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miércoles

1998/10/03 Identidad y formación

V Jornada Interna del CPPL: “Formación del Psicoterapeuta. Identidad, cultura y tradición. A propósito de los 15 años”.   2, 3 y 4 de octubre de 1998

          
Entiendo como identidad al registro de sí mismo acorde con lo que uno mismo es. Es una resultante integrada del conjunto de experiencias del sujeto en la relación consigo mismo y con los demás, relación en la que se asimilan aspectos o propiedades de otros, tomados como modelos de identificación. El establecimiento de la propia identidad supone un simultáneo reconocimiento del otro como alguien distinto, diferente. Esto es lo que permite a las personas identificarse con un otro sin confundirse con él.

La identidad profesional tiene que ver con el funcionamiento coherente y consistente con lo que le es sustancial. Es además necesaria una confluencia importante con lo esencial de uno mismo. De no ser así, existe el riesgo de configurar una pseudoidentidad, como veremos a continuación.

El psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica tienen en común la construcción de una identidad profesional a partir de la asimilación de lo esencial de su propuesta, esto es, la consideración central de las motivaciones inconscientes en la conducta humana en su interacción con la realidad exterior.

Una sólida identidad psicoanalítica resulta de la integración equilibrada de sus ideales con las pautas de sostén de dichos ideales. Es posible mencionarlo como una integración entre el "ideal del yo" y el "superyó" analíticos, como equivalentes al equilibrio entre las "bases estatutarias" y los "reglamentos" en las instituciones. En otras palabras, una integración adecuada entre la ética y la moral analíticas.

De no lograrse dicha integración podemos observar algunas resultantes que someto a vuestra consideración:


LA PSEUDOIDENTIDAD ANALITICA

Si el predominio de la asunción de la identidad tiene como base los reglamentos o el "superyó" analíticos, tendremos una suerte de "falso self" analítico, casi siempre estereotipado y rígido. Los preceptos analíticos para estas pseudoidentidades tienen una finalidad restitutiva de alguna falla narcisista que no han logrado elaborar en su formación. Para ellos, la teoría o la técnica son tomados con el carácter de dogma y se amparan febrilmente en ello para demostrar lo que se supone que son.

Fetichizan a Freud o a cualquier otro autor amparándose tras su palabra "santa". Funcionan como los "primeros de la clase". Casi siempre "saben todo".  Lo explican todo desde sus puntos de vista. No saber equivale a mostrar su incompletud; por tanto, se ven presos en la trampa de un protagonismo agotador.

En el mejor de los casos deslumbran inicialmente pero llegan a aburrir al no poder abandonar el personaje que representan.



LA IDENTIDAD INCOMPLETA

En esta situación quisiera colocar a personalidades que pasan por la formación, pero la formación no pasa por ellos. Generalmente se amparan en un cumplimiento estrictamente necesario de lo exigido por la formación. Son los que miden la cantidad de horas de asistencia, de terapia personal, de supervisión, etc. El criterio para hacerlo está en función de la exigencia y no de una identificación real con el sentido de la propuesta.

La evasión personal en el compromiso con su identidad los lleva posteriormente a tener dificultades a la hora de atender pacientes. Por alguna razón "oscura" los pacientes se les van; y, si se quedan no siempre es por razones favorables para ellos (los pacientes). Están llenos de puntos ciegos por lo que les es muy difícil entender y ayudar a sus pacientes, con los que con frecuencia se confunden o complementan sus respectivas carencias. No han logrado integrar lo esencial del trabajo analítico como para fluir creativamente en su trabajo.



LA IDENTIDAD INSPIRADA

Algunos analistas o terapeutas intuitivos suelen repudiar la necesidad de una formación como corresponde, incluyendo su proceso terapéutico y las supervisiones. Se ponen "más allá del bien y el mal". Solemos verlos chocar con la realidad cuando no pueden diferenciar una histeria de una psicosis y, menos aún, manejar niveles profundos de regresión sin confundirse con el paciente. Tienden a sostenerse en transferencias idealizadas, abrumándose con la transferencia negativa. Suele suceder que les es difícil instrumentar la agresión de manera estructurante.

Existen otras variables posibles            

Unos y otros tienden a mantener la propia transferencia y la de sus pacientes sin resolver debido a sus necesidades narcisistas. En los analistas didácticos esto es notorio y suele contaminarse con sus necesidades de poder institucional. De esta manera, en sus instituciones se llegan a formar dinámicas grupales persecutorias que derivan en distorsiones de formación, ya que en estas circunstancias se suelen tomar en cuenta más los reglamentos (Superyó) que los estatutos (Ideal del Yo) de la formación.
          
Se ha podido observar, desgraciadamente con cierta frecuencia, que estos procesos de desarrollo institucional llevan a la sobre idealización de alguna corriente del pensamiento analítico desde la cual se dirige una mirada "superior" a los "no iniciados" (incompletos o "castrados").

La identidad analítica y la psicoterapéutica, desde sus niveles más conscientes hasta los inconscientes, tendrá que ver con el equilibrio entre estas dos polaridades (ideal del yo-superyó, estatutos-reglamento, espíritu-praxis). Dicho amparo tendrá que reflejarse en la posibilidad de transitar fluidamente entre el funcionamiento desde el proceso primario al secundario y viceversa.

Es necesario que en el proceso de formación la naturaleza del sí mismo del profesional se aproxime a los parámetros de dicha formación con un sentido de identificación sintónica. De ser así, quedan abiertas las posibilidades para un desarrollo creativo de la praxis, traducible en la formulación pertinente de intervenciones "terapéuticas" o intervenciones "analíticas" no estereotipadas, en función de las necesidades del paciente.                       

La salvaguarda de dicha postura estará dada por la incorporación consistente de una mirada analítica hacia sí mismo y hacia el espacio del encuentro con el paciente. Esta mirada en ningún caso se aprende en los libros.


 
ALGUNAS DIFICULTADES EN LA FORMACIÓN DE LA IDENTIDAD DEL PSICOTERAPEUTA PSICOANALITICAMENTE ORIENTADO

A las razones antes expuestas, quisiera agregar algunas inherentes a las características de la institución elegida para llevar adelante su formación: la de los maestros, terapeutas personales y supervisores;  al entorno profesional y social y a factores que tienen que ver con el desarrollo histórico del psicoanálisis.

Una dificultad para asumir a plenitud la convocatoria de lo que es una formación en psicoterapia psicoanalítica proviene de que para algunos se trate de una alternativa-consuelo al anhelo de formarse en un instituto de psicoanálisis. En muchos casos la formación en psicoterapia psicoanalítica es tomada como de "menor categoría" por lo que no se valora suficientemente la necesidad de profundizar en sus análisis personales o en los demás requisitos de la formación.

Ya me he referido en muchas oportunidades a la dificultad que supone el que los profesores sean en su mayoría psicoanalistas, lo mismo que los supervisores y quienes se encargan de los procesos terapéuticos. El procesamiento de las identificaciones y desidentificaciones es tan penoso como necesario pero muchas veces confunde en cuanto a la identidad profesional. Aún así, quiero remarcar que mucho facilitaría el que, quienes tienen estos roles en la institución se identifiquen a plenitud con la orientación de la escuela, abriéndose más comprometidamente a mostrar los recursos propios de la psicoterapia.

La idealización del psicoanálisis a veces no deja lugar a mostrar el recurso terapéutico claramente diferenciado. Esto se nota con suma frecuencia en las supervisiones y genera desconcierto y hasta crisis de identidad en los alumnos.

Para los alumnos, sería importante saber desde la práctica misma que somos copartícipes del proceso y que existen estas dificultades. Preguntar, confrontar, favorecer que los maestros se despojen de sus ropajes de manera que no tengan reparos en mostrarse como psicoterapeutas, ayudaría. Como ayuda el permitirnos no saber sin caer en angustias, disfrutando a cambio del placer compartido de la búsqueda.

Una idea a favor de mirar esta actitud con optimismo es que creo que los psicoanalistas andamos un poco hartos de ropajes que dificultan el andar y el sentimiento de libertad. Una verdad surge inevitable: necesitamos saber más de psicoterapia. No en balde se ha propuesto recientemente que se enseñe psicoterapia en los institutos de psicoanálisis. Resulta ahora que hay que aceptar las diferencias.

Los psicoanalistas, por otro lado, solemos transmitir algunos problemas de nuestra formación de origen. Uno de ellos proviene, a mi criterio, de los inicios históricos del psicoanálisis: en aquel entonces la tarea consistía en sacar a la luz la sexualidad reprimida.

Como quiera que ellos mismos eran producto de la época (y con poco o nulo sostén de análisis personal) no dejaban de sentir el riesgo de "caer en la tentación" al enfrentar la sexualidad al desnudo, motivo por el que se rodearon de una serie de "precauciones" técnicas que llevaron las cosas al punto de una suerte de regresión anal de control de la actividad del analista.

Esto llegó a institucionalizarse y muy pronto la formación se convirtió en un régimen iniciático de sometimiento sádico anal en el cual el poder institucional exigía una suerte de "cartas de sujeción", en el mejor estilo de nuestro paisano Abimael.

Ya mencionamos que este régimen de funcionamiento genera dinámicas persecutorias y reciclajes identificatorios difíciles de remontar dada la satisfacción de necesidades fálico narcisistas y la evitación de las ansiedades de castración propias de la rivalidad edípica implicada.

De esa manera se perdió la riqueza mayor aportada por Freud: su espíritu investigador, abierto a la reformulación, siempre más cómoda y más rica en el terreno de la teoría y la psicopatología, no así en el de las variaciones de la técnica,  en donde las iniciativas de Ferenczi causaron más angustias que acogida, por lo que tuvieron que esperar un mejor momento.


UNA ESCUELA, UNA INSTITUCION, UNA FORMACION

Para la mayoría de los psicoanalistas el formar una institución psicoterapéutica tuvo motivaciones relacionadas con la necesidad de tomar distancia del clima opresivo de las sociedades analíticas derivado de la dinámica expuesta; no siempre la idea fue realmente dedicarse a la psicoterapia. Esto gravita en que se requiera todo un tiempo y elaboraciones pertinentes para llegar a una identidad institucional con eje en la psicoterapia.

Aún así, teniendo claro lo expuesto,  la ambivalencia frente a los alumnos "hijos", en un proceso que conlleva siempre  regresiones y transferencias, tanto de alumnos como de profesores, hace difícil el camino, movilizando con frecuencia entre nosotros los mecanismos "heredados" que acabamos de mencionar. Para rescatarse de ello es necesaria la constante mirada sobre la dinámica actuante. Nada distinto a lo que ocurre en el “setting” con nuestros pacientes.

Esto es lo que marca nuestra característica de funcionamiento como escuela. Supone una posibilidad de genitalización, en donde la castración pasa a ser una necesidad si se entiende que lo "amputado" es aquello que dificulta el encuentro con la propia identidad. Se trata de una sana castración de la omnipotencia que permite el desarrollo creativo, innovador.

Lo que esperamos de los alumnos es que puedan percibir la atmósfera de una institución formativa en la que no tratamos tanto de que hagan lo que decimos como lo que hacemos. Si se dan cuenta, es casi constante el régimen reordenador de la propuesta curricular, los autores que se revisan, el énfasis en la discriminación del lenguaje de la técnica, etc.

Pero esto es posible sólo gracias a que nos hemos ido constituyendo en una institución analítica que tiene clara su orientación hacia la psicoterapia, con mucho trabajo y reflexión detrás de cada movimiento. Creo que no habremos logrado nuestro objetivo de formación si ese "detrás" no es promotor de identificaciones que nos permitan dejar a distancia nuestras siempre amenazantes fantasías filicidas y omnipotentes.

Por último, quiero decir que formarse en psicoanálisis, en psicoterapia o tal vez en cualquier profesión, requiere -a mi entender-  el poder encontrarse en ese punto de ilusión compartida del que nos habla Winnicott, en ese espacio potencial que requiere nada más que estemos allí, bien dispuestos; poca cosa, estar allí, tan sólo lo suficiente como para que algo se dé, algo que nos instituya, que nos constituya como verdaderos, que nos permita ser siendo, haciendo, construyendo nuestra identidad  desde la respuesta simple a una convocatoria, no hay otra forma.

Tal vez logremos en este encuentro aprender algo nuevo que ya conocíamos; acaso podamos ahora empezar a conocernos, a saber quiénes somos, qué hacemos aquí, qué nos trae, qué traemos, qué hacemos, cómo hacemos.                    
        
           

1998/09/09 Identidad y Cuerpo Institucional

Congresso do Círculo Brasileiro de Psicanálise: “Corpo e Psicanálise”.  Porto Alegre, 9 a 12 de setiembre de 1998


Me propongo desarrollar algunas ideas respecto a la identidad psicoterapéutica y la identidad analítica. Asimismo, intentaré aproximarme al tema del cuerpo institucional considerando el desarrollo del mismo en base a identificaciones y a su proceso mismo de constitución.

En principio, entiendo como identidad el registro de sí mismo acorde con lo que uno mismo es. Esta identidad supone una resultante integrada del conjunto de experiencias del sujeto en la relación consigo mismo y con los demás, relación en la cual se asimila aspectos o propiedades de otros tomados como modelos. El establecimiento de la propia identidad supone en simultáneo el reconocimiento del otro como alguien distinto, diferente. Es lo que les permite a las personas identificarse con un otro sin confundirse con él.

La identidad, en cuanto a su relación con una toma de posición en la vida, tiene que ver con el funcionamiento coherente y consistente con lo asumido como sustento de la identidad profesional. Sea cual fuere la resultante, tendrá que guardar amplia sintonía con lo esencial de uno mismo para ser entendido como una identidad verdadera, de lo contrario se configurará una pseudoidentidad, como veremos más adelante.

El psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica tienen en común la construcción de una identidad a partir de la asimilación del ideal psicoanalítico, de lo esencial de su propuesta, esto es, la consideración central de las motivaciones inconscientes en la conducta humana en su interacción con la realidad exterior. Una sólida identidad psicoanalítica resulta de la integración adecuada de sus ideales con las pautas de sostén de dichos ideales, una suerte de integración en grados variables entre el “Ideal del Yo” y el “Súper Yo” analíticos, que propongo como equivalentes a sus “bases estatutarias” (Ideal del Yo) y a sus “reglamentos” (Súper Yo). En otras palabras, una integración adecuada entre la ética y la moral analíticas.


La Pseudoidentidad Analítica

De una integración inadecuada entre estos dos componentes: lo que es propio del sí mismo y lo incorporado por intermediación con la realidad, tendremos resultantes de funcionamiento estereotipado, donde un “falso self” analítico puede ser el producto de un predominio “superyoico”. Es decir, el uso de los “preceptos” -en estas pseudoidentidades- tiene una finalidad esencialmente defensiva o estrictamente figurativa, lo que es lo mismo. Son terapeutas o analistas que han aprendido la teoría o la técnica, pero la toman con caracteres de dogma, les sirve para demostrar febrilmente lo que se supone que son.

Invocan permanentemente “el nombre del padre”, no pueden desprenderse de Freud, lo han tomado como un fetiche. Funcionan casi siempre como “los primeros de la clase”, siempre saben de todo, no pueden no saber so riesgo de caer en angustia, de quedar en evidencia en su incompletud, la que tratan de compensar con un protagonismo agotador. En el mejor de los casos, inicialmente deslumbran, pero pronto llegan a aburrir al no poder dejar de funcionar en el papel protector de su pseudoidentidad.


La identidad “Incompleta”

Una variable de esta pseudoidentidad la podríamos llamar “identidad incompleta”. Es la que observamos en el curso de la formación. Por dificultades de distinto orden, las personas “pasan por la formación” pero ésta no pasa por ellas. Una resistencia a comprometerse las acompaña tenazmente; son las que cumplen con las formalidades, con el reglamento, pero las clases, el análisis personal o la supervisión son vistas con el criterio de “lo que hay que cumplir”.

Se les suele ver después en dificultades a la hora de ejercer; “algo pasa” que los pacientes se les van. Mejor dicho, “los pacientes no los encuentran”. Las resistencias propias no permiten que las de sus pacientes puedan resolverse. La incompletud personal eludida los llena de “puntos ciegos”. No logran integrar en sí mismos lo esencial del análisis como para que les fluya en su trabajo cotidiano.

Como en todos los casos de pseudoidentidad, la terapia personal es indispensable para desbloquear las amarras que impiden la integración. Lamentablemente, no siempre se logra el objetivo.


La identidad “Inspirada”

La otra posibilidad de integración inadecuada es la de los analistas o terapeutas puramente intuitivos o “inspirados”, que suelen repudiar la necesidad de una formación teórica, de un análisis personal o de supervisiones de sus casos. Los vemos venir muchas veces angustiados porque no pueden diferenciar una histeria de una psicosis y menos aún manejar los niveles profundos de perturbación sin confundirse con el paciente. Tienden a sostenerse desde una transferencia idealizada, la transferencia negativa los abruma y les es difícil instrumentar terapéuticamente la agresión de manera estructurante.

Unos y otros tienden a mantener la propia transferencia y la de sus pacientes sin resolver, en función de sus necesidades narcisistas. En los analistas didactas esto es notorio y extensivo a sus necesidades de poder institucional, formándose “baluartes grupales" de identidad analítica o psicoterapéutica con características persecutorias, generalmente amparados en “el reglamento” (Súper Yo) más que en los “estatutos” (Ideal del Yo). En algunas oportunidades esgrimen identificaciones masivas con corrientes de pensamiento teórico, que confrontan con sus colegas de manera cerrada, colocándose en una posición "superior".

La identidad analítica y la psicoterapéutica, desde sus niveles más conscientes hasta los más inconscientes, estará dada por una elección profesional de trabajar en la búsqueda del conocimiento del ser humano y de ayudar a resolver sus problemas mentales y existenciales, amparados en el equilibrio de estas dos polaridades en la persona del analista o del terapeuta. Dicho amparo abre la posibilidad de transitar libremente entre el funcionamiento desde el proceso primario hacia el proceso secundario y viceversa.

El sostén concreto de nuestro quehacer será aportado por la propia mirada analítica que se ha desarrollado en un adecuado proceso de formación, siendo necesario que, en dicho proceso, la naturaleza del "sí mismo" haya logrado aproximarse suficientemente a los parámetros de la formación como para hablar de identificaciones, pero, con posibilidades amplias para un entendimiento creativo, traducible en la praxis en términos de intervenciones “terapéuticas” o “psicoanalíticas” no estereotipadas.


Algunas dificultades en relación a la Identidad del Psicoterapeuta Psicoanalítico

La identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado se ve frecuentemente perturbada en su consolidación por la necesidad de sostener las diferencias de su praxis respecto a la propuesta de la técnica psicoanalítica clásica. Lo usual es que su manejo diferente de las herramientas analíticas le haga cuestionarse el apellido de “analítico”, en especial cuando se trata de la aplicación de estrategias de objetivo o tiempo limitado. Esto es lo observable en el medio peruano.

Otro motivo de perturbación proviene de los linderos en los que una y otra se configuran: si la formación recibida se dio en un instituto perteneciente a la IPA o en una institución de psicoterapia psicoanalítica. Los requisitos de formación, en términos generales, son muy similares; la gran diferencia la hace el análisis personal obligatorio de los analistas y el énfasis en el aprendizaje de estrategias terapéuticas en la de los psicoterapeutas.

Quienes fundan los centros de formación en psicoterapia psicoanalítica y dan cursos de formación suelen ser psicoanalistas. Asimismo, suelen ser los que se hacen cargo de los procesos terapéuticos de los alumnos, labor que se desarrolla “lo más analíticamente posible” dada la naturaleza de su búsqueda. Esto, sumado a las lecturas propias de la teoría y la técnica psicoanalíticas, promueve una idealización transferencial que hace difícil la asimilación ulterior de las pautas que marcan la diferencia. Es nuestra experiencia que tiene que pasar a veces un largo tiempo para la decantación del ideal psicoanalítico con aceptación integrativa de lo propiamente psicoterapéutico.

Otra razón no desdeñable es el prestigio que otorga la pertenencia a las Sociedades de Psicoanálisis. Esto promueve un conflicto de status, en donde el psicoterapeuta se siente casi siempre por debajo del psicoanalista. Pero, tal vez el mayor factor interferente en el procesamiento de la identidad del psicoterapeuta provenga de aquellos que le prodigan la enseñanza. No pocas veces he podido observar en la mayoría de los psicoanalistas una tremenda angustia de perder su identidad si es que muestran “elasticidad” psicoterapéutica. Suele suceder que sus enseñanzas en supervisión se relacionen más con un modelo psicoanalítico que con uno psicoterapéutico. Uno puede pensar en que lo hacen así porque les es más cómodo, porque idealizan el psicoanálisis o porque no saben lo suficiente de psicoterapia psicoanalítica.

Muchas veces se encuentra que la transmisión del conocimiento tiene más una exigencia rígida y casi moral -como suele ocurrir con las formaciones de la mayoría de los institutos de psicoanálisis- que una apertura hacia las variables técnicas que el terapeuta necesita conocer. Estas resistencias a asumir el modelo psicoterapéutico como válido y no atentatorio contra la identidad analítica, le es transmitido al aprendiz de psicoterapeuta, generándole ambivalencia si no confusión. Pareciera que existe entre los profesores una dificultad para precisar claramente la diferencia entre una intervención terapéutica y una intervención psicoanalítica.

Por último, tenemos que las instituciones psicoterapéuticas psicoanalíticas son comparativamente jóvenes y su presencia en la comunidad científica es relativamente escasa. Las publicaciones de trabajos específicos de psicoterapia psicoanalítica son aún mucho menores que las de psicoanálisis. Pese a que sabemos que el ejercicio de la psicoterapia es muchísimo mayor, no es aquello que se suele mostrar con entusiasmo o llamar por su nombre con facilidad.

Es aún muy reciente la inquietud por un acercamiento científico y gremial entre las instituciones de psicoterapia psicoanalítica. Da la impresión de que recién se estuviera tomando conciencia de la importancia de su praxis, pese a que hace 80 años el mismo Freud nos anticipara su importancia. Creo que ha sido el temor a perder la identidad (y el status) como psicoanalistas lo que ha trabado el desarrollo de la psicoterapia psicoanalítica con identidad propia.

En resumen, en cuanto a la identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado, podemos decir que el más idóneo suele ser aquel que ha echado profundas raíces en su análisis personal, se ha nutrido de la experiencia en sus supervisiones y ha enriquecido su entendimiento teórico desde la reflexión de las propuestas metapsicológicas del psicoanálisis, luego de lo cual ha quedado enriquecido en su posibilidad de ser él mismo, con suficiente tolerancia ante la incertidumbre de la labor analítica, amparado en un entendimiento creativo de su técnica.


El Cuerpo Institucional en Psicoterapia Psicoanalítica y en Psicoanálisis

El hombre es un ser gregario por naturaleza y la confluencia de identidades a partir de sus puntos en común lleva de manera natural a la organización de instituciones que las sostengan y que procuren el desarrollo de sus miembros.

Las instituciones tienen una dinámica muy vinculada con sus motivaciones fundacionales (tanto conscientes como inconscientes), con los momentos históricos en que surgen a la vida, con el carácter y temperamento de sus impulsores, con la posibilidad de sostener las necesidades de sus miembros, etc.

La Institución Psicoanalítica surge con una doble finalidad: la de favorecer el desarrollo del pensamiento matriz y la necesidad de defenderse de las críticas de sus detractores. Desde muy temprano se observa que hay una preocupación muy grande de cuidarse del riesgo de desviacionismos, de perder con ello la identidad de psicoanalistas. Este celo muy pronto deriva en una institución moralista y opresora, con requerimientos muy estrictos, casi iniciáticos, que promueven con facilidad sentimientos persecutorios.

El inicio vinculado al levantamiento de la represión sexual parece haber requerido, por desplazamiento, de un cuidado extremo respecto a "las tentaciones de caer en el pecado". A mi entender, por este motivo se recurre a una regresión anal de control de la sexualidad. De allí vendría una vertiente no observada suficientemente del sentido de "anál-isis". Esta sería una brevísima aplicación del modelo genético evolutivo al análisis del cuerpo institucional psicoanalítico.

Como quiera que se requieran de satisfacciones en este orden de funcionamiento, se instauran los rituales correspondientes de formación de los analistas. De ello deriva una suerte de sujeción sádico-anal a los preceptos invocados con carácter iniciático. La promesa: quedar libre de la amenaza de castración. Como colofón encubierto está todo lo que tiene que ver con "el sucio dinero", al que somos tan afectos, pero que es algo que no debemos mostrar.

En contraparte, en muchas ocasiones terminamos sometidos a los ataques sádico-anales de nuestros pacientes, en un masoquismo digno de mejores causas. Cada tanto alguien trata de salir de esta dinámica prevalente en las Sociedades de Psicoanálisis y se vincula a una Institución de Psicoterapia Psicoanalítica. Planteo, así, que la formación de la mayoría de instituciones psicoterapéuticas surge como una alternativa de salida de la opresiva dinámica sádico anal de las Sociedades Psicoanalíticas. Es posible que este proceso de salida sea facilitado por un previo desarrollo psicoterapéutico al que se retorna.

Las instituciones de Psicoterapia Psicoanalítica, visto así, resultarían como una suerte de "querida", que no siempre ha sido mostrada ni reconocida suficientemente, por un posicionamiento lleno de "transgresiones" que llevan a que no pueda ser expuesta con facilidad. En conversaciones personales con psicoanalistas de diferentes países que forman parte de instituciones de psicoterapia, he recogido expresiones de un sentimiento similar: en los Centros de Psicoterapia se respira tranquilidad, un clima de distensión, con muchísima menor carga persecutoria.

Ocurre que a las Instituciones de Psicoterapia se acercan las personas por afinidad, por el deseo de pertenecer; mientras que a las Instituciones Psicoanalíticas es porque, en principio, "tienen que estar", porque "si no, no son" o por la conveniencia proveniente del prestigio que estas instituciones tienen.

Esta condición medio clandestina en las organizaciones fundacionales de los Centros de Psicoterapia no favorece la "legalidad" de la psicoterapia como tal. Tiene, por tanto, que recorrerse un largo camino antes de que las identificaciones, que consolidan su cuerpo institucional, puedan trascender las necesidades originales en favor de un desarrollo propiamente psicoterapéutico. Esto tiene que traducirse en la letra y en la obra.

La actividad más importante de la institución deberá estar ligada al ejercicio y difusión de la psicoterapia. Debe haber armonía entre "lo que se dice y lo que se hace". Así lo hemos entendido en el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, en donde muy pronto notamos que inicialmente nuestra propuesta de formación era equivalente al de un instituto de psicoanálisis.

Al presente, hay una clara síntesis sobre la base de lo que es propiamente psicoterapéutico. A esto se suma que, desde hace casi nueve años, desarrollamos un programa de proyección social que atiende a personas de menores recursos, en donde el abordaje tiende a ser de tipo apoyo o de terapias focales y en el que participan obligatoriamente (desde hace tres años) todos los alumnos en formación de nuestra escuela de psicoterapia psicoanalítica. Una manera, además, de sensibilizarlos a la realidad nacional en la que vivimos.

En cuanto a institución, es notoria la fuerza que ha adquirido la nuestra, en el medio social en que se desarrolla, sobre la base de mantener una relación fundamental y sintónica con las carencias de nuestro entorno. Cada vez más instituciones nos solicitan ayuda o un convenio, sea de asistencia o de supervisión. Esto ha permitido un sentimiento de solidez sin desviaciones narcisísticas que esperamos derive en saludables identificaciones, en principio ,de nuestros egresados y, por qué no, de instituciones similares.

Creo que ha sido importante manejarnos con un espíritu de trabajo centrado en el logro de nuestros objetivos con amplia tolerancia para la constante reformulación. Esto ha sido posible gracias justamente al poder observar con "doble ojo", por un lado, la marcha institucional, la académica, administrativa y asistencial y, por el otro, los dinamismos propios de nuestra estructura grupal. Esta lectura de la dinámica grupal la hemos mantenido prácticamente desde los orígenes y abarca todos los estamentos de nuestro cuerpo institucional. Creo que es crucial para una institución, psicoanalítica o no, el mantener esta observación de manera permanente.

Otro factor a favor de un desarrollo sólido tiene que ver con la forma de conducción, con la ausencia de protagonismos y la posibilidad de, al evaluar la dinámica grupal, encontrar los recursos resolutivos en función de los intereses de la mayoría, no sólo de los que eventualmente dirigen la institución. Igualmente, se ha dado un paulatino y sostenido acceso participativo en el manejo de la institución a los miembros egresados de la misma.

El sentimiento de corporeidad lograda, nos llevó, en el año 1993, a realizar el "Primer encuentro Internacional de Escuelas de Psicoterapia Psicoanalítica", en el seno de nuestro V Congreso del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima. Asistieron representantes de seis países, además del nuestro. Se trataba de establecer lazos de confraternidad e intercambio científico. Allí propusimos una organización internacional que nos nucleara y sostuviera nuestros comunes desarrollos e identidades. Entendemos que el FLAPSIPP es el resultado de haber coincidido con inquietudes similares de otras latitudes.

Creo, para terminar, que cuerpo institucional supone integración y claridad de objetivos, más allá de la diversidad y las posibles diferencias. Supone vocación por el reconocimiento del otro. En suma, supone una decantación suficiente y necesaria de las necesidades narcisistas que favorezcan saludables procesos de identificación y pertenencia, sin sujeción a otro mandato que no sea el sostén de las necesidades comunes para enriquecerlos. La palabra libertad es indispensable a la hora de nutrir los compromisos y sólo con ella la solidez y la creatividad garantizarán la continuidad y la fortaleza de dicho cuerpo.

1993 Algunos aspectos dinámicos de la formación en psicoanálisis


II Congreso de Candidatos del Instituto Internacional de Psicoanálisis, Lima, 1993.  



Ante todo, quisiera agradecer la amable invitación que me hicieran llegar los candidatos del Instituto Peruano de Psicoanálisis para participar en este evento con un tema tan importante como es el de la formación, tema que están ellos viviendo de manera especial en su tránsito hacia la identidad psicoanalítica.

Debo decirles que participo gustoso, con los mejores deseos de compartir mi modesta experiencia.  No está demás señalar que he abordado anteriormente el tema de la formación, en particular a lo que atañe a los dinamismos propios de los grupos que conforman el contexto humano de la formación.  La base previa de mis informaciones tuvo que ver con la formación docente y directiva en el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima.  De estas experiencias y observaciones, recogidas junto a otros colegas, llegamos a la conclusión de la necesidad de integrar el manejo y resolución de las diferentes dinámicas que se presentan en los grupos, tanto de alumnos, como de profesores y directivos, incluyendo, también, en dicha observación y trabajo, al personal administrativo.

Por cierto que mi experiencia personal de formación va más allá de estos basamentos.  Parte del hecho mismo de mi nacimiento y abarca todos los pasajes de procesos de formación que he tenido y que, felizmente, aún prosiguen,  Así es que lo que hoy sostengo, como puntos de vista, corresponde tan solo a este breve capítulo de mi vida.  Por cierto, espero tener la oportunidad de participar de nuevos capítulos.

Supongo que mucho se ha escrito sobre este tema y tal vez quede poco que aportar.  Me voy a permitir, sin embargo, la sensación de ir descubriendo cosas que básicamente surgen de mi reflexión a partir de la invitación a venir a dialogar sobre la materia.

Voy a proponer ahora diferentes subtítulos para tener una mejor secuencia en el desarrollo de mi exposición.


    Sobre lo peculiar de la formación psicoanalítica

La idea de formación en psicoanálisis evoca de inmediato la tríada fundamental sobre la que descansa ésta.  Sin embargo, considero que la carta fuerte de una formación en psicoanálisis es el análisis personal, exigencia ineludible en cualquier instituto reconocido por la institución tutelar, la IPA.  Esto quiere decir que, mientras transcurre el período de formación, el candidato estará, de seguro, en proceso analítico; y, como sabemos, esto conlleva una movilización de sus defensas y mecanismos vinculados a la transferencia y regresión.  Todo esto aporta una importante cuota de fragilidad en el candidato respecto a sí mismo y a su relación con las tareas propias de su formación. El análisis personal supone, a la vez, un sostén del proceso de formación, tanto como una desestabilización operativa del mismo.  Se espera que la resultante sea una estructuración futura, que permita al analista dar cuenta de un proceso similar en la relación con sus pacientes. 

Otro componente de la peculiaridad de la formación analítica es el de orientarse permanentemente hacia la duda respecto a lo manifiesto, en una suerte de paranoia operativa que nos lleva a preguntarnos permanentemente “¿Qué hay detrás de todo esto? o ¿qué nos está queriendo decir?, etc. Ésta es una práctica que, cuando es demasiado exagerada, puede resultar desastrosa.

Recordemos una de las tiras cómicas de Woody Allen, en la que él sale con una chica que le dice ”te quiero” y él se pone a pensar “¿qué me estará queriendo decir?”  Vemos, pues, que esta relatividad de lo manifiesto aporta, también, su cuota de incertidumbre y requiere un gran equilibrio en el manejo de la posibilidad de no saber.

Tal vez aquí cabría un contraste con otras disciplinas que, como la formación militar, por ejemplo, plantean que el formando debe aprender a no dudar y tan solo sostenerse en el cumplimiento de los mandatos de sus superiores.

A estos fenómenos podríamos sumarle el del abordaje de la teoría psicoanalítica o, mejor dicho, de las teorías, con sus propuestas fascinantes y tentadoras, muchas veces cambiantes y algunas veces contradictorias, cuando no poco comprensibles.  Tener que aprenderlas en períodos cortos y con los distintos apremios de la formación, no siempre nos permite integrarlas fácilmente a la experiencia propia, ni siquiera con la esperada facilitación que pudiera adicionar el profesor, a favor o en contra de los puntos de vista propuestos, respecto a este  conocimiento de las teorías.

En el mejor de los casos, uno termina con una especie de Torre de Babel en la cabeza y no sabe ni dónde está parado respecto a las teorías, dudando si tomar partido por el “instinto de muerte” o por alguna “verdad lacaniana”; si por la “abstinencia a ultranza” o por recurrir a la “empatía”.  En medio de estas incertidumbres, uno puede caer en la tentación de asumir algún concepto teórico como “dogma”.  Algunas veces ayuda y algunas veces complica saber, con el tiempo, que las teorías suponen tan solo un asidero, un intento de explicación.

Todo esto y otros factores que se agregan, como el tener que trabajar con pacientes en supervisión durante un lapso mínimo determinado por la institución, cuando uno nunca sabe si llevará a término el análisis que está siendo supervisado, si podrá mantener las supervisiones, los pagos, etc., generan un clima de gran incertidumbre y tensión que, como veremos más adelante, puede relacionarse  -vía regresión-  con fantasías particulares que pueden perturbar el proceso de formación. 

La formación, pues, transcurre entre procesos de desestructuración con posteriores integraciones, con grandes incertidumbres, hasta encontrar la luz que, como en Lima, siempre se hace esperar.  Encontrar la respuesta en el límite de la incertidumbre y la experiencia de la propia reestructuración, devienen en factores que aportan la confianza en la bondad del proceso que hemos asumido para lograr reparar, reparándonos.

Poder conservar, cada vez más, una mirada que desde nuestro interior nos guíe durante el proceso del entendimiento analítico, es la muestra fehaciente de que hemos encontrado la identidad como analistas.  Logrado este objetivo, podríamos decir que nunca más seremos los de antes, nunca más nos tendremos que enmarañar en el engaño racionalizador o evasivo.  Claro está que el “nunca más” es una manera de hablar, ya que felizmente nos queda una tarea por delante en la que tendremos que rescatarnos permanentemente de la posibilidad de pérdida de nuestra adquisición, en los avatares de las movilizaciones transferenciales y contratransferenciales, propia de nuestro cotidiano y particular ejercicio profesional.  Serán, pues, necesarias eventualmente unas horas de supervisión y acaso un re-análisis, si podemos superar algunos prejuicios que se generan en un entorno tan reducido como el nuestro. 

Más adelante, veremos cómo resulta necesario extender el elemento de sostén  de la formación institucional a los miembros ya laureados, como forma de facilitar este proceso de rescate.  Ésta es una situación poco viable si el contexto institucional es poco sostenedor o más bien persecutorio.


2    El proceso de cambio en los candidatos: hacia la identidad psicoanalítica

Tal vez el camino natural de la formación psicoanalítica parte de una idealización de la identidad y/o del quehacer psicoanalítico.  Ciertamente, esto está apuntalado por un bien ganado prestigio del psicoanálisis.  Pero, una cosa es el psicoanálisis y otra los psicoanalistas o las instituciones psicoanalíticas que imparten la formación.  Por tal motivo, no siempre el resultado final de una formación psicoanalítica está mediado por una saludable des-idealización que devenga en una visión real de sí mismo como tal.  Muchas veces, la salida está forzada por una marcada sobre-idealización; en otras ocasiones, la resultante es confusa y necesita una larga intermediación del tiempo para encontrarse con su identidad; algunas veces, podremos observar des-idealizaciones catastróficas de la institución o de la identidad analítica.

En medio de todo esto, estamos hablando de la necesidad de procesar nuestro narcisismo y nuestra omnipotencia, los cuales, en general, son recursos  utilizados en situaciones de carencia estructural y que tal vez nos resulte necesario movilizar en ocasiones, dada la fragilidad en la que transcurre nuestra labor profesional y debido a las dificultades propias para encontrar estructuras de sostén y elaboración para nuestras movilizaciones debidas justamente a esta fragilidad.

El candidato desarrolla, como dijimos anteriormente, intensas transferencias y las ya mencionadas idealizaciones.  Esto constituirá un cierto sostén al inicio de la formación, pero al final del camino, ineludiblemente, tendrán que quedar fuera algunos “muertitos”, como el niño, el de “su majestad el bebé” y el "padre todopoderoso", extensión del yo ideal.  Pero en esta tarea, el candidato no siempre será asistido por facilitadores del entorno, especialmente si en este entorno seguimos idealizando o, mejor dicho, dando de lactar a “su majestad el bebé”.  En general, tal vez notemos más bien nuestros sentimientos de frustración por no encontrar un ideal sostenedor.

La resolución de la transferencia desarrollada en el trabajo personal algunas veces encuentra dificultades debido a la continuidad del vínculo analítico con la institución.  Por tal motivo, la condición de “padres e hijos” o alguna otra constelación de la trama parental primaria no accede a la posibilidad de “descansar en paz”; es decir, no hay un filicidio simbólico efectivo ni un parricidio simbólico en salud.  Más bien, las culpas o ansiedades que se generan empujan hacia dificultades para procesar la identidad de sí mismos, como singulares y actuales, como analistas que han logrado desprenderse de una identidad sostenida por la tutela de la institución.

Anteriormente, me he referido a la mirada analítica interior, que da cuenta de los hechos en el aquí y ahora; mirada que resulta determinante para lograr una identidad como analistas.  Pero tiene que ser un yo observador y no un superyó el que ocupe este lugar.  No hay lugar para el “deber ser” allí donde simplemente “se es”.  No se trata ya de satisfacer a nadie sino de poder encontrarse en medio de las complejas interacciones que nos toca llevar adelante.

Todo resto transferencial debe derivar a la institución, con la que nos relacionaremos anaclíticamente, porque la necesitamos, pero lejos de una moción infantil o grandiosa, ya que solo desde una resultante de libertad interior para el compromiso podremos decir que sostenemos nuestra identidad.

Pero no siempre las transferencias llegan a constituir una institución ideal del yo-superyó que nos estimule y sostenga.  A veces, los fines pueden ser distorsionados y anclar en realizaciones propias del ejercicio del poder omnipotente.  Nos olvidamos, así, de sostener conjuntamente lo más valioso de nuestra identidad, que es el pensamiento psicoanalítico, el pensar analíticamente.  Por este motivo, necesitamos reconocer la realidad de nuestras necesidades de sostener el pensamiento psicoanalítico para seguir desarrollando, para seguir formándonos, para evitar la pérdida de nuestra identidad.

¿Cómo extrapolar lo que antes dijimos que era válido para rescatarnos de estos problemas en lo individual?  Pues no es otro el sistema: la mirada analítica, el trabajo analítico, esta vez aplicado al grupo que ha perdido la brújula de la orientación analítica, la observación de los fundamentos de nuestra acción grupal, poder usar esa duda saludable que requerimos para preguntarnos “¿qué estamos haciendo?, ¿qué nos está pasando?, ¿hacia dónde vamos?”.

Volviendo al tema de los candidatos -al tema de todos nosotros, en realidad -, no debemos perder de vista que importa mucho, en la decantación de la identidad, la estructura en la que ésta se desarrolla, la estructura que la sostiene.  La identidad es la suma y resta de nuestros procesos de identificación y desidentificación. No cabe duda que en ello juega un papel importante algo más que solamente el proceso personal de análisis; importa mucho la instancia global sostenedora del proceso de formación.


3     Los procesos de grupo en la formación psicoanalítica

Los procesos grupales se dan en cualquier grupo humano que intente integrarse como grupo de trabajo.  Así que, de por sí, debemos esperar que el grupo tenga una cierta evolución como tal hasta adquirir la cualidad de lo que Bion [1] llama “el grupo de tarea”.  Dicha evolución transitará por momentos de funcionamiento sostenidos por lo que Bion denomina “supuestos básicos”. 

Yo no me he detenido a examinar cuál ha sido la evolución de  los grupos de candidatos de las diferentes promociones del Instituto Peruano de Psicoanálisis como para poder decir si existe alguna característica evolutiva detectable que se repita, por ejemplo, en cada año evolutivo.

Sí puedo referirme a algunas observaciones relacionadas con los alumnos de la Escuela del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima.  Por ejemplo, hay una cierta constancia en el hecho de que, al término del primer año, se presentan reacciones de des-idealización y un activo funcionamiento desde supuestos básicos, sean éstos de “ataque-fuga” o de “dependencia”.

En relación a estos fenómenos, se pueden detectar fantasías persecutorias de tipo filicida o de abandono gravoso por parte de “los padres”.  En medio de ello, se producen movilizaciones sintomáticas que expresan dichas fantasías de diferentes maneras: inasistencias, incumplimiento de las tareas, falta de lecturas, omisión de los pagos, etc.

En ocasiones, se ha podido observar que estas tensiones desencadenan conflictos entre los compañeros y fantasías fratricidas que, algunas veces, llegan a promover retiradas expiatorias de algunos de los miembros.

Frente a estos contenidos, los miembros del equipo pueden reaccionar, a su vez, sintomáticamente. De esta manera, aparecen “olvidos”, “evitamientos” y “sobrecompensaciones”, detrás de los cuales podemos detectar ocultos sentimientos de culpa y búsqueda de negación de las propias fantasías filicidas, patricidas, fratricidas, etc.

Muchas son las cosas que se pueden examinar en la observación de las dinámicas institucionales.   A veces, por ejemplo,  observamos que las cargas de las tensiones institucionales derivan hacia la persona de la secretaria, quien, por supuesto, traducirá “acuso de recibo”, algunas veces también de manera sintomática, pudiendo llegar a presentar fantasías de “inmolación salvadora”.

En cualquier caso, creo que resulta altamente saludable para el funcionamiento institucional y para el aprendizaje mismo del psicoanálisis el considerar la comprensión de los fenómenos grupales que se producen al interior de la institución.

No debemos perder de vista que necesitamos de la institución y que, por tal motivo, requerimos sanearla del fantasma del funcionamiento desde premisas de supuestos básicos; es decir, desde el funcionamiento desde niveles de proceso primario.  Es necesario declinar nuestra necesidad restitutiva de ser admirados en el contubernio del objeto analítico en favor de ser apreciados en nuestra institución.  Es en esta situación en la que nos podremos robustecer y asegurar la continuidad de nuestra formación.



[1] Bion, Alfred… Experiencias en grupos.  Buenos Aires, Paidós, 1963. 

1991 Vicisitudes en la consolidación de una identidad en psicoterapia psicoanalítica

Pedro Morales y Juan Paz Soldán

II Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis “El múltiple interés del psicoanálisis 77 años después”.  Lima, 1991.

Publicado en el libro: Lemlij, Moisés (compilador)… El múltiple interés del psicoanálisis – 77 años después.  Lima, Biblioteca Peruana de Psicoanálisis, 1991.


Quisiéramos empezar señalando que este trabajo es un intento de lectura, dentro de varias otras posibles, de la compleja gama de fenómenos que se produjeron entre profesores y alumnos de la Escuela del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, centrado en el problema de la identidad y que abarca el largo proceso de evolución que se ha ido dando desde su fundación, hace cerca de 8 años.

Para los fines de nuestra exposición, es necesario aclarar que tanto los fundadores como el cuerpo docente, base de dicha escuela, son psicoanalistas.  Que, si bien se han ido integrando profesores de otras disciplinas y también graduados de las primeras promociones de la escuela, dicha actividad es realizada aún por una mayoría de profesores psicoanalistas.

La tesis que vamos a desarrollar postula que en el encuentro docente se producen fenómenos de idealización, con lo que el mayor riesgo es no lograr consolidar la identidad como psicoterapeuta y esto tendría que ver en buena medida con la dificultad de los analistas profesores para des-idealizar su propia identidad o su quehacer.

El deseo de profundizar el tema surgió en el seno de las jornadas internas de la escuela del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, realizadas en el mes de julio último.  En éstas, se utilizó la modalidad del trabajo en pequeños grupos.  Uno de dichos grupos era el de los profesores analistas, mientras que los restantes estaban conformados por una mixtura de miembros de las diferentes promociones de la escuela (alumnos y exalumnos).  De los temas abordados, fue cobrando preeminencia el de la identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado.  Todos tuvimos la sensación de que, paulatinamente, los psicoterapeutas del grupo podrían sostener tanto la discriminación como las identificaciones provenientes de la relación con sus mentores psicoanalistas.  Estas posibilidades permitieron, inclusive, resolver in situ el reto descalificador de uno de los analistas presentes, quien, tomado por la dinámica, explicitó puntos de vista que remitían la labor del psicoterapeuta a un ejercicio bastardo del psicoanálisis.  La respuesta de los confrontados con esta imagen se limitó a un deslinde del campo de acción, exento de ataques o expresiones que denotaran angustias primarias o de desestructuración persecutoria.

Parecía que, por primera vez, estábamos frente a la asunción de un lugar propio, de un real acercamiento a la propia identidad como psicoterapeutas.  La verdad es que sentimos una gran satisfacción y una suerte de alivio.  Las vivencias llegaron a su clímax cuando, en la reunión final, desde el fondo de la experiencia vivida y a manera de un insight, alguien propuso crear la Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica.  Ante esta convocatoria, algunos de los analistas expresamos nuestro deseo de pertenecer a la misma, connotando así no solamente el reconocimiento que ellos mismos estaban haciendo como tales sino, también, permitiendo desde el fondo de nosotros la identificación con el emergente logrado, que concitaba nuestra propia identidad como psicoterapeutas.

Valga decir que, hasta ese entonces, no había sido lo más frecuente recoger expresiones de valoración por su formación, por la pertenencia a la escuela o por la identidad como psicoterapeutas.  Más bien, teníamos registrada algo así como una resistencia a reconocerse como tales, con tendencias recurrentes a encontrar motivos para sostener que su práctica es el psicoanálisis, colocándose, por tanto, en dificultades para decidir si son o no son psicoanalistas.

En este sentido, encontraban apoyatura en algunos psicoanalistas que expresaban su opción por la no diferencia, basados tal vez en el sentido de la aplicación de la técnica.

Por el contrario, otros psicoanalistas movilizaban en ellos una sensación de horror cuando señalaban no sólo la diferencia sino que, como en el caso citado de la dinámica grupal de las jornadas, abrían un abismo de diferencia, restando valor al quehacer del psicoterapeuta, a quien veían como un psicoanalista a medias, en tanto consideraban que se es o no se es psicoanalista y si no se es no sirve o es pobre la resultante de su actividad.

Por cierto, desde propuestas de este tipo, la identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado es poco apetecible si no es que resulta vergonzosa.

La historia de una lectura descalificadora de la labor del psicoterapeuta y su técnica viene de muy antiguo.  Freud, en 1918, decía (1):

En la aplicación popular de nuestros métodos, habremos de mezclar el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión directa… Cualquiera sea la estructura y composición de esta psicoterapia para el pueblo, sus elementos más importantes y eficaces continuarán siendo, desde luego, los tomados del psicoanálisis propiamente dicho, riguroso y libre de toda tendencia.

Con esta idea coincidieron otros autores, modificándose con el tiempo la actitud frente a la psicoterapia.  Eso sí, prevalece hasta el presente la idea de que solo el psicoanálisis es capaz de originar cambios profundos, es decir, estructurales.  Cabe anotar que, al respecto, Wallerstein, en su artículo Psicoterapia y Psicoanálisis (2), reivindica ampliamente las posibilidades de lograr dichos cambios también desde la aplicación de técnicas propias de la psicoterapia, lo que ocurre, por ejemplo, con la psicoterapia de apoyo.

Volviendo ahora sobre el tema propuesto, el de las vicisitudes de la identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado, quisiera contar una pequeña anécdota, proveniente de la supervisión a un egresado de la escuela.  Me contaba que estaba mucho más suelto en el trabajo con sus pacientes y que, en realidad, esto no era una novedad; que, antes de entrar a la escuela tenía una actitud similar, más espontánea, pero que, al recibir tantas indicaciones sobre la técnica psicoanalítica, se había sentido inhibido.  Lo mismo le pasaba en la confrontación con compañeros que mostraban sus habilidades en el uso de jerga psicoanalítica.  Ellos le originaban tal sentimiento de “no saber” que se la pasaba la mayor parte del tiempo callado y sin preguntar.

Vemos, aquí, cómo las exigencias ideales puestas en la formación promueven una sensación de parálisis y una dificultad para acceder, en principio, al reconocimiento de las propias capacidades y, en sucedáneo, al procesamiento de los elementos proyectados del ideal.

Quiero remarcar que una de las dificultades que se le presenta al psicoterapeuta en formación, para procesar su identidad como tal, es la de la idealización de la identidad del analista, de la técnica psicoanalítica o de su teoría.

Este problema no encuentra solución cuando, teñido por las urgencias propias del Yo ideal, la relación con el ideal del Yo no puede derivar en una saludable identificación a la par que con un encuentro consistente con la propia  identidad.

Para que este problema sea resuelto, es menester que aquél sobre el que recae la proyección del ideal  -por ejemplo, el padre-  haya resuelto en sí mismo el problema.  Esto lo ayudará a no colocarse en el lugar del ideal que el otro busca encontrar en él.  Tendrá, igualmente, que estar a la altura de reconocer a su hijo como real y no como el que quisiera ver.  Ciertamente, lo mismo vale para el psicoterapeuta o para el psicoanalista.  La manifestación más frecuente de este tipo de dificultad en los terapeutas y analistas sería el uso estereotipado de su propuesta técnica idealizada. Grados mayores de este compromiso se darán en el interjuego de la relación transferencial-contratransferencial en el proceso de la cura.

Si un analista tiene idealizada su identidad o su técnica (o las dos cosas, lo que es lo mismo) y tiene en tratamiento a un futuro psicoterapeuta, es posible que no le sea fácil ayudarlo a resolver las contingencias de su identidad profesional.  No se crea que estos problemas  -el de la identidad y el de la elaboración de las idealizaciones-  ocurren solamente en la relación con el psicoanalista.  Lo mismo ocurre, variables más o menos, en la relación con un psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado y su paciente, quien igualmente lo idealizará.

Estamos planteando que una fuente de trabajo básico de la idealización se da en el proceso terapéutico exigido en toda formación que se precie de seria.  De este trabajo, eventualmente surge el deseo de reorientar el camino de la búsqueda, dirigiéndose hacia la formación como psicoanalista.  Se entiende que  -sea que se consolide como psicoterapeuta o psicoanalista-  si se ha elaborado efectivamente el problema de la idealización, la resultante tendrá bases que permitan una suficiente discriminación entre el “sí mismo” y su “ideal”, con lo cual podrá relacionarse sin confundirse y sin fundirse con éste.

Otro terreno, central para la resolución del problema de las idealizaciones y la asunción de la identidad, es el de la relación profesor-alumno en el seno mismo de la escuela.

Es trascendental que los analistas a cargo de la formación resuelvan paralela o previamente las idealizaciones, tanto de su propia identidad como de todo su quehacer.  De no hacerlo, ésta se le transmitirá al futuro psicoterapeuta de distintas maneras.  La más abierta  -hasta diría, más honesta-  es la que pudimos observar en el emergente de la dinámica grupal de las jornadas internas ya mencionadas, que consiste en la descalificación de la actividad psicoterapéutica en tanto no es “el análisis”.

Otras formas, más riesgosas tal vez, son las que se deslizan en la silueta o en el acto sintomático en el proceso de enseñanza. Mirando retrospectivamente a la búsqueda de detalles de este tipo, pudimos recordar que buena parte de los inicios de la formación en la escuela habían tenido un marco singular.  Teníamos un manejo sumamente gratificador, propicio a las necesidades idealizadoras de los alumnos.  Tan permisivos éramos, que el manejo era francamente un laissez faire, sin mayor exigencia en el cumplimiento de las premisas de formación.  Los profesores éramos todos directores, que modificaban los acuerdos de trabajo sobre la sola base de una solicitud del  alumno y una cierta dosis de magnánima inspiración.  Cualquiera podía instalar la ley ahí mismo, en el momento.  Todos éramos ley; no había ley.

Por aquella época, la totalidad de la formación de un psicoterapeuta tenía que ver con el psicoanálisis, basándose en la lectura de la teoría y la técnica de Freud.  Las clases eran dictadas por psicoanalistas, las supervisiones dadas por psicoanalistas, los procesos personales de terapia eran llevados por psicoanalistas, la escuela era dirigida por psicoanalistas…  ¿Esperábamos, acaso, que los alumnos se dijeran “somos psicoterapeutas”?  No nos percatamos que esta identidad no tenía parangón en nuestro medio, que recién se estaba echando  a andar. Estábamos tan inmersos en nosotros mismos que no reconocimos la necesidad de una mayor diferenciación.  Nosotros mismos no planteábamos las bases necesarias para la diferenciación, pero la exigíamos.  ¡Qué paradoja!

Eso sí, muy temprano comprendimos  que debíamos resolver montones de cosas entre nosotros y en ello nos ayudó justamente nuestra experiencia anterior como psicoterapeutas, experiencia enriquecida, claro está, con la formación en psicoanálisis.  El poder introducir cada vez más una lectura e interpretación de nuestra dinámica grupal, primero a nivel de directivos y luego en forma más amplia con los profesores que se fueron integrando,  favoreció el que se fueran atenuando los protagonismos carismáticos idealizados… e idealizables.  En cambio,  fuimos reconociendo, cada vez más, nuestras propias carencias, así como la necesidad de unir esfuerzos para resolverlas.

Al principio, la tendencia a la condena ante nuestras propias trasgresiones, proveniente de la dificultad de aceptarnos como no ideales, nos colocó en repetidas oportunidades al borde mismo de la ruptura.  Paulatinamente, gracias al trabajo grupal, pudimos ir integrándonos mejor en función del aporte de lo mejor de cada uno.  Poco a poco, se fueron perfilando las maneras de lograr los objetivos de desarrollo buscado; no sólo en cuanto a formación; también, nos preocupaba encontrar y ampliar un espacio de encuentro desde donde sostener nuestras posibilidades de pensar y desarrollar nuestro quehacer creativamente.  Nos acostumbramos a leer, en el emergente grupal, el mensaje a resolver que a todos nos tocaba.  Múltiples expresiones de solidaridad en lo personal cimentaron la confianza en la posibilidad de comprensión y acogida cálida, aunque en medio de ello estuviera alguna dura confrontación con la realidad.  La resultante, creo, es que no nos llegamos a manejar sin escisiones ni repudios, propios de la idealización no resuelta.

Bueno, muchas más cosas ocurrieron en el intento de hacernos menos ideales y más reales.  No es casualidad, sin embargo, que fue el contexto de trabajo grupal, que tanto nos ayudó en dicha gestión, el que haya dado marco al inicio de una nueva etapa en la evolución de la identidad de los psicoterapeutas de la escuela.  En aquella jornada, cada grupo buscó el encuentro de su historia develando tanto sus mitos como las realidades, en la posibilidad amplia de cercanía y discriminación simultáneas, pudiendo sostenerse en la mutua y múltiple mirada sin confundirse, más bien identificándose, reconociéndose como semejantes más no idénticos.

En conclusión, la superación de las idealizaciones y, en particular, de la idealización del psicoanálisis y la identidad del psicoanalista en el equipo de profesores, han contribuido notablemente a que, en la escuela en mención, los psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados, que allí se forman, vean facilitado el desarrollo de su propia identidad.  En dicha labor, ha sido de fundamental importancia el trabajo de los emergentes dinámicos con la lectura propia de la dinámica de los grupos.  No quisiera dejar de decir que ayudó mucho el desarrollo de la amistad entre sus miembros.

Como factores que ayudaron a que fuera posible contener los emergentes de idealización, resumo los siguientes:

   1.    El mantenimiento permanente de la observación de la dinámica grupal, tanto en los profesores, en los alumnos, como en la interrelación de los mismos.

    2.    La derivación hacia la institución de los elementos propios de la necesidad de prestigio por parte de los conductores de la misma.  Alternancia del protagonismo personal, reforzado por la permanente rotación de profesores y cargos.

    3.    Incorporación de nuevos profesores, no necesariamente psicoanalistas, siendo algunos de ellos graduados de la escuela y otros de diferentes orígenes, como del psicodrama, terapeutas de familia, expertos en técnicas de relajación, gestaltistas, etc.

    4.    Incorporación en el plan de estudios de temas propios de la psicoterapia (psicoterapia breve, de la psicosis, de emergencia, de grupo, etc.), además de las bases de la teoría psicoanalítica.

    5.    Mayor definición en la dirección de la institución como una función antes que como consecuencia del manejo del poder.  Incorporación a las funciones directivas de graduados de la escuela.

    6.    Una definición orgánica más efectiva de las estructuras de la escuela, con un mejor basamento administrativo y con un celoso seguimiento y asesoría en la evolución del alumno; es decir, un mejor aporte para un setting formativo, con mayores bases de realidad.

     7.    Promoción de la actitud reparativa antes que de la condena ante situaciones de error u omisiones.  La confianza, sustentada en la búsqueda del sentido común tanto como de la lectura psicoanalítica de los fenómenos emergentes.  Es decir, la transmisión del espíritu además de la letra impartida.

   8.    Como consecuencia de lo anterior, constitución de una ley respetada por todos, profesores y alumnos.  Una conducción directriz significativa tan sólo desde sus posibilidades de representación y sostén de dicha ley.

     9.    La búsqueda constante de la participación de los alumnos en actividades propias de la institución, lo que supone el reconocimiento tanto de sus posibilidades como de las necesidades de sostén y ayuda de la misma.  Se resta, así, peso a la lectura omnipotente-dependiente en la relación escuela-alumno.

    10. El reconocimiento administrativo de las dificultades propias del país, dentro de criterios realistas de sostén-apoyatura en el esfuerzo por resolverlas.

    11. Incorporación en el curso introductorio de reuniones de dinámica grupal, con un trabajo dirigido al mejor conocimiento de la estructura y finalidad de la escuela.  Decantación, en lo posible, de las distorsiones propias de las fantasías al respecto.

   12. Reuniones periódicas de tutoría y evaluación semestral con un tutor en las diversas promociones (cada promoción tiene un tutor).

    13. Jornadas anuales de los profesores para revisar la estructura de los cursos y la marcha de la institución, además de reuniones mensuales con el mismo fin.

   14. Por último, cualquier dificultad, en cualquier nivel, es una dificultad de todos los miembros, sea para supervisar, contener o ayudar en cualquier sentido y se trate de quien se trate.

  
Bibliografía

     1)    Freud, Sigmund… Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica.  En: Obras Completas, Tomo XVII.  Buenos Aires, Amorrortu, 1979.

    2)    Wallerstein, Robert … Psicoterapia y psicoanálisis. En: Libro anual de psicoanálisis. Lima, Ediciones Psicoanalíticas, 1989.