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miércoles

2006/11 Eros Terapéutico y Psicoterapia Psicoanalítica

APAL: “Homenaje al Dr. Carlos Alberto Seguín”.  Noviembre de 2006



Fue en 1962 que el maestro Seguín publicó su libro “Amor y Psicoterapia”, en el cuál dedicó el capítulo final a la sustentación de su propuesta de un “eros psicoterapéutico”. A partir de allí podemos hacer la siguiente observación: Seguín nos propone el “eros psicoterapéutico” como una expresión del amor. Describe al “eros psicoterapéutico” como un amor “diferente al amor sexual, libre de autoridad o posesión, de identificación, de dogma, de imposición de valores, reglas o conocimientos y de atracción sexual”.

Yo, que me formé en la escuela de Seguín, puedo dar fe de que, por lo menos en lo personal, encontré en el maestro una disposición ajena al dogma, al autoritarismo, al “discipulaje” y a la explotación en cualquier sentido. No impartía norma que no sostuviera con su propio ejemplo; éramos libres de tomar lo que se nos ofrecía y de dar sin coacción.

En ese ambiente acogedor y de libertad creció mi preferencia por la corriente psicoanalítica. Le debo al Dr. Seguín y a todos los miembros de su “escuela del obrero” mi reconocimiento y gratitud por haber contribuido a que sea el terapeuta que soy: un terapeuta “a mi manera”, lo cuál, según entiendo, es el sentimiento común de quienes nos formamos allí. Creo que todos crecimos así al lado del maestro, sin otra impronta que su espíritu abierto.

Digno de mayores homenajes, el acercarnos a su obra es apenas una pequeña devolución de la gran deuda –que no me atormenta, aunque siempre la tengo presente- y que espero nunca terminar de pagar porque la disfruto, como siempre ocurre con la gratitud.

Me propongo revisar el tema a la luz de los aportes de tres destacados autores psicoanalíticos: Sigmund Freud, Melanie Klein y Donald Winnicott, mis otros maestros.

Para Freud, el amor “diferente al amor sexual”, del que nos habla Seguín, provendría del proceso de “sublimación”, concepto sobre el cual no se extiende mucho a lo largo de su obra, pero que se refiere a “uno de los destinos de la pulsión”, que consiste en la “desexualización” de su meta original.


Eros psicoterapéutico y sublimación:

En su primera teorización sobre la organización del aparato psíquico, Freud adjudicaba particular importancia a la teoría de los instintos. La polaridad entre instintos sexuales e instintos de autoconservación era el motor de un conflicto de fuerzas que derivaba en una organización dinámica destinada a paliar el caos energético en pugna por lograr una descarga.

Esta tesis prevalece por casi dos décadas y va declinando a favor de una nueva dualidad pulsional, la de “eros” y “tánatos”, que es la definitiva tesis pulsional freudiana. “Eros” tiende a la vida y “tánatos” a la muerte. Junto con este vuelco en la teoría de los instintos aparece el punto de vista estructural del aparato psíquico, allá por los años veinte.

Según la primera teoría, el concepto de “eros terapéutico” sería la consecuencia de un procesamiento de los perentorios e irracionales fines instintivos, que recibe la denominación de “sublimación”. En esencia, Freud relacionaba la sublimación con la “desexualización”, la orientación de la primitiva energía sexual hacia fines distintos a los originales.

Freud nunca dejó de dar importancia prioritaria a los instintos y tan es así que al “yo” le adjudicó tan sólo una condición de vasallaje. De esta manera, el “yo” sería apenas una instancia ejecutiva permanentemente jaqueada por el “ello” y por los mandatos restrictivos del “superyó”.

En el mandato superyoico de poner en jaque a los instintos, en particular respecto a la resolución del Complejo de Edipo y la renuncia a la concreción del incesto, encontraríamos la fuente de la capacidad para la sublimación y para establecer vínculos libres de la perentoriedad instintiva o posesiva.

El “eros psicoterapéutico” sería, así, un logro evolutivo; pero valdría la pena discriminar, en la consecución de dicho logro, lo que proviene de la amenaza de una sanción (la castración, instrumento esencial en la tesis freudiana) de lo vinculado al fortalecimiento yoico en su versión altruista, proveniente del estímulo del “ideal del yo”.

Es interesante recordar que la energía misma del “yo” la describe Freud como proveniente de la “desexualización”.

Aquella organización proveniente de la impronta superyoica podemos emparentarla con la moral, con el ordenamiento deontológico; mientras que las expresiones con apoyatura en el “ideal del yo” serían la manifestación misma de la ética, posición en la que estamos ubicando al “eros psicoterapéutico”.

Cabe preguntarnos si esta segunda resultante tiene sólo un punto de partida instintivo “a sublimar” o si es que nos asisten también otras emociones y afectos emparentables con el concepto de “eros” como, por ejemplo, la espiritualidad.

En el contexto de la psicoterapia, por lo dicho, creo que podemos ubicar al “superyó” como la instancia organizadora de un “tánatos terapéutico”, que permitiría el mejor manejo del instinto agresivo, concepto éste (el de “tánatos terapéutico”) que propusiera hace ya mucho Saúl Peña; mientras que la terapia amparada en el “ideal del yo” corresponde a plenitud con la propuesta seguiniana de “eros psicoterapéutico”. La forma en que la propone el maestro puede, sin embargo, acercarse a una configuración idealizada de la posición del terapeuta.

Sabemos que ambos elementos (eros y tánatos) se entretejen necesariamente a la hora de lidiar con la patología. Es en el Yo que este tejido resulta óptimamente edificante de un resultado terapéutico, una vez procesados los avatares de su desarrollo. Cuando observamos un predominio superyoico en el trabajo terapéutico, éste derivará en una suerte de “cura moral” o en respuestas de sumisión adaptativa por parte del paciente.

En esta primera lectura freudiana, el verdadero “eros terapéutico”, a la manera como nos lo presenta Seguín, se daría en el trabajo de búsqueda de los propios ideales del paciente, sostenido en el proceso por un funcionamiento coherente del terapeuta respecto a sus propios ideales puestos en la profesión y, por tanto, libre de conflictos pulsionales.


“Eros psicoterapeutico” en Melanie Klein:

Desde Melanie Klein, el “eros terapéutico” provendría de la prevalencia de la capacidad reparativa sobre las tendencias innatas a la destrucción que habitan en todo ser humano. Para lograrlo, tendría que darse un proceso de integración de las tendencias opuestas, representadas por un “yo” que odia y ama a su objeto, al mismo tiempo que le es posible aceptar la relación con un objeto que lo odia y lo ama a él.

En Melanie Klein, la capacidad para la reparación, indispensable para el proceso terapéutico, incluye necesariamente un componente tanático, el cuál, sostenido por la capacidad para amar (que supone ineludiblemente el reconocer al objeto) protegería de la humana tendencia a dañar o de vincularse de manera idealizada o narcisista.

Es de suponer que todo terapeuta naturalmente ha tenido que conocer de las vicisitudes del dolor, del odio, de la rabia, de la envidia, etc., y, por tanto, haya tenido que aprender a repararse y a reparar, como única vía para la estabilidad en la relación con el otro.

Apoyada como está en la segunda dualidad pulsional freudiana, la teoría kleiniana entendería la propuesta seguiniana como un proceso de idealización o de una reparación maníaca (con negación de la propia agresión), ya que la única reparación posible requiere del reconocimiento en sí mismo (en el terapeuta) de dichos componentes pulsionales y ello incluye la capacidad de reconocer el odio por el paciente, tema que desarrolla más ampliamente Winnicott, cuyas ideas revisaremos a continuación.

De todas maneras, cabe plantearse, siempre siguiendo una reflexión kleiniana, que un consistente proceso de integración derivará en una estructura íntegra, es decir, con la solidez necesaria para enfrentar la experiencia de desintegración propia y ajena sin perder el rumbo del proceso.

La integración consistente, en tanto así, permite un funcionamiento elástico, indispensable para el funcionamiento con variables dentro de los procesos terapéuticos. Nos protege, igualmente (aunque nunca de manera absoluta), de los peligros de la dogmatización (que más que integración es una petrificación defensiva ante ansiedades persecutorias o depresivas), sobre los que nos advierte el Dr. Seguín.

Una efectiva integración supondría una amplia capacidad para la simbolización y una garantía suficiente para un uso creativo de la fantasía sin demasiado margen para la confusión identificatoria con el paciente, otro de los riesgos sobre los que también nos previene Seguín.


“Eros psicoterapeutico” desde Winnicott:

Me resulta más fácil identificar la propuesta seguiniana de “eros psicoterapéutico” con los argumentos psicoanalíticos en los que se ampara Donald Winnicott.

En principio, la propuesta winnicottiana apuesta esencialmente a la organización del ser en base a su posibilidad - o no - de sostenerse en el vínculo con su madre (o representante). Todo ser nace con una tendencia natural a desarrollarse, que tan sólo (poca cosa, diría Winnicott) requiere que no se la perturbe demasiado.

Las urgencias instintivas quedan supeditadas al desarrollo y fortalecimiento yoico, que en un primer momento corre a cargo de la madre y su capacidad de relacionarse personalmente con él (no solamente satisfacer sus demandas instintivas). Esta madre respeta a ultranza las limitaciones y capacidades del pequeño ser en desarrollo.

La experiencia temprana de crecimiento con apoyatura total en un otro da lugar a un sentimiento de confianza básica que abre el camino tanto para una existencia personal como para una relación empática con los demás.

El psicoterapeuta que maneja la relación con sus pacientes en los términos del “eros psicoterapéutico” seguiniano, es decir, con posibilidades amplias de postergación de sí mismo en favor del desarrollo, crecimiento o fortalecimiento de un otro, tendría como base un saludable pasaje por una relación temprana con su madre y/o una experiencia de vida con posibilidad de intimidad con familiares, amigos o maestros (también con analistas o psicoterapeutas).

Es interesante observar que Winnicott no excluye el componente agresivo en una relación normal o natural. El asunto en ciernes es si esta experiencia emocional es sostenida o no por el “yo”. Por otro lado, sin excluir los componentes hereditarios, vincula mucho más las irrupciones agresivas o violentas con las fallas vivenciadas en el desarrollo de su tendencia natural. Es decir, las emparenta más con mecanismos defensivos (expresión última de una necesidad yoica de controlar la situación).

En Winnicott había claridad respecto a que la agresión, en lo posible, requería ser usada para fines de confrontación estructurante y no para reacciones vengativas o hirientes; es decir que, en última instancia, la consideración por el estado del otro es prioritaria. Entendemos que es así, básicamente, como lo plantea la prédica seguiniana.

En un sentido amplio, Seguín es muy claro cuando plantea que la puesta en juego del “eros terapéutico” supone el ejercer las posibilidades de influenciar sobre otro, sobre un ser humano. No está dicho explícitamente, pero sí sobreentendido - y más aún desde una lectura winnicottiana - que es un proceso de mutua influencia que se produce en una tercera área, la del espacio transicional, la del espacio potencial en donde lo instintivo tiene un lugar no primordial, a favor de una experiencia del sí mismo, es decir, de dos totalidades, de dos personas reproduciendo en su encuentro un proceso de mutua recreación.

Estas premisas del encuentro con el otro suponen una experiencia de intimidad necesaria, indispensable diría, para la realización del ser humano, La intimidad es, en última instancia, lo que sostiene la esencia del ser humano. Lo que le devuelve su posibilidad de estar a solas, tanto como la de experimentar el vínculo como enriquecedor.

La disposición ofrecida por el profesional desde su “eros psicoterapéutico”, en realidad se refiere a la confianza, tolerancia y demás, que conlleva la comprensión y el reconocimiento del otro en su naturaleza humana. Comprensión y confianza que se traducirán, a su vez, en consistencia y honestidad que se ponen automáticamente en juego.

Vale la pena recordar, desde Winnicott, que existe también la posibilidad de organizar un “falso eros terapéutico”. Este se da cuando la persona exige a su ser la creación de un personaje, que en este caso tendría que ser un terapeuta “muy bueno”, poco menos que ideal. Esta posición puede conllevar efectos benéficos en su entorno, pero el afán de ser su personaje opaca el interés verdadero por el paciente. “Le faltará algo”, tal vez plenitud personal o tendrá dificultades para poner límites a los demás o acaso alguna enfermedad psicosomática o, a lo mejor, descubre algo escindido en sí mismo, etc.

Al terapeuta “verdadero” lo concibe Winnicott con capacidad para estar de manera psicosomática, es decir: en forma total en su quehacer terapéutico. Al igual que Seguín, este autor valora sobremanera la capacidad de entregarse de manera total, con disposición para jugar y “recrearse” en el encuentro terapéutico, siempre en función del paciente, por cierto.

Desde lo dicho, creo que el planteamiento del Dr. Seguín sobre el eros psicoterapéutico es el resultado de la madurez profesional del terapeuta, de su ética lograda a partir de una consistente disposición, que después la experiencia fragua, casi siempre a costa de grandes sacrificios que “no se notan”. Esto le permite encontrarse a sí mismo y a sus pacientes con mayor sabiduría y elasticidad.

Preocupado como estuvo por la relación médico-paciente más allá de la enfermedad, el “eros psicoterapéutico” no está pensado ni circunscrito al trabajo del psiquiatra, del psicoanalista o psicoterapeuta de cualquier escuela; tiene su lugar en cualquier actividad que tenga como finalidad ayudar al ser sufriente, física o mentalmente, allí donde alguna forma de vocación de servicio se convierte en profesión.

Es interesante observar que, hacia el final de su vida, interrogado por Max Silva sobre el “eros terapéutico”, el maestro se permitió dudar acerca de si logró realmente colocarse en el nivel de su propuesta. Lo que sí sabemos es que permanentemente lo intentó, como probablemente hacemos todos, al momento de ejercer la profesión. Ocurre simplemente que el maestro llegó más lejos que nosotros y por eso será por siempre un paradigma, digno de éste y muchísimos homenajes más.


Bibliografía

Freud, Sigmund (1923)... El yo y el ello. En: Obras Completas. Tomo XIX. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1980.

Segal, Hanna... Introducción a la obra de Melanie Klein. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1965.

Seguín, Carlos Alberto... (1962) Amor y Psicoterapia. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1962.

Silva Tuesta, Max... (1994) Carlos Alberto Seguín. Otros perfiles, otros frentes. Lima, Fondo Editorial del Banco Central de Reserva del Perú, 1994.

Winnicott, Donald... (1971) Realidad y juego. Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.

1998/09/09 Identidad y Cuerpo Institucional

Congresso do Círculo Brasileiro de Psicanálise: “Corpo e Psicanálise”.  Porto Alegre, 9 a 12 de setiembre de 1998


Me propongo desarrollar algunas ideas respecto a la identidad psicoterapéutica y la identidad analítica. Asimismo, intentaré aproximarme al tema del cuerpo institucional considerando el desarrollo del mismo en base a identificaciones y a su proceso mismo de constitución.

En principio, entiendo como identidad el registro de sí mismo acorde con lo que uno mismo es. Esta identidad supone una resultante integrada del conjunto de experiencias del sujeto en la relación consigo mismo y con los demás, relación en la cual se asimila aspectos o propiedades de otros tomados como modelos. El establecimiento de la propia identidad supone en simultáneo el reconocimiento del otro como alguien distinto, diferente. Es lo que les permite a las personas identificarse con un otro sin confundirse con él.

La identidad, en cuanto a su relación con una toma de posición en la vida, tiene que ver con el funcionamiento coherente y consistente con lo asumido como sustento de la identidad profesional. Sea cual fuere la resultante, tendrá que guardar amplia sintonía con lo esencial de uno mismo para ser entendido como una identidad verdadera, de lo contrario se configurará una pseudoidentidad, como veremos más adelante.

El psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica tienen en común la construcción de una identidad a partir de la asimilación del ideal psicoanalítico, de lo esencial de su propuesta, esto es, la consideración central de las motivaciones inconscientes en la conducta humana en su interacción con la realidad exterior. Una sólida identidad psicoanalítica resulta de la integración adecuada de sus ideales con las pautas de sostén de dichos ideales, una suerte de integración en grados variables entre el “Ideal del Yo” y el “Súper Yo” analíticos, que propongo como equivalentes a sus “bases estatutarias” (Ideal del Yo) y a sus “reglamentos” (Súper Yo). En otras palabras, una integración adecuada entre la ética y la moral analíticas.


La Pseudoidentidad Analítica

De una integración inadecuada entre estos dos componentes: lo que es propio del sí mismo y lo incorporado por intermediación con la realidad, tendremos resultantes de funcionamiento estereotipado, donde un “falso self” analítico puede ser el producto de un predominio “superyoico”. Es decir, el uso de los “preceptos” -en estas pseudoidentidades- tiene una finalidad esencialmente defensiva o estrictamente figurativa, lo que es lo mismo. Son terapeutas o analistas que han aprendido la teoría o la técnica, pero la toman con caracteres de dogma, les sirve para demostrar febrilmente lo que se supone que son.

Invocan permanentemente “el nombre del padre”, no pueden desprenderse de Freud, lo han tomado como un fetiche. Funcionan casi siempre como “los primeros de la clase”, siempre saben de todo, no pueden no saber so riesgo de caer en angustia, de quedar en evidencia en su incompletud, la que tratan de compensar con un protagonismo agotador. En el mejor de los casos, inicialmente deslumbran, pero pronto llegan a aburrir al no poder dejar de funcionar en el papel protector de su pseudoidentidad.


La identidad “Incompleta”

Una variable de esta pseudoidentidad la podríamos llamar “identidad incompleta”. Es la que observamos en el curso de la formación. Por dificultades de distinto orden, las personas “pasan por la formación” pero ésta no pasa por ellas. Una resistencia a comprometerse las acompaña tenazmente; son las que cumplen con las formalidades, con el reglamento, pero las clases, el análisis personal o la supervisión son vistas con el criterio de “lo que hay que cumplir”.

Se les suele ver después en dificultades a la hora de ejercer; “algo pasa” que los pacientes se les van. Mejor dicho, “los pacientes no los encuentran”. Las resistencias propias no permiten que las de sus pacientes puedan resolverse. La incompletud personal eludida los llena de “puntos ciegos”. No logran integrar en sí mismos lo esencial del análisis como para que les fluya en su trabajo cotidiano.

Como en todos los casos de pseudoidentidad, la terapia personal es indispensable para desbloquear las amarras que impiden la integración. Lamentablemente, no siempre se logra el objetivo.


La identidad “Inspirada”

La otra posibilidad de integración inadecuada es la de los analistas o terapeutas puramente intuitivos o “inspirados”, que suelen repudiar la necesidad de una formación teórica, de un análisis personal o de supervisiones de sus casos. Los vemos venir muchas veces angustiados porque no pueden diferenciar una histeria de una psicosis y menos aún manejar los niveles profundos de perturbación sin confundirse con el paciente. Tienden a sostenerse desde una transferencia idealizada, la transferencia negativa los abruma y les es difícil instrumentar terapéuticamente la agresión de manera estructurante.

Unos y otros tienden a mantener la propia transferencia y la de sus pacientes sin resolver, en función de sus necesidades narcisistas. En los analistas didactas esto es notorio y extensivo a sus necesidades de poder institucional, formándose “baluartes grupales" de identidad analítica o psicoterapéutica con características persecutorias, generalmente amparados en “el reglamento” (Súper Yo) más que en los “estatutos” (Ideal del Yo). En algunas oportunidades esgrimen identificaciones masivas con corrientes de pensamiento teórico, que confrontan con sus colegas de manera cerrada, colocándose en una posición "superior".

La identidad analítica y la psicoterapéutica, desde sus niveles más conscientes hasta los más inconscientes, estará dada por una elección profesional de trabajar en la búsqueda del conocimiento del ser humano y de ayudar a resolver sus problemas mentales y existenciales, amparados en el equilibrio de estas dos polaridades en la persona del analista o del terapeuta. Dicho amparo abre la posibilidad de transitar libremente entre el funcionamiento desde el proceso primario hacia el proceso secundario y viceversa.

El sostén concreto de nuestro quehacer será aportado por la propia mirada analítica que se ha desarrollado en un adecuado proceso de formación, siendo necesario que, en dicho proceso, la naturaleza del "sí mismo" haya logrado aproximarse suficientemente a los parámetros de la formación como para hablar de identificaciones, pero, con posibilidades amplias para un entendimiento creativo, traducible en la praxis en términos de intervenciones “terapéuticas” o “psicoanalíticas” no estereotipadas.


Algunas dificultades en relación a la Identidad del Psicoterapeuta Psicoanalítico

La identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado se ve frecuentemente perturbada en su consolidación por la necesidad de sostener las diferencias de su praxis respecto a la propuesta de la técnica psicoanalítica clásica. Lo usual es que su manejo diferente de las herramientas analíticas le haga cuestionarse el apellido de “analítico”, en especial cuando se trata de la aplicación de estrategias de objetivo o tiempo limitado. Esto es lo observable en el medio peruano.

Otro motivo de perturbación proviene de los linderos en los que una y otra se configuran: si la formación recibida se dio en un instituto perteneciente a la IPA o en una institución de psicoterapia psicoanalítica. Los requisitos de formación, en términos generales, son muy similares; la gran diferencia la hace el análisis personal obligatorio de los analistas y el énfasis en el aprendizaje de estrategias terapéuticas en la de los psicoterapeutas.

Quienes fundan los centros de formación en psicoterapia psicoanalítica y dan cursos de formación suelen ser psicoanalistas. Asimismo, suelen ser los que se hacen cargo de los procesos terapéuticos de los alumnos, labor que se desarrolla “lo más analíticamente posible” dada la naturaleza de su búsqueda. Esto, sumado a las lecturas propias de la teoría y la técnica psicoanalíticas, promueve una idealización transferencial que hace difícil la asimilación ulterior de las pautas que marcan la diferencia. Es nuestra experiencia que tiene que pasar a veces un largo tiempo para la decantación del ideal psicoanalítico con aceptación integrativa de lo propiamente psicoterapéutico.

Otra razón no desdeñable es el prestigio que otorga la pertenencia a las Sociedades de Psicoanálisis. Esto promueve un conflicto de status, en donde el psicoterapeuta se siente casi siempre por debajo del psicoanalista. Pero, tal vez el mayor factor interferente en el procesamiento de la identidad del psicoterapeuta provenga de aquellos que le prodigan la enseñanza. No pocas veces he podido observar en la mayoría de los psicoanalistas una tremenda angustia de perder su identidad si es que muestran “elasticidad” psicoterapéutica. Suele suceder que sus enseñanzas en supervisión se relacionen más con un modelo psicoanalítico que con uno psicoterapéutico. Uno puede pensar en que lo hacen así porque les es más cómodo, porque idealizan el psicoanálisis o porque no saben lo suficiente de psicoterapia psicoanalítica.

Muchas veces se encuentra que la transmisión del conocimiento tiene más una exigencia rígida y casi moral -como suele ocurrir con las formaciones de la mayoría de los institutos de psicoanálisis- que una apertura hacia las variables técnicas que el terapeuta necesita conocer. Estas resistencias a asumir el modelo psicoterapéutico como válido y no atentatorio contra la identidad analítica, le es transmitido al aprendiz de psicoterapeuta, generándole ambivalencia si no confusión. Pareciera que existe entre los profesores una dificultad para precisar claramente la diferencia entre una intervención terapéutica y una intervención psicoanalítica.

Por último, tenemos que las instituciones psicoterapéuticas psicoanalíticas son comparativamente jóvenes y su presencia en la comunidad científica es relativamente escasa. Las publicaciones de trabajos específicos de psicoterapia psicoanalítica son aún mucho menores que las de psicoanálisis. Pese a que sabemos que el ejercicio de la psicoterapia es muchísimo mayor, no es aquello que se suele mostrar con entusiasmo o llamar por su nombre con facilidad.

Es aún muy reciente la inquietud por un acercamiento científico y gremial entre las instituciones de psicoterapia psicoanalítica. Da la impresión de que recién se estuviera tomando conciencia de la importancia de su praxis, pese a que hace 80 años el mismo Freud nos anticipara su importancia. Creo que ha sido el temor a perder la identidad (y el status) como psicoanalistas lo que ha trabado el desarrollo de la psicoterapia psicoanalítica con identidad propia.

En resumen, en cuanto a la identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado, podemos decir que el más idóneo suele ser aquel que ha echado profundas raíces en su análisis personal, se ha nutrido de la experiencia en sus supervisiones y ha enriquecido su entendimiento teórico desde la reflexión de las propuestas metapsicológicas del psicoanálisis, luego de lo cual ha quedado enriquecido en su posibilidad de ser él mismo, con suficiente tolerancia ante la incertidumbre de la labor analítica, amparado en un entendimiento creativo de su técnica.


El Cuerpo Institucional en Psicoterapia Psicoanalítica y en Psicoanálisis

El hombre es un ser gregario por naturaleza y la confluencia de identidades a partir de sus puntos en común lleva de manera natural a la organización de instituciones que las sostengan y que procuren el desarrollo de sus miembros.

Las instituciones tienen una dinámica muy vinculada con sus motivaciones fundacionales (tanto conscientes como inconscientes), con los momentos históricos en que surgen a la vida, con el carácter y temperamento de sus impulsores, con la posibilidad de sostener las necesidades de sus miembros, etc.

La Institución Psicoanalítica surge con una doble finalidad: la de favorecer el desarrollo del pensamiento matriz y la necesidad de defenderse de las críticas de sus detractores. Desde muy temprano se observa que hay una preocupación muy grande de cuidarse del riesgo de desviacionismos, de perder con ello la identidad de psicoanalistas. Este celo muy pronto deriva en una institución moralista y opresora, con requerimientos muy estrictos, casi iniciáticos, que promueven con facilidad sentimientos persecutorios.

El inicio vinculado al levantamiento de la represión sexual parece haber requerido, por desplazamiento, de un cuidado extremo respecto a "las tentaciones de caer en el pecado". A mi entender, por este motivo se recurre a una regresión anal de control de la sexualidad. De allí vendría una vertiente no observada suficientemente del sentido de "anál-isis". Esta sería una brevísima aplicación del modelo genético evolutivo al análisis del cuerpo institucional psicoanalítico.

Como quiera que se requieran de satisfacciones en este orden de funcionamiento, se instauran los rituales correspondientes de formación de los analistas. De ello deriva una suerte de sujeción sádico-anal a los preceptos invocados con carácter iniciático. La promesa: quedar libre de la amenaza de castración. Como colofón encubierto está todo lo que tiene que ver con "el sucio dinero", al que somos tan afectos, pero que es algo que no debemos mostrar.

En contraparte, en muchas ocasiones terminamos sometidos a los ataques sádico-anales de nuestros pacientes, en un masoquismo digno de mejores causas. Cada tanto alguien trata de salir de esta dinámica prevalente en las Sociedades de Psicoanálisis y se vincula a una Institución de Psicoterapia Psicoanalítica. Planteo, así, que la formación de la mayoría de instituciones psicoterapéuticas surge como una alternativa de salida de la opresiva dinámica sádico anal de las Sociedades Psicoanalíticas. Es posible que este proceso de salida sea facilitado por un previo desarrollo psicoterapéutico al que se retorna.

Las instituciones de Psicoterapia Psicoanalítica, visto así, resultarían como una suerte de "querida", que no siempre ha sido mostrada ni reconocida suficientemente, por un posicionamiento lleno de "transgresiones" que llevan a que no pueda ser expuesta con facilidad. En conversaciones personales con psicoanalistas de diferentes países que forman parte de instituciones de psicoterapia, he recogido expresiones de un sentimiento similar: en los Centros de Psicoterapia se respira tranquilidad, un clima de distensión, con muchísima menor carga persecutoria.

Ocurre que a las Instituciones de Psicoterapia se acercan las personas por afinidad, por el deseo de pertenecer; mientras que a las Instituciones Psicoanalíticas es porque, en principio, "tienen que estar", porque "si no, no son" o por la conveniencia proveniente del prestigio que estas instituciones tienen.

Esta condición medio clandestina en las organizaciones fundacionales de los Centros de Psicoterapia no favorece la "legalidad" de la psicoterapia como tal. Tiene, por tanto, que recorrerse un largo camino antes de que las identificaciones, que consolidan su cuerpo institucional, puedan trascender las necesidades originales en favor de un desarrollo propiamente psicoterapéutico. Esto tiene que traducirse en la letra y en la obra.

La actividad más importante de la institución deberá estar ligada al ejercicio y difusión de la psicoterapia. Debe haber armonía entre "lo que se dice y lo que se hace". Así lo hemos entendido en el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, en donde muy pronto notamos que inicialmente nuestra propuesta de formación era equivalente al de un instituto de psicoanálisis.

Al presente, hay una clara síntesis sobre la base de lo que es propiamente psicoterapéutico. A esto se suma que, desde hace casi nueve años, desarrollamos un programa de proyección social que atiende a personas de menores recursos, en donde el abordaje tiende a ser de tipo apoyo o de terapias focales y en el que participan obligatoriamente (desde hace tres años) todos los alumnos en formación de nuestra escuela de psicoterapia psicoanalítica. Una manera, además, de sensibilizarlos a la realidad nacional en la que vivimos.

En cuanto a institución, es notoria la fuerza que ha adquirido la nuestra, en el medio social en que se desarrolla, sobre la base de mantener una relación fundamental y sintónica con las carencias de nuestro entorno. Cada vez más instituciones nos solicitan ayuda o un convenio, sea de asistencia o de supervisión. Esto ha permitido un sentimiento de solidez sin desviaciones narcisísticas que esperamos derive en saludables identificaciones, en principio ,de nuestros egresados y, por qué no, de instituciones similares.

Creo que ha sido importante manejarnos con un espíritu de trabajo centrado en el logro de nuestros objetivos con amplia tolerancia para la constante reformulación. Esto ha sido posible gracias justamente al poder observar con "doble ojo", por un lado, la marcha institucional, la académica, administrativa y asistencial y, por el otro, los dinamismos propios de nuestra estructura grupal. Esta lectura de la dinámica grupal la hemos mantenido prácticamente desde los orígenes y abarca todos los estamentos de nuestro cuerpo institucional. Creo que es crucial para una institución, psicoanalítica o no, el mantener esta observación de manera permanente.

Otro factor a favor de un desarrollo sólido tiene que ver con la forma de conducción, con la ausencia de protagonismos y la posibilidad de, al evaluar la dinámica grupal, encontrar los recursos resolutivos en función de los intereses de la mayoría, no sólo de los que eventualmente dirigen la institución. Igualmente, se ha dado un paulatino y sostenido acceso participativo en el manejo de la institución a los miembros egresados de la misma.

El sentimiento de corporeidad lograda, nos llevó, en el año 1993, a realizar el "Primer encuentro Internacional de Escuelas de Psicoterapia Psicoanalítica", en el seno de nuestro V Congreso del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima. Asistieron representantes de seis países, además del nuestro. Se trataba de establecer lazos de confraternidad e intercambio científico. Allí propusimos una organización internacional que nos nucleara y sostuviera nuestros comunes desarrollos e identidades. Entendemos que el FLAPSIPP es el resultado de haber coincidido con inquietudes similares de otras latitudes.

Creo, para terminar, que cuerpo institucional supone integración y claridad de objetivos, más allá de la diversidad y las posibles diferencias. Supone vocación por el reconocimiento del otro. En suma, supone una decantación suficiente y necesaria de las necesidades narcisistas que favorezcan saludables procesos de identificación y pertenencia, sin sujeción a otro mandato que no sea el sostén de las necesidades comunes para enriquecerlos. La palabra libertad es indispensable a la hora de nutrir los compromisos y sólo con ella la solidez y la creatividad garantizarán la continuidad y la fortaleza de dicho cuerpo.