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miércoles

2006/11/17 Arando en el Mar. A propósito de las Patologías Actuales.

X Jornada Interna del CPPL, "Había una vez, una Institución...".  Lima,  17 y 18 noviembre 2006




Propuestas desde la Psicoterapia Analítica



Del cordel a la red

Del lenguado al pejerrey



Cuando era residente de psiquiatría, en el entonces Hospital Obrero de Lima, era bastante sabido entre los colegas cercanos que tenía una gran afición por la pesca. Al principio pescaba de todo, es decir, todo lo que era posible pescar desde una playa o desde las peñas; de vez en cuando, también, desde algún bote.

Con el tiempo, me fui especializando en la pesca del lenguado; pasaba horas revoleando el cordel (es la técnica), hasta que, aunque no siempre, lograba alguna presa. Una característica de la pesca del lenguado es que suele ser necesario estar metido en el agua, para acercarse más a las hendiduras de la arena donde suele asentarse el pez.

Pues bien, el tiempo ha pasado y tengo menos tolerancia al frío de nuestro océano y la piel se resiente más fácilmente con el sol, pese a los filtros solares. Las ocupaciones, el alejamiento de los compañeros de pesca y la aparición de otras opciones placenteras hicieron que poco a poco fuera dejando menos espacio para esta afición.

La realización de un viejo sueño me devuelve a la playa y a la tentación de la pesca. El asunto del frío, la falta de carnada para lenguado (se usa el pejerrey) y cierto desgano para recorrer las playas en busca de alguna presa fueron dejando sin estrenar los cordeles y anzuelos que seguía comprando en mis viajes y que guardaba para una ocasión como ésta.

Un día, en el verano, observé a un muchachito que, con una red, se las ingeniaba para sacar pejerreyes; era evidente que la red que usaba era para emplearla entre dos. El no tenía dificultades para hacerlo solo, pero me ofrecí a ayudarlo en calidad de aprendiz y, durante un rato, sacamos bastantes pejerreyes. El sacaba los pejerreyes para usarlos como carnada para buscar el lenguado. Es costumbre entre pescadores regalar algunos peces al que te ayuda en estos menesteres. Como no acepté su ofrecimiento, me invitó a pescar con él al día siguiente.

Eso sí lo acepté entusiasmado. Despertó en mí el pescador y me puse a preparar mis avíos, evocando las emociones que van surgiendo cuando contactas con el lenguado, desde la particular manera de picar hasta el hecho de que nunca sabes de qué tamaño es hasta que lo pescas y sientes su peso. Hay que sacarlo con cuidado; si no lo enganchaste bien se puede perder justo al final, cuando revienta la ola; o, si no tienes paciencia, se lo puede llevar la resaca. El juego de recoger el cordel con la presa, con una tensión pareja, sin romper la boca del lenguado; los riesgos y ventajas de usar un cordel delgado, de poner el plomo o el anzuelo en el terminal del cordel...cosas que van surgiendo con la ilusión, experiencia que fue creciendo desde niño, cuando pescaba con papá.

Bueno, el muchachito me dejó plantado al día siguiente. No vino a buscarme, como habíamos quedado. Me sentí engañado, pero, aún así, insistí en buscarlo donde se suponía que íbamos a pescar... Alcancé a ver que se iba con unos japoneses en una camioneta... “cosas de oferta y demanda...” Pensé “¡qué pena que la palabra no pese!” Podía entenderlo, pero no aceptarlo... además, me había movido el bicho de la pesca.

Yo siempre había sido reacio a pescar con cualquier tipo de red. Lo consideraba una traición al deporte, sentía que restaba el encanto de la búsqueda de la presa y el premio de la captura. La elección del tamaño de los anzuelos, de la carnada, de la cantidad de peso, del grueso del cordel, etc., eran para mí todo un rito roto por la tosca captura de lo que cayera en la red. Lo sentía como fallarle al propio pez, sin el sabor del juego, sin honor.

Me puse a conversar con un pescador que estaba en el lugar, un hombre de pueblo (que resultó ser un conocido cantante de la zona), ya mayor, quien me comenta que tiene una red para pescar pejerreyes y me invita a pescar con él... Me dijo que, si me gustaba, me podía conseguir una red, que no era muy cara.

Y, así fue, en consuelo de una frustración, que me encontré pescando con una red. Este señor me explicó los detalles de la pesca de pejerrey con este instrumento. Me convenció. Me hice de mi propia red y, esa misma mañana, me encontré pescando con unos amigos.

Nadie quería parar. La actividad era permanente: entrar, tender la red y luego jalar hasta la playa. Otro amigo se puso a preparar los pejerreyes y pudimos disfrutar de las delicias del pescado fresco y bien preparado. Ya tenía otra vez compañeros de faena; además, en una forma totalmente distinta y lúdica, y…. con extensiones culinarias exquisitas que forman parte de otra evolución, que es capítulo aparte.

Esta migración del anzuelo a la red, como instrumento de pesca, me hace pensar en las variables que siempre existen para dar cuenta de un objetivo cualquiera. La psicoterapia no se escapa a esta premisa, el asunto es que, a veces, podemos quedarnos en la repetición de una sola pauta, pese a que pudiera no dar los resultados esperados, por las razones que fuere. Muchos prejuicios subyacen a nuestra indisposición al cambio. Como en el caso de la red, hay que experimentar para saber si vale la pena.

Yo he pescado lenguados... muchos... pero cada vez hay menos lenguados en las playas. Digamos que hay otros peces accesibles, como los pejerreyes. Si comparamos los peces con los contenidos del inconsciente, los pejerreyes serían otra forma de presentación con la que contactar, obviamente de forma diferente a como se hace con los lenguados. Por supuesto que cada tanto podría presentarse la oportunidad de capturar algún lenguadito, pero también es rico y nutritivo el pejerrey, el deporte de la pesca y el juego de la experiencia humana.

El lenguado, grande y voluminoso, bien podría emparentarse con los visibles resultados del conflicto y la represión; los pejerreyes con la multitud de pequeños trozos de experiencia que forman parte de la estructura del sujeto, que se pueden relacionar en amplitud con experiencias de carencia e inermidad que nutren al conflicto.

Nosotros, cada vez, vamos tomando mayor conciencia de la diversidad de factores intervinientes, tanto en el enfermar, como en el proceso de la cura o del cambio. Los cambios se dan tanto en el contexto de las patologías como en los paradigmas sociales; en los logros de la tecnología y de los medios de comunicación; en el mayor conocimiento de la genética humana, de la bioquímica cerebral y hormonal; en la organización energética del ser humano y de su entorno; en las nuevas formas vinculadas al aprendizaje y a la estructuración de las familias y los grupos humanos en general... Todo ello nos hace pensar en nuevas configuraciones en la organización de las mentes con las que tenemos que aprender a lidiar.

Y, por otra parte, no siempre lo nuevo realmente lo es. La bulimia tuvo lugar entre los romanos, como argumento normal en el desenfreno de los apetitos. Igualmente, la anorexia y la auto restricción sacrificial, a lo Margarita Gautier. Las “neosexualidades” resurgen de un letargo de siglos. Ya en Sodoma y Gomorra estaba presente el tema, el mismo que encontramos en los hábitos normales de la antigua Grecia.

Los problemas de la corrupción y el egoísmo llamaron la atención de Aristóteles... hace más de dos mil años. Por diferentes motivos y circunstancias históricas, nos vemos, una y otra vez, confrontados con el mismo problema con diferentes rostros. Por un lado, la naturaleza del Narcisismo, que resurge desde lo escindido, como en nuestros tiempos, con mayor fuerza, tratando de disimular su naturaleza espectral con disfraces grandiosos, en seres atrapados en el cuerpo o en ideologías que no logran dar cuenta de la necesidad de vínculo humano que les subyace amenazante.

Y, por el otro, el cotidiano conflicto de la convivencia y la problemática edípica. Ahí, lo vedado resurge en la búsqueda de una liberación reformuladora: ya no “hacer” desde el sometimiento atemorizado a la autoridad superyoica o ideal, sino “ser” y “hacer” a partir de una comprensión y renuncia voluntaria a favor de alternativas valoradas por el Yo, desde su propia experiencia en la vida.



“Per via de levare et per via de porre” 
Entre la patología de conflicto y la patología por carencia


También, he analizado a muchos pacientes... no demasiados. La experiencia me ha dejado ver que son pocos los que son abordables en un psicoanálisis clásico, con resultados satisfactorios. De hecho, en las patologías narcisistas que prevalecen en nuestra época, la respuesta terapéutica requiere de un delicado estudio, que deriva en el uso de diferentes técnicas de abordaje.

Por otro lado, mi inquietud y mayor confianza, derivadas de la experiencia, me han permitido rescatar otros instrumentos, otras modalidades, otras variables dinámicas de trabajo recogidas a lo largo de mi formación como psiquiatra dinámico primero y, posteriormente, como psicoanalista. El manejo de los grupos, del psicodrama, de la comunidad terapéutica, de recursos provenientes de la gestalt o del análisis transaccional, la farmacoterapia, etc. han ido encontrando lugar, allí donde el paciente lo requería.

He podido ir rescatando lo más valioso de las disciplinas con las que me ha tocado en suerte trabajar y aprender. Creo que la actual es una época en la que se empieza a emprender el camino de la integración de recursos. Cada vez se comprende mejor que un único abordaje es insuficiente, que no es sólo la neurociencia y sus correctores farmacológicos la que resolverá el problema del paciente; tampoco lo es el psicoanálisis y sólo el psicoanálisis el que producirá tal magia. Algo más, diferente en cada caso, habrá que poner en práctica para ayudar a nuestros pacientes a recobrar la salud.

Los tiempos que nos tocan muestran retos difíciles frente a la patología. Más allá de la problemática narcisista grosera, encontramos un rubro muy grande, al que podría denominarse “los normópatas” (término que escuché por primera vez a Maty Caplansky), personas aparentemente normales, pero a partir de ser una suerte de producto en serie de la época.

Dentro de la “normopatía” es alarmante su relación con lo concreto, la ausencia de posibilidades de manejo simbólico, la -a veces- nula capacidad de pensarse, menos aún, dentro de posibilidades de insight. Un velo límbico nos acompaña, en un concierto deslumbrante de luces que distraen permanentemente su atención hacia un mundo falaz en el que se pierden sin encontrarse porque, en general, además, suelen no buscarse.

En esta normopatía solemos caer. Creamos normas que se apoderan de los creadores. Solemos observar que la teoría o la aparente razón técnica terminan a distancia de su finalidad y de su origen. Con frecuencia nos encontramos tratando de encasillar al paciente en nuestras propuestas antes que nosotros adecuarnos a él. Nos hemos olvidado de relacionarnos con la persona del paciente, nos quedamos en la enfermedad.

Desde esta repetición de pautas, muchas veces he derivado en un sentimiento de estar arando en el mar. La paciencia de pescador nos da muchas veces la clave para esperar que aparezca el pez, la oportunidad de capturarlo. Pero, también, hay un momento en que podemos darnos cuenta de que no es que el pez no esté, es que no estamos pescando adecuadamente. Más aún si a nuestro costado hay alguien que los está pescando. Es entonces que miramos cómo lo hace, qué carnada usa, qué tamaño de anzuelo, a qué profundidad dirige el cordel, etc.

Incluso, en los últimos años, la pesca va quedando obsoleta. No hay que arar en el mar, hay que sembrar en él. Las piscigranjas permiten una productividad asegurada y controlable, con un mayor rendimiento proteico. Esto por supuesto, en el ensayo metafórico corresponderá a nuestra participación en la crianza, en la salud, en la prevención, en el sembrado en terrenos fértiles. En salir - aunque sea un poco- de nuestros reductos aislados. Esto, felizmente, es un fenómeno creciente en la colectividad psicoanalítica.

De la misma manera, se puede trabajar la “pesca” del inconsciente con variaciones en la modalidad. Tenemos alternativas en el uso de la transferencia y en el trabajo focal, dirigiéndonos al fortalecimiento de los niveles de conciencia no exclusivamente desde la interpretación. Podemos acompañar a los pacientes en el mejor conocimiento de sí mismos desde una posibilidad de ser reconocidos en el ejercicio de relacionarse con los demás, de mejorar sus formas de expresarse y mostrar sin temor sus sentimientos, mediante un aprendizaje vivencial en la relación terapéutica.

La “pesca”, entonces, tendrá que ver con el registro de potenciales que ayudamos a desarrollar; con experiencias que no tuvieron lugar en el allá y entonces, que no circulan en el espacio de lo reprimido, pero que establecen demandas de respuesta, en principio, de reconocimiento y aceptación. Entonces, más que “sacar” algo, estaríamos en la situación de “poner” algo, derivado de un importante compromiso con nuestro paciente, desde el interés y la empatía, lo que nos ubica en una “vía de porre” peculiar, ya que esto no debe ser invasivo.

Recientemente, se está prestando mayor atención a las patologías por déficit. Estas son producto de carencias tempranas, de fallas en el contexto primario de la relación con la madre. Estas carencias son extensibles, en la comprensión de la causalidad, a todo nuestro contexto actual, a la estructura social en la que nos desarrollamos. El malestar subjetivo se ve, más que nunca, desbordado por una patología social, por una inmensidad abrumadora de estímulos provenientes de una cada vez más rápida modificación de los contextos y los paradigmas. La tecnología hace de las suyas y convierte en obsoleto, de manera implacable, todo aquello que apenas empezamos a aprender o a lo que comenzamos a acostumbrarnos, subvirtiendo la idea de constancia objetal.

Cuando hablamos de las patologías actuales, nos referimos a un mar de organizaciones sintomáticas, nuevos síndromes que nos plantean retos cada vez más difíciles de integrar desde una sola perspectiva.

La ludopatía aparece en el lugar en que ha fracasado la capacidad de jugar recreativamente. Se convierte en un distractor omnívoro, que pretende la fantasía de revertir el azar y evadir la realidad dolorosa del vacío personal.

La anorexia y la bulimia y, entre ambas, la ingesta compulsiva de alimentos, a más de configurar una problemática derivada de la oralidad, supone un fracaso en la transicionalidad, en donde la relación con el cuerpo queda exaltado por las angustias de pérdida y, en tanto así, se establece una relación consoladora “inconsolable” con el cuerpo, al cual, además, no terminan de configurar. Hay déficit estructural. El espacio psíquico no se ha organizado suficientemente como para sostener la representación de sí.

Lo mismo pasa con esas maravillosas criaturas de gimnasio que sacan brillo a sus cuerpos para lucirlos, para atrapar miradas, todo puesto en el cuerpo sin poder disfrutarlo en una intimidad personal compartida.

En las distintas formas de adicción pasa algo similar. Hay un fracaso en la organización personal y la realización omnipotente en el consumo de drogas pretende, en forma ilusa, llenar el vacío de objeto. Alcanza apenas para dramatizar en sí mismos el terrible desamparo al que sobreviven. Divididos en fantasmas de sí mismos no alcanzan a configurar una unidad.

Todos tienen dificultades para sostener sus límites, para controlar impulsos, para evaluar los riesgos y aprender de la experiencia. Todos han organizado defensas esquizoides de distinto grado de profundidad en las que el punto visible es un falso self que se hace flagrante cuando se ven enfrentados al reto de una intimidad.

La queja corriente, cuando nos visitan estos pacientes, es el vacío. Muchos de ellos han tenido logros importantes en la vida: “tengo una esposa maravillosa, hijos a los que adoro, una posición que a mis 40 muchos quisieran tener, profesionalmente me va muy bien... pero mi mujer se queja de que no me acerco a ella, no soy expresivo con mis hijos, dos de ellos están yendo a terapia... mis compañeros de trabajo dicen que soy un tirano. Y, estoy acá, simplemente porque la empresa esta al borde de la quiebra y no puedo dormir... Si las cosas se arreglan, lo más probable es que no venga, yo me conozco doctor...”, me dice un paciente recientemente.

Podríamos considerarlo un “normópata”: primero de la clase, destacado profesional, frío a la hora de tomar decisiones, no le interesa a quien se lleva por delante con tal de sacar adelante sus objetivos. Ahora, en crisis, se pregunta cuáles son verdaderamente sus objetivos.

Pareciera tener un buen pronóstico dado que es capaz de darse cuenta de todo lo que le pasa, pero el manejo racional está muy distante del niño asustado que vislumbro. El mundo de los afectos ha quedado fuera de su campo de experiencia, sustituido por un mundo marcado por las responsabilidades y obligaciones y un paradigma llamado éxito: profesional, material, familiar, etc.

Pero se da cuenta que algo falta. Algo que ve en otros que disfrutan de sus logros, que son capaces de generar lealtades y que son leales a su vez, cosa que él no puede; con las justas se comunica más allá de lo imprescindible y no registra expresiones de gratitud. Se da cuenta, pero no sufre por ello. Es entonces que empieza a temer perderlo todo. Como que ya se empieza a producir la pérdida (pérdida que ya se produjo, alguna vez, como dice Winnicott), justamente como producto del manejo impersonal de sus relaciones de trabajo.


El común denominador de las patologías actuales es el déficit

Las circunstancias propias de la economía global y el terrible empobrecimiento de nuestros pueblos hace que el movimiento migratorio sea cada vez mayor y la construcción de los ideales de organización familiar sean totalmente distintos a los de hace 30 años. El 70% de la población joven (y no tan joven) se iría del país si pudiera, con lo cual el apego resulta peligroso.

La familia nuclear que conocimos quienes tenemos unos años más, ha sido destruida por las urgencias y renuncias temporales y espaciales a las que nos obliga la economía de consumo.

Se hacen realidad, de forma cada vez más patética, las predicciones de A. Toffler respecto a la conformación de una sociedad del “descartable”. En este contexto, es tremendamente notoria la organización individualista, egocéntrica y narcisista, en cualquiera de sus envases de oferta. Todo funciona en relación a lo inmediato.

En este estado de cosas hay una urgencia adaptativa permanente, con pérdidas y separaciones que apenas tenemos tiempo de procesar. Nos decimos: “no hay que mirar atrás...” Hasta que terminamos con la sensación de que justamente atrás hay un grande y horroroso abismo; entonces, no nos queda más que seguir subiendo...

Apelamos, en nuestra fuga hacia arriba, al principio del placer, al punto de lograr una resultante hedonista generalizada, como ya dijimos, muy “normal”; pero es éste un hedonismo reactivo e insípido en donde el sentido de continuidad existencial individual queda entrampado, con una resultante bastante escuchada en los motivos de consulta: la sensación de vacío.

La realidad virtual sustituye, cada vez de manera más amplia, las relaciones con semejantes y diferentes. Los afectos se suelen desarrollar encontrando formas también virtuales, es decir, idealizadas, no siendo toleradas con facilidad en el contexto de la realidad.


De Príncipe a Sapo

Los rostros de la patología cambian, adquieren nuevas formas o modalidades. Pero, más que ello, hemos aprendido a mirar un poco más allá, sabemos cada vez mejor que tenemos que buscar a Narciso, también, en casa de Edipo. Y que Narciso, más que un arrogante antipático (no siempre aparece así) que le complica la vida al pobre Edipo, es un mendigo atormentado que no tuvo mucha suerte en la vida. Es el príncipe que trata de negar su condición de sapo; un ser atrapado en la omnipotencia como producto del encantamiento aterrador de alguna ausencia que no registró. Dicha omnipotencia le permite sobrevivir, mas no ser en la vida.

No tiene mayor alternativa que aferrarse a una imagen idealizada de sí mismo, -allí donde no se puede ver- y sin tener acceso a las bondades de la intimidad, porque no existe otro o, más bien, porque el otro sigue siendo aterrador en su encanto, ya que lo haría caer otra vez en la trampa original, de la que hay que tomar la máxima distancia posible.

El camino a recorrer pasa por ser un poco más sapo y lograr algún beso cariñoso, desencantador, venga de quien venga, pero que sea auténtico, que aprecie al sapo como tal. El gran obstáculo suele ser la renuencia del sapo a mostrarse y, más aún, a estar en disposición de que surja la oferta del beso. La investidura real del príncipe resiste a ultranza, convencida; resulta un ultraje dejar al sapo en libertad. “Es humillante”, nos dirá, resintiendo el que hagamos alguna aproximación de ayuda que casi siempre le sabe a lástima...”no lo quiero...”, “no es verdad”, “tienes que demostrarme que es cierto...” y, así, se abre la odisea de la cura.

Por supuesto que la solución terapéutica pasa también por ser sapo. Pero sapo sin conflicto es “sapo sabio”. En tanto así, no hay que intentar forzar al príncipe a ningún cambio. A lo más, se le irá reconociendo y respetando su función protectora, más bien sobreprotectora y ambivalente, en los cuidados del sapo. La ambivalencia se sobreentiende si tenemos en cuenta que su realeza no ha encontrado plenitud por tener que estar cuidando a este horrible bicho sin poder tener libertad.

Llegamos a conocer todo tipo de príncipes (y todo tipo de sapos). Como en la historia del principito, cada uno está aferrado a sus galas deslumbrantes y no tolera que se le mire de otra manera que no sea como súbditos obligados a servirle. Buscan atrapar la mirada, no vaya a ser que veamos al sapo... o al reyezuelo desnudo. Con un poco de humor y mucha empatía podemos, por un rato, jugar su juego, hasta que se sorprendan con nuestra posibilidad de disfrutar.

Por supuesto que ninguno cree realmente que disfrutemos del juego. Todos piensan que vamos a tratar de atrapar su mirada desde nuestra propia pretensión principesca. Así, el juego terapéutico puede comenzar con un cumplimiento de nuestros “reales mandatos”, habida cuenta que son hábiles para funcionar en base al deseo del otro. Es una pauta de sometimiento sostenible tan sólo por su adjudicación especular.

Si todo marcha bien, es posible que en algún momento puedan llegar a registrar que no nos es problema el variar las modalidades del juego mientras mantenemos algunas constantes, en especial nuestra sólida disposición e interés.

Esto, al principio, los asusta, pero llegan a reconocer que es parte de un juego del que también son capaces, del que de todas maneras forman parte. Es, entonces, cuando algo de confianza va dando lugar a mostrar al pequeño monstruo, al sapo, al ser sensible escondido y asustado que duda de la posibilidad de ser aceptado y querido.

La sociedad actual no tolera sapos. Busca el escape, la evitación. Recuerdo una vez que andaba tristón y fui a una reunión familiar. Me senté a un lado pensando mis cosas, mirando como se entretenían jugando cartas… Pronto empezó un bombardeo de:
- “¿Qué te pasa...?”
- “Estoy un poco tristón...”, respondí.
- ”Deja tus problemas en el consultorio...”
- ”Bueno, pero estoy así... qué problema hay... no se preocupen, sigan con lo que están haciendo, yo los miro esta vez”.
Pero, no contentos, siguieron:
- “Todo un psiquiatra... ¿no puede resolver sus cosas...?”
Entonces, dije:
- “Bueno… si insisten… Si quieren les cuento de qué se trata...”
Entonces, siguieron timbeando.

Entendamos al “sapo” como la persona que humanamente se angustia, que sufre, que tiene dolor. También la que ama y siente necesidades de depender, a veces de manera exagerada porque siente desamparo. Sentirlo nos llega a avergonzar. Lo que se espera son seres independientes, siempre sonrientes, que no creen problemas, que no molesten.

Así, se organiza la sociedad calmante y evasiva del dolor, del sujeto humano, al punto de la indiferencia o el desprecio del diferente doliente, que es repudiado en su condición (como ocurre respecto a las mujeres o a los “cholos”). Nos criamos en medio de esas premisas. Nuestras madres son las empleadas, muchas veces “cholas o serranas”, que maltratamos “principescamente”, con demandas caprichosas, sin consecuencias de gratitud. Nos desquitamos en ellas de la deuda parental.

La idealización de recursos terapéuticos, como la farmacoterapia o el psicoanálisis, necesita dejar sus reductos excluyentes para entrar en la vertiente de un realismo integrador. El ser humano necesita ser reconocido, despatologizado; y, también, los médicos y terapeutas que tienen que ver con la cura, tendrán que abandonar su lectura idealizada de sí mismos o de sus particulares técnicas y teorías.


El vínculo terapéutico y la búsqueda de intimidad

Este es un viejo tema que nos ha llevado a tomar distancia muchas veces de la amplísima gama de acontecimientos que tienen que ver con la cura, en particular en lo que atañe a la relación médico-paciente como eje sostenedor y, a la vez, como vehículo de cambio, como campo de experiencias, en donde la creatividad da lugar a nuevas inscripciones desde el aquí y ahora.

Aún así, muchas veces nos hemos sentido abrumados por el reto de la cura, hemos hecho heroicos sostenimientos del proceso “a todo pulmón”, con pobres resultados. Cuántas veces no hemos sentido que “aramos en el mar”, reiterando fórmulas constreñidas por un entendimiento agotado que se resiste a renovarse, a mirarse a la luz de los nuevos tiempos... de las nuevas patologías y de nuevas maneras de enfrentarlas.

Algo de un intento de sacudirse del entrampamiento teórico–técnico me parece haber observado en los congresos de Psicoanálisis y Psicoterapia, en donde se convoca, cada vez más, desde la clínica. También, hemos podido observar una creciente preocupación por comprender los instrumentos de la cura, de lo cual deriva una mayor integración y reconocimiento de los recursos de la psicoterapia psicoanalítica, en particular del lugar que tienen las aproximaciones denominadas “de apoyo” en la resolución de la problemática del paciente, como bien nos lo señala Wallerstein (1).

Se nos impone una consideración cada vez mayor al problema de fondo, al común denominador que reiteradamente encontramos en la patología. Me refiero a los problemas derivados de la carencia. No es que nuestro clásico enfoque de la problemática del conflicto no tenga lugar… Por supuesto que lo tiene, pero entiendo que el ritmo de la vida moderna ha socavado la relación humana en todos sus momentos indispensables, tanto en la infancia como en los distintos momentos de la vida, de manera que hay cada vez una mayor ausencia de experiencia de intimidad.

El entendimiento reducido a la problemática de la angustia de castración, tema central en la propuesta freudiana, se queda corto para explicar el vacío de organización proveniente de la ausencia de experiencia de intimidad, de reconocimiento y respeto en tanto individuos singulares. Esto anula la posibilidad de crearse, ante lo cual lo único que queda es “creerse”.


La exaltación narcisista y el “creerse”

En eso, en nuestro país hemos caído hasta el fondo del abismo. “Nos creemos”. Se produce una exaltación narcisista de cualquier atributo, vínculo o propiedad a partir de la cual sentimos una suerte de completud que podemos exhibir, casi siempre ante la mirada envidiosa de los demás; mirada que se da en concreto o que nos la imaginamos, con la cual redondeamos un sentimiento de placer.

El placer consiste en que el otro esté por debajo, cargado de una envidia de la que necesitamos desprendernos, que sentimos necesidad de endosar, viviendo una idealización del sí mismo, exaltación narcisista, proyección o identificación narcisista, triunfo sobre el otro, rebajamiento del otro, control omnipotente del objeto...

Todo esto tiene sabor a perverso por lo placentero, por un lado; y, por el otro, nos muestra una clara presencia de mecanismos primitivos que nos recuerdan el control maníaco y la negación del duelo, de la pérdida, de la carencia.

Los modelos parentales están corroídos por modalidades y esquemas que se reiteran por doquier. En casa se da el uso de recursos que niegan la necesidad humana de sostén o, en su defecto, que niega la necesidad de establecer los límites a la omnipotencia primitiva, moción perversa en la que existe una gratificación a las necesidades omnipotentes de la madre.

En esto se colude el padre, quien es permanentemente un personaje ausente, “abandonador”, que casi siempre se muestra agrediendo o humillando a la madre. Muchas veces se alcoholiza irresponsablemente, mostrándose entonces brutalmente omnipotente.

Se “cree”. Cualquier cosa sirve: ser hincha de algún club, ser peruano, buen amigo, el que paga los tragos (aún a costa de la familia)... Llegamos a creernos que somos lo máximo, cariñosos como nadie; y, admiramos en especial a los extranjeros, (teniendo que pagar una prima monstruosa por querer ser como ellos), a quienes vemos como modelos, siempre inalcanzables. Por otro lado, siempre alimentamos en lo oculto algún desprecio por aquello que nos cuesta reconocer en nosotros mismos.

Siendo así, nuestras identificaciones primitivas con el objeto idealizado terminan en una resultante melancólica. Atacando al objeto en nosotros mismos, con una rabia y envidia que no facilita otro tipo de elaboración identificatoria, porque no reivindica nuestra verdadera identidad. La impronta fratricida, parricida, matricida, la rabia narcisista por lo que no somos, ni siquiera nos permiten rescatarnos desde lo que alguna vez fuimos.

La historia de los incas se truncó justamente durante una lucha fratricida. No se pudo enfrentar al extranjero.  Lo idealizó.  Quisimos ser como ellos, pero desde el remedo...  Aún en las fiestas folklóricas se percibe el intento desde el uso de máscaras; máscaras de nostalgia melancólica utilizadas por seres omnipotentes que nunca terminaron de saciar su voracidad en nosotros (ni siquiera con nosotros), exacerbando esa misma voracidad, pero rabiosa, pero adormecida, pero temerosa, envilecida por el engaño y la costumbre del sometimiento, envilecida por una inocultable envidia que hace que, como hemos dicho, sea posible cualquier identificación.

Es ésa la voracidad envidiosa la que hace que personajes como nuestros políticos festinen obnubilados, a costa del hambre de aquellos que pretenden representar.  Se escinden.  La voracidad envidiosa los atrapa  y como único recurso encuentran la proyección en los hambrientos de su propia voracidad.  Como en el origen de este entrampamiento, en el fondo, los hambrientos esperan su turno, se identifican en el fondo y, también, se sacian, destrozándolos en las encuestas o a través de las parodias de los imitadores.

El problema es que se pierde con ello la perspectiva discriminadora elemental entre lo bueno y lo malo. Una consecuencia natural de esta dinámica es la expectativa de un régimen autoritario.  Alguien que organice la ley, alguien que pueda representar sin robar... la identidad de los representados.  Hasta ahora todos han caído en la tentación; el autoritarismo omnipotente ha sido la consecuencia y el mantenimiento del estancamiento en el que estamos.  Pareciera imposible salir del hoyo... Éste es nuestro mayor reto.

Los constructos reactivos, que vemos desfilar, no están al servicio de sostener experiencias humanas integrativas y terminan en organizaciones de falso self que, como dijimos anteriormente, se adornan con distintos ropajes.

La peor consecuencia para el terapeuta sería no tener vocación de servicio.  Sin haberse aproximado con amplitud a la relación consigo mismo, motivado por la sociedad de consumo o con la finalidad de obtener prestigio personal. Otro riesgo, no poco frecuente, es que el terapeuta se convierta en un esclavo de su técnica, de sus basamentos teóricos o simplemente de las dinámicas grupales que lo llevan a inhibir el procesamiento de su propia experiencia y creatividad.

En el congreso de FLAPPSIP,  el año pasado, alguien (no recuerdo quién) señaló las tremendas modificaciones que se estaban dando en la configuración del contexto de trabajo.  La crisis económica había logrado invertir el eje de la propuesta y era más bien el terapeuta quien tenía que adecuarse a las posibilidades del paciente.  La frecuencia de sesiones de una vez por semana se fue aceptando y para muchos no dejaba de ser psicoanálisis, cosa que antes resultaba impensable con menos de tres sesiones semanales.  Los honorarios, las ausencias por vacaciones, etc., fueron dando espacio a una significativa modificación de los parámetros tradicionales en una plaza tan representativa como es la de Argentina.

Fue hasta gracioso escuchar que esto que ellos viven como crisis es endémico en nuestro medio y que es justamente el motivo por el cual nuestro grupo suele llevar a estos encuentros los trabajos más definidos dentro del terreno de la psicoterapia analítica.

Nuestra labor en proyección social, tanto desde el sentido de una organización que se autosostiene a la par que tiene mayor cercanía a formas variadas de resolución de la patología, integrando en su oferta los servicios de psiquiatría, los abordajes tipo taller, el cine fórum, la familiaridad con el uso de medios y la participación a través de ellos, haciendo una labor de prevención, son los trazos de una serie de variables que fortalecen las posibilidades de trabajar  creativamente en este campo, sin tomar distancia de las concepciones metapsicológicas psicoanalíticas.

Otro elemento importante tiene que ver con la labor de formación de nuestros psicoterapeutas, con un eje cada vez más centrado en la clínica, así como con supervisiones intensivas en el programa de proyección social.  Esto abre una mirada mucho más cercana a la realidad de la demanda de la comunidad y su patología, tanto como del contacto con sus recursos, no siempre accesibles a tratamientos de largo aliento.

Nuestra propuesta curricular ha ido variando a lo largo de los años, acercándonos, cada vez más, entre las cátedras y el objetivo final de nuestra formación: un terapeuta clínico, con amplia capacidad de diálogo con las disciplinas afines y complementarias.

Como es obvio, las nuevas patologías están determinadas por variaciones en el contexto social, por los cambios en los hábitos y las costumbres (culturales, sociales, sexuales, etc.). El avance en la liberación de la mujer ha sido fuente de una serie de cambios en lo que respecta a la relación de pareja y a la constitución de la familia.  

Por otro lado, se dan variaciones en las estructuras de valores, en donde la hipertrofia de la sociedad de consumo prevalece desde el valor de "tener".  En la economía, en la competitividad, en la organización de las empresas (los monstruos monopólicos que antes estaban prohibidos), las novedades tecnológicas fulgurantes, el alucinante cambio en la cibernética y la explotación del juego como fuente de evasión y realización fantástica.  En muchos casos, la televisión se presenta como sustituto  de la relación parental, a manera de una nodriza que distrae.      

A ello, añadiremos la sobrepoblación mundial, las pugnas por el poder, la terrible escalada de la droga y de la corrupción, el culto a la figura, al cuerpo, a las dietas y, finalmente pero de inmensa importancia, el descuido de nuestro planeta y el paulatino efecto de recalentamiento que, año a año, va tocando las puertas de la razón sin ser atendido.

Nota

1. (Wallerstein, Robert… ¿ Un psicoanálisis o muchos? Revista Internacional de Psicoanálisis, 1988, Vol. 69).

2003/09/12 El lugar del interés en la psicoterapia

X Congreso CPPL: "Tareas de la Psicoterapia Psicoanalítica para el Tercer Milenio", 12,13 y 14 de setiembre 2003



“Pero fíjate en la palabra misma
‘interés’: viene del latín inter esse, lo
que está entre varios, lo que pone en
relación a varios”.
(Fernando Savater... Etica para Amador)


Soy de los que piensan que la psicoterapia psicoanalítica es la propuesta del psicoanálisis para el nuevo milenio y que, por ello, permanentemente tenemos que renovar y comprender mejor nuestros instrumentos técnicos, a la luz de un mejor entendimiento de la patología, que cada vez más nos muestra nuevos ángulos y formas de organizarse, como en el caso de las llamadas patologías de déficit y en los trastornos narcisistas.

El lugar del entorno, el difícil reto de la globalización, el individualismo como falla de la individuación, el crecimiento irracional del poder en el mercado, la pérdida de valores, etc. nos sumergen cada vez más en una sensación de vacío, de incertidumbre, de cosificación e impotencia. Abandonamos la posición de sujetos y nos convertimos en objetos de una estructura que nos rebasa, privándonos de una perspectiva de futuro con sentido personal. Perdido el sentido, perdemos también el interés.

Elegí, así, un tema muy sencillo en apariencia pero muy complejo y delicado en sus implicancias, tanto en su ubicación en el terreno de la teoría de la técnica como en la mismísima metapsicología de los elementos en juego. Me refiero al tema del “interés”. Quiero hablar del tipo de interés que comprometemos en nuestro trabajo, ese interés que involucra, ineludiblemente, el interés por nosotros mismos; interés por la comunicación, por la intimidad, por el sano juego “a la verdad” y al riesgo del descubrimiento; ese interés en trascender las diferencias a favor del encuentro en lo común, en lo semejante, a distancia del anhelo engañoso de lo idéntico.

Leyendo hace poco el libro “Etica para Amador”, que Fernando Savater le dedica a su hijo, encuentro, de casualidad, esta cita sobre el “interés”. Le dice: “Cuando hablo de ‘relativizar’ tu interés quiero decir que ese interés no es algo tuyo exclusivamente, como si vivieras solo en un mundo de fantasmas, sino que te pone en contacto con otras realidades tan ‘de verdad’ como tú mismo. De modo que todos los intereses que puedas tener son relativos (...) salvo un interés, el único interés absoluto: el interés de ser humano entre los humanos, de dar y recibir el trato de humanidad sin el que no puede haber ‘buena vida’. Por mucho que pueda interesarte algo, si miras bien, nada puede ser tan interesante para ti como la capacidad de ponerte en el lugar de aquellos con los que tu interés te relaciona. Y, al ponerte en su lugar, no sólo debes ser capaz de atender a sus razones, sino también de participar de algún modo en sus pasiones y sentimientos, en sus dolores, anhelos y gozos”. Y, más adelante, escribe: “... ser capaz de experimentar en cierta manera al unísono con el otro, no dejarle del todo solo ni en su pensar ni en su querer”.

Comoquiera que hace un par de meses se me requirió un resumen sobre este artículo (que empezaba a diseñar), propuse una nutridísima agenda basada en lo que se me vino a la mente, en asociación libre, respecto a lo que podría escribir sobre este tema. La realidad me ha ido demostrando que me excedí en el entusiasmo y que sería imposible ceñirme a la propuesta de dicho resumen; es más, me fueron surgiendo tantas variables de enfoque del tema, que me ha costado trabajo poner en orden las ideas que voy a compartir con ustedes sobre el interés.

En la metapsicología Freudiana encontramos tempranas referencias sobre el interés: en contraposición con las investiduras libidinales, de origen sexual, el interés sería la expresión de los instintos de autoconservación, los entonces llamados instintos del Yo. Freud juega con esta dualidad durante la mayor parte de su ejercitación teórica y, si bien de alguna manera integra estas dos mociones en su segunda teoría pulsional, no deja de mantener su sentido, en particular en los avatares del entendimiento de la problemática narcisista.

El interés al que me voy a referir lo ubico como una función Yoica, una capacidad que evoluciona en el camino de la diferenciación del sí mismo en la relación con el mundo y, en particular, con lo que solemos llamar “objetos”, es decir, en la relación con el otro. Dicha capacidad puede existir en grados diferentes, siendo susceptible de patología, desde la carencia hasta el exceso.

En este terreno podemos ubicar tanto al paciente como al psicoterapeuta. En el caso del segundo, el psicoterapeuta necesitará observar los movimientos de su interés en la relación con su paciente. La premisa fundamental a preservar es que nunca el interés del terapeuta debe alejarse de los objetivos de la cura, que son los intereses de su paciente. El interés (terapéutico) siempre tendrá que ver con el desarrollo humano de su paciente.

El interés estará expuesto constantemente a los avatares de la relación, tanto como a las circunstancias particulares de cada uno de los participantes de la díada terapéutica. Allí juega el movimiento transferencial – contratransferencial, que nutre de manera singular nuestro entendimiento e interés. Si bien (el interés) forma parte importante de la alianza terapéutica, lo relaciono más con la dinámica interpersonal en el encuentro con el paciente, con la disposición activa del terapeuta.

El interés supone la esencia misma del vínculo. Es el signo de que el vínculo existe, es su expresión.

Muchísima gente viene a la consulta porque no encontraron a alguien que se interesara por ellos en momentos importantes de su pasado. Esto deja huellas de vacío, de falta de experiencia, de organización defensiva (falso self), lo que suele reeditarse en el presente como una falla en la capacidad de vincularse, de generar interés por el otro o de poder ser “interesante” de manera no sintomática. El interés por el otro supone la posibilidad de entenderlo en su singularidad.

Pero en personas que han tenido déficit de experiencias de interés por sí mismos en la temprana infancia es particularmente importante que en su psicoterapia la palabra "interés" se escriba con mayúsculas. El sustento simbólico y las posibilidades de introyección, precarias en el paciente, pueden requerir que dicho interés se manifieste de una manera más definida y concreta. Requieren verificar, una y otra vez, que estamos con ellos, incluso bajo las formas en que el repudio constante a nuestra presencia nos plantea el reto a entender la paradoja de que “se están haciendo los interesantes”, única manera en que les es posible mostrarnos su dificultad para confiar.

La expresión de nuestro interés paulatinamente va dando lugar al reconocimiento de lo que estamos dando en “gratuidad”, aquello que “no se cobra”. El “valor agregado”, como lo llamaba un paciente. La inclusión de lo espontáneo, de lo sincero, de lo personal, encuentra lugar en esta manifestación del interés, que incluye, a su vez, grados variables de apertura en confianza.

Pero el interés del analista, del psicoterapeuta, es un interés complejo, es un interés que incluye la lectura de la totalidad de la persona, totalidad que integra de manera importante a su propio inconsciente. A los pacientes les toma más o menos tiempo integrar esta variable, no siempre tenida en cuenta.

Al terapeuta tampoco le es fácil aproximarse con interés de una manera integral, total, como persona, además de terapeuta. Están de por medio todas sus teorías, sus mandatos técnicos, sus temores, sus dificultades, su falta de confianza en poder salir indemne, que no es poca cosa, en el encuentro con el otro. Se requiere de mucha experiencia para transitar en ese nivel de cercanía.

Paradójicamente, en los comienzos de nuestra actividad, cuando sabemos poco o nada de teorías y técnicas, solemos comprometernos más personalmente, lo cual nos depara gratas y amargas consecuencias. Es la experiencia y el proceso de análisis personal lo que nos permite, alguna vez, estar de vuelta en ese punto de encuentro, pero ya no de la misma manera.

Existen, sin embargo, una serie de riesgos a partir de mostrar nuestro interés por el paciente; en primer lugar, el desencadenamiento de una transferencia que los lleva a aferrarse y a depender, con una actitud de succión que no entiende fácilmente que el interés también implica poder frustrar y configurar los límites. Una suerte de aprendizaje en la experiencia resuelve esta coyuntura, que es la que más frecuentemente encontramos en nuestra labor. Entonces, ni tan cerca que se queme el proceso, ni tan lejos que pierda su calor. Debemos confiar que hay alguna forma de final que integra la tolerancia a la frustración, en medidas que no nos está dado prever.

Otra consecuencia frecuente es la movilización erótica que pone en “jaque” el interés terapéutico, difícil prueba si consideramos que el interés que ponemos en juego, en tanto personas totales, nos expone también a dichas movilizaciones. Considero que “lo sublime” de nuestra actuación no es tanto la transformación de una moción sexual a favor de un objetivo más “elevado”. Lo que pienso es que, el mejor manejo de las demandas pulsionales, propias y ajenas, favorece la expresión y el desarrollo de los potenciales yoicos (del paciente y del terapeuta) en cuyo trámite tiene un lugar importante la renuncia y la creciente capacidad de postergación, tanto como el desplazamiento realista en la búsqueda de gratificación objetal.

También ocurre que el paciente se puede sentir amenazado por el interés del terapeuta. De hecho, el riesgo a una intimidad moviliza el temor a la reedición de un engaño y deriva en confusión. Es lo que pasa con Marlene, una paciente con una organización escindida en tres personajes: una niña pequeñita, siempre amenazada por un desamparo aterrador; una adolescente rebelde y omnipotente, que se encarga de la tarea de organizar las defensas - entre las cuales siempre está el plan de eliminar a la niña -; y, un tercer personaje que, a la manera de un adulto, relata de manera muy racional y distante las ocurrencias de su vida.

Desde el comienzo de nuestras sesiones, hace más de un año, me somete a las mil pruebas para llegar por fin a traerme a la niña a la sesión, a quien acojo con gran afecto y la protejo de sus otros personajes. Le fue muy difícil integrar mi interés por ella, ya que le movilizaba mucha confusión, sintiéndome como cualquiera de los personajes que la poseyó sádicamente a lo largo de su vida: su madre, luego sus hermanos, su padre, finalmente su esposo y sus hijos. Creo que pude sobrevivir a todas estas adjudicaciones en base a un sincero interés y un especial compromiso con ella, lo que me llevó a una serie de variables en el manejo del encuadre. Como, por ejemplo, tener comunicación conmigo vía llamadas telefónicas o mensajes de texto en los que “a distancia” podía mostrar los sentimientos y vivencias relacionados con sus sesiones.

Así, se fueron notando progresos en sus posibilidades de cercanía. Uno de los últimos mensajes que me envía, dice: “Si confío en ti, me vas a ayudar a confiar en mí a través de ti...”. Formo parte de ella y ella de mí, algo va introduciendo las posibilidades de confianza, empezando simplemente por estar allí, acogiéndola en sus cambiantes momentos.

Sabe que le respondo aunque no la llame, porque a veces la llamo, cuando siento que lo necesita, como cuando en un mensaje anterior me dice “Ayer sufrí todo el día, sentí que me mentías.....” Interpreté que se estaba sintiendo mal, no había podido venir a su sesión por una fuerte gripe (recomendé que guardara cama) y que la inundaban sus fantasmas de abandono y desamparo en un momento de fragilidad, así que la llamé para acompañarla con unas breves palabras que la ayudaron a rescatar nuestra relación y a tolerar el tiempo que faltaba para la siguiente sesión. La idea es que, más allá de lo que le haya dicho, está el hecho de que la haya llamado, que le haya otorgado importancia a su sentimiento de desamparo, que le haya creído, etc.

Desde estas anécdotas y circunstancias, podemos interrogarnos sobre la naturaleza del interés que comprometemos en la tarea. En mi caso, creo que en las vías más o menos transitadas de mi contratransferencia y mi propia transferencia hay lugar para pensar en un aprecio particular, personal, en cada caso, y un interés que permite integrar las bondades de la apertura sincera con el paciente, dentro del marco de lo coherente y pertinente a su evolución terapéutica.

Muestra de interés es responder en la medida de la necesidad, lo cual no implica necesariamente la devolución de una llamada pero sí la posibilidad de acogerla, sin olvidar que también la puesta de límites interesa. Lo peor que puede pasar es que "ninguniemos" al paciente al amparo de argumentos que ignoren la particularidad de cada circunstancia.

Una apoyatura teórica en la que he centrado mi interés tiene que ver con la fenomenología de lo transicional, específicamente con la construcción y o mantenimiento del interés en el espacio de lo potencial a la manera de una madre suficientemente buena, como lo sugiere Winnicott. Así, el interés tendrá en algún momento el carácter de “devoción”, para ir atenuándose hacia los linderos de una relación en la que la intimidad es posible, más allá de la presencia del terapeuta, porque ha sido integrada en su experiencia de vida.

Otra viñeta a compartir: Eugenia me dice al teléfono: “Pedro, gracias por devolverme la llamada, no sabes lo bien que me hace sentir el saber que estás allí”. Eugenia es una paciente que viene a la consulta muy de vez en cuando; no puede asumir el costo de un tratamiento pero suele llamar cuando la actualización de sus carencias la aproximan a una sensación de confusión. Es, entonces, cuando necesita de “alguien que se interese por ella”, como alguna vez lo verbalizara en sesión. Es el tono de voz o el contenido del mensaje en la grabadora lo que me da la pauta de la urgencia de devolverle la llamada; pero, en general, noto que basta con que la llame para que recupere la confianza en sí misma y en su constancia objetal.

“Alguien se interesa por ella”. Alguien “la mira”. Esta situación evoca la idea del niño que necesita constatar que la madre está allí, dispuesta, sólo eso, para poder seguir jugando, siendo.

Encuentro de una dependencia atenuada, reencuentro de naturaleza ansiolítica, allí donde fracasa la individuación, donde es insuficiente la capacidad de estar a solas, donde amenaza el sentimiento de ser absorbido por el sistema, por el mundo y sus demandas, donde se pierden los límites del sí mismo, cuando se hace necesaria la reconexión de esa presencia “gratuita” que nos permite la sensación de ser reconocidos, escuchados, sin ser invadidos, sin respuestas “preocupadas” o reactivas.

Tan sólo un poco de sostén, un punto de apoyo, para emprender otra vez el camino de la construcción del sentido, de la construcción del sí mismo en un mundo de experiencias renovadas, que exigen la impronta de la experiencia de separación y la tolerancia a la pérdida.

El asunto es que la llegué a conocer y a aceptar, aceptación que implica sus limitaciones de economía tanto interna como externa. Por otro lado, ella me ubica en el punto necesario como para confiar en que el sostén ofertado implica también el reconocimiento de los límites, lo que la remite a la simultánea aceptación de sus posibilidades y capacidades para seguir sola... nunca se sabe cuando podrá del todo sola. Aún así, creo que me seguirá llamando, como a veces lo hace, para saludarme o expresarme sus recuerdos y buenos deseos; lo cual, al fin y al cabo, es el remanente natural de una relación de interés mutuo.

Tal vez importe saber, como dice un colega, que lo que paga el paciente es nuestro tiempo... y que el resto es gratuito. Creo que todo paciente aspira a recibir en gratuidad. De esa manera, el terapeuta no estaría allí solamente porque se le paga. Creo que todos necesitamos que alguien se interese en nosotros así. Es una experiencia fundante de la confianza en sí mismo y de la relación con el otro. Alguien que no responda reactivamente y pueda preguntarse sobre lo que uno quiere decir y sobre lo que uno puede estar sintiendo o pensando.

Necesitamos, desde el inicio de nuestras vidas, de alguien que nos interprete adecuadamente, que nos acompañe en el reconocimiento de nosotros mismos. Este acompañamiento no es ajeno a que se den fenómenos de interés identificatorio. El estímulo, el aliento y los buenos deseos del terapeuta son valiosos si no son invasivos, si no constituyen una exigencia narcisista. En él la esperanza es como la del buen maestro, que inspira en su discípulo la posibilidad de superarlo. En todo caso, trasciende a través de él, pero sin que exista otra deuda que no sea la de poder reproducir la experiencia, que en el caso del paciente es el poder ser en la vida desde su propia subjetividad, con posibilidades amplias de realización en el espacio del interjuego simbólico.

Es necesario que el interés derive, en la psicoterapia y en la vida, a ese espacio intermedio, que es el espacio potencial, en donde la extensión resultante del mutuo interés, devenga en creatividad simbólica, en organización de sentido con variaciones cambiantes, que evocan gratamente las vicisitudes del desencuentro y la búsqueda, en el juego interminable que construye la razón del “ser en la vida”, que estimula el mantenimiento del interés y la tolerancia al vacío, al no saber sin desconocer.

De esta manera, se atenúan el horror de la carencia y las consecuencias de la falta. Es más, como dijera previamente, se hace grata la falta dada la posibilidad creativa de partir de ella hacia la sensación siempre evasiva de alcanzar la completud; entretanto, se alienta el interés.

Es así que el interés se nutre tanto por la amenaza de la angustia ante el vacío, como por el refuerzo de la experiencia en el encuentro placentero con el otro y con uno mismo, en la confianza en la no integración sostenida. Esta no integración sostenida supone una suerte de “escisión operativa”, en la que siempre una parte de sí sostiene la ruta, en el ínterin de un juego de intereses que alimentan una experiencia que, a su vez, la retroalimenta... salvo que se pierda el interés.

Eugenia ha logrado una relativa integración pero la pierde, como se pierde el interés cuando nos abandona... o cuando faltan los reflejos del entorno, sea por un hipo del pasado, que nos desconecta, o por habernos enganchado en demasía en vínculos que reeditan las relaciones carenciales. Se configura, así, una suerte de realidad que se confunde fácilmente con el vacío de las vivencias tempranas, porque también es carencial... o porque presenta dificultades para mostrarse “interesante” debido a las necesidades defensivas de las que hemos hablado, con lo cual se pierde con facilidad el interés.

Esto ocurre con Eugenia y su pareja, en la que ambos sostienen demandas de ser interesantes para el otro, en una suerte de “quién afloja primero”, en un “si tú me das, te doy..”, donde casi siempre uno de los dos rompe el juego con algún reclamo de proporciones, que interrumpe el fluir “en confianza”. Alguien reclama altos intereses, ya no hay gratuidad, se pierde la confianza, se ausenta el interés. Se diluye la relación, se presenta el vacío y la dificultad de sostener el sentido de la búsqueda o del encuentro con el otro. La angustia amenaza ante la sensación de soledad sin sostenimiento.

Por un momento, a veces largo, Eugenia pierde los referentes de la experiencia, la presencia objetal interna, el sentimiento de confianza en la presencia de lo ausente. Entonces, recurre a la búsqueda de su objeto confiable, su objeto “usable”, con garantías de verdadero interés en ella; objeto que no reclama la deuda ni permite el endeudamiento (porque cobra por su sesión), que regula la experiencia de gratitud.

Gratitud y gratuidad puede ser una dupla con la que se puede jugar. Los excesos de gratificación pueden hacer que el sentimiento de deuda se incremente, no sólo por las fantasías del paciente sino por la realidad del “desprendimiento” del terapeuta, quien puede llegar a dejar partes de sí en una fantasía omnipotente, en vez de contribuir a construir, o reconstruir, el espacio potencial del “como sí”, de recurrir a lo simbólico que siempre implica una renuncia a lo omnipotente. Es la percepción de la regulación de la respuesta lo que, además, demuestra el interés centrado en el otro, en que el otro se sostenga en su lugar, allí afuera, y no en el espacio de nuestras proyecciones ni tampoco nosotros quedarnos en el lugar de lo proyectado.

Yo reconozco para ella el ser indispensable, en ese minuto de necesidad omnipotente, a la vez que le recuerdo que soy prescindible, a favor del sostenimiento de sí misma, de lo que contribuyo a integrar en su campo de experiencia. Es sencillo, en tanto tengo un real interés en que ella resuelva su situación de manera que no ocupe demasiado mi espacio. Es obvio que mi interés por ella tiene una garantía en el contrabalance de mi siempre vigente interés por mí mismo.

Aún así, si fuera necesaria una mayor ayuda, ella pone el espacio, paga su hora de sesión, se las agencia y viene. Este agenciarse algo tiene, también, que ver con el reconocimiento de sus posibilidades anaclíticas y de la necesidad de ser rescatada de su experiencia simultánea de vacío y de necesidad omnipotente. Una buena acogida le permite volver al mundo de las relaciones objetales. La integración surge accesible y reinstala su completud, con la dosis necesaria de omnipotencia que “generosamente” declina en mi favor (y el suyo, por supuesto).

Hay que estar bien afirmado en nuestro desarrollo personal y profesional como para tolerar las expresiones de “desinterés” de nuestros pacientes. En algún momento ellos sólo esperan recibir, que les prestemos atención. Necesitamos recordar que, usualmente, el interés por el otro ha transcurrido por experiencias de entrampamiento, distantes de la gratuidad propia del interés verdadero, que implica el reconocimiento del otro como tal, como un diferente “interesante” que encuentra un “interesado”.

Es en la práctica de la relación de uso objetal que el vínculo integra el interés, en un más allá del otro, a favor del espacio intermedio de experiencia.

Nuestros pacientes han sido motivo de similares expresiones de demanda por parte de los padres o de personajes del entorno que los han cargado con sus vacíos a los que se sometieron o, lo que es lo mismo, que los llevaron a organizarse en una eterna rebeldía que no los deja ser. Por tal razón, suelen tener desconfianza en los motivos del interés ajeno y, más bien, nos plantean el reclamo de una deuda que no saben definir, es difícil para ellos arriesgar un pedido verdadero.

Solemos advertir que muchas veces los padres tienen un interés “en” el hijo y no “por” el hijo, lo cual, desde diferentes lecturas, genera lo que solemos llamar “un déficit narcisista” o una falla en la confianza básica, que altera el sentido de la función yoica que implicamos en el ejercicio del interés. No hay un lugar claro en la relación con el otro y cunde la confusión respecto a si podemos resultar “interesantes”, sin darnos cuenta que tampoco podemos verdaderamente estar “interesados” en el otro, a quien no aprendimos a encontrar.

Cómo no esperar que nuestros pacientes padezcan de “falta de interés”, de un vacío en sus relaciones básicas en donde el interés original de la madre o del padre era por ellos mismos, no por el hijo; un interés que casi siempre remitía, además, a un sentimiento de deuda, de esas deudas para con el vacío narcisista de los padres “que se preocupan tanto por nosotros”, por lo que “hay que pagar, nomás”.

Como me he excedido en el tiempo, a estas alturas de la presentación, creo que puedo estar dejando de contar con vuestro interés, así es que lo dejamos allí; y, a ver si el interés se retoma desde sus preguntas o comentarios.


Bibliografía

Freud, Sigmund... Introducción al narcisismo. En: Obras Completas. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1980.

Freud, Sigmund... Lecciones introductorias al psicoanálisis. En: Obras Completas. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1980.

Savater, Fernando... Etica para Amador. Barcelona, Editorial Ariel, 2002.

Winnicott, Donald... Realidad y juego. Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.

2001/05 Psicoterapia de la depresión. Perspectiva Psicodinámica.

“Adherencia al Tratamiento Prolongado”.  Simposio de la Asociación Psiquiátrica Peruana, mayo de 2001


Comenzaré con un comentario al título del simposio. El tema “Adherencia al tratamiento prolongado” sugiere un “quedarse pegado” y no precisamente una “adhesión”, que supondría el producto de una elección. Esta condición de adherencia o adhesión toca por igual al paciente y al terapeuta  respecto a las motivaciones y objetivos del tratamiento de la depresión. Un terapeuta “adherido” tal vez se haya constituido en una suerte de apósito en el tratamiento de la depresión. Otra cosa es buscar, en un tratamiento prolongado, encontrar la resolución del cuadro.

El problema mismo de la depresión suele tener relación con la condición de “adherencia”. Las más de las veces, vemos que el paciente no ha logrado desprenderse de un problema, pasado o reciente, que moviliza su sintomatología depresiva. 

La adherencia es una expresión de una modalidad vincular, simbiótica o narcisista que al romperse o desequilibrarse moviliza intensos sentimientos de desamparo o dolor. La consecuencia de la ruptura vincular, de la adherencia primitiva actualizada, deriva en la configuración de un cuadro depresivo severo o de una organización sintomática que busca tomar el máximo de distancia del dolor que la situación origina.


Es así que encontraremos problemas de depresión inconscientes, debajo de los más diversos cuadros sintomáticos o caracterológicos. Prácticamente no hay cuadro sintomatológico que no tenga que ver con la depresión.

Ahora bien, en relación a la elección del tratamiento, en los últimos años se ha ido constatando cada vez más que el mayor beneficio terapéutico se obtiene con la combinación de estrategias, esto es, pensando en tratamientos combinados de psicofármacos y psicoterapia. Esto no quita que en uno u otro caso pueda optarse por el uso de uno solo de los recursos. Los más “adheridos” a sus criterios terapéuticos, sin embargo, pueden seguir insistiendo en la primacía del uso de uno de estos recursos.

Los problemas vinculares primitivos, en donde el compromiso narcisístico es severo, suelen tener como sustrato de origen problemas que denominamos “carencias”, fallas que ocurrieron en circunstancias propias del desarrollo y que no facilitaron el proceso de individuación. Estas "carencias" o déficit tienen relación con el trastorno depresivo al que solemos denominar “melancolía”.

Los cuadros depresivos moderados tienen más relación con lo que conocemos como “conflicto”, es decir, se derivan del sentimiento de tener que aceptar pérdidas que la realidad nos impone. Las pérdidas pueden ser de distinto origen: muerte de un ser querido, falta de cariño de uno de los padres, consecuencias de haber cometido errores, etc. El conflicto suele tener que ver con problemas relacionados con el manejo de nuestra agresión o con fallas a la consideración infantil de los mandatos parentales.

Los cuadros leves tienen que ver más con circunstancias actuales, propias de la lucha por la vida, con sus éxitos y frustraciones.  En ellos el  sujeto suele tener los recursos para enfrentar y hasta enriquecerse de los motivos de su depresión.

Ahora bien, el simposio invita a hablar, por un lado, del afronte psicoterapéutico y,  por  el otro, de una lectura de los tiempos que empleamos para ello.

La psicoterapia de la depresión contempla una amplitud enorme de posibilidades de implementación. Tal vez tantas como pacientes existen. Y, los pacientes que existen, cada vez nos muestran una menor disposición para los tratamiento prolongados.

En pacientes con una problemática depresiva menor, con una  organización personal sólida, puede uno confiar en que sus propios recursos pueden llevar adelante el "a posteriori" de un tratamiento psicoterapéutico breve, de esclarecimiento o apoyo. Siendo que la persona ha tenido una saludable experiencia con el terapeuta, puede regresar si es que lo necesita.

En estos casos, la persona puede estar trabada en un afecto de rabia o resentimiento que el terapeuta puede  ayudar a “negociar”, a favor de opciones que aparecen desde otras vivencias, anteriormente resueltas, o de oportunidades que se pueden estar desperdiciando por la presente trabazón. Revertir el sentimiento de pérdida en ganancia relativa puede ser suficiente en determinados casos.

En otros, marcados en su sintomatología por situaciones actuales, tendremos que contemplar el grado de afectación y la necesidad de otorgar un plazo razonable, que el paciente no siempre está dispuesto a aceptar, para dar tiempo a la recuperación de las funciones del Yo. Hay quienes necesitan saber tan solo cómo es un proceso natural de duelo.

En pacientes con problemas depresivos, que no encuentran solución con los recursos corrientes de su propio  esfuerzo personal, con problemas en su "performance" en la vida, con una intensidad depresiva limitante, con alteración importante de su autoestima, con pesimismo, auto-reproches, fantasías suicidas, etc., tendremos que ir un poco más allá en la indagación de los problemas de origen.

Podemos encontrar mayor o menor compromiso de las estructuras de la persona; debemos precisar claramente la relación entre conflicto y defensa; determinar cuál es el conflicto y cuál la defensa que la persona está empleando, que le impiden resolver la coyuntura actual. De igual o mayor importancia es detectar los recursos sanos o potenciales con los que el paciente cuenta para resolver la coyuntura. Una de las ideas, que suelo tener en cuenta, es la de devolver al Yo el sentimiento de estar conduciendo el proceso de la cura.


Importa mucho detectar el grado de compromiso narcisístico y el manejo que hace el paciente de la agresión, como elemento pronóstico en el tratamiento. Las defensas narcisistas más pronunciadas nos anuncian un mayor riesgo en el desmontaje de las defensas frente al reto de la depresión. No es aconsejable, por tanto, un tratamiento inicial con una metodología que haga regresionar al paciente. Si es imprescindible ir más allá en la indagación analítica, lo aconsejable es un primer momento de apuntalamiento del Yo. Junto con ello, evaluaremos el grado de consistencia que se puede lograr en el desarrollo de una alianza terapéutica.


Con los recursos de una terapia de apoyo, trataremos de apuntalar las defensas, atenuar las presiones que provienen de la culpa por haberse enfermado. En muchos pacientes, resulta útil re-formular el criterio que tienen del "estar deprimido" cambiándolo por el de una oportunidad que se le presenta a la persona y que hay que entender. Este entendimiento tendrá que contemplar, en principio, una ubicación respecto al tiempo necesario para encontrar una mejoría.


En la evaluación de los recursos requerimos también tener en cuenta el entorno, tanto en sus potenciales perturbadores como en el sostén que puede aportar para la superación de la depresión.


Voy a presentar ahora una pequeña viñeta de un caso de depresión que vengo tratando desde hace tres meses y que creo que servirá para ilustrar un trabajo con objetivos limitados.

Tere es una persona de 40 años que es traída por sus hermanos en estado calamitoso. Es muy menudita, delgada. La toman de los brazos, ayudándola a sostenerse al caminar. La envía un colega gastroenterólogo a quien consulta por problemas estomacales. En el momento de la consulta está trabajando. Es contadora y está preocupada porque no rinde como antes. Su cara, estuporosa, tiene la mirada fija, ida.  Aún así, noto que está pendiente y que, por momentos, le es posible responder con una vaga sonrisa cuando la busco. Ha estado tomando Bromazepán, por su cuenta, esporádicamente, durante mucho tiempo.

Me relata que no tiene deseos de vivir, que la vida no tiene sentido para ella. Se siente disminuida y empobrecida profesionalmente; siente que se ha “retrasado”, que hay cosas que han cambiado y ella no comprende bien; y eso la desespera. Su trabajo se ha tornado muy exigente y no puede cumplir; le queda trabajo pendiente. Se  describe a sí misma como una persona difícil y renegona. Participa en una comunidad católica, en actividades de catequesis.

En esta primera entrevista voy haciéndole  devoluciones y algunas confrontaciones. Una de ellas tiene que ver con el sobre-esfuerzo que se está exigiendo: “cómo es posible que sigas trabajando en estas condiciones...”. A la vez, intento atenuar las presiones superyoicas. Negocio con ella una medida práctica: solicitar descanso... o tomar vacaciones...  (Reposo del Yo). Trato de rescatarla de la posición masoquista en la que se está manejando. El mismo tema del esfuerzo puesto en la tarea sirve para reforzar su atención en el registro de sus potenciales, que ahora lucen agotados por el sobre-esfuerzo. Convinimos en que la depresión es una señal con la que su naturaleza le dice “basta”. Y, que hay que tomarlo en serio. Instalamos un tratamiento antidepresivo a base de Reboxetina.

Tengo en claro, desde el comienzo, que me suscita una gran simpatía y eso lo traduzco en el trato. Siento que es importante infundirle ánimo. Al salir, la tomo por los hombros y noto que acepta el gesto dócilmente: “acoge el ser acogida...”, pienso. Le digo “Vas a salir, Teresita,... Confía en eso”.

Aprovecho para decirles que me he estado acordando todo el tiempo del Dr. Seguín y de su “eros terapéutico”, que propugnara como base de nuestro trabajo. Creo que, si bien cada uno puede tener su propia lectura, en mí ocurre que me anima siempre a dejar flotando la posibilidad de alentar, de infundir, de animar a quienes trato. Observo que esto es particularmente útil con los pacientes depresivos.

Una semana después la veo. Me cuenta que le han dado 15 días de vacaciones. Pienso que toma en cuenta lo que le digo y lo ejecuta. Me sorprende que, si bien manifiesta algún alivio de no estar con las presiones del trabajo, siente ahora que la familia, en particular la madre, la agobia un poco con sus atenciones. “Me adivina”, me dice, refiriéndose a que la madre aparece apenas ella necesita algo. 

Evalúa un motivo adicional de su problema actual: “tengo 40 años y ya tengo que pensar en que no voy a tener hijos; eso significa que sigo siendo hija, pero soy muy dependiente” (ella mantiene a los padres). No ha tenido parejas “por mi carácter...” y, además, porque se dedicó a trabajar para salir adelante, desde una situación familiar difícil. El padre, dedicado al trago, maltrata a la madre y luego los abandona, habiendo regresado últimamente. 


En esta entrevista, Teresa viene aún con su expresión demacrada, pero algo de la observación anterior hace un poco más de lugar. Responde al humor aunque se nota reacia a volver, particularmente por el gasto que le significa. No volvió a tocar el tema hasta el presente; al parecer era expresión de su dificultad de gastar en ella misma. En esta entrevista–sesión le recomiendo el espacio del Vídeo Forum del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, como lugar alternativo a quedarse en casa o algún plan para el fin de semana. Sugiero también actividades que ella pueda sostener, desde lo más simple, como hacer una rutina de caminar.


Para mi sorpresa, me la encuentro el sábado en el Vídeo Fórum. Sentada en un costadito, tratando de pasar desapercibida, allí estaba con su hermana. Poco a poco se va abriendo a la comunicación. 

A los 17 días,  vuelve al trabajo. Nos proponemos que lo tome como su “labor terapia”, apoyando a su vez a la expresión de sus limitaciones y sosteniendo los límites de su compromiso en el trabajo. Va retomando en ella la posibilidad de enfrentar más serena el reto de su situación; aún se la ve tomada por cierta rigidez de movimientos y expresiones. 


El trato cálido y cercano es la premisa para alentar cada uno de sus logros. Es notable cómo toma en cuenta cada cosa que le digo y la implementa. Sigue concurriendo al Vídeo Fórum, animándose con la participación del resto de los concurrentes. 


Siendo un buen apoyo para el trabajo sus creencias religiosas, apoyamos el entendimiento de que sea Dios el que le ha mandado esta prueba, la de la depresión, "para superar el orgullo y poder ser más humilde..." “Tal vez mi misión sea la de ayudar a otra gente que esté pasando por lo mismo que yo...”. Denota  capacidad de elaboración propia, la que integro a nuestro trabajo. Tal parece que en el grupo religioso con el que se reúne les dan tareas para superar conflictos y ya le habían ayudado a superar un viejo resentimiento con su padre: “tienes que hablar con él de tu resentimiento...” Habiéndolo hecho así, puede ahora expresarle cariño, cosa que nunca había podido hacer antes.


Comprendimos juntos que llegar a los 40 la estaba afectando de manera especial porque aún guardaba anhelos que, como mujer, no había terminado de elaborar en su sentido de vida. La posición dependiente hasta el masoquismo movilizaba en ella reacciones que no podía entender. El punto actual de “no querer vivir”, lo re-formulamos hacia un “no querer vivir así...”, en donde el Yo pueda orientar con mejor posibilidad definitoria el “cómo quiero vivir”. 

Me sorprende observarla en su reorganización de recursos para crecer en la vida. El grupo religioso funciona como un grupo terapéutico a la vez que como un grupo de realización sublimatoria. Reforzamos sus elecciones y su motivación que, además, tienen el valor de haber surgido de ella misma. Significativamente, me acaba de comunicar que dejará de ir al Vídeo Fórum porque esas son las horas de reunión de su grupo religioso.


Al presente, viene muy bien vestida, tiene una sonrisa cálida, agradable. Reafirma el sentido de su mejoría y aprovecho para reforzar el ejemplo de su perseverancia para lograr objetivos, en este caso su salud. Estamos preparando las posibilidades de ir dilatando las sesiones.


He querido mostrar, con las limitaciones del caso, la evolución de un tratamiento psicoterapéutico de tiempo y objetivos limitados, con técnicas básicamente de apoyo, con implementación activa de los recursos de la paciente y de su entorno, con una reorientación en su sentido de vida que permita el sostén de su proyecto personal para sus próximos 40 años.


Es posible pensar en que Tere pueda trabajar en una psicoterapia psicoanalítica a futuro. También es posible que le vaya bien con su propio esfuerzo, encontrando el aliento desde su propia experiencia.

Los últimos veinte años se han caracterizado por un vigoroso desarrollo, tanto de las neurociencias, con su abrumadora información sobre neurotransmisores y abordajes psicofarmacológicos, como de las técnicas psicodinámicas, herederas del psicoanálisis, que van encontrando cada vez nuevas y más específicas variables de aplicación.

La pretensión hegemónica de una u otra disciplina ha derivado  -a partir de la comprobación de sus limitaciones-  en la creciente verificación de que lo más efectivo, para los efectos de la cura, es una combinación instrumental de ambos recursos (farmacológico y psicoterapéutico). Mente y cuerpo no pueden seguir siendo consideradas por separado. Ha llegado la hora de recordar que pretendemos tratar al paciente, no sólo a su enfermedad.

El sentido mismo de enfermedad es puesto en cuestión cuando consideramos la diferente significación existencial que tiene para el paciente el trastorno afectivo que está padeciendo. ¿La depresión es la expresión del inicio de un proceso de cura o la consecuencia de un derrumbe narcisístico que anuncia un cambio de  residencia sintomático?

Freud, en “Duelo y Melancolía”, nos enseña que hay un proceso depresivo normal  -el duelo-  que acompaña a toda circunstancia de la vida en la que se produce alguna pérdida objetal, alguna separación o cambios significativos en la cotidianidad. La melancolía, en cambio, devendría de la imposibilidad de discurrir por los senderos del duelo, ya que se torna intolerable la aceptación de la pérdida del objeto. En su base hay un aferramiento narcisista. La pérdida se produce en el Yo; su antecedente visible es una carencia temprana, una falla ambiental catastrófica en los primeros años de vida.

En un punto intermedio se ubican las anteriormente llamadas “depresiones neuróticas”.  En éstas, se produce una dificultad de culminar con el proceso de duelo-separación. Razones propias de la presión de un Superyó culpógeno o de exigencias ideales imposibles de satisfacer, acorralan a un Yo que no encuentra otra alternativa que tranzar con las circunstancias internas, empobreciendo su fortaleza, más aún cuando empieza a tener gratificaciones como producto de la depresión.  Su origen sintomático está en el conflicto inconsciente.

Cambios de la vida, conflicto, carencia, depresión: se superponen y abren una compleja gama de posibilidades que necesitamos comprender. Es indispensable, por tanto, tener un claro diseño dinámico de la configuración del cuadro depresivo que nos permita organizar la estrategia terapéutica que cada caso requiera.

¿Qué es un “diseño dinámico”?  Viene a ser una suerte de radiografía de la causalidad del cuadro actual en términos del compromiso que ha originado en la estructura de la persona que lo padece. Pueden emplearse diferentes “filtros” desde los cuales realizar dicha “lectura”. La teoría del Yo nos resulta sumamente útil y accesible. Importa de manera sustancial determinar el grado de deterioro del Yo. Pero, igualmente importante resulta tener en cuenta los potenciales sanos del paciente: capacidades sociales, imaginativas, manuales, intelectuales, introspectivas, etc.

Tenemos que precisar, además:
1.    Los recursos defensivos que utiliza para mantener su organización; el grado de utilización de mecanismos primitivos, como negación, escisión e identificación proyectiva; qué lugar le cabe a la represión.
2.     La fuerza del Superyó; sus niveles de organización; utilidad de la culpa.
3.   La configuración de su Ideal del Yo; cuán sostenedor o perturbador resulta para el Yo del paciente y su autoestima.
4.  Cómo gravita el componente instintual; cuál es la intensidad relativa de su presión sobre el Yo; impulsividad o pasividad.
5. Las perturbaciones provenientes de la realidad en la que el sujeto se desenvuelve.

Siguiendo la línea de Freud, Melanie Klein nos aporta un enfoque alternativo muy útil para la clínica de la depresión: su teoría de las ansiedades paranoides y depresivas. Las ansiedades paranoides suponen un nivel precario de integración del Yo, con fuertes defensas esquizoides. La relación con los objetos es de naturaleza parcial; sólo existen objetos idealizados u objetos malos. La patología depresiva vinculada a esta situación es de naturaleza psicótica, persecutoria; corresponde a la Melancolía. La identificación con el objeto malo omnipotente es muy fuerte. Las fantasías de destrucción omnipotente de sí mismo o del mundo pueden originar una parálisis total del Yo. Un masoquismo intenso intenta mantener la precaria estabilidad del Yo frente a los objetos.

Las ansiedades depresivas, según Klein, surgen concomitantemente con la mayor diferenciación y fortaleza del sujeto, en quien las mociones agresivas y amorosas confluyen ya en su relación con los objetos. La desidealización de sí mismo y de los objetos trae como consecuencia la necesidad de un duelo por la omnipotencia perdida.  La opción por un vínculo real con los objetos lleva consigo la necesidad de cuidarlos, de protegerlos -en principio, de la propia agresión- llegando a tener una responsabilidad sobre lo que le ocurre al objeto y a sí mismo.

Un aporte importante de esta conceptualización es el de la REPARACION. La noción de que el daño o los daños que se puedan ocasionar al objeto pueden ser reparados. Esta misma posibilidad –la de ser reparado- atañe al Yo.  La base necesaria para instalarse en esta posición (de reparar), es el amor. La experiencia de haber recibido expresiones amorosas y de haberlas dispensado, le otorgan prevalencia sobre los impulsos hostiles. Es el amor el que induce a la reparación. Y, la reparación es la esencia misma de todo proceso terapéutico.

Melanie Klein centra mucho su mirada en la perturbación  que origina el componente tanático del sujeto o de su entorno. Podemos ver algo de las vicisitudes de la agresión en la depresión en el cuadro que presenta Hugo Bleichmar[1].

La culpa no es la misma si contiene un alto o un bajo tenor de agresión. Si es atenuada, moviliza la labor de reparación; si la agresión es muy intensa, entrampa el funcionamiento en actividades autopunitivas o proyectivas.

Resumiendo:   La  formulación  dinámica, desde la aplicación del filtro kleiniano, nos informará de la organización del Yo, de la configuración de las ansiedades (paranoides o depresivas), del monto del componente tanático y, por último, de las posibilidades reparativas con que se maneja en sus relaciones objetales.

La clave para entender esta compleja fenomenología nos la dan las fantasías inconscientes, que  subyacen en las expresiones del paciente y que necesitamos entender, en su justa medida, con miras a un proceso psicoterapéutico.

Desde Freud y Klein, podemos recoger otro hecho a tener en cuenta: el grado de organización narcisista de la depresión que nos toca tratar. Las defensas narcisistas dejan poco lugar para una alianza terapéutica y suelen movilizar intensamente sentimientos de agresión, rechazo o impotencia en el terapeuta. Saber esto es clave, no sólo para la salud del paciente; lo es también para la del terapeuta y su oferta terapéutica.

A lo anteriormente expuesto, cabe agregar otros componentes de la enfermedad depresiva -como el entorno familiar, los factores genéticos, la realidad económica, laboral, social, etc.-  que también aportan, en doble vía, a la configuración de la depresión.  Resulta pertinente observar que vamos a encontrar que, problemas depresivos  no resueltos movilizan distintas organizaciones sintomáticas (anorexia, obsesiones, adicciones, promiscuidad, etc). Entraremos ahora al terreno de lo propiamente psicoterapéutico  de la depresión. 

Quiero destacar que el hecho de ser invitado a desarrollar “una aproximación psicodinámica” de la psicoterapia de la depresión, no puede ser más pertinente. Si bien he comenzado sobre una apoyatura teórica psicoanalítica, creo que es en el terreno de la técnica donde se marcan diferencias que hacen justificables las alternativas de denominación “psicoanalítica" o "psicodinámica”. Han surgido a lo largo de los años, varias corrientes dentro de la franja “psicodinámica”. La psicoterapia psicoanalítica es una de ellas y lo mismo ocurre con la psicoterapia de apoyo. A mucha gente le parece, sin embargo,  que la psicoterapia de apoyo no mantiene ya el estatus de analítica. El supuesto de fondo es que sólo con el psicoanálisis se logran cambios estructurales. Por supuesto, no estamos de acuerdo con esta moción.

Antes de adentrarnos en el tema, creo que es un momento propicio para recordar que el maestro Seguín no se cansó de insistir, mientras nos acompañó, que el principal argumento de sostén de cualquier proceso terapéutico es la relación médico paciente. El eros terapéutico que es movilizado por el médico, supone algo más que un simple soporte del tratamiento: es parte de éste.  

Después de 30 años de trabajar en este campo, no puedo menos que reconocer la necesidad de “ponerse con todo” en la relación con el paciente. Eso implica también odiarlo de vez en cuando. El quid del asunto está en mantener una relación suficientemente empática con el paciente, sin desviarse de los objetivos de la terapia. La elasticidad y ausencia de dogmatismo facilitan esta posición y tornan creativa nuestra tarea.   


Voy a referirme a tres eventualidades de mi trabajo con pacientes depresivos:
1.     Embarcarme en un Psicoanálisis.
2.     Desarrollar una Psicoterapia Psicoanalítica de tiempo variable.
3.     Trabajar con Psicoterapia de Apoyo.

La opción por un psicoanálisis surge de la observación de cuadros con sintomatología depresiva manifiesta o encubierta, con una evolución recurrente y en cuyo trámite resolutivo ha fracasado el esfuerzo personal del paciente o las gestiones propias de las terapias de apoyo. Se infiere la presencia de problemas inconscientes que, a manera de traumas, demandan una “regresión reparativa” del “allá y entonces” para poder descontaminar el “aquí y ahora”.

Para realizar este proceso es necesario que el paciente tenga fortaleza yoica y suficientes recursos, entre los que se destacan una mediana tolerancia a la frustración y a la postergación. La capacidad de "insight" guarda relación directa con cualidades introspectivas que favorecerán la labor reparativa necesaria para consolidar una relación equilibrada con los objetos del presente.   

En el camino a la resolución analítica de la depresión, nos encontraremos, en mayor o menor grado, con núcleos de la trama más primitiva del desarrollo de la persona. Los procesos de desidealización del sujeto y de sus objetos lleva indeclinablemente al sostenimiento de un balance narcisista equilibrado. La omnipotencia sintomática deja lugar a una expresión más libre de los sentimientos y emociones, con mayor tolerancia y flexibilidad respecto a los lazos de dependencia. La ansiedad de separación se atenúa por la descontaminación de sentimientos de culpa o desamparo gravoso. La agresión se incluye en una mayor asertividad (autoafirmación conviccional) ante los objetos.  

La compleja relación con el analista no sólo aporta el sostén para el desarrollo del proceso sino que es también fuente de nuevas y enriquecedoras identificaciones con las que el proceso reparativo va reemplazando las investiduras de objeto y representación de sí mismo que se van abandonando en el proceso.     

Así se dio en el caso de Bertha, mujer de 27 años con quien trabajamos desde hace 5. Al principio, fue en un contexto de psicoterapia de apoyo y, desde allí, hemos ido transitando, primero a una psicoterapia psicoanalítica y luego al  psicoanálisis. Mujer muy inteligente y bella, venía a sesión con ropas y arreglos infantiles. Padecía de una serie de trastornos, entre los que resaltaba un cuadro de anorexia por el que estaba siendo tratada por un clínico. Una actitud orgullosa y dominante permitía ver que anidaba en un narcisismo que contrastaba con su evidente fragilidad. Con frecuencia  se deprimía al punto de abandonar transitoriamente sus estudios, pero nunca de tal forma que llegara a perder los cursos comprometidos. No toleraba la idea de un fracaso total y, en el punto límite, haciendo gala de su inteligencia, resolvía la situación. Esto, por cierto, derivaba en una sensación de triunfo maníaco sobre el problema y sobre mí, que poco podía hacer para evitarlo. Faltaba con frecuencia a sus sesiones, cara a cara, de tres veces por semana. Sin embargo, no abandonaba nunca el tratamiento  en forma definitiva. Al principio parecía que era una forma de asegurarse que podía venir a la sesión que le quedaba sin tener que solicitarme nada.      

Evidenciaba la necesidad de tenerme bajo control. No toleraba la cercanía.  Si ésta se producía, era de esperar que faltara a la siguiente sesión. No aceptaba tampoco la medicación que por entonces le prescribía el clínico (y una psiquiatra), oscilando entre dejarlo y tomarlo. Una serie de fantasías la llevaban a dormir tapada y a no poder dejar la mano colgando al costado de la cama. Algo la podía morder. De hecho, antes de solicitarme en consulta, averiguó con una serie de  personas que conocía si era alguien de confianza. Necesitaba además que fuera “alguien importante”.                                    

Tenía momentos de quiebra depresiva mayor, con notorios aderezos histéricos (vómitos, náuseas, mareos). Esto se daba en determinadas situaciones, en especial en los matrimonios. Confrontarse con la felicidad de la novia movía huellas de viejos conflictos y dolores infantiles. Sus padres se separaron cuando ella tenía 5 años. La madre, con quien se quedó a vivir, es una mujer incierta en cuanto a vínculo, de pronto estaba de manera muy intensa y, de un momento a otro ya no estaba allí, a veces físicamente y sin avisar. Bertha tenía profundas dudas de si la quería realmente . El padre colocó en ella toda la intensidad del afecto que tuvo por la madre, originando por un lado confusión y culpa y, por otro, haciéndola pasto de exigencias ideales que  el padre colocaba en ella.         

Al principio el trabajo consistió básicamente en prestarle contención, aceptando el pasaje de “la prueba curricular” (a la que me había sometido antes de venir) a esta otra prueba, en el consultorio, en la que me sometía a las más movedizas proyecciones y “crueldades” en las que, cual niña caprichosa, ponía en jaque mi tolerancia. 

Durante un período de año y medio a dos años no hacía otra cosa que confrontarla con sus contradicciones e incongruencias, tratando siempre de no abonar su ya abultado registro superyoico ni perturbar sus agobiantes exigencias ideales sobre sí misma. Fue importante para ella que aceptara el pedido de que la dejase ensayar con sus recursos, de que confiara en ella. Si bien es cierto que no toleraba mi acercamiento por razones narcisistas, también lo era el que necesitaba una relación distinta a la que había tenido con sus padres, en particular con el padre, cuyo rol me adjudicó de entrada: un ser todopoderoso y tirano, un seductor dominante (el padre le regalaba cosas que eran fascinantes), que la obliga a venir y de quien ella se rebela con sus “puestas al límite”. El padre llegaba a chantajearla con ponerse mal, deprimirse o morirse si ella no hacía lo que él quería.                  

En resumen, era una paciente polisintomática con un trasfondo depresivo en donde el fantasma mayor era el del resurgimiento de una sensación profunda de desamparo vivido muy tempranamente. Como consecuencia de ello, en el momento de empezar a atenderla, tenía fantasías fuertemente persecutorias. Persona muy sensible y perceptiva, había configurado una organización hístero-narcisista para defenderse.        

La primera etapa del tratamiento fue básicamente de reforzamiento del yo, atenuando las presiones de un ideal sobredimensionado por el padre, con el cual se hallaba profundamente identificada en doble nivel, tanto con sus defensas, como con su trasfondo también marcado por ansiedades de pérdida – separación.



[1] Los cuadros pertenecen al libro de Hugo Bleichmar... Avances en psicoterapia psicoanalítica.  Buenos Aires, Editorial Paidós, 1997.
Lámina 1: Duelo por la pérdida de objeto
Lámina 2: Agresividad, depresión narcisista y depresión culposa
Lámina 3: Agresividad, trastornos narcisistas y depresión
Lámina 4: Angustias persecutorias y depresión
Lámina 5: Descenso de la autoestima