propio análisis, por la manera de hablar, asociar y elaborar, “haciéndosela fácil” a mi analista de entonces. Creo que en más de un momento me ubiqué como padre o madre de ella y a ella como a una hija con necesidad de cobijo. Podía intuirla. Muchas veces, mientras venía en el auto, pensaba cosas que luego ella traía a sesión. Supongo que ella también visitó muchas veces mi interior. Recuerdo alguna vez que mi mente se fue de la sesión por una fracción de segundo y ella reclamó inmediatamente mi presencia allí.

Pudimos, logramos, construir juntos un espacio transicional en donde las formas y los límites se fueron dando, como una creación mágica, como en el ejemplo de “las pinturas que se delimitan solas” o como en las expresiones respecto “al diván que configura su cuerpo”. Su sexualidad desperdigada y confusa fue poco a poco encontrando el espacio propicio (conté con un buen coterapeuta: el marido, quien tuvo, también, la paciencia y ocupó el lugar en el momento oportuno).

Fue bueno que percibiera, desde el comienzo, que no me confundían las abrumadoras fantasías sexuales que la habitaban y que buscaban desesperadamente un “consolador”. La detección temprana de la ausencia omnipresente de la madre me permitió actuar en consecuencia, administrando con prudencia la dosis de “cercanía–distancia” que fuera pertinente en cada caso. Sensible y aguda, me interpretaba con frecuencia en aquellos momentos: “Eres una madre, Pedro...”

La ansiedad de los inicios fue cediendo. Los abrazos variaron su naturaleza hacia una calidez y gratitud sin dramatismos, al comienzo y al final de la sesión. En una sesión reciente, me dice: “¿Te acuerdas cómo estaba?... ¿qué hiciste?...” Se queda pensando y se responde: “Creo que lo más importante fue tu paciencia y comprensión al momento de contenerme. Eso fue: me contuviste...”. Me movió ternura el sentir su reconocimiento y, también, le expresé el mío: “tú hiciste el trabajo... Yo sólo te acompañé”.

2004/06 Cómo influye el Psicoanálisis en mi labor y en mi identidad como Psiquiatra

XVIII Congreso Peruano de Psiquiatría, Junio de 2004.  Simposio 3: Cómo integramos el Psicoanálisis a la Psiquiatría en la práctica clínica.


Para mi gusto, psiquiatría y psicoanálisis han estado durante mucho -quizás demasiado tiempo- en rutas paralelas, distantes y hasta aparentemente irreconciliables. Existen muchas maneras en que podemos entroncar el psicoanálisis con la psiquiatría en la práctica personal. Pienso que, a la larga, cada uno llega a tener sus propias formas de lograrlo: desde la teoría, desde la práctica, desde la formación escolástica o desde la casualidad de la experiencia personal.

En mi caso, mi primer registro de la psiquiatría fue como paciente, hace ya cuarenta años. Por entonces, empecé a tener crisis de pánico luego de la prematura muerte de mi padre. Estaba ya en la Facultad de Medicina pero lejos aún de la decisión de hacerme psiquiatra o de estudiar psicoanálisis.

Como es de suponer, necesité ayuda para hacerle frente a mis angustias y, por sugerencia de mi hermana, visité a un amigo suyo, psiquiatra, quien me prescribió fármacos - ansiolíticos y antidepresivos -, los cuales me ayudaron mucho a controlar los síntomas que me agobiaban. Yo no era aún muy consciente de que necesitaba hablar más sobre lo que me había pasado. Al parecer, en lo poco que logré conversar con este psiquiatra, ya había agotado todo lo que cabría decir en términos sintomáticos y sus causas inmediatas. Es más, algo no anduvo bien en la relación con mi doctor (o algo no andaba bien en él…). El asunto es que, luego de un par de veces que se durmió en nuestras entrevistas, decidí que bastaba con los fármacos.

Como los síntomas recidivaban, después de un tiempo visité a otros psiquiatras y, así, me fueron sugiriendo una u otra medida adicional que complementara mi proceso de cura: que me relaje, que respire mejor, que me distraiga... Todo me venía bien. Creo haber sido un buen paciente, de esos a los que no hay que hacer mucho para ayudarlos; es más, bastaba que tomara una nueva cita para empezar a sentirme mejor.

Algo faltaba, sin embargo. Aún no sabía qué. Andando el tiempo, a través de mis clases de psiquiatría, fui obteniendo conocimientos acerca de la psicoterapia y del psicoanálisis. Uno de mis profesores me contagió su entusiasmo y me metí con todo a estudiar el mundo fascinante del inconsciente. Y, por supuesto, empecé también mi primer proceso de psicoterapia analítica.

Practicar la introspección y conocer mi mundo interior me fascinaron. Encontré herramientas y sostén para procesar mejor el duelo por la muerte de mi padre y sus consecuencias. Todo ello se dio en medio de una furibunda transferencia paterna con mi terapeuta de entonces; proceso que tiene una singular historia, que no viene al caso narrarles en este momento, pero del que aprendí mucho, en particular de los avatares y de la resolución de la díada transferencia - contratransferencia.

Luego de un tiempo, me acerqué al grupo de la Escuela de Psiquiatría Dinámica del Dr. Carlos Alberto Seguín, en el entonces Hospital Obrero de Lima; primero, como estudiante del curso de psiquiatría y, luego, como residente.

En esta escuela se propugnaba el uso integral de recursos terapéuticos, de acuerdo a las necesidades del paciente: fármacos, psicoterapia individual, psicoterapia de grupo, psicodrama, comunidad terapéutica, trabajo social, internamiento, clínica de día, etc. La lectura psicopatológica incluía de manera preponderante el punto de vista estructural de la teoría psicoanalítica. A todo esto se sumaba una intensa labor docente, que no mezquinaba espacios para el estudio y ensayo de nuevas corrientes dinámicas, incentivando la investigación de las peculiaridades de nuestra cultura, de la medicina folklórica y de los fenómenos sociales.

Se respiraba una mística saludable, un espíritu integrador, con gran respeto por las diferencias de orientación, las cuales siempre encontraban buena acogida. Había una importante y permanente observación de la dinámica grupal de los profesionales, en una horizontalidad contrastada sólo por los roles naturales de los emergentes, entre los que fulguraba sobresaliente el maestro Seguín. En suma, fue una cuna de mente amplia que me dejó una impronta difícil de borrar y que constituye la esencia misma de mi identidad como psiquiatra, como psiquiatra dinámico.

De las varias orientaciones que iban surgiendo en aquel contexto, el psicoanálisis guardaba aún secretos por explorar, tanto en mí mismo, como en el logro de la maestría en el manejo de su disciplina técnica, por entonces idealizada. Partí, entonces, hacia la Argentina en pos de formarme como psicoanalista. Fueron años intensos y difíciles, de esos que calan la intimidad con fuego intenso. Empeñé hasta lo último de mis posibilidades materiales, afectivas y familiares para lograr mi preciado objetivo. Me jugué con todo. Tiempo después, al terminar la formación y reflexionar sobre el proceso, me fue posible deducir que aspiraba a lograr una identidad profesional idealizada, mágico – omnipotente y omnisapiente. Acerca de esto comento en un artículo que escribí en el año 1983, a poco de regresar a Lima (“Psicoanálisis mito y realidad”). Felizmente, la misma formación, la práctica... y la realidad, contribuyeron, al final, a una suerte de aterrizaje feliz que por entonces denominé una “castración saludable”.

Creo que la formación previa como psiquiatra dinámico fue enriquecida por la formación analítica; pero, en tanto identidad, simplemente contaba con otro eje importante pero no exclusivo ni excluyente. Eso facilitó el que mantuviera una, al principio discreta, actividad psiquiátrica, la cual ha ido creciendo con los años.

He escuchado decir a muchos colegas psicoanalistas que lo central de su motivación para formarse como tales era su amor por la verdad. En mi caso particular, lo que aprendí a partir de la formación psicoanalítica es que resulta fácil engañarse sobre las motivaciones que subyacen a nuestros actos.

En mi trabajo, siempre surge espontánea, cuando es necesaria, una mirada hacia mí mismo o hacia la situación inconsciente involucrada en mi trabajo, se trate de un paciente en psicoterapia analítica o uno que esté recibiendo apoyo psicoterapéutico desde un abordaje preponderantemente farmacológico. Todo ello vuelve poco probable que enganche en dinámicas externas basadas en la negación o en la falsía, se trate de pacientes o de grupos de trabajo con colegas.

Luego de mi formación como psicoanalista en la Argentina, retorné al Perú; y, como no podía ser de otra manera, me integré al grupo psicoanalítico local, que por entonces (1983), bregaba por conseguir el reconocimiento oficial de la IPA, lo que generaba un clima tenso e iniciático, extremadamente superyoico respecto a las pautas técnicas de nuestra disciplina, lo cual cobraba una gran importancia para el reconocimiento de nuestra identidad.

Recuerdo que, en una suerte de recrudecimiento de mis angustias de origen, me costaba pensar en el contexto de las reuniones grupales de la sociedad. Me fue muy difícil aceptar que mi identidad psicoanalítica dependiera de la pertenencia al grupo.

No era, además, un grupo que pudiera pensarse a sí mismo analíticamente, como había aprendido en la escuela de Seguín. La dinámica grupal tendía más a sostener una imagen grandiosa y omnipotente de nosotros mismos y de la praxis profesional, cosa que obviamente chocaba permanentemente con la realidad. Esto llevó a que, en algún momento, se tornara inevitable la decisión de retirarme del grupo.

Quizás la salida del contexto exclusivo de la sociedad analítica haya tenido que ver con una elaboración final del duelo por la pérdida de mi padre... no lo sé; pero esto se me ocurre ahora que lo recuerdo con cariño, a distancia de la idealización en que lo tenía al momento de su muerte.

Sin embargo, guardo aún intacto el valor de lo psicoanalítico, en lo teórico, en lo técnico, pero fundamentalmente en el espíritu cuestionador de lo manifiesto. Tengo especial predilección por la clínica kleiniana y por la visión winnicottiana del vínculo terapéutico. Prescribo el psicoanálisis y lo practico cuando es pertinente y bueno para el paciente y para mí. Pero, en su forma pura, es más bien poca la población de pacientes con quienes se puede decir que estoy ejerciendo estrictamente el psicoanálisis.

He ido integrando en mi quehacer profesional las formas propias y aún frescas de mi formación como psiquiatra dinámico. Y es así que me fui dedicando con más ahínco a trabajar con las variables propias de la psicoterapia psicoanalítica, donde las modalidades de objetivo limitado encontraron mayor sintonía con la demanda de los pacientes. Por otro lado, es poco frecuente, no sólo en nuestro país sino a nivel mundial, que un paciente continúe asistiendo durante el período bastante prolongado que requiere una terapia de tiempo abierto.

Pero, algo más ocurrió a mi retorno de la formación como psicoanalista: unos colegas, amigos y queridos compañeros de mi formación en la Argentina, estaban decidiendo la organización de lo que hoy es el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima y me integré en la gesta con entusiasmo. Los fines manifiestos eran varios, entre los que resaltaba la formación de terapeutas psicoanalíticamente orientados. El contenido latente, que en algún momento detectamos, era más bien el tener un lugar de encuentro y de desarrollo en distensión creativa, con posibilidades de reformulación de la técnica de cara a nuestra realidad social.

En este ambiente se fue dando un giro de retorno, de integración de las dos vertientes de mi identidad profesional. Muy pronto empezamos a participar en medios masivos de comunicación, llevando el mensaje del psicoanálisis en lenguaje sencillo y con consecuencias tanto preventivas como de alguna pretensión terapéutica.

Organizamos un programa de atención en psicoterapia psicoanalítica para los sectores de menores recursos, integrando la formación con la praxis supervisada. Se fueron incorporando, cada vez más, métodos de terapia de objetivos limitados. Junto con ello, el trabajo en equipo incluyó, desde un comienzo, el apoyo de colegas psiquiatras para proporcionar una atención más integral a nuestros pacientes.

Mantuvimos, durante unos años, una clínica de día. También, creamos una modalidad de trabajo en talleres para grupos grandes de personas (hasta 60 por vez). En estos talleres desarrollamos una labor, que podríamos ubicar entre lo preventivo y lo terapéutico, a partir de un procedimiento informativo – vivencial, que permitió obtener diferentes grados de “insight” con consecuencias terapéuticas.

Por otra parte, durante los últimos 15 años, venimos ofreciendo semanalmente un programa de cine forum, que encontramos útil para el desarrollo personal de los asistentes. Hemos podido apreciar en este público un significativo enriquecimiento de su capacidad de ir más allá de lo evidente, con alcances introspectivos a veces insospechables.

En los inicios de mi ejercicio psicoanalítico, era una norma que al paciente en análisis no le prescribiera fármacos su propio analista, ya que esto supuestamente implicaba una contaminación en la relación transferencial. Solía ser que estas necesidades las cubriera algún otro colega. Esta pauta con frecuencia era extendida a los pacientes a quienes se atendía en psicoterapia psicoanalítica. Más bien pronto que tarde encontré que, en los casos de psicoterapia analítica, no sólo era posible sino hasta deseable el que uno mismo prescribiera el fármaco pertinente. Me percaté de que, de esta manera, se reforzaba la alianza terapéutica y, lógicamente, en un paciente menos asediado por los demonios de la angustia o la depresión se puede trabajar mejor con los fantasmas y conflictos de su problemática personal.

En los últimos tiempos, me he reunido con colegas de las canteras de las neurociencias, de quienes voy rescatando una serie de conocimientos en los que no estaba suficientemente actualizado. Con alguno de ellos decidimos explorar el amplio panorama de las alternativas terapéuticas. Es así que nos hemos juntado tres psiquiatras, dos de ellos psicoanalistas y el otro con un amplio conocimiento en neurofisiología y psicofarmacología, para constituir un sólido equipo de trabajo que busca implementar nuevos recursos de diagnóstico y tratamiento, que provengan de la investigación tecnológica y clínica, que sean prácticos y mensurables y que suplan o complementen los tratamientos tradicionales.

El tejido de nuestras distintas experiencias e identidades profesionales decanta en un principio básico que es la búsqueda de la excelencia en el servicio al paciente. Hemos encontrado amplia satisfacción en la aplicación de recursos como el “Neurofeedback”, el “Cogpack”, el “TOVA” y otros elementos relacionados con la rehabilitación neurocognitiva. Dentro de todo ello, el psicoanálisis, también, ocupa un lugar importante, pues en nuestras reuniones clínicas conjugamos las distintas miradas para evaluar, tanto al paciente como al operador que está en relación con él. Se habla de la trasferencia, de la regresión, de las motivaciones inconscientes.

Pero, más que nada, disfrutamos de la sensación de estar formando una isla en la que es posible integrar recursos desde las diferencias y, más aún, de estar abiertos a explorar juntos nuevos horizontes. Un anhelo explícito entre nosotros es generar un archipiélago y, por qué no, tal vez un continente, en donde podamos compartir con más colegas el rico sabor de la humildad en el saber, aquélla que nos abre la posibilidad de aprender de los demás, de enriquecer nuestra práctica.

Luego de este apretado recorrido, me pregunto: qué influyó en qué, si el psicoanálisis en mi quehacer psiquiátrico o al revés. Es indudable que hay una permanente elaboración integradora y una posibilidad de sostener aperturas sin caer en la dispersión; y, de tramitar integraciones sin perder la identidad. Un cierto eclecticismo es inevitable a la vuelta de los años, así como una cierta sabiduría es siempre necesaria para mirar lo nuevo con escepticismo pero sin repudio.

1998/10/03 Identidad y formación

V Jornada Interna del CPPL: “Formación del Psicoterapeuta. Identidad, cultura y tradición. A propósito de los 15 años”.   2, 3 y 4 de octubre de 1998

          
Entiendo como identidad al registro de sí mismo acorde con lo que uno mismo es. Es una resultante integrada del conjunto de experiencias del sujeto en la relación consigo mismo y con los demás, relación en la que se asimilan aspectos o propiedades de otros, tomados como modelos de identificación. El establecimiento de la propia identidad supone un simultáneo reconocimiento del otro como alguien distinto, diferente. Esto es lo que permite a las personas identificarse con un otro sin confundirse con él.

La identidad profesional tiene que ver con el funcionamiento coherente y consistente con lo que le es sustancial. Es además necesaria una confluencia importante con lo esencial de uno mismo. De no ser así, existe el riesgo de configurar una pseudoidentidad, como veremos a continuación.

El psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica tienen en común la construcción de una identidad profesional a partir de la asimilación de lo esencial de su propuesta, esto es, la consideración central de las motivaciones inconscientes en la conducta humana en su interacción con la realidad exterior.

Una sólida identidad psicoanalítica resulta de la integración equilibrada de sus ideales con las pautas de sostén de dichos ideales. Es posible mencionarlo como una integración entre el "ideal del yo" y el "superyó" analíticos, como equivalentes al equilibrio entre las "bases estatutarias" y los "reglamentos" en las instituciones. En otras palabras, una integración adecuada entre la ética y la moral analíticas.

De no lograrse dicha integración podemos observar algunas resultantes que someto a vuestra consideración:


LA PSEUDOIDENTIDAD ANALITICA

Si el predominio de la asunción de la identidad tiene como base los reglamentos o el "superyó" analíticos, tendremos una suerte de "falso self" analítico, casi siempre estereotipado y rígido. Los preceptos analíticos para estas pseudoidentidades tienen una finalidad restitutiva de alguna falla narcisista que no han logrado elaborar en su formación. Para ellos, la teoría o la técnica son tomados con el carácter de dogma y se amparan febrilmente en ello para demostrar lo que se supone que son.

Fetichizan a Freud o a cualquier otro autor amparándose tras su palabra "santa". Funcionan como los "primeros de la clase". Casi siempre "saben todo".  Lo explican todo desde sus puntos de vista. No saber equivale a mostrar su incompletud; por tanto, se ven presos en la trampa de un protagonismo agotador.

En el mejor de los casos deslumbran inicialmente pero llegan a aburrir al no poder abandonar el personaje que representan.



LA IDENTIDAD INCOMPLETA

En esta situación quisiera colocar a personalidades que pasan por la formación, pero la formación no pasa por ellos. Generalmente se amparan en un cumplimiento estrictamente necesario de lo exigido por la formación. Son los que miden la cantidad de horas de asistencia, de terapia personal, de supervisión, etc. El criterio para hacerlo está en función de la exigencia y no de una identificación real con el sentido de la propuesta.

La evasión personal en el compromiso con su identidad los lleva posteriormente a tener dificultades a la hora de atender pacientes. Por alguna razón "oscura" los pacientes se les van; y, si se quedan no siempre es por razones favorables para ellos (los pacientes). Están llenos de puntos ciegos por lo que les es muy difícil entender y ayudar a sus pacientes, con los que con frecuencia se confunden o complementan sus respectivas carencias. No han logrado integrar lo esencial del trabajo analítico como para fluir creativamente en su trabajo.



LA IDENTIDAD INSPIRADA

Algunos analistas o terapeutas intuitivos suelen repudiar la necesidad de una formación como corresponde, incluyendo su proceso terapéutico y las supervisiones. Se ponen "más allá del bien y el mal". Solemos verlos chocar con la realidad cuando no pueden diferenciar una histeria de una psicosis y, menos aún, manejar niveles profundos de regresión sin confundirse con el paciente. Tienden a sostenerse en transferencias idealizadas, abrumándose con la transferencia negativa. Suele suceder que les es difícil instrumentar la agresión de manera estructurante.

Existen otras variables posibles            

Unos y otros tienden a mantener la propia transferencia y la de sus pacientes sin resolver debido a sus necesidades narcisistas. En los analistas didácticos esto es notorio y suele contaminarse con sus necesidades de poder institucional. De esta manera, en sus instituciones se llegan a formar dinámicas grupales persecutorias que derivan en distorsiones de formación, ya que en estas circunstancias se suelen tomar en cuenta más los reglamentos (Superyó) que los estatutos (Ideal del Yo) de la formación.
          
Se ha podido observar, desgraciadamente con cierta frecuencia, que estos procesos de desarrollo institucional llevan a la sobre idealización de alguna corriente del pensamiento analítico desde la cual se dirige una mirada "superior" a los "no iniciados" (incompletos o "castrados").

La identidad analítica y la psicoterapéutica, desde sus niveles más conscientes hasta los inconscientes, tendrá que ver con el equilibrio entre estas dos polaridades (ideal del yo-superyó, estatutos-reglamento, espíritu-praxis). Dicho amparo tendrá que reflejarse en la posibilidad de transitar fluidamente entre el funcionamiento desde el proceso primario al secundario y viceversa.

Es necesario que en el proceso de formación la naturaleza del sí mismo del profesional se aproxime a los parámetros de dicha formación con un sentido de identificación sintónica. De ser así, quedan abiertas las posibilidades para un desarrollo creativo de la praxis, traducible en la formulación pertinente de intervenciones "terapéuticas" o intervenciones "analíticas" no estereotipadas, en función de las necesidades del paciente.                       

La salvaguarda de dicha postura estará dada por la incorporación consistente de una mirada analítica hacia sí mismo y hacia el espacio del encuentro con el paciente. Esta mirada en ningún caso se aprende en los libros.


 
ALGUNAS DIFICULTADES EN LA FORMACIÓN DE LA IDENTIDAD DEL PSICOTERAPEUTA PSICOANALITICAMENTE ORIENTADO

A las razones antes expuestas, quisiera agregar algunas inherentes a las características de la institución elegida para llevar adelante su formación: la de los maestros, terapeutas personales y supervisores;  al entorno profesional y social y a factores que tienen que ver con el desarrollo histórico del psicoanálisis.

Una dificultad para asumir a plenitud la convocatoria de lo que es una formación en psicoterapia psicoanalítica proviene de que para algunos se trate de una alternativa-consuelo al anhelo de formarse en un instituto de psicoanálisis. En muchos casos la formación en psicoterapia psicoanalítica es tomada como de "menor categoría" por lo que no se valora suficientemente la necesidad de profundizar en sus análisis personales o en los demás requisitos de la formación.

Ya me he referido en muchas oportunidades a la dificultad que supone el que los profesores sean en su mayoría psicoanalistas, lo mismo que los supervisores y quienes se encargan de los procesos terapéuticos. El procesamiento de las identificaciones y desidentificaciones es tan penoso como necesario pero muchas veces confunde en cuanto a la identidad profesional. Aún así, quiero remarcar que mucho facilitaría el que, quienes tienen estos roles en la institución se identifiquen a plenitud con la orientación de la escuela, abriéndose más comprometidamente a mostrar los recursos propios de la psicoterapia.

La idealización del psicoanálisis a veces no deja lugar a mostrar el recurso terapéutico claramente diferenciado. Esto se nota con suma frecuencia en las supervisiones y genera desconcierto y hasta crisis de identidad en los alumnos.

Para los alumnos, sería importante saber desde la práctica misma que somos copartícipes del proceso y que existen estas dificultades. Preguntar, confrontar, favorecer que los maestros se despojen de sus ropajes de manera que no tengan reparos en mostrarse como psicoterapeutas, ayudaría. Como ayuda el permitirnos no saber sin caer en angustias, disfrutando a cambio del placer compartido de la búsqueda.

Una idea a favor de mirar esta actitud con optimismo es que creo que los psicoanalistas andamos un poco hartos de ropajes que dificultan el andar y el sentimiento de libertad. Una verdad surge inevitable: necesitamos saber más de psicoterapia. No en balde se ha propuesto recientemente que se enseñe psicoterapia en los institutos de psicoanálisis. Resulta ahora que hay que aceptar las diferencias.

Los psicoanalistas, por otro lado, solemos transmitir algunos problemas de nuestra formación de origen. Uno de ellos proviene, a mi criterio, de los inicios históricos del psicoanálisis: en aquel entonces la tarea consistía en sacar a la luz la sexualidad reprimida.

Como quiera que ellos mismos eran producto de la época (y con poco o nulo sostén de análisis personal) no dejaban de sentir el riesgo de "caer en la tentación" al enfrentar la sexualidad al desnudo, motivo por el que se rodearon de una serie de "precauciones" técnicas que llevaron las cosas al punto de una suerte de regresión anal de control de la actividad del analista.

Esto llegó a institucionalizarse y muy pronto la formación se convirtió en un régimen iniciático de sometimiento sádico anal en el cual el poder institucional exigía una suerte de "cartas de sujeción", en el mejor estilo de nuestro paisano Abimael.

Ya mencionamos que este régimen de funcionamiento genera dinámicas persecutorias y reciclajes identificatorios difíciles de remontar dada la satisfacción de necesidades fálico narcisistas y la evitación de las ansiedades de castración propias de la rivalidad edípica implicada.

De esa manera se perdió la riqueza mayor aportada por Freud: su espíritu investigador, abierto a la reformulación, siempre más cómoda y más rica en el terreno de la teoría y la psicopatología, no así en el de las variaciones de la técnica,  en donde las iniciativas de Ferenczi causaron más angustias que acogida, por lo que tuvieron que esperar un mejor momento.


UNA ESCUELA, UNA INSTITUCION, UNA FORMACION

Para la mayoría de los psicoanalistas el formar una institución psicoterapéutica tuvo motivaciones relacionadas con la necesidad de tomar distancia del clima opresivo de las sociedades analíticas derivado de la dinámica expuesta; no siempre la idea fue realmente dedicarse a la psicoterapia. Esto gravita en que se requiera todo un tiempo y elaboraciones pertinentes para llegar a una identidad institucional con eje en la psicoterapia.

Aún así, teniendo claro lo expuesto,  la ambivalencia frente a los alumnos "hijos", en un proceso que conlleva siempre  regresiones y transferencias, tanto de alumnos como de profesores, hace difícil el camino, movilizando con frecuencia entre nosotros los mecanismos "heredados" que acabamos de mencionar. Para rescatarse de ello es necesaria la constante mirada sobre la dinámica actuante. Nada distinto a lo que ocurre en el “setting” con nuestros pacientes.

Esto es lo que marca nuestra característica de funcionamiento como escuela. Supone una posibilidad de genitalización, en donde la castración pasa a ser una necesidad si se entiende que lo "amputado" es aquello que dificulta el encuentro con la propia identidad. Se trata de una sana castración de la omnipotencia que permite el desarrollo creativo, innovador.

Lo que esperamos de los alumnos es que puedan percibir la atmósfera de una institución formativa en la que no tratamos tanto de que hagan lo que decimos como lo que hacemos. Si se dan cuenta, es casi constante el régimen reordenador de la propuesta curricular, los autores que se revisan, el énfasis en la discriminación del lenguaje de la técnica, etc.

Pero esto es posible sólo gracias a que nos hemos ido constituyendo en una institución analítica que tiene clara su orientación hacia la psicoterapia, con mucho trabajo y reflexión detrás de cada movimiento. Creo que no habremos logrado nuestro objetivo de formación si ese "detrás" no es promotor de identificaciones que nos permitan dejar a distancia nuestras siempre amenazantes fantasías filicidas y omnipotentes.

Por último, quiero decir que formarse en psicoanálisis, en psicoterapia o tal vez en cualquier profesión, requiere -a mi entender-  el poder encontrarse en ese punto de ilusión compartida del que nos habla Winnicott, en ese espacio potencial que requiere nada más que estemos allí, bien dispuestos; poca cosa, estar allí, tan sólo lo suficiente como para que algo se dé, algo que nos instituya, que nos constituya como verdaderos, que nos permita ser siendo, haciendo, construyendo nuestra identidad  desde la respuesta simple a una convocatoria, no hay otra forma.

Tal vez logremos en este encuentro aprender algo nuevo que ya conocíamos; acaso podamos ahora empezar a conocernos, a saber quiénes somos, qué hacemos aquí, qué nos trae, qué traemos, qué hacemos, cómo hacemos.                    
        
           

1990 La condena de Eco

(Publicado en la Revista Psicoterapia y Psicoanálisis del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima. Año 3, Nº 3, 1990)

La Condena de Eco

El presente trabajo gira alrededor del tratamiento psicoterapéutico de un adolescente con un pertinaz tartamudeo –entre otras molestias. Trato de hilvanar la comprensión de su dinámica sintomática con la necesidad de ayudar a resolver desde un manejo de contexto que, al incluir elementos de su entorno real (los padres) permiten un giro importante en su proceso. El supuesto básico a resolver es que estos elementos de su entorno entrampan la esencia misma de su ser en un interjuego interminable de identificaciones, participando del sostenimiento de su estructuración sintomática, es más, promoviéndola, no permitiendo en él otra condición que no sea la de un eco de elementos proyectados en él, que lo hacen el baluarte sintomático familiar. Situación que denota, así, una dialéctica a predominio del Tánatos; Eros queda prisionero sin lugar, flotando en una búsqueda que no puede romper con el espejo familiar interpuesto.

La problemática a examinar me hizo evocar el problema de Eco –de allí el título- ninfa más conocida por su relación con la tragedia de Narciso. Eco se enamora de él sin ser correspondida, sencillamente porque Narciso no puede amar a otro que no sea él mismo.

Eco sí era capaz de sentir amor, pero no podía expresarlo. La diosa Hera la había condenado al silencio. Sólo podía pronunciar las últimas palabras de las frases que los demás le dijeran. El castigo provenía de haber visto a Zeus (esposo de Hera) en la compañía galante de una ninfa, visión que de por sí la había llenado de temor, ya que los espiaba sin saber de quién se trataba.  Parece que Zeus y Hera tenían frecuentes pleitos en los que la gente evitaba verse envuelta… y no les faltaba razón. La pobre Eco, al no poder evitarlo, absorbió sobre sí buena parte de la violencia suscitada por Zeus.

En este punto, reflexiono. ¿Cuántas fantasías infantiles encuentran la misma demoledora condena? ¿Cuántos padres someten a sus hijos al sacrificio para ocultar sus propios resentimientos y rivalidades? ¿Cuánta ira ante la majestad mancillada, que busca víctimas en los hijos, en quiénes los padres depositan sus ansias de venganza y a los que, a su vez, hacen cargar con las molestas heridas, intolerables en sí mismos?

Todos cargamos sobre nuestros hombros algo de la problemática de nuestros padres. Somos eco inevitable, que busca una resolución integradora en el curso del desarrollo. Felizmente, otros ecos se reflejarán, también, en uno, a lo largo de la vida, hasta constituir al fin una identidad libre, fluida y total.


Un Eco del Siglo XX

César es un adolescente con problemas para insertarse en las exigencias propias de una universidad y, más aún, para terminar de definir el rumbo profesional de su vida. Se debate en una duda obsesiva, que lo lleva a decidirse alternativamente por diversas orientaciones: tan pronto decide ser cura, como psicoanalista, médico, ingeniero, etc. Basta que se encuentre con alguien de estas ramas para que él se enrole en esa dirección y comunique entusiasmado su decisión, generando una expectativa, que muy pronto diluye ante un nuevo entusiasmado hallazgo.

Su convencimiento no es estático, es fuego en paja. Ya de inmediato se ve a sí mismo en Harvard o arremetiendo por la senda del éxito, con una larga secuencia de realizaciones, que su imaginación programa en seguida hasta abarcar la totalidad de su futuro.

Desde el comienzo de nuestro encuentro presiona para conocer mi opinión y/o consejo respecto a sus inquietudes. Llega incluso a traer una grabadora a las sesiones para retener mis palabras, aprehenderlas. Al respecto, en algún momento me comenta que cuando yo hablo el repite mentalmente mis palabras, en ese esfuerzo por retenerlas. Con un cierto “insight” de la situación, dice, avanzada la terapia: “yo no hago elaboración; lo que escucho lo repito”. Siento que es humillante copiar porque soy consciente que estoy copiando y me siento impotente y frustrado por no poder dejar de hacerlo”.

En las circunstancias del inicio, me entrevisté también con los padres. Él, según su decir, había sido dado de alta de un proceso psicoterapéutico; ella aún asistía a sesiones. Apenas instalados en los asientos, ella saca lápiz y papel y se dispone a anotar lo que yo seguramente iba a indicar (¡!). El, más bien, hace un discurso muy lógico, que no debe ser interrumpido para nada por la esposa, quien poco a poco va dejando de participar, en una suerte de resignación que gestualmente marcaba con el fastidio.

Al final, se ponen de acuerdo: no entendieron nada de la sesión (no se llevaban nada escrito). Les respondo que no se preocupen, que yo sí había entendido mucho.

Volviendo a César, agregaré que tenía una total incapacidad para expresar su agresión. Esto había movido a burla a sus compañeros de colegio, sin que él pudiera responder de otra forma que en la fantasía. Tomó, entonces, clases de karate, pero salió más lesionado que armado. Estas expresiones derivaron en formaciones reactivas de pasividad, actuaciones auto lesivas, como ser desaprobado en los exámenes o ausentarse a las sesiones, chocar el auto de la mamá o favorecer el que le pongan un cepo al estacionarse mal, etc.

Era muy difícil trabajar con él. Entre sus largas divagaciones sobre lo que tenía que hacer para resolver todos sus problemas, sus reiteradas ausencias y anuncios variados de abandono del tratamiento, quedaba poco espacio para conectarnos con sus emociones. Sin embargo, no dejaba de llamarme la atención una gran simpatía por él, cosa que trascendía mis enojos y que compartía con él con una cierta sobre dramatización juguetona, que al principio lo desconcertaba.

De todas maneras, más allá de su expresión agresivo-pasiva y controladora, un elemento de interferencia surgía repetidamente desde la figura del padre. Expresiones como “Ya no te pago más tus estudios, ni tratamiento, ni nada… A tu edad yo…”, etc., emergían abruptamente ante los traspiés de César. Éste, entre lleno de culpa y asistido por las circunstancias, dejaba de asistir a las sesiones o hablaba de dejar los estudios y trabajo. Surgían, entonces, los “buenos oficios” de la mamá, que calmaban las iras del furibundo marido, y todo volvía a su cauce; prometían no olvidar su compromiso de sostener el proceso terapéutico, etc.

Como quiera que esto era muy repetitivo y siempre la consecuencia era la interrupción, más aún cuando se daban algunos avances positivos, volví a reunirme con los padres.

Para ellos fue una oportunidad de ver el gran deterioro en que se encontraban sus relaciones. Como César había abandonado el tratamiento, veían natural el ocupar una de las horas que él había dejado vacías. Ante la confrontación respecto al desplazamiento que esto significaba, quedaba flotando una doble lectura: ella entendía que debían venir los tres; él, que sólo debían venir los dos. Ante la duda, a la siguiente entrevista vienen los tres y, al hacerlos pasar, el padre se pone furioso. Apenas sentado se vuelve a parar y dice que si se queda César él se va; que esta vez quiere hablar a solas con su mujer de los problemas que ellos tienen y que no tiene por qué enterarse “el otro”.

Aún así, logramos conversar los tres, de manera que pudiera prestarse un espacio de a dos que, a su vez, facilitara el encuentro de los tres, posibilidad tal vez inédita que, por cierto, entusiasmó a César. Los padres, ya a solas, desarrollaron un duelo de dardos y sutilezas amargas propios de una pareja bien entrenada para ello. ¿Quién era la víctima? ¿Quién era el victimario? ¿Por qué estaban juntos? “Por los hijos…”.

La siguiente vez sí nos logramos reunir los tres. César rompió los fuegos e hizo algo que nunca antes había hecho: reclamó su derecho a contar con el apoyo familiar. Lo hizo con más energía que agresión, pero justificando su posición de una manera inadecuada: “Las leyes me apoyan”.

La reacción del padre no se hizo esperar. Furioso, replicó a punto de golpearlo: “Por mucho menos de lo que estás diciendo mi padre me hubiera cruzado la cara… Me hubiera echado de la casa… Y no sigas ni no quieres mañana mismo mandarte mudar… Yo no estoy dispuesto a escuchar estas cosas”.

Por primera vez el padre se mostró abiertamente agresivo conmigo, cuestionando el sentido de estas reuniones, etc. Nos tomó un buen rato diluir la afectividad removida, pero quedó totalmente en claro la fragilidad detrás de la pretendida fortaleza, lo mismo que los estereotipos en que flotaba el ideal familiar.

Resultaba, además, terrible para César “resolver” problemas a la manera de este modelo de papá, que literalmente había golpeado a su propio padre, en defensa de su mamá, a una edad similar a la suya. Además, al parecer, papá siempre estaba esperando el ataque, presto a responder. Y… César aún soñaba con acostarse con una tía con la que se acompañaba en húmedos placeres en su soledad.

Algo cambió luego de esta reunión. Como nunca, César tomó conciencia de la agresión hacia su padre; pero, más aún, lo hizo de la agresión y rivalidad de éste hacia él. Pudo percatarse de la fragilidad del papá, a quien solventaba a costa de su propia quiebra. Se dio cuenta del boicot reiterado que su padre planteaba a su desarrollo y la profunda ambivalencia, de la que tomaba fundamentalmente la vertiente agresiva, en razón de oscuras motivaciones inconscientes y de sus ya no tan inconscientes sentimientos de culpa y de su dificultad para resolver el corte de la trama en la que se entrampaba para seguir sosteniendo el vínculo.

Por un momento, destella en su comprensión que la trampa de lo falso funciona como una cárcel de la que trata infructuosamente de liberarse, cayendo siempre en el desaliento y la impotencia de ese sostén omnipotente, inalcanzable, que no puede destruirse por esos barrotes carcelarios que son sus temores a una libertad en desamparo a merced de tenebrosas consecuencias. Además, algo terrible puede ocurrir… ¡para que papá reaccione así…!

Algo cambia en su observación de sí mismo. A partir de entonces surgen referencias como las de sus repeticiones mentales y lo humillante que siente el copiar (en lo que denota, además, las consecuencias de la ambivalencia de “modelo”).

En otro momento, nuevamente se enfrenta al padre en una discusión (esta vez intrascendente). Pero, obviamente, el cambio se ha dado en un solo lado. Así, empieza a renunciar a “cambiar a papá” y comienza a hacer planes para ir a vivir fuera del país. Una de las reflexiones que le cruza de inmediato es que, si esta decisión es realmente suya o es una forma de realizar la fantasía de su madre (era su sueño y ocultamente el de su padre, quien lo negaba bajo la excusa de “patriotismo”). Concluye que, de cualquier manera, es una posibilidad cada vez mayor de contar con su autonomía.

Hace contactos y avanza en sus planes. En algún momento, sin embargo, dice: “Mejor veo de conseguir por mis propios medios mi pasaje… Mi padre es capaz, faltando una semana para que venza la visa, de decirme que no tiene plata para el pasaje.”

Este pronóstico no resulta exacto. Lo que realmente pasó es que el padre viajó al país donde pensaba ir César y los dejó otra vez en una incertidumbre económica que, como otras veces, derivó en la interrupción del tratamiento.

Exponer este caso, como planteo al comienzo, tiene la intención de mostrar la necesidad de contemplar, de medir variables en el contexto del tratamiento. Esto es particularmente necesario cuando se registra una resistencia enquistada en la trama de una familia que participa de su sostén y hasta organización.

En mi paciente resultaba –y resulta hasta el presente- necesario romper con el baluarte de un ideal que, por utópico e inconsistente, sólo tendía a atraparlo en la omnipotencia de una repetición pretenciosa, alienante, de la realidad dolorosa de sus necesidades de amor y protección.

Tal vez Eco no pudo, terca hasta ser piedra, desprenderse del mandato de Hera. No pudo ingresar a la situación triangular, impedida por quien necesitaba descargar su cólera y sustentar su omnipotencia. No encontró posibilidad de ese encuentro con Eros, con un otro que le permitiera sentirse amada y permitirle amar.

Creo que César tampoco se encontró con otra posibilidad de relacionarse con sus padres y consigo mismo, que buscando desesperadamente corresponder con el ideal en él depositado. Se convierte, así, en alguien presto a comprender a cualquier interlocutor, siempre captando lo que el otro quiere o espera para ubicarse en ese lugar y ser “apreciado” desde su situación de remedo, pero sin llegar a capitalizar la experiencia, ya que el fenómeno sería más una manera de aplacar a quien pueda castigarlo-condenarlo que una forma cariñosa de contactar y asimilar la relación, nutriéndose del encuentro.

No, más bien la introyección resultante deviene en persecutora y requiere ser eliminada. Hay una excesiva necesidad de controlar al objeto y César la esboza desde una pseudo identificación.

Al incidir sobre el ideal concreto de origen, el padre (los padres), favorezco en cierta medida, además de un control más saludable de los mismos respecto al tratamiento, una cierta desidealización y posibilidad comprensiva, a la vez que la puesta en juego de sus potenciales para sostenerse, para confiar en no destruir ni destruirse en la quiebra del vínculo paterno idealizado… Pero es muy fuerte la resistencia y mucho el temor aún como para constituirme en un objeto confiable. Veremos…

1982 “A sus pies señora, un servidor. Sobre el fetichismo"

Buenos Aires, 1982
Presentado en el I Congreso del CPPL "Trabajando en Psicoterapia Psicoanalítica".     Lima, 7-9 de octubre de 1988.


Tus pies

Cuando no puedo mirar tu cara
miro tus pies.

Tus pies de hueso arqueado,
tus pequeños pies duros.

Yo sé que te sostienen,
y que tu dulce peso
sobre ellos se levanta.

Tu cintura y tus pechos,
la duplicada púrpura
de tus pezones,
la caja de tus ojos
que recién han volado,
tu ancha boca de fruta,
tu cabellera roja,
tu pequeña torre mía.

Pero no amo tus pies
sino porque anduvieron
sobre la tierra y sobre
el viento y sobre el agua,
hasta que me encontraron.

Pablo Neruda (“Versos del Capitán”)


Introducción

Como señalara Esther Romano (1), es realmente abundante la producción de literatura psicoanalítica que sobre el tema del fetichismo se ha hecho en forma importante. La autora contrasta, en su artículo, esta abundancia con la poca frecuencia de su presentación en la consulta clínica. Para explicar este contraste, cabría recordar una expresión que Freud escribiera en sus “Tres Ensayos” (2): “Ninguna otra variante de la pulsión sexual que linde con lo patológico ha atraído tanto nuestro interés.” Aquella expresión del maestro sigue para mí tan fresca que basta tan sólo con echar una mirada a lo escrito al respecto en nuestro medio para dar fe de lo que la mencionada autora resalta en su excelente y laborioso trabajo sobre el tema.

El título que elegí para esta breve comunicación toma una figurativa expresión cortesana de fines del siglo pasado o comienzos de éste. Desde ella, invito a un pequeño esfuerzo imaginativo respecto al hipotético mentor de la frase galante. Lo vemos, así, en su genuflexa posición, encarnando la frase de Neruda: “Cuando no puedo mirar tu cara, miro tus pies”. Sigamos. Veamos cómo, deslumbrado por aquella región de la anatomía de la dama (ha capturado su mirada y “flechado” su corazón), se excita y la desea… Detengámonos en esta escena.

¿Qué de nuevo tenemos hasta aquí? Total, en todas las épocas, el juego de la mirada ha ocupado una importante función en la sala de la aproximación entre los sexos. No es infrecuente, sin embargo, desde nuestra labor como psicoanalistas, observar algunas “desviaciones de la mirada” (no precisamente producto de un estrabismo) que, por razones que en general creemos conocer, la detienen en aquella antesala, se quedan en este preámbulo o el mismo adquiere una importancia mayor que la culminación del fin naturalmente supuesto.

De las razones que creemos conocer, partimos dirigiendo nuestra “sublime mirada” hacia aquello que invita a la investigación, al análisis. Surgen inmediatamente las preguntas: ¿qué hay detrás de todo esto?, ¿cómo se llegó a esta situación?, etc. Más allá del respetable dolor y/o conflicto que le origina al paciente, está el impacto estético de su patología y el atractivo de desentrañar su siempre singular trama; ese aliciente de aprender de él y que supone la forma de poder ayudarlo, nuestro transitorio acompañamiento a conocer más de sí mismo.

En este sentido, podríamos decir que, desde la inicial mirada, hay un largo recorrido hasta el saber acerca de lo que se ve. El presente trabajo tiene su punto de partida en una mirada, la mirada de un analista sobre su paciente, que mira tanto los pies de una mujer como los suyos propios sin encontrar la posibilidad de “ver” las diferencias.


Presentación del caso “Emilio”

Se trata de un joven profesional que viene a la consulta por preocupaciones varias en relación a sus vínculos con la gente y, en especial, con las mujeres. Tiene dificultad para “encauzar su vida”, para asumir su profesión, en la cual, si bien destaca, no logra una sensación de plenitud. Traduce una inquietud difusa que lo lleva a no poder estar solo. Tiene momentos en los que impulsivamente se masturba o sale en búsqueda de compañía. Ésta, la mayoría de las veces, termina siendo algún “levante” o encuentro con un reducido grupo de amigos, con algunos de los cuales rinde culto a la marihuana, “la gran liberadora”.

En el curso de sus sesiones de análisis, me relata una serie de situaciones peculiares. Por ejemplo, durante el verano, pone un cuidado especial en broncearse los pies, contemplando luego gozoso el resultado de sus esfuerzos; y, de presentarse las circunstancias favorables, mostrárselos a algún eventual acompañante. Por este motivo, sus amigos le dicen que es un fetichista (¡!). Añade a este relato el que, cuando se fija en una chica, observa en especial si tiene lindos pies. (No queda claro en qué consiste la tal “lindura”).

Con las mujeres no logra establecer vínculos duraderos. Lo más que logra permanecer con una misma chica son dos o tres meses, luego de lo cual se rompe el encanto. Ésta constituye una de sus mayores preocupaciones y la principal inquietud que lo mueve a analizarse.

Desde la adolescencia (¿?) tiene la sensación de tener un pene pequeño y, con frecuencia, lo asalta el temor de no ser potente con las mujeres.

Cuando niño, tenía la fantasía consciente de que su madre le había puesto el pene “para que haya un hombre en la familia” (¡!). Cabe agregar que tiene dos hermanas, una mayor y otra menor.

La madre es “la que lleva los pantalones en la casa”. Seductora y dominante, mostraba franca preferencia por Emilio.

El padre se mofaba con frecuencia de Emilio y lo trataba de “marica” por andar “pegado a la pollera de la madre” (¡!).

El padre festejaba las patadas que la hermana mayor con frecuencia le daba “allí donde duele”. No quedan claras ciertas referencias sobre tendencias donjuanescas de este personaje, pero sí hubo más de una discusión con la madre por este motivo.

De esta apretada síntesis de su historial, podemos observar una sintomatología predominantemente relacionada con conflictos con su sexualidad. Lo perverso aparece como un síntoma acompañante del cuadro general del paciente, quien tiende más hacia la estructuración de una conducta fóbica. Diría que oscila entre la compensación efectiva de su mecanismo de renegación de la diferencia sexual (negación de la castración) y la vivencia de fracaso de este mecanismo, que se inscribe sintomáticamente como un punto de angustia fóbica, en el que el riesgo está ligado a una sensación de pérdida de la identidad (el riesgo de convertirse él en el falo de la mujer), lo que promueve ansiedades claustrofóbicas que lo empujan a la ruptura de la relación.

Es sobre los detalles de su peculiar estructuración sintomática que basaré el siguiente desarrollo.


“A sus pies”

Una de las cosas que más me llama la atención es el manejo fetichista de los pies que hace Emilio. De los relatos de diferentes autores y, en particular, de los escritos freudianos, he recogido la información de la frecuencia con que se da la elección de este lugar de la anatomía de la mujer para construir el fetiche.

Sabemos, también, de la plasticidad que puede tener el desplazamiento del acento de lo fálico hacia cualquier región del cuerpo, objeto o circunstancia que pueda prestarle asidero significativo.

Si tomamos solamente el detalle de la admiración de sus propios pies y el exhibicionismo concomitante, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que está construido como un dique frente a la angustia de castración; se constituye en un triunfo sobre ella. Implica en sí mismo el desafío a la ley… ¿del padre?... ¿de la realidad?

Sabemos, por nuestra lectura analítica y la cotidiana experiencia clínica, que la angustia de castración ocurre luego de la comprobación de la carencia de pene en la madre. De las lecturas de Freud, sabemos que la situación inherente a las amenazas se significa y constituye como complejo de castración luego de la ruptura de la imagen mítica de la madre con pene.

En Emilio, el placer de la observación de sus propios pies es, en realidad, el resultado de un fenómeno similar -si no simultáneo, en una situación especular- a lo que ocurre en relación a su madre: se producen una renegación y un desplazamiento.

Ahora bien, respecto a la renegación, sabemos que, por un lado, implica la negación de lo visto; y, por el otro, su aceptación. Para que tal cosa ocurra, dice Freud (3), tendría que producirse una escisión en el yo.

En esta situación así descrita, me parece ver lo siguiente: Emilio tiene aquello mismo que la madre, son iguales, “tienen pies”… ¿Y lo otro?... ¿Y el agujero?... Recordemos que el paciente nos cuenta que de niño tenía la fantasía (aún vigente, a mi entender) de que la madre le había puesto el pene. O sea que ella “hizo con él lo que él hizo con ella”. ¿Quién le puso el pene a quién?

Es lo mismo. Se trata de una situación especular en la que, además, el paciente encuentra asidero y reforzamiento para su fantasía en el mantenimiento de su anillo prepucial (esto recuerda algo de lo descrito por Kahn respecto a la fetichización del prepucio), como la representación del genital femenino en sí mismo. Tiene, de esa manera, un mayor reaseguramiento, ya que coexisten en él ambos genitales. Realiza el ideal bisexual de sus mociones pulsionales.

De todo esto surge con facilidad la comprensión de sus fantasías de ser “desflorado” y, en oportunidades, no saber quién es quién en la relación sexual. Algo parecido podríamos citar de Freud (3) respecto a un caso descrito por él, en el que el fetiche eran unas bragas, y del que concluye: “Según lo demostró el análisis, significaba tanto que la mujer estaba castrada como que no lo estaba y, además, permitía la hipótesis de la castración del varón…”


“A sus pies Señora”

En este acápite quiero aproximarme a lo que varios autores señalan como determinante o coadyuvante de las vicisitudes de la observación de la diferencia de los sexos por el niño. Me refiero a los demás protagonistas de la situación: los padres.

Quien, si no la madre, es “la Señora”, a cuyos pies se coloca el sujeto, el niño. Para no abundar en citas redundantes, transcribiré lo que dicen Del Campo y otros (4) en una comunicación titulada “Introducción al Fetichismo”: “… es un pacto entre tres: una madre pervertizante (sic), un padre que se ausenta y no ejecuta la castración, y un sujeto que simula una posesión…”

Por otro lado, Lichtmann, en una mesa redonda sobre perversiones (5), dice respecto a los factores que incidirían para que sea una perversión y no otro cuadro, lo siguiente: “Hay que considerarla desde el vínculo de los padres, en sus fantasías y deseos inconscientes… una madre posesiva y seductora, que induce en el niño las demandas pulsionales… una madre que odia al marido… un padre ausente…”

Ya en la descripción inicial de la constelación familiar de Emilio pudimos observar amplios puntos de coincidencia con lo que éstos y otros autores mencionan.

Para remarcar un poco más el detalle respecto a las fantasías inconscientes de la madre, haré una cita adicional. La hermana de Emilio (que también se analiza) le cuenta a éste que, cuando ella estaba en la pubertad, la madre, queriendo explicarle acerca de la sexualidad, le dijo: “… lo que tiene la mujer es un agujero por donde tiene las relaciones sexuales y orina…” Al escuchar este relato, Emilio siente una gran desazón y, cuando me lo relata, agrega: “Es como si mi madre se me hubiera derrumbado… ¡Cómo puede ser tan ignorante!” Queda, así, al descubierto la no diferenciación sexual de la madre.

De todas maneras, paso a continuación a graficar el cómo nuestro paciente se instala en una servidumbre respecto a la descrita fantasía de la madre.


“A sus pies Señora, un servidor”

En una oportunidad, me cuenta que, habiéndose “levantado” a una chica, accede ésta a ir a su departamento pero, para sorpresa de Emilio, en el “momento de los hechos”, ella comienza a masturbarlo con una mano mientras que con la otra lo hace con su propio genital. Emilio no atina a nada, se queda como paralizado, a merced de quien en tal circunstancia lo ha convertido en “su servidor”. Constituye el complemento ideal de la fantasía de la muchacha de que ella tiene el falo (cosa para la que él está bien “educado” por la madre).

Situaciones similares le ocurren con otras chicas. Por ejemplo, otra le impone una relación masturbatoria de frotamiento, colocándose encima de él. Con otra, funge de violado. “Me desfloró”, dice luego de haber estado con una chica muy activa, de lo cual queda realmente con fisuras en el pene a causa de la fimosis.

Estas circunstancias evidenciarían, además, la presencia de fuertes impulsos sado-masoquistas, los que incrementarían sus ansiedades de castración y el aferramiento a los mecanismos ya descritos.


Algo más sobre los pies

Resulta interesante encontrar simbolizado en sus sueños aquello que constituye el objeto-fetiche, máxime si se entiende que en estos pacientes existen fallas en la simbolización, lo que los impulsaría a una repetición “conservadora de la identidad”.

Transcribo el relato de un sueño:

“… En medio de la playa había un gran zanjón… Parecía una cama con frazadas, colcha, una lona, algo con lo que uno puede taparse… Ahí entra en escena una mujer de unos treinta a unos treinta y cinco años, morocha y con rulos. Aparece con el marido y se acuestan también en la zanja, con los pies mirando hacia mí (¡!). Yo trato de seducir a la mina. Ella pone una pierna en medio de las mías y yo una en medio de las de ella (¡!) y hacemos un juego de pie con concha y pie con pija. Era un juego muy excitante, el más excitante que haya sentido hasta ahora. El marido no sé si se da cuenta… Llega ella, llego yo… El marido dice de irse porque sospecha… Se levanta la mina y está de la mano de un pendejito que también va de la mano del marido.”

Respecto a este sueño tiene muchas asociaciones, pero comenta en primer lugar lo siguiente: “A la mina que le hacía la paja con el pie no me la imagino con pollera. Tenía vaqueros… Si la imaginara con bombachas o con pollera, le quitaría el placer (¡!).

Luego, me cuenta que hace unos días salió con una chica que “no quería coger con todas las de la ley” (¡!). “Ella estuvo arriba y yo abajo. No quiso desvestirse. Fue sin penetración, pura franela, y así llegamos al orgasmo… Esa chica estaba con vaqueros”.

Por último, comenta que, luego de la sesión anterior, fue a la casa de una chica a la que no sabe si la quiere “para coger o para tenerla como pareja”. “No me daba bolilla, pero estaba con otra mina que quiere coger conmigo. Medio alevosa la situación. Me resultaba medio machota la chica, que si me quería tocar, me tocaba, prepotente, sin respetar si yo quiero o no”.

Me llama mucho la atención la descripción que hace del placer masturbatorio, típico de la satisfacción de las pulsiones parciales. También, llaman la atención las confusiones, tanto desde el sueño como desde la realidad, provenientes de sus asociaciones: “La mujer pone la pierna en medio y yo también”; la chica “machota” lo persigue, como si los roles estuvieran totalmente cambiados.

En la representación de su escena primaria, en el sueño, se nota una nueva división: burla la ley del padre y la acata. Tiene su escondida relación con la madre y, a la vez, es el niño que va de la mano de los padres.

Si bien se trata de un sueño –y él es consciente de esto- al referirse al mismo añade reflexiones que denotan su sintonía con relación a los contenidos del mismo. En un momento habla ya de imaginar y no de soñar, dejando entrever la naturaleza de fantasías masturbatorias no relatadas.

Cabe acotar el esfuerzo por que la mujer aparezca lo menos posible como tal en su vestir. Además, el “vaquero” es una prenda unisex.

Resulta interesante que, en cuanto al juego de la mirada en el sueño, éste se de en forma tal que “los pies lo miran a él”. Su mirada busca tanto el ver como el no ver; busca lo especular y va al encuentro de las no-diferencias.


El proceso de la castración

En primer lugar, quisiera referirme a la sintomatología fóbica de Emilio, puesta ya de manifiesto en algunos datos de su historial. A éstos, se fueron sumando algunos “miedos” en el curso del tratamiento. Tiene episodios de intensa angustia en circunstancias de encontrarse fuera del país y ante la perspectiva de emigrar. Sin embargo, paralelamente, iba logrando “áreas” de tranquilidad (trabajo, relaciones sociales, análisis, etc.).

Encuentro esta sintomatología como el flanco que permite el acceso a “la resignificación de su historia”, tal como lo plantean Del Campo en su artículo “Objeto fobígeno y fetiche”, en donde, además, dice algo interesante: “Sólo convirtiendo en fóbico al fetichista se llegará a los años olvidados…” (4)

Uno de los miedos a los que nos hemos referido era el de afrontar la resolución de su “molesta fimosis”. El miedo a la operación, vivida no muy inconscientemente como la concreción de una castración, lo lleva a postergar sucesivas “decisiones”. De alguna manera, no le falta razón para hacer esta lectura. Detrás del miedo natural al dolor físico, se esconde toda la dimensión significante del riesgo de la pérdida del falo. Resulta singular poder comentar que lo que le estarían “extrayendo” sería el equivalente al sexo femenino (el anillo prepucial).

Se resiste a renunciar a la satisfacción desde su reducto narcisista y esto redunda en que el incipiente reconocimiento de la ley del padre ubica al mismo como el castrador de la madre (y de él mismo). Es así que surgen intensas ansiedades homosexuales que, para su mejor entendimiento, voy a remitir a la lectura de un material reciente de sus sesiones:

Hace poco menos de un mes que se opera de la fimosis y, muy eufórico, me comunica que se siente con un pene nuevo “cero kilómetros”. Casi simultáneamente empieza una relación amorosa con una compañera de trabajo. Con ella, sin embargo, se siente “asexuado”, con temores de iniciar las relaciones sexuales, las cuales, de hecho, quedan postergadas. En el ínterin de esta situación, siente temores de no ser potente con ella, de fallar sexualmente y, por último, me cuenta que por un momento la imaginó desnuda y con las piernas abiertas y a él saltando sobre ella. Al ser penetrada –en su imaginación- ella pone una cara “mezcla de dolor y de horror, como si le estuvieran arrancando algo”. En algún momento de la sesión en que me relata esta fantasía, me dice: “Tengo miedo que me diga que soy puto”.

Emilio pasa, entonces, a desempeñar el papel del padre castrador de la madre, situación similar a la descrita por Freud en el “El fetichismo” (3). Sin embargo, se mantiene la situación de no-diferenciación; y, la cara de horror registrada desde su fantasía es la propia, ante la vivencia castradora del impacto de la verificación de las diferencias y el consiguiente peligro de la pérdida de su constelación narcisista.

La situación edípica mantiene para él las características que intentara desechar con el desmentido. De tal manera, la única lectura posible de la relación entre los padres es que aquél castra a la madre en el comercio sexual. No logra integrar al padre como objeto de deseo de la madre y a él mismo renunciando a la naturaleza omnipotente de su vínculo secreto con aquélla. Cabría, en este punto, recordar lo dicho por Freud en “Duelo y Melancolía” (3): “El hombre no abandona de buen grado una posición libidinal ni aún cuando su sustituto ya asoma”.


Resumen

A propósito de un caso clínico, me acerco a la revisión de los mecanismos operantes en la configuración de su psicopatología. Es así que, partiendo del detalle más definido, es decir, del exhibicionismo de sus pies, denotamos la cualidad del fetiche con los mecanismos correspondientes del desmentido, la escisión del yo, el desplazamiento, el desafío, etc. Encontramos como singular esta situación en tanto su coexistencia en una relación especular con el esquema corporal de la mujer.

El hallazgo de la existencia de mecanismos fóbicos concomitantes a la patología fetichista nos lleva a la coincidencia con lo descrito por otros autores, en tanto sería éste un camino hacia la resolución analítica de su trama histórica.

Resalto la importancia de buscar en la constelación familiar de pacientes con esta sintomatología, manifestaciones fantásticas similares en la madre.

En el caso observado, vemos que a la salida de la situación por vía del reconocimiento de las diferencias, está aún la presencia de la imagen del padre, revestida por fantasías sado-masoquistas, que lo ubican como el castrador de la madre y la vivencia angustiante de que, a su vez, ocurra similar situación con él mismo en una dimensión no simbolizada.


Bibliografía

1. Romano, Esther… El concepto de objeto fetiche: su sistematización. En: Aportaciones al concepto de psicoanálisis. Págs. 196-244. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1980.

2. Freud, Sigmund… Tres Ensayos de Teoría Sexual. En: Obras Completas, Vol. VII, pág. 110. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1978.

3. Freud, Sigmund… Fetichismo. En: Obras Completas, Vol. XXI, pág. 141. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1978.

4. Del Campo… y otros… Introducción al fetichismo. En: XX Simposio y X Congreso Interno de la APA, pág. 175. Buenos Aires, 1980.

5. Lichtmann, Ana… Mesa redonda sobre perversiones. Revista de Psicoanálisis de la APA, Vol. XXXVII, pág. 722. Buenos Aires, 1980.

6. Freud, Sigmund… Duelo y melancolía. En: Obras Completas, Vol. XIV, pág. 235. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1979.

7. Freud, Sigmund… Escisión del yo en el proceso de defensa. En: Obras Completas, Vol. III, pág. 389. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 1968.