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miércoles

1999/11/20 Psicoterapia, radiofonía y talleres


Doctor Pedro Morales Paiva
Doctor Fernando Maestre Pagaza

Simposio de Abordajes Psicoterapéuticos
Buenos Aires, 20 de noviembre de 1999

 
Se trata de organizar y ejecutar un plan piloto de investigación que sintetice armónicamente nuestra experiencia, tanto en comunicación masiva radial como a través de charlas interactivas con un público participante,  convocado a llamar por teléfono durante la transmisión de los programas en la radio.  El espacio gira en torno a temas clínicos o de orientación terapéutica y constituye un intento de integración de técnicas grupales con intervenciones puntuales dirigidas al individuo en el grupo.

Podemos observar los crecientes resultados positivos obtenidos en la comunicación masiva a través de la radio, donde además de información expositiva se absuelven consultas telefónicas y se canalizan testimonios de vida en favor de una audiencia cautiva a lo largo de 10 años.

Por otra parte, la elección del sistema de trabajo en talleres nace del entusiasmo respecto a los alcances obtenidos en las experiencias en la radio. Los talleres se realizan tanto con pacientes como con un público interesado en temas relacionados con la salud mental. Es una experiencia inédita que lleva  ya seis meses en ejecución.

En general, en una y otra experiencia, tanto en los programas de radio como en los talleres, tratamos de incentivar la participación activa y la reflexión, haciendo hincapié en la auto-observación y en el hallazgo de las respuestas preexistentes en los mismos participantes.

Los resultados que observamos pueden llegar a entenderse como trascendiendo la sola dimensión informativo-preventiva.  Pueden concebirse, adicionalmente, como logros terapéuticos o generadores de dichos logros, teniendo en cuenta sus efectos a corto, mediano o largo plazo.

A partir de las experiencias mencionadas, hemos podido recoger, además, la palpitante realidad de la creciente avidez de un gran sector de nuestra población por conocer los secretos de la mente y de las relaciones humanas, en especial en lo que respecta a las relaciones familiares.

Entre quienes siguen asiduamente los programas de radio, muchas personas padecen de trastornos que no comprenden suficientemente o que manejan de manera inadecuada.  La gran mayoría no puede sostener un tratamiento por sus altos costos, por su falta de conocimientos o por otras limitaciones particulares.  Tienen, sin embargo, un gran arraigo en la fuerza de la fe, inmersa en la tradición oral, propia del pueblo peruano. 

Ciertamente, algunos no saben que lo que observan en el padecer de un familiar o lo que tienen ellos mismos es un trastorno psicológico o psiquiátrico.  Menos aún tienen conocimientos acerca de las causas y las posibilidades de resolver o simplemente de manejar mejor dichos problemas.
 
Es interesante observar, sin embargo, cómo, a través del diálogo abierto, de las explicaciones y los testimonios, estas personas van tejiendo una comprensión más profunda. Gente de escasa instrucción nos da muestras impresionantes de comprensión y resonancia, a veces con puntos de partida puramente intuitivos, a veces desde su sabia y sufrida experiencia de vida.

El procesamiento espontáneo de estos problemas humanos encuentra una dura barrera en la estructura social en la que vivimos. Esta nos muestra cotidianamente las huellas de profundas carencias, que se traducen en altos índices de drogadicción, de violencia, de quiebra de la estructura familiar, de desarraigo, de soledad, de depresión y de angustia. Todo esto es visto tan sólo como un subproducto natural no atendible, propio de una estructura orientada hacia el “exitismo” productivo, hacia la detención del poder y hacia la ostentación material, como expresiones de realización personal.

Todo ello promueve un gran sacrificio de valores elementales, en especial los de la solidaridad y de las básicas necesidades gregarias de comunicación, para enfrentar el difícil reto de existir “humanamente sanos”.

Como sociedad, cada vez ocupamos menos tiempo en reflexionar, solos o en compañía.  El diálogo suele enraizarse en objetivos materiales o superfluos, convirtiendo la vida en una especie de novela estereotipada y hueca en donde es difícil encontrarse como seres verdaderos.

Creemos, por ello, que se requiere de un espacio alternativo para todos aquéllos que lo necesitan, por salud o por enfermedad, o por el simple anhelo de vivir, de volver a encontrarse en la mirada de un otro, de escuchar y ser escuchados... En última instancia, por el apremio de ser reconocidos, sin lo cual no somos o no podemos ser.

En la búsqueda de ese espacio es que ubicamos nuestra investigación y propuesta de trabajo en talleres.  A través de estos pretendemos lograr lo siguiente:

·        Ampliar los conocimientos de los participantes acerca del “enfermar” y del “existir” para la vida. Tratamos de utilizar un lenguaje sencillo para lograr un entendimiento del funcionamiento psíquico.

·         Favorecer el que dicho conocimiento se refuerce con sus propios testimonios, en una experiencia compartida.

·         Ayudarlos a reconocer el valor de expresarse, de escuchar a otros, de registrar la experiencia de “repararse reparando”, ayudando a otros, promoviendo la solidaridad frente al problema común.

·     Generar el encuentro entre personas con problemas similares abriendo amplias posibilidades para el aprendizaje e identificación con modalidades alternativas de enfrentar las dificultades.

·    Trabajar con grupos grandes, de 50 a 60 personas, para tratar de atenuar el problema de costos.

·    Llevar a cabo un trabajo intensivo que, en un solo encuentro de dos horas y media, lleve a una participación muy activa y al uso de elaboraciones, confrontaciones y esclarecimientos focales dentro de los alcances propuestos.

·     Incentivar las motivaciones para enfrentar sus problemas, optimizando sus propios potenciales hacia los recursos terapéuticos que pudieran necesitar.

·      Favorecer la organización de grupos de autoayuda y variables de trabajo grupal con participación parcial o permanente de un profesional conductor.

·  Proporcionar pautas de trabajo que oscilan desde la orientación hasta las posibilidades de ensayar interpretaciones sobre contenidos latentes.

·  Buscar el fortalecimiento yoico a través de la experiencia grupal o del reconocimiento personal dentro  del grupo.

·      A la manera de un grupo operativo, reforzar las intervenciones de carácter positivo y morigerar las de tipo negativo. Para ello, es necesaria cierta habilidad y experiencia para ubicar rápidamente las diferencias entre los participantes.


Metodología de trabajo en los talleres

El proceso cursa por dos etapas. La primera es la convocatoria a través de la radio. En ésta, se desarrollan temas relacionados con la clínica o alguna forma de problemática de interés general. Muchas de las personas que escuchan el programa radial se quedan con el anhelo de participar más directamente y de poder contar con un espacio para recoger más información y poder explayarse testimonialmente. De allí surge la segunda etapa, que es el Taller.

El taller, a su vez, tiene tres momentos:         
·                    La primera parte es una exposición, sucinta y clara. Suele ser entonces cuando la gente se empieza a reconocer en la descripción sintomatológica y de allí empiezan a surgir preguntas.   Como también se habla de causas y tratamientos, los participantes tienen ya una cierta ubicación frente al problema al pasar al segundo momento de la experiencia.
·                    Esta segunda parte consiste en una división del grupo grande en 4 grupos más pequeños, conducidos por profesionales con experiencia clínica y con manejo grupal. En ésta surgen testimonios y preguntas que, procesadas con suficiente habilidad, permiten que cada uno de los participantes obtenga alguna respuesta respecto a su motivo de consulta.  
·                    En un tercer momento, se reúnen nuevamente todos los participantes y se realiza una síntesis, tratando de reforzar los logros de la experiencia y de ampliar las posibilidades de información y elaboración conjunta. Es allí donde se orienta adecuadamente a quienes requirieran tratamiento. También, se les entregan resúmenes escritos de los temas desarrollados.

Dado que existe la intención de estudiar los efectos del taller en la vida o en la enfermedad de los concurrentes, se les hace llenar fichas orientadas a registrar sus motivaciones y expectativas.

En algunos talleres se aplica tests (por ejemplo, el test de la depresión de Zung, el de la autoestima, etc.). Esto posibilita hacer mediciones a futuro para evaluar los resultados.

Por último, se maneja una encuesta sobre la evolución de la persona en tres diferentes áreas: comprensión de su enfermedad, relaciones con los demás y manejo del tratamiento.  Esta encuesta se aplica a los seis meses de haber participado en el taller.

Todos estos recaudos tienen la finalidad de rescatarnos del solo registro subjetivo para medir los logros, de los cuáles, por lo demás, estamos convencidos, lo cual es una ventaja y un riesgo a la vez ya que corremos el riesgo de perder objetividad.

La parte más compleja del trabajo en los talleres es la que corresponde a los grupos pequeños.  Constituye un reto difícil el configurar un foco individual sin distanciarse demasiado de las expectativas del grupo. Existe, sin embargo, una facilitación: la experiencia previa de conducción del programa radial prepara para el vínculo por identificación y solidaridad.

Si bien la gente asiste con una importante fantasía básica de dependencia, trae también una gran disposición a participar aportando su propia experiencia. Depende del equipo conductor el que se mantenga un cierto equilibrio, saliéndole al paso a las muestras de voracidad acaparadora que pudieran surgir en algunos participantes.

Si bien acogemos la imagen idealizada de conducción -lo cual permite el surgimiento de sus propios aspectos idealizados- con frecuencia se busca el establecimiento de una horizontalidad y, más aún, el relevar la presencia de las respuestas a sus problemas a partir de ellos mismos, frente a lo que somos solamente facilitadores.

Se trata de propugnar en ellos el desarrollo de sus propias capacidades terapéuticas mediante el fortalecimiento del Yo. Esto significa poder encontrar recursos cognitivos y afectivos que deriven en esquemas menos simples que la sola reacción al estímulo.


Ejemplos

En el programa radial en que se trata el tema de la angustia, se convoca a los oyentes a concurrir a un taller para seguir trabajando sobre ello.  En el taller, se les da una charla acerca de la angustia y se les entrega material escrito sobre el tema. Luego, se les divide y pasan a formar parte de un grupo más pequeño. 

En uno de estos grupos, una chica joven, durante su turno, nos habla acerca de sus problemas. Ella está llena de temores e inseguridades. Notamos, sin embargo, que tiende hacia el acaparamiento de la atención y que, poco a poco, va desarrollando un cuadro de ansiedad. Antes de que llegue al clímax del cuadro, el conductor la interrumpe, amable pero firmemente, y la confronta con que si sigue así va a terminar en un desborde de angustia. Luego, se le hace notar cómo, al ser interrumpida y haber podido escuchar la explicación tanto del conductor como de los participantes, ella se ha tranquilizado.  Se le explica a los demás que esto es posible (que se tranquilice), pero que a veces ocurre que uno se acopla al síntoma y ya no lo enfrenta porque se logra un efecto en el entorno, dificultando con ello la comprensión y posible solución de las causas. Los demás miembros del grupo se sienten alentados por la experiencia.

En un taller sobre esquizofrenia, una joven, que viene acompañada por su hermana, comparte con el grupo el testimonio de su recuperación, luego de haber estado hospitalizada y en tratamiento por largos años. Ella explica que su recuperación se ha debido a su perseverancia y respeto por los tratamientos (fármacos, psicoterapia y la participación en una Clínica de Día). La hermana se expresa de la paciente con cariño y muestra admiración por sus esfuerzos, así como alegría por su recuperación. Toda la familia parece tener la misma actitud. Esto permite relevar ante los demás concurrentes tanto los factores requeridos para el tratamiento como la importancia de la participación de la familia en el mismo.

Algunas personas vienen cuando están atravesando una crisis. Una  de ellas ha intentado suicidarse hace poco y se encuentra en una fase depresiva. Se respeta su silencio y su breve explicación.  Se le refuerza la idea de que, apenas esté en condiciones, incluya, además del tratamiento farmacológico que ya recibe, una posibilidad de comprensión de los motivos de su depresión mediante psicoterapia de orientación analítica. A las dos semanas, esta persona se incluyó en un grupo de psicoterapia de nuestro programa de Proyección Social, sorprendiéndonos el verla tan pronto con un rostro sonriente.

Hemos tomado como ejemplos casos más bien severos. Los casos más leves giran en torno a recoger desde la propia motivación  y recursos el incentivo y el aliento para su auto recuperación.

Una mujer humilde, de mediana edad, cuenta que tiene una hija a la que violaron hace un tiempo. Esto la afectó, pero se recuperó con ayuda de una amiga que la alentó y rezó por ella.  Ahora viene porque se  ha enterado de que el marido tiene hijos en la calle y ella se ha sentido muy confundida por ello, sin saber qué hacer.  Habla ya casi cerrando el encuentro grupal y dice simplemente “ya he comprendido que voy a poder, ya he podido antes, tengo que luchar nomás...”. Sus ojos tienen una chispita de ilusión. Un miembro del equipo la rodea con el brazo al final, ya saliendo, y la refuerza en sus posibilidades. “Si no puedes sola, aquí está el departamento de Proyección Social y te ayudamos...”.

En el último taller, un colega invitado expresó su sorpresa por la amplitud con que la gente refería sus problemas y la dinámica tan ágil que se daba en los grupos, muy distinta a la que se da en los grupos similares con los que él suele trabajar.

Convinimos en que la gente que viene a los talleres ha pasado por un filtro natural constituido por el programa radial (que es escuchado por un promedio de entre 700 y 800 mil personas). Estos últimos vienen altamente motivados y es desde esta base que trabajamos con mejores posibilidades para lograr nuestros objetivos. Efectivamente, creemos que  la base de todo esto es la motivación.  La magia se produce con sólo estar allí para sostenerla y orientarla. Para ello, nosotros también tenemos motivación y nos sirven tanto el convencimiento como la posibilidad de duda.
           

 

 




1998 ¿Qué es la psicoterapia psicoanalítica?


En: Maestre, Fernando… Morales, Pedro… Péndola, Alberto… Ureta de Caplansky, Matilde... Cuatro conferencias de psicoterapia psicoanalítica y psicoanálisis.  Lima, Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, 1998.

La psicoterapia psicoanalítica plantea desde la base un problema de definición, ya que, en muchos casos, es empleada como denominación del ejercicio práctico del psicoanálisis, es decir, como la aplicación terapéutica de sus preceptos teórico-técnicos; y, en otros casos, como un derivado diferenciable del psicoanálisis ortodoxo, colocando por delante el objetivo terapéutico, con metas definidas que pueden llegar al empleo de técnicas breves o focales, según la necesidad del paciente o sus posibilidades de tiempo, dinero o circunstancias particulares.

En este último caso, la comprensión dinámica de la problemática del paciente, es decir, la teoría de la enfermedad, es la misma que maneja el psicoanálisis y  abarca de manera integrada desde las enseñanzas freudianas hasta los enriquecimientos teóricos provenientes de autores post freudianos.  En general, la causalidad inconsciente de los problemas actuales, derivada de conflictos infantiles no resueltos, supone un denominador común. 

Aun así, en los desarrollos post freudianos cobra mayor importancia la diferenciación entre problemas de origen edípico y aquellos más tempranos o pre-edípicos, tema que en algún momento Freud reformula en términos de relaciones narcisistas y relaciones de objeto.  Esto, al igual que el factor de la realidad actual o el de las circunstancias propias del desarrollo de la sintomatología, cobra una importancia particular a la hora de diseñar la propuesta terapéutica. 

Los factores del entorno pueden llegar a ser determinantes a la hora de buscar recursos de equilibrio para sostener una estructura perturbada.  En este sentido, la psicoterapia psicoanalítica tiene una mayor posibilidad que el psicoanálisis de atender dicha variable.

La diferenciación entre ambas propuestas terapéuticas se basa en las variables del manejo de los instrumentos técnicos que propone el ejercicio de la psicoterapia psicoanalítica.  Dichas variables han ido surgiendo a lo largo de la historia de la aplicación de la técnica psicoanalítica.  Al principio, surgen como expresiones de algún ensayo “transgresivo”, intentando dar cuenta de alguna coyuntura difícil de resolver de la manera tradicional o, más formalmente, como programas dirigidos a abreviar el tiempo de duración del proceso.

La diferenciación se facilita cuando empleamos las denominaciones “psicoanálisis” y “psicoterapia psicoanalítica” como la forma de definir los argumentos técnicos comprometidos e implementados en el proceso de la cura.

En el primer caso, se trata del objetivo psicoanalítico tradicional, conocido como “ortodoxo”, donde el trámite gira mucho más sobre el eje de la díada transferencia- contratransferencia y la búsqueda del fenómeno de la regresión y la generación de la neurosis de transferencia, la que se resolverá paulatinamente  a medida que se elaboren las resistencias a través de un proceso sin tiempo ni objetivos delimitados.  El instrumento por excelencia del método psicoanalítico es la interpretación.  La intención en el proceso analítico es lograr el “insight”, fenómeno complejo de integración comprensivo-vivencial acerca de lo que ha originado la perturbación.  Este “insight” requerirá, a su vez, de un proceso elaborativo que buscará asentarlo en la estructura misma del sujeto; de ahí la idea de “cambios estructurales”, es decir, “cambios permanentes” obtenidos como resultado del trabajo psicoanalítico.

La psicoterapia psicoanalítica, en cambio, abarca más, maneja un universo mayor de recursos y sus objetivos son variables. Por momentos, el proceso puede llegar a ser indiferenciable del análisis, en la medida que las posibilidades de trabajo permitan un mayor abordaje de los contenidos inconscientes y momentos de regresión favorables al proceso; pero, en general, mantiene su eje en la búsqueda de la resolución de los problemas propuestos por la sintomatología emergente.  De allí la denominación antepuesta de “psicoterapia”, que supone una orientación terapéutica “a priori”.

Creo que el psicoanálisis se aproxima más a la actividad de investigación, donde los preceptos de neutralidad y abstinencia tratan de garantizar que la aproximación de los inconscientes de los participantes –paciente y analista- derive en el logro del “insight” o en el de una creación en el campo, sin que se produzcan contaminaciones por parte del conductor de la experiencia, ya que la orientación de la búsqueda en el proceso psicoanalítico está dirigida hacia el encuentro de la verdad del paciente.  Este encuentro con su verdad tendrá como consecuencia la resolución del conflicto sobre la base de la mencionada modificación estructural. 

Una diferencia importante surge desde allí y ésta es que en el proceso psicoterapéutico la búsqueda está más orientada hacia lo que es bueno para el paciente.  Se entiende que esto no necesariamente supone el encuentro con la verdad.  Las más de las veces, se satisface con el logro del mejor uso del paciente de sus propios recursos para dar cuenta de las emergencias sintomáticas.  La experiencia de resolución y manejo  sintomático posibilitaría la restauración del equilibrio funcional del yo y, eventualmente, daría lugar a cambios estructurales.  En ese sentido, por ejemplo, el trabajo elaborativo es mucho más intenso en un proceso terapéutico de tiempo ilimitado, requiriendo una participación más activa del psicoterapeuta.  También, se puede apostar a que el proceso elaborativo  se dé “a posteriori” de la terapia, entendiendo que la recuperación de las capacidades funcionales del yo hacen posible su enriquecimiento en la experiencia de vida.

Apelando a las premisas propuestas por Freud, vemos que el psicoanálisis procede por “vía de levare”, es decir, busca que los contenidos surjan desde las asociaciones del paciente, desde los emergentes de su inconsciente, procurando no contaminarlos con los contenidos provenientes de los intereses, fantasías o necesidades del analista. 

En el caso de la psicoterapia, además de la implementación de la medida anteriormente mencionada, se apela a la “vía de porre”, es decir, no se restringe la posibilidad de la participación del terapeuta en la oferta de recursos para resolver la coyuntura.   El terapeuta tiene la posibilidad de funcionar como un yo auxiliar, “prestando” transitoriamente al paciente la función de la que adolece o que está siendo interferida, siempre sobre la base de una concienzuda comprensión analítica de los dinamismos en juego, tanto de sus dificultades como de los recursos con los que cuenta para resolver la situación.  Esta característica de mayor actividad y participación por parte del psicoterapeuta trajo consigo la denominación de “técnicas activas” y fue Ferenczi, destacado y predilecto discípulo de Freud, quien impulsó por primera vez esta manera de trabajar.

Al principio, Ferenczi contó con el apoyo del padre del psicoanálisis, pero, poco tiempo después, la sensación peligrosa de desviacionismo llevó a serios cuestionamientos respecto a su actividad y a una tensa permanencia al interior de la comunidad psicoanalítica.  Tal vez más adelante podamos volver sobre este creativo autor y el lugar que ocupó en los albores de las modificaciones de la técnica que llevaron hacia la psicoterapia psicoanalítica.

Otros autores –por experiencia propia o por procesos de investigación similares- han llegado a parecidas conclusiones.  Es el caso de Franz Alexander, al frente de la Escuela de Chicago, a fines de la década de los 30.

Tratando de precisar aún más los conceptos que estamos empleando, enfatizamos que psicoterapia es toda actividad que, utilizando recursos psicológicos y a través de la comunicación verbal, trata de resolver los problemas de origen psíquico de una persona “X”, que solicita tal intervención.

En el caso de la psicoterapia psicoanalítica, dicha actividad se ampara en la comprensión teórica a que diera origen Sigmund Freud: nombre y apellido se conjugan en una identidad técnica diferenciable.  Remarco el detalle de “diferenciable” porque detrás de esta diferenciación hay una larga historia de deslindes, que parten del interior del psicoanálisis y que, posteriormente, asientan en los mismos psicoterapeutas.  Algunas veces la tendencia es a borrar las diferencias mientras que en otras ocasiones se trata de remarcarlas tanto que se les niega la filiación o el parentesco.  

Una comprensión válida de la situación sería la de una familia de músicos clásicos en la que se “excomulgara” a un hijo por tocar jazz por considerar que “eso no es música”. Sobre este tema se extiende ampliamente R. Wallerstein en su trabajo sobre psicoterapia y psicoanálisis, publicado en su versión castellana en el Libro Anual de Psicoanálisis del año 1989[1].  Allí, el autor hace una revisión amplia de la posición del psicoanálisis respecto a la psicoterapia psicoanalítica.  Nos muestra, en su concienzudo trabajo, una evolución que parte de un rechazo inicial de la idea de “analítica” en cualquier actividad que no corresponda a la aplicación de los preceptos técnicos del psicoanálisis.

En ese entonces, la actividad psicoterapéutica, es decir, la actividad tendiente a la resolución sintomática o puntual de la problemática de un paciente era vista como una “vulgar sugestión”.  De esta época, heredamos una frase de Freud en la que se expresa claramente la visión de la actividad psicoterapéutica frente al psicoanálisis.  Dice: “… es muy probable que en la aplicación de nuestra terapia a las masas nos veamos precisados a alear el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión directa…[2]

A comienzos de la década del 50 se debate entre los más destacados psicoanalistas acerca del problema de las diferencias y prevalece la posición de mantener las diferencias sobre la base del cumplimiento o no de las premisas del psicoanálisis clásico.

Una nueva revisión de este tema se produce a fines de la década del 60.  Singularmente, concurren a ella algunos de los que participaron en la discusión anterior, mostrando una sustancial variación de sus puntos de vista.  Se aprecia, en este momento, una fuerte corriente tendiente a borrar las diferencias.  La psicoterapia psicoanalítica sería la práctica del analista que, en tanto emplea los fundamentos de la teoría  y la técnica psicoanalíticas, seguiría practicando el psicoanálisis, más allá de las variables de frecuencia y profundidad del trabajo.

Junto con su revisión histórica -y apoyado en una investigación de la Clínica Menninger-  Wallerstein[3] plantea reflexiones valiosísimas sobre la validez de seguir sosteniendo la idea de que el logro de cambios estructurales (es decir, permanentes) sólo es posible mediante la aplicación de la técnica psicoanalítica clásica.

De manera concluyente, Wallerstein encuentra argumentos para validar las intervenciones propiamente terapéuticas que, en su exposición en este artículo, centra alrededor de las intervenciones tipo “apoyo” y encuentra que pueden considerarse, también, como generadoras de cambios estructurales.  Señala que, inclusive, es posible que muchos de los logros terapéuticos del psicoanálisis clásico se deban a intervenciones de tipo “apoyo” por parte del psicoanalista. Wallerstein ha sido presidente de la IPA; es un vocero calificado al interior del psicoanálisis y las investigaciones en las que basa su opinión provienen del seguimiento de un grupo de 45 pacientes tratados con psicoanálisis y con psicoterapia analítica, observando la permanencia de los logros terapéuticos a lo largo de 30 años.

En mi experiencia personal, recuerdo el trabajo que realizara hace muchos años con un paciente de raza negra en mi época de residente de psiquiatría.  Era un paciente catalogado como difícil. Nadie lo quería tomar a su cargo por su naturaleza sociopática y su tendencia a manipular con amenazas.  Había sido internado por ingesta compulsiva de alcohol y raptos agresivo-destructivos, en los que muchas veces se había enfrentado a la policía.  Recientemente, había incendiado la precaria vivienda que compartía con su mujer.  Sus hijos estaban en trámite de ser internados en el puericultorio, ya que ni él ni su mujer significaban una garantía para su sostenimiento moral ni económico.  La terapia que emprendimos durante su hospitalización consistió en reforzar los aspectos positivos de su funcionamiento yoico en la relación con los demás.  Por ejemplo, pude observar que ayudaba al enfermero a mantener el orden en la sala.

Mi acercamiento hacia él fue de lo más horizontal y sincero, procurando no caer en el lugar de representante superyoico, estructura con la que vivía enfrentado defensivamente.  Creo que en algo ayudó, también, mi experiencia de muchacho de barrio.  Esto me permitía una cercanía empática y, aún más, cierta estima personal traducida en confianza en él.  Digamos que, con alguna ingenuidad de principiante, creía en él, creía en que podía salir de todo eso.

Al finalizar el internamiento, lo ayudé a conseguir trabajo y, por un tiempo, lo recibí en los consultorios externos del entonces Hospital Obrero de Lima (hoy “Almenara”).

En una conversación posterior a su alta en el consultorio, me llegó a decir: “Usted me ha jodido, doctor.  Usted me ha enseñado que el camino es por acá y ya no puedo hacer como antes, que todo lo   con tragos y a patadas. El problema es que yo estoy acá (señala un punto intermedio) y no termino de hacerlo como debiera y ya no lo puedo hacer como antes.  Me ha jodido, doctor…”

Más o menos diez años después, lo vi por la calle y paré para saludarlo.  Tenía, también, mucha curiosidad de saber cómo le había ido.  Me contó que no había recaído, que conservaba el trabajo que le ayudé a conseguir y que me había buscado muchas veces en el hospital para agradecerme.  

No lo había mencionado antes, pero se trataba de un paciente con tercero de primaria; un albañil sin trabajo estable, debido a constantes problemas con los jefes.  Dada su tendencia anterior al uso de las personas, me ha parecido importante registrar el gesto de su gratitud como algo totalmente nuevo y estable en él (se entiende que no me pidió nada, que sólo me dio las gracias).

La política de trabajo que llevamos adelante fue fundamentalmente la de una atenuación de sus estructuras superyoicas y un reforzamiento de sus capacidades yoicas, además del reconocimiento de un trasfondo escondido, en donde su bondad se protegía de los riesgos a los que él solía someter a sus seres queridos. Todo esto se dio dentro de un marco de trabajo de psicoterapia “dinámica”, que es la que se impartía en la formación propugnada por el Dr. Carlos Alberto Seguín en ese entonces, y que no es otra que la que se funda en los principios que estamos examinando.

Es en esta disciplina en la que nos vamos a formar en un sentido más amplio. Los alumnos de esta Escuela egresarán como psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados y no como “psicoanalistas”.  La aclaración es pertinente dado que en diferentes oportunidades se han generado confusiones en los egresados, tanto por nuestra falta de precisión de los objetivos de la formación como por problemas derivados de identificaciones no procesadas con quienes impartimos las clases en la institución o con aquellos con los que desarrollan sus procesos personales de análisis o supervisión.  Es evidente que se presta a confusión llevar prácticamente todos los cursos para la formación como analistas para, al final, ser psicoterapeutas.

Como mencionáramos anteriormente, la orientación que imprimimos en la formación como psicoterapeutas en esta Escuela es de base analítica.  Por tal motivo, mantenemos a lo largo de los estudios una lectura constante de la dinámica grupal de la institución así como de los diferentes grupos que la componen. Dicha mirada toca tanto a los alumnos como a los profesores y directivos. La idea es tratar de mantener la vigencia del funcionamiento en el nivel de un grupo capaz de cumplir sus objetivos sin las interferencias propias de los momentos de regresión que se dan en cualquier grupo.  Especial atención dedicamos a las interferencias que se dan alrededor de las clases, ya que una demanda oral excesiva puede generar perturbadoras sensaciones de frustración y movilizar reacciones de resistencia pasivo-vengativa, así como momentos de predominio de fantasías persecutorias al interior del grupo, bloqueando la posibilidad de pensar en conjunto.

En algunas oportunidades, se ha visto la necesidad de rescatar a algún miembro, alumno o profesor, de la condición de “chivo expiatorio”, al generarse una complicada dinámica tendiente a negar en el resto la necesidad de observar algún contenido.

En fin, podríamos citar infinidad de circunstancias por las que hemos pasado en relación al entorno mismo de la Escuela, que nos llevan al más absoluto convencimiento de su aporte positivo al desarrollo tanto grupal como institucional.  Creo que esta manera de funcionar tiene una relación directa con la formación habida por algunos de nosotros en la Escuela del Dr. Seguín.

Es momento de retomar la línea de la referencia histórica del desarrollo de la psicoterapia psicoanalítica, esta vez en lo que corresponde a nuestro medio.  Es interesante mencionar que uno de los primeros en tomar contacto con las ideas de Freud en Latinoamérica fue Honorio Delgado, un connotado psiquiatra peruano.  Él conoció la obra freudiana en la segunda década de este siglo y se entusiasmó con su lectura al punto de ponerla en práctica, de manera bastante singular, durante alrededor de diez años, con pacientes tanto neuróticos como psicóticos.

Este primer encantamiento de Delgado deriva posteriormente en un total desencanto y hasta en una reactividad, que lo lleva a oponerse a todo lo que fuera analítico.  Dado el destacado lugar que ocupaba en la psiquiatría peruana, su influencia se hizo sentir de manera que se abrió una brecha, un vacío, en el desarrollo local de las lecturas analíticas hasta que, a comienzos de la década de 1940, el Dr. Carlos Alberto Seguín (sobrino de Honorio Delgado) tomó a su cargo el servicio de psiquiatría del Hospital Obrero de Lima, actual Hospital Almenara de la Seguridad Social del Perú.

El Dr. Seguín se formó como médico en la Argentina. Observamos que, siendo aún estudiante, publicó un “Tratado de Farmacología y Terapéutica”, que mantuvo vigencia hasta muchos años después.  En 1940, imbuido por sus lecturas psicoanalíticas, publicó su segundo libro, que se tituló “Freud, un gran explorador del alma”.   Dos años después viajó a los Estados Unidos de Norteamérica, donde recibió un entrenamiento en psiquiatría dinámica. En ese mismo periplo formativo se interesó por la medicina psicosomática y pasó por un período formativo en el Instituto Psicoanalítico de Nueva York.

A lo largo de los años, Seguín fue enriqueciendo su base formativa acercándose a otras disciplinas, como la psicoterapia de grupo, la comunidad terapéutica, el psicodrama, etc.  Como docente, introdujo en la Facultad de Medicina de San Fernando un sistema de trabajo con grupos operativos, cuya finalidad era aproximar al futuro médico a la persona aquejada por la enfermedad y a tomar contacto con las ansiedades propias de la formación médica.

Prácticamente todas las corrientes dinámicas hoy en boga en nuestro país fueron propugnadas por este brillante maestro, quien, si bien tuvo sus propias ideas sobre el proceso de tratamiento[4], jamás estuvo cerrado a nuevas orientaciones y enfoques, tanto teóricos como técnicos.  Si bien el psicoanálisis era un pilar, encontramos, también, en su tribuna didáctica, el Análisis Transaccional, la Terapia Gestáltica, etc.

A esta escuela de Seguín concurrieron, en su mejor época, psiquiatras de toda Latinoamérica para formarse como psiquiatras dinámicos.  Prácticamente todos los más connotados psicoanalistas, transaccionalistas y gestaltistas nacionales salieron de esta “Alma Mater”, verdadera cuna de la psicoterapia dinámica (léase: “Psicoterapia psicoanalítica”).

Posteriormente, a comienzos de 1970, retorna al Perú el Dr. Saúl Peña, quien se convierte en el motor del movimiento psicoanalítico.  Apenas llega, forma grupos de estudio con profesionales, en su mayoría psiquiatras formados por Seguín, en quienes propugnó el amor por un psicoanálisis profundo y riguroso.  La mayoría de los que participaron en esos grupos de estudio son ahora psicoanalistas o psicoterapeutas psicoanalíticamente orientados.

El prestigio del psicoanálisis llegó a su máximo nivel con su presencia y la de los doctores Max Hernández y Carlos Crisanto, quienes llegaron poco después y pusieron lo mejor de sus empeños en conformar la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, logro que demoraría más de una década en plasmarse.  Ante la demora en constituirse una institución de formación analítica reconocida, muchos optamos por buscar esta formación en el extranjero.

Un grupo siguió los pasos de los pioneros y se fue a Inglaterra; otros se orientaron hacia el sur, hacia Buenos Aires.  Entre quienes optaron por este último destino nos contamos la mayoría de los que fundamos esta institución (el CPPL), por lo cual no debe extrañarnos un cierto “dejo de origen” en la orientación de nuestro trabajo formativo.  A esta característica se sumó la rica experiencia psicoterapéutica que habíamos recogido previamente al lado del Dr. Carlos Alberto Seguín.

Previa y posteriormente hubo algunos intentos de constituir centros de formación en psicoterapia dinámica pero, por una razón u otra, no prosperaron.

Nuestra institución, el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima,  fue fundada en 1983 por cuatro psicoanalistas (los doctores Alberto Péndola, Pedro Morales, Fernando Maestre y el Lic. Gustavo Delgado-Aparicio), quienes recogieron la inquietud de distintas personas de estudiar y formarse de manera organizada.  Cada uno de nosotros, por separado, provenía de sus propios grupos de estudio. 

En los comienzos, dicha formación fue programada para una duración de tres años y los cursos que se impartían eran en todo similares a los requisitos de una formación teórico-clínica en psicoanálisis.  Desde que se inició la Escuela, ingresaba una promoción por año.  A partir de la tercera promoción, la formación se amplió a cuatro años.  Desde entonces, paulatinamente, se han ido incorporando cursos de psicoterapia propiamente dicha, alejándose cada vez más de los orígenes indiferenciados frente al psicoanálisis.

A la fecha, por ejemplo, se imparte un año de técnicas breves de psicoterapia. Consideramos cambiar la denominación de los cursos dictados por los términos “Psicoterapia Psicoanalítica” simplemente, ya que, en realidad, se trata de desarrollar temas que van más allá de la dimensión temporal de su aplicación.

Asimismo, se desarrollan temas de psicoterapia de grupo, psicodrama, terapia familiar, psicoterapia para niños, etc., buscando una visión más abarcadora del uso de los recursos con los que cuenta la psicoterapia.

Desde que se creó el Programa de Proyección Social, hace casi ocho años, se abrió un importante espacio para la participación de los alumnos.  Esta participación ha ido “in crescendo”, siendo obligatoria para todos los estudiantes desde hace dos años.  Además de atender pacientes del programa, los alumnos deben acreditar su asistencia a las supervisiones de casos de proyección social. 

La importancia de mencionar lo anterior estriba en que la línea de trabajo, que se pretende que prevalezca en este programa, es la psicoterapia basada en estrategias de trabajo y, en la medida de lo posible, ir derivando hacia la llamada psicoterapia breve o focal.  Para ello, hemos tenido en cuenta no sólo la orientación de nuestra filosofía de trabajo sino, también, y de manera central, la naturaleza de las demandas de los pacientes que se atienden en este programa de proyección social.

Como veremos, a lo largo de la formación, la base del desarrollo de esta orientación terapéutica es lograr estar a la altura de las demandas, necesidades y posibilidades del paciente, antes que ajustarlo a nuestras premisas teóricas o técnicas.

Hablar de la psicoterapia psicoanalítica compromete desde la raíz los objetivos de la formación en dicha disciplina.  Por ello, vamos superponiendo algunos detalles conceptuales, diferenciales y de formación.

El sistema de trabajo en nuestra Escuela está sostenido por una mirada constante a los dinamismos de sus instancias.  Tanto los alumnos, en su evolución, así como los profesores y directivos, son “leídos” desde una perspectiva de sus posibles fantasías subyacentes, con el fin de descontaminar el campo, en lo posible, tratando de mantener la calidad y posibilidades de un grupo de tarea.  Esto supone un aprendizaje implícito, que comienza desde el curso introductorio.

Los alumnos en formación pasan por una experiencia de dinámicas grupales, que incluye dramatizaciones, permitiendo confrontar a los estudiantes, desde el comienzo, con las emergencias del inconsciente y motivarlos, a su vez, para el trabajo psicoterapéutico analítico personal.  La idea de este espacio, en el curso introductorio, también, es confrontarlos con su motivación para la tarea a realizar.  Creemos que esto constituye una de las mayores peculiaridades de nuestra oferta formativa en psicoterapia psicoanalítica, ya que su finalidad resolutiva de problemas emergentes ha permitido, en más de una ocasión, destrabar dinámicas interferentes con la labor formativa y/o de conducción.

Revisemos ahora, someramente, las variables que sustentan la idea de una psicoterapia psicoanalítica que difieren de las del psicoanálisis.

En primer lugar, propondría echar una mirada al concepto de “flexibilidad”.  La flexibilidad es, en realidad, un principio propuesto por F. Alexander y T. French en el libro “Terapéutica Psicoanalítica”, publicado en 1956.  Los autores tratan de revertir una corriente, vigente en ese entonces, que consistía en tratar de adecuar al paciente a la práctica psicoanalítica, en el entendimiento de que sólo así se lograría la cura.

La idea de la flexibilidad consiste, por el contrario, en tratar de adecuarse técnicamente a los requerimientos del paciente, teniendo en cuenta tanto las variables irrepetibles de su psicodinamia como la implementación de los recursos apropiados para recuperar su equilibrio psicológico.

La enunciación de este principio tiene un antecedente importante en el trabajo de Ferenczi, en particular en su escrito “La elasticidad de la Técnica Psicoanalítica”, publicado en 1928.
Volviendo sobre la propuesta de Alexander y French, encontramos que las premisas técnicas propuestas son totalmente variables, tanto en el inicio del trabajo terapéutico como a lo largo del tratamiento que, como es de suponer, no es necesariamente largo.  Las variables abarcan temas como la frecuencia y el uso del diván (evitar gratificar excesivamente la necesidad de dependencia). La regresión no se estimula en tanto “huída regresiva” a una situación vital difícil.  Al contrario, se trataría de buscar experiencias concretas de resolución que nos aproximan a otro concepto-principio que los autores proponen: “la experiencia emocional correctiva”, que veremos luego. 

La flexibilidad supone, a su vez, un manejo razonable de la transferencia, declinando importancia a favor de la experiencia de vida.  Como es de suponer, este principio es altamente riesgoso porque abre posibilidades de cometer errores y desvíos, (cuando no “desvaríos”).  Por ello, requiere un amplio conocimiento de quien lo aplica, una suerte de “sentido común profesional”.  Durante la formación, revisaremos ampliamente este concepto con los alumnos.

El otro principio, enunciado por Alexander y French, que mencionamos hace poco, es el de “la experiencia emocional correctiva”.  Leamos a Alexander para tratar de entenderlo.  El autor nos dice que:
“En todas las formas de psicoterapia etiológica rige el mismo principio terapéutico básico: reexponer al paciente, en circunstancias más favorables, a situaciones emocionales que no pudo resolver en el pasado.  A fin de poder recibir ayuda, aquél debe sufrir una experiencia emocional correctiva adecuada para reparar la influencia traumática de experiencias anteriores.  Es de importancia secundaria si esta experiencia correctiva tiene lugar durante el tratamiento o en la vida diaria del paciente.”[5]

En este trámite, como es de suponer, ayuda sobremanera la transferencia y su carácter atenuado de manifestación del conflicto infantil, situación que  en la que el terapeuta, además, adopta una actitud distinta a la que presentaron los progenitores en la situación originaria durante la infancia o en situaciones ulteriores de la vida.

Con cargo a ampliar la idea posteriormente, conviene tener presente la posibilidad de potenciar los recursos del yo para hacer frente a las circunstancias en las que el sujeto se encuentra en problemas.  Un trabajo con énfasis en la atenuación de la fuerza del superyó puede resultar central para la resolución del problema.  Para ello, puede bastar una sencilla elaboración de la culpa, junto con una respuesta que muestre una actitud permisiva por parte del terapeuta.

El grado de satisfacción de las demandas instintivas puede ser mejor regulado con indicaciones, por ejemplo, en el sentido de una mejor descarga de la agresión o la observación de una limitación sexual no tenida en cuenta. 

En cualquier caso, no se trata de una política terapéutica fija.  Más bien, se trata de un uso dinámico de los recursos y circunstancias.  Algunas veces, la terapia puede parecerse a las artes marciales, que nos enseñan a utilizar la fuerza del oponente al enfrentarlo.  No se trata necesariamente de vencerlo; a veces es cosa de neutralizarlo o de derivar la fuerza de manera más efectiva hacia el cumplimiento de los fines e intereses de la persona.  En realidad, se puede apelar a diferentes recursos terapéuticos con esta finalidad.  La única diferencia es que nosotros lo hacemos desde el entendimiento psicoanalítico.

En resumen:
a.    En el psicoanálisis la orientación terapéutica está ligada a la resolución de conflictos básicos, con miras a la reestructuración de la personalidad.  En la psicoterapia psicoanalítica esta finalidad es tenida en cuenta pero en forma atenuada, por las posibilidades tanto del paciente como del terapeuta.  La mira está más cercana a la idea de resolución de conflictos y problemas actuales.

b.    La duración, en ambos casos, puede ser indeterminada, pero, en el caso de las terapias breves, el tiempo es un factor diferencial.  Puede, también, tratarse de repetidas intervenciones breves.

c.    En el psicoanálisis la técnica está ligada a la búsqueda de la regresión y al desarrollo de la neurosis de transferencia.  El trabajo sobre las resistencias es prioritario.  En la psicoterapia psicoanalítica puede o no favorecerse el desarrollo de la regresión o considerarla de manera limitada.  Lo mismo sucede con el trabajo sobre las resistencias que, en algunos casos, puede obviarse.

d.    El trabajo con el “insight” es esencial en el psicoanálisis.  La psicoterapia psicoanalítica puede acercarse al modelo analítico, como también favorecerse desde el lado cognoscitivo.  La elaboración es central en el proceso de búsqueda de cambios estructurales y en la psicoterapia psicoanalítica la elaboración puede ser aportada por la experiencia post terapéutica.

e.    En la psicoterapia psicoanalítica, a diferencia del psicoanálisis, se desarrollan estrategias de trabajo.  Los énfasis pueden estar relacionados con la necesidad de atenuar la fuerza del superyó o con el fortalecimiento de los potenciales del yo.  Muchas veces se trata de un abordaje previo a la utilización del recurso analítico.


Bibliografía

Alexander, Franz... French, Thomas... Terapéutica psicoanalítica.  Buenos Aires, Editorial Paidós, 1965. 
Ferenczi, Sandor... La elasticidad en la técnica psicoanalítica”.  En: Obras completas, tomo IV.  Madrid, Editorial Espasa Calpe, 1981.
Ferenczi, Sandor... Problemas y métodos del psicoanálisis.  Buenos Aires, Ediciones Hormé, 1966. 
Ferenczi, Sandor... Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1932.  Buenos Aires, Amorrortu Ediciones, 1997.
Freud, Sigmund… Nuevos Caminos de la Psicoterapia Psicoanalítica.  En: Obras Completas de Freud, tomo XVII.  Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1979. 
Seguín, Carlos Alberto… Amor y Psicoterapia.  Lima, Ediciones Libro Amigo, 1994.
Walllerstein, Robert… Las nuevas direcciones de la psicoterapia. Teoría, práctica, investigación. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1972.
Walllerstein, Robert… ¿Un psicoanálisis o muchos? Revista Internacional de Psicoanálisis, 1988.
Walllerstein, Robert… Psicoanálisis y Psicoterapia: una perspectiva histórica. Revista Internacional de Psicoanálisis, 1989.




[1] Walllerstein, Robert… Psicoanálisis y Psicoterapia: una perspectiva histórica. Revista Internacional de Psicoanálisis, 1989.
[2]  Freud, Sigmund… Nuevos Caminos de la Psicoterapia Psicoanalítica.  En: Obras Completas de Freud, tomo XVII.  Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1979.  Pg. 163.
[3] Walllerstein, Robert… Las nuevas direcciones de la psicoterapia. Teoría, práctica, investigación. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1972.
[4] Recomendamos leer la obra de Carlos Alberto Seguín “Amor y Psicoterapia”.
[5] Alexander, Franz... French, Thomas... Terapéutica psicoanalítica.  Buenos Aires, Editorial Paidós, 1965.  Pg. 83.