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miércoles

1991 Vicisitudes en la consolidación de una identidad en psicoterapia psicoanalítica

Pedro Morales y Juan Paz Soldán

II Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis “El múltiple interés del psicoanálisis 77 años después”.  Lima, 1991.

Publicado en el libro: Lemlij, Moisés (compilador)… El múltiple interés del psicoanálisis – 77 años después.  Lima, Biblioteca Peruana de Psicoanálisis, 1991.


Quisiéramos empezar señalando que este trabajo es un intento de lectura, dentro de varias otras posibles, de la compleja gama de fenómenos que se produjeron entre profesores y alumnos de la Escuela del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, centrado en el problema de la identidad y que abarca el largo proceso de evolución que se ha ido dando desde su fundación, hace cerca de 8 años.

Para los fines de nuestra exposición, es necesario aclarar que tanto los fundadores como el cuerpo docente, base de dicha escuela, son psicoanalistas.  Que, si bien se han ido integrando profesores de otras disciplinas y también graduados de las primeras promociones de la escuela, dicha actividad es realizada aún por una mayoría de profesores psicoanalistas.

La tesis que vamos a desarrollar postula que en el encuentro docente se producen fenómenos de idealización, con lo que el mayor riesgo es no lograr consolidar la identidad como psicoterapeuta y esto tendría que ver en buena medida con la dificultad de los analistas profesores para des-idealizar su propia identidad o su quehacer.

El deseo de profundizar el tema surgió en el seno de las jornadas internas de la escuela del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, realizadas en el mes de julio último.  En éstas, se utilizó la modalidad del trabajo en pequeños grupos.  Uno de dichos grupos era el de los profesores analistas, mientras que los restantes estaban conformados por una mixtura de miembros de las diferentes promociones de la escuela (alumnos y exalumnos).  De los temas abordados, fue cobrando preeminencia el de la identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado.  Todos tuvimos la sensación de que, paulatinamente, los psicoterapeutas del grupo podrían sostener tanto la discriminación como las identificaciones provenientes de la relación con sus mentores psicoanalistas.  Estas posibilidades permitieron, inclusive, resolver in situ el reto descalificador de uno de los analistas presentes, quien, tomado por la dinámica, explicitó puntos de vista que remitían la labor del psicoterapeuta a un ejercicio bastardo del psicoanálisis.  La respuesta de los confrontados con esta imagen se limitó a un deslinde del campo de acción, exento de ataques o expresiones que denotaran angustias primarias o de desestructuración persecutoria.

Parecía que, por primera vez, estábamos frente a la asunción de un lugar propio, de un real acercamiento a la propia identidad como psicoterapeutas.  La verdad es que sentimos una gran satisfacción y una suerte de alivio.  Las vivencias llegaron a su clímax cuando, en la reunión final, desde el fondo de la experiencia vivida y a manera de un insight, alguien propuso crear la Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica.  Ante esta convocatoria, algunos de los analistas expresamos nuestro deseo de pertenecer a la misma, connotando así no solamente el reconocimiento que ellos mismos estaban haciendo como tales sino, también, permitiendo desde el fondo de nosotros la identificación con el emergente logrado, que concitaba nuestra propia identidad como psicoterapeutas.

Valga decir que, hasta ese entonces, no había sido lo más frecuente recoger expresiones de valoración por su formación, por la pertenencia a la escuela o por la identidad como psicoterapeutas.  Más bien, teníamos registrada algo así como una resistencia a reconocerse como tales, con tendencias recurrentes a encontrar motivos para sostener que su práctica es el psicoanálisis, colocándose, por tanto, en dificultades para decidir si son o no son psicoanalistas.

En este sentido, encontraban apoyatura en algunos psicoanalistas que expresaban su opción por la no diferencia, basados tal vez en el sentido de la aplicación de la técnica.

Por el contrario, otros psicoanalistas movilizaban en ellos una sensación de horror cuando señalaban no sólo la diferencia sino que, como en el caso citado de la dinámica grupal de las jornadas, abrían un abismo de diferencia, restando valor al quehacer del psicoterapeuta, a quien veían como un psicoanalista a medias, en tanto consideraban que se es o no se es psicoanalista y si no se es no sirve o es pobre la resultante de su actividad.

Por cierto, desde propuestas de este tipo, la identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado es poco apetecible si no es que resulta vergonzosa.

La historia de una lectura descalificadora de la labor del psicoterapeuta y su técnica viene de muy antiguo.  Freud, en 1918, decía (1):

En la aplicación popular de nuestros métodos, habremos de mezclar el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión directa… Cualquiera sea la estructura y composición de esta psicoterapia para el pueblo, sus elementos más importantes y eficaces continuarán siendo, desde luego, los tomados del psicoanálisis propiamente dicho, riguroso y libre de toda tendencia.

Con esta idea coincidieron otros autores, modificándose con el tiempo la actitud frente a la psicoterapia.  Eso sí, prevalece hasta el presente la idea de que solo el psicoanálisis es capaz de originar cambios profundos, es decir, estructurales.  Cabe anotar que, al respecto, Wallerstein, en su artículo Psicoterapia y Psicoanálisis (2), reivindica ampliamente las posibilidades de lograr dichos cambios también desde la aplicación de técnicas propias de la psicoterapia, lo que ocurre, por ejemplo, con la psicoterapia de apoyo.

Volviendo ahora sobre el tema propuesto, el de las vicisitudes de la identidad del psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado, quisiera contar una pequeña anécdota, proveniente de la supervisión a un egresado de la escuela.  Me contaba que estaba mucho más suelto en el trabajo con sus pacientes y que, en realidad, esto no era una novedad; que, antes de entrar a la escuela tenía una actitud similar, más espontánea, pero que, al recibir tantas indicaciones sobre la técnica psicoanalítica, se había sentido inhibido.  Lo mismo le pasaba en la confrontación con compañeros que mostraban sus habilidades en el uso de jerga psicoanalítica.  Ellos le originaban tal sentimiento de “no saber” que se la pasaba la mayor parte del tiempo callado y sin preguntar.

Vemos, aquí, cómo las exigencias ideales puestas en la formación promueven una sensación de parálisis y una dificultad para acceder, en principio, al reconocimiento de las propias capacidades y, en sucedáneo, al procesamiento de los elementos proyectados del ideal.

Quiero remarcar que una de las dificultades que se le presenta al psicoterapeuta en formación, para procesar su identidad como tal, es la de la idealización de la identidad del analista, de la técnica psicoanalítica o de su teoría.

Este problema no encuentra solución cuando, teñido por las urgencias propias del Yo ideal, la relación con el ideal del Yo no puede derivar en una saludable identificación a la par que con un encuentro consistente con la propia  identidad.

Para que este problema sea resuelto, es menester que aquél sobre el que recae la proyección del ideal  -por ejemplo, el padre-  haya resuelto en sí mismo el problema.  Esto lo ayudará a no colocarse en el lugar del ideal que el otro busca encontrar en él.  Tendrá, igualmente, que estar a la altura de reconocer a su hijo como real y no como el que quisiera ver.  Ciertamente, lo mismo vale para el psicoterapeuta o para el psicoanalista.  La manifestación más frecuente de este tipo de dificultad en los terapeutas y analistas sería el uso estereotipado de su propuesta técnica idealizada. Grados mayores de este compromiso se darán en el interjuego de la relación transferencial-contratransferencial en el proceso de la cura.

Si un analista tiene idealizada su identidad o su técnica (o las dos cosas, lo que es lo mismo) y tiene en tratamiento a un futuro psicoterapeuta, es posible que no le sea fácil ayudarlo a resolver las contingencias de su identidad profesional.  No se crea que estos problemas  -el de la identidad y el de la elaboración de las idealizaciones-  ocurren solamente en la relación con el psicoanalista.  Lo mismo ocurre, variables más o menos, en la relación con un psicoterapeuta psicoanalíticamente orientado y su paciente, quien igualmente lo idealizará.

Estamos planteando que una fuente de trabajo básico de la idealización se da en el proceso terapéutico exigido en toda formación que se precie de seria.  De este trabajo, eventualmente surge el deseo de reorientar el camino de la búsqueda, dirigiéndose hacia la formación como psicoanalista.  Se entiende que  -sea que se consolide como psicoterapeuta o psicoanalista-  si se ha elaborado efectivamente el problema de la idealización, la resultante tendrá bases que permitan una suficiente discriminación entre el “sí mismo” y su “ideal”, con lo cual podrá relacionarse sin confundirse y sin fundirse con éste.

Otro terreno, central para la resolución del problema de las idealizaciones y la asunción de la identidad, es el de la relación profesor-alumno en el seno mismo de la escuela.

Es trascendental que los analistas a cargo de la formación resuelvan paralela o previamente las idealizaciones, tanto de su propia identidad como de todo su quehacer.  De no hacerlo, ésta se le transmitirá al futuro psicoterapeuta de distintas maneras.  La más abierta  -hasta diría, más honesta-  es la que pudimos observar en el emergente de la dinámica grupal de las jornadas internas ya mencionadas, que consiste en la descalificación de la actividad psicoterapéutica en tanto no es “el análisis”.

Otras formas, más riesgosas tal vez, son las que se deslizan en la silueta o en el acto sintomático en el proceso de enseñanza. Mirando retrospectivamente a la búsqueda de detalles de este tipo, pudimos recordar que buena parte de los inicios de la formación en la escuela habían tenido un marco singular.  Teníamos un manejo sumamente gratificador, propicio a las necesidades idealizadoras de los alumnos.  Tan permisivos éramos, que el manejo era francamente un laissez faire, sin mayor exigencia en el cumplimiento de las premisas de formación.  Los profesores éramos todos directores, que modificaban los acuerdos de trabajo sobre la sola base de una solicitud del  alumno y una cierta dosis de magnánima inspiración.  Cualquiera podía instalar la ley ahí mismo, en el momento.  Todos éramos ley; no había ley.

Por aquella época, la totalidad de la formación de un psicoterapeuta tenía que ver con el psicoanálisis, basándose en la lectura de la teoría y la técnica de Freud.  Las clases eran dictadas por psicoanalistas, las supervisiones dadas por psicoanalistas, los procesos personales de terapia eran llevados por psicoanalistas, la escuela era dirigida por psicoanalistas…  ¿Esperábamos, acaso, que los alumnos se dijeran “somos psicoterapeutas”?  No nos percatamos que esta identidad no tenía parangón en nuestro medio, que recién se estaba echando  a andar. Estábamos tan inmersos en nosotros mismos que no reconocimos la necesidad de una mayor diferenciación.  Nosotros mismos no planteábamos las bases necesarias para la diferenciación, pero la exigíamos.  ¡Qué paradoja!

Eso sí, muy temprano comprendimos  que debíamos resolver montones de cosas entre nosotros y en ello nos ayudó justamente nuestra experiencia anterior como psicoterapeutas, experiencia enriquecida, claro está, con la formación en psicoanálisis.  El poder introducir cada vez más una lectura e interpretación de nuestra dinámica grupal, primero a nivel de directivos y luego en forma más amplia con los profesores que se fueron integrando,  favoreció el que se fueran atenuando los protagonismos carismáticos idealizados… e idealizables.  En cambio,  fuimos reconociendo, cada vez más, nuestras propias carencias, así como la necesidad de unir esfuerzos para resolverlas.

Al principio, la tendencia a la condena ante nuestras propias trasgresiones, proveniente de la dificultad de aceptarnos como no ideales, nos colocó en repetidas oportunidades al borde mismo de la ruptura.  Paulatinamente, gracias al trabajo grupal, pudimos ir integrándonos mejor en función del aporte de lo mejor de cada uno.  Poco a poco, se fueron perfilando las maneras de lograr los objetivos de desarrollo buscado; no sólo en cuanto a formación; también, nos preocupaba encontrar y ampliar un espacio de encuentro desde donde sostener nuestras posibilidades de pensar y desarrollar nuestro quehacer creativamente.  Nos acostumbramos a leer, en el emergente grupal, el mensaje a resolver que a todos nos tocaba.  Múltiples expresiones de solidaridad en lo personal cimentaron la confianza en la posibilidad de comprensión y acogida cálida, aunque en medio de ello estuviera alguna dura confrontación con la realidad.  La resultante, creo, es que no nos llegamos a manejar sin escisiones ni repudios, propios de la idealización no resuelta.

Bueno, muchas más cosas ocurrieron en el intento de hacernos menos ideales y más reales.  No es casualidad, sin embargo, que fue el contexto de trabajo grupal, que tanto nos ayudó en dicha gestión, el que haya dado marco al inicio de una nueva etapa en la evolución de la identidad de los psicoterapeutas de la escuela.  En aquella jornada, cada grupo buscó el encuentro de su historia develando tanto sus mitos como las realidades, en la posibilidad amplia de cercanía y discriminación simultáneas, pudiendo sostenerse en la mutua y múltiple mirada sin confundirse, más bien identificándose, reconociéndose como semejantes más no idénticos.

En conclusión, la superación de las idealizaciones y, en particular, de la idealización del psicoanálisis y la identidad del psicoanalista en el equipo de profesores, han contribuido notablemente a que, en la escuela en mención, los psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados, que allí se forman, vean facilitado el desarrollo de su propia identidad.  En dicha labor, ha sido de fundamental importancia el trabajo de los emergentes dinámicos con la lectura propia de la dinámica de los grupos.  No quisiera dejar de decir que ayudó mucho el desarrollo de la amistad entre sus miembros.

Como factores que ayudaron a que fuera posible contener los emergentes de idealización, resumo los siguientes:

   1.    El mantenimiento permanente de la observación de la dinámica grupal, tanto en los profesores, en los alumnos, como en la interrelación de los mismos.

    2.    La derivación hacia la institución de los elementos propios de la necesidad de prestigio por parte de los conductores de la misma.  Alternancia del protagonismo personal, reforzado por la permanente rotación de profesores y cargos.

    3.    Incorporación de nuevos profesores, no necesariamente psicoanalistas, siendo algunos de ellos graduados de la escuela y otros de diferentes orígenes, como del psicodrama, terapeutas de familia, expertos en técnicas de relajación, gestaltistas, etc.

    4.    Incorporación en el plan de estudios de temas propios de la psicoterapia (psicoterapia breve, de la psicosis, de emergencia, de grupo, etc.), además de las bases de la teoría psicoanalítica.

    5.    Mayor definición en la dirección de la institución como una función antes que como consecuencia del manejo del poder.  Incorporación a las funciones directivas de graduados de la escuela.

    6.    Una definición orgánica más efectiva de las estructuras de la escuela, con un mejor basamento administrativo y con un celoso seguimiento y asesoría en la evolución del alumno; es decir, un mejor aporte para un setting formativo, con mayores bases de realidad.

     7.    Promoción de la actitud reparativa antes que de la condena ante situaciones de error u omisiones.  La confianza, sustentada en la búsqueda del sentido común tanto como de la lectura psicoanalítica de los fenómenos emergentes.  Es decir, la transmisión del espíritu además de la letra impartida.

   8.    Como consecuencia de lo anterior, constitución de una ley respetada por todos, profesores y alumnos.  Una conducción directriz significativa tan sólo desde sus posibilidades de representación y sostén de dicha ley.

     9.    La búsqueda constante de la participación de los alumnos en actividades propias de la institución, lo que supone el reconocimiento tanto de sus posibilidades como de las necesidades de sostén y ayuda de la misma.  Se resta, así, peso a la lectura omnipotente-dependiente en la relación escuela-alumno.

    10. El reconocimiento administrativo de las dificultades propias del país, dentro de criterios realistas de sostén-apoyatura en el esfuerzo por resolverlas.

    11. Incorporación en el curso introductorio de reuniones de dinámica grupal, con un trabajo dirigido al mejor conocimiento de la estructura y finalidad de la escuela.  Decantación, en lo posible, de las distorsiones propias de las fantasías al respecto.

   12. Reuniones periódicas de tutoría y evaluación semestral con un tutor en las diversas promociones (cada promoción tiene un tutor).

    13. Jornadas anuales de los profesores para revisar la estructura de los cursos y la marcha de la institución, además de reuniones mensuales con el mismo fin.

   14. Por último, cualquier dificultad, en cualquier nivel, es una dificultad de todos los miembros, sea para supervisar, contener o ayudar en cualquier sentido y se trate de quien se trate.

  
Bibliografía

     1)    Freud, Sigmund… Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica.  En: Obras Completas, Tomo XVII.  Buenos Aires, Amorrortu, 1979.

    2)    Wallerstein, Robert … Psicoterapia y psicoanálisis. En: Libro anual de psicoanálisis. Lima, Ediciones Psicoanalíticas, 1989.






1983 Psicoanálisis, Mito y Realidad


Pedro Morales Paiva
Congreso Peruano de Psiquiatría, Asociación Psiquiátrica Peruana. Lima, 1983.


El tema que voy a desarrollar, creo que, de alguna manera, tiene que ver con reflexiones vinculadas con la elaboración del término de mi formación psicoanalítica. Me refiero, obviamente, al período formal de dicha formación ya que, en realidad, ésta nunca termina.

Como forma de ir ubicándonos en la materia en cuestión, empezaré echando una ojeada al concepto de mito. El diccionario de la Real Academia Española (4), en su decimonovena edición, nos dice lo siguiente: “… fábula, ficción alegórica, especialmente en materia religiosa”. Sobre fábula encontramos la siguiente referencia: “… ficción artificiosa con que se encubre o disimula la verdad…” “relación falsa, mentirosa, de pura invención, destituida de todo fundamento…”

Estas dos definiciones tienen un argumento común respecto a la circunstancia mítica y es que se está frente a una situación en la que hay una verdad tan sólo aparente y con una intención que tiene que ver con el ocultamiento de algo. Todo esto estaría, a su vez, relacionado con las circunstancias que les son propias a las religiones.

Es interesante descubrir en el libro “Mitología Griega”, de Georges Meautis (3), que etimológicamente el término mito sólo quiere decir palabra, discurso, en oposición a acción. Este autor menciona, asimismo, que en Homero tiene el sentido de relato (verdadero o falso) y que es recién en el siglo V cuando por primera vez aparece su sentido de ficción en oposición a relato verídico. Entiende este autor como natural que el sentido de ficción aparezca en forma tardía, ya que antes los relatos sobre dioses y héroes eran considerados como reales.

Veamos, ahora, lo que nos dice sobre el mito un autor psicoanalítico. Tomaremos, para tal efecto, uno de los trabajos presentados por Mauricio Abadi (1) sobre este tema, en la Asociación Psicoanalítica Argentina. En éste, Abadi reúne una serie de características que constituyen lo que denomina “el encuadre religioso del mito”. Estos caracteres serían -a su entender- la esencia del mito.

El primero de dichos caracteres  –y, para el autor, la condición “sine qua non”-  es la postulación de lo numinoso, es decir, “dios padre (o madre), asumido como contenido (consciente o inconsciente). Existe dios, dios es y es para siempre, más allá del deterioro del tiempo, más allá del devenir humano, más allá de la muerte”.

Otra cosa que señala el autor en su artículo (1) es que el mito es fundante de un rito, de un ritual de conmemoración, y rememora la epifanía de lo numinoso. Al respecto, dice: “… no solamente la liturgia, el ceremonial manifiesto evoca la epifanía del mito. También, lo evocan innumerables conductas grupales, que son, en último término, ritos desacralizados. ¡Cuántos de nuestros hábitos sociales son inconscientemente la prolongación desacralizada y/o reprimida de rituales originariamente manifiestos!”

Otra idea, que extraigo de ese trabajo (1), es que el mito tiene una esencia mágica. Dice Abadi: “… todo mito intenta subvertir la subordinación del acontecer psíquico al principio de realidad. No hay mito sin pensamiento mágico, sin un intento de cerrar lo real entre paréntesis, de declarar suspendida la vigencia de lo real”.

Encuentra, también, este autor, que es característico del mito el ser normativo y que sugiere las leyes fundamentales de la convivencia entre dioses y hombres, entre padres e hijos. Dice al respecto: “… la moraleja que siempre se desprende de todo mito recuerda el respeto que se debe a los padres y el arrepentimiento y la expiación si se viola su ley”. (1)

Hay muchísimas más cosas que este autor aporta sobre el tema en su interesante trabajo pero, por razones que tienen que ver con la orientación de estas reflexiones, me he limitado a extraer sólo las citas anteriores.

Desde las propuestas conceptuales que nos encaminan a la comprensión del fenómeno mítico, resalta el sentido falaz y mágico, lo cual, a su vez, nos remite a una característica del proceso primario. El proceso de mitificación tendría, como principal pretensión, mantener vigentes las leyes o principios del proceso primario.

Como destaco a lo largo de este trabajo, esta circunstancia cumple con una necesidad implícita, que corresponde al sistema preconsciente-consciente; es decir, la de instalar los contenidos o valencias del inconsciente en una dimensión simbólica accesible al entendimiento y a la transmisión desde un nivel de representación adecuado a las características del entorno.

Desde este punto de vista, las palabras también son míticas, ya que pretenden dar cuenta de fenómenos o cosas que desde sí mismas no son.

Quisiera enfatizar que, para que una mitificación se estructure como tal, es necesario que el sujeto, que se aproxima a ese fenómeno, no tenga conciencia de ello. Es decir, que no pueda cuestionarse el fenómeno mismo y, por lo tanto, aproximarse a la realidad de la dimensión de representatividad o sustitución que lo mitificado supone.

El surgimiento de la palabra implica el reconocimiento de la incapacidad de tramitar con el recurso omnipotente de la satisfacción inmediata del deseo. Desde el comienzo, la palabra conlleva esta primitiva pretensión; pero, también, admite la presencia de otro: un otro distante de la original situación simbiótica, que deviene en mítica en el intento de dar cuenta de ella.

Ahora bien, para que un mito pueda ser mantenido, requiere de un cierto refuerzo desde las confluencias grupales. Esto no contradice el que existan mitos estrictamente individuales, pero los movimientos grupales favorecen la mitificación con la consiguiente merma del razonamiento crítico.

Si surge un elemento, un líder representativo, con fuerza y exigencia respecto a un nivel determinado de convicciones, medianamente sostenido por la razón pero fuertemente amparado por contenidos afectivos primarios, además de movilizar sentimientos de exclusión, de castigo, de no afecto, de no identidad, el mito indefectiblemente se instalará y el líder irá adquiriendo una dimensión de poder cada vez mayor, la que constituye un fuerte atractivo para quienes buscan la satisfacción de sus niveles más primarios de realización.

Así, el saber, el conocimiento y el desarrollo personal no importan tanto como la representatividad y el poder omnímodo. La sensación correspondiente a esta situación es la de poseer el falo, aunada a un sentimiento de falso triunfalismo y permanente rivalidad respecto a todo aquello que suponga una propuesta diferente, frente a la cual habrán manifestaciones de encono, rabia y profundo resentimiento; expresiones propias de una ruptura narcisista cualquiera.

Pese a lo planteado y en aparente contradicción con lo que desde ello pudiera pensarse, es necesaria la mitificación, es importante revestirla emocionalmente con caracteres y libido narcisista. La esencia misma del poder creativo está en ello.

Cierto es que se trata de un desfiladero por el que es fácil caer en la concreción de un mito. Para atravesarlo, para encontrar la resultante creativa, hay que sustraerse al “canto de sirena” que supone la tentación de erigirse en “dueño de la verdad”, engrosando las filas de quienes por coincidencia se encuentran en la misma dimensión y alimentarán tal convicción. Estos “elegidos” quedan revestidos por un halo mágico-omnipotente. Son los héroes, semidioses que mantienen un poder oculto. Singularmente, es muchas veces desde los demás que se alimenta esta sensación de poder, ya que a éstos les subyace esta misma avidez de poder.

Vemos, hasta aquí, que la inicial y escueta propuesta del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española ha ido tomando cuerpo en relación a las implicancias del mito. Podemos pasar, entonces, a tratar sobre el nexo propuesto entre mito y psicoanálisis,  que es el título del presente trabajo,


Mito y formación psicoanalítica

Una de las cosas que, en primer lugar, se me ocurre abordar, es lo que atañe a la formación psicoanalítica. Toda esa serie de requisitos y exigencias que hay que cumplir y que, en más de una oportunidad, me hicieron sentir que estaba en medio de un rito de iniciación. Pero… ¡es que se parece tanto! Hay condiciones que tienen que cumplirse de todas maneras y que, de no ser así, conllevan el riesgo de algo parecido a la excomunión.

En todo este trámite es difícil transcurrir sin sentirse verdaderamente comprometido. Las aguas que encontramos en su curso nunca dejan de ser movidas y tal vez sólo desde la quietud del “después” podemos echar una ojeada al “entonces”.

La prosecución de la carrera aparece muchas veces como estimulada por el premio de convertirse al final en un iniciado, en un semidiós, poderoso y omnisapiente. ¡Tener el falo… ser el falo! Bueno… y llega el final y no hay omnipotencia ni falo. Claro está que depende de cada situación particular. Existe el riesgo de que al final de todo este proceso tengamos a un elegido, a un semidiós que se niega a aceptar la frustración y se erija (o se erecte) como poseedor del consabido falo. No hay un seguro contra tal situación.

Lo interesante es que, en la mayoría de los casos, ese mismo proceso de formación “iniciática”, tan estricto y duro, tan desconcertante y difícil de entender, es el que se encarga de posibilitar la salida de aquel deslumbramiento fantástico.

Mirando retrospectivamente y alimentando mi caudal de convicciones respecto a la formación analítica, creo realmente imprescindible el psicoanálisis individual del candidato, más allá del eufemismo que se le adosa con la denominación de “didáctico”. Creo esenciales las supervisiones y controles y necesaria la aproximación a una revisión teórica amplia. El derivado de este conjunto, el final, tendrá, así, menos de saber absoluto y de omnipotencia. Es el final en el que la muerte del ideal narcisista es imprescindible (para que pueda renacer y matarlo nuevamente). Se dará paso, así, a la posibilidad de encontrar satisfacción en las prebendas que el no saber aporta al saber creativo.

Es posible, como antes mencionara, no lograr este objetivo; y, la consecuencia más visible es el entrampamiento en la situación mítica, la necesidad de revestir elementos personales o teóricos como representantes de algo más que un concepto o de una manera de pensar las cosas.

Desde esta circunstancia, encontraremos la presión hacia la conformación de adhesiones incondicionales y absolutas a las enseñanzas impartidas por los maestros, una suerte de militancia o religiosidad en el manejo de los planteamientos teóricos o técnicos, donde la posición personal o grupal son propuestas como la única verdad, en desmedro de cualquier otra posible lectura. Esta situación no puede llevar a otra cosa que a la rigidez y al empobrecimiento, a la limitación en el desarrollo de lo esencial, ya que la intención está más cercana a la falsía mítica que a la verdad.


Mito y teoría psicoanalítica

A la situación anteriormente descrita contribuye la conocida resistencia humana a abandonar sus reductos narcisistas. Al decir de Leclaire (2), la necesidad de matar al ideal narcisista deviene en tarea cotidiana. Desde esta condición permanentemente actuante, es difícil sustraerse a fascinaciones y sobre-dimensionamientos y así ocurre, por ejemplo, con la lectura de los textos de Freud, cuyas obras son tomadas con la reverencia de libro sagrado (no en balde muchos le dicen “la Biblia”); y sus conceptos, como corresponde a un libro sagrado, son tomados como “palabra santa”.

¡Qué pobre homenaje se hace así a sus enseñanzas! No hay nada más ajeno a este autor que los conceptos cerrados. Muy al contrario de sus lectores “míticos”, no deja de cuestionarse, de reformular cada idea, así haya constituido ésta un elemento esencial de sus teorías. Creo que el gran legado de Freud, su gran enseñanza, es el amor por la verdad, esa búsqueda permanente del conocimiento, del saber auténtico, que es la esencia del quehacer psicoanalítico.

Esta búsqueda del saber, desde el psicoanálisis, nos aleja del mito a la vez que nos aproxima a él. En este último sentido, estoy aludiendo a las construcciones teóricas, utilizadas como referentes de aquello que pretendemos abarcar. No debemos olvidar que la estructura, el cuerpo teórico mismo del psicoanálisis, está sustentada en planteamientos míticos que requieren, para su aceptación, de un acto de fe.

Conceptos como “instintos”, “inconsciente”, “aparato psíquico”, etc., son estrictamente intentos de llenar el vacío de verdad tangible. Siendo así, es imprescindible tenerlo en cuenta a fin de cubrirse del riesgo de mitologizar la teoría, entrampándose en ella.

El verdadero trabajo analítico no parte de una premisa teórica que busca su verificación. La esencia de esta búsqueda consiste en hallar la verdad, aquella verdad que, tarde o temprano, aparece ante nosotros. Es ésa la verdad de la que sabemos tanto… ¡y a la vez tan poco!

La verdad surge muchas veces pese a las ideas del analista. Los referentes teóricos, en más de una ocasión, funcionan como interferentes de su quehacer comprensivo. La teoría se reconstruye día a día, aportando de a poco las piezas siempre cambiantes del complejo rompecabezas que es la mente humana.


Mito y Técnica Psicoanalítica

Así como Freud fue modificando sus teorías en el curso de su desarrollo como psicoanalista, también la técnica vio la necesidad de ir ajustando sus variables a los nuevos conocimientos provenientes de la experiencia.

Suele ocurrir que cuando un autor psicoanalítico cree encontrar una variable válida y digna de ser propuesta a sus colegas como posibilidad de modificar la técnica, ésta origina una primera reacción de desconfianza y hasta de rechazo. Es natural que así ocurra. Pasa en todos los campos. Lo que considero resultado de una situación mítica es que esta propuesta de modificación no sea examinada y tal vez reconocida. Es tan falaz el rechazo a priori como la aceptación inmediata, entusiasta y carente de toda reflexión.

Creo que los parámetros establecidos en torno al trabajo analítico requieren ser evaluados adecuadamente e incorporados en el trabajo del psicoanalista, con el cargo de una larga digestión en la que tendrá que encontrar cabida el sedimento de su experiencia personal.

Cuando iniciamos nuestra labor como psicoanalistas, muchas veces nos preguntamos cuál es la mejor actitud: ¿quedarnos en silencio?, ¿ser neutrales?, ¿distantes?, ¿interpretar sistemáticamente?, etc. Y, así, muchas veces caemos en el error de querer aplicar el sistema aprendido como receta de cocina. La verdad es que no existe una receta que se pueda aplicar de forma indiscriminada. La única conducta válida, en el curso de un tratamiento, será aquélla que surja de la específica circunstancia de cada caso. No debemos olvidar que nuestra labor como psicoanalistas busca más la vía del “levare” que la del “porre”.

El manejo de la técnica supone pues, también, la necesidad de rescatarse de la mitificación de las enseñanzas recogidas desde las supervisiones, la teoría y hasta desde el análisis personal. Es, en suma, la tarea de procesar los niveles de identificación primaria que se nos pudieran remover a lo largo de esta aproximación a la técnica.

Cuando no hemos podido delimitar adecuadamente los alcances y limitaciones de la técnica psicoanalítica, caemos en el riesgo de su prescripción inadecuada. No se puede proponer indiscriminadamente el psicoanálisis a quien sea que concurra a nuestra consulta. No todo lo podemos resolver con nuestra técnica y esto es mejor que lo tengamos muy presente, a fin de evitar confrontarnos con esta realidad desde el fracaso del tratamiento y, en el peor de los casos, desde situaciones iatrogénicas.

Desde el entrampamiento mítico respecto a los alcances de la técnica, el analista puede llegar a pensar que lo puede resolver absolutamente todo, tal vez hasta los problemas sociales que constituyen el entorno de la patología. No podemos perder de vista el conjunto de recursos terapéuticos, de los cuales tan solo formamos parte. Por último, no debemos perder de vista que se trata de resolver el o los conflictos del paciente y no de sustentar una teoría de la técnica.


Mito y Psicoanálisis

Muchas veces es el paciente quien viene con la propuesta mítico-transferencial de la mano con su solicitud de tratamiento, con expectativas que sobrepasan la posibilidad del analista (o del psicoanálisis mismo). Otras veces, la expectativa desmesurada proviene de algún familiar del paciente e, incluso, -situación no poco frecuente- de algún colega psicólogo, psiquiatra o psicoanalista.

Todos, absolutamente todos, tienen el derecho de establecer sus idealizaciones, pero la indicación de un tratamiento psicoanalítico tendrá que trascenderlas si es necesaria otra indicación terapéutica.

El paciente siempre tratará de integrarnos en su sistema mítico desde la transferencia. Muchas veces quedaremos entrampados en nuestros niveles narcisistas y creeremos, con el paciente, que lo podemos resolver todo. El paciente puede esperar del psicoanalista algo así como “un acto divino”, que hará que los problemas desaparezcan; pero, ya sabemos desde dónde surge esa propuesta.

A esta visión del “psicoanalista-mago”, que todo lo resuelve con una “interpretación-clave”, contribuye, creo, una difusión (y un entendimiento) parcial del acto psicoanalítico. La idea del viejo Freud “exorcizando” a sus pacientes, liberándolos de sus parálisis o cegueras, muy al modelo de Charcot, dificulta el entendimiento de la necesidad de un proceso de desarrollo de la cura. La ruptura de este mito, desde la realidad del ejercicio mismo, conlleva para muchos un desengaño narcisista, a veces irreductible. Este desengaño muchas veces se liga con el de otros y de esta juntura surgen, también, distorsiones del análisis, pero esta vez en un sentido negativo. Aquel héroe omnipotente y salvador deviene en estafador charlatán. Surgen, así, los más duros e injustos reproches de quienes no ven satisfechas sus desproporcionadas demandas.

Quienes tienen la idea de que el psicoanálisis es tarea fácil, no conocen de estos avatares. Nada más lejos de la realidad que creer que se trata de una cómoda y lucrativa actividad. El costo es alto y nunca suficientemente compensado desde lo material. No crea nadie que es tan sólo el ejercicio de aplicación de una jerga especializada en manos de un hábil interpretador.

La realidad de un analista trabajando es la de una persona en un solitario ejercicio, la más de las veces frustrante, cargado de agresiones e inundaciones transferenciales, que sus circunstanciales acompañantes no dejan de traer al consultorio.

Casi nunca el analista es “él mismo” mientras transcurre en esa inestable marea que es el movimiento transferencial-contratransferencial. Cotidianamente, se pone a prueba su capacidad de discriminar lo propio de lo ajeno y requiere de una permanente confianza en que su vacío de entendimiento de hoy arribará alguna vez al puerto de la comprensión más amplia y, también, de que de ello se obtendrá la resolución de la siempre complicada trama conflictiva de sus pacientes.

Aún al final, cuando la reconstrucción y el trabajo de elaboración complementan la labor interpretativa, tendrá que -en lo posible- dejar de lado sus propios ideales, permitiendo el espacio necesario para que sea el paciente mismo quien reescriba su historia. Esto es difícil y, más de una vez, nos encontramos “deslizando” alguna sugerencia, rompiendo con la asepsia y neutralidad ideales del psicoanálisis. Acaso, después, tengamos que ayudar a elaborar también esos contenidos, tratando, en todo caso, que su asimilación no se sustente en la idealización.
  

Una extensión sobre el mito del título profesional

Otra de las reflexiones que surge desde mi formación como psicoanalista, durante estos años, es el hecho de que no se otorgue un título de tal. Luego de cierto desconcierto, me di cuenta de que había tenido la necesidad de contar con ese “cartón”, que dijera que yo realmente era psicoanalista.

Tomé conciencia de que toda mi vida se desarrolló en medio de un entorno que espera el título, el citado cartón, como sinónimo de que se “es” alguien.

En lo personal, los más grandes desvelos de mi padre estuvieron relacionados con que sus hijos fueran profesionales. Desde allí, algo de mi expectativa tenía que ver con él. Pero ya mi padre podía sonreír desde su tumba con los títulos de médico y psiquiatra.

Esta vez fue diferente. Fue algo “más mío”. Tuve que llegar a la meta con esfuerzo y decisión, con mucho amor propio y vocación de sacrificio. La satisfacción del camino recorrido valía mucho más que cualquier cartón. Me había reencontrado en el proceso.

De vuelta en mi lugar, en mi país, aún me queda el poder mantener esa sensación. La expectativa y adjudicaciones del entorno tienden más a facilitar el “buen falo” antes que la “buena castración”.

Antes de terminar, invito a reflexionar sobre la estructura en que nos desarrollamos y la terrible tendencia a funcionar más en el “como sí”, en el entrampamiento mítico de los títulos y las referencias sin sustento pero con pretensión. La formación analítica, como cualquier otra, requiere mucho compromiso y un amor profundo por la carrera, junto con el deseo de crecer, de rescatarse del “sabidismo” criollo hacia la sabiduría profesional.


Bibliografía

1)   Abadi, Mauricio… La construcción entre la historia y el mito. Buenos Aires, Revista de Psicoanálisis, (5):865-883, 1980.

2)   Leclaire, Serge... Matan a un niño. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1977.

3)   Meautis, Georges... Mitología griega. Buenos Aires, Librería Hachette, 1982.

4)   Real Academia Española... Diccionario de la Real Academia Española. 6 tomos. Madrid, Real Academia Española, 1970.