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miércoles

1982 “A sus pies señora, un servidor. Sobre el fetichismo"

Buenos Aires, 1982
Presentado en el I Congreso del CPPL "Trabajando en Psicoterapia Psicoanalítica".     Lima, 7-9 de octubre de 1988.


Tus pies

Cuando no puedo mirar tu cara
miro tus pies.

Tus pies de hueso arqueado,
tus pequeños pies duros.

Yo sé que te sostienen,
y que tu dulce peso
sobre ellos se levanta.

Tu cintura y tus pechos,
la duplicada púrpura
de tus pezones,
la caja de tus ojos
que recién han volado,
tu ancha boca de fruta,
tu cabellera roja,
tu pequeña torre mía.

Pero no amo tus pies
sino porque anduvieron
sobre la tierra y sobre
el viento y sobre el agua,
hasta que me encontraron.

Pablo Neruda (“Versos del Capitán”)


Introducción

Como señalara Esther Romano (1), es realmente abundante la producción de literatura psicoanalítica que sobre el tema del fetichismo se ha hecho en forma importante. La autora contrasta, en su artículo, esta abundancia con la poca frecuencia de su presentación en la consulta clínica. Para explicar este contraste, cabría recordar una expresión que Freud escribiera en sus “Tres Ensayos” (2): “Ninguna otra variante de la pulsión sexual que linde con lo patológico ha atraído tanto nuestro interés.” Aquella expresión del maestro sigue para mí tan fresca que basta tan sólo con echar una mirada a lo escrito al respecto en nuestro medio para dar fe de lo que la mencionada autora resalta en su excelente y laborioso trabajo sobre el tema.

El título que elegí para esta breve comunicación toma una figurativa expresión cortesana de fines del siglo pasado o comienzos de éste. Desde ella, invito a un pequeño esfuerzo imaginativo respecto al hipotético mentor de la frase galante. Lo vemos, así, en su genuflexa posición, encarnando la frase de Neruda: “Cuando no puedo mirar tu cara, miro tus pies”. Sigamos. Veamos cómo, deslumbrado por aquella región de la anatomía de la dama (ha capturado su mirada y “flechado” su corazón), se excita y la desea… Detengámonos en esta escena.

¿Qué de nuevo tenemos hasta aquí? Total, en todas las épocas, el juego de la mirada ha ocupado una importante función en la sala de la aproximación entre los sexos. No es infrecuente, sin embargo, desde nuestra labor como psicoanalistas, observar algunas “desviaciones de la mirada” (no precisamente producto de un estrabismo) que, por razones que en general creemos conocer, la detienen en aquella antesala, se quedan en este preámbulo o el mismo adquiere una importancia mayor que la culminación del fin naturalmente supuesto.

De las razones que creemos conocer, partimos dirigiendo nuestra “sublime mirada” hacia aquello que invita a la investigación, al análisis. Surgen inmediatamente las preguntas: ¿qué hay detrás de todo esto?, ¿cómo se llegó a esta situación?, etc. Más allá del respetable dolor y/o conflicto que le origina al paciente, está el impacto estético de su patología y el atractivo de desentrañar su siempre singular trama; ese aliciente de aprender de él y que supone la forma de poder ayudarlo, nuestro transitorio acompañamiento a conocer más de sí mismo.

En este sentido, podríamos decir que, desde la inicial mirada, hay un largo recorrido hasta el saber acerca de lo que se ve. El presente trabajo tiene su punto de partida en una mirada, la mirada de un analista sobre su paciente, que mira tanto los pies de una mujer como los suyos propios sin encontrar la posibilidad de “ver” las diferencias.


Presentación del caso “Emilio”

Se trata de un joven profesional que viene a la consulta por preocupaciones varias en relación a sus vínculos con la gente y, en especial, con las mujeres. Tiene dificultad para “encauzar su vida”, para asumir su profesión, en la cual, si bien destaca, no logra una sensación de plenitud. Traduce una inquietud difusa que lo lleva a no poder estar solo. Tiene momentos en los que impulsivamente se masturba o sale en búsqueda de compañía. Ésta, la mayoría de las veces, termina siendo algún “levante” o encuentro con un reducido grupo de amigos, con algunos de los cuales rinde culto a la marihuana, “la gran liberadora”.

En el curso de sus sesiones de análisis, me relata una serie de situaciones peculiares. Por ejemplo, durante el verano, pone un cuidado especial en broncearse los pies, contemplando luego gozoso el resultado de sus esfuerzos; y, de presentarse las circunstancias favorables, mostrárselos a algún eventual acompañante. Por este motivo, sus amigos le dicen que es un fetichista (¡!). Añade a este relato el que, cuando se fija en una chica, observa en especial si tiene lindos pies. (No queda claro en qué consiste la tal “lindura”).

Con las mujeres no logra establecer vínculos duraderos. Lo más que logra permanecer con una misma chica son dos o tres meses, luego de lo cual se rompe el encanto. Ésta constituye una de sus mayores preocupaciones y la principal inquietud que lo mueve a analizarse.

Desde la adolescencia (¿?) tiene la sensación de tener un pene pequeño y, con frecuencia, lo asalta el temor de no ser potente con las mujeres.

Cuando niño, tenía la fantasía consciente de que su madre le había puesto el pene “para que haya un hombre en la familia” (¡!). Cabe agregar que tiene dos hermanas, una mayor y otra menor.

La madre es “la que lleva los pantalones en la casa”. Seductora y dominante, mostraba franca preferencia por Emilio.

El padre se mofaba con frecuencia de Emilio y lo trataba de “marica” por andar “pegado a la pollera de la madre” (¡!).

El padre festejaba las patadas que la hermana mayor con frecuencia le daba “allí donde duele”. No quedan claras ciertas referencias sobre tendencias donjuanescas de este personaje, pero sí hubo más de una discusión con la madre por este motivo.

De esta apretada síntesis de su historial, podemos observar una sintomatología predominantemente relacionada con conflictos con su sexualidad. Lo perverso aparece como un síntoma acompañante del cuadro general del paciente, quien tiende más hacia la estructuración de una conducta fóbica. Diría que oscila entre la compensación efectiva de su mecanismo de renegación de la diferencia sexual (negación de la castración) y la vivencia de fracaso de este mecanismo, que se inscribe sintomáticamente como un punto de angustia fóbica, en el que el riesgo está ligado a una sensación de pérdida de la identidad (el riesgo de convertirse él en el falo de la mujer), lo que promueve ansiedades claustrofóbicas que lo empujan a la ruptura de la relación.

Es sobre los detalles de su peculiar estructuración sintomática que basaré el siguiente desarrollo.


“A sus pies”

Una de las cosas que más me llama la atención es el manejo fetichista de los pies que hace Emilio. De los relatos de diferentes autores y, en particular, de los escritos freudianos, he recogido la información de la frecuencia con que se da la elección de este lugar de la anatomía de la mujer para construir el fetiche.

Sabemos, también, de la plasticidad que puede tener el desplazamiento del acento de lo fálico hacia cualquier región del cuerpo, objeto o circunstancia que pueda prestarle asidero significativo.

Si tomamos solamente el detalle de la admiración de sus propios pies y el exhibicionismo concomitante, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que está construido como un dique frente a la angustia de castración; se constituye en un triunfo sobre ella. Implica en sí mismo el desafío a la ley… ¿del padre?... ¿de la realidad?

Sabemos, por nuestra lectura analítica y la cotidiana experiencia clínica, que la angustia de castración ocurre luego de la comprobación de la carencia de pene en la madre. De las lecturas de Freud, sabemos que la situación inherente a las amenazas se significa y constituye como complejo de castración luego de la ruptura de la imagen mítica de la madre con pene.

En Emilio, el placer de la observación de sus propios pies es, en realidad, el resultado de un fenómeno similar -si no simultáneo, en una situación especular- a lo que ocurre en relación a su madre: se producen una renegación y un desplazamiento.

Ahora bien, respecto a la renegación, sabemos que, por un lado, implica la negación de lo visto; y, por el otro, su aceptación. Para que tal cosa ocurra, dice Freud (3), tendría que producirse una escisión en el yo.

En esta situación así descrita, me parece ver lo siguiente: Emilio tiene aquello mismo que la madre, son iguales, “tienen pies”… ¿Y lo otro?... ¿Y el agujero?... Recordemos que el paciente nos cuenta que de niño tenía la fantasía (aún vigente, a mi entender) de que la madre le había puesto el pene. O sea que ella “hizo con él lo que él hizo con ella”. ¿Quién le puso el pene a quién?

Es lo mismo. Se trata de una situación especular en la que, además, el paciente encuentra asidero y reforzamiento para su fantasía en el mantenimiento de su anillo prepucial (esto recuerda algo de lo descrito por Kahn respecto a la fetichización del prepucio), como la representación del genital femenino en sí mismo. Tiene, de esa manera, un mayor reaseguramiento, ya que coexisten en él ambos genitales. Realiza el ideal bisexual de sus mociones pulsionales.

De todo esto surge con facilidad la comprensión de sus fantasías de ser “desflorado” y, en oportunidades, no saber quién es quién en la relación sexual. Algo parecido podríamos citar de Freud (3) respecto a un caso descrito por él, en el que el fetiche eran unas bragas, y del que concluye: “Según lo demostró el análisis, significaba tanto que la mujer estaba castrada como que no lo estaba y, además, permitía la hipótesis de la castración del varón…”


“A sus pies Señora”

En este acápite quiero aproximarme a lo que varios autores señalan como determinante o coadyuvante de las vicisitudes de la observación de la diferencia de los sexos por el niño. Me refiero a los demás protagonistas de la situación: los padres.

Quien, si no la madre, es “la Señora”, a cuyos pies se coloca el sujeto, el niño. Para no abundar en citas redundantes, transcribiré lo que dicen Del Campo y otros (4) en una comunicación titulada “Introducción al Fetichismo”: “… es un pacto entre tres: una madre pervertizante (sic), un padre que se ausenta y no ejecuta la castración, y un sujeto que simula una posesión…”

Por otro lado, Lichtmann, en una mesa redonda sobre perversiones (5), dice respecto a los factores que incidirían para que sea una perversión y no otro cuadro, lo siguiente: “Hay que considerarla desde el vínculo de los padres, en sus fantasías y deseos inconscientes… una madre posesiva y seductora, que induce en el niño las demandas pulsionales… una madre que odia al marido… un padre ausente…”

Ya en la descripción inicial de la constelación familiar de Emilio pudimos observar amplios puntos de coincidencia con lo que éstos y otros autores mencionan.

Para remarcar un poco más el detalle respecto a las fantasías inconscientes de la madre, haré una cita adicional. La hermana de Emilio (que también se analiza) le cuenta a éste que, cuando ella estaba en la pubertad, la madre, queriendo explicarle acerca de la sexualidad, le dijo: “… lo que tiene la mujer es un agujero por donde tiene las relaciones sexuales y orina…” Al escuchar este relato, Emilio siente una gran desazón y, cuando me lo relata, agrega: “Es como si mi madre se me hubiera derrumbado… ¡Cómo puede ser tan ignorante!” Queda, así, al descubierto la no diferenciación sexual de la madre.

De todas maneras, paso a continuación a graficar el cómo nuestro paciente se instala en una servidumbre respecto a la descrita fantasía de la madre.


“A sus pies Señora, un servidor”

En una oportunidad, me cuenta que, habiéndose “levantado” a una chica, accede ésta a ir a su departamento pero, para sorpresa de Emilio, en el “momento de los hechos”, ella comienza a masturbarlo con una mano mientras que con la otra lo hace con su propio genital. Emilio no atina a nada, se queda como paralizado, a merced de quien en tal circunstancia lo ha convertido en “su servidor”. Constituye el complemento ideal de la fantasía de la muchacha de que ella tiene el falo (cosa para la que él está bien “educado” por la madre).

Situaciones similares le ocurren con otras chicas. Por ejemplo, otra le impone una relación masturbatoria de frotamiento, colocándose encima de él. Con otra, funge de violado. “Me desfloró”, dice luego de haber estado con una chica muy activa, de lo cual queda realmente con fisuras en el pene a causa de la fimosis.

Estas circunstancias evidenciarían, además, la presencia de fuertes impulsos sado-masoquistas, los que incrementarían sus ansiedades de castración y el aferramiento a los mecanismos ya descritos.


Algo más sobre los pies

Resulta interesante encontrar simbolizado en sus sueños aquello que constituye el objeto-fetiche, máxime si se entiende que en estos pacientes existen fallas en la simbolización, lo que los impulsaría a una repetición “conservadora de la identidad”.

Transcribo el relato de un sueño:

“… En medio de la playa había un gran zanjón… Parecía una cama con frazadas, colcha, una lona, algo con lo que uno puede taparse… Ahí entra en escena una mujer de unos treinta a unos treinta y cinco años, morocha y con rulos. Aparece con el marido y se acuestan también en la zanja, con los pies mirando hacia mí (¡!). Yo trato de seducir a la mina. Ella pone una pierna en medio de las mías y yo una en medio de las de ella (¡!) y hacemos un juego de pie con concha y pie con pija. Era un juego muy excitante, el más excitante que haya sentido hasta ahora. El marido no sé si se da cuenta… Llega ella, llego yo… El marido dice de irse porque sospecha… Se levanta la mina y está de la mano de un pendejito que también va de la mano del marido.”

Respecto a este sueño tiene muchas asociaciones, pero comenta en primer lugar lo siguiente: “A la mina que le hacía la paja con el pie no me la imagino con pollera. Tenía vaqueros… Si la imaginara con bombachas o con pollera, le quitaría el placer (¡!).

Luego, me cuenta que hace unos días salió con una chica que “no quería coger con todas las de la ley” (¡!). “Ella estuvo arriba y yo abajo. No quiso desvestirse. Fue sin penetración, pura franela, y así llegamos al orgasmo… Esa chica estaba con vaqueros”.

Por último, comenta que, luego de la sesión anterior, fue a la casa de una chica a la que no sabe si la quiere “para coger o para tenerla como pareja”. “No me daba bolilla, pero estaba con otra mina que quiere coger conmigo. Medio alevosa la situación. Me resultaba medio machota la chica, que si me quería tocar, me tocaba, prepotente, sin respetar si yo quiero o no”.

Me llama mucho la atención la descripción que hace del placer masturbatorio, típico de la satisfacción de las pulsiones parciales. También, llaman la atención las confusiones, tanto desde el sueño como desde la realidad, provenientes de sus asociaciones: “La mujer pone la pierna en medio y yo también”; la chica “machota” lo persigue, como si los roles estuvieran totalmente cambiados.

En la representación de su escena primaria, en el sueño, se nota una nueva división: burla la ley del padre y la acata. Tiene su escondida relación con la madre y, a la vez, es el niño que va de la mano de los padres.

Si bien se trata de un sueño –y él es consciente de esto- al referirse al mismo añade reflexiones que denotan su sintonía con relación a los contenidos del mismo. En un momento habla ya de imaginar y no de soñar, dejando entrever la naturaleza de fantasías masturbatorias no relatadas.

Cabe acotar el esfuerzo por que la mujer aparezca lo menos posible como tal en su vestir. Además, el “vaquero” es una prenda unisex.

Resulta interesante que, en cuanto al juego de la mirada en el sueño, éste se de en forma tal que “los pies lo miran a él”. Su mirada busca tanto el ver como el no ver; busca lo especular y va al encuentro de las no-diferencias.


El proceso de la castración

En primer lugar, quisiera referirme a la sintomatología fóbica de Emilio, puesta ya de manifiesto en algunos datos de su historial. A éstos, se fueron sumando algunos “miedos” en el curso del tratamiento. Tiene episodios de intensa angustia en circunstancias de encontrarse fuera del país y ante la perspectiva de emigrar. Sin embargo, paralelamente, iba logrando “áreas” de tranquilidad (trabajo, relaciones sociales, análisis, etc.).

Encuentro esta sintomatología como el flanco que permite el acceso a “la resignificación de su historia”, tal como lo plantean Del Campo en su artículo “Objeto fobígeno y fetiche”, en donde, además, dice algo interesante: “Sólo convirtiendo en fóbico al fetichista se llegará a los años olvidados…” (4)

Uno de los miedos a los que nos hemos referido era el de afrontar la resolución de su “molesta fimosis”. El miedo a la operación, vivida no muy inconscientemente como la concreción de una castración, lo lleva a postergar sucesivas “decisiones”. De alguna manera, no le falta razón para hacer esta lectura. Detrás del miedo natural al dolor físico, se esconde toda la dimensión significante del riesgo de la pérdida del falo. Resulta singular poder comentar que lo que le estarían “extrayendo” sería el equivalente al sexo femenino (el anillo prepucial).

Se resiste a renunciar a la satisfacción desde su reducto narcisista y esto redunda en que el incipiente reconocimiento de la ley del padre ubica al mismo como el castrador de la madre (y de él mismo). Es así que surgen intensas ansiedades homosexuales que, para su mejor entendimiento, voy a remitir a la lectura de un material reciente de sus sesiones:

Hace poco menos de un mes que se opera de la fimosis y, muy eufórico, me comunica que se siente con un pene nuevo “cero kilómetros”. Casi simultáneamente empieza una relación amorosa con una compañera de trabajo. Con ella, sin embargo, se siente “asexuado”, con temores de iniciar las relaciones sexuales, las cuales, de hecho, quedan postergadas. En el ínterin de esta situación, siente temores de no ser potente con ella, de fallar sexualmente y, por último, me cuenta que por un momento la imaginó desnuda y con las piernas abiertas y a él saltando sobre ella. Al ser penetrada –en su imaginación- ella pone una cara “mezcla de dolor y de horror, como si le estuvieran arrancando algo”. En algún momento de la sesión en que me relata esta fantasía, me dice: “Tengo miedo que me diga que soy puto”.

Emilio pasa, entonces, a desempeñar el papel del padre castrador de la madre, situación similar a la descrita por Freud en el “El fetichismo” (3). Sin embargo, se mantiene la situación de no-diferenciación; y, la cara de horror registrada desde su fantasía es la propia, ante la vivencia castradora del impacto de la verificación de las diferencias y el consiguiente peligro de la pérdida de su constelación narcisista.

La situación edípica mantiene para él las características que intentara desechar con el desmentido. De tal manera, la única lectura posible de la relación entre los padres es que aquél castra a la madre en el comercio sexual. No logra integrar al padre como objeto de deseo de la madre y a él mismo renunciando a la naturaleza omnipotente de su vínculo secreto con aquélla. Cabría, en este punto, recordar lo dicho por Freud en “Duelo y Melancolía” (3): “El hombre no abandona de buen grado una posición libidinal ni aún cuando su sustituto ya asoma”.


Resumen

A propósito de un caso clínico, me acerco a la revisión de los mecanismos operantes en la configuración de su psicopatología. Es así que, partiendo del detalle más definido, es decir, del exhibicionismo de sus pies, denotamos la cualidad del fetiche con los mecanismos correspondientes del desmentido, la escisión del yo, el desplazamiento, el desafío, etc. Encontramos como singular esta situación en tanto su coexistencia en una relación especular con el esquema corporal de la mujer.

El hallazgo de la existencia de mecanismos fóbicos concomitantes a la patología fetichista nos lleva a la coincidencia con lo descrito por otros autores, en tanto sería éste un camino hacia la resolución analítica de su trama histórica.

Resalto la importancia de buscar en la constelación familiar de pacientes con esta sintomatología, manifestaciones fantásticas similares en la madre.

En el caso observado, vemos que a la salida de la situación por vía del reconocimiento de las diferencias, está aún la presencia de la imagen del padre, revestida por fantasías sado-masoquistas, que lo ubican como el castrador de la madre y la vivencia angustiante de que, a su vez, ocurra similar situación con él mismo en una dimensión no simbolizada.


Bibliografía

1. Romano, Esther… El concepto de objeto fetiche: su sistematización. En: Aportaciones al concepto de psicoanálisis. Págs. 196-244. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1980.

2. Freud, Sigmund… Tres Ensayos de Teoría Sexual. En: Obras Completas, Vol. VII, pág. 110. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1978.

3. Freud, Sigmund… Fetichismo. En: Obras Completas, Vol. XXI, pág. 141. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1978.

4. Del Campo… y otros… Introducción al fetichismo. En: XX Simposio y X Congreso Interno de la APA, pág. 175. Buenos Aires, 1980.

5. Lichtmann, Ana… Mesa redonda sobre perversiones. Revista de Psicoanálisis de la APA, Vol. XXXVII, pág. 722. Buenos Aires, 1980.

6. Freud, Sigmund… Duelo y melancolía. En: Obras Completas, Vol. XIV, pág. 235. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1979.

7. Freud, Sigmund… Escisión del yo en el proceso de defensa. En: Obras Completas, Vol. III, pág. 389. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 1968.

1981 Un problema de trenzas. Estudio de un Caso de Agorafobia

Asociación Psicoanalítica Argentina, 1981

Este es un grato artículo de mis épocas de candidato de la Asociación Psicoanalítica Argentina, cuando trabajaba en el Centro Médico Psicológico de Buenos Aires. En ese entonces, 1980, fue presentado en el Concurso Anual de Trabajos Científicos y obtuvo el premio al mejor trabajo.


El desarrollo, que a continuación haré, tiene como punto de partida las observaciones que pude extraer del caso clínico de una paciente fóbica, que vengo atendiendo en la institución . Quiero anticipar que sólo me ocuparé de algunos detalles, que no abordaré el tratamiento de la paciente sino muy secundariamente.

Tal vez el tema, aunque interesante, no resulte novedoso. Total, tanto se ha escrito sobre fobias que en este terreno resulta particularmente difícil ser original. De todas maneras, me alimenta la posibilidad de resultar refrescante con mis líneas -desde ya, para mí lo es- y, por qué no, también, cabe la posibilidad de ampliar mis conocimientos desde algún comentario que su lectura suscite.

En algún momento ambicioné acompañar la presentación de este trabajo con una acabada revisión bibliográfica sobre los puntos que voy a tratar pero pronto me convencí de que esa labor tendría que trascender esta modesta comunicación. Entretanto, me asistiré de algunos escritos freudianos y de otros autores que más adelante citaré.

Los puntos que trato los desarrollo de manera que cada uno quede separado de los demás por un subtítulo. Al final de todo el planteamiento y discusión, intento un resumen y conclusiones.


Algo sobre la paciente

Se trata de una joven ama de casa que concurre a la consulta por presentar dificultades para salir a la calle sola. Siempre tiene que acompañarla alguien (generalmente el esposo o la madre de la paciente). Cuando excepcionalmente puede salir sola debe tener un itinerario preciso y desplazarse en taxi. Es usual que, en estas circunstancias, la recojan del lugar a donde fue. Ocurre que, si estando sola demora en llegar el esperado taxi, empieza a desesperarse.

Sus síntomas actuales tienen una directa relación, en el tiempo, con el embarazo y parto de su primogénito, quien al inicio del tratamiento estaba por cumplir dos años.

Teniendo ocho meses de embarazo, al estar esperando en la calle a una amiga que no llegó, tiene una crisis de angustia que es yugulada con esfuerzo de voluntad. Luego, la angustia reaparece en circunstancias posteriores al parto. Una vez, estando en la calle con el hijo en brazos, se angustia hasta rayar en el pánico porque no llegaba un taxi.

Es de hacer notar que, luego de nacer su hijo, la paciente se incluye en su totalidad en el ritmo de vida de éste. Es así que duerme y come al mismo tiempo que él y la expresión de la angustia va en incremento en relación directa con el crecimiento del pequeño.

Al ir creciendo su angustia, cada vez necesita más elementos de reaseguramiento contra ésta. Estando en casa, tiene que llamar muchas veces por teléfono al trabajo del marido (que es el mismo número de teléfono que tiene la madre de ella). Vive pendiente de la hora en que retornarán él o la madre (quien vive pisos más arriba, en el mismo edificio).

Es decir, su agorafobia es asumida como problema en el momento en que se incrementa una ansiedad claustrofóbica. “Me siento encerrada”, dice, refiriéndose a las limitaciones que le impone el no poder salir a la calle.

Podríamos decir, entonces, que se trata de un cuadro “agorafóbico–claustrofóbico”.

Ahondando en este último síntoma, nos encontramos con que, en realidad, se trata de una vieja claustrofobia, ya que desde niña vivió situaciones de pánico ante la posibilidad de quedarse encerrada en el baño o en el ascensor. Alguna vez, alrededor de los ocho años, una tía la dejó encerrada en el baño y ella se desesperó ante la imposibilidad de abrir la puerta.

Más adelante, ya en el curso de sus sesiones, me entero de que la visión de cucarachas u otros insectos tienen la virtud de asustarla.

Su estilo de comunicación durante las entrevistas tiene bastante de seductor. Siempre viene bien maquillada y con un oloroso perfume. Los contenidos que vierte en las sesiones son abundantes pero en el tema sexual tiene dificultades, deja siempre algo “para después”, pero insinuando de qué se trata, como tratando de estimular la imaginación del interlocutor. Pronto desarrolla más confianza y cuenta “intimidades”, por ejemplo, que al presenciar escenas de violencia tiene un cierto placer especial, que es mayor si se trata de violaciones. Más de una relación sexual con su marido (única persona con las que las ha tenido), son acompañadas de tales fantasías. Aún así, casi siempre ampara sus resistencias a contarme más detalles en que tiene vergüenza.

Serán sus sueños los que, posteriormente, aporten los contenidos que le es difícil verbalizar.

Otros datos de orden familiar o general los iré sumando de acuerdo a las necesidades propuestas por el tema en cuestión.

Pasaré, pues, a tratar los aspectos que a continuación enuncio:


Fobia y angustia de castración

Podría pensarse que el concepto de angustia de castración está adscrito, en principio, a un conflicto del desarrollo del varón, vinculado con las vicisitudes de su complejo de Edipo. Sin embargo, en la paciente es clara la sintomatología de angustia y, revisando el material de sus sesiones, me encuentro muy pronto con que aquella emoción está muy claramente relacionada con la amenaza de tal amputación.

Para adentrarme en el tema, desde el caso clínico, tomaré ahora material de una sesión que tuvo lugar alrededor del tercer mes de su tratamiento. En ella me relata una serie de sueños que tuvo la noche anterior a la sesión:

“He tenido varios sueños … En uno me cortaba el cabello con una maquinita de afeitar; me quedaba todo disparejo…”

“En otro, tenía varias trenzas. Una era más grande, rubia. De pronto, se me desprende la trenza rubia y, después, siento una molestia en la muela, se me sale la corona, la amalgama…”

“Después, en otro, mamá se había ido y la gata como que fuera su sustituto… había que visitarla, estaba en una especie de departamento… ¡qué fea estaba!... Había carne por todos lados, le faltaba pelo en una zona, se iba a morir… Comida tenía, pero estaba mal. Me dio mucha tristeza.”

“Tenía que despedir a mi hermano, que también se iba de viaje. Estaba muy abrigado. Le digo: ‘no vayas tan abrigado, allá están en verano’… luego, está mi mamá, que no se ha ido, y le doy un largo beso en la boca. Ella está en cuclillas. Una tía nos miraba, no sé si porque estaba mal…”

Debo aclarar que la madre hacía poco que había viajado al extranjero, hacia donde estaba el hermano por emprender viaje. Sobre estos detalles giran sus asociaciones. Luego, asocia que la madre mal-acostumbró a la gata a comer tan sólo carne picada. “Gata” la relaciona primero con “minina” y luego con “menina” (“niñita” en portugués, idioma natal de la madre).

Otras asociaciones que establece son que su hijo es rubio (la paciente es morocha)… que el pediatra hace poco le recomendó que dejara el chupete. “No le hice caso”, agrega. Hace poco advirtió a su hijo que, por descuido, la mamadera se podía caer… y se cayó, se rompió y ahora toma la leche en vaso. Cuenta que por la tarde fue a ver (el hijo) la mamadera en la basura “como para convencerse de que realmente estaba rota…”

Al volver sobre los sueños, agrega que, cuando se le desprendía la trenza sintió un gran malestar y que, al día siguiente, al levantarse, se sintió muy mal.

No resulta difícil la observación, grosso modo, de contenidos vinculados con separación, pérdida, muerte, elementos orales, etc. Se puede notar, también, que hay desplazamientos del acento afectivo, por ejemplo, de la trenza a la muela. Estoy convencido que el lector sabrá encontrar otras varias posibilidades de lectura de dicho material.

Por mi parte, llamó mi atención la repetición del detalle de los pelos, están en todos los fragmentos del sueño… menos en el último… ¿por qué?... ¿estaban también? Yo pensé que también estaban y ella los había visto. Pensé que era lo que se podía ver cuando mamá estaba en cuclillas. En esta parte del sueño, ella desplazaba la mirada a la tía, mientras besa a mamá… ¿Completa ella el vacío de su madre como la trenza rubia - su hijo - llenaba el vacío de su propia carencia?

Algo de todo esto intento transmitirle en mi interpretación. Su respuesta viene desde un recuerdo… “Hace mucho tiempo soñé que tenía pene y hacía pis como los hombres… no me pregunte cuándo…” Luego, comenta que, ahora último, se está separando un poco de su hijo… “Antes era todo Yo-El… ahora lo disfruto un poco más como una personita aparte…”

Algo más quisiera agregar aún respecto al detalle de los pelos. Resulta que, meses más tarde, la paciente me cuenta que su hijo andaba indagando sobre las “diferencias”. Le pregunta: “Mamá ¿tenés pito?” Ella: “No”. El niño insiste y le pide que le muestre. Ella: “No”. Cuando me explica el por qué no se muestra desnuda frente a su hijo, dice: “es que se puede impresionar por los pelos”.

El niño se sentía con derecho de pedirle a mamá que se muestre ya que su padre le permitía permanecer con él mientras se bañaba.

Por esa misma época, entre otros sueños similares, trae uno en que ha decapitado accidentalmente a la gata de mamá, al cerrar la puerta de la habitación en que estaba mamá y la que estaba ella… “Horroroso”, dice.

Creo que podría aportar muchísimo material similar, que nos aproximaría por igual a un contenido que es bastante constante en sus sesiones: el complejo de castración y la emoción a él ligada, la angustia de castración.

En este punto me planteo una pregunta. ¿Puede una mujer tener angustia de castración? ¿Cómo, si no tiene pene? Y, si existe ¿cómo se estructura? Otras preguntas, que no sé si llegaré a responderme desde este trabajo, son: ¿puede pensarse en los pelos como “fetichizados”? ¿Hay relación entre fetichismo y fobia? Varias otras preguntas surgen desde el material.

Por ahora me dedicaré a tratar de responderme las tres primeras. Me asistiré para ello de algunos extractos de lectura de trabajos de Freud. Al respecto, en el (1), (5), dice Freud:

“Lo ha visto, sabe que no lo tiene y quiere tenerlo… A partir de este punto arranca el denominado complejo de masculinidad de la mujer… La esperanza de que, a pesar de todo, obtendrá alguna vez un pene y será entonces igual al hombre es susceptible de persistir hasta una edad insospechadamente madura…”

“O bien puede ponerse en juego cierto proceso que quisiera designar como repudiación (renegación)… Así, la niña rehúsa aceptar el hecho de su castración empecinándose en la convicción de que sí posee un pene, de modo que, en consecuencia, se ve obligada a conducirse como si fuera un hombre”.

Revisando en este autor los artículos específicos sobre la sexualidad femenina, pude aproximarme a nociones como “complejo de masculinidad”, “complejo de castración”, relacionados con la “envidia fálica”, pero en ningún momento me hallo la referencia específica que busco, o sea, si la mujer presenta angustia de castración.

Confrontado con esta interrogante, Freud intenta una respuesta, y es así que en “Inhibición, síntoma y angustia” (2), dice que en la mujer tal sentimiento estaría relacionado más bien a la pérdida del cariño de los padres.

Las cosas leídas hasta aquí, en este preclaro autor, me iluminan en la comprensión del material clínico, pero aún queda sin respuesta satisfactoria, para mí, la interrogante planteada.

Sólo más adelante, al revisar el artículo “La escisión del yo en los procesos defensivos” (3) puedo aproximarme más a la posibilidad de una respuesta del mecanismo operado en la estructuración de la patología de la paciente y la factibilidad de la existencia de una angustia de castración. La niña opta por repudiar la descubierta verdad de su carencia de pene (prefiero usar el término “carencia” -la lectura de Freud propone directamente “castración”- ya que pienso que esta última es producto del devenir de la percepción de “la diferencia”), necesita, de todas maneras, guardar una adecuación con la realidad y la solución la encuentra en producir una escisión en su Yo. Una parte de ese Yo conserva el atributo narcisista, en sintonía con su renegación, mientras que la otra parte puede “tranquilamente” continuar el desarrollo por la línea prefijada por la realidad.

Algo quisiera agregar en relación a este “atributo narcisista”, el pene. Para ello, quisiera recordar que Freud, a partir de “Algunas Consecuencias Psíquicas de la Diferencia Sexual Anatómica” (1925), releva la importancia de la etapa Pre-Edípica en la estructuración de la Feminidad (esto queda más claramente definido en su trabajo al respecto de 1931) (4). Es decir, concede una trascendencia especial en la mujer a la naturaleza de la relación con la madre, anterior al ingreso en la situación edípica.

Recuerdo, así, que en el momento de enfrentar el problema de la diferencia sexual anatómica, la pequeña niña se encuentra inserta, también, en la resolución de otra diferenciación: la propia diferenciación de sí misma respecto a su madre. Aquella relación narcisista con la madre omnipotente debe ceder lugar a las, cada vez más fuertes, propuestas de la realidad.

Esta coyuntura encontraría como posibilidad, también, una salida en el mecanismo que anteriormente citáramos: se escinde el Yo y una parte satisface el deseo omnipotente, mientras que la restante se encarga del manejo con la realidad. Ligando ambas situaciones, adscribe a la madre la tenencia del atributo aquél, es decir, construye la “realidad fantástica” de la madre con pene, manteniendo vigente el vínculo con la madre omnipotente (fálica).

Hay, podemos notar, un poner en la madre aquello que ella misma “resuelve” tener. Una parte de su Yo queda, pues, adherido a la madre por estos dos motivos, que en realidad vienen a ser parte de un mismo problema. Pero, tendremos como resultante una situación peculiar y es que la angustia se verá reactivada hasta su nivel de pánico cuando la niña se vea enfrentada, no a su carencia anatómica, sino, cuando confronte la realidad de tal situación en la madre. La angustia de castración estaría, pues, ligada a la comprobación de la carencia de pene en la madre. La angustia que se promueve adquiere su nivel de catastrófica por la ruptura del narcisismo que conlleva y por la separación de la madre, que desencadena intensos sentimientos de desamparo y desestructuración.

La aproximación de estas partes escindidas, podría provocar una reacción psicótica pero, asumiendo el riesgo y vía proceso terapéutico, la opción sería el de la conformación de un Yo integrado, instalado en el principio de realidad.

Volvamos ahora al material clínico expuesto al comienzo. En sus sueños, se nota que coloca la significación de carencia-pérdida en todos los fragmentos iniciales, poniendo el acento de la misma en los pelos. Se superpone a esta significación la de abandono-separación.

Si pensamos con Freud (5) que el sueño es una realización de deseos desde los restos diurnos, el elemento que parece promover una realización de deseos es el viaje reciente de la madre. Hago este planteamiento en razón de que, al final de una secuencia onírica en que se alude a la pérdida, hallamos a la paciente re-encontrada con el objeto perdido: la madre. No se ha ido; está con ella y la besa. Sin embargo, me parece que esto es muy manifiesto, es muy fácil arribar a tal conclusión y aún puede haber cosas más encubiertas en el sueño. Pienso en ello desde el detalle de la carencia de pelo en todos los fragmentos iniciales menos en el último. Pienso que en este último fragmento también se encontraba este detalle, pero no visto; o, mejor, podría decir “visto desde otro ángulo”. ¿Qué quiero decir con esto? La madre estaba en cuclillas cuando la besa, una buena oportunidad de ver aquella inquietante verdad que mamá guarda en aquel oculto lugar de su cuerpo. Salva la situación, en el sueño, desplazando ese “ver” a la tía que observa la escena. Además, esa tía, mirando a ella-mamá, es justamente la parte de su Yo que mira la completud de mamá en la que ella (la paciente) ocupa el lugar de aquello de lo que mamá carece.

Por otro lado, el hecho de que la madre esté en cuclillas nos da la pauta para reconocer el origen infantil de toda esta situación: si la mamá estaba en cuclillas a quien besaba era a una “menina”.

Esta segunda aproximación interpretativa de los contenidos del sueño me parece más encubierta y el propósito sería negar la carencia de pene en la madre. Desde aquí, encuentro justificación para aseverar que el acento del conflicto está puesto sobre la carencia de pene (“castración”) y que la angustia que promueve adquiere las proporciones de intensidad desde el crisol en que se cocina: la situación narcisista apuntalada por ansiedades tempranas de pérdida, de separación, de indefensión, etc.

El mismo Freud nos abre la puerta a la posibilidad de pensar de esta manera cuando en “Inhibición, Síntoma y Angustia” (1925), al hablar sobre angustia, señala que habría una condición relacionada con cada etapa de la evolución del individuo. Así, tenemos aquella relacionada con el nacimiento, que conocemos como el modelo de la angustia tóxica; luego, la impotencia psíquica promueve la angustia en el estadio de falta de madurez del Yo; posteriormente, está el peligro de pérdida del objeto, relacionado con la falta de independencia de los primeros años; después, tenemos el peligro de castración de la etapa fálica; y, por último, el miedo al Superyó de la etapa de latencia. Dice, también, Freud, que es posible su presentación en forma simultánea.

En el caso que vengo estudiando se da dicha simultaneidad, pero el proceso se desarrolla bajo la égida de miedo correspondiente a la etapa fálica: la angustia de castración (ambigua expresión que nos remite a pensar en angustia por la verificación de la no-tenencia o de la pérdida como ejecución de una amenaza).

Creo que en la mujer se da la angustia ante la comprobación de la no-tenencia. La negación se instala en este momento, se niega la no-tenencia, la carencia del pene y, en todo caso, la amenaza proviene desde la ruptura de tal mecanismo, que implica simultáneamente la quiebra narcisista y la separación de la madre omnipotente.

Freud, también en “Inhibición, Síntoma y Angustia” (1925), dice: “…el miedo a la castración es el único motor de las defensas que conducen a las neurosis…” y que “…en la mujer el temor es a la perdida del objeto lo más eficaz, pero no se trata ya de la pérdida del objeto sino de su amor…”

Pienso que aquella pérdida de amor no pierde su relación con el originario temor a la pérdida del objeto mismo y que, en los casos como el que tengo en estudio, es aquella pérdida de objeto, es decir, del pene de la madre, que en una variable cambiante podría ser la misma persona que esgrime el mecanismo. Así, podría postular la existencia de un falo-persona y un falo-pene… y que el arribo a la etapa fálica supone la traslación del acento fálico de la totalidad del Yo del sujeto al pene del mismo. Esta posibilidad, si bien narcisista, tiene más de naturaleza objetal, discrimina el “mi” como parte de una totalidad. Esta integración posiblemente haya tenido lugar ya desde la etapa anterior (anal), en donde se inscribe también que “aquello mío” es factible de “desprenderse de mí”. Es, pues, necesario el desarrollo suficiente como para discernir el todo de sus partes, para que el falo-Yo pase a ser falo-pene, preámbulo de su futura genitalización.

Más adelante, al tratar de la dualidad Agorafobia-Claustrofobia, extenderé un poco más esta lectura de la situación, desde el material mismo de mi paciente.

No quisiera cerrar esta parte sin hacer una pequeña vuelta al material clínico, esta vez aportando, desde un fragmento de un sueño, una visión de cómo se da en la paciente el conflicto de partes escindidas. Trato, con ello, de relevar la importancia de este mecanismo. Veamos:

“… había una mujer con un busto muy grande y un hombre la toma del pecho desde atrás. La morocha me dice: ‘¿te gusta?’… Yo lo entiendo como que me proponía algo y le dije que no porque yo no hacía esas cosas… Ella se sacó un pito enorme, muy grande,… más bien ancho… La otra, la rubia, se reía. Yo me asusté pero en el sueño pensé que ¿por qué no probar?, que estaba con el diafragma y que no iba a pasar nada. Ahí me angustié mucho y empecé a correr, desesperada, llamando a mi marido que estaba con mi hermano… Ellos, en el sueño, lo tomaban como algo normal… Me dicen que es así… lo toman como algo normal, no les llama la atención…”

El hermano le había contado que en Brasil hay travestistas que tienen busto y uno de ellos le había mostrado el pene.

Sólo quiero mostrar, aquí, como el acercamiento de las partes de sí misma conlleva a la eclosión de la angustia. El riesgo es la renuncia a su fantasía de completud narcisística y usa, en el sueño, el recurso de “normalizar la situación”, haciendo cómplices a los varones que en él aparecen. Es decir, vuelve a instalarse la escisión y huye. Es singular que, a partir de entonces (la sesión es muy reciente), se muestra muy resistente, se ausenta, no trae más sueños o se “distrae” en sesión.


Los precursores de la angustia de castración

Creo que a nadie le cabe duda de la existencia de antecesores de la angustia de castración. Creo, también, que estaremos de acuerdo en que la primera experiencia de “creación” de algo propio está relacionada con la defecación. Sabemos que la pérdida del cilindro fecal es el precursor más reciente de la angustia de perder algo (“aquello preciado que es mío”). Bueno, no quiero extenderme en cuestiones que son harto conocidas; en todo caso, voy a trasladar este conocimiento común a la posibilidad de verificarlo desde algunos relatos de la paciente.

En una sesión, me cuenta que hace pocos días su hijo le pidió por primera vez hacer caca. Repuesta de su sorpresa, lo asiste en su “iniciación”. El niño, luego de un rato de pujanza en soledad, muestra a mamá, con cara de orgullo, el producto de sus entrañas. (Cuál sería la cara que ella puso que el niño no volvió a hacer hasta después de muchos días). Esto movió en ella el recuerdo de algunas fantasías que tenía cuando niña. Solía fantasear que, bajo el inodoro, había una tubería que iba hasta el centro de la tierra y que, allí, gente pobre se ponía contenta de recibir su caca, la cual comían con avidez. También, solía cantar en el baño y luego hacer correr el agua del inodoro fantaseando que eran aplausos.

Salta a la vista la presencia de un goce anal muy intenso, adscripto a una época temprana de su desarrollo. Encuentro alguna relación entre ello y el síntoma de temor de quedarse atrapada en el baño.

Desde esta línea de pensamiento, la caca daría una doble posibilidad de lectura. Por un lado, representa lo suyo, es el cilindro que sale de sí misma, que queda fuera de su cuerpo y que, en la fantasía, puede ser vuelto a poner dentro. Por otro lado, en otro momento, ella misma adquiere la significación de la caca y, por esto, sobrevendría el sentimiento de quedar atrapada. Esta última situación tendría, también, relación con la fantasía de que toda ella ha sido devorada o que está en riesgo de serlo.

Debo agregar que el baño era frecuentemente el escenario donde ella se entregaba a intensas masturbaciones. Era, pues, su lugar de “independencia”, deseado y temido a la vez. En él, podía gozar de la expulsión de sus heces en sí misma y no para mamá. Podía, allí, jugar a que tenía pene y que, en caso de perderlo, podía recuperarlo cuantas veces quisiera… Mamá quedaba fuera y con ella la prohibición y la posibilidad de vuelta de lo renegado.

No tarda, sin embargo, en imponérsele la sensación de su carencia y pronto tiene que renunciar a estos juegos de poder. Siente que, con ello, roba el pene-falo a la madre y pronto surge la necesidad de restituírselo. Mamá está afuera, castrada, castrada por ella, castrada de ella… Así, vuelve a reinstalarse la conversión de toda-ella en el falo de mamá.

La fantasía de tenencia del pene-falo encuentra otras vías de realización exhibicionista: canta, y un imaginario público la premia con una “cascada” de aplausos.

En el curso de su tratamiento, recibe una propuesta para ensayar como cantante con un grupo de música moderna (ella canta a nivel de aficionada). Lo asume con entusiasmo y en un comienzo lo hace bien, notando que, paralelamente, se desinteresa totalmente de tener relaciones sexuales con su marido. Poco tiempo después tiene problemas con la voz y se reinstala la vida marital.

Como en otros puntos que he expuesto, hay diferentes lecturas que se pueden hacer de este material. Quiero mostrar solamente la constante “falización” de las cosas que hace y cómo, tan pronto “lo tiene”, entra en la angustia y “se castra”, volviendo al vínculo con la madre fálica, en este caso representada por el marido, quien literalmente se sentía castrado por ella. Vuelve, así, al modelo agorafóbico. Fracasa desde la situación claustrofóbica (sale a cantar) por la amenaza de que el público denuncie la verdad de su carencia… podían no estar atentos solamente a su voz…

La ecuación pene=caca, tiempo más tarde, pasa a incorporar el significante del niño. Ella, que se resiste a renunciar a su fantasía de tener un pene, encuentra el nacimiento del hijo como la concreción de la misma. La angustia de separarse de él queda pronto lejos. Ella “se pega” al niño y “no hay nada que los separe”… hasta que la verdad retorna desde la realidad.

Estos contenidos anales tiñen, de una forma especial, la estructura de la paciente. Anteriormente, vimos cómo relata fantasías sádico-masoquistas. Podríamos agregar a ello que mantiene un modelo relacional con fuertes elementos retentivo-expulsivos.

El movimiento activo-pasivo en ella es muy amplio y el componente agresivo, que de sus fantasías emana, tiene el efecto de intensificar sus angustias.

Sin haber agotado el tema, dejo este atractivo punto para pasar a otro no menos interesante que, al decir de Rolla (6), es la “constelación” agorafobia-claustrofobia.


La “constelación” agorafobia-claustrofobia

En el trabajo de Mom, “El Yo y los Mecanismos de Control a través de los Objetos” (7), este autor se ocupa abundantemente del tema, desde una postura que en su origen tiene de kleinismo pero aporta muchísimo desde lo personal. Plantea, allí, la existencia de un Yo agorafóbico y un Yo claustrofóbico actuando simultáneamente y/o alternativamente. La escisión existente entre ambos provendría de una situación más temprana de la que vengo planteando hasta aquí.

Pude observar que la alternancia se da en mi paciente con períodos variables, a veces muy largos, otros muy cortos. Como ejemplo, citaré que, en una oportunidad estuvo a punto de regresar al consultorio porque no encontraba taxi. En otra oportunidad me pide que abra la ventana lo a puerta del consultorio, desarrollando a continuación un cuadro de angustia.

Sabemos, por las referencias de la historia, que en su infancia y hasta que se casa, la predominancia era del lado de la claustrofobia. Sólo al tener al hijo desarrolla un franco cuadro agorafóbico.

Creo tener claro lo que aquí ocurrió: al momento de nacer su hijo ella se encuentra realizada en su fantasía de tener el pene, satisfaciendo paralelamente, por identificación, sus necesidades regresivas de dependencia-simbiosis. Se instala un predominio de sus elementos fálicos, que toman el control de la situación. El hijo es el falo (el pene de la paciente) y quien absorbe sus necesidades más regresivas. En este momento el predominio es agorafóbico, que busca mantener así las cosas.

Más adelante, cuando el hijo va creciendo, se reinstala paulatinamente la ansiedad claustrofóbica. Es decir, van incrementándose en ella las necesidades más regresivas. Empieza a sentir en sí la presencia de la impotencia y de su propia dependencia. No puede “depositar” más afuera y ella misma absorbe la cualidad del falo, que busca su reubicación en el claustro materno. Se instala así la claustrofobia.

Al plantear esto último, recuerdo a Freud cuando dice que la fantasía del impotente sería la vuelta al claustro materno, todo él convertido en falo. Pienso que la presencia de tales fantasías es la que origina la impotencia: el temor-deseo de quedar atrapado por el “objeto amado”.

Respecto a lo planteado, tengo la impresión que en los pacientes con esta “constelación” se daría una constante oscilación relacionada con el predominio de una u otra carga afectiva, con la posibilidad de circunscribir la carga libidinal al pene o quedar revestido totalmente por tal. Como señalara en otro lugar, todo se da siempre bajo la égida del complejo de castración y su motor: la angustia de castración.

Esta oscilación y predominio de una u otra modalidad y contenido estaría en relación con los componentes de su entorno familiar, asunto del que paso a tratar en el punto que denomino “la trenza familiar”.


La trenza familiar

Fue una sorpresa para mí descubrir, en el curso de las sesiones, una situación familiar muy especial. Como anteriormente lo hice, traeré un fragmento de sesión que nos ilustrará respecto a lo que me quiero referir: “Me puse histérica porque encontré una cucaracha en la cocina de la casa de mi mamá… Vino papá para matarla pero no podía porque tenía miedo. Empezaron a echarle insecticida… pero estaba mi hijo mirando… ¡Pobre! ¡No entendía nada!... Como siempre, tuvo que venir mi mamá y matarla.”

Cuenta después, sin embargo, que mamá no puede ver “ni en pintura”, ni siquiera en un trazo de lápiz, la figura de una culebra sin entrar en alaridos “histéricos”… Ella trata de explicarlo diciendo que de niña vivió en el campo y había culebras…

El hermano de la paciente tiene una actitud similar a la del padre respecto a “los bichos”.

Junto con ello, existe un mandato endogámico muy fuerte. Es así que la paciente vive en el mismo edificio de la madre, el marido trabaja en el mismo lugar que la suegra, quien se encargó de conseguirle la plaza.

La madre no deja de oponerse al tratamiento de la hija, constantemente trata de menoscabar el valor del mismo y relevar el “como ella resuelve sus problemas y goza de su… dinero”.

Es tan fuerte la situación que, al decir de la paciente, el marido, que antes no tenía miedo a los insectos, empieza a dar signos de tal. Aprovecho para comentar que el marido, en un período de “mejoría” de la paciente, empieza a presentar crisis incontrolables de celos, la amenaza con separarse, etc. Esto motivó el que tuviéramos una entrevista y su posterior tratamiento (que continúa) en la institución.

Creo que son suficientes detalles como para plantearse algunas preguntas: ¿En una familia diferente la paciente hubiera desarrollado una fobia? ¿Hubiera hecho alguna otra elección sintomática?

El mito familiar procura mantener la imagen de la madre fálica. Papá muestra su horror ante las cucarachas (ante el genital femenino) y mamá muestra el mismo sentimiento ante las culebras. La angustia ante la castración es por ambas partes una realidad a todas luces y no sólo desde los síntomas. Está plenamente reforzada por el juego de roles totalmente tergiversados en la cúpula parental: ¡“mamá es quien dirige la casa”!

Desde aquí, podemos decir que la respuesta a los interrogantes, que renueva su propio hijo, encontraron para ella, en el principio, un punto de oscuridad y contraste. El descubrimiento de “la diferencia” causa horror en su familia y a ella no le queda otra salida que seguir la propuesta establecida y mantener el mito.

Mamá, muy tempranamente, le advierte de no tocarse los genitales y que tenga cuidado de “que no vaya a pasar nada con amigas”. Mamá siempre andaba metiéndose “en sus cosas”… La respuesta a mi pregunta sería que la paciente no tuvo opción. El camino estaba facilitado y “tuvo” que someter su verdad a la del mito, a la de “la trenza” familiar, tan bien orquestada y dirigida por la madre.

Introduzcamos una variable en esta reflexión recordando a Juanito (“el pequeño Hans”). Me pregunto si hubiera desarrollado su fobia infantil si la verdad de sus observaciones hubiera coincidido con la verdad propuesta desde sus padres. También, me pregunto si hubiera podido resolver el conflicto de no haber mediado la aproximación de su padre. En Juanito, el impacto de la respuesta de la madre movilizó el desconcierto. Parecía haber tenido, hasta entonces, un desarrollo normal. Vale decir, había pasado más o menos bien por la etapa previa de su desarrollo, hasta que se encontró con que mamá pretendía algo diferente a lo que él intuía o comenzaba a conocer. La resolución se presenta desde el lado del padre, quien viene en apoyo de sus inquietudes escopto-epistemofílicas. Este padre que, por esa época, posiblemente buscaba en Juanito, también, resolver sus propios conflictos y que lograrlo probablemente determinaría la separación de una mujer con tales propuestas.

También, en el caso que Mom toma como base de sus desarrollos iniciales sobre fobias (7), se observa una prohibición de acceder a determinado saber, tanto sobre la madre como de “las cosas que el padre hacía en la calle”. La patología de Isabel tenía mucho que ver con la necesidad familiar de mantener un mito.

Podría concluirse, por tanto, que la fobia de mi paciente es una resultante. Ella es la portadora del estandarte familiar, con su mítico escudo galardonado por culebras y cucarachas. Al erigirse como tal, permite que el resto de miembros pueda “liberarse”, salir. Es notable cómo este pasaje por generaciones la encuentra tratando de inducir en su hijo el mismo sentimiento. El nene “todavía no entiende nada” pero, claro, no debe entender, no debe saber, también debe negar lo visto y aceptar el mito. En esto, la ayuda el marido que da el “visto bueno” (“lo tiene escondido”), al igual que su propio padre lo hizo con ella, apoyando la toma de poder de la madre, al precio de liberarse con ello de la propia angustia de castración.

¿Qué pasaría si la paciente rompe con el mito? La amenaza es la pérdida del Pene-Falo y la exclusión del clan omnipotente. Por otro lado, la fuerza del mandato endogámico aún supone un primer pasaje en el que, ya sin pene, instalada como mujer, tenga que afrontar sus fantasías incestuosas con los varones de la casa. Cosa de la que, implícitamente, queda “liberada” al no reconocer las diferencias. El negar su envidia por el pene la hace estar convencida de cosas que dice, como “nunca me he molestado con mi hermano”, “puede hacerme cualquier cosa y no soy capaz de enojarme con él”.

Consciente de que dejo mucho por procesar, hago un necesario alto, con la firme promesa de continuar con el tema que, por lo demás, representa el vuelco de afectos que surgen en mucho desde la contratransferencia con la paciente, a quien debo agradecer sus enseñanzas.




Resumen


A propósito de un cuadro caracterizado por síntomas agorafóbicos y claustrofóbicos en una mujer, hago algunas tentativas de comprensión de la naturaleza de su angustia, tratando de responderme a la pregunta de si es posible la angustia de castración en la mujer, concluyendo que esta situación estaría relacionada con la comprobación de la carencia de pene en la madre. Toda esta situación se encuentra enmarcada por la problemática de salida de la situación pre-edípica.

El mecanismo de instalación de la fobia, que estudiamos, estaría relacionado con una escisión en el Yo, consecuencia de la repudiación de la verificación de la carencia de pene.

Entre los antecesores de la angustia de castración y de la fobia misma de la paciente, encontramos especial relevancia de contenidos anales, que aportan una modalidad retentivo-expulsiva.

Propongo que, en los casos de Agorafobia-Claustrofobia habría una oscilación desde una toma de posición en la etapa fálica a un punto de regresión al claustro materno y viceversa. En el primer caso, la paciente “tiene” un Pene-Falo y, en el segundo, ella misma es el falo de la madre.

Por último, encuentro que la sintomatología de la paciente es la resultante de una particular dinámica familiar, que procura el mantenimiento del mito de la madre fálica a fin de evitar la general angustia de castración.


Bibliografía

(1) Freud, Sigmund (1925)… “Consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”. Obras completas en 3 tomos. Tomo III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 482 – 491.
(2) Freud, Sigmund (1925)… “Inhibición, síntoma y angustia”. Obras completas en 3 tomos. Tomo II. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 31 – 71.
(3) Freud, Sigmund (1938)… “Escisión del Yo en el proceso de defensa”. Obras completas en 3 tomos. Tomo III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 389 – 391.
(4) Freud, Sigmund (1931)… “Sobre la sexualidad femenina”. Obras completas en 3 tomos. Tomo III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 518 – 533.
(5) Freud, Sigmund (1927)… “Fetichismo”. Obras completas en 3 tomos. Tomo III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 505 –510.
(6) Rolla, E… “La construcción de símbolos en la fobia”. En: Personalidad fóbica. Aportaciones clínicas. Buenos Aires, Ediciones Kargieman, 1970. Pgs. 121-135.
(7) Mom, J.M… “El Yo y su control a través de los objetos en la Agorafobia”. Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Tomo XXXVI-6, 1979. Pgs. 1053-1115.