Mostrando entradas con la etiqueta creatividad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta creatividad. Mostrar todas las entradas

miércoles

2010/10/01 La Marginalidad como Proceso Creativo

Escrito para el Blog


Solemos mirar el tema de la marginalidad desde la observación de las víctimas del sistema social, de aquellos a quienes hemos dejado de lado o que nos reclaman el olvido de una paternidad negada, muchas veces investidos de harapientos ropajes, otras, con la mirada dura o desde un ataque vindicativo que, sin saberlo, reclama una atención elemental del reconocimiento de su naturaleza humana.

Hemos dedicado muchísimas páginas, estudios, reflexiones, investigaciones, programas de ayuda, etc., sin terminar de entender y menos aún de resolver el agudo reto que se desliza detrás de esta cuenta milenaria que tiene la humanidad con aquellos que existen en los “márgenes de la ciudad”, en condiciones de pobreza, de enfermedad, con limitaciones físicas, alimentarias o de fortaleza, como para sostener desde sí mismos la tarea de vivir en los términos en que lo humano se define como un derecho natural.

Pero, hay otras formas que aparecen en los márgenes y no siempre en función de una debilidad: son los diferentes, los que se atreven a sustraerse de la influencia social, los que cuestionan el sistema con alguna propuesta alternativa, en el orden social, las ciencias, las artes, la salud, etc.. Suele ser que cuestionen el statu quo y sean, por esto, rechazados y hasta perseguidos. Muchas veces son personas o grupos de personas que se adelantan a su tiempo y no son bien comprendidos o aceptados porque revolucionan los hábitos o la mentalidad de la época.

Hay que tener valor y convicción suficientes para mantenerse fiel a las ideas que nos colocan al margen, aún en el caso de una franca excentricidad, de cara a los usos y costumbres del colectivo social. El premio en términos de un reconocimiento suele aparecer con el tiempo (en muchos casos, post mortem).

La psicoterapia psicoanalítica nació por los años cuarenta, como una alternativa a la praxis psicoanalítica tradicional. Mirada con desdén en sus inicios, fue calificada por los psicoanalistas como una práctica de menor valía. Era el cobre, frente al áureo metal de la ortodoxia psicoanalítica. Es recién en las dos últimas décadas del siglo pasado que investigadores y observadores de la clínica coinciden en reconocer los efectos terapéuticos de la psicoterapia, incluso, muchas veces, por encima de los logros provenientes de la aplicación del psicoanálisis clásico.

El Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, creado hace casi 30 años, supo esperar esta evolución hacia el reconocimiento, mientras ensayaba variables de aplicación de los conceptos psicoanalíticos, en una práctica abierta y creativa, centrada en el paciente y sus singulares necesidades.

Pudo, asimismo, acercar la sofisticada herramienta psicoanalítica, procesada en su aplicación, a las mayorías menos favorecidas económicamente, habiendo atendido, en 21 años, más de 50,000 solicitudes de consulta.

Visto así, constatamos una vez más que el ejemplo paradigmático nos señala siempre dos caminos: recorrer cómodamente la senda trazada por quienes nos antecedieron, o fijarnos en el espíritu que los animó en sus comienzos, aquello que los movió a buscar otras vías. Gran paradoja, aquella que nos invita a identificarnos con el resultado y a la vez con el espíritu reformulador. Algo más hay que hacer en el proceso de lograr una identidad; como en las herencias, se trata de convertir lo heredado en algo verdaderamente propio. El riesgo de no hacerlo es quedar atrapado en un espejo sin fin.

2002/09/08 La Capacidad para Disfrutar

Jornada del CPPL "La capacidad para disfrutar", setiembre de 2002




“El éxito consiste en tener lo que uno
   quiere; la felicidad consiste en disfrutar de
lo que uno tiene”.
(Proverbio popular)


Voy a hacer un ejercicio de integración conceptual alrededor de la expresión “capacidad de disfrute”. Ejercicio que, estando enmarcado en un “dentro de casa”, he querido eximir de las exigencias propias de la rigurosidad académica.


En realidad, dentro y fuera de casa trato de tomar distancia de la rigurosidad académica, dado que, para disfrutar de lo que hago, me es más fácil ubicarme en los linderos de la creatividad espontánea, haciendo honor a mis referentes desde el hecho mismo de haberlos asimilado en mi pensamiento.

Algo de “uso” hay en ello y tal vez luzca incluso como una ingratitud, pero estoy seguro que nadie pretenderá que lo que expongo es pura creación mía. Al respecto, es posible que el disfrute de lo recibido de los padres es sólo posible si se ha realizado la heredad; es decir, si se ha “matado a los padres”, si hemos asimilado en nosotros mismos lo que de ellos recibimos.

A propósito de este detalle, considero una dificultad seria para el disfrute lo que se produce cuando nos sentimos compulsados a mencionar a cada instante “esto lo dijo Freud”...o “esto lo dijo fulano”, las más de las veces para justificar lo que decimos. La verdad es que a mí me recuerda cuando mi madre me insistía: “dile gracias...” “¿ya saludaste...?” Era el “gracias papá”, “gracias tía” o... cualquier “gracias”, lo cual hacía que se perdiera la gracia, la espontaneidad y la
generación natural del sentimiento de gratitud.

Pienso que el disfrute es pariente cercano de la gratitud, del reconocimiento del bien recibido. Pero tiene que haber un ingrediente indispensable para que se produzca la alquimia esperada: libertad. No es nada placentero y menos posible de disfrute lo que deriva del “tener que...”, salvo que surja del reconocimiento de nuestra “disposición para” asumir un compromiso, no siempre agradable, a veces doloroso. Pero, asumido con libertad, puede dar lugar al disfrute.

El enfrentamiento con circunstancias adversas otorga solidez al disfrute, lo torna en una capacidad. Al devenir en capacidad, se hace manejable, integrable, en el proceso de aprendizaje de la vida, en el sostén de la alegría de vivir; se convierte en algo que nos lleva a ligar los componentes propios de la fantasía con la realidad.

Andando el camino de la vida, el disfrute nos va dando la pauta de lo que es verdadero y de lo que no lo es; de lo que podemos y de lo que no; de lo que somos; en última instancia, de lo que podemos jugar a ser, sin quedarnos pegados en la representación de nosotros mismos. Poder cuestionarnos, encontrarnos al final de una idealización, con la que también podamos jugar. Es bien sencillo: lo que no disfrutamos, simplemente no es.

Muchas experiencias pueden otorgarnos sensaciones de placer, exaltaciones eufóricas propias de la pasión, el logro de algún objetivo, la posesión material, el ejercicio del poder. El disfrute es algo distinto. Es una emoción atemperada, no desbordada. El disfrute tiene una dimensión profunda, en la que toda la experiencia de la persona está involucrada. La resultante es la sensación de plenitud que el disfrute otorga.

Esta plenitud produce una paradoja: la ubicación atemporal de la experiencia en el aquí y ahora. Finitud e inmortalidad coexisten, dolor y goce configuran el “vale la pena...”. Una cuota de omnipotencia se realiza sin entrampar la experiencia. Algo late en el interior con fuerza vital, con emoción, con alegría.

La plenitud en el disfrute proviene, a su vez, de que la experiencia tiene sentido para la persona que la vive. Este sentido jamás desconoce lo que son las características de la persona, lo esencial de sí. Aquello a lo que realmente es sensible, a lo que es afín, aquello que supone su disposición natural. Me es difícil imaginarme a mí mismo disfrutando en un ambiente lleno de fumadores o pasar indiferente junto a una persona accidentada.

El disfrute, entonces, implica coherencia y sinceridad con uno mismo. Estar al tanto de ese mensajero que es el disfrutar, que nos señala el camino. Ser honestos cuando nos damos cuenta de que no estamos disfrutando con lo que hacemos o en lo que estamos. Distinguir con qué nos podemos identificar empáticamente y con qué no.

Recuerdo ahora una conversación con mi maestro, el Dr. Seguín. “El viejo”, como le decíamos, no dejaba de enseñarnos con su ejemplo de vida. Ya cercano a sus 87, edad de su fallecimiento, nos contaba (al último grupo de los que habíamos sido sus residentes en el Hospital Obrero) que dejó de disfrutar del caminar, práctica que alguna vez lo había llevado a fundar un club de caminantes. “Pero aún conservo el gusto por los dulces”, agregaba, con entusiasmo travieso, siendo él un disciplinado diabético. A renglón seguido, nos hacía una increíble exposición sobre la actualización de los psicofármacos, tras lo cual nos despedía con sincera gratitud.

Lo que ahora resulta claro, que jamás dejó de disfrutar Seguín, fue ese gusto por reunirse con la gente joven y compartir chanzas y buenos chistes. “No soy viejo”, decía, “simplemente, soy más años joven que ustedes...”

A diferencia de la angustia, que nos advierte sobre las amenazas a nuestra integridad, el disfrute nos da noticias sobre el eje en el que estamos funcionando. Si no atendemos a los avisos del disfrute (o la falta de tal) nos la tendremos que ver con los centelleos de la angustia, cuando ya perdimos la ruta.

No tiene sentido llegar a ser presidente de la república si mi capacidad para manejar las circunstancias no dan para ello. Lo más probable es que me genere angustia. Y, de esta manera, nos encontramos conque el disfrute narcisista de ser ungido presidente conlleva el colapso de mis posibilidades de ser como persona. La obnubilación resultante puede llevarme a pasar en medio de un salón lleno de heridos sin percatarme; lo peor, sin darme cuenta de que es probable que sea yo el causante de los heridos.

Esto nos lleva a la consideración metapsicológica de que es necesario que la experiencia de disfrute conlleve una integración entre las instancias del aparato psíquico; un equilibrio entre Ello, Yo y Super Yo, con una adecuada conducción de las pulsiones del ello frente a los avatares de la realidad. El ideal del Yo juega un papel importante: anima, estimula, sostiene los argumentos del amor, de las experiencias paradigmáticas, en medio de primitivos disfrutes del otro, en el proceso de vernos crecer, siendo nosotros mismos.

Aquí podemos echar una ojeada a ese otro elemento a considerar, que es la relación con uno mismo, el grado de amor propio, el narcisismo saludable, la autoestima, necesarios, -básicos, diría- para que el disfrute pueda devenir. Es importante que el disfrute no dependa tanto del objeto; que, de alguna manera, la persona pueda estar a distancia de las ataduras de la dependencia primitiva.

Todo lo previo se complica cuando surgen dificultades en el proceso de vida, cuando prevalecen las necesidades defensivas, la exagerada urgencia adaptativa ante adversidades tempranas, pérdidas gravosas o lesiones severas a la autoestima. Ni qué decir respecto a la dificultad para disfrutar que tiene una persona que no ha logrado una suficiente y equilibrada integración de sus instancias psíquicas. Puede ocurrir, entonces, que encontremos gente en la que la capacidad de disfrutar no se haya desarrollado o haya encontrados desvíos hacia formas sintomáticas.

En estos casos, propios de la patología, encontraremos formas que se parecen engañosamente al disfrute. Son las formas en que la necesidad defensiva apela a montos de omnipotencia, casi siempre notorios, casi siempre exaltados. Las características de estas experiencias equívocas de disfrute son su perentoriedad y compulsividad, su requerimiento exhibicionista y su fragilidad en el tiempo.

El vacío que sigue al disfrute omnipotente denuncia su falsedad. Otra consecuencia delatora es el daño, en el otro o en sí mismo. En estas situaciones, eros ha quedado totalmente a merced de tánatos y es más la compulsión repetitiva que el deseo lo que gatilla el “disfrute”. No hay gratitud, hay mas bien resentimiento, odio o envidia en las entrañas de quien así disfruta.

Distinto es el caso del verdadero disfrute, en el que la emoción anida en el sujeto como disposición, como posibilidad abierta, no ligada exclusivamente a un objeto o circunstancia de la que depende. Es más, el disfrute aparece desde el camino mismo hacia las metas trazadas y está, también, después de la meta, en la sana y grata evocación que la recrea. Es ahí donde podemos percatarnos que, más que un derivado placentero de la obtención del objetivo, es una condición inherente al sujeto, una capacidad que se ha instalado y que, cuando el sentido de la ruta no aparece en principio, la persona sabrá encontrarlo, desde su propio aporte.

Encuentro, por último, una cercanía entre el disfrute y la sabiduría. El disfrute está más allá de las tentaciones del conocimiento y la programación. Nos lleva a la confianza en el futuro, a darle tiempo al tiempo, a encontrar nuestro tiempo interior, a confiar en que, por más que nos levantemos más temprano, el amanecer no se va a apresurar.

Esto nos hace pensar también en la posible relación entre la capacidad de disfrutar y las emociones propias de la sublimación. La sabia administración de nuestras demandas nos lleva, a veces, a la renuncia pulsional en favor de satisfacciones relacionadas con la trascendencia del ser en la vida. Atemperadas las pulsiones, con la confianza en las posibilidades de sobrellevar postergaciones y frustraciones, hay lugar para el amplio disfrute de los talentos y las capacidades, propios de la singularidad de cada quien. Hay lugar para el goce del ocio y la creatividad, para el ser en la vida, con la emoción de la alegría de ser, vivida desde uno mismo, con otros y más allá de los otros, en comunidad armónica con el universo y los misterios insondables de la existencia humana.

2002/09/07 Donald Winnicott y la Capacidad para Disfrutar

Jornada Interna CPPL "La Capacidad para Disfrutar", Setiembre del 2002


“Cualquiera sea la definición a la que lleguemos deberá incluir la idea de que la vida sólo es digna de vivirse cuando la creatividad forma parte de la experiencia vital del individuo”[1].

Disfrute, a diferencia de placer o goce, no es un término de la nomenclatura psicoanalítica clásica. Aún así, creo que si algún autor psicoanalítico habla del disfrute, ése es Winnicott. Pero, lo habla desde su obra, desde toda su prolífica obra. En realidad, a Winnicott no le hubiera gustado jamás hablar del “disfrutar”, así, en genérico. No era una persona muy afecta a teorizar. El habría preferido compartir alguna reflexión creativa sobre el disfrute. De una conferencia sobre “el vivir creativo”[2], recogemos un ejemplo de lo que digo: “Necesito hablar del tema como si nadie antes se hubiera ocupado de él, con lo que, por supuesto, mis palabras pueden parecer ridículas”. “Es evidente que, para sentirme creativo, debo luchar sin pausa, y esto tiene la desventaja de que para describir una simple palabra como ‘amor’ tengo que partir de cero”.

Desde donde uno lo lea, encontramos en sus escritos la presencia generosa de una persona muy singular, disfrutando desde su quehacer psicosomático, del ser haciendo, como se mostraba en todo aquello en lo que estuviera comprometido: como una totalidad, sin escisiones intelectuales. Invitando a seguirlo, no solamente a leerlo, ni a “creer” en lo que dice, sino a dejar que fluya desde nosotros mismos la posibilidad de “sentir aquello” de lo que nos está hablando, pero desde nuestra propia experiencia.

Es eso lo que más me gusta de Winnicott, lo que disfruto de manera especial. Una cierta rebeldía ante lo formal, sostenida por la creatividad. En esta afinidad que siento, algo influye el lado traumático de mi formación escolar que, con su sesgo memorístico, dificultó el desarrollo de mi experiencia de saber e ignorar y de saber ignorar. El psicoanálisis recreativo, recreándose permanentemente, a la manera de un juego, a la manera de un cuento, sin los fantasmas del dogmatismo ortodoxo, propios de mi época escolar, ha hecho de mí un “Winnicottiano”, en el mejor sentido de un “encuentro transicional”, que no es lo mismo que ser un “especialista en Winnicott”. O sea que no tengo que mantenerlo vivo ni idealizarlo; lo puedo dejar cuando quiera, maltratarlo, incluso mutilarlo, como pasa en los intentos de encontrarme con él en las construcciones teóricas que se me ocurren a partir de su obra, como es el caso de hoy.

Este “fluir” con él, desde él, ha configurado una experiencia de intimidad muy rica, a la que, como comprenderán, han contribuido muchísimas otras personas con las que he tenido grados diferentes de intimidad y a quienes disfruto ahora en su presencia o ausencia enriquecedoras. Experiencias que han permitido que mi inicial inscripción, como analista “interpretador” de contenidos, haya tenido una evolución y definición como participante de un proceso en el que por momentos puedo sentirme verdadero, en tanto la técnica está siempre en proceso de crearse, de acuerdo a las variables propias del encuentro, cosa que a veces no toleran los pacientes... ni tampoco algunos colegas, más preocupados por las cosas definidas por la teoría, es decir, por las cosas “definitivas”.

Pienso que la posibilidad de funcionar sin urgencias de integración, cuando podemos trabajar así en el análisis, es lo que hace que nuestra labor pueda ser tan gratificante e inspiradora, que podamos disfrutar de ella, en la confianza de poder no ser ideales y tan sólo estar allí como personas totales, conscientes de nuestras limitaciones, sosteniendo un proceso que, a su vez, nos va sosteniendo y configurando a nosotros mismos.

Al hablar hace un momento de un “encuentro transicional” con Winnicott, he querido poner en primer plano uno de los conceptos más ricos de la propuesta Winnicottiana y que, por supuesto, tiene una directa relación con la capacidad de disfrutar. Como sabemos, el acceso al funcionamiento transicional sólo es posible si se ha tenido una suficiente experiencia de omnipotencia sostenida en la etapa de fusión con la madre. A ello tendrá que sucederle el inquietante proceso del encuentro con el objeto real, con el objeto objetivo, con el “no yo”.

Esto conlleva una importante declinación del sentimiento omnipotente de la organización subjetiva primitiva (narcisismo), fenómeno indispensable para el ingreso en el espacio de lo potencial y del desarrollo de los potenciales para la creatividad y el disfrute de lo creado en la continuidad del ser.

El camino hacia la capacidad de disfrute proviene, según Winnicott, de una tendencia hereditaria, natural, hacia la plenitud del ser y la alegría de vivir. Este camino se va perfilando desde la experiencia subjetiva de placer, desde algo distinto a la pura descarga pulsional. Es el yo el que experimenta la emoción, la sensación, aupado en el yo de la madre, con quien forma una unidad aún no reconocida.

El disfrute de la madre infunde fuerza a las circunstancias, apuntalando el vaivén de necesidades de cercanía y distancia que impone el reconocimiento de la peculiaridad de su bebé. En el caso del bebé, esta experiencia subjetiva implica el placer de ser, de encontrar la posibilidad de ser “captado”, reconocido y reflejado, sostenido en la precaria identidad de sensaciones de aquellos primitivos momentos; ésta es una experiencia de ser omnipotente, una circunstancia en la que el disfrute aún no es una posibilidad sin la presencia de la madre, mucho menos constituye una capacidad ya que las cosas ocurren simplemente porque al bebé se le ocurrió.

Aclaremos esto último: “un bebé no existe”..... “un bebé no puede existir solo, sino que esencialmente es parte de un vínculo”, nos dice Winnicott[3]. Su visión es que, claramente, somos tan sólo en función de un otro, desde un otro. Paradoja que ubica el máximo grado de subjetividad allí donde la fusión con el otro es indispensable. Andando en el entendimiento de la capacidad de disfrute están, en el origen, todos aquellos potenciales con los que emerge el bebé a la vida, pero que requieren de un apuntalamiento relacional, de compañía oportuna, al principio mágica, para que encuentren plenitud en su existencia personal, en su paulatina experiencia de sí mismo disfrutando, disfrutando de sí mismo.

Andando el tiempo, los potenciales van adquiriendo la naturaleza de capacidad, en tanto sostenidos por el yo y la creciente conciencia de sí. La presencia mágica de la madre es introyectada en el espacio psíquico del sujeto en desarrollo y, poco a poco, las motivaciones de búsqueda en la vida van siendo sostenidas por esta presencia interior, que forma parte del sí mismo. La confianza, que deriva de esta realidad interior, hace que paulatinamente se encuentre satisfacción en los complejos procesos de cambio que implica el desarrollo y en la creciente plenitud de las capacidades personales.

La magia del origen acompaña sutilmente el proceso de cambios, reencontrándose el camino de la identidad en cada modificación del sí mismo o del mundo circundante. Junto con ello evoluciona la capacidad para disfrutar.
Vemos, entonces, que algo de realización omnipotente hay en el disfrute. Ello le otorga su carácter especial, de plenitud, de disposición a la apertura, a la no integración en la experiencia, dentro de una integración en la existencia. Tal vez un rasgo distintivo del verdadero disfrute sea el no reclamo de la autoría en el logro del motivo de satisfacción... salvo que sea indispensable. Es, quizás, aquello que nos perfila en una dimensión de disfrute similar a la que la madre nos infundió en el origen; simplemente se da... o no se da.

Toda exaltación exagerada del disfrute, todo reclamo desmedido del cual depende, denuncia una necesidad omnipotente propia de un estado carencial. Esto conlleva mas bien una dificultad para el disfrute de lo conseguido en tanto no hay un sí mismo suficientemente integrado para sostener la experiencia creativamente, aportando a la alegría de vivir.

Entendamos, en este punto, que “lo conseguido” - o sea, la capacidad adquirida- en el comienzo, tiene inmediata relación con la primera posesión “no yo”, aquello que es ajeno a mí (aunque por momentos forma parte de mí). Estos momentos de tránsito requieren de un contexto de presencia-ausencia del sostén primitivo de la madre. Del ensayo y manipulación de los elementos no yo, surgirá el creciente sentimiento de poder recrear el mundo objetal. Este proceso no es posible si el bebé requiere de los objetos exclusivamente para calmar la ausencia de la madre. Es, entonces, que la omnipotencia se torna indispensable, es en ello que estriba el ulterior reclamo por la autoría, la necesidad de exaltación omnipotente, que perturba la experiencia de disfrute de lo habido.

Este pseudo disfrute lo podemos registrar, como ejemplo, en las personas con trastornos de adicción, en las existencias sintomáticas en las que encontramos alguna forma de compulsión por conseguir, por acumular, donde hay un excesivo individualismo protagónico, en desmedro de las gratificaciones propias del dar o del compartir.

El “dar”, “compartir”, “esperar”, “acoger”, nos acompañarán en la vida, pero ya no sostenidos por la presencia mágica de una madre a quien reclamar, sino por la perseverancia en el esfuerzo por lograr que la magia reaparezca, sostenidos por la confianza en que puede ser. Poder tolerar la frustración de integrar la capacidad de postergación, de disfrutar de la búsqueda, sólo es posible si hay suficiente “magia realizada”, introyectada, si hay capacidad de ilusión y desilusión tróficas, es decir, que sirvan para el disfrute de la vida.

Esto, en última instancia, nos lleva a la capacidad de disfrutar del estar a solas con uno mismo, logro evolutivo que garantiza la continuidad de la experiencia de disfrute más allá de la presencia física del objeto. Obviamente, este descentramiento del objeto da espacio amplio a las satisfacciones que la experiencia del ser encuentra en el universo existencial, en el que la cultura tiene un lugar importante. Este tema, cercano al concepto de disfrute sublimatorio, adquiere, desde Winnicott, el carácter de una plenitud lograda en la expresión creativa de lo potencial propio de cada individuo y no en una modificación de los fines erógenos primitivos.

El modelo fusional de disfrute, célula básica de la capacidad que exploramos, configura la esencia misma de la intimidad. Nada más íntimo que aquellas personas o circunstancias con las que podemos abandonar la necesidad de sostener los límites. Nuevamente, la paradoja nos indica que esta pérdida de límites sólo es posible cuando los límites están dados, cuando la textura invisible de la diferenciación permite la recreación de los elementos componentes de la intimidad.

Es aquí donde se hace necesaria la capacidad de funcionamiento transicional, de la conciencia de la representatividad, del “como sí”, del asentamiento en sí mismo de las experiencias vividas, configurando un sentido de identidad en ése - el espacio intermedio entre el yo y la realidad - en el que la presencia del objeto incrementa el monto del disfrute, pero no la condiciona.

Es condición del disfrute, así como de la transicionalidad, el que el objeto de satisfacción pueda perderse con el tiempo. Nada más atentatorio contra el disfrute que la omnipresencia del objeto. Sólo puede disfrutarse de lo que da lugar al deseo, al anhelo, a la pérdida... Como dice Vinicius de Moraes[4]: “...para hacer una samba con belleza es necesario un poquito de tristeza... “
Así, pues, debemos dudar de todo disfrute que no tolere la postergación o la pérdida.

Veamos, ahora, un par de viñetas en las que los pacientes me hablan de sus disfrutes, ejemplos que nos llevan a la posibilidad de vislumbrar distintos tipos de disfrute y su relación con el desarrollo y el estancamiento existencial.
Amelia, de 36 años, ha empezado a tener relaciones sexuales con un “amigo”, con quien comparte soledades. Retoma su vida erótica, luego de una larga relación de pareja a la que decidió poner término, por inviable respecto a sus objetivos (él era casado). Sobre su nueva experiencia sexual me comenta: “estuvo bien (la relación sexual), pero no sé, es necesario conocer mucho a la persona para poder soltarse y disfrutar...es otra cosa...”.

Toribio, también de 36, casado, se queja reiteradamente de las desatenciones de su bella esposa, lo que no deja de resentirlo. Tampoco tolera las demandas (naturales) de sus dos pequeños hijos, que lo tornan malhumorado y más resentido, “porque la mamá quiere imponerme que sea padre...”. Al poco tiempo de iniciar su psicoterapia observo que se le enciende el rostro y sonríe, cuando me comenta “¡Ah! Pero no sabes cómo disfruto imaginando que me muero y, desde arriba, los veo desesperados. Pienso: ‘jódanse ahora, a ver pues... qué van a hacer’...después de que me han jodido tanto”.

Ambos hablan de disfrutar, pero vemos que Amelia está mejor dotada para construir su experiencia de disfrute; con dificultad ha podido renunciar a una relación que dejó de tener sentido, para poder explorar el mundo desde lo mejor que le quedó de la experiencia vivida: su capacidad para intimar. La acompaño en el trámite de un duelo en el que se reencuentra con bastante facilidad, empezando, de a poco, a salir con otros varones.

Toribio, en cambio, muestra a las claras un desvío del sentido del disfrute, entrampado en un desquite omnipotente ante el sentimiento de haber sido expulsado de su paraíso infantil. Acoge, sin posibilidad de reflexión, la idea de su propia muerte para prodigarse la satisfacción por el sufrimiento de su objeto de demanda: la madre. La esposa aún no encuentra lugar, no existe, salvo desde la mirada de otros (“es bella”). En él observamos una pobrísima tolerancia a la frustración; el disfrute tanático corresponde a una necesidad omnipotente que busca dar cuenta de una falta: la de él mismo. Organiza un mundo de resentimiento en el que no vislumbra otra cosa que más de lo mismo, pero esto le da la sensación de control, de poder. Cualquier atisbo de cambio es vivido como peligroso - se podría desmoronar- por lo que termina encerrado en su modelo, no habiendo lugar para el otro mas allá de sus masivas proyecciones.

Con ella, siento que disfruto cada vez más del trabajo que hacemos; hay un equilibrio coherente entre lo que revisamos en las sesiones y su experiencia de vida; la veo crecer pausada pero consistentemente. Con él, ocurrió que empezó como una bala; los cambios en su relación consigo mismo prometían una evolución favorable: arregló su auto, al cual tenía abandonado; cambió su aspecto físico, se empezó a vestir mejor, etc. Entre sorprendido y escéptico con mi paciente “estrella” no tardo en verlo trastabillar y caer estrepitosamente. Resurgieron los conflictos conyugales y familiares en general. Nuevamente, él “hacía lo mejor que podía”, pero “no lo dejaban portarse bien”. Es entonces que nuestro trabajo pudo enfilarse con mayor coherencia hacia acoger sus temores y una violencia que hasta ahora no había mostrado. Es otro el nivel desde el que disfruto con él; es una partida más complicada y a más largo plazo. En esta etapa, tal vez sea un gran logro apuntalar en él la confianza en que se pueden lograr cambios, sin tener que ser omnipotente. Hay recursos creativos en él que no le están sirviendo para enriquecer su vida.

Para finalizar, quiero decir que es un reto difícil el mantenerse en la capacidad de disfrutar, en particular, de disfrutar de nuestro difícil quehacer. Está tan entrampado con nosotros mismos, con nuestros momentos de vida, con el encuentro paulatino de nuestras limitaciones, con nuestras realizaciones y frustraciones, que, inevitablemente, redundará en la evolución de nuestros pacientes el que podamos reconocer si estamos disfrutando con ellos de nuestra labor, compartiéndola con ellos como la madre comparte con su bebé, con su hijo pequeño, con el adolescente, o con su hijo adulto... cualquiera que sea el nivel en que nos toque encontrarnos con ellos.

Aporta mucho el haber integrado el talento natural, la vocación de servicio, con una sólida experiencia de vida y una consistente relación consigo mismo, lo suficiente como para recordar lo que también nos sugiere Winnicott: que se trata solamente de ser suficientemente buenos, que el disfrute se nutre de la renuncia de lo ideal en favor de lo que es bueno; que necesitamos espacio para nuestra experiencia de vida; para, cada tanto, recrearnos en encuentros como éste, con el cariño y la gratitud compartida con nuestras alumnas del comité organizador, quienes han hecho todo lo suficiente como para que disfrutemos del encuentro.


Bibliografía

Winnicott, Donald (1970)... Vivir creativamente. En: El hogar, nuestro punto de partida. Ensayos de un psicoanalista. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1996.

Winnicott, Donald (1971)... Realidad y Juego. Buenos Aires, Editorial Gedisa, 1982.

Davis, Madeleine... Wallbridge, David (1981)... Límite y espacio. Introducción a la obra de D. W. Winnicott. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1988.

[1] Winnicott, Donald... Vivir creativamente. En: El Hogar, Nuestro Punto de Partida. Pg. 48.
[2] Op. cit., pg. 50.
[3] Citado por Davis y Wallbridge... Límite y espacio, pg. 48.
[4] De Moraes, Vinicius... Samba da Bençao

1992/09 Etica y Comunicación

II Jornada Interna del CPPL: “Ética y Psicoterapia”, Setiembre 1992



El mandato paradigmático, el eje de la acción ética, está en el principio de “no hacer daño”. Esto no es lo mismo que “portarse bien” sino que supone poder explorar las consecuencias del acto en el otro y en uno mismo. Para ello, uno debe aprender a observarse y conocerse tanto a sí mismo como al otro.

La garantía del objetivo ético es sostenida por la experiencia del “ser-siendo”, “haciendo con un otro”, en función de un objetivo ligado a un sentido. Lo importante es la claridad del sentido, a partir del cual derivará el comportamiento, especialmente en términos disposicionales básicos (estoy en un acto médico...). Lo que se busca con ello es la apertura, la identificación con la posición y no el sostén de un comportamiento signado por la moral, por la norma.

La ética es espíritu, es aliento esencial y, por tanto, su derivación moral es una consecuencia riesgosa que entrampa, en medio de la cual se puede perder el espíritu de la ética y ésta resultaría siendo sólo una formación reactiva.

En cuanto a la comunicación, la ética está dada por la plasticidad en el encuentro de los dos polos, en donde uno, el investido de significancia (no de significación), debe recordar permanentemente lo que representa para ese otro. Mientras traduce desde sí su arte de transmitir el sentido de lo que le es sustancial (posición médica), siempre hay un riesgo de perderse en la unción y desasirse del tronco ético-médico.

Más que una sanción moral, esto requiere una reflexión ética. Se trata del riesgo de sentirse “Dios” y no tan sólo un “intermediador” al servicio del otro, tan humano como uno mismo y tan necesario en su diferencia y en su rol.

La ética implica sostener el espíritu de lo que se hace, de lo que le toca a cada uno como designio, pero haciéndolo en función de “no ocasionar daño”. Desempeñar lo mejor posible nuestro papel supone poner espíritu en ello.

La política de los medios es la ética de la sociedad de consumo, donde el fin justifica los medios y donde el fin parece ser tan sólo ganar dinero o tener poder. Está destinada a fracasar, a la larga, porque en el ser humano predominará la búsqueda de lo que le es esencial, de lo ético.

En el juego de la vida, en el largo trayecto de la historia, la ética debe luchar por sostenerse y es inevitable la cuota de sacrificio y el enfrentamiento constante con los obstáculos que se le presenten: la tentación del poder, de la grandiosidad, el repudio de la mortalidad, el repudio de las diferencias, tanto como de las posibilidades de reconocimiento del otro en uno mismo.

El encuentro con ese otro, cuando se trata de la masa, es una prueba difícil. Algo de lo que uno dice debe resonar en el que lo recibe y, a la inversa, lo que los miles de instrumentos diversos busquen expresar pueden conformar una nota en nuestro receptor (médico-locutor-auditor). Acaso en consonancia y respuesta aparezca algo parecido a una melodía. En el manejo de medios hay un reto parecido al del director de orquesta. Hay miles de músicos y algunos solistas (invitados). De lo que se trata es de lograr un tejido, armar en conjunto el sentido, derivar en las posibilidades de una mística que logre el milagro de creer.

La resultante motivacional puede ser promovida o incentivada de esta manera, pero de este trance puede derivar una resultante positiva (magia blanca) o negativa (perversión, distorsión, orgía tanática, destrucción). Manejar a la masa desde la figura de un Hitler no es lo mismo que hacerlo desde la figura de un Mahatma pero, a veces, tiene que surgir un líder sacrificial para rescatar la ética, para constituir la mística.

Lamentablemente, es difícil sostener los basamentos. Casi siempre se deriva en religión, en un estereotipo insustancial. Es difícil sostener con el ejemplo. La frustración surge casi siempre en el maestro cuando es observable que el alumno prefiere la letra, la norma, el sometimiento.

Vista así, la ética es la fuerza, el motor, pero es difícil su comunicación. Sólo una fe indeclinable en su prédica desde el ejemplo y una apuesta también permanente a la necesidad de tiempo son los ingredientes que garantizan su logro. La ética como sumilla no existe, deriva tan sólo en moral.

La ética se nutre tan sólo de lo esencial, de lo más profundo, no siempre lindante con lo estético, menos aún con lo aparente o cosmético.

Para el ético, la riqueza no es algo repudiable, pero es una consecuencia, no un fin. Tampoco lo es el poder.
La integridad es necesaria en él y, aún así, requiere de la ayuda de quienes le recuerdan su naturaleza mortal (ya hablamos de los riesgos que para la ética son el poder, la riqueza y la fama).

Cuando en el ético surge el impulso innovador, que trata de reencontrar el espíritu, suele encontrar apóstatas que denuncian la desviación. Son los que canalizan sus humanas envidias o rivalidades apelando a las pautas de la moral, olvidando lo esencial de lo ético: su indeclinable compromiso con la verdad y, más aún, con el compromiso de ser en su secuencia histórica.

Así como el sexo es el compromiso ineludible con la especie y la reproducción, la ética lo es en el sentido humano de su naturaleza espiritual también en proceso de evolución. Es la llama que no debe apagarse porque ello significaría el fin de la especie y no precisamente por razones de reproducción.

La aniquilación del ser humano sería producto y consecuencia de haber perdido el sentido de su naturaleza ética, espiritual. Sin ello somos como una nave al garete, sin posibilidades de discriminar el bien del mal.

Tal vez la evolución de la ciencia no mide las consecuencias de la tecnología, de la modernidad y postmodernidad. Tal vez no contempla suficientemente el sostenimiento de su raigambre ética. Así, terminaríamos como en la fantasía de la ciencia ficción, en un mundo de computadoras o robots cibernéticos en los que... ¿surgirá alguna ética?

El verdadero logro de la cura es rescatar el espíritu, la ética de la vida, en un existir humano en equilibrio.

Hay niveles que urgen a una mirada reflexiva; uno es en relación a la formación: qué estamos transmitiendo a nuestros futuros médicos, cuánto del ejemplo de los grandes maestros se puede estar extinguiendo, cuánto cuidado estamos poniendo en seleccionar a quienes van a ejercer una labor tan emparentada con lo espiritual, cuánto empeño estamos comprometiendo en seguir mostrando el sendero desde nuestro propio ejemplo. Cómo no olvidarnos que somos ejemplo, ante nuestros alumnos, colegas y más aún ante toda la colectividad.

Una de las cosas que uno se va dando cuenta en la vida es que, más que evaluar las capacidades intelectuales requeridas, necesitamos contar con una verdadera vocación de servicio. Vocación de servicio que no tiene por qué apartarse de las exigencias propias de una sociedad de consumo; el vivir, formarse, tener un sostén familiar, requieren de dinero. Pero nunca el dinero debe ser un objetivo; el dinero es una consecuencia, justa compensación por otorgar un servicio serio y confiable.

Respecto al paradigma ético, pienso que no toda persona tiene desde sí garantías de sostenerlo en el nivel requerido en un profesional médico. Eso conviene evaluarlo a lo largo de toda la carrera; tal vez ayudar al estudiante a conocer mejor sus recursos y limitaciones. Así como pensamos que el estudiante necesita conocer al enfermo, también tiene que integrar una posibilidad de mirarse a sí mismo en su quehacer, en su dimensión humana. Pudiera ayudar el programa de trabajo grupal que propusiera el maestro Seguín hace más de 30 años.

Creo que es posible integrar una mirada ética, pero sólo es posible desarrollarla con garantía en personas con verdadera vocación. En el resto de formandos o profesionales, dada la diversidad de estructuras básicas de formación, habrá que apuntalar el recuerdo de la necesidad de pautas deontológicas que sean guía ineludible de nuestra praxis. Un rescate del espíritu de nuestra profesión se podría desarrollar a partir de una mayor promoción tendiente a la unidad; destacar la labor de los colegas paradigmáticos por su performance ética. No olvidar que, en tanto humanos, somos vulnerables y necesitamos sostenernos solidariamente. Como antes mencionara, la ética tiene que ver con el vivir creativo y, en eso, es necesario prestar apoyo para el intercambio no solamente intelectual sino, también, social.

La consolidación ética permite espacio para la exploración empírica. Allí, el sostén comprensivo de los colegas se hace indispensable para no interferir con ansiedades o condenas apriorísticas. Muchas veces no se deja explorar a los colegas nuevas rutas para la salud, reaccionando de manera moralista antes que éticamente, ya que el desarrollo sólo se nutre de la exploración, a veces audaz.

Formar esas tan necesarias familias que constituyen escuela de saber humano, en donde pueda respirarse una mística estimulante, donde germinen valores e inquietudes creativas, es una manera de incentivar el sentido de la ética. Poder encontrarnos en el disentimiento nos ayudaría mucho a romper reductos psicopatológicos de sostenimiento de “verdades” incontrastables.

Muchas veces, vemos que los colegas más éticos más bien tratan de alejarse del protagonismo o de cargos directivos. Por otro lado, emergentes “fuertes” en protagonismo muchísimas veces lo que están buscando es alguna forma de compensación narcisista o de poder y no guardan suficiente equilibrio en el sostenimiento de su compromiso de representación, lo que de por sí es una falta a la ética.

En cuanto al uso de medios, el gran problema está dado por la derivación de la sana competencia en el desarrollo profesional hacia una voracidad dirigida a la captación de clientes. Los sistemas de marketing juegan más con la imagen que con la calidad y menos con la ética de la salud. El objetivo principal es ganar dinero y pareciera justificarse, así, el dicho de que “el fin justifica los medios”. En estos casos creo que una asesoría legal es necesaria para contener los excesos en que se incurre con lamentable frecuencia.

Dos estructuraciones son necesarias: un ideal del Yo y un Súper Yo. El segundo tal vez tenga que tomar parte activa en supervigilar las acciones de los colegas en cuanto a su performance pública, tanto en lo que respecta a su compromiso con la verdad como con respecto a su posible influencia negativa en el medio. Es posible que dentro de las fórmulas del ejercicio de esta acción, el invitar a exponer sus ideas o sustentos de su actividad sea oportunidad para expresar nuestras disensiones.

Tenemos un hábito negativo que remontar, es el de criticar en silencio o en corrillo, casi siempre con tenor condenatorio, sin dar la oportunidad de resolver las circunstancias y, acaso, ayudar al colega a reconsiderar su acción o punto de vista.

En cuanto a los efectos posibles de los medios en nuestro entorno social, me parece que nos pronunciamos poco como profesionales sobre medidas de protección de la población. La participación en programas “comerciales” tiende a una manipulación poco conveniente del profesional, tanto para él como para quien lo ve o escucha. Es importante participar, eventualmente “invitarse” desde alguna propuesta temática pertinente.

La globalización y el cada vez más irrestricto acceso a fuentes de información hace peligrar la estabilidad psíquica de nuestras estructuras familiares y de los valores sustentados en el bien común. El tema de la “libre elección” deja pie para que el ya pobre sustento social deje paso a usos similares o peores que las drogas. Derivados psicopatológicos varios pueden provenir de ello y necesitamos examinar las bases con que enfrentamos ese tremendo potencial tanto para el bien como para el mal.

En cualquier nivel de nuestro desarrollo profesional es riesgosa la tentación de sentirnos omnipotentes; de allí a ser dueños de la verdad no hay distancia. Esto es peligrosísimo a la hora de manejar medios; puede declinar nuestra capacidad crítica. En eso, como comentáramos antes, podría muy bien funcionar como “cable a tierra” la invitación al diálogo, tal vez “cartas aclaratorias”...etc.