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miércoles

2008/09/20 ¿Intimar o Intimidar en la Docencia? Algunas Anécdotas Personales


XIII Congreso CPPL y 25 Aniversario del CPPL  "Afectos y angustias del siglo XXI. En busca de un mundo interno" 
Lima, 20 setiembre 2008

Educar: ¿Una misión imposible?
(Freud)

El presente trabajo tiene la intención de mostrar la importancia de la revisión psicoanalítica de nuestra participación en la docencia en particular en lo que se refiere a la enseñanza en psicoanálisis.

Alguna vez, cuando aún no había terminado la primaria, una tía, maestra de escuela y amiga de emitir juicios “estimulantes” para destinatarios que, como yo, andábamos pedaleando con jadeo en las tareas propias del colegio, me dijo: “Hay dos clases de alumnos: los estudiantes y los estudiosos. A los estudiantes sólo les interesa pasar el examen. Los estudiosos son los que van al colegio para aprender…”.

La solemnidad con que lo dijo y, tal vez, algún “brillo en la mirada”, me convencieron de inmediato que la tía pertenecía a la categoría de las estudiosas… y que daba por sentado que su sobrino tenía que ser un estudioso… porque si no…

La verdad, no recuerdo haber discutido el punto con ella. Supongo que me las ingenié para evadir el tema. O tal vez me sentí paralizado. Me sentía un estudiante en riesgo de ser descubierto y, peor aún, descalificado. Felizmente, la tía vivía en Huancayo y no nos visitaba con frecuencia.

Tiempo atrás, estando en Kinder, había conocido el método de la palmeta, un instrumento de madera, una paleta gruesa con huecos, que se aplicaba en la palma de la mano, no precisamente como masaje, cuando uno no sabía la lección o se había portado mal.

Tal vez como consecuencia de esa “educación”, un día que me sentía con náuseas, me puse a llorar de emoción cuando una profesora se dio cuenta de que no me sentía bien y no lo estaba diciendo. Me pude soltar ante su expresión acogedora (supongo que dijo algo así como: “pobrecito…porque no me dijiste…”). Creo que me ayudó a resolver algo más que las implicancias de una náusea matinal.

Es terrible pretender hacer docencia en un clima de terror y de amenaza.

No me acuerdo más enseñanzas de mi tía, la hermana de papá. Supongo que debe haber soltado más de un juicio admonitorio en relación a cómo debe asumirse la educación… Seguro que usaba la palmeta para “incentivar” a sus alumnos.

Ahora que lo pienso, casi ni me acuerdo de ella, ni de la mayoría de las clases de esa época… tampoco de ningún profesor. Sólo recuerdo algunas anécdotas, como la de un paseo en tren a las alturas de San Bartolomé y de haber sido elogiado por la redacción del relato de nuestra aventura: “Serás periodista...” me dijo el profesor con alegría y entusiasmo.

De quien no dejo de acordarme en relación a mi educación, es de mi abuelita, la madre de mi madre. Ella vivía con nosotros y sólo había estudiado hasta tercero de primaria. La abuela se acordaba de todos los cumpleaños de sus nietos y mantenía una cercanía educativa reflexiva muy peculiar: apelaba a los dichos: “dime con quien andas…” “quien a hierro mata…” y muchos más, pero hubo uno, de particular significación, que me hizo valorar su sabiduría, años más tarde, cuando me acerqué al psicoanálisis. Una tarde le escuché decir: “el hombre propone y la mujer dispone….el hombre hasta a su madre le va a proponer…”

Como quiera que la seguía en sus reflexiones solía decirme “Ay, niñito, eres un viejo…”. Cuánto valoro ahora aquellos cálidos momentos de aprendizaje empático al lado de mi abuela. Cuánto me ayudó en la tarea de organizarme, desde aquel “niño viejo” sobreadaptado, hasta el que ahora soy: un viejo niño “a piacere”.

¡Cuánto se puede aprender al lado de un sabihondo sentencioso y cuánto de quien comparte su experiencia de vida con alguna frase reflexiva oportuna, que no debe ser aprendida!

Por cierto que mis padres pusieron lo suyo, en especial mi padre. Creo que nunca se preocupó por las notas del colegio. Los problemas se afrontaban en la medida en que aparecían. Entonces, uno sabía que contaba con él. Su mayor enseñanza era el ejemplo. No lo recuerdo diciendo lo que había que hacer, pero sí aprendí, muy pronto, que no me iba a invitar dos veces a compartir la experiencia de hacer algo con él (pintar, arreglar o construir alguna cosa). Tenía que hacerlo por deseo, no por obligación. Aparte de su sentido de responsabilidad, su mayor ejemplo era verlo arreglar cualquier cosa, con dedicación e ingenio. Era un maestro del reciclaje creativo.

No tengo duda de que esas enseñanzas de papá habitan en mi “arsenal” de vida y en especial en mi quehacer como psicoterapeuta.

En la universidad conocí a grandes maestros, estudiosos y profundos, algunos más parecidos a la tía, luciendo su saber. Otros más cercanos a la abuela o a papá, pregonando desde la cercanía, desde el ejemplo, desde la experiencia compartida.

Me sentí orgulloso de estudiar medicina, al lado de tanto maestro que se entregaba con mística a su quehacer. No podía menos que tratar de estar “a la altura”, esforzándome al máximo para superar mis dificultades de concentración. Por cierto que, para mí, pesaba más el ejemplo que la dictadura de la letra y la condena a tener que memorizar y repetir. Ya, por entonces, me percataba de que mucho más aprendía desde la práctica y mejor si podía elegir con quien estudiar y, más aún, lo que quería estudiar.

Estando en primero de medicina, un triste acontecimiento vino a cambiar radicalmente mi orientación dentro de la formación médica. Mi padre enfermó bruscamente de cáncer y murió en muy poco tiempo. La impotencia y el dolor ante su sufrimiento, hicieron que en un primer momento me prometiera dedicarme a la oncología. Sin embargo, unos meses después desarrollé trastornos de pánico, fobias y cantidad de síntomas depresivos, de modo que mi prioridad cambió totalmente.

Había que rescatarme de ese torbellino horrible que me arrastraba, en medio de un sentimiento enloquecedor de total incapacidad. Es desde este lugar, el del derrumbe total, que inicié el camino de la psiquiatría, de la psicoterapia y posteriormente el del psicoanálisis…, es decir, el camino de los consultorios de los colegas que, por entonces, trataron de ayudarme a salir del hoyo. Fueron años… Empecé con psicofármacos y, poco a poco, recurrí a diversas formas de psicoterapia, hasta llegar al psicoanálisis. De todos ellos aprendí un poco, de sus aciertos y errores, “en vivo y en directo”. El duelo fue largo… Aprender a vivir tiene su costo.

En paralelo, mis estudios de medicina, que por un momento estuvieron a punto de colapsar, se convirtieron en una suerte de terapia “a la memoria de mi padre”, destinada a cumplir con su deseo de que fuera médico. Una suerte de “dos en uno” (por él y por mí). Fue por entonces que me encontré con cursos “interesantísimos” como “Psicología Médica”, “Psiquiatría Clínica” que me ayudaron muchísimo a encausar mi proceso personal, a la vez que me permitieron acercarme a profesionales “diferentes”. Se trataba del equipo docente de la llamada “Escuela del Obrero”, psiquiatras dinámicos de quienes aprendí lo que es ser un psicoterapeuta.

Fue maravilloso conocerlos, trabajando en medio de una mística grupal. El lugar estelar como líder y maestro le correspondía al Dr. Seguín, junto a quien refulgían generosos otros grandes maestros, como el Dr. Alva, el Dr. Valdivia y una larga lista que llevo en el mejor rincón de mis recuerdos más cálidos. Baste decir que en su escuela, a la que no tardé en visitar y enrolarme, uno encontraba maestros en todos los niveles: enfermeros, psicólogos, auxiliares, secretarias… Todos daban lo mejor de sí en un espacio de experiencia compartida. Todos eran respetuosos, respetables… con esa humildad orgullosa de quien conoce su oficio.

Había un culto a la investigación, a explorar en la práctica y a discutir la teoría, con una apertura a ultranza y sin retaceos. Se trataba de integrar recursos más que generar tendencias o sesgos dogmáticos. Uno podía ser y hacer lo que se propusiera, siempre y cuando asumiera con rigurosidad el compromiso con su propia propuesta.

La escuela del obrero era docente por excelencia y uno entraba sí o sí a participar de la cátedra de psiquiatría de San Fernando. Allí empezaron mis problemas con la docencia… Me generaba mucha tensión tener que dictar clases. Prepararlas, dictarlas, recordar, repetir ¡uf! (faltaba “elaborar”).

Distinta era mi sensación como jefe de prácticas y con alumnos de medicina. Ahí no tenía problemas, había aprendido mucho haciendo guardias en una clínica psiquiátrica desde que estaba en cuarto de medicina, sabía cómo acercarme al paciente y compartirlo con los alumnos.

Por esa misma época se produjo un crecimiento exponencial de facultades de psicología y había gran demanda de profesores para dictar en otras universidades. Y, si ahora aún me cuesta decir que no, por entonces era totalmente incapaz de hacerlo, así es que me vi envuelto en el dictado de cursos para universidades, en las que se aceptaba alumnos de manera indiscriminada, con aulas en las que se los hacinaba llegando a sentarse de a tres en carpetas que eran para dos.

Me resultaba terriblemente difícil tolerar a los “estudiantes” que no mostraban interés en sacar adelante su carrera profesional. Me convertí en un profesor muy exigente, con mucha frustración ante los pobres resultados de los alumnos en sus exámenes. En algún momento, llegué a jalar al 80% de una clase (después me enteré que en otro curso habían desaprobado al mismo porcentaje). Cada vez me convencía más de que la docencia no era para mí.

En esos primeros años, más que profesor o maestro, era un instructor, untado de un refinado sadismo, traducido en elaborados exámenes, pruebas objetivas en las que en cada hoja cambiaba el orden de las respuestas a la misma pregunta. El alumno que se copiaba, fijándose sólo en el orden de las respuestas de sus compañeros, estaba condenado. Les advertía que el examen tenía sorpresas destinadas a los que se copiaran o adivinaran. Dadas las circunstancias, no podía impedir que se copien, pero, quienes tuvieran respuestas erróneas, debían “pagar la apuesta” con un 0.25 en contra (hubo quienes terminaban con puntajes por debajo de cero).

Por entonces, ya hacía unos años que había iniciado mi proceso personal de psicoterapia psicoanalítica y participaba de grupos de estudio de psicoanálisis, en los que invertía cada centavo que recibía por mis actividades académicas; y, si sobraba algo, compraba cuanto libro pudiera tener que ver con psicoanálisis. (Ahora tengo un poco más de noción de ahorro que entonces, cosa que se consolidó en los años de mi costosa formación como psicoanalista en Buenos Aires).

Creo que, por entonces, no era muy consciente de las ambivalencias que me generaba la alta exigencia económica y de estudios de la formación analítica. No había esfuerzo que no estuviera dispuesto a comprometer. Quizás mis alumnos de aquel entonces recibieron algún trasvase “sádico”, o alguna transferida depositación de la censurable condición de “estudiantes”, ahora que aparecía yo como un “estudioso” (que es lo que parecía).

La clasificación de “malos” y “buenos” alumnos, parece haber rondado mi disposición para con unos y con otros, a lo que se sumaba, como vemos, las consecuencias de una creciente idealización del psicoanálisis y de mí mismo como psicoanalista. Paradójicamente, prevalecían (felizmente sólo por un tiempo) las identificaciones con aquella tía de la infancia.

En los últimos cinco años, de los doce de experiencia personal en análisis, el tema de hacer docencia parecía un capítulo cerrado. Me propuse dedicarme sólo a la actividad clínica, que era en lo que me sentía más cómodo y motivado.

Pero, ya de vuelta en Lima, era imposible no participar de la docencia. La Sociedad Peruana de Psicoanálisis recién se iniciaba y éramos apenas 7 los que debíamos asumir el compromiso formativo de los candidatos.

Ungido en la posición de supuesto saber, sentí resurgir mis fantasmas: un estudiante disfrazado de estudioso, frente a “selectos” candidatos a psicoanalista, ante los que sentía que no podía tener errores. Hice lo que pude, con el esfuerzo de siempre, con esa sensación ambivalente de hermano mayor que tiene que ayudar con los hermanos menores.

Algo distinto ocurrió, en simultáneo, en la naciente escuela del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima. Con mis colegas, los fundadores, pude expresar mis reservas y hacerme cargo sólo de la tarea de supervisar, lo que me resultaba totalmente afín.

Pero, poco tiempo después, el encargado del curso de técnica dejó la cátedra y me tuve que hacer cargo de la misma. No había alternativa. Si en la Sociedad de Psicoanálisis éramos pocos, en la escuela éramos sólo tres.

El clima que se instaló, desde un principio, era de distensión y confianza, con un apoyo incondicional ante cualquier dificultad. Era más apoyarnos que exigirnos. Aún así, había una entrega total a la tarea, sin retaceos de ninguna clase. Habíamos compartido espacios de formación previa en la APA y ese halo de “escuela de origen” nos dio, creo, facilidades para un ensamble enriquecedor. Nos propusimos “hacer camino al andar”.

El curso de técnica arrancó sin ninguna diferenciación de las bases de una formación psicoanalítica. Era el mismo programa teórico. Poco a poco, se fueron incluyendo temas propios de la psicoterapia psicoanalítica, disciplina con la que, también, de a pocos, me fui reencontrando. Aflojando amarras del psicoanálisis ortodoxo (sin abandonarlo), fui ingresando cada vez con más entusiasmo en esta línea de trabajo, en la que ya no sólo se trataba de enseñar un quehacer, sino que estaba, también, el difícil reto de construir una identidad como escuela, como institución.

Pese a todo el respeto y la libertad que encontré para crecer en esta línea, creo que fue bastante difícil coincidir con muchos de mis colegas, directivos y profesores, en el sentido de la especificidad de la psicoterapia versus el ideal del procedimiento psicoanalítico. Mucho aportó en la consolidación de esta línea de trabajo el que se creara nuestro departamento de proyección social, donde la demanda de los pacientes era clara y predominantemente de procedimientos breves.

Con la actividad de proyección social se ampliaron las posibilidades de aprender de la experiencia. La supervisión de casos y la rotación por distintos supervisores permitieron que los alumnos no sólo aprendieran de la experiencia, sino que se abrió una oportunidad de ir observando su perfil e idoneidad como terapeutas.

La preocupación por mejorar la calidad de nuestra formación, nos llevó a constantes cambios curriculares; y, hace pocos años, logramos hacer una suerte de “tejido curricular”, de manera que las cátedras tuvieran una mayor sincronía temática, acorde a los diferentes momentos de la formación de los alumnos.

Nos percatamos, también, de que los alumnos de primer año necesitaban un acogimiento diferente al que estaban teniendo. Nos pareció especialmente importante que no empezaran con un exceso de teorización idealizada del psicoanálisis; que era oportuno un dictado de clases con mayor apertura hacia una mejor visión de lo que es propiamente nuestra línea de formación como escuela. Acordamos que los jefes de cátedra dictaran en el primer año, que transmitieran el espíritu de sus cursos.

Yo me había parapetado en el dictado de los cursos de tercero. Hasta entonces, rechazaba la idea de dictar en primero, porque, supuestamente, “estaban muy crudos”.

La experiencia de estos seis (o siete) últimos años, se ha encargado de demostrarme cuan equivocado estaba. El alumno de primero llega, en principio, lleno de motivación y, en la mayoría de los casos, su no saber de psicoanálisis es largamente compensado con su saber de la vida o su disposición a saber, si la situación no se torna machacona o persecutoria. Digamos que una buena dosis de transferencia positiva facilita el desarrollo de una sólida alianza de trabajo.

Mis reacciones contratransferenciales previas, a las que se sumaban mis aún no superadas ambivalencias en la tarea como profesor (léase también “la subsistencia de mis ansiedades fóbicas”) se ha atenuado hasta casi desaparecer. Las clases se desarrollan en un clima lúdico en el que borbotean los aportes, en todas sus formas: como vivencias personales, como preguntas, como temores, como aportes clínicos, como conceptos ya aprendidos… Tanto en alumnos como en profesores hay una satisfacción palpable en el proceso de aprendizaje.

Creo que la noción de psicoanálisis brota desde la naturaleza misma de la apertura. La mente está abierta a la ocurrencia sintónica, a la vivencia, a la fantasía; mientras que la psicoterapia se va haciendo un sitio en el entendimiento de las distintas formas en que juntos encontramos posibles soluciones creativas para cada caso clínico, que se nos presenta como reto a resolver.

Creo que cada clase se ha convertido en una pequeña fiesta del saber; un encuentro grato en el que me divierto mientras aprendemos juntos. Creo que he logrado desprenderme de las investiduras de la tía…de la necesidad de corresponder al lugar de supuesto saber. Nunca sé cómo voy a desarrollar la clase, se trata simplemente de ingresar en la temática de manera vivencial. Más que exponer, me expongo. Muestro lo que parece apropiado y, desde allí, con la ayuda de los alumnos y la insustituible participación de mis asistentes, las formas se van perfilando… Por cierto, a veces citamos algún autor. De hecho, los alumnos tienen lecturas recomendadas para cada oportunidad.

Desde lo dicho, resulta crucial el trabajo en equipo. La organización de las clases, el orden, tanto como la apelación al gesto espontáneo, requieren de una gran sintonía entre los que conducimos la clase. Sobre el final, con frecuencia hacemos labor de “mourning”, lo que permite compartir observaciones, en especial sobre posibles movilizaciones dinámicas en los alumnos… o en los profesores.

Una experiencia muy diferente es la que se está dando con el actual grupo de cuarto año, con quienes hago, por primera vez, supervisión de “caso continuo”. Yo les había dictado clases en tercer año y tenía una mala predisposición hacia ellos. Las más de las veces me sentía fastidiado o de mal humor en sus clases (en tercero). Faltaban mucho, sentía que no daban la talla, etc. El sentimiento era mutuo y ellos también lo sabían. No hubo manera de resolverlo desde lo académico. Me quedé, al final, con la sensación de que estaban jaqueados por el sentimiento de no saber, dado que de origen nadie era “psi” y ya estaban enfrentados con el reto del “supuesto saber”, además de tener que empezar a atender pacientes.

El sistema de trabajo en “caso continuo” se apoya en un registro de bitácora, que recoge en un sentido amplio las ocurrencias de cada presentación. Iniciamos el trabajo con una explicación sucinta de la metodología, que es muy simple: alguien presenta un caso durante cuatro clases seguidas; por otro lado, en cada clase, los alumnos se van alternando en la elaboración personal de la bitácora correspondiente, la que se lee al inicio de la siguiente clase.

Sin proponérnoslo así, con mi asistente (valioso apoyo en la tarea), nos encontramos pronto en una compleja trama dinámica alrededor de las bitácoras, muy a la manera de un grupo de análisis; aunque tratábamos, por cierto, de conducir la dinámica lo más cercano posible a la idea de un grupo operativo. En medio de un clima de angustiosa incertidumbre, fueron emergiendo contenidos que nos permitían hacer aproximaciones al material del paciente, a los movimientos transferenciales y contratransferenciales del paciente y del terapeuta… y su “resonancia” en quienes escuchábamos los casos.

En el grupo fue creciendo la intensidad de la expresión afectiva, al principio de frustración, rabiosa o enojada, de protesta… Uno a uno, fueron encontrando su turno para expresarse, para expulsar sus emociones, virulenta o elegantemente. Mientras los conductores –para su sorpresa- los acogíamos sin la retaliación temida, fueron apareciendo emergentes grupales de integración y de síntesis. Creo que compartirlo es digno de un trabajo aparte, que espero lo hagan los mismos alumnos que vivieron esta experiencia.

El asunto es que, de pronto, en algún momento, empecé a sentirme contento en esa clase, recobré la posibilidad de estar de buen humor con ellos. Nos dimos cuenta del cambio y que, más allá del calibre de los afectos -o gracias a ello- habíamos logrado tomar conciencia de que eran capaces de funcionar analíticamente, de abrirse y mostrarse, en vez de replegarse o mostrar lo buenos que pueden ser, en pos de una buena calificación.

He sentido que su motivación ha crecido con la confianza de que “pueden”. También, está en su toma de conciencia el que necesitan aprender mucho más, pero el reto les resulta ahora verdaderamente estimulante.

Por supuesto que también yo he incrementado mi confianza en el recurso psicoanalítico aplicado al aprendizaje en grupos, recordando que no hay que perder de vista la movilización personal y contratransferencial del profesor, así como el tener permanentemente en cuenta las necesidades del grupo de resolver las tensiones propias de cada momento de su formación.

Estas consideraciones son también una oportunidad para el profesor (para el equipo docente) de rescatarse del designio persecutor, pesado y frustrante, en favor de un encuentro grato, integrador y verdaderamente formativo.

¡Hasta he llegado a pensar que sirvo para la docencia!

2007/03/28 Homenaje al Maestro Carlos Alberto Seguín

Aniversario del CPPL, 28 de marzo de 2007



¡Parece mentira que haya pasado tanto tiempo! Pero las canas no engañan, como tampoco engaña esta realidad hermosa, tangible y cotidiana de una institución funcionando… consolidada.

Tiempo, esfuerzo y una dedicación indeclinable, que ha sabido combinar el amor por la docencia con una vocación de servicio a la comunidad, es, en su esencia, el resumen de nuestra historia.

No es poco el orgullo proveniente de haber brindado formación a 23 promociones de psicoterapeutas, a más de 200 profesionales que se han forjado (o lo están haciendo) en nuestra Escuela, a lo largo de estos años; tampoco podemos soslayar la profunda satisfacción de haber brindado atención a más de 26,000 personas de escasos y medianos recursos en nuestro Departamento de Servicios Especializados y Proyección Social, asistencia que se multiplica geométricamente si tomamos en cuenta los procesos terapéuticos o los trabajos en talleres, charlas, campañas de salud, etc., que seguimos realizando a lo largo de los tiempos.

Estamos, pues, contentos de cumplir estos 24 años. Se ha hecho camino y se han desarrollado lazos sólidos; nuestra gente ha crecido con la institución y hay cada vez más posibilidades de confiar en un recambio generacional. Actualmente, son fundamentalmente exalumnos de nuestra Escuela quienes conducen la nueva directiva. Seguimos participando algunos de los fundadores, pero está asegurada la continuidad generacional institucional.

Pero, más allá de los logros académicos y materiales, está el haber logrado crear y mantener un espíritu, un clima de calidez y colaboración, que se perciben en cada una de las actividades que realizamos. Hay una constante disposición a la cercanía, a la creatividad en conjunto, a la entrega generosa en momentos cruciales, no exenta de momentos de conflicto, que siempre, felizmente, hemos podido resolver.

Es en ese punto que encuentro un enlace con la experiencia que algunos de nosotros tuvimos en el Servicio de Psiquiatría del Dr. Seguín, a quien hoy celebramos en el centenario de su nacimiento. En ese entonces, cada reunión era una fiesta, el clima era de alegría y entrega.

El Maestro, por cierto, era un ejemplo permanente, un paradigma ineludible, un modelo peculiar (“Dionisiaco”, a decir del Dr. Javier Mariátegui). Es decir, estaba más cercano a lo lúdico y a la apertura creativa que al dogma, tenía una disposición permanente para el aprendizaje tanto como para la docencia, buscando siempre al paciente detrás de sus síntomas, pero… no sólo al paciente. Todos los que trabajamos a su lado sentimos, en grados diferentes, las muestras de su cercanía, de su interés por conocernos, de su solidaridad con el interés de cada uno de nosotros por SER un psiquiatra dinámico original, en base a los propios recursos, ayudándonos a canalizar nuestras inquietudes de forma adecuada y coherente.

El “Viejo” (así lo llamábamos con cariño y él lo disfrutaba con gracia, replicando: “simplemente soy más años joven que ustedes…”) nos exigía que fuéramos consistentes con la línea que cada uno estaba eligiendo y, por supuesto, sin perder jamás el eje de la relación con el paciente.

Para Seguín, la teoría pura no tenía mayor atractivo; recogía el saber de distintas fuentes y, entre éstas, concedía un lugar importante a la literatura. Así lo sugiere en los consejos a su hijo en “Tú y la Medicina”, un librito que vale la pena leer, en donde encontramos a un Seguín con influencias de Kahlil Gibrán, pero traduciendo de manera tierna y sincera lo que fue su forma de vivir su relación con la medicina.

Era un gran lector y un cinéfilo impenitente, con una asimilación impresionante de lo que recogía y procesaba de cada estímulo, con una lucidez impresionante que, más bien pronto, se esmeraba en compartir con sus colegas y discípulos, con un estilo de comunicador ameno y sencillo, que resultaba siempre estimulante y enriquecedor.

¡Cómo no extrañar al maestro! ¡Pensar que pasó con nosotros su último cumpleaños en este mismo espacio!, en lo que fue nuestra “Clínica de Día”, que llevaba su nombre. Nos acompañó en esa oportunidad con su buen humor y la ternura de siempre… ¡Siempre lo tendremos presente maestro!!

Quiero, con esta celebración del centenario de su nacimiento, relevar también el valor de quienes lo acompañaron en la gesta de aquella escuela de psiquiatría dinámica del Hospital Obrero, la que me tocó conocer y en la cual pude compartir gratísimos momentos de saber y de sabor, de seriedad y de humor.

Recordamos con cariño:

- Al Dr. Oscar Valdivia Ponce, prematuramente desaparecido, quien no cesaba de amenazarnos con dichos como “muy gallitos son estos residentes, hay que cortarles los espolones…” Felizmente, y muy por el contrario, era un gran promotor de nuestra participación en la docencia y en cuanta actividad nos requiriera, especialmente en las de organizar los festejos del servicio.

- Al maestro José Alva, agudísimo clínico, de quien aprendí el “abc” del diagnóstico diferencial y quien me nutrió de conocimientos desde la riqueza de su alma bondadosa. Guardo por él especiales sentimientos de gratitud.

- Al Dr. Sergio Zapata, entusiasta y culto participante, que enriquecía nuestros “mournings” (como llamábamos a las reuniones post encuentro en comunidad) con muy cultos comentarios. Entre tantas cosas, le dedicó una especial mirada a investigar el alma criolla a través de nuestros valses.

- A ellos tres, el Dr. Max Silva, en una pertinente metáfora futbolística, los denominaba “el mediocampo” del servicio. A propósito de Max, discípulo fiel del Maestro Seguín, gran estudioso de Vallejo, recuerdo que me aconsejaba con cariño que no me analizara, que corría el riesgo de perder ese lado histérico que me hacía tolerable. Veo en Max a un gran amigo, estudioso, siempre llano a compartir su saber de manera generosa.

- Con Humberto Napurí conocí el mundo fascinante del psicodrama y la dinámica de los grupos. Solíamos, también, compartir nuestra afición por la pesca, junto a otros entusiastas colegas del servicio, como Augusto Calderón, David Jáuregui y Johnny Campos. Con estos últimos, además, llegamos a formar un trío musical, al que alguna vez nuestro colega y maestro de ceremonias, Jorge García Calderón, presentó como “los tres chiflados”…

- A Mario Chiappe, con quien compartí los afanes de hacer una tesis en tiempo record, para poder graduarme como médico y postular a la única plaza de residente que ofrecía el Hospital. Gran entusiasta en la investigación de la medicina folklórica, excelente supervisor y amigo, nos dejó un penoso vacío con su repentina desaparición, en la flor de su carrera.

- Cómo no recordar a Emilio Morales Charún, hombre sencillo y amable, con una sabiduría natural, forjando a pulso su profesión, siempre dispuesto a enseñar a los nuevos y aportando siempre su alegría en nuestras celebraciones con su gran habilidad para el canto y el baile afroperuano.

- Con Rubén Ríos compartimos el interés por las discusiones clínicas así como lugares en la Cátedra de Psiquiatría. También lamentamos su pérdida.

- Rafael Junchaya, quien me impresionó por su “otra formación” (en música clásica, cosa que le granjeó especial aprecio por parte del Dr. Seguín). Rafael acogió el estímulo del Maestro para desarrollar el movimiento de “Análisis Transaccional”, del cual ha llegado a ser una figura internacional.

- Héctor Cornejo Mere, buen compañero y hombre comprometido, animándonos siempre con frases de estímulo… Recuerdo su participación en las reuniones de la comunidad terapéutica.

- Alberto Péndola… En realidad, a Alberto lo conocí cuando yo era alumno de medicina y él profesor de la Cátedra de Psiquiatría; formaba parte de los entusiastas por el psicoanálisis y, de hecho, fue uno de los primeros que viajó a formarse como psicoanalista en la Argentina, ejemplo que otros seguimos después. Hombre de línea, que ya desde entonces lucía una especial facilidad para la lectura de la dinámica grupal, cosa que ensayábamos permanentemente todos los miembros del equipo, en especial en las ya mencionadas reuniones de “mourning”.

- Jaime Velasco, quien en su momento nos fascinara con sus magistrales clases sobre teoría psicoanalítica; brindaba generosos y abundantes espacios gratuitos en donde muchos aprendimos el “abc” de la teoría psicoanalítica. También se embarcó en la ruta hacia Buenos Aires.

- Augusto Colmenares, brillante y muy culto miembro del staff, quien enrumbó hacia Inglaterra y, finalmente, afincó en España. Pese a las grandes diferencias de saber y edad, siempre se esmeraba por mantener un trato de “pares”. De él aprendí a fijarme en la “música” de la sesión.

- Compañeros entrañables de la residencia fueron los doctores Víctor Espinoza, Amanda Castillo, José Cabrejos, Augusto Gushiken, Rómulo Bosleman y Anita Llanos.

- Recuerdo, también, con mucho cariño, a los enfermeros, a los terapeutas ocupacionales y a los anónimos pacientes de la comunidad terapéutica.

Conocí a otros discípulos distinguidos del Maestro fuera del servicio, antes o después de haber ingresado allí. Alberto Perales me dejó muchas enseñanzas en la Clínica San Antonio, de la que fue director.

Cómo no recordar a Pancho Vásquez y el psicodrama de la Clínica de Día. Tengo presente a Alberto García Martinelli, a Ricardo Milla y a Marcela Rosas, con quienes compartí gratos momentos de aprendizaje y trabajo.

Conocí poco a Elia Izaguirre quien, hasta donde recuerdo, se dedicó a explorar diversas técnicas terapéuticas y a Felipe Iannacone, quien tuvo un destacado lugar en el desarrollo de la terapia gestáltica. A Saúl Peña, a Max Hernández, Moisés Lemlij y a Carlos Crisanto los fui encontrando en las profundidades del psicoanálisis. Formaron el primer contingente… de lujo por cierto, que traían con fuerza el ímpetu de hacer escuela y que permitió que muchos de los que nos habíamos inclinado por la psicodinamia, termináramos de encauzarnos hacia el psicoanálisis, como Marcos Gheiler, José Cabrejos, Jaime Heresi, Noel Altamirano y otros.

Los psiquiatras que nos formamos con Seguín alcanzamos a tener la categoría de Psiquiatras Dinámicos. Es decir, incorporamos el reconocimiento de factores provenientes del inconsciente y la posibilidad de un abordaje psicoterapéutico, además del puramente farmacológico.

La formación con Seguín, en realidad, era muy amplia, holística, humanista. Muchos de sus discípulos, a partir de esta base, hemos seguido diferentes rutas en la amplia gama de posibilidades de desarrollo, pero todas se han caracterizado por mantener el “espíritu Seguiniano”, de entrega y pasión por comprender mejor y tratar de ayudar al semejante, basados en un vínculo de afecto especial con éste. A esto, el Maestro lo llamó el “eros terapéutico”, concepto que, hoy por hoy, es reconocido como el común denominador de las terapias que tienen éxito, ya que es especialmente el vínculo lo que produce la cura.

Al retirarse el Maestro Seguín, a comienzos de los años 70, sus discípulos mantuvieron la línea de formación y es así que tenemos una sucesión de generaciones que han seguido la línea de la psiquiatría dinámica, la cual, con el tiempo, ha ido teniendo sesgos lógicos derivados de la conducción del Servicio.

Por este motivo, y dado que la intención del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima es homenajear al Dr. Seguín en la persona de sus discípulos directos, quiero pedir disculpas por todos aquellos nombres de los que me pueda estar olvidando en estos momentos. Tal vez ustedes me puedan ayudar luego a recordarlos.

No voy a mencionar tampoco a los miembros de las nuevas generaciones. Lo dejo como tarea para otro momento de la celebración de este centenario, que recién comienza.

1998 ¿Qué es la psicoterapia psicoanalítica?


En: Maestre, Fernando… Morales, Pedro… Péndola, Alberto… Ureta de Caplansky, Matilde... Cuatro conferencias de psicoterapia psicoanalítica y psicoanálisis.  Lima, Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, 1998.

La psicoterapia psicoanalítica plantea desde la base un problema de definición, ya que, en muchos casos, es empleada como denominación del ejercicio práctico del psicoanálisis, es decir, como la aplicación terapéutica de sus preceptos teórico-técnicos; y, en otros casos, como un derivado diferenciable del psicoanálisis ortodoxo, colocando por delante el objetivo terapéutico, con metas definidas que pueden llegar al empleo de técnicas breves o focales, según la necesidad del paciente o sus posibilidades de tiempo, dinero o circunstancias particulares.

En este último caso, la comprensión dinámica de la problemática del paciente, es decir, la teoría de la enfermedad, es la misma que maneja el psicoanálisis y  abarca de manera integrada desde las enseñanzas freudianas hasta los enriquecimientos teóricos provenientes de autores post freudianos.  En general, la causalidad inconsciente de los problemas actuales, derivada de conflictos infantiles no resueltos, supone un denominador común. 

Aun así, en los desarrollos post freudianos cobra mayor importancia la diferenciación entre problemas de origen edípico y aquellos más tempranos o pre-edípicos, tema que en algún momento Freud reformula en términos de relaciones narcisistas y relaciones de objeto.  Esto, al igual que el factor de la realidad actual o el de las circunstancias propias del desarrollo de la sintomatología, cobra una importancia particular a la hora de diseñar la propuesta terapéutica. 

Los factores del entorno pueden llegar a ser determinantes a la hora de buscar recursos de equilibrio para sostener una estructura perturbada.  En este sentido, la psicoterapia psicoanalítica tiene una mayor posibilidad que el psicoanálisis de atender dicha variable.

La diferenciación entre ambas propuestas terapéuticas se basa en las variables del manejo de los instrumentos técnicos que propone el ejercicio de la psicoterapia psicoanalítica.  Dichas variables han ido surgiendo a lo largo de la historia de la aplicación de la técnica psicoanalítica.  Al principio, surgen como expresiones de algún ensayo “transgresivo”, intentando dar cuenta de alguna coyuntura difícil de resolver de la manera tradicional o, más formalmente, como programas dirigidos a abreviar el tiempo de duración del proceso.

La diferenciación se facilita cuando empleamos las denominaciones “psicoanálisis” y “psicoterapia psicoanalítica” como la forma de definir los argumentos técnicos comprometidos e implementados en el proceso de la cura.

En el primer caso, se trata del objetivo psicoanalítico tradicional, conocido como “ortodoxo”, donde el trámite gira mucho más sobre el eje de la díada transferencia- contratransferencia y la búsqueda del fenómeno de la regresión y la generación de la neurosis de transferencia, la que se resolverá paulatinamente  a medida que se elaboren las resistencias a través de un proceso sin tiempo ni objetivos delimitados.  El instrumento por excelencia del método psicoanalítico es la interpretación.  La intención en el proceso analítico es lograr el “insight”, fenómeno complejo de integración comprensivo-vivencial acerca de lo que ha originado la perturbación.  Este “insight” requerirá, a su vez, de un proceso elaborativo que buscará asentarlo en la estructura misma del sujeto; de ahí la idea de “cambios estructurales”, es decir, “cambios permanentes” obtenidos como resultado del trabajo psicoanalítico.

La psicoterapia psicoanalítica, en cambio, abarca más, maneja un universo mayor de recursos y sus objetivos son variables. Por momentos, el proceso puede llegar a ser indiferenciable del análisis, en la medida que las posibilidades de trabajo permitan un mayor abordaje de los contenidos inconscientes y momentos de regresión favorables al proceso; pero, en general, mantiene su eje en la búsqueda de la resolución de los problemas propuestos por la sintomatología emergente.  De allí la denominación antepuesta de “psicoterapia”, que supone una orientación terapéutica “a priori”.

Creo que el psicoanálisis se aproxima más a la actividad de investigación, donde los preceptos de neutralidad y abstinencia tratan de garantizar que la aproximación de los inconscientes de los participantes –paciente y analista- derive en el logro del “insight” o en el de una creación en el campo, sin que se produzcan contaminaciones por parte del conductor de la experiencia, ya que la orientación de la búsqueda en el proceso psicoanalítico está dirigida hacia el encuentro de la verdad del paciente.  Este encuentro con su verdad tendrá como consecuencia la resolución del conflicto sobre la base de la mencionada modificación estructural. 

Una diferencia importante surge desde allí y ésta es que en el proceso psicoterapéutico la búsqueda está más orientada hacia lo que es bueno para el paciente.  Se entiende que esto no necesariamente supone el encuentro con la verdad.  Las más de las veces, se satisface con el logro del mejor uso del paciente de sus propios recursos para dar cuenta de las emergencias sintomáticas.  La experiencia de resolución y manejo  sintomático posibilitaría la restauración del equilibrio funcional del yo y, eventualmente, daría lugar a cambios estructurales.  En ese sentido, por ejemplo, el trabajo elaborativo es mucho más intenso en un proceso terapéutico de tiempo ilimitado, requiriendo una participación más activa del psicoterapeuta.  También, se puede apostar a que el proceso elaborativo  se dé “a posteriori” de la terapia, entendiendo que la recuperación de las capacidades funcionales del yo hacen posible su enriquecimiento en la experiencia de vida.

Apelando a las premisas propuestas por Freud, vemos que el psicoanálisis procede por “vía de levare”, es decir, busca que los contenidos surjan desde las asociaciones del paciente, desde los emergentes de su inconsciente, procurando no contaminarlos con los contenidos provenientes de los intereses, fantasías o necesidades del analista. 

En el caso de la psicoterapia, además de la implementación de la medida anteriormente mencionada, se apela a la “vía de porre”, es decir, no se restringe la posibilidad de la participación del terapeuta en la oferta de recursos para resolver la coyuntura.   El terapeuta tiene la posibilidad de funcionar como un yo auxiliar, “prestando” transitoriamente al paciente la función de la que adolece o que está siendo interferida, siempre sobre la base de una concienzuda comprensión analítica de los dinamismos en juego, tanto de sus dificultades como de los recursos con los que cuenta para resolver la situación.  Esta característica de mayor actividad y participación por parte del psicoterapeuta trajo consigo la denominación de “técnicas activas” y fue Ferenczi, destacado y predilecto discípulo de Freud, quien impulsó por primera vez esta manera de trabajar.

Al principio, Ferenczi contó con el apoyo del padre del psicoanálisis, pero, poco tiempo después, la sensación peligrosa de desviacionismo llevó a serios cuestionamientos respecto a su actividad y a una tensa permanencia al interior de la comunidad psicoanalítica.  Tal vez más adelante podamos volver sobre este creativo autor y el lugar que ocupó en los albores de las modificaciones de la técnica que llevaron hacia la psicoterapia psicoanalítica.

Otros autores –por experiencia propia o por procesos de investigación similares- han llegado a parecidas conclusiones.  Es el caso de Franz Alexander, al frente de la Escuela de Chicago, a fines de la década de los 30.

Tratando de precisar aún más los conceptos que estamos empleando, enfatizamos que psicoterapia es toda actividad que, utilizando recursos psicológicos y a través de la comunicación verbal, trata de resolver los problemas de origen psíquico de una persona “X”, que solicita tal intervención.

En el caso de la psicoterapia psicoanalítica, dicha actividad se ampara en la comprensión teórica a que diera origen Sigmund Freud: nombre y apellido se conjugan en una identidad técnica diferenciable.  Remarco el detalle de “diferenciable” porque detrás de esta diferenciación hay una larga historia de deslindes, que parten del interior del psicoanálisis y que, posteriormente, asientan en los mismos psicoterapeutas.  Algunas veces la tendencia es a borrar las diferencias mientras que en otras ocasiones se trata de remarcarlas tanto que se les niega la filiación o el parentesco.  

Una comprensión válida de la situación sería la de una familia de músicos clásicos en la que se “excomulgara” a un hijo por tocar jazz por considerar que “eso no es música”. Sobre este tema se extiende ampliamente R. Wallerstein en su trabajo sobre psicoterapia y psicoanálisis, publicado en su versión castellana en el Libro Anual de Psicoanálisis del año 1989[1].  Allí, el autor hace una revisión amplia de la posición del psicoanálisis respecto a la psicoterapia psicoanalítica.  Nos muestra, en su concienzudo trabajo, una evolución que parte de un rechazo inicial de la idea de “analítica” en cualquier actividad que no corresponda a la aplicación de los preceptos técnicos del psicoanálisis.

En ese entonces, la actividad psicoterapéutica, es decir, la actividad tendiente a la resolución sintomática o puntual de la problemática de un paciente era vista como una “vulgar sugestión”.  De esta época, heredamos una frase de Freud en la que se expresa claramente la visión de la actividad psicoterapéutica frente al psicoanálisis.  Dice: “… es muy probable que en la aplicación de nuestra terapia a las masas nos veamos precisados a alear el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión directa…[2]

A comienzos de la década del 50 se debate entre los más destacados psicoanalistas acerca del problema de las diferencias y prevalece la posición de mantener las diferencias sobre la base del cumplimiento o no de las premisas del psicoanálisis clásico.

Una nueva revisión de este tema se produce a fines de la década del 60.  Singularmente, concurren a ella algunos de los que participaron en la discusión anterior, mostrando una sustancial variación de sus puntos de vista.  Se aprecia, en este momento, una fuerte corriente tendiente a borrar las diferencias.  La psicoterapia psicoanalítica sería la práctica del analista que, en tanto emplea los fundamentos de la teoría  y la técnica psicoanalíticas, seguiría practicando el psicoanálisis, más allá de las variables de frecuencia y profundidad del trabajo.

Junto con su revisión histórica -y apoyado en una investigación de la Clínica Menninger-  Wallerstein[3] plantea reflexiones valiosísimas sobre la validez de seguir sosteniendo la idea de que el logro de cambios estructurales (es decir, permanentes) sólo es posible mediante la aplicación de la técnica psicoanalítica clásica.

De manera concluyente, Wallerstein encuentra argumentos para validar las intervenciones propiamente terapéuticas que, en su exposición en este artículo, centra alrededor de las intervenciones tipo “apoyo” y encuentra que pueden considerarse, también, como generadoras de cambios estructurales.  Señala que, inclusive, es posible que muchos de los logros terapéuticos del psicoanálisis clásico se deban a intervenciones de tipo “apoyo” por parte del psicoanalista. Wallerstein ha sido presidente de la IPA; es un vocero calificado al interior del psicoanálisis y las investigaciones en las que basa su opinión provienen del seguimiento de un grupo de 45 pacientes tratados con psicoanálisis y con psicoterapia analítica, observando la permanencia de los logros terapéuticos a lo largo de 30 años.

En mi experiencia personal, recuerdo el trabajo que realizara hace muchos años con un paciente de raza negra en mi época de residente de psiquiatría.  Era un paciente catalogado como difícil. Nadie lo quería tomar a su cargo por su naturaleza sociopática y su tendencia a manipular con amenazas.  Había sido internado por ingesta compulsiva de alcohol y raptos agresivo-destructivos, en los que muchas veces se había enfrentado a la policía.  Recientemente, había incendiado la precaria vivienda que compartía con su mujer.  Sus hijos estaban en trámite de ser internados en el puericultorio, ya que ni él ni su mujer significaban una garantía para su sostenimiento moral ni económico.  La terapia que emprendimos durante su hospitalización consistió en reforzar los aspectos positivos de su funcionamiento yoico en la relación con los demás.  Por ejemplo, pude observar que ayudaba al enfermero a mantener el orden en la sala.

Mi acercamiento hacia él fue de lo más horizontal y sincero, procurando no caer en el lugar de representante superyoico, estructura con la que vivía enfrentado defensivamente.  Creo que en algo ayudó, también, mi experiencia de muchacho de barrio.  Esto me permitía una cercanía empática y, aún más, cierta estima personal traducida en confianza en él.  Digamos que, con alguna ingenuidad de principiante, creía en él, creía en que podía salir de todo eso.

Al finalizar el internamiento, lo ayudé a conseguir trabajo y, por un tiempo, lo recibí en los consultorios externos del entonces Hospital Obrero de Lima (hoy “Almenara”).

En una conversación posterior a su alta en el consultorio, me llegó a decir: “Usted me ha jodido, doctor.  Usted me ha enseñado que el camino es por acá y ya no puedo hacer como antes, que todo lo   con tragos y a patadas. El problema es que yo estoy acá (señala un punto intermedio) y no termino de hacerlo como debiera y ya no lo puedo hacer como antes.  Me ha jodido, doctor…”

Más o menos diez años después, lo vi por la calle y paré para saludarlo.  Tenía, también, mucha curiosidad de saber cómo le había ido.  Me contó que no había recaído, que conservaba el trabajo que le ayudé a conseguir y que me había buscado muchas veces en el hospital para agradecerme.  

No lo había mencionado antes, pero se trataba de un paciente con tercero de primaria; un albañil sin trabajo estable, debido a constantes problemas con los jefes.  Dada su tendencia anterior al uso de las personas, me ha parecido importante registrar el gesto de su gratitud como algo totalmente nuevo y estable en él (se entiende que no me pidió nada, que sólo me dio las gracias).

La política de trabajo que llevamos adelante fue fundamentalmente la de una atenuación de sus estructuras superyoicas y un reforzamiento de sus capacidades yoicas, además del reconocimiento de un trasfondo escondido, en donde su bondad se protegía de los riesgos a los que él solía someter a sus seres queridos. Todo esto se dio dentro de un marco de trabajo de psicoterapia “dinámica”, que es la que se impartía en la formación propugnada por el Dr. Carlos Alberto Seguín en ese entonces, y que no es otra que la que se funda en los principios que estamos examinando.

Es en esta disciplina en la que nos vamos a formar en un sentido más amplio. Los alumnos de esta Escuela egresarán como psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados y no como “psicoanalistas”.  La aclaración es pertinente dado que en diferentes oportunidades se han generado confusiones en los egresados, tanto por nuestra falta de precisión de los objetivos de la formación como por problemas derivados de identificaciones no procesadas con quienes impartimos las clases en la institución o con aquellos con los que desarrollan sus procesos personales de análisis o supervisión.  Es evidente que se presta a confusión llevar prácticamente todos los cursos para la formación como analistas para, al final, ser psicoterapeutas.

Como mencionáramos anteriormente, la orientación que imprimimos en la formación como psicoterapeutas en esta Escuela es de base analítica.  Por tal motivo, mantenemos a lo largo de los estudios una lectura constante de la dinámica grupal de la institución así como de los diferentes grupos que la componen. Dicha mirada toca tanto a los alumnos como a los profesores y directivos. La idea es tratar de mantener la vigencia del funcionamiento en el nivel de un grupo capaz de cumplir sus objetivos sin las interferencias propias de los momentos de regresión que se dan en cualquier grupo.  Especial atención dedicamos a las interferencias que se dan alrededor de las clases, ya que una demanda oral excesiva puede generar perturbadoras sensaciones de frustración y movilizar reacciones de resistencia pasivo-vengativa, así como momentos de predominio de fantasías persecutorias al interior del grupo, bloqueando la posibilidad de pensar en conjunto.

En algunas oportunidades, se ha visto la necesidad de rescatar a algún miembro, alumno o profesor, de la condición de “chivo expiatorio”, al generarse una complicada dinámica tendiente a negar en el resto la necesidad de observar algún contenido.

En fin, podríamos citar infinidad de circunstancias por las que hemos pasado en relación al entorno mismo de la Escuela, que nos llevan al más absoluto convencimiento de su aporte positivo al desarrollo tanto grupal como institucional.  Creo que esta manera de funcionar tiene una relación directa con la formación habida por algunos de nosotros en la Escuela del Dr. Seguín.

Es momento de retomar la línea de la referencia histórica del desarrollo de la psicoterapia psicoanalítica, esta vez en lo que corresponde a nuestro medio.  Es interesante mencionar que uno de los primeros en tomar contacto con las ideas de Freud en Latinoamérica fue Honorio Delgado, un connotado psiquiatra peruano.  Él conoció la obra freudiana en la segunda década de este siglo y se entusiasmó con su lectura al punto de ponerla en práctica, de manera bastante singular, durante alrededor de diez años, con pacientes tanto neuróticos como psicóticos.

Este primer encantamiento de Delgado deriva posteriormente en un total desencanto y hasta en una reactividad, que lo lleva a oponerse a todo lo que fuera analítico.  Dado el destacado lugar que ocupaba en la psiquiatría peruana, su influencia se hizo sentir de manera que se abrió una brecha, un vacío, en el desarrollo local de las lecturas analíticas hasta que, a comienzos de la década de 1940, el Dr. Carlos Alberto Seguín (sobrino de Honorio Delgado) tomó a su cargo el servicio de psiquiatría del Hospital Obrero de Lima, actual Hospital Almenara de la Seguridad Social del Perú.

El Dr. Seguín se formó como médico en la Argentina. Observamos que, siendo aún estudiante, publicó un “Tratado de Farmacología y Terapéutica”, que mantuvo vigencia hasta muchos años después.  En 1940, imbuido por sus lecturas psicoanalíticas, publicó su segundo libro, que se tituló “Freud, un gran explorador del alma”.   Dos años después viajó a los Estados Unidos de Norteamérica, donde recibió un entrenamiento en psiquiatría dinámica. En ese mismo periplo formativo se interesó por la medicina psicosomática y pasó por un período formativo en el Instituto Psicoanalítico de Nueva York.

A lo largo de los años, Seguín fue enriqueciendo su base formativa acercándose a otras disciplinas, como la psicoterapia de grupo, la comunidad terapéutica, el psicodrama, etc.  Como docente, introdujo en la Facultad de Medicina de San Fernando un sistema de trabajo con grupos operativos, cuya finalidad era aproximar al futuro médico a la persona aquejada por la enfermedad y a tomar contacto con las ansiedades propias de la formación médica.

Prácticamente todas las corrientes dinámicas hoy en boga en nuestro país fueron propugnadas por este brillante maestro, quien, si bien tuvo sus propias ideas sobre el proceso de tratamiento[4], jamás estuvo cerrado a nuevas orientaciones y enfoques, tanto teóricos como técnicos.  Si bien el psicoanálisis era un pilar, encontramos, también, en su tribuna didáctica, el Análisis Transaccional, la Terapia Gestáltica, etc.

A esta escuela de Seguín concurrieron, en su mejor época, psiquiatras de toda Latinoamérica para formarse como psiquiatras dinámicos.  Prácticamente todos los más connotados psicoanalistas, transaccionalistas y gestaltistas nacionales salieron de esta “Alma Mater”, verdadera cuna de la psicoterapia dinámica (léase: “Psicoterapia psicoanalítica”).

Posteriormente, a comienzos de 1970, retorna al Perú el Dr. Saúl Peña, quien se convierte en el motor del movimiento psicoanalítico.  Apenas llega, forma grupos de estudio con profesionales, en su mayoría psiquiatras formados por Seguín, en quienes propugnó el amor por un psicoanálisis profundo y riguroso.  La mayoría de los que participaron en esos grupos de estudio son ahora psicoanalistas o psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados.

El prestigio del psicoanálisis llegó a su máximo nivel con su presencia y la de los doctores Max Hernández y Carlos Crisanto, quienes llegaron poco después y pusieron lo mejor de sus empeños en conformar la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, logro que demoraría más de una década en plasmarse.  Ante la demora en constituirse una institución de formación analítica reconocida, muchos optamos por buscar esta formación en el extranjero.

Un grupo siguió los pasos de los pioneros y se fue a Inglaterra; otros se orientaron hacia el sur, hacia Buenos Aires.  Entre quienes optaron por este último destino nos contamos la mayoría de los que fundamos esta institución (el CPPL), por lo cual no debe extrañarnos un cierto “dejo de origen” en la orientación de nuestro trabajo formativo.  A esta característica se sumó la rica experiencia psicoterapéutica que habíamos recogido previamente al lado del Dr. Carlos Alberto Seguín.

Previa y posteriormente hubo algunos intentos de constituir centros de formación en psicoterapia dinámica pero, por una razón u otra, no prosperaron.

Nuestra institución, el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima,  fue fundada en 1983 por cuatro psicoanalistas (los doctores Alberto Péndola, Pedro Morales, Fernando Maestre y el Lic. Gustavo Delgado-Aparicio), quienes recogieron la inquietud de distintas personas de estudiar y formarse de manera organizada.  Cada uno de nosotros, por separado, provenía de sus propios grupos de estudio. 

En los comienzos, dicha formación fue programada para una duración de tres años y los cursos que se impartían eran en todo similares a los requisitos de una formación teórico-clínica en psicoanálisis.  Desde que se inició la Escuela, ingresaba una promoción por año.  A partir de la tercera promoción, la formación se amplió a cuatro años.  Desde entonces, paulatinamente, se han ido incorporando cursos de psicoterapia propiamente dicha, alejándose cada vez más de los orígenes indiferenciados frente al psicoanálisis.

A la fecha, por ejemplo, se imparte un año de técnicas breves de psicoterapia. Consideramos cambiar la denominación de los cursos dictados por los términos “Psicoterapia Psicoanalítica” simplemente, ya que, en realidad, se trata de desarrollar temas que van más allá de la dimensión temporal de su aplicación.

Asimismo, se desarrollan temas de psicoterapia de grupo, psicodrama, terapia familiar, psicoterapia para niños, etc., buscando una visión más abarcadora del uso de los recursos con los que cuenta la psicoterapia.

Desde que se creó el Programa de Proyección Social, hace casi ocho años, se abrió un importante espacio para la participación de los alumnos.  Esta participación ha ido “in crescendo”, siendo obligatoria para todos los estudiantes desde hace dos años.  Además de atender pacientes del programa, los alumnos deben acreditar su asistencia a las supervisiones de casos de proyección social. 

La importancia de mencionar lo anterior estriba en que la línea de trabajo, que se pretende que prevalezca en este programa, es la psicoterapia basada en estrategias de trabajo y, en la medida de lo posible, ir derivando hacia la llamada psicoterapia breve o focal.  Para ello, hemos tenido en cuenta no sólo la orientación de nuestra filosofía de trabajo sino, también, y de manera central, la naturaleza de las demandas de los pacientes que se atienden en este programa de proyección social.

Como veremos, a lo largo de la formación, la base del desarrollo de esta orientación terapéutica es lograr estar a la altura de las demandas, necesidades y posibilidades del paciente, antes que ajustarlo a nuestras premisas teóricas o técnicas.

Hablar de la psicoterapia psicoanalítica compromete desde la raíz los objetivos de la formación en dicha disciplina.  Por ello, vamos superponiendo algunos detalles conceptuales, diferenciales y de formación.

El sistema de trabajo en nuestra Escuela está sostenido por una mirada constante a los dinamismos de sus instancias.  Tanto los alumnos, en su evolución, así como los profesores y directivos, son “leídos” desde una perspectiva de sus posibles fantasías subyacentes, con el fin de descontaminar el campo, en lo posible, tratando de mantener la calidad y posibilidades de un grupo de tarea.  Esto supone un aprendizaje implícito, que comienza desde el curso introductorio.

Los alumnos en formación pasan por una experiencia de dinámicas grupales, que incluye dramatizaciones, permitiendo confrontar a los estudiantes, desde el comienzo, con las emergencias del inconsciente y motivarlos, a su vez, para el trabajo psicoterapéutico analítico personal.  La idea de este espacio, en el curso introductorio, también, es confrontarlos con su motivación para la tarea a realizar.  Creemos que esto constituye una de las mayores peculiaridades de nuestra oferta formativa en psicoterapia psicoanalítica, ya que su finalidad resolutiva de problemas emergentes ha permitido, en más de una ocasión, destrabar dinámicas interferentes con la labor formativa y/o de conducción.

Revisemos ahora, someramente, las variables que sustentan la idea de una psicoterapia psicoanalítica que difieren de las del psicoanálisis.

En primer lugar, propondría echar una mirada al concepto de “flexibilidad”.  La flexibilidad es, en realidad, un principio propuesto por F. Alexander y T. French en el libro “Terapéutica Psicoanalítica”, publicado en 1956.  Los autores tratan de revertir una corriente, vigente en ese entonces, que consistía en tratar de adecuar al paciente a la práctica psicoanalítica, en el entendimiento de que sólo así se lograría la cura.

La idea de la flexibilidad consiste, por el contrario, en tratar de adecuarse técnicamente a los requerimientos del paciente, teniendo en cuenta tanto las variables irrepetibles de su psicodinamia como la implementación de los recursos apropiados para recuperar su equilibrio psicológico.

La enunciación de este principio tiene un antecedente importante en el trabajo de Ferenczi, en particular en su escrito “La elasticidad de la Técnica Psicoanalítica”, publicado en 1928.
Volviendo sobre la propuesta de Alexander y French, encontramos que las premisas técnicas propuestas son totalmente variables, tanto en el inicio del trabajo terapéutico como a lo largo del tratamiento que, como es de suponer, no es necesariamente largo.  Las variables abarcan temas como la frecuencia y el uso del diván (evitar gratificar excesivamente la necesidad de dependencia). La regresión no se estimula en tanto “huída regresiva” a una situación vital difícil.  Al contrario, se trataría de buscar experiencias concretas de resolución que nos aproximan a otro concepto-principio que los autores proponen: “la experiencia emocional correctiva”, que veremos luego. 

La flexibilidad supone, a su vez, un manejo razonable de la transferencia, declinando importancia a favor de la experiencia de vida.  Como es de suponer, este principio es altamente riesgoso porque abre posibilidades de cometer errores y desvíos, (cuando no “desvaríos”).  Por ello, requiere un amplio conocimiento de quien lo aplica, una suerte de “sentido común profesional”.  Durante la formación, revisaremos ampliamente este concepto con los alumnos.

El otro principio, enunciado por Alexander y French, que mencionamos hace poco, es el de “la experiencia emocional correctiva”.  Leamos a Alexander para tratar de entenderlo.  El autor nos dice que:
“En todas las formas de psicoterapia etiológica rige el mismo principio terapéutico básico: reexponer al paciente, en circunstancias más favorables, a situaciones emocionales que no pudo resolver en el pasado.  A fin de poder recibir ayuda, aquél debe sufrir una experiencia emocional correctiva adecuada para reparar la influencia traumática de experiencias anteriores.  Es de importancia secundaria si esta experiencia correctiva tiene lugar durante el tratamiento o en la vida diaria del paciente.”[5]

En este trámite, como es de suponer, ayuda sobremanera la transferencia y su carácter atenuado de manifestación del conflicto infantil, situación que  en la que el terapeuta, además, adopta una actitud distinta a la que presentaron los progenitores en la situación originaria durante la infancia o en situaciones ulteriores de la vida.

Con cargo a ampliar la idea posteriormente, conviene tener presente la posibilidad de potenciar los recursos del yo para hacer frente a las circunstancias en las que el sujeto se encuentra en problemas.  Un trabajo con énfasis en la atenuación de la fuerza del superyó puede resultar central para la resolución del problema.  Para ello, puede bastar una sencilla elaboración de la culpa, junto con una respuesta que muestre una actitud permisiva por parte del terapeuta.

El grado de satisfacción de las demandas instintivas puede ser mejor regulado con indicaciones, por ejemplo, en el sentido de una mejor descarga de la agresión o la observación de una limitación sexual no tenida en cuenta. 

En cualquier caso, no se trata de una política terapéutica fija.  Más bien, se trata de un uso dinámico de los recursos y circunstancias.  Algunas veces, la terapia puede parecerse a las artes marciales, que nos enseñan a utilizar la fuerza del oponente al enfrentarlo.  No se trata necesariamente de vencerlo; a veces es cosa de neutralizarlo o de derivar la fuerza de manera más efectiva hacia el cumplimiento de los fines e intereses de la persona.  En realidad, se puede apelar a diferentes recursos terapéuticos con esta finalidad.  La única diferencia es que nosotros lo hacemos desde el entendimiento psicoanalítico.

En resumen:
a.    En el psicoanálisis la orientación terapéutica está ligada a la resolución de conflictos básicos, con miras a la reestructuración de la personalidad.  En la psicoterapia psicoanalítica esta finalidad es tenida en cuenta pero en forma atenuada, por las posibilidades tanto del paciente como del terapeuta.  La mira está más cercana a la idea de resolución de conflictos y problemas actuales.

b.    La duración, en ambos casos, puede ser indeterminada, pero, en el caso de las terapias breves, el tiempo es un factor diferencial.  Puede, también, tratarse de repetidas intervenciones breves.

c.    En el psicoanálisis la técnica está ligada a la búsqueda de la regresión y al desarrollo de la neurosis de transferencia.  El trabajo sobre las resistencias es prioritario.  En la psicoterapia psicoanalítica puede o no favorecerse el desarrollo de la regresión o considerarla de manera limitada.  Lo mismo sucede con el trabajo sobre las resistencias que, en algunos casos, puede obviarse.

d.    El trabajo con el “insight” es esencial en el psicoanálisis.  La psicoterapia psicoanalítica puede acercarse al modelo analítico, como también favorecerse desde el lado cognoscitivo.  La elaboración es central en el proceso de búsqueda de cambios estructurales y en la psicoterapia psicoanalítica la elaboración puede ser aportada por la experiencia post terapéutica.

e.    En la psicoterapia psicoanalítica, a diferencia del psicoanálisis, se desarrollan estrategias de trabajo.  Los énfasis pueden estar relacionados con la necesidad de atenuar la fuerza del superyó o con el fortalecimiento de los potenciales del yo.  Muchas veces se trata de un abordaje previo a la utilización del recurso analítico.


Bibliografía

Alexander, Franz... French, Thomas... Terapéutica psicoanalítica.  Buenos Aires, Editorial Paidós, 1965. 
Ferenczi, Sandor... La elasticidad en la técnica psicoanalítica”.  En: Obras completas, tomo IV.  Madrid, Editorial Espasa Calpe, 1981.
Ferenczi, Sandor... Problemas y métodos del psicoanálisis.  Buenos Aires, Ediciones Hormé, 1966. 
Ferenczi, Sandor... Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1932.  Buenos Aires, Amorrortu Ediciones, 1997.
Freud, Sigmund… Nuevos Caminos de la Psicoterapia Psicoanalítica.  En: Obras Completas de Freud, tomo XVII.  Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1979. 
Seguín, Carlos Alberto… Amor y Psicoterapia.  Lima, Ediciones Libro Amigo, 1994.
Walllerstein, Robert… Las nuevas direcciones de la psicoterapia. Teoría, práctica, investigación. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1972.
Walllerstein, Robert… ¿Un psicoanálisis o muchos? Revista Internacional de Psicoanálisis, 1988.
Walllerstein, Robert… Psicoanálisis y Psicoterapia: una perspectiva histórica. Revista Internacional de Psicoanálisis, 1989.




[1] Walllerstein, Robert… Psicoanálisis y Psicoterapia: una perspectiva histórica. Revista Internacional de Psicoanálisis, 1989.
[2]  Freud, Sigmund… Nuevos Caminos de la Psicoterapia Psicoanalítica.  En: Obras Completas de Freud, tomo XVII.  Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1979.  Pg. 163.
[3] Walllerstein, Robert… Las nuevas direcciones de la psicoterapia. Teoría, práctica, investigación. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1972.
[4] Recomendamos leer la obra de Carlos Alberto Seguín “Amor y Psicoterapia”.
[5] Alexander, Franz... French, Thomas... Terapéutica psicoanalítica.  Buenos Aires, Editorial Paidós, 1965.  Pg. 83.