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miércoles

2005/07 La Construcción de la Diferencia Sexual desde el Espacio Analítico. La importancia del “Holding” y del “Handling”

IX Congreso de Psicoanálisis: “Psicoanálisis: proceso y transformación”
Sociedad Peruana de Psicoanálisis, Lima, Julio de 2005



La diferenciación sexual es un proceso que, como la identidad misma de la persona, se va desarrollando a lo largo de la vida. El tejido particular que logra cada quien con su condición de “macho – hembra” y el registro de lo “masculino – femenino”, involucra ingredientes genéticos, instintivos, educativos, adaptativos, culturales, identificatorios, etc., propios del desarrollo de la identidad y de las posibilidades de un adecuado sostén por parte de un yo suficientemente integrado y plástico.

El propósito del presente trabajo es analizar la evolución de esta diferenciación, retomada desde el proceso analítico. Me voy a apoyar para ello en una viñeta clínica y en los conceptos de Winnicott referentes al “holding” y al “handling” que, como se podrá observar, aparecen como propicios para entender lo actuado desde el analista.

Cuando Winnicott habla del “holding”, vale la pena recordar, se refiere a la importancia del vínculo con la madre en los primeros momentos de la vida del niño, al sostenimiento que ésta hace de su pequeño bebé, a partir de relacionarse con él como una persona, con sus sentimientos y necesidades particulares. Junto con ello, Winnicott nos habla del “handling” y de la necesidad del contacto físico, de la caricia, del abrazo, todo lo cual facilitará la integración psicosomática personal, la relación con el cuerpo y la percepción de los límites en el vínculo con el otro.

Esta integración contribuirá a que, a futuro, el Yo adquiera la capacidad de manejarse con la realidad, con suficiente conciencia de su singularidad, no sólo en cuanto a la diferencia sexual anatómica sino a las particulares formas de vivirla, sentirla, expresarla y disfrutarla.

Cada quien, en su plenitud como persona, necesita saber acerca del lugar que su sexualidad ocupa en su mundo de relaciones, tanto en lo que respecta a la intensidad del impulso instintivo, como al tipo de placer preferido y al complemento objetal elegido. Tal vez la idea de salud sexual en el logro de esta diferenciación tenga que ver con el grado de coherencia que este registro de sí guarde con su expresión en la vida.

Desde los momentos más tempranos va enhebrándose esta diferenciación. La madre ocupa un lugar preeminente en la puesta en marcha de la integración del sí mismo como una entidad sexuada. Para ello, juega un rol fundamental el sostén y el contacto físico que aporta a su bebé. Vínculo personal y caricia corporal van estableciendo los límites del cuerpo y el espacio de las sensaciones instintivas.

En el proceso analítico, en medida variable, se requiere del analista un aporte sostenedor del proceso desde el “holding” y el “handling”, con miras a facilitar el tránsito de despegue de una relación primitiva entrampada hacia las posibilidades de una plena experiencia de vida.

Al respecto, hace unos años, escribí un artículo en el que proponía la posibilidad de entendimiento del cuerpo como un objeto transicional. En él propongo la importancia del uso del cuerpo para sostener significados y para significar en el encuentro con el otro. Esto supone la expresión de una integración psicosomática mínima, que incluirá progresivamente el dibujo de las formas y emociones propias del erotismo y de la identidad humanas.

El bebé requiere ser sostenido en una condición transicional por la madre en los momentos en que la fusión conforma el universo de ambas (el género se borra en la lectura de la fusión primitiva, a predominio de la naturaleza del ser femenino; esto supone una impronta que se relativiza con el desarrollo de la experiencia personal). Para que sea saludable y estructurante, es necesario que, pese a las significaciones identificatorias que pueda darle su madre al bebé, ésta conserve la posibilidad de diferenciarse de él y de sostener su propia diferencia.

Esta es la esencia del sostén primitivo, fundante del alma misma de la intimidad, de la intimidad del alma. A esta experiencia se le suma la de ser tocado, acariciado, cargado físicamente, lo que permite ir sintiendo los trazos sensacionales del placer y del dolor, que luego adquirirán las formas y los límites del cuerpo, en el dibujo simultáneo del sí mismo y del semejante. Junto con ello, observa Winnicott, es necesario que los objetos le sean presentados al bebé en el momento oportuno, lo que, con un toque de “magia” constituye la experiencia de “haberlos creado”.

Las fallas en el logro de la cualidad transicional en la relación con el propio cuerpo (y con el ajeno) derivan en trastornos, tanto en el sostén de la diferenciación de nuestro propio cuerpo como en el encuentro con el cuerpo del otro. En estos casos, el encuentro con el cuerpo del otro moviliza confusión o tan sólo cumple una función aplacadora de ansiedades diversas, con ausencia de posibilidades para una diferenciación o para una experiencia de intimidad a través del sexo. El otro ocupa apenas el lugar de un consolador o una suerte de ansiolítico. No hay encuentro “personal”.

En ese lugar, el de “consolador”, me ubicaba Graciela, al principio de su tratamiento hace unos 8 años. Casi desde el comienzo sentía la necesidad de abrazarse a mí al inicio de sus sesiones, expresando con dramatismo y ansiedad una suerte de “¡Ay!... ¡al fin...!”, gesto que repetía al final de la sesión, pero con un matiz diferente, como una especie de llenarse de bendiciones para el camino, mientras murmuraba “besos, abrazos...”, mientras palmeaba mi espalda (y yo la suya).

Un poco sorprendido y a la vez divertido por la naturaleza de sus efusivas expresiones, me hice de la paciencia suficiente como para explorar qué es lo que me estaba comunicando y, también, qué me estaba requiriendo. En principio me vi ante alguien con mucha necesidad de “holding”; los espacios entre sesiones pronto se convirtieron en penosas agonías, mezcla de desamparo y confusiones en las que aparecían multitud de fantasías y sueños, cantidad de recuerdos y asociaciones que no podía contener sola.

En la vida familiar o en el trabajo con frecuencia perdía el contralor de su ubicación en el espacio o la situación. Perdía, también, la noción de las proporciones en sus reacciones de furia, odio, envidia, tanto como en sus amores. Eran extremos y era notorio el esfuerzo que le insumía mantenerse en contacto con la realidad debido a intensas y frecuentes proyecciones. Todo esto, sin embargo, se apaciguaba en el consultorio. Era el oasis en sus angustias cotidianas; allí lograba calmarse, armarse para enfrentar el mundo que, lamentablemente, la empezaba a desmantelar tan pronto se iba.

Era toda una labor de contención: palabras, silencios, tonos serenos, escucha atenta, estar allí “vivo y despierto”, siempre bien dispuesto. Sabía que una leve distracción era cosa de vida o muerte. Al principio no podía ni dejar de mirarla; acomodar mis zapatos motivaba inmediatamente la protesta de que no estaba con ella. Así, transcurrieron unos tres años, luego de lo cual se hizo tolerable que cerrara los ojos mientras la escuchaba, que la viera sin mirarla. Me amó y me odió con todas sus fuerzas y pudimos seguir vivos gracias a que podía seguir siendo yo mismo y podía demostrárselo.

Respecto al “handling”, vale la pena aclarar que fue una tarea muy delicada, tal vez la más delicada del trabajo que hicimos. Ella mantenía una intensísima fantasía sexual, a la par que no podía obtener placer en la cama con su marido a quien sistemáticamente rechazaba. No dejaba, sin embargo, de traer sueños en los que se acostaba con distintas personas, a veces incluso con varios a la vez, con mujeres con pene, sin pene, con hombres que se auto penetraban analmente, etc. Se angustiaba al ver el genital de su única hija y, más aún, de percibir en sí misma impulsos de masturbarla.

Había sido manoseada en los senos en la adolescencia por un hermano mayor y sospechaba (o fantaseaba) que eso le había pasado también con otros hermanos cuando chica en otras partes de su cuerpo. A su madre, recientemente fallecida, bien podríamos haberla diagnosticado de “borderline”. Ella (la madre), solía invertir roles con los hijos; especialmente si éstos necesitaban ayuda. Hacía escenas dramáticas, de manera que terminaban atendiéndola a ella. Era evidente que, más que sostener a su hija, competía con ella o la invadía. Hasta que murió no le reconoció nada de lo que le regalaba Graciela. Nunca pudo acariciarla, ni tampoco dejó que lo haga con ella.

Todo esto y mucho más se jugaba en el “handling” de esos comienzos y finales de sesión. El acogimiento y la puesta de límites en simultáneo resultaba una difícil tarea. Sin embargo, las cosas se fueron acomodando solas. Mi labor interpretativa circulaba más por el lado de mi actitud y disposición a escucharla, a estar allí con ella.

A la vuelta de su segundo año de trabajo analítico, empiezo a registrar expresiones que cito textualmente: “Anoche tuve relaciones con mi marido. Es diferente. Estoy explorando mi cuerpo, pero es raro porque dejo que él me toque y yo siento que soy yo misma que me toco. Es bien loco pero lo siento así. Antes no había sentido eso. Cuando era chica me miraba en el espejo y me salía de mí y me miraba... veía cómo cambiaba mi cara... Yo nunca exploré mi cuerpo...”. Días después, me dice: “Yo soy torpe para dibujar los límites y los contornos, no sé cómo hacen los artistas que sólo con los colores logran la delimitación”. En mis notas de entonces, escribí: “Esto denota que se está permitiendo más confundirse con el otro en la confianza que los límites y las formas se pueden conservar...”.

Por entonces, mantenía un constante movimiento “regresivo–prospectivo”, sobre el cual podría citar miles de viñetas similares. La exploración del cuerpo era permanente, en medio de confusiones y esclarecimientos que, obviamente, se traducían en la transferencia. Una imagen onírica la muestra teniendo sexo oral con una hermana menor. Son momentos en que descubre con sorpresa que tiene un huequito chiquito; no tiene claro quién es quién, pero tiene la sensación de que falta algo... Me dice que falta “un palo, ser atravesada por un palo...” (sic).

Días después reproduce en la realidad una escena con el marido, también, con gran confusión. En medio de una conversación, siente que él tenía ganas de lactar. El asunto es que era ella quien tenía las ganas y, así, se enfrascan en “una furiosa tiradera”... “No me bastaba con chupar, sentía rabia, quería morder, sentía que yo era él y que él era mi mamá, hasta que me pongo a llorar, como que me hubiera descargado, como un éxtasis...” (mutuo sexo oral). Es una escena primitiva que se reproduce en un juego confuso de ecuaciones simbólicas, en donde el anhelo del pecho ocupa el lugar del pene, allí donde había que tapar su oralidad frustrada en el anhelo por una madre ausente.

En otra oportunidad, interrumpió las circunstancias íntimas con su marido porque se angustió mucho y tuvo que tocarse el cuerpo como recuperando sus formas y límites.

Con el tiempo, el trabajo analítico fue mostrando una peculiar evolución hacia una integración genital. El sexo no sólo se hace más frecuente sino que empieza por primera vez a tener orgasmos y deseos propios. De esto nos da cuenta en un pasaje de sesión en el que, al pagarme con un cheque del marido (siempre renuente a la terapia), me dice: “mi marido dice que si las cosas son como anoche, paga con gusto...”. (Habían tenido una noche “de película”).

En sus sesiones aparecen expresiones singulares de encuentro con el contexto, más allá de mi persona. Me dice: “Me estoy dando cuenta del consultorio... esa pared... el diván... Es muy loco, pero siento que es tu diván el que me da forma, es mi cuerpo el que es delimitado por el diván...”. Pasamos así al sustituto objetal propuesto en mis objetos... ya no era sólo el cuerpo en el abrazo. Junto con ello empezaba a encontrar espacio la palabra. Aún así, aposté mucho más a que fuera ella misma quien llevara el eje elaborativo, confiando en sus propios recursos que, además, saltaban a la vista.

En sus sesiones, especialmente al comienzo, venía llena de contenidos y asociaciones. Yo tan sólo intervenía si era muy necesario. El objetivo estaba en función, más que nada, de compartir con ella mi calma y la disposición de escucharla con interés, lo que no era difícil, ya que me resultaba sumamente interesante. Era un libro abierto, muy estimulante. Me motivó a llevar notas puntuales, sesión por sesión, por un buen tiempo; lo que, además, me permitía una extensiva y enriquecedora reflexión teórica que encontró expresión en aquel trabajo sobre el cuerpo como objeto transicional.

Encontré en ella un objeto transicional, creo que representó muchas cosas para mí, me recordaba mi propio análisis, por la manera de hablar, asociar y elaborar, “haciéndosela fácil” a mi analista de entonces. Creo que en más de un momento me ubiqué como padre o madre de ella y a ella como a una hija con necesidad de cobijo. Podía intuirla. Muchas veces, mientras venía en el auto, pensaba cosas que luego ella traía a sesión. Supongo que ella también visitó muchas veces mi interior. Recuerdo alguna vez que mi mente se fue de la sesión por una fracción de segundo y ella reclamó inmediatamente mi presencia allí.

Pudimos, logramos, construir juntos un espacio transicional en donde las formas y los límites se fueron dando, como una creación mágica, como en el ejemplo de “las pinturas que se delimitan solas” o como en las expresiones respecto “al diván que configura su cuerpo”. Su sexualidad desperdigada y confusa fue poco a poco encontrando el espacio propicio (conté con un buen coterapeuta: el marido, quien tuvo, también, la paciencia y ocupó el lugar en el momento oportuno).

Fue bueno que percibiera, desde el comienzo, que no me confundían las abrumadoras fantasías sexuales que la habitaban y que buscaban desesperadamente un “consolador”. La detección temprana de la ausencia omnipresente de la madre me permitió actuar en consecuencia, administrando con prudencia la dosis de “cercanía–distancia” que fuera pertinente en cada caso. Sensible y aguda, me interpretaba con frecuencia en aquellos momentos: “Eres una madre, Pedro...”

La ansiedad de los inicios fue cediendo. Los abrazos variaron su naturaleza hacia una calidez y gratitud sin dramatismos, al comienzo y al final de la sesión. En una sesión reciente, me dice: “¿Te acuerdas cómo estaba?... ¿qué hiciste?...” Se queda pensando y se responde: “Creo que lo más importante fue tu paciencia y comprensión al momento de contenerme. Eso fue: me contuviste...”. Me movió ternura el sentir su reconocimiento y, también, le expresé el mío: “tú hiciste el trabajo... Yo sólo te acompañé”.

2001/09/07 Del Espacio Potencial al Espacio Potenciado

IX Congreso del CPPL: "Subjetividad e Intersubjetividad".  6 - 8 Setiembre 2001


El presente trabajo constituye una extensión reflexiva de un artículo que escribí en 1999, titulado “El Cuerpo Como Objeto Transicional”, presentado en un “Encuentro Winnicottiano”, en Octubre de ese año, en Buenos Aires.

Mucho se ha escrito y teorizado sobre los primeros momentos del funcionamiento psíquico y su gravitación, tanto en la patología derivada como en el afronte terapéutico de dicha patología.

Tomando para este trabajo las ideas de Winnicott, quisiéramos desarrollar algunas opiniones que provienen en buena medida de nuestra experiencia de trabajo, a la vez que permitirnos alguna aproximación a la fascinante y siempre oscura fenomenología de la identificación proyectiva Kleiniana, en especial a la de la madre.

Por último, consideramos en la reflexión algunas ideas de Christopher Bollas sobre el objeto transformacional.  Algunos otros autores están presentes sin que podamos hacerles un honor adecuado a sus aportes.

Consideramos que una de las condiciones del bebé al nacer es la de traer consigo un espacio potencial, contenido en sí mismo, en un lugar hipotético entre su incipiente mente y su cuerpo. Ese espacio potencial es el que irá paulatinamente adquiriendo la cualidad de “Yo” y posteriormente de “sí mismo”, de espacio virtual de experiencias, con una tendencia natural a ampliarse, enriqueciéndose con el desarrollo del “ser en la vida”.

Solemos entender que lo característico de la situación inicial es una madre sostenedora del desarrollo de su bebé, con una disposición particular para relacionarse con él. Ella tiene que ser una extensión Yoica de su vástago, desarrollando un profundo allegamiento con él. La cualidad potencial del bebé es “visitada” y echada a andar por la madre. Es importante que para ella su bebé represente un objeto transicional. El bebé se ve, así, ubicado en un lugar de especial significación para la madre.

El pasaje de una potencialidad ubicada al interior del sí mismo, en la pura subjetividad, hacia un espacio potencial con posibilidades transicionales, requiere de un desplazamiento con punto de partida en la experiencia de haber sido uno mismo, el bebé, un objeto transicional de la madre; de haber ocupado un lugar en el interior de la madre (revestido por las significaciones de ésta) luego de haberla habitado físicamente, tanto como de haberla transportado en el propio interior (el del bebé) en un tránsito fluido y pleno de significaciones en el contexto de la pura subjetividad primaria.

El primer desarrollo sería, entonces, el del espacio potencial que crece en conjunto con el yo mismo y va registrando la maravillosa experiencia del significar transicional: ser todo para el otro, pero a la vez ser uno mismo, ser adecuadamente interpretado o reconocido. La magia de crear la situación, experiencia fundante del desarrollo del ser, necesita de la apertura transicional, que es algo más que simplemente contar con el sostén del otro.

Queremos resaltar que en la experiencia se da algo más que un simple sostén.  La madre “insufla” en su bebé un cúmulo de significaciones, de adjudicaciones proyectivas cargadas de valor, de amor, de representación de sus contenidos más recónditos, de viejas vivencias de temprano origen. Se identifica con su bebé y, a la vez, lo identifica con su propia madre, con sus padres, con sus ideales, con aspectos de sí misma. Esa depositación otorga poder al bebé sobre la mamá, pero él no lo sabe. Tiene, eso sí, una sensación de omnipotencia, de plenitud de existir. Posteriormente, esta experiencia favorece la ilusión de influencia positiva, de transformación desde el encuentro con el otro.

El influjo de la madre supone el aliento elemental que impulsa la plenitud del ser e incentiva la alegría de vivir.  Es la madre quien, como con un objeto transicional, encuentra en la experiencia el bálsamo necesario para sobrellevar el sacrificio y el dolor de perderse momentáneamente a sí misma, de entregar partes de sí, de su tiempo, de su cuerpo. Nada es más importante que él y él lo percibe.

Puede entonces estar tranquilo mientras construye a su mamá. Al principio, podríamos decir que la madre depende más de su bebé que él de ella. Sólo posteriormente él pasará a depender, cuando la reconoce y ella “se ha liberado”, haciendo lugar a otros “objetos” importantes de su entorno, como, por ejemplo, su marido.

Entonces, vamos viendo que la relación empieza desde los espacios potenciales de ambos.  Ella irá tolerando cada vez más el reconocimiento de su bebé como diferente de las adjudicaciones iniciales que le hiciera, siendo posible el tránsito al nuevo vínculo sobre las bases de una mayor tolerancia a la angustia, propia de la permanente pérdida que ello implica (por lo cambiante), en favor creciente al encuentro en el espacio potencial.

La idea es que no es potencial ni transicional aquello que no es transitorio. Lo potencial se pierde y se recupera. Es potencial. Allí donde se instala la pretensión de inmutable, estamos en otra cosa que no corresponde a lo transicional. Es cuando se cierra el espacio potencial. Es cuando hemos pasado a una relación adictiva o fetichista en el proceso terapéutico.

El espacio potencial representa la esencia del “Yo” en apertura a la recreación. Implica un no aferramiento a las seguridades de la representación concreta del otro o de sí mismo.  Es la posibilidad de tolerar la angustia o el dolor en la confianza de una temporalidad reintegradora.

El espacio potencial puede prescindir del objeto para ser, porque se ha dado una integración básica, una introyección del mismo; pero, aún así, lo necesita para crecer, para realimentarse. En el encuentro de los cuerpos como en el de las almas, no hay sentimiento de sustracción sino de mutuo nutrimento.

La experiencia no atrapa, tan sólo predispone; y esta predisposición ensambla en lo transicional; puede así surgir la poesía, la naturaleza tener otro color, la semana ocho días....

El dulce enganche del amor no muere con la terminación del vínculo, vive y habita en nuestro espacio potencial. Está disponible para la felizmente larga y a la vez corta experiencia del vivir relacionándose. El espacio potencial luego retomará su nexo con la esencia misma de la naturaleza y el espíritu, integrando cada vez más el sentido de lo trascendente. Visto de este modo, la trascendencia no tiene nada que ver con la posteridad sostenida por la memoria; se sostiene a sí misma por el hecho de encontrar plenitud.

El espacio potencial no tiene otros límites que los de la experiencia misma del vivir lo que le está dado en origen y aquello de lo que se puede dar en la feliz concatenación con los espacios potenciales del entorno. El sentimiento de plenitud sustituye como objetivo al de la felicidad, que vendría a ser una suerte de grata resultante de la experiencia y que cada tanto nos alegra con su presencia. La plenitud, sin embargo, no cierra el espacio, más bien lo abre, porque la verdadera plenitud llama a compartir, a encontrarse en o con el otro.

La experiencia, producto de dicho encuentro, tiene la virtud de influir sobre el otro, de contagiar emociones y afectos que reverberan al interior, promoviendo movimientos de vuelta que realimentan el espacio potencial.

Christopher Bollas, autor cercano al pensamiento de Winnicott, tiene una obra titulada “La Sombra del Objeto. Psicoanálisis de lo sabido no pensado”. En ésta nos dice: “la madre es significante e identificable menos como un objeto que como un proceso que es identificado con transformaciones acumulativas interiores y exteriores”.
Llama “objeto transformacional” a “la experiencia subjetiva primera que el infante hace del objeto”....”la madre es experimentada como un proceso de transformación..”.

Este aspecto de la experiencia temprana pervive a lo largo de la vida en relación a la búsqueda de experiencias de transformación o de cambio. El paciente que nos solicita ayuda, espera desarrollar con nosotros una experiencia transformacional. Busca transformar su “self”.

El terapeuta, como la madre, es más que vehículo de dicha transformación. Al abrir su mundo interno para lograrlo, es el espacio para la ilusión del que nos habla Winnicott. No es la persona, es su capacidad para funcionar en ese nivel de encuentro lo que importa. El mismo (el terapeuta) tendrá posibilidades de funcionar flexible y creativamente.

Coincido con las reflexiones teóricas de Bollas en que se da algo más que la provisión ambiental. El registro de la experiencia es amplio, lo mismo que las posibilidades de mutua influencia transformadora que existen desde el comienzo mismo de la existencia. Creo, sin embargo, que cabría recalcar que dentro de la fisiología de la relación simbiótica temprana hay un lugar importante para los fenómenos transicionales, que moviliza la identificación proyectiva de la madre en su bebé. Dicha característica adquiere una expresión energética de animación y fuerza que nutre lo que primariamente proviene del bebé. Constituye así una resultante que establece o consolida el sentido de lo potencial, abriendo posibilidades para la relación intersubjetiva.

El bebé procesa estos contenidos que le deposita la madre y va integrándolos en su campo de experiencia hasta configurar el “objeto interno” que irá encontrando lugar, primero, en el cuerpo (como lo sugiero en mi artículo anterior) y, después, en algún lugar del mundo externo, en el espacio potencial que se le abre para una continuidad transicional.

En el trabajo terapéutico, muchas veces nos encontramos con algunos pacientes que requieren de este aliento más que otros. Cuadros de aparente depresión y otras formas clínicas, en donde observamos un sustrato de “desaliento” elemental. Entrampados en una organización de “falso self”, han perdido el sentido del “ser en el mundo”, es decir, han perdido la alegría de vivir, de recoger el influjo y, a la vez, de influir creativamente en sus objetos.

Una de las formas por él recomendadas en el tratamiento de estos pacientes, en especial en los últimos tiempos de Winnicott, es sostenerlos en su necesidad de desarrollar sobre el eje de sí mismos, favoreciendo la oportunidad de una regresión sostenida por el terapeuta. Creemos, sin embargo, que es posible ayudarlos, por lo menos en algunos casos, también desde otro sostén: el del aliento empático.

La idea es rescatar o reinstalar el espacio potencial perdido, revitalizándolo con nuestra presencia psicosomática. La posición del terapeuta, en estos casos, requiere ser especialmente elástica y cuidadosa. Sólo un profundo respeto por el paciente y una adecuada mirada sobre el campo salvaguardan de los riesgos de movilización negativa del paciente. Un equilibrio dinámico entre aliento y frustración supone mayores posibilidades de derivar la experiencia al terreno de la vida cotidiana.

El trabajo, en estas circunstancias, requiere de otro equilibrio: el de la cercanía – distancia en el manejo transferencial. El tejido elaborativo será permanentemente considerado en relación a las circunstancias actuales de la vida del paciente.

Una consideración básica para trabajar en esta línea es descubrir los recursos con que cuenta el paciente, aunque no sean más que su capacidad de sostener una sonrisa o el tener una motivación consistente para “salir del pozo”, expresión con la que suelen referirse a esta situación. El objetivo de trabajar así es el de potenciar el potencial. Desde el hecho en sí de encontrarse con alguien que devuelve la sensación de cálida aceptación, no ficticia, el camino de la confianza se va reinstalando. Confianza en el otro, confianza en el tiempo, confianza en sí mismo... el potencial está dado.

El espacio potencial se potencia y los fenómenos transicionales empiezan a aparecer. La creatividad va dando lugar al fortalecimiento de dicha confianza y, así, el espacio potencial se va abriendo a nuevas experiencias en donde la creatividad es recuperada cada vez más, enriquecida por la experiencia de lograr objetivos, de visualizarlos y encontrar que fue uno mismo quien los realizó. Suele ser que al final la gratitud encuentre expresión de despedida.

El terapeuta requiere también tener en cuenta la disposición transicional para con su paciente, es decir, la conciencia de la temporalidad de su relación. Sabemos que, muchas veces el paciente es visto como un “consolador”, en el sentido que no toleramos su despedida, tal como ocurre con algunas madres respecto a su bebé.

Es importante que el terapeuta esté en condiciones de sostener desde sí mismo su alegría de vivir creativamente la experiencia, de poder identificarse con su paciente tanto como de poder reconocerlo en su alteridad. Solemos referirnos a la necesidad de poder pensar las sesiones con nuestros pacientes, como garantía de sostener el proceso.

Creo, sin embargo, que es igualmente importante no perder nuestro potencial afectivo, sostenedor de la posibilidad de alentar, cuando es pertinente hacerlo. Entendemos que el alentar es algo más que un aporte de ideas, algo más, también, que una simple disposición afectiva.

Ciertamente, uno de los registros a tener en cuenta es la “animación” que el paciente nos induce, ese registro contratransferencial que nos permite “sentirlo” mas allá de su sintomatología, de forma tal que no quedemos entrampados en el solo registro “profesional”, secuela de un diagnóstico clínico; animándonos a animar, a encontrarnos empáticamente con él.

No podemos negar que hay pacientes que “nos hacen sentir” más animados que otros. Muchos de ellos no son para nada conscientes de su potencial, suelen ser personas acostumbradas a jugar a la enfermedad para sostener a la madre o sucedáneos de la misma. Sin embargo, su potencial está intacto. La “madre terapeuta” tendrá tan sólo que animarlo a utilizar esa fuerza para lograr la plenitud de su desarrollo personal.

La ventaja paradójica de este modelo es que el terapeuta no favorece la dependencia, aunque en muchos de los casos la persona tenga fuertes tendencias dependientes. El trabajo central es hacia el logro de una dependencia no regresiva. La opción de que la persona vuelva, después de terminado el proceso central de su tratamiento, es una opción siempre abierta.

No se trata de alimentar fantasías omnipotentes. Todos necesitamos de eventuales “repotenciaciones”, en especial cuando nos perdemos en la jungla de la vida.

Desde la perspectiva de mi actividad, en los últimos años me he reencontrado mucho con el trabajo grupal y con la psicoterapia. En el trabajo con grupos, observo con mucha frecuencia que el dar acceso básico a la motivación de los consultantes, activarla, darles argumentos y herramientas para que puedan destrabar sus existencias, da buenos resultados.

No es posible comparar esta actividad con el psicoanálisis o una psicoterapia de largo aliento. Es confiar en la posibilidad de apertura para la transicionalidad, para la puesta en juego del espacio potencial, de ese mundo interno puesto en juego en el espacio del existir. Es la oportunidad de vivenciar, que aleja el fantasma de sentirse “vivido”.

En mi trabajo terapéutico individual, cada vez voy cobrando mayor confianza en que esta postura es beneficiosa para el paciente. Bastante de lo que intento teorizar surge de mi experiencia con pacientes, como la que voy a relatar a continuación.

Bruno me consulta por primera vez hace unos 5 años. Clínicamente, muestra signos depresivos severos y un achatamiento de su perspectiva de vida, sin ánimos ni fuerzas para realizar las tareas que antes le resultaban sencillas. Envuelto en un problema judicial, ha dedicado lo mejor de sus recursos obsesivos para resolver una coyuntura que le permite, entre otras cosas, cumplir el objetivo de dejar limpia y clara la naturaleza de su calidad moral. Profesional brillante con una rica formación, ha devenido en una sombra humillante ante su propia mirada, lo que lo lleva a reprocharse, una y otra vez, a la manera de una patología melancólica.

Siendo el hijo emergente destacado, en una familia humilde y numerosa, se generaron grandes expectativas sobre él. Con gran esfuerzo, los padres, provincianos de la sierra, le pagaron estudios diferenciados y posteriormente estudios en el extranjero, lo cual fue facilitado por el logro de una beca por parte de Bruno. A contramano de este apoyo, los padres, tiempo después, favorecen el que un hermano lo parasite malamente, robándole clientes, ideas y hasta cosas materiales.

La primera vez lo atiendo por espacio de alrededor de un año. Le prescribo antidepresivos, tratando, a su vez, de ayudarlo a comprender la complejidad de su trama, cargada de conflictos derivados de la idealización de sí mismo, vinculada a oscuras mixturas identificatorias con sus imagos parentales, lo que lo colocaba en un nivel de sobreexigencia paralizante. Si bien mejoró su comprensión y en algo su resonancia afectiva, poco antes de completar el año tiene que retirarse por razones económicas. Sus problemas laborales no han logrado resolverse y vive en una economía de sobrevivencia, (como en realidad maneja todo en su vida).

De aquella época, lo que más recuerdo es que era un paciente aletargante, reiterativo, lento, con una gran pobreza de contenidos asociativos.

A su vuelta, algo mas de dos años después, está mas depresivo, llora con frecuencia en las sesiones, no ha mejorado su situación general y más bien, poco a poco, se ha ido retrayendo y autolimitando, se ha dejado robar por uno de sus hermanos que lo martiriza; le restringe los espacios de trabajo (que comparten, lo mismo que la vecindad del hogar); que le ha cortado los cables de electricidad en más de una oportunidad, porque no le gusta como suena su timbre; que lo agrede verbalmente, etc.

Nuevamente, en las sesiones noto que la tendencia es a aletargarme hasta que, en un determinado momento, me encuentro sacudiéndome de la modorra e invirtiendo la situación. Trato de romper la pobreza de contenidos con preguntas ampliatorias, sobre detalles de su realidad, en particular la laboral. Esto tiene la consecuencia de permitir, de a pocos, ir tomando conciencia de sus límites restringidos, recuperando espacios y talentos que parecían ya inexistentes o perdidos. Por otro lado, lo ayudamos a dosificar sus energías: de un entrampamiento en los líos con el hermano, con quien ahora tiene un juicio por robo (se animó a denunciarlo), hacia cubrir sus necesidades de recuperar su capacidad laboral, mermada tanto en lo productivo como en sus posibilidades de comercialización.

El viraje actitudinal de mi parte, más allá de los contenidos, tiene la virtud de animarlo. Por primera vez lo veo sonreir agradecido al final de las sesiones, como si le hubiera dado grandes soluciones. Como quiera que nos reunimos cada quince días, su sensación es de que en el ínterin de las sesiones “va bajando esa fuerza que me llevo de aquí..” como dice él.

Poco a poco, sin embargo, va logrando un mayor autosostenimiento. Después de muchísimo tiempo, empieza a recorrer huellas de pasados éxitos en su gestión laboral, junta un poco de dinero y viaja al exterior a indagar sobre antiguos contactos comerciales y, para su sorpresa, lo acogen con expresiones de reconocimiento y afecto. A su retorno, está lleno de entusiasmo, ha logrado abrir su espacio potencial y el encuentro con personas bien dispuestas lo llenan de iniciativa y creatividad. Organiza nuevas alianzas en un reconocimiento tácito de que no siempre se puede solo, como hasta ahora había pretendido. Seguimos aún el tratamiento y es muy probable que nos tome bastante tiempo el ayudarlo a afianzar su posición. Por lo menos, hay garantías de poder sostener su proceso...!.

Hace poco ha vuelto a viajar. Veremos que nos trae al retorno. Luce potenciado y cada vez más da la sensación de que va siendo capaz de sostener su potenciación y autonomía creativa, lo cual nos brinda una mayor oportunidad de elaborar comprensivamente su experiencia.

Ciertamente, desde aquella vez del viraje en la conducción, no he vuelto a aburrirme en sus sesiones.



Bibliografía


Abadi, Sonia... Transiciones. Buenos Aires, Editorial Lumen, 1996.

Bollas, Christopher... La sombra del objeto. Psicoanálisis de lo sabido no pensado. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1991.

Davis, Madeleine... Wallbridge, David... Límite y Espacio. Introducción a la obra de D.W. Winnicott. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1988.

McDougall, Joyce... Teatros del cuerpo. Madrid, Editorial Julián Yébenes, 1991.

Morales, Pedro... El cuerpo como objeto transicional. Trabajo presentado en el VIII Encuentro Winnicottiano. Buenos Aires, 1999.

Winnicott, Donald... Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1993.

Winnicott, Donald... Realidad y juego. Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.

1999/11/27 El cuerpo como objeto transicional

Trabajo presentado en el VIII Encuentro Latinoamericano Espacio Winnicott: “Winnicott, Polémico y Actual”.   Buenos Aires, APA, 26,27 y 28 de noviembre de 1999.


Hablar de psique o de soma aislados remite a lo impensable. Se trata de una unidad indisoluble. Tan sólo la patología nos muestra las huellas de un bloqueo producto de interferencias funcionales o de trastornos neurológicos severos, que tienen como consecuencia tal resultante. Sobre este punto, creo que cabe una comparación con lo que Winnicott planteaba respecto a la existencia del bebé: “Un bebé no existe, salvo con relación a una madre...”.  En este caso, podríamos decir: “No existe la psique, salvo con relación a un cuerpo que la sostenga”.

En el presente trabajo me voy a referir al cuerpo. La intención es la de observar su posible cualidad transicional para con el Yo y sus extensiones en el espacio de la relación con los demás objetos. Dejo en claro que no se trata de indagar en las complejidades del funcionamiento corporal en su interacción con la psique sino acerca de su lugar en la configuración del sí mismo diferenciado, en la aventura siempre delicada de vivir la experiencia de su recreación en el vínculo consigo mismo y con los demás.

Cuando leemos en Winnicott sobre objetos transicionales, vemos que una de las características que se les adscribe es la de objetos NO YO. Entonces ¿cómo considerar al cuerpo como un objeto transicional si forma parte del YO? (No olvidemos que las enseñanzas freudianas nos dicen que el yo es en principio un yo corporal). Adelantemos alguna respuesta mencionando que se trata de una de las tantas paradojas que iremos encontrando en el grato camino de observarnos siendo y relacionándonos con nosotros mismos.

Recordemos: la configuración del objeto transicional supone un tránsito desde la relación con el pulgar, la mano u otra parte del cuerpo, con las que el bebé mantiene un vínculo, hacia un sustituto que solemos tipificar como "el osito”. Cabe, sin embargo, la posibilidad de que el pulgar, las demás partes que hemos mencionado o el cuerpo mismo, adquieran la cualidad transicional; es más, quisiera poder demostrar que este hecho es una necesidad indispensable para las futuras relaciones con los demás, en especial aquellas que son vehiculizadas por el cuerpo mismo, como es el caso del amor sensual.

Una de las principales funciones que tiene como cometido el objeto transicional es la de proteger al bebé de las ansiedades que derivan de la separación de la madre o de su ausencia. Es un objeto acompañante que adquiere cualidades derivadas del registro de las experiencias vividas con la madre, experiencia fundante del sí mismo tanto en su expresión corporal como psíquica.

Observamos en ello la conjunción potencial de lo protector y lo defensivo. Como veremos, el desarrollo en el espacio de la transicionalidad llevará a resultantes totalmente diferentes según el predominio de una u otra cualidad (defensiva o sostenedora) adscrita al objeto transicional, en nuestro caso, al cuerpo.

En todo este proceso, el cuerpo ocupa un lugar muy particular. Requiere de un contacto estructurante que es provisto por las caricias, la cercanía física, el calor, el olor, la mirada (la propia y la ajena), el gesto, etc., todo aquello que va configurando nuestro mundo de sensaciones, con sus límites y espacios. Los tiempos, también, van ocupando su lugar, a la vez que se levanta el registro de un vínculo ligado a dichas sensaciones. También, es posible la ausencia de dicha experiencia.

Como sabemos, la situación inicial mencionada connota una experiencia esencialmente subjetiva. El camino a la relación con los objetos del mundo tendrá que contar con la posibilidad de investirlos con las características de esta experiencia. El encuentro con el objeto transicional, la configuración del mismo como tal, es la reedición de la experiencia vivida, la funcionalidad de una vivencia temprana de ser creado creando al otro, con el que uno llega, al final, a formar una unidad diferenciada. El cuerpo siempre estará a mitad de camino en este proceso dinámico, ocupando su lugar en el espacio de los fenómenos transicionales.


EL BEBE TRANSICIONAL

En el encuentro original de los cuerpos, con el entrecruzamiento de las respectivas subjetividades -la de la madre y la de su bebé- la naturaleza inicial de la misma requiere que la madre asuma a su bebé como un objeto transicional. El bebé-osito está cargado de significaciones que le adjudica la madre y, por tanto, adquiere para ella la cualidad acompañante y sostenedora que "calma” sus propias ansiedades de separación-difusión. Para ello, la madre requiere contar con los recursos necesarios para reinstalarse oportunamente en su propio cuerpo, sosteniendo elásticamente los límites de su propia identidad.

Se entiende que la cualidad transicional no repudia la realidad misma del objeto; en tanto así, el bebé tendrá garantizado su propio reconocimiento mas allá de las adjudicaciones que le haga la madre.

En este contexto, al ir desarrollando el Yo, lo van haciendo, también, el cuerpo y las funciones que le son propias, como la motricidad; y, con ello, se acrecienta el acceso a los objetos del mundo. Si no hay dificultades, la integración se da de manera natural.  El Yo no puede menos que encontrar en este cuerpo un aliado ideal para el descubrimiento de dichos objetos, para el contacto y la exploración que van enriqueciendo su campo de experiencias. Junto con los nuevos vínculos objetales, va desarrollando, también, el vínculo con el propio cuerpo, la posibilidad de expresarse ampliamente a través de él.

Es importante, para la omnipotencia fisiológica inicial, que el bebé registre su valor como sostenedor de la transicionalidad de la madre, sin tener que preocuparse por ella; percibiendo, junto con este registro, el hecho de que, a su vez, es acogido por ella. Las huellas de este registro predisponen a relacionarse consigo mismo, con su cuerpo y con los demás, con posibilidades transicionales.

Los problemas surgen cuando la madre asume al bebé como un antidepresivo o ansiolítico y, por lo tanto, no lo discrimina más allá de la función atribuida. El bebé se convierte, así, en un amasijo de proyecciones o simplemente no es registrado más allá de su dimensión corporal, recibiendo tan sólo la atención de sus necesidades físicas. Es, entonces, un cuerpo sin vida, sin posibilidad de ser desde sí. La transicionalidad queda entrampada en su finalidad defensiva. La relación con el otro queda, así, limitada a lo potencial.

Es a veces desde el cuerpo que se retoma el camino hacia la experiencia del encuentro consigo mismo o con el otro. De ello nos hablan las experiencias en terapias de expresión corporal, en masoterapia, etc. A partir de caricias y de la constancia suficiente de una pareja tolerante y sostenedora, también, se puede remontar el bloqueo del camino hacia la transicionalidad, hacia la integración psicosomática.

Cuando se dan las fallas mencionadas, a la hora de relacionarse con objetos alternativos a la madre, el sentimiento de falta de continuidad existencial y la sensación de pérdida de lo previo, deriva en un desamparo angustiante o aterrador. En esas circunstancias, la relación con el objeto (y, por supuesto, con el cuerpo) mantiene las características de lo vivido previamente. Si no hubo experiencia transicional las ansiedades prevalentes impulsan a un uso igualmente defensivo del objeto. Veremos luego cómo el cuerpo es usado para calmar las consecuencias de estos vacíos ominosos.

Pero, nuestro cuerpo no es un objeto cualquiera; sufriente o placiente, débil o fuerte, hábil o torpe, es nuestro compañero inseparable. Más vale que nos sirva de investido asistente objetal a la hora de enfrentar las mencionadas ansiedades. Por eso, el pulgar, la mano, el propio cuerpo, necesitan adquirir la cualidad transicional que permita organizar de manera estructurante y creativa el complejo tejido de la existencia psicosomática.


LA TRANSICIONALIDAD LOGRADA EN EL CUERPO

Cuando logramos establecer un vínculo de características transicionales con nuestro cuerpo, mantenemos una fluida relación con él y con sus funciones. Logramos quererlo, cuidarlo, mimarlo si es necesario; le prodigamos los afectos propios de un niño, de un adulto o de un anciano, según corresponda. Contamos con él de tal manera que cada tanto nos olvidamos de su existencia sin dejar de percibir su presencia sostenedora. La paradoja es que sostenemos al objeto cuerpo que, a su vez, nos sostiene; mientras mejor lo cuidamos más nos prodiga su aporte de vitalidad y compañía confiable.

Como con nuestros primitivos juguetes, lo podemos adornar, cambiar de peinado, de vestido, ponerle barbas, anteojos, perfumes, etc., disfrutando al vernos en variables versiones o en aquella que nos gusta mantener, sin perder lo esencial de nosotros mismos. Nuestro cuerpo pasa, así, a ser “el personaje” accesible que nos identifica.

Es cierto que eventualmente lo maltratamos y es obvio que hasta es posible destruirlo, materializando así el fracaso de mantenerlo en el lugar de la transicionalidad, en donde siempre cabe la posibilidad de preocuparse por él y repararlo. Mucho depende de la construcción de amparos adicionales, extensivos al cuerpo, desde donde fluya lo potencial. La destrucción del cuerpo cabe tan sólo cuando ya no hay aliento de vida, ya que vida es integración creativa, una eterna transición siempre abierta a los cambios que la realidad presenta (la vejez y la realidad de la muerte, por ejemplo).

Los cambios a los que lo somete la vida no movilizan sentimientos de extrañeza. El reconocimiento de sí mismo está asegurado en cada momento. Lo esencial de sí mismo sigue aportando la cualidad representativa siempre en posibilidad de enriquecerse con cada nueva experiencia. “El extraño del espejo” siempre, pese a todo, permitirá reconocernos, relacionarnos con nosotros mismos.

El cuerpo transicional, suficientemente bien delimitado, podrá “perder los límites” sin destruirse. Esto se expresa en la capacidad de relajarse y abandonarse a las experiencias propias de la mente o del cuerpo mismo. El éxtasis contemplativo, dejarse llevar por la música, el transitar por la expresión teatral, representar con emoción y elasticidad a otros personajes, son algunos de los ejemplos de lo que estoy proponiendo.

Este representar desde nuestro cuerpo, el expresarnos a través de él en múltiples encuentros trascendentes (en tanto están más allá de nosotros mismos), nos deja el saldo de una experiencia de renovada recreación, por la cual, siendo nosotros mismos, dejamos de serlo para volver a ser, para resurgir enriquecidos por la vivencia, en una espiral que sólo la muerte física puede interrumpir.

Es en el encuentro amoroso de los cuerpos, en la experiencia sexual, donde percibimos con más nitidez el requerimiento de esta cualidad. Son dos que se entregan a la plenitud de un encuentro en el que borran sus límites acercando sus cuerpos hasta formar uno solo. Dos cuerpos que generan un espacio potencial. La magia de la situación reinstala las posibilidades de la identificación primitiva. El otro es uno y uno es el otro. El vehículo es el cuerpo, pero el punto de mayor contacto es el alma misma, la esencia del ser, es la oportunidad para la más profunda intimidad psicosomática.

Nada de esto podría ocurrir si no hemos logrado integrar la transicionalidad a nuestros cuerpos; esto es, la total disposición para la entrega en la relación con el otro, algo totalmente distinto al producto de un manejo corporal calculado o a los excesivos recaudos o condiciones para el encuentro. De esa manera lo que se produce es una exaltación defensiva de los límites antes que su apertura a la experiencia.


EL FRACASO DE LA TRANSICIONALIDAD EN EL CUERPO

El fracaso de la función transicional en el cuerpo deriva en que éste se convierta en un objeto de sobrevivencia al que hay que aferrarse cual tabla de salvación. La relación con el cuerpo hereda el fracaso inicial de la madre de tener en él a su “osito” transicional. El resultado es una precariedad en el establecimiento de los límites corporales y una amenaza constante de desestructuración, que hace peligrosa la cercanía con el otro. Se establecen distancias corporales rígidas o una dolorosa dificultad de reencontrarse luego de “soltar los límites”, como en el encuentro amoroso o sexual.

Quisiera ilustrar este último punto con una viñeta: Una paciente, al inicio de su tercer año de terapia analítica, me cuenta que está logrando tener relaciones sexuales satisfactorias con su marido (luego de 12 años de casados). La última vez le ocurrió “algo muy loco”: todo había estado muy bien pero, luego de un momento de intenso placer, necesitó apartarse bruscamente y empezar a tocarse “como reconectándome conmigo misma...”. Poco tiempo después, me cuenta: “Estoy en una etapa de exploración, pero es muy particular, porque es mi marido el que me explora, me hace cosas que no me permitía y yo siento que yo misma me exploro a través de él. Por cierto que yo jamás me he masturbado, con las justas me toco el cuerpo...”. Como una asociación importante, me comenta: “Cuando tenía más o menos 12 años, hacía un juego frente al espejo... Me miraba fijamente y al poco rato era como que me miraba desde un costado, desde fuera de mí... Hasta veía que mi cara cambiaba de expresión...”

Su historia estaba marcada por una exaltación erótica casi permanente, con un bloqueo total a la hora de “hacer el amor”. Desde el comienzo del tratamiento era notoria su necesidad de abrazarme, tanto al entrar como al despedirse, gesto que mantuve en observación, sin oponerme a ello. Era el abrazo de una niña en el cuerpo de una mujer. Lo entendí como que me pedía que la ayudara a manejar esa diferencia, ya que alguien había errado el sostenimiento de esa discriminación en el momento oportuno. Parecía corresponder a una incidencia edípica no tramitada.

Un sueño -donde aparecía con un cuerpo transparente entre otros cuerpos también transparentes y una serie de detalles que delataban la presencia de una madre inundante que, desde muy temprano, la hacía perder los precarios límites de sí misma- me orientaron, sin embargo, hacia otro entendimiento de su necesidad de tocarme y ser tocada: necesitaba que la ayude a configurarse y a configurarme. Bordeando contenidos de una situación muy temprana, me comenta: “No sé cómo los pintores tienen esa facilidad para dibujar los contornos de las cosas, pero creo que los colores se van acomodando y encontrando sus límites de forma natural. Así siento que me está pasando”.

Es importante mencionar que en el tratamiento de esta paciente muchas veces durante las sesiones me he permitido tomarle la mano, hacerle una caricia en el pelo o algún otro gesto espontáneo que implicaba que entendía su necesidad de ser acogida y querida. Tal vez el contacto corporal era necesario para registrar que yo estaba allí. Uno nunca lo sabe con certeza. Creo que estos gestos han contribuido en un proceso que, si bien no está a término, nos muestra ya algunos detalles evolutivos estructurantes como el detalle de la vivencia de pérdida de los límites corporales en el camino de reconstruir la transicionalidad corporal frustra.

Respecto a la comprensión de lo que ocurre, es cada vez menos apremiante el contacto físico. Es, también, menor la urgencia de interpretar para atenuar la ansiedad proveniente de la amenaza de perder los límites. Encontramos cada vez más posibilidades de explorar en la incertidumbre, con desmedro gradual de la necesidad de comprobar nuestras certidumbres.

Otros casos de fracaso los vemos en aquellos que mantienen su cuerpo en un punto “de vidriera”, pero que, en tanto su falla transicional, resultan en un fracaso a la hora de acercarse mas allá de “lo expuesto”. Por otro lado, el mantenimiento de este estado (el de “vidriera”) es mas bien generador de tremendas ansiedades, llegándose a la pérdida de la apreciación correcta del propio cuerpo. El control de cada gramo, de cada detalle de los arreglos exteriores, previene de un desastre siempre inminente. Pareciera ser que el temor es a no tener existencia corporal. De esta manera, se intenta colocar el cuerpo por delante, como una barrera que asegura el contacto y protege contra la temida relación. El riesgo proveniente de la relación es el de la reedición de la experiencia de no ser acogido, a la vez que perder el control del vínculo. Se da la paradoja de intentar deslumbrar (atraer) pero para no ser vistos (tocados).

En otros, el cuidado del cuerpo es una obsesión relacionada con la posibilidad de enfermar o con la sensación permanente de padecer de algo (hipocondría). La angustia flota, notoria, llevando al aferramiento al cuerpo en el que se depositan los temores. Esto se da como una precaria escala de externalización, que no va muy lejos por no haber tenido la experiencia suficiente de sostén exterior. El cuerpo, así, es vehículo permanente de contacto frustro con un otro (el Dr., la mamá, etc.), que no logra “ingresar” (sanar, aliviar, contener). Es imposible, así, desprenderse del cuerpo. Este funciona como un objeto consolador, función que, como sabemos, nunca llega a cumplirse pues no logra consolar. Es una vana estructuración defensiva.

Otra pequeña viñeta nos servirá de ilustración: Daniel me viene a buscar hace ya varios años. En el curso de nuestro encuentro se ha retirado varias veces, ha consultado con otros terapeutas y, en alguno de sus retornos, llegó a participar en terapia de grupo conmigo. Al comienzo de su proceso terapéutico se quejaba de una serie de trastornos hipocondríacos, del temor de tener cáncer, sida o enfermedades similares; se sentía feo, por lo que consideraba que ninguna chica podría encontrarle “méritos”. Durante sus más de 30 años, su sexualidad transcurría entre placeres solitarios, asistido por cantidad de revistas, lo que le hacía decir de sí mismo que era un “voyeur”, y mantenía una relación compulsiva con prostitutas. La única chica con la que mantuvo una relación prolongada (cerca de un año) tenía los días contados desde el inicio por ser “mulata”. De hecho, su sexualidad estaba enmarcada en una intención ansiolítica. Atrapado en su cuerpo y en sus síntomas, era muy dificil para él salirse de un repertorio monótono y poco “resonante”, bastante somnífero, a decir verdad.

Hace unos meses, al morir su madre, con quien mantenía una singular relación de dependencia “con distancia”, empieza a darse en él un cierto vuelco. Al principio, reproduce un duelo más intelectual que sentido; luego, empieza a buscar chicas “delivery”, para casarse, a través de una agencia matrimonial. No llega a concretar nada. Hay un momento en que me doy cuenta de que no sabe vincularse; las personas son cosas que no sabe “usar”, con las que sólo se relaciona sin llegar a una transicionalidad. A partir de ello (no se piense que fue un lúcido insight), empiezo a implicar una iniciativa más continente, menos distante; siento que pongo más “el cuerpo”, “tocándolo” más de cerca. Juego un rol más orientador, de guía, le explico cosas, dejo de esperar cosas de él y voy encontrando en mí posibilidades de un cierto aprecio por su persona. Si partió de él, de mí, de lo que se dio, no lo sé muy bien pero, al poco tiempo, empezó a salir con una chica de la que se empieza a enamorar por primera vez desde que lo conozco. Sin embargo, no llega a tener relaciones sexuales con ella luego de cerca de dos meses de salir formalmente. En el ínterin de esta relación, llega a desarrollar lazos de ternura con la hijita de ésta. Por primera vez se visualiza a sí mismo como padre (ya tiene 40). Como era de esperar, empiezan a surgir “motivos” para enojarse. Le empieza a reprochar cosas que evidentemente proyectaba en ella. La cela, la controla y encuentra pronto motivos para romper. Estaba sofocado, asustado. Ahora está “respirando un poco”, tratando de no volver a los placeres solitarios. Algo hemos empezado a compartir como para que se quede “de este lado”, construyendo sus propios deseos. A todo esto, los síntomas hipocondríacos han ido cediendo en favor de una mejor relación con su cuerpo y con otras personas. Se viste mejor, se cuida el cabello, que se le estaba cayendo aceleradamente. La obsesión por los síntomas y las salidas compulsivas con fines evacuativo-sexuales, ha dado paso a una programación cada vez mejor de su tiempo libre con chicas amigas con las que no se siente obligado a nada pero con quienes puede disfrutar de compañía femenina.

Otra consecuencia del fracaso transicional en el cuerpo es la fetichización de alguna parte del propio cuerpo. Por extensión, también puede ser alguna parte de otra persona. He podido observar este fenómeno en pacientes masculinos con fetichización del pie. Como sabemos, esto forma parte de la negación del otro como diferente.

En el origen, las fallas maternas en la relación con su bebé van desde el excesivo contacto con el cuerpo de éste hasta la ausencia de dicho contacto. A ello se le agrega con frecuencia la negación del reconocimiento del cuerpo como propio. En ello influyen muchas veces el nombre o los emparentamientos adventicios (“igualito a...”) o cuidados respecto a peligros vividos por los padres o los padres de los padres (“no le vaya a dar TBC... no se vaya a enfermar...”, etc.). El cuerpo queda, así, enajenado del transcurrir por su desarrollo normal, queda atrapado por los designios de otros, para quienes tiene una significación aplacadora a la que tiene que someterse para sobrevivir. Total, parece que, de esa manera, lo cuidan a uno muy bien siempre. De esta forma, queda abierto el camino para futuros trastornos. El cuerpo podrá rebelarse en el futuro. Lamentablemente, el yo tenderá a reproducir en la relación con el cuerpo aquella de los cuidados tempranos de la madre. Acaso en el presente encuentre las posibilidades para poder perder los límites que le impidieron configurarse.

Otra paradoja es que tiene que contar con un contexto que sostenga los límites mientras los pierde. Acaso una psicoterapia, tal vez los logros en la vida misma, acaso un nuevo amor... Siempre es posible instalar o reinstalar la transicionalidad en nuestro cuerpo.

Finalmente, a manera de resumen, proponemos que es posible entender el inicio de la transicionalidad en general y del cuerpo en particular en la experiencia vivida como objeto transicional de la madre. El fracaso en dicho proceso inicial daría como resultado una carencia de significación transicional en el encuentro con el propio cuerpo, tanto como con el de otros cuerpos-personas.

Ponemos atención a la posibilidad de alguna cercanía corporal con el paciente a la luz de sus necesidades de estructuración e inclusión del cuerpo en el espacio de los fenómenos transicionales. Tal inclusión requeriría el ser investido (el cuerpo del paciente) con una significación transicional por parte del analista. No sé si esto sea o se parezca a una “transferencia del analista”; tal vez sea lo mismo en otras palabras, pero creo entender que la transicionalidad es algo más que una “transferencia”.

Pero, respecto a los detalles de la técnica que se refleja en las viñetas y sus posibles implicancias en la evolución del proceso, espero poder extenderme en otro trabajo, tal vez contando para entonces con una mayor observación, seguimiento y reflexiones apropiadas.


Bibliografía

Abadi, Sonia (1996)... Transiciones. El modelo terapéutico de D.W.Winnicott. Buenos Aires, Editorial Lumen, 1996.
Freud, Sigmund (1923)... El yo y el ello. En: Obras Completas. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1979.
Winnicott, Donald W. ( 1960)... La teoría de la relación entre progenitores-infante. En: Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1993.
Winnicott, Donald W. (1971)... Objetos transicionales y fenómenos transicionales. En: Realidad y juego. Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.