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miércoles

1985 La angustia: afronte psicoanalítico


 Congreso de la Asociación Psiquiátrica Peruana, 1985
 

Antes de adentrarme en el tema, quisiera agradecer a los organizadores de este certamen la gentileza de su invitación. Igualmente, quiero expresar que es para mí un honor adicional compartir esta mesa con los distinguidos colegas que hoy me acompañan.

Para una mejor orientación, respecto a mi exposición, debo decirles que abarca secuencialmente tres contenidos.  Parto de algunas de las ideas más relevantes del pensamiento freudiano sobre la angustia para, luego, incluir   -sin solución de continuidad- algunas ideas personales al respecto y, finalmente, tomo glosas de un trabajo sobre el tema escritas por un autor de la escuela psicoanalítica argentina.

Entremos, entonces, en materia. El interés del creador del psicoanálisis sobre esta expresión de la patología mental aparece muy temprano en su obra y se mantiene a lo largo de toda ella.  Al principio, esta inquietud se superpone con un interés clasificatorio y está muy cercano al entonces audaz entendimiento de las neurosis como derivadas de un trastorno de la vida sexual.  Cabe mencionar que en esta formulación, en realidad, Freud no era original; ya lo habían antecedido en ese criterio otros autores.  De todas formas, esta inicial aproximación y entendimiento de la angustia irán modificándose en el transcurso de su experiencia psicoanalítica.  Es así que configura dos propuestas teóricas importantes, que paso a desarrollar.

La primera de sus teorías es de carácter fundamentalmente económico-energético, que es el tenor básico de sus trabajos de fines del siglo XIX y que se mantiene hasta 1925.  Freud entiende entonces que la angustia es el producto de una excitación sexual acumulada, que sólo encuentra posibilidad de descarga mediante la transformación en angustia.  Este sería un proceso puramente físico, sin intervención de la psique.  La excitación sexual no encuentra acceso a la elaboración sexual y, por tanto, se descarga en forma anárquica como angustia.

Una analogía que le parece adecuada para graficar esta situación es la que establece entre la excitación sexual y la angustia y la que se da entre el vino y el vinagre; es decir, el vino que no se consume se convierte en vinagre.

Esta teoría encuentra dificultades desde el comienzo, por el problema de explicar con ese basamento la angustia presente en cuadros obsesivos, en las fobias o en las histerias.  En estos casos era imposible soslayar la presencia de un componente psíquico y es así que Freud propone, como explicación adicional, que es la represión la que origina la acumulación de la excitación, pero que ésta se transforma en angustia, tal como ocurriría en las neurosis actuales.    
    
Sea como fuere, en este momento encontramos ya una mayor cercanía entre angustia y psique.  La angustia aparece como consecuencia de un mecanismo defensivo: la represión.  La represión separa la representación de su afecto y es éste el que deviene en angustia.

Veremos evolucionar el concepto al punto que sea ésta, la angustia, la que motiva la represión e, incluso, sea ella misma un elemento de la defensa.

No perdamos de vista que esta teoría sobre la angustia se desarrolla en sintonía con su primera teoría sobre el aparato psíquico y con su inicial postulación sobre la organización de las pulsiones (o sea, instintos sexuales e instintos del yo o de auto-conservación).  Tampoco dejemos de ver que este punto de partida tiene aún mucho de los orígenes del pensamiento freudiano en relación a la fisiología y la neurología.  Se entiende así un poco más el sentido de la presencia de un movimiento de cargas y contra-cargas y de una cierta búsqueda de homeostasis basada en una constancia energética.

Más adelante, aún con este telón de fondo, Freud relaciona la reacción de angustia con un elemento de la realidad.  Desde este correlato, sostiene que la angustia neurótica se originaría frente a la incapacidad de la psique de manejar un monto de excitación generada endógenamente, al igual que cuando esto ocurre frente a un peligro proveniente del exterior.  Dice, al respecto, que se  comporta, entonces, como si proyectara al exterior esa excitación.

El contraste de criterios que esta postulación supone lo resuelve más adelante con la propuesta de una distinción entre una angustia-señal y una angustia automática, conceptos centrales en su segunda teoría y que, a renglón seguido, pasamos a reseñar. Partamos de la distinción que acabamos de introducir; es decir, entre angustia-automática y angustia-señal.  La primera sería la que se genera frente a una situación traumática y, la segunda, sería la que se moviliza en el yo como anuncio de la inminencia de la reproducción de la primera.

La angustia automática supone una situación de desvalimiento del yo frente a una urgencia adaptativa de origen externo (peligro proveniente del exterior) o interno (sobrecarga por acumulación de excitación).  Los peligros internos cambian en las diferentes etapas de la vida, pero tienen un carácter común, cual es el de implicar una pérdida de objeto, la separación de éste o la pérdida del afecto proveniente de éste.  Estas circunstancias peligrosas devienen en una acumulación de deseos insatisfechos y la imposibilidad desde el yo de dar cuenta de ellos.

La angustia automática se desarrolla en situaciones que tienen que ver con los diferentes momentos evolutivos del niño.  Estas situaciones, establecidas por reconstrucción, serían: el nacimiento, la pérdida de la madre como objeto, la pérdida del pene, la pérdida del amor del objeto y la pérdida del amor del superyó.

Como podemos notar, además, en este momento de su evolución teórica, encontramos incluida su segunda teoría del aparato psíquico, que contempla la existencia de un yo, un superyó y un ello.  Sumado a este telón de fondo está la variante en la teoría de los instintos, que ahora enfrenta a eros con tánatos y que permite la integración de los factores con potencial traumático, alejándolos así de la atadura de la fuente estrictamente sexual y ampliando tales potenciales a cualquier estímulo, de cualquier origen, que suponga un riesgo para el yo en cuanto a sus posibilidades de dar cuenta de éste.

Podemos observar, también, que en esta segunda teoría tiene más cabida la idea de un objeto y las relaciones que se establecen con la madre desde una posición en extremo dependiente.

En cuanto a la angustia-señal, podemos decir que, como idea, aparece casi desde el comienzo de sus escritos.  Así, en el “Proyecto de una psicología para neurólogos”[1], Freud nos dice que mediante la angustia señal la producción de displacer se restringe cuantitativamente y que es ésta precisamente la que pone  en marcha la defensa normal. 

Esta noción temprana se integra recién con la de la angustia en 1915, en su  artículo sobre “Lo Inconsciente[2]”, donde, refiriéndose a las fobias, dice que una excitación en cualquier lugar de este parapeto dará, como consecuencia del enlace con la representación sustitutiva, el envión para un pequeño desarrollo de angustia, que ahora es aprovechado como señal a fin de inhibir el ulterior avance de este último.

Es interesante destacar que en su trabajo “Inhibición, Síntoma y Angustia”[3], de 1925, cuando propone en definitiva la idea de “angustia-señal” empieza definiéndola como una señal de displacer y sólo después como una señal de angustia.  La segunda teoría de Freud aparece plasmada en la obra que acabamos de mencionar.  En ésta, como anticipáramos, ya no es la excitación sexual la única fuente de la angustia, caben muchas posibilidades de su generación y tal parece  que, en ese sentido, Freud no logra una respuesta totalmente satisfactoria para sí mismo.

Uno de los determinantes del desarrollo de angustia, que Freud enfatiza en “Inhibición, Síntoma y Angustia”, es el complejo de castración, fenómeno que ocurriría en la etapa fálica y cuyas vicisitudes acompañan al proceso de resolución del Complejo de Edipo.  La noción de “complejo de castración” implica la idea de la pérdida del miembro viril en base a una fantasía estructurada por los niños frente a la comprobación de la diferencia sexual anatómica en relación a las mujeres y como resultado de algunas amenazas de castigo proferidas por alguna persona con la intención de reprimir los tocamientos sexuales propios de la edad.  El temor al peligro mencionado deriva en una angustia de castración que mueve al Yo a intentar resolverlo y, en el camino, encuentra la posibilidad de una elaboración de las circunstancias o de la negación de las mismas (renegación).  De ocurrir la negación, se genera una situación de necesidad sintomática que connota una escisión en el Yo, que podría derivar hacia una estructuración perversa o a la instalación de una patología psicótica.

En este punto, inferimos que la emergencia de una angustia de castración puede connotar la significación de señal.  El Yo buscará evitar el desarrollo de la angustia  mayor, de la angustia traumática, el desborde del Yo y la reproducción de situaciones previas que se han prestado como modelo en la conformación de la naturaleza de la angustia.  La amenaza consiste en que angustias cada vez más primitivas irrumpan en el Yo, volviéndolo cada vez más impotente.

Esta situación se relativiza, en cuanto al sentido de un monto cada vez mayor y desbordante, si pensamos que un Yo en principio débil va a encontrar dificultades para manejar situaciones que no conllevan una tensión muy grande.

El hecho mismo del fracaso de la utilización de la angustia como señal marca la presencia de una debilidad yoica, de una dificultad de pasaje a una estructuración simbólicamente asentada, en donde la angustia misma, en principio, pueda tener un carácter de tal en su dimensión de “señal”, de “muestra” de aquello otro que, de no ser así, amenazará con su reproducción total.

La amenaza última es la desestructuración máxima, la reproducción del absoluto inherente al momento de la primera angustia, es decir, a la angustia del nacimiento.  En este camino hacia la expresión más primitiva, el yo encontrará las posibilidades de utilizar los recursos que le permitieron (o no) resolver las angustias propias de las etapas evolutivas intermedias.  De esta manera, surgirán resultantes regresivas anales, orales, etc., con angustias más o menos neuróticas, más o menos psicóticas.

Volvamos ahora sobre la situación del así llamado “complejo de castración”.  En principio, para comprenderlo mejor, tenemos que tomar en cuenta que esta angustia-señal de peligro, de amenaza de castración, tiene que llevarnos a la verificación  o descarte, a la discriminación entre fantasía y realidad del fenómeno confrontado.  Del éxito de esta gestión surgirá la posibilidad de un saludable asentamiento en la realidad. 

La necesidad de discernimiento, a mi entender, tiene que ver con otra necesidad, que es la de la diferenciación personal como sujeto.  Es un proceso que corre paralelo a la última instancia de la separación del infante de la madre y a la discriminación de la misma como alguien en principio diferente.  De esta manera, se da la configuración corporal, la estructuración de una identidad de pensamiento y, como adición, de una identidad de sentimientos. Esto constituye un difícil trance en el que el niño muchas veces choca con la propuesta del entorno, que insiste en la “no-diferenciación”, en la incorporación de códigos asentados en la renegación antes que en la realidad. En estas circunstancias, siempre hay una madre que busca mantener su reinado omnipotente a la vez que un padre subyugado por aquella e incapaz de establecer la ley de la realidad.

Con todo esto, quiero indicar que no es tan simple hablar de “angustia de castración” sin implicar las vicisitudes de sus circunstancias.

La angustia de castración es un postulado verificable desde la clínica.  En mi experiencia personal (a diferencia de lo planteado por Freud) se la encuentra tanto en hombres como en mujeres.  Podemos entender que sea así si es que pensamos que lo que está en juego no es una pérdida estrictamente anatómica en la realidad.  Lo esencial es la vívida creencia de que esa pérdida se va a producir.  En el caso del hombre, corresponde en sentido estricto denominar a este fenómeno “angustia de castración”.  Para explicarlo en la mujer, debemos mencionar primero que, en el terreno de lo imaginario, la mujer puede, más o menos ocultamente, tener un pene.  En este caso, es más apropiado denominarlo “falo”, que es su referente mítico.  En ella, la confrontación con su carencia o el peligro de tal confrontación  -como la verificación de la carencia del falo en la madre- originarían la emergencia de la angustia de castración.

En ambos, hombre y mujer, en última instancia es un mecanismo de renegación el que sustenta la vigencia de la angustia de castración. 

La “falicidad”  -tanto en la mujer como en el hombre-  sobrevendría por la urgencia de estructurar simbólicamente una circunstancia, por demás apremiante, que es la vivencia de desestructuración ante la individuación respecto a la madre omnipotente de la primera etapa de la vida.

Al   subsistir   la fantasía de tener el falo, subsisten, también,  los recursos mágico-omnipotentes, que el sujeto se niega a abandonar.  En el trasfondo, entonces,  existe una dificultad para “castrar a la madre”, separarla de ellos mismos, una suerte de no poder “ser vueltos a parir” por ella.  Toda circunstancia que ponga en peligro esta situación derivará en una angustia de castración y, de fracasar en su manejo, el yo se verá ante una angustia mayor, la angustia traumática, la angustia de desestructuración, aquella en la que el falo atacado es ya “todo el sujeto” y no tan solo una parte de sí.

En mi trabajo con pacientes con una sintomatología vinculada con este tipo de angustia, he podido verificar, con cierta frecuencia, que este sentimiento de castración o pérdida del pene-falo ha sido inducido por la estructura familiar.

Cabe citar, como ejemplo, el caso de una paciente, agorafóbica y claustrofóbica, en quien se verificaron ansiedades de castración. Encontramos en su estructura familiar una situación por demás elocuente: la madre tenía fobia a la visión de culebras, en cualquiera de sus expresiones (vivas, dibujadas, etc.); y, el padre, por tenerles fobia, era incapaz de matar una cucaracha.

Esta paciente mostró, además, intensas angustias de desestructuración y fantasías de vuelta al claustro materno, probablemente presentes en el trasfondo de su oscilación entre claustrofobia y agorafobia.  A partir de esta circunstancia, pude deducir que la fantasía predominante al momento de su claustrofobia era la de tener ella un pene-falo y el momento de agorafobia suponía que toda ella estaba revestida por esa cualidad; es decir, ella misma se convertía en el falo de la madre. 

El momento claustrofóbico sería el de mayor estructuración y posibilidad de configuración simbólica; hay partes, tiene un pene-falo, está más cercana a la posibilidad del “yo” y del “mí”.  De todas maneras, es la sensación de que lo puede perder lo que remueve las huellas de un vacío que la lleva compulsivamente a la búsqueda de la vuelta, del reencuentro con la madre, esta vez desde la fantasía de re-fusión, a partir de ser ella misma su falo, sin posibilidad de discriminarse de la madre.

Otro caso, que me tocó atender, fue el de un varón con intensas angustias de castración.  Entre otras cosas, esto había determinado que hasta sus 30 años de edad no se hubiera operado de una fimosis.  Al referirse a su madre, la describía como “la que lleva los pantalones en casa”; y, por otro lado, mostraba dificultades para explicar la diferencia de su genital respecto al de los hombres.

Resulta interesante mencionar que, en este paciente, el anillo del prepucio promovía y mantenía una fantasía de bisexualidad.  Lo que en realidad le retirarían en el momento de la operación no sería el pene sino lo que vendría a representar un orificio vaginal.

Una expresión suya, más o menos frecuente, era decir: “Me han violado”.  Con esto se refería a las fisuras que le quedaban luego de alguna relación sexual, mientras tenía la fimosis.

Por último, quisiera referirme a un escrito que recientemente publicara Mauricio Abadi (psicoanalista argentino) en su libro “El psicoanálisis y la otra realidad”[4].  En éste aborda el tema de la angustia, proponiendo que toda forma de ansiedad que se pueda registrar en la psicopatología puede agruparse en tres formas básicas: la angustia ante el encierro, la angustia ante el cambio y la angustia ante la libertad y la pérdida de los límites.  Centra el molde primigenio de estas angustias alrededor de la línea de fractura que supone el nacimiento en los momentos previos, durante el parto y en los momentos siguientes. 

La vivencia pre natal estaría cargada de un sentimiento de muerte inminente por la prolongación del encierro; la post natal con sentimientos similares por dispersión y pérdida de los límites; y, la situación inherente al proceso de parto en sí con angustias ante el cambio, con sentimientos de confusión respecto al vivir y al morir.  Este autor reconoce como elemento común la angustia ante la muerte pero mantiene su tesis en base a la peculiaridad de cada una de las circunstancias descritas.

Creo que, en última instancia, detrás de los determinantes históricos inherentes a toda angustia que nos toque observar, nos encontraremos con las fantasías propias de la especie y junto con éstas  -o un poco más allá- con la biología misma y las reacciones vitales ante la experiencia de sobrevivir, acompañada siempre por la presencia inevitable de la muerte.

En ese sentido, la no superación de las ansiedades más tempranas derivará en la imposibilidad de registrar en un nivel simbólico o cercano a éste (como es el caso de la estructuración de la angustia como señal).

Es en este proceso de construcción de símbolos que se va construyendo la historia individual del sujeto.  Se establece, así, la posibilidad temporal de un pasado y un futuro, con un presente en el cual podamos irnos rescatando de la confusión que genera el cambio, gracias a que contamos con referentes bien integrados, que nos  permitirán mantener la confianza vital en que estamos construyendo, creando y que podremos seguir haciéndolo.

Para terminar, quisiera agregar que, si bien se define a la muerte como no simbolizable desde lo personal, no podemos dejar de percibir su presencia detrás de cada símbolo que se construye para vencerla.  Y ahí está, cuando aparece la presencia espectral de los vacíos que desencadenan la gran crisis de angustia.  Creo, pues, que la angustia supone una representación y que, en todo caso, lleva el sello de la muerte.

                                    




[1] Freud, Sigmund… Proyecto de una Psicología para Neurólogos (1895/1950).  En: Obras Completas, Tomo I, Editorial Amorrortu, 1979.
[2] Freud, Sigmund… Lo inconsciente (1915).  En: Obras Completas, Tomo XIV, Editorial Amorrortu, 1979.
[3] Freud, Sigmund… Inhibición, síntoma y angustia (1925).  En: Obras Completas, Tomo XX, Editorial Amorrortu, 1979. 
[4] Abadi, Mauricio… El psicoanálisis y la otra realidad.  Buenos Aires, Edigraf, 1982.

1981 Un problema de trenzas. Estudio de un Caso de Agorafobia

Asociación Psicoanalítica Argentina, 1981

Este es un grato artículo de mis épocas de candidato de la Asociación Psicoanalítica Argentina, cuando trabajaba en el Centro Médico Psicológico de Buenos Aires. En ese entonces, 1980, fue presentado en el Concurso Anual de Trabajos Científicos y obtuvo el premio al mejor trabajo.


El desarrollo, que a continuación haré, tiene como punto de partida las observaciones que pude extraer del caso clínico de una paciente fóbica, que vengo atendiendo en la institución . Quiero anticipar que sólo me ocuparé de algunos detalles, que no abordaré el tratamiento de la paciente sino muy secundariamente.

Tal vez el tema, aunque interesante, no resulte novedoso. Total, tanto se ha escrito sobre fobias que en este terreno resulta particularmente difícil ser original. De todas maneras, me alimenta la posibilidad de resultar refrescante con mis líneas -desde ya, para mí lo es- y, por qué no, también, cabe la posibilidad de ampliar mis conocimientos desde algún comentario que su lectura suscite.

En algún momento ambicioné acompañar la presentación de este trabajo con una acabada revisión bibliográfica sobre los puntos que voy a tratar pero pronto me convencí de que esa labor tendría que trascender esta modesta comunicación. Entretanto, me asistiré de algunos escritos freudianos y de otros autores que más adelante citaré.

Los puntos que trato los desarrollo de manera que cada uno quede separado de los demás por un subtítulo. Al final de todo el planteamiento y discusión, intento un resumen y conclusiones.


Algo sobre la paciente

Se trata de una joven ama de casa que concurre a la consulta por presentar dificultades para salir a la calle sola. Siempre tiene que acompañarla alguien (generalmente el esposo o la madre de la paciente). Cuando excepcionalmente puede salir sola debe tener un itinerario preciso y desplazarse en taxi. Es usual que, en estas circunstancias, la recojan del lugar a donde fue. Ocurre que, si estando sola demora en llegar el esperado taxi, empieza a desesperarse.

Sus síntomas actuales tienen una directa relación, en el tiempo, con el embarazo y parto de su primogénito, quien al inicio del tratamiento estaba por cumplir dos años.

Teniendo ocho meses de embarazo, al estar esperando en la calle a una amiga que no llegó, tiene una crisis de angustia que es yugulada con esfuerzo de voluntad. Luego, la angustia reaparece en circunstancias posteriores al parto. Una vez, estando en la calle con el hijo en brazos, se angustia hasta rayar en el pánico porque no llegaba un taxi.

Es de hacer notar que, luego de nacer su hijo, la paciente se incluye en su totalidad en el ritmo de vida de éste. Es así que duerme y come al mismo tiempo que él y la expresión de la angustia va en incremento en relación directa con el crecimiento del pequeño.

Al ir creciendo su angustia, cada vez necesita más elementos de reaseguramiento contra ésta. Estando en casa, tiene que llamar muchas veces por teléfono al trabajo del marido (que es el mismo número de teléfono que tiene la madre de ella). Vive pendiente de la hora en que retornarán él o la madre (quien vive pisos más arriba, en el mismo edificio).

Es decir, su agorafobia es asumida como problema en el momento en que se incrementa una ansiedad claustrofóbica. “Me siento encerrada”, dice, refiriéndose a las limitaciones que le impone el no poder salir a la calle.

Podríamos decir, entonces, que se trata de un cuadro “agorafóbico–claustrofóbico”.

Ahondando en este último síntoma, nos encontramos con que, en realidad, se trata de una vieja claustrofobia, ya que desde niña vivió situaciones de pánico ante la posibilidad de quedarse encerrada en el baño o en el ascensor. Alguna vez, alrededor de los ocho años, una tía la dejó encerrada en el baño y ella se desesperó ante la imposibilidad de abrir la puerta.

Más adelante, ya en el curso de sus sesiones, me entero de que la visión de cucarachas u otros insectos tienen la virtud de asustarla.

Su estilo de comunicación durante las entrevistas tiene bastante de seductor. Siempre viene bien maquillada y con un oloroso perfume. Los contenidos que vierte en las sesiones son abundantes pero en el tema sexual tiene dificultades, deja siempre algo “para después”, pero insinuando de qué se trata, como tratando de estimular la imaginación del interlocutor. Pronto desarrolla más confianza y cuenta “intimidades”, por ejemplo, que al presenciar escenas de violencia tiene un cierto placer especial, que es mayor si se trata de violaciones. Más de una relación sexual con su marido (única persona con las que las ha tenido), son acompañadas de tales fantasías. Aún así, casi siempre ampara sus resistencias a contarme más detalles en que tiene vergüenza.

Serán sus sueños los que, posteriormente, aporten los contenidos que le es difícil verbalizar.

Otros datos de orden familiar o general los iré sumando de acuerdo a las necesidades propuestas por el tema en cuestión.

Pasaré, pues, a tratar los aspectos que a continuación enuncio:


Fobia y angustia de castración

Podría pensarse que el concepto de angustia de castración está adscrito, en principio, a un conflicto del desarrollo del varón, vinculado con las vicisitudes de su complejo de Edipo. Sin embargo, en la paciente es clara la sintomatología de angustia y, revisando el material de sus sesiones, me encuentro muy pronto con que aquella emoción está muy claramente relacionada con la amenaza de tal amputación.

Para adentrarme en el tema, desde el caso clínico, tomaré ahora material de una sesión que tuvo lugar alrededor del tercer mes de su tratamiento. En ella me relata una serie de sueños que tuvo la noche anterior a la sesión:

“He tenido varios sueños … En uno me cortaba el cabello con una maquinita de afeitar; me quedaba todo disparejo…”

“En otro, tenía varias trenzas. Una era más grande, rubia. De pronto, se me desprende la trenza rubia y, después, siento una molestia en la muela, se me sale la corona, la amalgama…”

“Después, en otro, mamá se había ido y la gata como que fuera su sustituto… había que visitarla, estaba en una especie de departamento… ¡qué fea estaba!... Había carne por todos lados, le faltaba pelo en una zona, se iba a morir… Comida tenía, pero estaba mal. Me dio mucha tristeza.”

“Tenía que despedir a mi hermano, que también se iba de viaje. Estaba muy abrigado. Le digo: ‘no vayas tan abrigado, allá están en verano’… luego, está mi mamá, que no se ha ido, y le doy un largo beso en la boca. Ella está en cuclillas. Una tía nos miraba, no sé si porque estaba mal…”

Debo aclarar que la madre hacía poco que había viajado al extranjero, hacia donde estaba el hermano por emprender viaje. Sobre estos detalles giran sus asociaciones. Luego, asocia que la madre mal-acostumbró a la gata a comer tan sólo carne picada. “Gata” la relaciona primero con “minina” y luego con “menina” (“niñita” en portugués, idioma natal de la madre).

Otras asociaciones que establece son que su hijo es rubio (la paciente es morocha)… que el pediatra hace poco le recomendó que dejara el chupete. “No le hice caso”, agrega. Hace poco advirtió a su hijo que, por descuido, la mamadera se podía caer… y se cayó, se rompió y ahora toma la leche en vaso. Cuenta que por la tarde fue a ver (el hijo) la mamadera en la basura “como para convencerse de que realmente estaba rota…”

Al volver sobre los sueños, agrega que, cuando se le desprendía la trenza sintió un gran malestar y que, al día siguiente, al levantarse, se sintió muy mal.

No resulta difícil la observación, grosso modo, de contenidos vinculados con separación, pérdida, muerte, elementos orales, etc. Se puede notar, también, que hay desplazamientos del acento afectivo, por ejemplo, de la trenza a la muela. Estoy convencido que el lector sabrá encontrar otras varias posibilidades de lectura de dicho material.

Por mi parte, llamó mi atención la repetición del detalle de los pelos, están en todos los fragmentos del sueño… menos en el último… ¿por qué?... ¿estaban también? Yo pensé que también estaban y ella los había visto. Pensé que era lo que se podía ver cuando mamá estaba en cuclillas. En esta parte del sueño, ella desplazaba la mirada a la tía, mientras besa a mamá… ¿Completa ella el vacío de su madre como la trenza rubia - su hijo - llenaba el vacío de su propia carencia?

Algo de todo esto intento transmitirle en mi interpretación. Su respuesta viene desde un recuerdo… “Hace mucho tiempo soñé que tenía pene y hacía pis como los hombres… no me pregunte cuándo…” Luego, comenta que, ahora último, se está separando un poco de su hijo… “Antes era todo Yo-El… ahora lo disfruto un poco más como una personita aparte…”

Algo más quisiera agregar aún respecto al detalle de los pelos. Resulta que, meses más tarde, la paciente me cuenta que su hijo andaba indagando sobre las “diferencias”. Le pregunta: “Mamá ¿tenés pito?” Ella: “No”. El niño insiste y le pide que le muestre. Ella: “No”. Cuando me explica el por qué no se muestra desnuda frente a su hijo, dice: “es que se puede impresionar por los pelos”.

El niño se sentía con derecho de pedirle a mamá que se muestre ya que su padre le permitía permanecer con él mientras se bañaba.

Por esa misma época, entre otros sueños similares, trae uno en que ha decapitado accidentalmente a la gata de mamá, al cerrar la puerta de la habitación en que estaba mamá y la que estaba ella… “Horroroso”, dice.

Creo que podría aportar muchísimo material similar, que nos aproximaría por igual a un contenido que es bastante constante en sus sesiones: el complejo de castración y la emoción a él ligada, la angustia de castración.

En este punto me planteo una pregunta. ¿Puede una mujer tener angustia de castración? ¿Cómo, si no tiene pene? Y, si existe ¿cómo se estructura? Otras preguntas, que no sé si llegaré a responderme desde este trabajo, son: ¿puede pensarse en los pelos como “fetichizados”? ¿Hay relación entre fetichismo y fobia? Varias otras preguntas surgen desde el material.

Por ahora me dedicaré a tratar de responderme las tres primeras. Me asistiré para ello de algunos extractos de lectura de trabajos de Freud. Al respecto, en el (1), (5), dice Freud:

“Lo ha visto, sabe que no lo tiene y quiere tenerlo… A partir de este punto arranca el denominado complejo de masculinidad de la mujer… La esperanza de que, a pesar de todo, obtendrá alguna vez un pene y será entonces igual al hombre es susceptible de persistir hasta una edad insospechadamente madura…”

“O bien puede ponerse en juego cierto proceso que quisiera designar como repudiación (renegación)… Así, la niña rehúsa aceptar el hecho de su castración empecinándose en la convicción de que sí posee un pene, de modo que, en consecuencia, se ve obligada a conducirse como si fuera un hombre”.

Revisando en este autor los artículos específicos sobre la sexualidad femenina, pude aproximarme a nociones como “complejo de masculinidad”, “complejo de castración”, relacionados con la “envidia fálica”, pero en ningún momento me hallo la referencia específica que busco, o sea, si la mujer presenta angustia de castración.

Confrontado con esta interrogante, Freud intenta una respuesta, y es así que en “Inhibición, síntoma y angustia” (2), dice que en la mujer tal sentimiento estaría relacionado más bien a la pérdida del cariño de los padres.

Las cosas leídas hasta aquí, en este preclaro autor, me iluminan en la comprensión del material clínico, pero aún queda sin respuesta satisfactoria, para mí, la interrogante planteada.

Sólo más adelante, al revisar el artículo “La escisión del yo en los procesos defensivos” (3) puedo aproximarme más a la posibilidad de una respuesta del mecanismo operado en la estructuración de la patología de la paciente y la factibilidad de la existencia de una angustia de castración. La niña opta por repudiar la descubierta verdad de su carencia de pene (prefiero usar el término “carencia” -la lectura de Freud propone directamente “castración”- ya que pienso que esta última es producto del devenir de la percepción de “la diferencia”), necesita, de todas maneras, guardar una adecuación con la realidad y la solución la encuentra en producir una escisión en su Yo. Una parte de ese Yo conserva el atributo narcisista, en sintonía con su renegación, mientras que la otra parte puede “tranquilamente” continuar el desarrollo por la línea prefijada por la realidad.

Algo quisiera agregar en relación a este “atributo narcisista”, el pene. Para ello, quisiera recordar que Freud, a partir de “Algunas Consecuencias Psíquicas de la Diferencia Sexual Anatómica” (1925), releva la importancia de la etapa Pre-Edípica en la estructuración de la Feminidad (esto queda más claramente definido en su trabajo al respecto de 1931) (4). Es decir, concede una trascendencia especial en la mujer a la naturaleza de la relación con la madre, anterior al ingreso en la situación edípica.

Recuerdo, así, que en el momento de enfrentar el problema de la diferencia sexual anatómica, la pequeña niña se encuentra inserta, también, en la resolución de otra diferenciación: la propia diferenciación de sí misma respecto a su madre. Aquella relación narcisista con la madre omnipotente debe ceder lugar a las, cada vez más fuertes, propuestas de la realidad.

Esta coyuntura encontraría como posibilidad, también, una salida en el mecanismo que anteriormente citáramos: se escinde el Yo y una parte satisface el deseo omnipotente, mientras que la restante se encarga del manejo con la realidad. Ligando ambas situaciones, adscribe a la madre la tenencia del atributo aquél, es decir, construye la “realidad fantástica” de la madre con pene, manteniendo vigente el vínculo con la madre omnipotente (fálica).

Hay, podemos notar, un poner en la madre aquello que ella misma “resuelve” tener. Una parte de su Yo queda, pues, adherido a la madre por estos dos motivos, que en realidad vienen a ser parte de un mismo problema. Pero, tendremos como resultante una situación peculiar y es que la angustia se verá reactivada hasta su nivel de pánico cuando la niña se vea enfrentada, no a su carencia anatómica, sino, cuando confronte la realidad de tal situación en la madre. La angustia de castración estaría, pues, ligada a la comprobación de la carencia de pene en la madre. La angustia que se promueve adquiere su nivel de catastrófica por la ruptura del narcisismo que conlleva y por la separación de la madre, que desencadena intensos sentimientos de desamparo y desestructuración.

La aproximación de estas partes escindidas, podría provocar una reacción psicótica pero, asumiendo el riesgo y vía proceso terapéutico, la opción sería el de la conformación de un Yo integrado, instalado en el principio de realidad.

Volvamos ahora al material clínico expuesto al comienzo. En sus sueños, se nota que coloca la significación de carencia-pérdida en todos los fragmentos iniciales, poniendo el acento de la misma en los pelos. Se superpone a esta significación la de abandono-separación.

Si pensamos con Freud (5) que el sueño es una realización de deseos desde los restos diurnos, el elemento que parece promover una realización de deseos es el viaje reciente de la madre. Hago este planteamiento en razón de que, al final de una secuencia onírica en que se alude a la pérdida, hallamos a la paciente re-encontrada con el objeto perdido: la madre. No se ha ido; está con ella y la besa. Sin embargo, me parece que esto es muy manifiesto, es muy fácil arribar a tal conclusión y aún puede haber cosas más encubiertas en el sueño. Pienso en ello desde el detalle de la carencia de pelo en todos los fragmentos iniciales menos en el último. Pienso que en este último fragmento también se encontraba este detalle, pero no visto; o, mejor, podría decir “visto desde otro ángulo”. ¿Qué quiero decir con esto? La madre estaba en cuclillas cuando la besa, una buena oportunidad de ver aquella inquietante verdad que mamá guarda en aquel oculto lugar de su cuerpo. Salva la situación, en el sueño, desplazando ese “ver” a la tía que observa la escena. Además, esa tía, mirando a ella-mamá, es justamente la parte de su Yo que mira la completud de mamá en la que ella (la paciente) ocupa el lugar de aquello de lo que mamá carece.

Por otro lado, el hecho de que la madre esté en cuclillas nos da la pauta para reconocer el origen infantil de toda esta situación: si la mamá estaba en cuclillas a quien besaba era a una “menina”.

Esta segunda aproximación interpretativa de los contenidos del sueño me parece más encubierta y el propósito sería negar la carencia de pene en la madre. Desde aquí, encuentro justificación para aseverar que el acento del conflicto está puesto sobre la carencia de pene (“castración”) y que la angustia que promueve adquiere las proporciones de intensidad desde el crisol en que se cocina: la situación narcisista apuntalada por ansiedades tempranas de pérdida, de separación, de indefensión, etc.

El mismo Freud nos abre la puerta a la posibilidad de pensar de esta manera cuando en “Inhibición, Síntoma y Angustia” (1925), al hablar sobre angustia, señala que habría una condición relacionada con cada etapa de la evolución del individuo. Así, tenemos aquella relacionada con el nacimiento, que conocemos como el modelo de la angustia tóxica; luego, la impotencia psíquica promueve la angustia en el estadio de falta de madurez del Yo; posteriormente, está el peligro de pérdida del objeto, relacionado con la falta de independencia de los primeros años; después, tenemos el peligro de castración de la etapa fálica; y, por último, el miedo al Superyó de la etapa de latencia. Dice, también, Freud, que es posible su presentación en forma simultánea.

En el caso que vengo estudiando se da dicha simultaneidad, pero el proceso se desarrolla bajo la égida de miedo correspondiente a la etapa fálica: la angustia de castración (ambigua expresión que nos remite a pensar en angustia por la verificación de la no-tenencia o de la pérdida como ejecución de una amenaza).

Creo que en la mujer se da la angustia ante la comprobación de la no-tenencia. La negación se instala en este momento, se niega la no-tenencia, la carencia del pene y, en todo caso, la amenaza proviene desde la ruptura de tal mecanismo, que implica simultáneamente la quiebra narcisista y la separación de la madre omnipotente.

Freud, también en “Inhibición, Síntoma y Angustia” (1925), dice: “…el miedo a la castración es el único motor de las defensas que conducen a las neurosis…” y que “…en la mujer el temor es a la perdida del objeto lo más eficaz, pero no se trata ya de la pérdida del objeto sino de su amor…”

Pienso que aquella pérdida de amor no pierde su relación con el originario temor a la pérdida del objeto mismo y que, en los casos como el que tengo en estudio, es aquella pérdida de objeto, es decir, del pene de la madre, que en una variable cambiante podría ser la misma persona que esgrime el mecanismo. Así, podría postular la existencia de un falo-persona y un falo-pene… y que el arribo a la etapa fálica supone la traslación del acento fálico de la totalidad del Yo del sujeto al pene del mismo. Esta posibilidad, si bien narcisista, tiene más de naturaleza objetal, discrimina el “mi” como parte de una totalidad. Esta integración posiblemente haya tenido lugar ya desde la etapa anterior (anal), en donde se inscribe también que “aquello mío” es factible de “desprenderse de mí”. Es, pues, necesario el desarrollo suficiente como para discernir el todo de sus partes, para que el falo-Yo pase a ser falo-pene, preámbulo de su futura genitalización.

Más adelante, al tratar de la dualidad Agorafobia-Claustrofobia, extenderé un poco más esta lectura de la situación, desde el material mismo de mi paciente.

No quisiera cerrar esta parte sin hacer una pequeña vuelta al material clínico, esta vez aportando, desde un fragmento de un sueño, una visión de cómo se da en la paciente el conflicto de partes escindidas. Trato, con ello, de relevar la importancia de este mecanismo. Veamos:

“… había una mujer con un busto muy grande y un hombre la toma del pecho desde atrás. La morocha me dice: ‘¿te gusta?’… Yo lo entiendo como que me proponía algo y le dije que no porque yo no hacía esas cosas… Ella se sacó un pito enorme, muy grande,… más bien ancho… La otra, la rubia, se reía. Yo me asusté pero en el sueño pensé que ¿por qué no probar?, que estaba con el diafragma y que no iba a pasar nada. Ahí me angustié mucho y empecé a correr, desesperada, llamando a mi marido que estaba con mi hermano… Ellos, en el sueño, lo tomaban como algo normal… Me dicen que es así… lo toman como algo normal, no les llama la atención…”

El hermano le había contado que en Brasil hay travestistas que tienen busto y uno de ellos le había mostrado el pene.

Sólo quiero mostrar, aquí, como el acercamiento de las partes de sí misma conlleva a la eclosión de la angustia. El riesgo es la renuncia a su fantasía de completud narcisística y usa, en el sueño, el recurso de “normalizar la situación”, haciendo cómplices a los varones que en él aparecen. Es decir, vuelve a instalarse la escisión y huye. Es singular que, a partir de entonces (la sesión es muy reciente), se muestra muy resistente, se ausenta, no trae más sueños o se “distrae” en sesión.


Los precursores de la angustia de castración

Creo que a nadie le cabe duda de la existencia de antecesores de la angustia de castración. Creo, también, que estaremos de acuerdo en que la primera experiencia de “creación” de algo propio está relacionada con la defecación. Sabemos que la pérdida del cilindro fecal es el precursor más reciente de la angustia de perder algo (“aquello preciado que es mío”). Bueno, no quiero extenderme en cuestiones que son harto conocidas; en todo caso, voy a trasladar este conocimiento común a la posibilidad de verificarlo desde algunos relatos de la paciente.

En una sesión, me cuenta que hace pocos días su hijo le pidió por primera vez hacer caca. Repuesta de su sorpresa, lo asiste en su “iniciación”. El niño, luego de un rato de pujanza en soledad, muestra a mamá, con cara de orgullo, el producto de sus entrañas. (Cuál sería la cara que ella puso que el niño no volvió a hacer hasta después de muchos días). Esto movió en ella el recuerdo de algunas fantasías que tenía cuando niña. Solía fantasear que, bajo el inodoro, había una tubería que iba hasta el centro de la tierra y que, allí, gente pobre se ponía contenta de recibir su caca, la cual comían con avidez. También, solía cantar en el baño y luego hacer correr el agua del inodoro fantaseando que eran aplausos.

Salta a la vista la presencia de un goce anal muy intenso, adscripto a una época temprana de su desarrollo. Encuentro alguna relación entre ello y el síntoma de temor de quedarse atrapada en el baño.

Desde esta línea de pensamiento, la caca daría una doble posibilidad de lectura. Por un lado, representa lo suyo, es el cilindro que sale de sí misma, que queda fuera de su cuerpo y que, en la fantasía, puede ser vuelto a poner dentro. Por otro lado, en otro momento, ella misma adquiere la significación de la caca y, por esto, sobrevendría el sentimiento de quedar atrapada. Esta última situación tendría, también, relación con la fantasía de que toda ella ha sido devorada o que está en riesgo de serlo.

Debo agregar que el baño era frecuentemente el escenario donde ella se entregaba a intensas masturbaciones. Era, pues, su lugar de “independencia”, deseado y temido a la vez. En él, podía gozar de la expulsión de sus heces en sí misma y no para mamá. Podía, allí, jugar a que tenía pene y que, en caso de perderlo, podía recuperarlo cuantas veces quisiera… Mamá quedaba fuera y con ella la prohibición y la posibilidad de vuelta de lo renegado.

No tarda, sin embargo, en imponérsele la sensación de su carencia y pronto tiene que renunciar a estos juegos de poder. Siente que, con ello, roba el pene-falo a la madre y pronto surge la necesidad de restituírselo. Mamá está afuera, castrada, castrada por ella, castrada de ella… Así, vuelve a reinstalarse la conversión de toda-ella en el falo de mamá.

La fantasía de tenencia del pene-falo encuentra otras vías de realización exhibicionista: canta, y un imaginario público la premia con una “cascada” de aplausos.

En el curso de su tratamiento, recibe una propuesta para ensayar como cantante con un grupo de música moderna (ella canta a nivel de aficionada). Lo asume con entusiasmo y en un comienzo lo hace bien, notando que, paralelamente, se desinteresa totalmente de tener relaciones sexuales con su marido. Poco tiempo después tiene problemas con la voz y se reinstala la vida marital.

Como en otros puntos que he expuesto, hay diferentes lecturas que se pueden hacer de este material. Quiero mostrar solamente la constante “falización” de las cosas que hace y cómo, tan pronto “lo tiene”, entra en la angustia y “se castra”, volviendo al vínculo con la madre fálica, en este caso representada por el marido, quien literalmente se sentía castrado por ella. Vuelve, así, al modelo agorafóbico. Fracasa desde la situación claustrofóbica (sale a cantar) por la amenaza de que el público denuncie la verdad de su carencia… podían no estar atentos solamente a su voz…

La ecuación pene=caca, tiempo más tarde, pasa a incorporar el significante del niño. Ella, que se resiste a renunciar a su fantasía de tener un pene, encuentra el nacimiento del hijo como la concreción de la misma. La angustia de separarse de él queda pronto lejos. Ella “se pega” al niño y “no hay nada que los separe”… hasta que la verdad retorna desde la realidad.

Estos contenidos anales tiñen, de una forma especial, la estructura de la paciente. Anteriormente, vimos cómo relata fantasías sádico-masoquistas. Podríamos agregar a ello que mantiene un modelo relacional con fuertes elementos retentivo-expulsivos.

El movimiento activo-pasivo en ella es muy amplio y el componente agresivo, que de sus fantasías emana, tiene el efecto de intensificar sus angustias.

Sin haber agotado el tema, dejo este atractivo punto para pasar a otro no menos interesante que, al decir de Rolla (6), es la “constelación” agorafobia-claustrofobia.


La “constelación” agorafobia-claustrofobia

En el trabajo de Mom, “El Yo y los Mecanismos de Control a través de los Objetos” (7), este autor se ocupa abundantemente del tema, desde una postura que en su origen tiene de kleinismo pero aporta muchísimo desde lo personal. Plantea, allí, la existencia de un Yo agorafóbico y un Yo claustrofóbico actuando simultáneamente y/o alternativamente. La escisión existente entre ambos provendría de una situación más temprana de la que vengo planteando hasta aquí.

Pude observar que la alternancia se da en mi paciente con períodos variables, a veces muy largos, otros muy cortos. Como ejemplo, citaré que, en una oportunidad estuvo a punto de regresar al consultorio porque no encontraba taxi. En otra oportunidad me pide que abra la ventana lo a puerta del consultorio, desarrollando a continuación un cuadro de angustia.

Sabemos, por las referencias de la historia, que en su infancia y hasta que se casa, la predominancia era del lado de la claustrofobia. Sólo al tener al hijo desarrolla un franco cuadro agorafóbico.

Creo tener claro lo que aquí ocurrió: al momento de nacer su hijo ella se encuentra realizada en su fantasía de tener el pene, satisfaciendo paralelamente, por identificación, sus necesidades regresivas de dependencia-simbiosis. Se instala un predominio de sus elementos fálicos, que toman el control de la situación. El hijo es el falo (el pene de la paciente) y quien absorbe sus necesidades más regresivas. En este momento el predominio es agorafóbico, que busca mantener así las cosas.

Más adelante, cuando el hijo va creciendo, se reinstala paulatinamente la ansiedad claustrofóbica. Es decir, van incrementándose en ella las necesidades más regresivas. Empieza a sentir en sí la presencia de la impotencia y de su propia dependencia. No puede “depositar” más afuera y ella misma absorbe la cualidad del falo, que busca su reubicación en el claustro materno. Se instala así la claustrofobia.

Al plantear esto último, recuerdo a Freud cuando dice que la fantasía del impotente sería la vuelta al claustro materno, todo él convertido en falo. Pienso que la presencia de tales fantasías es la que origina la impotencia: el temor-deseo de quedar atrapado por el “objeto amado”.

Respecto a lo planteado, tengo la impresión que en los pacientes con esta “constelación” se daría una constante oscilación relacionada con el predominio de una u otra carga afectiva, con la posibilidad de circunscribir la carga libidinal al pene o quedar revestido totalmente por tal. Como señalara en otro lugar, todo se da siempre bajo la égida del complejo de castración y su motor: la angustia de castración.

Esta oscilación y predominio de una u otra modalidad y contenido estaría en relación con los componentes de su entorno familiar, asunto del que paso a tratar en el punto que denomino “la trenza familiar”.


La trenza familiar

Fue una sorpresa para mí descubrir, en el curso de las sesiones, una situación familiar muy especial. Como anteriormente lo hice, traeré un fragmento de sesión que nos ilustrará respecto a lo que me quiero referir: “Me puse histérica porque encontré una cucaracha en la cocina de la casa de mi mamá… Vino papá para matarla pero no podía porque tenía miedo. Empezaron a echarle insecticida… pero estaba mi hijo mirando… ¡Pobre! ¡No entendía nada!... Como siempre, tuvo que venir mi mamá y matarla.”

Cuenta después, sin embargo, que mamá no puede ver “ni en pintura”, ni siquiera en un trazo de lápiz, la figura de una culebra sin entrar en alaridos “histéricos”… Ella trata de explicarlo diciendo que de niña vivió en el campo y había culebras…

El hermano de la paciente tiene una actitud similar a la del padre respecto a “los bichos”.

Junto con ello, existe un mandato endogámico muy fuerte. Es así que la paciente vive en el mismo edificio de la madre, el marido trabaja en el mismo lugar que la suegra, quien se encargó de conseguirle la plaza.

La madre no deja de oponerse al tratamiento de la hija, constantemente trata de menoscabar el valor del mismo y relevar el “como ella resuelve sus problemas y goza de su… dinero”.

Es tan fuerte la situación que, al decir de la paciente, el marido, que antes no tenía miedo a los insectos, empieza a dar signos de tal. Aprovecho para comentar que el marido, en un período de “mejoría” de la paciente, empieza a presentar crisis incontrolables de celos, la amenaza con separarse, etc. Esto motivó el que tuviéramos una entrevista y su posterior tratamiento (que continúa) en la institución.

Creo que son suficientes detalles como para plantearse algunas preguntas: ¿En una familia diferente la paciente hubiera desarrollado una fobia? ¿Hubiera hecho alguna otra elección sintomática?

El mito familiar procura mantener la imagen de la madre fálica. Papá muestra su horror ante las cucarachas (ante el genital femenino) y mamá muestra el mismo sentimiento ante las culebras. La angustia ante la castración es por ambas partes una realidad a todas luces y no sólo desde los síntomas. Está plenamente reforzada por el juego de roles totalmente tergiversados en la cúpula parental: ¡“mamá es quien dirige la casa”!

Desde aquí, podemos decir que la respuesta a los interrogantes, que renueva su propio hijo, encontraron para ella, en el principio, un punto de oscuridad y contraste. El descubrimiento de “la diferencia” causa horror en su familia y a ella no le queda otra salida que seguir la propuesta establecida y mantener el mito.

Mamá, muy tempranamente, le advierte de no tocarse los genitales y que tenga cuidado de “que no vaya a pasar nada con amigas”. Mamá siempre andaba metiéndose “en sus cosas”… La respuesta a mi pregunta sería que la paciente no tuvo opción. El camino estaba facilitado y “tuvo” que someter su verdad a la del mito, a la de “la trenza” familiar, tan bien orquestada y dirigida por la madre.

Introduzcamos una variable en esta reflexión recordando a Juanito (“el pequeño Hans”). Me pregunto si hubiera desarrollado su fobia infantil si la verdad de sus observaciones hubiera coincidido con la verdad propuesta desde sus padres. También, me pregunto si hubiera podido resolver el conflicto de no haber mediado la aproximación de su padre. En Juanito, el impacto de la respuesta de la madre movilizó el desconcierto. Parecía haber tenido, hasta entonces, un desarrollo normal. Vale decir, había pasado más o menos bien por la etapa previa de su desarrollo, hasta que se encontró con que mamá pretendía algo diferente a lo que él intuía o comenzaba a conocer. La resolución se presenta desde el lado del padre, quien viene en apoyo de sus inquietudes escopto-epistemofílicas. Este padre que, por esa época, posiblemente buscaba en Juanito, también, resolver sus propios conflictos y que lograrlo probablemente determinaría la separación de una mujer con tales propuestas.

También, en el caso que Mom toma como base de sus desarrollos iniciales sobre fobias (7), se observa una prohibición de acceder a determinado saber, tanto sobre la madre como de “las cosas que el padre hacía en la calle”. La patología de Isabel tenía mucho que ver con la necesidad familiar de mantener un mito.

Podría concluirse, por tanto, que la fobia de mi paciente es una resultante. Ella es la portadora del estandarte familiar, con su mítico escudo galardonado por culebras y cucarachas. Al erigirse como tal, permite que el resto de miembros pueda “liberarse”, salir. Es notable cómo este pasaje por generaciones la encuentra tratando de inducir en su hijo el mismo sentimiento. El nene “todavía no entiende nada” pero, claro, no debe entender, no debe saber, también debe negar lo visto y aceptar el mito. En esto, la ayuda el marido que da el “visto bueno” (“lo tiene escondido”), al igual que su propio padre lo hizo con ella, apoyando la toma de poder de la madre, al precio de liberarse con ello de la propia angustia de castración.

¿Qué pasaría si la paciente rompe con el mito? La amenaza es la pérdida del Pene-Falo y la exclusión del clan omnipotente. Por otro lado, la fuerza del mandato endogámico aún supone un primer pasaje en el que, ya sin pene, instalada como mujer, tenga que afrontar sus fantasías incestuosas con los varones de la casa. Cosa de la que, implícitamente, queda “liberada” al no reconocer las diferencias. El negar su envidia por el pene la hace estar convencida de cosas que dice, como “nunca me he molestado con mi hermano”, “puede hacerme cualquier cosa y no soy capaz de enojarme con él”.

Consciente de que dejo mucho por procesar, hago un necesario alto, con la firme promesa de continuar con el tema que, por lo demás, representa el vuelco de afectos que surgen en mucho desde la contratransferencia con la paciente, a quien debo agradecer sus enseñanzas.




Resumen


A propósito de un cuadro caracterizado por síntomas agorafóbicos y claustrofóbicos en una mujer, hago algunas tentativas de comprensión de la naturaleza de su angustia, tratando de responderme a la pregunta de si es posible la angustia de castración en la mujer, concluyendo que esta situación estaría relacionada con la comprobación de la carencia de pene en la madre. Toda esta situación se encuentra enmarcada por la problemática de salida de la situación pre-edípica.

El mecanismo de instalación de la fobia, que estudiamos, estaría relacionado con una escisión en el Yo, consecuencia de la repudiación de la verificación de la carencia de pene.

Entre los antecesores de la angustia de castración y de la fobia misma de la paciente, encontramos especial relevancia de contenidos anales, que aportan una modalidad retentivo-expulsiva.

Propongo que, en los casos de Agorafobia-Claustrofobia habría una oscilación desde una toma de posición en la etapa fálica a un punto de regresión al claustro materno y viceversa. En el primer caso, la paciente “tiene” un Pene-Falo y, en el segundo, ella misma es el falo de la madre.

Por último, encuentro que la sintomatología de la paciente es la resultante de una particular dinámica familiar, que procura el mantenimiento del mito de la madre fálica a fin de evitar la general angustia de castración.


Bibliografía

(1) Freud, Sigmund (1925)… “Consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”. Obras completas en 3 tomos. Tomo III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 482 – 491.
(2) Freud, Sigmund (1925)… “Inhibición, síntoma y angustia”. Obras completas en 3 tomos. Tomo II. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 31 – 71.
(3) Freud, Sigmund (1938)… “Escisión del Yo en el proceso de defensa”. Obras completas en 3 tomos. Tomo III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 389 – 391.
(4) Freud, Sigmund (1931)… “Sobre la sexualidad femenina”. Obras completas en 3 tomos. Tomo III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 518 – 533.
(5) Freud, Sigmund (1927)… “Fetichismo”. Obras completas en 3 tomos. Tomo III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva,1968. Pgs. 505 –510.
(6) Rolla, E… “La construcción de símbolos en la fobia”. En: Personalidad fóbica. Aportaciones clínicas. Buenos Aires, Ediciones Kargieman, 1970. Pgs. 121-135.
(7) Mom, J.M… “El Yo y su control a través de los objetos en la Agorafobia”. Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Tomo XXXVI-6, 1979. Pgs. 1053-1115.