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miércoles

2010/08/13 “Enactment” y cambio

Voy a abordar el tema desde una perspectiva particular y compleja, en la cual incluiré una visión básica de la teoría psicoanalítica, de la praxis psicoterapéutica y un esfuerzo de integración de nociones provenientes de las neurociencias.

Aparentemente fue Joseph Sandler el primero en utilizar el término “enactment” , refiriéndose al hecho de que el paciente “arrastra” al analista a conductas que le permiten actualizar una cierta relación de objeto, siendo que éste último responde, en acción espontánea, a estas demandas inconscientes, de origen primitivo, que requieren de una particular expresión vincular en el contexto del análisis. Según Moreno, para Sandler, “haga lo que haga, el analista siempre actúa”.

Agrega Moreno que: “Esto que ocurre durante la sesión, puede ser de índole muy variada, pero con la característica general de que algo que se dice o se hace, y algo que se responde, ambos de forma espontánea y fuera de lo pensado, irrumpen en el marco del diálogo analítico sorprendiendo y cambiando el estilo habitual; puede ser breve o más largo y, después, al recuperarse el intercambio de siempre, debe ser comprendido como una puesta en acto de una escena cuyo argumento no ha estado en la conciencia antes de la acción, y que incumbe directamente al mundo interno del paciente, que inconscientemente ha propuesto ese encuentro y ha arrastrado al analista a jugar ese rol, en el que también está implicado, en mayor o menor medida, su propio mundo interno.”

En un panel, formado por distinguidos psicoanalistas , se discutió el concepto desde este singular enunciado: “El concepto de Enactment. ¿Progreso o moda actual?”. Una de las conclusiones fue que se trataba de un fenómeno por completo inevitable, resultante natural del proceso de intersubjetividad, componente esencial del trabajo en psicoanálisis.
Sin ir a mayores precisiones conceptuales en la definición, trataré de aportar mis propias experiencias y reflexiones alrededor de lo que propongo como un “fenómeno de campo ” propio de las relaciones humanas y su lugar en el proceso terapéutico.

Hace ya muchos años, escribí el artículo “El Cuerpo como Objeto Transicional ” en el que describía la experiencia vivida con una paciente que, al ingresar y al retirarse de la sesión, tenía la necesidad de abrazarme efusivamente mientras murmuraba “abrazos, besos”. Yo correspondía emocionalmente, como quien se reencuentra o se despide de una persona querida.

El espíritu de aquel artículo respira, desde el título, los aromas propuestos por Donald Winnicott en relación a los fenómenos transicionales. Los conceptos de “handling” y “holding” encontraban lugar en un desarrollo que, además, invocaba de manera particular la noción de “presentación del objeto” (la oportunidad de estar allí, en el momento justo) de manera constante.

Habiendo terminado aquel proceso de análisis, hace ya bastante tiempo, podemos decir que la peculiar experiencia terapéutica que compartimos funcionó en ella y se ha mantenido.

Previamente, muy a la manera de lo que ocurre en los fenómenos transicionales, el ritual de contacto físico se fue diluyendo de manera natural. En paralelo, la paciente se fue integrando, encontrando así crecientes posibilidades de regular las desbordantes sensaciones de desestructuración que la habían traído a la consulta.

Siempre la recuerdo con mucho cariño. Me resulta muy grato reencontrarla, cuando la casualidad lo permite, y darnos nuevamente un efusivo abrazo, motivado esta vez por el puro gusto de hacerlo, de saber que está muy bien en la vida y que ahora fluye con soltura, creatividad y una gran seguridad en lo que hace.

He compartido circunstancias diversas de contacto emocional con mis pacientes, a veces simplemente desde formas tonales intensas, enfáticas o alentadoras; otras, con expresiones de afecto o aprecio sincero. En ocasiones, les he permitido tocarme o darnos un abrazo, hacerles una caricia en el pelo, apretar especialmente la mano al despedirnos, cambiar de roles, etc. Siempre, claro, en función de que emergía el gesto espontáneo en el paciente o en mí. Siempre atento al “a posteriori”.

Tengo anécdotas graciosas de sobre-dramatización en momentos muy densos o dramáticos. Les he contado a mis pacientes cosas personales, que asociaba en el momento y que tenían que ver con lo que les estaba pasando.

Hubo un tiempo en que me acompañaba la duda de si estaba haciendo lo correcto. La sensación de transgredir la norma analítica de la abstinencia y la neutralidad movilizaba en mí frecuentes dudas e incertidumbres. Trataba de escribir sobre esto y exponerlo a la opinión de mis colegas. Casi siempre se me respondía que “de eso” no debía hablar, menos aún si tenía en cuenta mi lugar como profesor de técnica.

Es cierto que existía el riesgo de que los colegas jóvenes encontraran en la propuesta una licencia para ignorar la necesidad de contar con una sólida formación antes de abrirse de esta manera a la experiencia con sus pacientes. Ese recaudo sigue vigente. Necesitan saber de los riesgos que supone la cercanía física tanto para el paciente como para el terapeuta. Particularmente si ocurren a destiempo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y ahora observo que se va poniendo en boga la noción de “enactment” y la “naturaleza interpersonal de la terapia”, por lo que me animo a re-examinar el tema con ustedes a la luz de la licencia de los tiempos.

En mi experiencia personal, salvo excepciones, en la mayoría de los casos el resultado fue que se afianzó la alianza terapéutica, se produjo una mayor apertura o creció el sentimiento de confianza en el vínculo.

En tanto así, esta disposición para con mis pacientes es ahora parte natural de mi trabajo terapéutico: una experiencia humana que requiere de un especial sostenimiento desde esa otra sabiduría que nos surge de manera espontánea, refleja, cuando es necesaria, y que proviene de los registros más profundos de nuestro inconsciente afectivo, desde lo más hondo de nuestra memoria implícita. Creo que nunca como ahora percibo la importancia de la propuesta winnicottiana de dejar lugar para el gesto espontáneo.

En realidad, esto nada tiene de extraño si recordamos que nuestra dupla funcional en el trabajo analítico se da en torno a la asociación libre, en un espacio en el que buscamos que confluyan los inconscientes de terapeuta y paciente; donde surgen, en especial, las emociones desreguladas de los pacientes, dadas las experiencias que les tocó vivir, tanto en la infancia temprana como a lo largo de la vida.

Sobre lo que, quizás, no hemos reflexionado lo suficiente es acerca de qué otras implicancias tiene esta apertura, qué implica.

Observemos algunos detalles. En un proceso terapéutico, cada tanto se presenta un “momento especial”, aquél que relacionamos con el “timing”. Se trata de un momento de especial necesidad sincrónica por parte del otro (paciente o terapeuta) y de una oportunidad para que se genere un fenómeno de activación, algo que se me antoja relacionar con el concepto de impronta. Una vía asociativa es expuesta, activada o reconducida a un punto de accesibilidad sensible, casi siempre rescatada de los circuitos inhibitorios del miedo.

Se trata de una vía que se puede volver a recorrer (o empezar a recorrer) con el alivio de la liberación expresiva, con la posibilidad de sentir plenitud y acogimiento sintónico.

En el contexto de las disposiciones, alguien prestó el aliento (el paciente o el terapeuta), se produjo la chispa y se echó a andar la experiencia. A veces, por primera vez, aquello que era potencial o que estaba trabado en su expresión pudo encontrar un lugar en la comunicación con el otro.

Esto tiene similitud con fenómenos propios de la biología del desarrollo y las neurociencias.
A lo largo de la vida, el ser humano tiene “picos” evolutivos de maduración, marcados por programas biológicos que se entroncan con las circunstancias, con el entorno, que las favorece o las perturba en su expresión. En general, son experiencias que tienen la característica de constituir improntas. Son experiencias que dejan honda huella en la memoria emocional; que, al amparo de la neuroplasticidad, expresan cambios estructurales activando o generando nuevas sinapsis funcionales. Es en estos momentos en que es crucial la presencia sintónica y sincrónica de la madre.

La diada funcional entre la madre y el bebé, indispensable para el desarrollo, es ahora suplida por la diada terapeuta paciente.

Esta cualidad interactiva entre el marcador biológico y su expresión, como resultado del encuentro con el entorno, ha llamado la atención de los investigadores de todas las canteras: biólogos, neurólogos, psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras, etc.

Considero que el concepto de “enactment” va adquiriendo recién su adultez, a la par que el psicoanálisis alcanza una mayor madurez, enriqueciendo su bagaje conceptual a la luz de distintos desarrollos que nos van aportando tanto las neurociencias como la biología del desarrollo, la etología etc.

Cabe tener en cuenta que, en estos últimos años, distintos investigadores han ido comprobando que la fortaleza de un proceso terapéutico estriba en la calidad del vínculo que se logre entre terapeuta y paciente, más allá de la técnica que se emplee. Esto lleva a un primer plano la importancia de la alianza terapéutica. Quizás, la experiencia emocional correctiva propuesta por Alexander, hace tanto tiempo, va en ese sentido.

Comprendo que esto arma un revoltijo en la comprensión y manejo de los complicados conceptos y mecanismos de la transferencia, la contratransferencia y del proceso terapéutico en general.

Poner en primer término la importancia de la alianza terapéutica implica, más que una experiencia “mutativa”, como gustan decir algunos, una experiencia “mutuativa”, si tenemos en cuenta que el cambio se suscita en ambos protagonistas.

Tal vez uno de los primeros en tratar de integrar esta dimensión del vínculo en la terapia fue Ferenczi, en cuyos relatos encontramos lo complicado que puede ser un “enactment” y la necesidad de ser sumamente cuidadoso y delicado en su manejo.

En muchos relatos de colegas, vemos que éstos algunas veces se vieron sorprendidos al encontrarse de pronto en situaciones de este tipo y, con mucha timidez, confiesan que éstas tuvieron relación con giros positivos en el proceso terapéutico. A veces, incluso, las describen como generadoras de un cambio radical en la naturaleza del vínculo de trabajo.

En realidad, en la mayoría de los casos, uno tendría que verse sorprendido si tenemos en cuenta la naturaleza del “enactment”: súbita, fuera de programa y que suscita una respuesta espontánea, no calculada por el terapeuta.

El entendimiento de lo actuado ha ido variando, desde verlo como una resistencia (lo cual habrá de evaluarse en todos los casos) hasta considerarlo como la expresión de un contenido profundamente inconsciente que no encuentra otra forma de expresión y que requiere de una respuesta especialmente sintónica, de una experiencia emocional sincrónica muy precisa, que provenga de lo más profundo de la memoria implícita. Se trata de una respuesta mucho más ligada a nuestro saber biológico primario que intelectivo; es una experiencia de encuentro restitutivo de una falla original, allí donde en algún momento se produjo un desencuentro temprano.

En la fenomenología de la sesión, el paciente incluye, más allá de lo verbal, su propio cuerpo, su fisiología misma, sus emociones inconscientes, a las que el analista corresponderá con resonancia sintónica, en cuyo caso el “enactment” se traduce en la línea descrita. Cabe, también, la posibilidad de una asintonía, una falta de resonancia o, lo que es peor, una respuesta reactiva o de rechazo a la propuesta dinámica del paciente, cosa que, también, lleva a formas de actuación, muchas veces reforzadoras de la situación traumática original.

El origen de la búsqueda desde el paciente y la conexión con el analista provendrá fundamentalmente desde las memorias implícitas, las “no olvidadas” y “no recordables”, ligadas esencialmente a emociones y afectos en sus formas más primarias, cercanas a lo corporal y fisiológico.

Los conceptos de identificación primaria y de identificación proyectiva encuentran espacio en esta fenomenología relacional, dando lugar a fenómenos de campo que eventualmente expresan “enactments”, que tienen la particularidad de constituir puntos de cambio, momentos de giro, que hemos relacionado con la “impronta” de la organización cognitiva primaria.

Suele ser que, a partir de entonces, el paciente encuentra mayores posibilidades para la confianza, para abrirse y fluir en el encuentro terapéutico (y en la vida). El otro, el terapeuta, (esta vez) estuvo allí, respondió a las claves afectivas del mensaje críptico de la emoción coartada, y lo hizo con resonancia e intensidad adecuadas, en una cercanía sostenida esencialmente desde el cerebro emocional (derecho), desde el gesto espontáneo, no pensado, menos aún planificado.

Bibliografía

Alexander, Franz... French, Thomas... Terapéutica psicoanalítica. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1965.

Moreno, Enrique… A propósito del concepto de "enactment".  Publicado en la revista nº004 de Aperturas Psicoanalíticas. Revista internacional de Psicoanálisis. 5 de abril del 2000.

1998/04/15 En el umbral del milenio: Perspectivas de la Psicoterapia Psicoanalítica

Encuentro Internacional “En el Umbral del Milenio”.  SIDEA, 15 al 20 de abril de 1998



A más de un siglo de su creación, el psicoanálisis, como era de esperar, ha seguido y sigue desarrollándose. Las ideas originales de Freud han fructificado y echado nuevas semillas en el terreno de la teoría y la técnica. Su desarrollo ha sido tal que en más de una oportunidad se ha dejado sentir la necesidad de alguna “poda”. Eso sí, algo que se mantiene incólume es la noción de Conflicto Inconsciente y, felizmente, aún hay en este terreno mucho por explorar. El polo de atención centrado en el instinto y sus vicisitudes dio pronto paso a la noción de un Yo, de una estructura relacional, un “gerente de relaciones humanas”, desde donde fue reenfocado el sentido del desarrollo, bastante más en función de las relaciones consigo mismo y con sus objetos.

Del mismo modo, la manera de organizarse del Yo fue requiriendo una mayor atención hacia los avatares del entorno y su interrelación con la estructura en desarrollo; es así que adquiere una atención especial la noción de Self y todo lo relacionado con los trastornos narcisistas. Estas diferentes formas de concebir la naturaleza del ser y, por lo tanto, del enfermar, de las dificultades en la posibilidad de alcanzar el objetivo de ser-en-la-vida, tuvieron también que encontrar expresiones en el proceso de la cura, en la técnica. Es así que van surgiendo una serie de modificaciones en la concepción de lo que es el quehacer psicoanalítico.

Una mayor importancia puesta en la empatía sugiere que la relación con el analista es lo más importante. Esto supone que la herramienta principal, la interpretación, no adquiera validez sin esta condición. La noción de la relación por identificaciones proyectivas impone la necesidad de reedición de las fallas primarias, lo que lleva a reformular los criterios de transferencia en favor de una regresión con apelaciones estructurantes, requiriendo de una postura y habilidades muy especiales de parte del analista. En este sentido, el “setting” adquiere una importancia que no tuvo previamente en el trabajo con patologías de origen temprano (pre-edípicas), aquellas consideradas inabordables por su incapacidad de transferencia.

Junto con los avatares del entendimiento de la complejidad interna, los elementos propios de la realidad del entorno fueron también dando luces sobre su influencia pasada y presente: la dinámica de los grupos, la urgencia adaptativa y el desequilibrio de los argumentos externos de sostén del sujeto en la vida extienden la comprensión de las huellas de la originaria novela familiar.

Junto con ello, el encuentro con los elementos sanos del Yo, ha ido requiriendo una mejor comprensión y posibilidades distintas de manejo, a la hora de proponer los procesos de la cura. Así, pudiera pensarse que una intervención que incremente los elementos sanos, los potenciales operativos del yo, puede permitirle al paciente la fuerza suficiente como para balancear y superar las interferencias sintomáticas que lo aquejan. Las alianzas que se hacen para tal fin, en el marco terapéutico o no, la configuración del entorno, la forma de relacionarse, en suma, el mejor manejo de sus posibilidades y el equilibrio saludable de sus recursos defensivos, permiten un margen de confiabilidad en el sentido de un entendimiento de “cura” visto como el rescate de la perdida o interferida capacidad operativa, en la difícil gestión de vivir en armonía consigo mismo y con los demás. En este sentido estamos hablando de los alcances de un importante derivado del psicoanálisis, que es la psicoterapia psicoanalítica.

En paralelo al desarrollo histórico del psicoanálisis, otras disciplinas encontraron lugar y posibilidades de desarrollo, tanto en el terreno de la psicoterapia como en el de la psiquiatría, con un punto culminante en el actual nivel alcanzado por las llamadas neurociencias; y, también, ocurrieron una serie de acontecimientos sociales, culturales y científicos que fueron marcando un contrapunto con la teoría y la praxis terapéuticas. Las guerras y las crisis económicas, coyunturales o endémicas, la inserción creciente en el modelo de sociedad de consumo, la globalización, la informática, las comunicaciones, etc., fueron creando una presión cada vez mayor hacia la necesidad de encontrar recursos que dieran oportunidad de responder a las demandas de una gran masa de población con diversos grados de desequilibrio, no siempre derivado de fantasías infantiles, ni siempre con oportunidad para un abordaje psicoanalítico clásico (como lo anticipara Freud en su artículo de 1918). De allí surgen propuestas que configuran la amplia gama de abordajes comprendidos en la denominada “Psicoterapia Psicoanalítica”, donde la idea central es la comprensión analítica del conflicto, pero con una mayor gama de posibilidades de respuesta técnica, teniendo en cuenta las diferentes posibilidades del paciente, en tanto motivación, tiempo, recursos yoicos y, también, socioeconómicos y culturales.

Diferentes variables de abordaje surgen en concomitancia con esta necesidad de respuesta a la demanda social: la psicoterapia de grupo, de pareja, de niños, el psicodrama, la psicoterapia de familia, de adultos, etc., que complementan tanto la necesidad de cobertura en cuanto a número, como en cuanto a los requerimientos de trabajar sobre el entorno o con el entorno del paciente.

Nuestro país, tercermundista sin atenuantes, sufre de endémicos problemas socioeconómicos que redundan en una bajísima cobertura en los sistemas de salud mental. A esto se suma una administración de gobierno cambiante, con múltiples problemas pendientes de solución, entre los que el rubro salud mental no tiene mayor significación. Esto deja prácticamente en el desamparo a una franja amplísima de la población en lo que respecta a sus problemas psicológicos y psiquiátricos. La iniciativa privada, como es de suponer, tiene los costos propios de una sociedad de consumo; y, los sistemas de seguro médico tratan en lo posible de no incluir en su oferta un rubro que consideran poco atractivo. Este panorama, en lo que respecta a los servicios de psicoterapia y psicoanálisis, es prácticamente nulo.

He allí un reto que nos toca intentar resolver a los psicoanalistas peruanos en este final de siglo; y, es allí donde creemos haber dado algunos pasos de avance firme en el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima a lo largo de sus 15 años de existencia.

Aunque pareciera no tener importancia, el primer gran reto fue el de construir puentes de ida y vuelta en la discriminación entre psicoterapia y psicoanálisis. Tardamos años en abrir espacio a la formación de nuestros alumnos en el ejercicio psicoterapéutico propiamente dicho, sin sufrir angustias de pérdida de la identidad. Esta es una larga historia de clarificación conceptual y desarrollo institucional que favoreció nuestro posicionamiento en la comunidad. Creo que podríamos subdividir este desarrollo en tres capítulos: el de la formación en psicoterapia psicoanalítica, la labor de prevención y la atención psicoterapéutica a poblaciones de menores recursos.

La formación fue una de las primeras motivaciones que nos unió y, como comentara anteriormente, tardamos años en perfilar una formación psicoterapéutica suficientemente diferenciada del psicoanálisis clásico. Encontramos una serie de dificultades que derivaron en dicha dilación. La primera derivaba de una sobre-idealización del recurso psicoanalítico como propuesta de cura. En grados variables, la terminación de la formación de cada uno de los fundadores de la institución era muy reciente y movía a proponerla, sin variables, como modelo de formación. Por el lado de los alumnos la situación era similar. Para muchos era simplemente una opción a la formación en el Instituto Peruano de Psicoanálisis o un paso en su camino hacia esa meta. La resultante natural de esta situación fue que dictáramos cursos exclusivamente correspondientes a la formación en Psicoanálisis.

Lo que abonó a favor de la evolución hacia propuestas propiamente psicoterapéuticas fue, en primer lugar, el que desde el inicio mantuviéramos una permanente indagación y búsqueda a través del diálogo entre nosotros y con los alumnos respecto a nuestros dinamismos grupales, tanto internos como con nuestro entorno, de lo que iba decantando una paulatina comprensión del derrotero a seguir para cumplir con nuestros objetivos estatutarios, en donde estaba claramente explicitado nuestro compromiso de desarrollar sobre la base del pensamiento analítico inspirado por S. Freud pero, también, estaba explícito nuestro compromiso con las clases menos favorecidas.

Y, poco a poco, fueron surgiendo retos que nos llevaron a plantear fórmulas de trabajo con tiempo limitado, de tipo focal o consideraciones propias de la necesidad de abordajes adecuados a las posibilidades del paciente, sea por patología o limitaciones económicas. La demanda de trabajo con instituciones y la necesidad de adecuarse a tarifas y coberturas de seguros (con número limitado de sesiones) plantearon la necesidad de recurrir a respuestas a partir del arsenal terapéutico proveniente de nuestras formaciones previas al análisis (como psiquiatras dinámicos, por ejemplo) o paralelos a éstas (como trabajos en psicoterapia en instituciones extranjeras).

La apertura constante a la reformulación fue haciendo lo suyo hasta que logramos definir el perfil del psicoterapeuta que esperábamos lograr con la formación que ofreciéramos. Fue de trascendental importancia para lograr este fin el que desarrolláramos dos actividades paralelas a la formación: nuestros programas de difusión, en especial el programa radial de uno de nuestros miembros; y, la puesta en marcha de nuestro Programa de Proyección Social, dirigido a dar atención a los sectores de menores recursos.

Creemos que toda esta evolución ha sido favorecida por una ausencia de entrampamientos en relación a cumplir con exigencias de funcionamiento “ortodoxo”, como ocurre en las Sociedades Psicoanalíticas afiliadas a la IPA. No por ello se ha perdido consistencia. Es más, creemos que se ha favorecido un sólido desarrollo y el paulatino afianzamiento del sentimiento tanto de identidad como de pertenencia en el campo de la psicoterapia psicoanalítica. La sensación es que se ha llegado a un punto consistente de diferenciación y creemos que hasta es posible que promueva saludables identificaciones con nuestras instituciones hermanas, sin desmedro de la valoración de las diferencias, siempre y cuando supongan lo que son: diferentes formas de praxis, adecuadas a objetivos suficientemente bien definidos.

Me referí a la labor de prevención como factor gravitante en nuestro camino hacia un posicionamiento dentro de la praxis psicoterapéutica-psicoanalítica. Esta labor ha tenido que ver con la comprensión de la necesidad de llevar a nuestra población a una posibilidad diferente de comprender el psicoanálisis y la psicoterapia, no desde la charla ilustrativa, temática, sino desde un compartir nuestras interrogantes y, en el mismo momento y con ellos, tratar de encontrar respuestas que les resulten útiles a quienes participan de la experiencia. Es así que hemos desarrollado un estilo de comunicación radial informativo-experiencial donde, sin lugar a dudas, se puede pensar en efectos terapéuticos. Además de los preventivos derivados de la información misma, es interesante observar cómo las consultas por problemas puntuales van resultando una respuesta a nuestra intención de que puedan analizar las circunstancias de su vida integrando la noción de las causalidades, inconscientes o no.

Además del Programa Radial, se desarrollan actividades de Video Fórum, desde hace ocho años, en donde el público tiene la oportunidad de ampliar su mirada hacia una comprensión fácilmente aplicable a sus propias circunstancias de vida. Es interesante observar la creciente participación del público, en el debate, con una profundidad que, en muchos casos, excede a la del conductor.

Por último, se desarrollan actividades de encuentro con el público en nuestro local institucional, en donde, a partir de algún tema y con la oportunidad del público presente y contando con mayor tiempo, se puede ahondar en las inquietudes de los participantes-consultantes, encontrando respuestas que estimamos pueden, en muchos casos, favorecer el que la misma persona desarrolle el resto de la labor resolutiva. Obviamente, de estas experiencias surge en muchas personas la toma de conciencia de su necesidad de recurrir a un proceso psicoterapéutico.

Decíamos que de la labor de difusión radial preventiva derivó un entendimiento de efectos terapéuticos, sobre los que volveremos a hablar más adelante. Pero, más allá de ese fenómeno, se empezó a dar una demanda sostenida de atención psicoterapéutica por parte de personas con limitados recursos económicos. En principio, dicha demanda estaba dirigida a la persona del conductor del programa radial y, como quiera que le era imposible atenderlos a todos, pensamos en concretar un sistema de atención que en otras oportunidades habíamos ensayado: un grupo de admisión recibe al paciente, lo diagnostica y lo deriva a un equipo de terapeutas (en principio ex-alumnos de nuestra Escuela), que atenderían sus necesidades en el rubro apropiado (psiquiatría, psicoterapia de adultos, psicoterapia infantil, etc.). Al principio se realizaba una supervisión mensual conjunta; posteriormente, al crecer el número de terapeutas, se fueron organizando equipos de supervisión conducidos por egresados y graduados de la institución, que aportaban su mayor experiencia. Estos, a su vez, evaluaban sus trabajos de supervisión en reuniones con los demás supervisores. Así, se fueron unificando criterios, tratando de sostener la premisa de orientarse hacia el trabajo por estrategias que contemplen la puesta en práctica de recursos terapéuticos de naturaleza breve o focal.

Desde el segundo o tercer año de funcionamiento del Programa de Proyección Social, se empezaron a realizar jornadas anuales con miras a investigar nuestra labor. Así, pudimos tomar conciencia del alto índice de deserción del tipo de población que nos requiere. La mayoría de ésta se mantiene en expectativas más bien cercanas a lo que ocurre en el programa radial, en donde se apela a la orientación, a las respuestas puntuales y a las intervenciones de apoyo al yo. Por otro lado, sus limitaciones económicas no contemplan las posibilidades de un tratamiento prolongado. Esta toma de conciencia derivó en que el equipo de admisión tuviera en cuenta la necesidad de, en algunos casos, hacer entrevistas con intervenciones terapéuticas, con el fin de resolver lo posible y/o, en todo caso, motivar u orientar al paciente en la resolución de sus problemas. Todo este estado de cosas y tomas de conciencia nos llevó, hace ya un tiempo, al desarrollo de cursos de psicoterapia breve, por entonces faltantes en el currículo de nuestra escuela.

Al final, la integración de los alumnos al programa, como parte de su formación, permitió agregar un cuarto eje a las clásicas exigencias de terapia personal, supervisión y seminarios. Con esto logramos una mejor sistematización y seguimiento, tanto del proceso de atención de pacientes con estas características, como el de la formación de nuestros alumnos en el terreno de la psicoterapia y de la labor social, acorde a la realidad del país.

Un detalle notable a la hora de intentar el trabajo en base a estrategias terapéuticas es la observación de grandes resistencias en los participantes en todos los niveles. Una falta de credibilidad en el recurso a las terapias breves o, tal vez, una tendencia a retener al paciente por tiempo prolongado, fomentada por la formulación analítica clásica, eje de nuestra formación, así como los procesos terapéuticos personales por los que pasamos todos los que nos hemos formado en esta disciplina, hace tender hacia una repetición del modelo a la hora de la práctica terapéutica.

Probablemente un mayor énfasis en fomentar este trabajo desde la participación de quienes lo propugnamos, haciendo entrevistas filmadas, pueda favorecer el mejor entendimiento de lo que se pretende. De esta manera, esperamos disminuir el índice de deserciones en favor de un mayor número de altas. Asimismo, estaremos en capacidad de lograr una mayor cobertura para la creciente demanda de atención que estamos observando en nuestro sistema y lograremos, también, el objetivo de un perfil de terapeuta con posibilidades amplias de intervención, en particular en estas áreas de las demandas populares.

Estamos evaluando el retomar sistemas de trabajo que combinen charlas informativas con dinámicas grupales en los niveles de mayor deserción, allí donde pensamos que la expectativa puede estar más cercana a la que la radio brinda: respuestas puntuales a interrogantes propias de sus momentos de vida. Es probable que de estas experiencias surja una mejor comprensión del proceso psicoterapéutico que solemos ofrecer. En las oportunidades en que se desarrollaron estos encuentros con el público, los resultados fueron muy favorables pero, dado el mayor compromiso organizativo, no han tenido tanta continuidad como sería deseable.

En cuanto a la organización de nuestro video fórum, al presente su programación está totalmente conducida por alumnos de nuestra escuela. Cabe mencionar que, en circunstancias en que nos robaran los equipos de proyección, pudimos saborear la grata experiencia de solidaridad de muchos colegas psicoanalistas y psicoterapeutas, quienes colaboraron comprando entradas anticipadas (que ojalá se animen a usar). Otras personas colaboraron prestando equipos o dándonos facilidades para comprarlos, todo lo cual nos permitió resarcirnos y continuar ininterrumpidamente hasta el presente. La gratitud, en éste y otros terrenos, nos reafirma en el objetivo de compartir lo mejor que cada uno puede aportar para potenciar nuestros desarrollos. Esa es también parte de la enseñanza -implícita- que estos modelos de trabajo buscan transmitir a los alumnos en formación en nuestra Institución: un desarrollo formativo basado en la vocación de servicio, inscrito en el contexto de la realidad social en la que vivimos, conscientes de nuestra necesidad de mantenernos unidos, más allá de las diferencias (sostenidos por ellas mismas y no a pesar de ellas).

Como proceso natural en la búsqueda de acercarnos a la población, desde fines del año pasado, con el sólido apoyo del Centro de Psicoterapia, hemos comenzado la aventura de publicar una revista de divulgación, en lenguaje sencillo y accesible, en donde se pueden ampliar los temas que en los programas radiales quedan limitados por el tiempo. Ha sido un reto asumido con gran compromiso y en el que vamos ganando experiencia. Hemos editado ya nuestro cuarto número y vemos con satisfacción que cada número sale mejor que el anterior. La respuesta del público es buena y esto va permitiendo un paulatino mejor entendimiento del pensamiento analítico. Esperamos poder contarles más sobre esta experiencia en un futuro.

Acordes al desarrollo de la tecnología en comunicaciones y en base a nuestra positiva experiencia a lo largo de casi nueve años de responder llamadas-consulta por vía de la radio, hemos aceptado la invitación de conformar un equipo de terapeutas que respondan consultas por vía telefónica. Esta medida pretende, también, llenar el vacío observado en nuestro programa de Proyección Social, en donde un gran número de personas con necesidad de atención no concurre a la consulta luego de hacer la solicitud telefónica. Pensamos que un primer nivel de atención por esta vía (telefónica) puede resolver parcialmente este problema y, en todo caso, orientar al solicitante respecto a medidas a seguir para lograrlo. La tarea, además de contar con un plantel de mucha experiencia, estará sostenida por una permanente supervisión e investigación de campo.

En otro nivel de participación, como parte de nuestros compromisos con la comunidad, tuvimos la feliz oportunidad de colaborar en el Concejo por la Paz, en los momentos más álgidos del terrorismo en el Perú. Como parte de una comisión, hicimos una evaluación analítica y dimos sugerencias que fueron incluidas en el informe que se le acercó al gobierno. Como anécdota, podemos contar acerca de una oportunidad en que, prácticamente en medio de bombas y con los pelos de punta, logramos llegar al lugar de reunión. Con la perspectiva del tiempo, una honda satisfacción y, por qué no decirlo, un sentimiento de orgullo surge con estas evocaciones. Algún colega generoso, por aquellas épocas, trató de disuadirnos de participar, tal vez pensando que así “nos salvaba la vida” a más de suponer que se trataba de un esfuerzo inútil. Sea como fuere, estuvimos en lo que pudimos y el principio se mantuvo: el participar solidario, integrar el registro de una realidad que nos movía en amenaza y temor y, por último, reconocer, más allá de matices personales o políticos, a quienes estaban dispuestos a enfrentar con valentía a los que parecían próximos a ajusticiarnos.

En la actualidad, muchas veces nos resulta imposible dar respuestas ideales a la demanda de cada vez más instituciones que desarrollan actividades similares a la que desarrollamos nosotros en Proyección Social, pero, alguna alternativa surge: supervisar su labor, buscar voluntarios, esperar un mejor momento o más información, etc.; pero, en principio, nos plantean el reto de organizarnos cada vez mejor, a la vez de ser muy conscientes del riesgo de sobredimensionar nuestras posibilidades.

Consideramos, pues, en el umbral del milenio, que el futuro nos demanda más que nunca el trabajar unidos, el no desgastarnos en marcar diferencias antes que coincidencias, el tratar de encontrar en cada uno lo mejor de sí, el sabernos utilizar positivamente, que es algo totalmente diferente a “explotar” o someter.

Creo que el futuro nos lleva indefectiblemente a la necesidad de una mayor integración de nuestros esquemas referenciales, desde el psicoanálisis y los aspectos propios de la dinámica del inconsciente hasta la realidad exterior, hasta los objetos de la realidad, con su influencia en la problemática actual y remota en el conflicto del paciente. Las posibilidades de apoyo resolutivo de la problemática actual del paciente encontrarán, así, mayores recursos en la búsqueda de la salud, partiendo de una mayor consideración y respeto por la validez de la recuperación del equilibrio funcional, apostando, también, por un “a posteriori” terapéutico a cargo de la persona misma en su proceso de vida.

Necesitamos adecuarnos a los cambios que los tiempos nos marcan, al ritmo enloquecedor de la sociedad de consumo, la globalización, los cambios políticos, sociales, al crecimiento poblacional, a las nuevas formas de violencia, a los cambios en los valores, en las formas de comunicación, en los riesgos ecológicos, etc. En fin, a todo aquello que ha movido a que nos reunamos aquí hoy, no sólo a los psicoanalistas, psicoterapeutas, psicólogos o psiquiatras, sino, a los representantes de todas las áreas del quehacer humano. Es el ejemplo mismo de lo que necesitamos hacer en el nuevo milenio: integrarnos, no olvidarnos que el fin primordial de cualquier constitución del planeta es proteger a la persona humana. Pero, dada justamente su naturaleza humana, necesitamos tomar conciencia que, de quien más necesitamos protegerla es de los desvaríos de esta misma naturaleza que la conduce a repudiar tantas veces el registro de su inermidad frente a la emergencia del Tánatos desligado de Eros.

1994/11/25 Identificación proyectiva y patología borderline

III Jornada Interna del CPPL: “La Intervención en Psicoterapia Psicoanalítica”, 26 - 27 de Noviembre 1994



Es posible que todos sepamos, por lectura o referencia, que los pacientes con trastornos psicóticos utilizan, para relacionarse, mecanismos de identificación proyectiva.

Tal vez otros hayan obtenido este mismo conocimiento sobre la identificación proyectiva desde hallazgos ilustrativos en el ejercicio de su trabajo psicoterapéutico, psicoanalítico o –por qué no- psiquiátrico. Puede ser, también, que hayan vivido el fenómeno sin saber de qué se trata.

La experiencia me dice que es relativamente frecuente –más bien la norma- que no nos percatemos cuando se están produciendo fenómenos de esta naturaleza. El hecho de que transcurran esencialmente en el plano inconsciente de la situación de campo -es decir, en el terreno de la comunicación inconsciente-inconsciente entre el paciente y el terapeuta- hace que sólo nos demos cuenta si tenemos un cuidado especial en observar nuestro acontecer en la relación con el paciente.

Muchas veces, un síntoma físico nos da la señal; otras, será una fantasía, un sentimiento súbito, un sueño, una actuación en el “setting” o fuera de éste, etc. En estas y otras circunstancias posibles, un contenido del “self” del paciente penetra en el mundo (“self”) del terapeuta, promoviendo desde allí dichas consecuencias.

Si nos percatamos de ello, estaremos a tiempo de utilizarlo para la comprensión de la dinámica del paciente. Esto es más fácil en los casos en los que “la visita” no irrumpe de manera demasiado arrasadora. Podremos, así, darnos cuenta del “mensaje” que el paciente nos quiere hacer llegar de esta manera. En principio, se trata de la necesidad del paciente de poder “habitarnos”, de que nos podamos hacer cargo del contenido que nos está “encomendando”. Para este trámite, requerimos una capacidad consistente de preservar nuestra identidad e integridad, manteniéndonos a resguardo de las posibles cargas agresivo-destructivas que se nos hacen llegar por esta vía.

Esta fenomenología intenta reinstalar un vínculo por fusión. A través de un vínculo fusional temprano el sujeto quedó interferido en su evolución, en la problemática de individualizarse y, por supuesto, de individualizar; quedó atrapado en el punto justo del pasaje de la lectura subjetiva de las cosas al manejo objetivo de las mismas, allí donde la omnipotencia primaria requiere de garantías para declinar a favor del juicio de realidad. Parte de estas garantías provendrían, en el ejercicio terapéutico con este tipo de pacientes, de la capacidad del terapeuta para sostener, por un tiempo, las identificaciones proyectivas que su paciente le haga llegar.

Esto es fundamental, a mi entender, en el proceso de la cura de estos pacientes, proceso durante el cual reproducen la situación no resuelta de su pasado estructural, la falla estructurante (o desestructurante) que deriva en este tipo de estructura.

Por este motivo, no podemos permitirnos el lujo de poner en un lugar secundario a este difícil, importante y muy oscuro mecanismo, sabiendo que, al enfrentar este tipo de patología, habrá que vérselas con éste.

El terapeuta requiere conocer, más que en otras patologías, los alcances de sus posibilidades personales y su eventual fragilidad frente a este fenómeno. Incluso, es posible que, al término de una jornada atendiendo a estos pacientes, el terapeuta termine “cargado” y hasta, en el caso de una fragilidad especial, “quebrado” y/o con una propensión a actuaciones lesivas para consigo mismo, su entorno y/o –por qué no- hacia el mismo paciente, protagonizando hacia él agresiones, ataques interpretativos, provocando la interrupción del tratamiento, etc., etc.

Ya en circunstancias corrientes es necesaria una cierta labor de “descarga” de parte del terapeuta. Escribir, elaborar el material, supervisar, reunirse con su familia, con los amigos, entre otras acciones, son los modos usuales en que uno “se rescata del bombardeo cotidiano de las identificaciones proyectivas”.

Cabe agregar que, para estar al alcance operativo de las identificaciones proyectivas, hay que poder “abrirse”. Si estamos muy estructurados, muy parapetados tras los artificios de la técnica, podemos rebotar todo intento de llegada de dichas identificaciones proyectivas. Hay, pues, una “apertura profesional” que facilita este proceso, tal vez emparentable con la atención flotante (apertura del inconsciente del terapeuta).

Algunos autores psicoanalíticos, como los Baranger (citados por Etchegoyen) plantean, incluso, que un proceso analítico cualquiera no es completo si no se ha llegado a trabajar en el terreno de las identificaciones proyectivas; y, creo que esto es particularmente válido en el caso de los borderline.

Ahora, veamos que, así como hemos dicho que el terapeuta puede ser vulnerable a las identificaciones proyectivas del paciente, debido a las fragilidades estructurales o circunstanciales propias; pensemos, también, que el border es sumamente vulnerable a las identificaciones proyectivas de los demás. Es posible verificar que, en muchos casos, llegan a “especializarse” en recibir las cargas de las identificaciones proyectivas que los demás buscan depositar en él. Por cierto, lo más probable es que esta condición haya desarrollado a partir del vínculo con una madre que lo necesitó para tal efecto, es decir, para colocar en su bebé los contenidos menos gratos a sí misma. Suelo compararlo con lo que ocurre con el cuy, usado por el curandero para “sacar los malos humores” y, eventualmente, el “daño” de su paciente.

El bebé crece en medio de un proceso de especialización para ser “esponja” de las identificaciones proyectivas de la madre (o del entorno). De esta manera, logra tener un lugar en su medio y sobrevivir. El clima que acompaña a esta resultante constitutiva de su estructura suele ser de malestar, cuando no de amargura, no pudiendo escapar a su suerte, dada su condición temprana de inermidad frente a las identificaciones proyectivas de la madre.

La simbiosis original no se resuelve y, así, el bebé es parasitado por la madre, a quien ciertamente no le apremia para nada terminar con esta situación. Los límites no se estructuran y se instala una condición de membrana permeable, una criba, frente a las identificaciones proyectivas del entorno, constituyéndose, así, en el bebé, una manera de vincularse con los demás.

Es, entonces, un factor importante en la estructuración border, el que la madre no haya sostenido las identificaciones proyectivas de su bebé y, más bien, le haya impuesto las suyas. Vale la pena aclarar que me estoy refiriendo a identificaciones proyectivas desfavorables, persecutorias y lesivas para el bebé, vinculadas posiblemente con la envidia, a la manera como nos lo presenta Melanie Klein en su original propuesta sobre identificaciones proyectivas.

Hago esta salvedad ya que coincido con algunas publicaciones relativamente recientes que, a diferencia de Klein, proponen que las identificaciones proyectivas también son posibles en relación a contenidos buenos y benéficos para con el objeto y que llegan a formar parte, tal vez, de los primeros “objetos internos”. En este caso, la expresión de los contenidos de la madre, en su aproximación identificatoria con su bebé, diría que puede darse casi de la misma manera en la que le transmite los anticuerpos que lo protegen de algunas enfermedades. Creo que las diferentes propuestas sobre esta lectura inducen a pensar que este mecanismo permite acercarse al interior del otro, llegar a incluirse y, en caso de necesidad, poner parte de sí en el otro.

El proceso de individuación trae consigo la posibilidad de simbolizar. Con ello, va declinando este mecanismo a favor de la palabra. Pero, justamente alrededor del fracaso de la individuación, está, también, el de la simbolización y el funcionamiento con predominio del proceso primario, por ende, del vínculo a partir de la identificación proyectiva. Con esta dificultad tendrá que vérselas el terapeuta cuando trabaja con el paciente border, a diferencia de lo que ocurre con el neurótico. Con este último, la labor tendrá que ver básicamente con el levantamiento de la represión, para que surja lo reprimido y el inconsciente muestre las fallas, producto del conflicto edípico.

En el border, el inconsciente está allí, a flor de piel, y desconcierta al desprevenido, en especial cuando se reviste de una apariencia neurótica y sorprende por su capacidad de involucrarnos, de “meterse en nosotros” de una manera inesperada, promoviendo sensaciones ominosas. No hay mayor posibilidad para el “insight” y las cosas giran más alrededor de lo concreto, en una suerte de “in” o “out”, según penetren o salgan contenidos del self. Tampoco quedan muchas posibilidades para la interpretación.

En el trabajo con el paciente border, el concepto de “holding” se hace indispensable y permite, acaso, un sostén para que el terapeuta pueda confrontarlo, en el aquí y ahora, en un proceso que es necesariamente largo. La labor de reconstrucción sugiere la necesidad de una capacidad particular; tal vez aquella que señala Winnicott en la madre capaz de poder enfermar con su bebé en la tarea de ayudarlo a ser. No es, por cierto, la madre primitiva omnipotente, aunque por momentos funcione como tal. Es más bien aquélla que requiere y admite el sostén de su entorno: su marido, su propia madre, etc. Así como esa madre, el terapeuta, en estos casos más que en otros, requerirá sostén. Su propio análisis, la supervisión, su formación profesional, etc., serán indispensables, además, claro está, de la asistencia de su propia madre interna, asimilada a su propia receptividad.

Dada la inmensa fragilidad del paciente y su disposición “especializada”, es muy riesgosa la posibilidad de introducir en el campo de la terapia contenidos propios del terapeuta; y, más aún, cuando estos contenidos surgen como expresión de identificaciones proyectivas; en particular si provienen de núcleos primitivos no resueltos en el terapeuta, cargados de hostilidad agresivo-destructiva. En estos casos, el paciente se “percatará” del malestar de su terapeuta, haciéndolo suyo, poniéndose mal o teniendo fantasías, sueños, etc., relacionados con lo que a éste le pasa.

La reproyección apresurada del terapeuta, las interpretaciones a destiempo, son vividas por el paciente como un ataque o como un rechazo, como una reacción ya vivida previamente en su historia temprana. El terapeuta debe saberlo, especialmente el principiante siempre ávido de hacer interpretaciones “inteligentes”, pero no necesariamente acordes con lo que requiere el paciente.

Volviendo al tema de la fragilidad del border, he llegado a considerar de una manera importante, en su tratamiento, ayudarlo a protegerse de las identificaciones proyectivas de las personas de su entorno, que lo estén usando como depositario. Ayuda a este fin el mostrarle cómo se expone, cómo se carga y cómo, también, absorbe el malestar de aquél que le está transmitiendo dicho malestar.

En esta labor, trabajamos de una manera intensiva con una paciente que funcionaba de una manera muy, pero muy, eficiente pero siempre terminaba totalmente absorbida por su jefe, llegando incluso a desesperarse tratando de realizar propuestas utópicas de éste, al punto de no dormir, buscando encontrar las fórmulas imposibles. Toda su vida estaba absorbida por esto, teniendo, incluso, problemas con su marido y sus hijos. Se llegó a determinar que la paciente había llegado a constituir una especie de “folie a deux” con su jefe y que, al momento de la consulta, esto la había desbordado totalmente. Anteriormente, con otros jefes y parejas, le había ocurrido algo similar.

Se vio la necesidad de ayudarla en la tarea de estructurar no sólo sus tiempos y espacios sino, también, aspectos de su totalidad como persona, ya que funcionaba “fuera de sí” y siempre estaba dispuesta a ocupar el lugar del eslabón que le faltaba al otro.

Una observación interesante fue que, a medida que ella fue reestructurando sus límites, su jefe empezó a expresar necesidades de consulta que, al poco tiempo, derivaron en que la esposa de éste requiriera un tratamiento.

Este último ejemplo, apretadísimo por cierto, muestra algo que es más bien frecuente observar en las relaciones de pareja con características simbióticas, en donde uno de los dos tiende a depositar sus contenidos denigrados en el otro, en un vaivén interminable y siempre difícil de resolver, dada la común búsqueda de sostener la naturaleza simbiótica del vínculo.

1983 Psicoanálisis, Mito y Realidad


Pedro Morales Paiva
Congreso Peruano de Psiquiatría, Asociación Psiquiátrica Peruana. Lima, 1983.


El tema que voy a desarrollar, creo que, de alguna manera, tiene que ver con reflexiones vinculadas con la elaboración del término de mi formación psicoanalítica. Me refiero, obviamente, al período formal de dicha formación ya que, en realidad, ésta nunca termina.

Como forma de ir ubicándonos en la materia en cuestión, empezaré echando una ojeada al concepto de mito. El diccionario de la Real Academia Española (4), en su decimonovena edición, nos dice lo siguiente: “… fábula, ficción alegórica, especialmente en materia religiosa”. Sobre fábula encontramos la siguiente referencia: “… ficción artificiosa con que se encubre o disimula la verdad…” “relación falsa, mentirosa, de pura invención, destituida de todo fundamento…”

Estas dos definiciones tienen un argumento común respecto a la circunstancia mítica y es que se está frente a una situación en la que hay una verdad tan sólo aparente y con una intención que tiene que ver con el ocultamiento de algo. Todo esto estaría, a su vez, relacionado con las circunstancias que les son propias a las religiones.

Es interesante descubrir en el libro “Mitología Griega”, de Georges Meautis (3), que etimológicamente el término mito sólo quiere decir palabra, discurso, en oposición a acción. Este autor menciona, asimismo, que en Homero tiene el sentido de relato (verdadero o falso) y que es recién en el siglo V cuando por primera vez aparece su sentido de ficción en oposición a relato verídico. Entiende este autor como natural que el sentido de ficción aparezca en forma tardía, ya que antes los relatos sobre dioses y héroes eran considerados como reales.

Veamos, ahora, lo que nos dice sobre el mito un autor psicoanalítico. Tomaremos, para tal efecto, uno de los trabajos presentados por Mauricio Abadi (1) sobre este tema, en la Asociación Psicoanalítica Argentina. En éste, Abadi reúne una serie de características que constituyen lo que denomina “el encuadre religioso del mito”. Estos caracteres serían -a su entender- la esencia del mito.

El primero de dichos caracteres  –y, para el autor, la condición “sine qua non”-  es la postulación de lo numinoso, es decir, “dios padre (o madre), asumido como contenido (consciente o inconsciente). Existe dios, dios es y es para siempre, más allá del deterioro del tiempo, más allá del devenir humano, más allá de la muerte”.

Otra cosa que señala el autor en su artículo (1) es que el mito es fundante de un rito, de un ritual de conmemoración, y rememora la epifanía de lo numinoso. Al respecto, dice: “… no solamente la liturgia, el ceremonial manifiesto evoca la epifanía del mito. También, lo evocan innumerables conductas grupales, que son, en último término, ritos desacralizados. ¡Cuántos de nuestros hábitos sociales son inconscientemente la prolongación desacralizada y/o reprimida de rituales originariamente manifiestos!”

Otra idea, que extraigo de ese trabajo (1), es que el mito tiene una esencia mágica. Dice Abadi: “… todo mito intenta subvertir la subordinación del acontecer psíquico al principio de realidad. No hay mito sin pensamiento mágico, sin un intento de cerrar lo real entre paréntesis, de declarar suspendida la vigencia de lo real”.

Encuentra, también, este autor, que es característico del mito el ser normativo y que sugiere las leyes fundamentales de la convivencia entre dioses y hombres, entre padres e hijos. Dice al respecto: “… la moraleja que siempre se desprende de todo mito recuerda el respeto que se debe a los padres y el arrepentimiento y la expiación si se viola su ley”. (1)

Hay muchísimas más cosas que este autor aporta sobre el tema en su interesante trabajo pero, por razones que tienen que ver con la orientación de estas reflexiones, me he limitado a extraer sólo las citas anteriores.

Desde las propuestas conceptuales que nos encaminan a la comprensión del fenómeno mítico, resalta el sentido falaz y mágico, lo cual, a su vez, nos remite a una característica del proceso primario. El proceso de mitificación tendría, como principal pretensión, mantener vigentes las leyes o principios del proceso primario.

Como destaco a lo largo de este trabajo, esta circunstancia cumple con una necesidad implícita, que corresponde al sistema preconsciente-consciente; es decir, la de instalar los contenidos o valencias del inconsciente en una dimensión simbólica accesible al entendimiento y a la transmisión desde un nivel de representación adecuado a las características del entorno.

Desde este punto de vista, las palabras también son míticas, ya que pretenden dar cuenta de fenómenos o cosas que desde sí mismas no son.

Quisiera enfatizar que, para que una mitificación se estructure como tal, es necesario que el sujeto, que se aproxima a ese fenómeno, no tenga conciencia de ello. Es decir, que no pueda cuestionarse el fenómeno mismo y, por lo tanto, aproximarse a la realidad de la dimensión de representatividad o sustitución que lo mitificado supone.

El surgimiento de la palabra implica el reconocimiento de la incapacidad de tramitar con el recurso omnipotente de la satisfacción inmediata del deseo. Desde el comienzo, la palabra conlleva esta primitiva pretensión; pero, también, admite la presencia de otro: un otro distante de la original situación simbiótica, que deviene en mítica en el intento de dar cuenta de ella.

Ahora bien, para que un mito pueda ser mantenido, requiere de un cierto refuerzo desde las confluencias grupales. Esto no contradice el que existan mitos estrictamente individuales, pero los movimientos grupales favorecen la mitificación con la consiguiente merma del razonamiento crítico.

Si surge un elemento, un líder representativo, con fuerza y exigencia respecto a un nivel determinado de convicciones, medianamente sostenido por la razón pero fuertemente amparado por contenidos afectivos primarios, además de movilizar sentimientos de exclusión, de castigo, de no afecto, de no identidad, el mito indefectiblemente se instalará y el líder irá adquiriendo una dimensión de poder cada vez mayor, la que constituye un fuerte atractivo para quienes buscan la satisfacción de sus niveles más primarios de realización.

Así, el saber, el conocimiento y el desarrollo personal no importan tanto como la representatividad y el poder omnímodo. La sensación correspondiente a esta situación es la de poseer el falo, aunada a un sentimiento de falso triunfalismo y permanente rivalidad respecto a todo aquello que suponga una propuesta diferente, frente a la cual habrán manifestaciones de encono, rabia y profundo resentimiento; expresiones propias de una ruptura narcisista cualquiera.

Pese a lo planteado y en aparente contradicción con lo que desde ello pudiera pensarse, es necesaria la mitificación, es importante revestirla emocionalmente con caracteres y libido narcisista. La esencia misma del poder creativo está en ello.

Cierto es que se trata de un desfiladero por el que es fácil caer en la concreción de un mito. Para atravesarlo, para encontrar la resultante creativa, hay que sustraerse al “canto de sirena” que supone la tentación de erigirse en “dueño de la verdad”, engrosando las filas de quienes por coincidencia se encuentran en la misma dimensión y alimentarán tal convicción. Estos “elegidos” quedan revestidos por un halo mágico-omnipotente. Son los héroes, semidioses que mantienen un poder oculto. Singularmente, es muchas veces desde los demás que se alimenta esta sensación de poder, ya que a éstos les subyace esta misma avidez de poder.

Vemos, hasta aquí, que la inicial y escueta propuesta del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española ha ido tomando cuerpo en relación a las implicancias del mito. Podemos pasar, entonces, a tratar sobre el nexo propuesto entre mito y psicoanálisis,  que es el título del presente trabajo,


Mito y formación psicoanalítica

Una de las cosas que, en primer lugar, se me ocurre abordar, es lo que atañe a la formación psicoanalítica. Toda esa serie de requisitos y exigencias que hay que cumplir y que, en más de una oportunidad, me hicieron sentir que estaba en medio de un rito de iniciación. Pero… ¡es que se parece tanto! Hay condiciones que tienen que cumplirse de todas maneras y que, de no ser así, conllevan el riesgo de algo parecido a la excomunión.

En todo este trámite es difícil transcurrir sin sentirse verdaderamente comprometido. Las aguas que encontramos en su curso nunca dejan de ser movidas y tal vez sólo desde la quietud del “después” podemos echar una ojeada al “entonces”.

La prosecución de la carrera aparece muchas veces como estimulada por el premio de convertirse al final en un iniciado, en un semidiós, poderoso y omnisapiente. ¡Tener el falo… ser el falo! Bueno… y llega el final y no hay omnipotencia ni falo. Claro está que depende de cada situación particular. Existe el riesgo de que al final de todo este proceso tengamos a un elegido, a un semidiós que se niega a aceptar la frustración y se erija (o se erecte) como poseedor del consabido falo. No hay un seguro contra tal situación.

Lo interesante es que, en la mayoría de los casos, ese mismo proceso de formación “iniciática”, tan estricto y duro, tan desconcertante y difícil de entender, es el que se encarga de posibilitar la salida de aquel deslumbramiento fantástico.

Mirando retrospectivamente y alimentando mi caudal de convicciones respecto a la formación analítica, creo realmente imprescindible el psicoanálisis individual del candidato, más allá del eufemismo que se le adosa con la denominación de “didáctico”. Creo esenciales las supervisiones y controles y necesaria la aproximación a una revisión teórica amplia. El derivado de este conjunto, el final, tendrá, así, menos de saber absoluto y de omnipotencia. Es el final en el que la muerte del ideal narcisista es imprescindible (para que pueda renacer y matarlo nuevamente). Se dará paso, así, a la posibilidad de encontrar satisfacción en las prebendas que el no saber aporta al saber creativo.

Es posible, como antes mencionara, no lograr este objetivo; y, la consecuencia más visible es el entrampamiento en la situación mítica, la necesidad de revestir elementos personales o teóricos como representantes de algo más que un concepto o de una manera de pensar las cosas.

Desde esta circunstancia, encontraremos la presión hacia la conformación de adhesiones incondicionales y absolutas a las enseñanzas impartidas por los maestros, una suerte de militancia o religiosidad en el manejo de los planteamientos teóricos o técnicos, donde la posición personal o grupal son propuestas como la única verdad, en desmedro de cualquier otra posible lectura. Esta situación no puede llevar a otra cosa que a la rigidez y al empobrecimiento, a la limitación en el desarrollo de lo esencial, ya que la intención está más cercana a la falsía mítica que a la verdad.


Mito y teoría psicoanalítica

A la situación anteriormente descrita contribuye la conocida resistencia humana a abandonar sus reductos narcisistas. Al decir de Leclaire (2), la necesidad de matar al ideal narcisista deviene en tarea cotidiana. Desde esta condición permanentemente actuante, es difícil sustraerse a fascinaciones y sobre-dimensionamientos y así ocurre, por ejemplo, con la lectura de los textos de Freud, cuyas obras son tomadas con la reverencia de libro sagrado (no en balde muchos le dicen “la Biblia”); y sus conceptos, como corresponde a un libro sagrado, son tomados como “palabra santa”.

¡Qué pobre homenaje se hace así a sus enseñanzas! No hay nada más ajeno a este autor que los conceptos cerrados. Muy al contrario de sus lectores “míticos”, no deja de cuestionarse, de reformular cada idea, así haya constituido ésta un elemento esencial de sus teorías. Creo que el gran legado de Freud, su gran enseñanza, es el amor por la verdad, esa búsqueda permanente del conocimiento, del saber auténtico, que es la esencia del quehacer psicoanalítico.

Esta búsqueda del saber, desde el psicoanálisis, nos aleja del mito a la vez que nos aproxima a él. En este último sentido, estoy aludiendo a las construcciones teóricas, utilizadas como referentes de aquello que pretendemos abarcar. No debemos olvidar que la estructura, el cuerpo teórico mismo del psicoanálisis, está sustentada en planteamientos míticos que requieren, para su aceptación, de un acto de fe.

Conceptos como “instintos”, “inconsciente”, “aparato psíquico”, etc., son estrictamente intentos de llenar el vacío de verdad tangible. Siendo así, es imprescindible tenerlo en cuenta a fin de cubrirse del riesgo de mitologizar la teoría, entrampándose en ella.

El verdadero trabajo analítico no parte de una premisa teórica que busca su verificación. La esencia de esta búsqueda consiste en hallar la verdad, aquella verdad que, tarde o temprano, aparece ante nosotros. Es ésa la verdad de la que sabemos tanto… ¡y a la vez tan poco!

La verdad surge muchas veces pese a las ideas del analista. Los referentes teóricos, en más de una ocasión, funcionan como interferentes de su quehacer comprensivo. La teoría se reconstruye día a día, aportando de a poco las piezas siempre cambiantes del complejo rompecabezas que es la mente humana.


Mito y Técnica Psicoanalítica

Así como Freud fue modificando sus teorías en el curso de su desarrollo como psicoanalista, también la técnica vio la necesidad de ir ajustando sus variables a los nuevos conocimientos provenientes de la experiencia.

Suele ocurrir que cuando un autor psicoanalítico cree encontrar una variable válida y digna de ser propuesta a sus colegas como posibilidad de modificar la técnica, ésta origina una primera reacción de desconfianza y hasta de rechazo. Es natural que así ocurra. Pasa en todos los campos. Lo que considero resultado de una situación mítica es que esta propuesta de modificación no sea examinada y tal vez reconocida. Es tan falaz el rechazo a priori como la aceptación inmediata, entusiasta y carente de toda reflexión.

Creo que los parámetros establecidos en torno al trabajo analítico requieren ser evaluados adecuadamente e incorporados en el trabajo del psicoanalista, con el cargo de una larga digestión en la que tendrá que encontrar cabida el sedimento de su experiencia personal.

Cuando iniciamos nuestra labor como psicoanalistas, muchas veces nos preguntamos cuál es la mejor actitud: ¿quedarnos en silencio?, ¿ser neutrales?, ¿distantes?, ¿interpretar sistemáticamente?, etc. Y, así, muchas veces caemos en el error de querer aplicar el sistema aprendido como receta de cocina. La verdad es que no existe una receta que se pueda aplicar de forma indiscriminada. La única conducta válida, en el curso de un tratamiento, será aquélla que surja de la específica circunstancia de cada caso. No debemos olvidar que nuestra labor como psicoanalistas busca más la vía del “levare” que la del “porre”.

El manejo de la técnica supone pues, también, la necesidad de rescatarse de la mitificación de las enseñanzas recogidas desde las supervisiones, la teoría y hasta desde el análisis personal. Es, en suma, la tarea de procesar los niveles de identificación primaria que se nos pudieran remover a lo largo de esta aproximación a la técnica.

Cuando no hemos podido delimitar adecuadamente los alcances y limitaciones de la técnica psicoanalítica, caemos en el riesgo de su prescripción inadecuada. No se puede proponer indiscriminadamente el psicoanálisis a quien sea que concurra a nuestra consulta. No todo lo podemos resolver con nuestra técnica y esto es mejor que lo tengamos muy presente, a fin de evitar confrontarnos con esta realidad desde el fracaso del tratamiento y, en el peor de los casos, desde situaciones iatrogénicas.

Desde el entrampamiento mítico respecto a los alcances de la técnica, el analista puede llegar a pensar que lo puede resolver absolutamente todo, tal vez hasta los problemas sociales que constituyen el entorno de la patología. No podemos perder de vista el conjunto de recursos terapéuticos, de los cuales tan solo formamos parte. Por último, no debemos perder de vista que se trata de resolver el o los conflictos del paciente y no de sustentar una teoría de la técnica.


Mito y Psicoanálisis

Muchas veces es el paciente quien viene con la propuesta mítico-transferencial de la mano con su solicitud de tratamiento, con expectativas que sobrepasan la posibilidad del analista (o del psicoanálisis mismo). Otras veces, la expectativa desmesurada proviene de algún familiar del paciente e, incluso, -situación no poco frecuente- de algún colega psicólogo, psiquiatra o psicoanalista.

Todos, absolutamente todos, tienen el derecho de establecer sus idealizaciones, pero la indicación de un tratamiento psicoanalítico tendrá que trascenderlas si es necesaria otra indicación terapéutica.

El paciente siempre tratará de integrarnos en su sistema mítico desde la transferencia. Muchas veces quedaremos entrampados en nuestros niveles narcisistas y creeremos, con el paciente, que lo podemos resolver todo. El paciente puede esperar del psicoanalista algo así como “un acto divino”, que hará que los problemas desaparezcan; pero, ya sabemos desde dónde surge esa propuesta.

A esta visión del “psicoanalista-mago”, que todo lo resuelve con una “interpretación-clave”, contribuye, creo, una difusión (y un entendimiento) parcial del acto psicoanalítico. La idea del viejo Freud “exorcizando” a sus pacientes, liberándolos de sus parálisis o cegueras, muy al modelo de Charcot, dificulta el entendimiento de la necesidad de un proceso de desarrollo de la cura. La ruptura de este mito, desde la realidad del ejercicio mismo, conlleva para muchos un desengaño narcisista, a veces irreductible. Este desengaño muchas veces se liga con el de otros y de esta juntura surgen, también, distorsiones del análisis, pero esta vez en un sentido negativo. Aquel héroe omnipotente y salvador deviene en estafador charlatán. Surgen, así, los más duros e injustos reproches de quienes no ven satisfechas sus desproporcionadas demandas.

Quienes tienen la idea de que el psicoanálisis es tarea fácil, no conocen de estos avatares. Nada más lejos de la realidad que creer que se trata de una cómoda y lucrativa actividad. El costo es alto y nunca suficientemente compensado desde lo material. No crea nadie que es tan sólo el ejercicio de aplicación de una jerga especializada en manos de un hábil interpretador.

La realidad de un analista trabajando es la de una persona en un solitario ejercicio, la más de las veces frustrante, cargado de agresiones e inundaciones transferenciales, que sus circunstanciales acompañantes no dejan de traer al consultorio.

Casi nunca el analista es “él mismo” mientras transcurre en esa inestable marea que es el movimiento transferencial-contratransferencial. Cotidianamente, se pone a prueba su capacidad de discriminar lo propio de lo ajeno y requiere de una permanente confianza en que su vacío de entendimiento de hoy arribará alguna vez al puerto de la comprensión más amplia y, también, de que de ello se obtendrá la resolución de la siempre complicada trama conflictiva de sus pacientes.

Aún al final, cuando la reconstrucción y el trabajo de elaboración complementan la labor interpretativa, tendrá que -en lo posible- dejar de lado sus propios ideales, permitiendo el espacio necesario para que sea el paciente mismo quien reescriba su historia. Esto es difícil y, más de una vez, nos encontramos “deslizando” alguna sugerencia, rompiendo con la asepsia y neutralidad ideales del psicoanálisis. Acaso, después, tengamos que ayudar a elaborar también esos contenidos, tratando, en todo caso, que su asimilación no se sustente en la idealización.
  

Una extensión sobre el mito del título profesional

Otra de las reflexiones que surge desde mi formación como psicoanalista, durante estos años, es el hecho de que no se otorgue un título de tal. Luego de cierto desconcierto, me di cuenta de que había tenido la necesidad de contar con ese “cartón”, que dijera que yo realmente era psicoanalista.

Tomé conciencia de que toda mi vida se desarrolló en medio de un entorno que espera el título, el citado cartón, como sinónimo de que se “es” alguien.

En lo personal, los más grandes desvelos de mi padre estuvieron relacionados con que sus hijos fueran profesionales. Desde allí, algo de mi expectativa tenía que ver con él. Pero ya mi padre podía sonreír desde su tumba con los títulos de médico y psiquiatra.

Esta vez fue diferente. Fue algo “más mío”. Tuve que llegar a la meta con esfuerzo y decisión, con mucho amor propio y vocación de sacrificio. La satisfacción del camino recorrido valía mucho más que cualquier cartón. Me había reencontrado en el proceso.

De vuelta en mi lugar, en mi país, aún me queda el poder mantener esa sensación. La expectativa y adjudicaciones del entorno tienden más a facilitar el “buen falo” antes que la “buena castración”.

Antes de terminar, invito a reflexionar sobre la estructura en que nos desarrollamos y la terrible tendencia a funcionar más en el “como sí”, en el entrampamiento mítico de los títulos y las referencias sin sustento pero con pretensión. La formación analítica, como cualquier otra, requiere mucho compromiso y un amor profundo por la carrera, junto con el deseo de crecer, de rescatarse del “sabidismo” criollo hacia la sabiduría profesional.


Bibliografía

1)   Abadi, Mauricio… La construcción entre la historia y el mito. Buenos Aires, Revista de Psicoanálisis, (5):865-883, 1980.

2)   Leclaire, Serge... Matan a un niño. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1977.

3)   Meautis, Georges... Mitología griega. Buenos Aires, Librería Hachette, 1982.

4)   Real Academia Española... Diccionario de la Real Academia Española. 6 tomos. Madrid, Real Academia Española, 1970.