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jueves

2019/09/18 Semblanza psicopatológica de los trastornos del deseo

Semblanza psicopatológica de los trastornos del deseo 

Ubicarnos en el entendimiento del deseo y su devenir, normal o patológico, nos tiene que colocar en un principio en el entendimiento de su significación.

Revisando la etimología[1] del término, encontramos que proviene del latín “desiderare”, compuesto por el prefijo “de” y la palabra “sidus, sideris” (estrella, constelación). En tanto así, provendría de “de sidere”, de las estrellas. Podríamos entender que, en el origen, suponía que la gracia de los dioses sostenía el destino de nuestros deseos y realizaciones. Tenía un sentido más cercano a lo mágico y cósmico, trascendiendo las particularidades del sujeto.

Más allá de la etimología, la Real Academia Española[2], nos aporta otros posibles entendimientos del “deseo”. Rescato el siguiente: Movimiento afectivo hacia algo que se apetece.   

Desear, pues, sería anhelar, sentir apetencia, aspirar a algo. El deseo, por tanto, es el anhelo de cumplir una voluntad o de saciar un gusto. En ocasiones, el deseo surge del recuerdo de vivencias pasadas que resultaron placenteras. Cuando el anhelo por una situación del pasado se torna muy intenso y genera tristeza, se habla de nostalgia…  En otros casos, el deseo es motivado por la potencialidad que se le confiere a aquello que se desea.    El deseo forma parte de la naturaleza humana y es uno de los motores de su conducta.

Sin ánimo de entrar en las múltiples lecturas teóricas que se pueden hacer del deseo, centraré mis puntos de vista en la observación evolutiva del deseo, a partir de la genética y la neurociencia. 

Tengamos en cuenta que el bebé humano debuta en la vida provisto de un potencial indispensable para la sobrevivencia. Éste se expresará mediante impulsores de búsqueda de un complemento, con una programación preestablecida. A partir del encuentro (o desencuentro) del bebé con el complemento, que moviliza su búsqueda, se da comienzo al desarrollo de un registro sensorial y vivencial, el cual se inscribe en lo que llamamos “la memoria implícita” o “huella mnémica”, de naturaleza totalmente inconsciente.   

Dada la condición de absoluta incapacidad del bebé de valerse por sí mismo, el sentido de la búsqueda inicial está indefectiblemente ligado a la necesidad de sobrevivencia, por lo que tiene marcadores muy sensibles respecto a la consecución o falla de esta búsqueda. En estos momentos, importa el encuentro del otro, allí donde es necesario que esté, tal como se espera que ocurra; de ello depende la vida misma.

En el proceso de búsqueda del objeto original participan inicialmente los sentidos, en particular el olfato. A ello se suman complementos para lograr el objetivo de contactar con el entorno protector requerido. Estos complementos son expresiones emocionales y de movimiento, como el llanto o la agitación motriz, que aumentan la presión de la demanda de contacto y atención. No se olviden de aquel dicho popular “quien no llora, no mama”.

Para tener una idea de estos potenciales genéticos de búsqueda, tomemos como ejemplo la realidad observada de que el bebé recién nacido, puesto en el vientre materno, calmado por el calor y contacto con la piel de la madre, por propia gestión, logra encontrar el pezón materno en el lapso aproximado de una hora. Observaciones al respecto han sido realizadas por Nils Bergman en Sudáfrica durante muchos años[3].

Estos momentos iniciales de búsqueda y encuentro del objeto están movilizados por la necesidad de sobrevivencia. Los logros en la relación con el objeto de la necesidad lo protegen del sentimiento de riesgo de muerte y de la angustia de desamparo, medidos en las observaciones de Bergman[4], como un significativo incremento del cortisol sanguíneo ante la separación o ausencia del cuidador.

El registro de la experiencia de encuentro con el objeto de la búsqueda, que puede partir del contacto de piel o el hallazgo y succión del pezón, quedan registrados como una impronta en la memoria implícita.

Quiero relevar el hecho de que desde el comienzo hay un monto energético de búsqueda, componente que habitará posteriormente en el desarrollo de la experiencia y la construcción del deseo; pero, en este momento inicial, tiene una particular importancia el registro del encuentro del objeto de la búsqueda, es decir, del sujeto de quien vamos a ser objeto de atención, con quien se establecerá luego una interacción en la que se intercambiarán roles de sujeto y objeto y se establecerá una mutua estimulación sintónica.

Todo lo anterior constituye el fundamento de la relación basada en la necesidad y el establecimiento de las memorias requeridas para la organización emocional y la integración del ser. Estamos hablando del “cableado” constitutivo de la organización del cerebro límbico del bebé, del hemisferio derecho que es el que muestra mayor predominio de desarrollo durante los tres primeros años.

Un punto central será la experiencia de encuentro, a partir de la cual, el sujeto, sostenido por el entorno, puede fluir desde sus potenciales. Es desde allí que encuentra plenitud el desarrollo de las bases de lo que conocemos como inteligencia emocional y confianza básica. Digamos que, en esencia, se trata de la capacidad para relacionarse empáticamente con el otro y explorar el entorno; de configurar sus deseos y expectativas respecto a sí mismo y a ese contexto en el que le ha tocado vivir, que eventualmente se extenderá en las dimensiones de lo que le gustaría (desearía) explorar (salir, viajar, hacer su vida fuera de los linderos familiares, etc.).

La necesidad de encuentro, a partir del esfuerzo de búsqueda, irá derivando a formas espontáneas de conexión e interacciones lúdicas, desde donde paulatinamente se desplazarán las inquietudes de búsqueda hacia objetos sustitutos de la madre y a una mayor independencia de ella. Una descripción oportuna y teorización pertinente, sintónica con lo expuesto, la encuentro en la visión de Winnicott sobre lo que llama objetos y fenómenos transicionales.

Las fallas en la etapa de necesidad también dejan huellas en la memoria implícita, en una forma que conocemos como registros de carencia o de déficit, lo que supone experiencias negativas en el encuentro con el objeto de la búsqueda o en las experiencias requeridas de interacción con el cuidador. Estas fallas pueden ser de grados variables, pero dejan un común denominador de vacío, de ausencia de una experiencia que debió ocurrir, que no se activó, generando, en cambio, emociones negativas, de desesperanza o rabia. De ello derivan distorsiones o dificultades en la posterior constitución del deseo.  Se trata no solo de la expresión de las dificultades afectivas sino, también, de una integración defectuosa del sí mismo, de sus deseos y de su sentido en la vida.

La adecuada complementación en la relación con el cuidador deriva paulatinamente en posibilidades de individuación y separación de los objetos originales, encontrándose en esta nueva etapa nuevas posibilidades de expresión de la búsqueda, expresada en una natural disposición para la exploración del entorno y una ampliación de la experiencia personal.

En esta etapa es cuando ya va tomando forma la noción de deseo, en una orientación diferente de la original necesidad de preservar la vida. Junto con ello aparecen expresiones relacionadas con el no deseo, el rechazo de lo que pudiera haberse estado aceptando previamente de manera pasiva, vinculado al deseo del otro. Se trata de un delicado tema que requiere ser tomado en cuenta, como una expresión más de la necesidad de reconocimiento del bebé como sujeto singular.

En estas expresiones, la satisfacción corre de cuenta del deseo de hacerlo por sí mismos -ya no asistidos por el cuidador- con una gratificación diferente que parte de la autoafirmación y del sentimiento de poder sostener la realización desde sí, desde la libre expresión de su potencial de hacerlo o lograrlo. Son experiencias que fortalecen al yo, generando huellas que contribuyen a su futuro compromiso en la búsqueda de satisfacer sus deseos.


En el curso de la vida, en el a posteriori de estas instancias tempranas, tendremos como resultado expresiones del deseo que muestran el sello de origen a través del tenor emocional que las acompaña. La gran diferencia se establece allí donde encontramos, de fondo, una problemática entrampada en la dimensión de la carencia; allí donde se complica el sostenimiento del equilibrio del deseo, poniéndose a prueba las fortalezas del yo y sus posibilidades para balancear sus debilidades o déficits.

Voy a hacer, a continuación, un desarrollo descriptivo de algunas características sintomáticas que se nos presentan en la clínica y que tipifican el trastorno en la configuración del deseo.

Al momento de estar ordenando las ideas para esta presentación, me vino a la mente un ejemplo, que considero oportuno en relación a esta temática. Surge en realidad de mi experiencia de vida cotidiana, en el marco del ejercicio de las buenas costumbres, en el edificio donde tengo mi consultorio. Una mañana, hace poco más de un año, yo bajaba en el ascensor. De pronto, éste se detuvo unos pisos más abajo (yo estoy en el piso 15) y subió un hombre a quien no había visto con anterioridad, de unos treinta y tantos años, con la barba sin afeitar, a quien saludé con un movimiento de cabeza. Para mi sorpresa, me replicó, alterado, que yo siempre saludaba de esa manera, que “¿por qué no saludaba como la gente?”. Me quedé callado por un instante, sin saber qué decir, para luego escucharme diciendo “¿Parece que le molesta que lo salude así?” Me respondió: “Claro, pues, ¿cómo no me va a molestar…? Eso no es un saludo, mejor no haga nada”. Fin del viaje. El ascensor llegó a la planta baja y, ya saliendo, mientras se alejaba apurado, le dije “Buen día”, sin encontrar respuesta de su parte. Quizás lo sintió como una ironía o burla. La verdad, ahora que lo escribo, no sé si trataba de ser conciliador o burlón. ¡Tratándose de mí, tengo que tener cuidado! Pero, por lo menos en mi intención consciente, primaba lo conciliador; correspondía ayudarlo a calmarse; no me había molestado con él; es más, no tenía registro de él como vecino (lo cual podría ser también una causa de su enojo).

En primer lugar, perfilemos la presencia de una persona que sube al ascensor con deseos de saludar o de ser saludado, de mostrarse y ser reconocido como buen vecino, tratando de ser o mostrarse amable. Notemos que muestra una falla en la lectura simbólica del saludo. Mi saludo gestual no fue registrado por él como tal. La frustración de su aparente expectativa, movilizó en él una inmediata reacción de enojo, expresión de una inmensa sensibilidad y vulnerabilidad. Parecía sentir mi saludo como una ofensa.  Se dio un viraje súbito hacia una emoción opuesta al supuesto original. Expresó, así, un movimiento afectivo de naturaleza binaria: blanco o negro, lo saludo como él desea o se enoja. De la misma manera, la cualidad del objeto parecía entrampada en esa otra dualidad: amigo o enemigo.  Actuó su enojo impulsivamente, enrostrando al causante de su frustración por la desmesurada afrenta, convencido, además, de la razón de su enojo, con lo cual mostraba fallas en el juicio de realidad, con prevalencia de la fantasía omnipotente y persecutoria.

Es posible, también, pensar que se sintió “ninguneado” por mí, que tal vez nos habíamos cruzado en otras oportunidades sin que percibiera de mi parte una direccionalidad amable hacia su persona. Dada la alta vulnerabilidad en el sustento de su autoestima, tendríamos, como resultante, que movilizó sus expresiones desde una compensación omnipotente que buscaba restituir una herida narcisista. De cualquier manera, en los mecanismos empleados para dar cuenta de su búsqueda de relación, predominaban formas primitivas, con mecanismos de proyección masiva, dejando notar un trasfondo carencial que no permitía sostener la cualidad de un deseo o garantizar su realización. En todo caso, para un lector calificado, queda el registro de una demanda inmensa de atención que no puede ser tramitada. 

El efecto que pudiera originar en su objeto oscilaba entre la confusión, el miedo, la respuesta hostil, el alejamiento y hasta, eventualmente, el entrampamiento en una discusión estéril. Mi respuesta, que intentaba llamar su atención a que lo había saludado a mi manera, tan solo tuvo el efecto de acentuar su desborde, por lo que ya no cabía el diálogo. Lo que necesitaba ahora, era alguien con quien discutir o pelear, estaba atrapado en su emoción hostil. No me volví a cruzar con él. Nunca sabrá que ahora me habitan sentimientos de gratitud hacia él por haberme ayudado con el material para este trabajo

El fracaso en la tramitación del deseo de acercamiento suele condenar a la soledad, con una profundización del sentimiento de vacío que hace inviable la satisfacción de los deseos afectivos de cercanía o reconocimiento. No pueden trascender la trampa narcisista en la que suelen encontrar algún grado de estabilidad emocional. Acaso la compañía de una mascota ayude en esas circunstancias. Son ideales para alguien que requiere de la incondicionalidad de su objeto.

Aunque, bueno, pasa de todo en esta vida. A propósito de mascotas, me acuerdo de otra anécdota de la vida cotidiana. En el inicio de mi jornada laboral, caminaba por una calle, a la vuelta de mi casa, y me encontré, llegando a la esquina, con una escena en la que un perrito de mediana estatura, más bien pequeño, ladraba frenético a otro más pequeño que cruzaba por la acera de enfrente. Ambos llevaban traílla y eran sujetados a duras penas por las empleadas que los habían sacado a pasear.  Prudentemente, al momento de pasar junto al ladrador histérico, tomé la mayor distancia que la calle permitía, con tan mala suerte que fue justo en el momento que mi movimiento llamó su atención y la señora que lo sujetaba tuvo un instante de mayor flaqueza y el perrito saltó sobre mí, alcanzando a morderme el pantalón y rasgarlo de manera increíble. De pronto, quedé con la totalidad de mi muslo derecho expuesto, sin lugar a soluciones pudorosas.

De alguna manera, me sentí responsable de lo que pasó. Yo me había fijado en que el perrito estaba fuera de sí, así es que, echando un bufido, me di media vuelta y regresé a casa a cambiarme de pantalón. En el camino de vuelta pensé en que ese perrito era un peligro y que tampoco se trataba de que los dueños no asumieran su responsabilidad, que quizás la mía era por lo menos reportar el caso al serenazgo; total, podría haber mordido a un niño…  Estaba en esas cavilaciones, cuando, al llegar al lugar del incidente, vi a través de unos barrotes a la empleada, la del perrito, en la puerta del edificio donde aparentemente vivían. Entonces, tomé la decisión de hablar con el dueño; felizmente, tenía un poco de tiempo. La empleada se mostró temerosa y renuente a llamarlo.  Entonces, tuve que presionarla con que avisaría al serenazgo y que se iba a armar un problema mayor para el dueño del perrito.

A los 10 minutos, bajó un hombre de unos cuarenta, hablando por su celular, sin dirigir la mirada a quien se suponía lo estaba esperando. No interrumpió su llamada hasta que terminó con lo que tenía por hablar. Guardó el teléfono mientras se dirigió a mí, diciendo “¿Usted quería hablar conmigo?”. Le expliqué lo que había ocurrido y me contestó: “¿Le ha hecho daño?”  Le dije que me había roto un pantalón de reciente adquisición. Y, bueno, “¿Cuánto cuesta eso?” me preguntó con un tono despectivo. Yo no había pensado en un reclamo de costos por lo que, dudando, le mencioné una cifra aproximada a lo que me había costado, a lo cual respondió: “¿Qué...? ¡nada que ver…!, ¿por un pantalón…?” “Oiga”, repliqué, “su perro me ha causado un perjuicio y le corresponde a usted asumirlo… Él me contestó, “Mire señor, yo no le dije a mi perro que lo muerda”.  Me quedé frío. En ese momento nuestro personaje metió la mano al bolsillo, sacando su teléfono y contestando otra llamada mientras me daba la espalda… Opté por retirarme, reconociendo que era inviable un diálogo negociador en esas circunstancias; estaba perdiendo mi tiempo y quizás terminara perdiendo, además del humor, una hora de trabajo. Eso sí, llegando al consultorio reporté el incidente al serenazgo y me olvidé del asunto. Bueno, es un decir, digamos que traté de rescatarme del mal rato y me puse a pensar, ya desde fuera, en lo insólito de la situación, leyendo los detalles de lo ocurrido en esta psicopatología de la vida cotidiana.  Mis deseos de contribuir con el orden y la justicia quedaron totalmente desairados. Incluso, dudo mucho que el serenazgo haya podido hacer entrar en razón a quien se comportó totalmente a la altura de su cachorro. ¡Fui mordido dos veces esa mañana! Nunca, como aquella vez, pude constatar que los animalitos reflejan el temperamento de sus dueños… ¿o es al revés…? En todo caso, el flujo de las proyecciones agresivas estaba allí, a la vista. 

De este personaje recogemos la observación de una persona inaccesible, de actitud despectiva, negadora, desdeñosa, omnipotente, totalmente agresiva y, ciertamente, sin la menor empatía respecto al daño infligido al otro. Vemos un modelo de funcionamiento en el que se comporta en permanente estado de lucha y el otro es un adversario al que hay que aplastar. El modelo es dominante, impositivo, prepotente.  Uno puede imaginar que el mayor sentido de la realización de sus deseos está por el lado de lograrlo por la razón o la fuerza, en donde la razón, por cierto, es su argumento, el cual puede llegar a desfases groseros del sentido común, a los que los demás deben someterse. Es decir, mantiene un sentido personal de la realidad que induce a pensar en posibles compromisos, también, en su juicio de realidad.

En ambos ejemplos podemos ver rasgos de personalidad sugerentes de narcisismo: uno, pasivo agresivo, demandante; el otro, agresivo sometedor, despectivo. En ambos casos inferimos trastornos en la configuración de sus deseos en la relación con los demás. Es posible, sin embargo, que, en áreas de desempeño autónomo, logren realizar otro tipo de deseos: en el trabajo, empresa, creatividad, etc. Esto casi siempre lo logran en función de apuntalar con ello sus necesidades de compensación por carencias afectivas.   

La evolución del deseo en la etapa simbiótica en situaciones de carencia lleva al sujeto a aferrarse más al ego, al narcisismo, al falso self.  Tiene un motor que funciona permanentemente ligado al terror, a la amenaza, más que al encuentro con el otro. En el universo de la organización narcisista es dónde más vamos a encontrar perturbaciones del deseo. Voy a citar una serie de manifestaciones que nos hablan de un trasfondo carencial de origen.

La huella mnémica activada, moviliza la sensación de amenaza de desastre total.  El futuro se lee como desamparo total y riesgo de muerte.  Se va formando un trauma acumulativo en torno al deseo de la persona afectada por una carencia temprana, que sigue, con desesperación, tratando de fusionarse con el objeto. Se genera la intolerancia a la frustración y una pobre capacidad para la postergación o la renuncia. Algunos tienden al modelo de la satisfacción inmediata del placer, con su correlato de descarte también inmediato. Sus vínculos no conllevan un compromiso afectivo.

La expresión del deseo tiene un carácter de perentoriedad de satisfacción, movilizando reacciones de irritabilidad, agresión o rechazo si no se les presta atención o se les aplaca el pedido, el que muy pronto adquiere las proporciones de una demanda dramática. No tienen mayor intermediación entre el deseo y la actuación. Son impulsivos. Pierden la perspectiva de las consecuencias o de la viabilidad o pertinencia del deseo. Por la variabilidad del deseo, por la inconsistencia del mismo, quieren practicar algo que en poco tiempo abandonan o en lo que no ponen mayor entusiasmo. Sin embargo, en un inicio pareciera que realmente lo desean e insisten en que los apoyen o satisfagan.

Suelen no disfrutar con la obtención de lo deseado, siempre le encuentran un “pero” y desdibujan la sensación de haberlo realizado o recibido. Suele acompañarlos una suerte de perfeccionismo inclemente que se especializa en ellos en encontrar o forzar la sensación de falta o falla. Pueden llegar a destruir su creación o el objeto de deseo obtenido. La búsqueda de lo deseado suele condensarse con lo idealizado, por lo cual es posible que sientan una euforia exaltada transitoria, extremadamente vulnerable a los embates de la realidad. El choque con la realidad moviliza, entonces, una terrible situación de frustración y tristeza incontenible, de desamparo, de autorreproche, una sensación de denigración o engaño, que pronto o en simultáneo se combina con rabia, resentimiento y hetero o autoagresión.

Suelen utilizar la manipulación del objeto, en particular explotando sus culpas o debilidades. En ocasiones, logran inocular en su objeto de deseo la culpa por no corresponder a la fantasía ideal, o sea, a la fusión con él. Suelen concurrir entonces mecanismos de identificación proyectiva y contraidentificaciones. Esto se expresa en una acomodación simbiótica, siempre precaria, con el objeto, una relación especular tan frágil como el cristal que les devuelve la pretendida imagen de sí mismos.

Son muy sensibles a la realización de los deseos del otro, lo cual los vulnera más que anima en la persistencia de la búsqueda de lo deseado. Lo viven como una demostración de que los demás pueden y ellos no, que tienen algo que a ellos les falta. Es posible encontrar en estas personas sentimientos de envidia y fantasías o deseos de que les vaya mal a los demás. De hecho, pueden llegar a sufrir con la felicidad ajena.

Pueden declinar lo deseado en tanto sienten que es algo que no van a lograr o conseguir; desarrollan una suerte de pesimismo que debilita su motivación y esfuerzos por conseguirlo. Una opción a esta condición es apelar a un optimismo utópico que va de la mano de una disposición pasivo – receptiva ingenua y tan mágica e ilusoria como ajena a la realidad.

Existen casos en los que eligen alguna capacidad o talento como instrumento para alejar el fantasma de la carencia; encuentran un incentivo de crecimiento en el que ponen esfuerzo e ingenio suficientes para llegar a constituir un mito de autosuficiencia y grandiosidad omnipotente.  Es, entonces, cuando les basta desear cualquier cosa y la obtendrán, hasta mostrarse exaltadamente generosos con los que representan su condición de origen. En otros casos, esta última actitud puede ser más bien de repudio o maltrato despectivo. 

La agresividad defensiva puede ahuyentar la amenaza del deseo, propio y ajeno, en tanto que moviliza profundos temores de fragilidad, abandono y pérdida, con el consiguiente dolor desestructurante que amenaza con resurgir. Pueden llegar al pánico o a reacciones fóbicas, si no les funciona esa defensa, y huir o ahuyentar a un pretendiente amoroso.

Frente a su objeto de deseo pueden funcionar como dominantes posesivos y controladores, lo que suelen combinar con requerimientos de sometimiento y rebajamiento del mismo. Muy fácilmente pueden hacer alianzas de relación agresiva, de forma tal que mutuamente alejan el fantasma del temido sentimiento de necesidad por el otro y el riesgo de su pérdida, cosa que, por supuesto, no desaparece, pero el lazo continúa. Suelen entramparse en sentimientos de resentimiento o rencor con su objeto de deseo. En estas circunstancias, fantasías de venganza, reproches y maldiciones pueblan su imaginación, manteniendo así, de manera asegurada, un vínculo que no terminan de perder, que se mantiene “vivo” en su mundo de fantasía.  Por cierto, es posible que, trascendiendo este receptáculo del vínculo, opten por oscuras formas de venganza que pueden llevarlos hasta el crimen con la fantasía de obtener así la definitiva posesión de su objeto. 

Podríamos extendernos en el enunciado de rasgos que distorsionan o perturban el deseo en personalidades marcadas por la carencia. De hecho, nos queda también abordar esta problemática en las patologías de conflicto. Pero, no quiero dejar pasar la oportunidad de enfocar y colocar en un primer plano un factor que nos toca a todos en la sociedad en que vivimos.  Me refiero a la configuración de falsos deseos, falsas necesidades, falsas soluciones, al falso reconocimiento o interés que tienen quienes manejan la publicidad en esta sociedad de consumo. Es un sistema perverso, de manipulación de nuestras debilidades, las que son estudiadas al punto que existe un capítulo especializado, el llamado neuromarketing, con la finalidad de movilizar fantasías de realización falaz, favoreciendo el desvío de suministros para una verdadera autoestima. Por ello, quizás tengamos que partir de estar atentos a reconocer el no deseo, o la no necesidad. Reforzar nuestros instrumentos de formación de criterio, con una educación que potencie los recursos del yo para definir sólidamente el diseño de sus deseos, acordes y viables en su colectivo social.

Ahora, bien, desde nuestro lugar como terapeutas, todo lo que podamos detectar como muestra de una falla, de un déficit en la organización emocional de nuestros pacientes (o vecinos) nos lleva a tener en cuenta la importancia de nuestra respuesta emocional o actitudinal. Allan Schore[5], un estudioso del neuropsicoanálisis, enfatiza la necesidad de funcionar terapéuticamente como reguladores emocionales. Esta sería una forma de restituir las condiciones de la falla original. Requiere de mucha cercanía afectiva y de la observación prioritaria de nuestra resonancia emocional, en simultáneo con la posibilidad de sentir al paciente;  incluso, como una forma de sentir por él, a fin de favorecer el desbloqueo de sus afectos y fluir emocionalmente, resonando con él y ayudándolo a resonar con nosotros, en una sintonía que eventualmente logrará matices sincrónicos pertinentes, producto de la mutua apertura y acercamiento inconsciente de los respectivos cerebros derechos, en lo que podríamos llamar una “resonancia simpática”, redondeando la tarea con un enriquecimiento en su capacidad de mentalizar, de favorecer la conciencia de sí mismo.

Quiero cerrar la presentación citando a Eduard Punset:

“… el deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización, la libertad. Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo de vivir y de hacerlo a su manera. Por eso sus autobiografías son más descriptivas que explicativas, pues sus vidas no tanto se deben a los resultados u objetivos cumplidos, sino al sentido inherente al mismo proceso de vivir. Y este proceso, de uno u otro modo, lo establece siempre el deseo…”  “… las emociones están en la base de los deseos y de la inteligencia emocional. Visto de este modo, el deseo se convierte en el portavoz de uno mismo”[6].

NOTAS

[1] Diccionario etimológico World Press en línea. https://etimologia.wordpress.com/2009/09/08/deseo/
[2] Real Academia Española... Diccionario de la Real Academia Española. 6 tomos. Madrid, Real Academia Española, 1970.
[3] Bergman, Nils…  “Tras nacer, un bebé no necesita nada de sus padres, excepto a sus padres, su presencia”.  Entrevista de Diana Oliver en el diario español “El País”, del 4 de junio 2019. 
[4] Bergman, Nils… Cómo actúa el cerebro sobre el cuerpo: opciones comportamentales del recién nacido. París, Sextas Jornadas Internacionales sobre Lactancia, marzo 2005
[5] Schore, Allan… La desregulación del cerebro derecho: un mecanismo fundamental del apego traumático y de la psicopatogénesis del desorden de estrés postraumático.  En: Australian and New Zealand Journal of Psychiatry 2002; 36:9–30
[6] Punset, Eduardo… El alma está en el cerebro: radiografía de la máquina de pensar. Barcelona, Editorial Aguilar, 2006. 


Bibliografía

Bergman, Nils : “Tras nacer, un bebé no necesita nada de sus padres, excepto a sus padres, su presencia”.  Entrevista de Diana Oliver en el diario español “El País”, del 4 de junio 2019.  
Bergman, Nils… Cómo actúa el cerebro sobre el cuerpo: opciones comportamentales del recién nacido. París, Sextas Jornadas Internacionales sobre Lactancia, marzo 2005.
Bowlby, John… La separación afectiva.  Buenos Aires, Ediciones Paidós, 1985.
Damasio, Antonio… En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos.  Madrid, Editorial Crítica, 2005.
Diccionario etimológico World Press en línea https://etimologia.wordpress.com/2009/09/08/deseo/
Kandel, Eric… Psiquiatría, Psicoanálisis y la nueva biología de la mente.  Barcelona, Ars Médica, 2007.
Kaplan-Solms, Karen… Solms, Mark… Estudios clínicos en neuropsicoanálisis.  Introducción a la neuropsicología profunda.  Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2005.
Morales, Pedro… De la Homeostasis al Apego y a la Regulación Afectiva.  Lima, setiembre de 2012.  https://neuro-psicoanalisis.blogspot.com/
Morales, Pedro… De la tarea de hacer consciente lo inconsciente al encuentro relacional de los inconscientes.  VIII Congreso de FLAPPSIP “Clínica Psicoanalítica en el Siglo XXI. Desafíos a la escucha." Lima, 22, 23 y 24 de mayo de 2015.
Morales, Pedro… Del Espacio Potencial al Espacio Potenciado.  Lima, IX Congreso del CPPL: "Subjetividad e Intersubjetividad", 6 - 8 Setiembre 2001
Morales, Pedro… Fluir para Influir.  Lima, XIII Congreso Peruano de Psicoanálisis: “Los Afectos: versiones y subversiones”, organizado por la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, octubre 2013.
Morales, Pedro… Sincronía y regulación emocional en el apego temprano.  Lima, XII Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, setiembre de 2011.
Punset, Eduardo… El alma está en el cerebro: radiografía de la máquina de pensar. Barcelona, Editorial Aguilar, 2006.
Real Academia Española... Diccionario de la Real Academia Española. 6 tomos. Madrid, Real Academia Española, 1970.
Schore, Allan… La desregulación del cerebro derecho: un mecanismo fundamental del apego traumático y de la psicopatogénesis del desorden de estrés postraumático.  En: Australian and New Zealand Journal of Psychiatry 2002; 36:9–30.
Schore, Allan… Los efectos de una relación de apego seguro sobre el desarrollo del cerebro derecho, la regulación del afecto y la salud mental infantil.  Departamento de Psiquiatría y Ciencias Biocomportamentales.  Universidad de California, Escuela de Medicina de Los Ángeles
Winnicott, Donald W.... Realidad y Juego.  Barcelona, Gedisa, 1982.
Winnicott, Donald... El gesto espontáneo. Barcelona, Paidós, 2000.




CPPL, Espacio Abierto, 18 de setiembre de 2019

miércoles

2018 06 22 Apego y Regulación Emocional



En esta presentación, más que sostener un punto de vista teórico sobre el apego o la disciplina psicoanalítica, quisiera compartir con ustedes observaciones desde mi experiencia de más de 50 años en el ejercicio de la psicoterapia psicoanalítica, tanto desde el lugar de paciente en proceso de elaboración de una pérdida, como en el de terapeuta explorando y aprendiendo en la cotidiana tarea de ayudar a otros a lograr soluciones a sus desequilibrios y desajustes en el reto adaptativo que nos presenta la vida, en particular en lo que atañe a las relaciones con uno mismo y con los demás. Terreno éste último en el que los pacientes nos han ido presentando con cada vez mayor frecuencia trastornos relacionados con fallas en la relación de apego temprano, aquello que deriva en lo que se ha tenido en llamar “patologías de carencia”.

Los problemas que nos suelen traer los pacientes ya no son los mismos que hace 50 años; tampoco lo son las circunstancias en que vivimos. Los procesos de cambio en la ciencia y en la tecnología, por un lado, y los tentáculos de una sociedad de consumo que ha cambiado los paradigmas de nuestro tramado social, por el otro, han puesto en jaque nuestros recursos adaptativos. Hay una crisis de valores que menoscaba severamente la solidez de nuestros modelos de organización personal y la resultante suele ser la construcción de un falso self adaptativo antes que el funcionamiento desde un verdadero self coherente y cohesivo. En lenguaje sencillo, observamos que, cada vez más, es suficiente con “parecer” y no con “ser”.

La función materna, eje del indispensable apego temprano, está socavada por las exigencias de la necesidad de producir dinero o generar recaudos materiales, perdiendo de vista la expresión de un mandato biológico que determinará el desarrollo de las capacidades emocionales del hijo. Es la madre quien está en una condición especial para iniciar el ínterjuego relacional de estímulos y respuestas preverbales, que irán nutriendo el registro de las memorias procedimentales, que son la esencia para la interacción ulterior con el mundo, para enfrentar los retos adaptativos que la vida nos presenta, comenzando por el reto de autosostenernos y diferenciarnos, siendo capaces de “leernos” a nosotros mismos, tanto como de poder entender al semejante como alguien diferente.

El apego temprano está enmarcado en una situación de sobrevivencia en la que el bebé depende absolutamente de su entorno. Las fallas o ausencias del cuidador, que suele ser la madre, movilizan en el bebé profundas angustias de muerte, desamparo o abandono, con resultantes que fueron observadas en los años cuarenta por René Spitz, quien acuñó el término “depresión anaclítica” para referirse a la carencia afectiva subsecuente a la separación materna. Si ésta supera los cinco meses, señala Spitz, empieza a producirse un deterioro que posteriormente puede llegar a una afectación psicosomática irreversible, a la pérdida de vivacidad relacional e incluso a la muerte, pese a contar con una atención esencial básica nutricional. Concluye que se trata de una reacción a la ausencia de la madre y al afecto insuficiente por parte del personal de los orfanatos en donde desarrolla dichas observaciones.

Poco tiempo después, Harry Harlow, de una manera un poco cruenta, se dedica al estudio del apego temprano entre la madre y su bebé. Para dicho fin, lleva a cabo experimentos con chimpancés. Somete a los monos bebés a la separación de sus madres y los introduce en una jaula donde hay dos estructuras de alambre: una está conectada a un biberón, que el monito puede succionar para obtener leche; y, la otra estructura no ofrece alimento, pero está recubierta con una suave felpa en la que el monito suele acurrucarse luego de mamar. Se le mantiene aislado de la madre a la vez que del contacto emocional con los humanos.

Ante situaciones extrañas o atemorizantes, los monitos reaccionan con intenso miedo, corriendo a aferrarse a la mona de felpa. Si se le quitaba a la mamá de felpa, el monito entraba en una excitación sumamente angustiosa. Estos experimentos, que no describo en mayores detalles, permitieron confirmar que la deprivación materna, la falta de apego fisiológico natural con la madre, produce trastornos también en otras especies, no solo en los humanos.

John Bowlby integra las observaciones anteriores con las de un famoso etólogo, Konrad Lorenz (premio Nobel de fisiología en 1973), quien desde los años 30 se dedica a la observación de la conducta de patos y gansos, en particular a lo relacionado con sus pautas de apego, desde donde remarca el carácter biológico del establecimiento de dichos apegos y el peso del establecimiento temprano de una pauta de relación que denominó “impronta”. En el caso de patos y gansos, la impronta supone el establecimiento de una relación de apego irreversible con lo primero que encuentran en movimiento al momento de nacer que, en sus experimentos, solía ser él mismo. Los patitos, aunque Lorenz trataba de regresarlos donde su madre, lo seguían buscando a él, mostrando un fuerte apego, porque había sido su primer contacto vivo.

Bowlby hace observaciones de bebés o niños que son separados bruscamente de sus madres por diferentes circunstancias. Anota que se producen una serie de reacciones, que establecen una secuencia de tres momentos. En el momento inmediato de la separación y puesta en un lugar extraño, el bebé tiene reacciones de protesta y reclamo de búsqueda de la madre; luego de un tiempo, su protesta se atenúa y se muestra desesperanzado, con llantos atenuados. En un tercer momento, se comienza a mostrar indiferente, desapegado y como desinteresado por el entorno. Estas reacciones se atenúan si se encuentran en la nueva situación con una persona con cualidades empáticas que los acoja y sostenga emocionalmente (atenciones, tonos amables, contacto, juego, ternura, etc.).

Bowlby es quien busca integrar sus hallazgos a la comprensión psicoanalítica, encontrando un rechazo inicial por parte de sus colegas. Sin embargo, con el tiempo y mayores investigaciones y hallazgos, el escenario central del apego fue encontrando cada vez mayor acogida, entramándose con la visión “relacional” y “vincular”, que reorientan la labor terapéutica hacia formas que integran en grado mayor la relación afectiva, más allá del amparo de la palabra, como mediadora del proceso.

Peter Fonagy, psicoanalista inglés de esta orientación, propugna el trabajo de la “mentalización”, una función ligada a la posibilidad de “darse cuenta” de la intencionalidad de las acciones de los demás y de uno mismo, que ha quedado perturbada por las fallas de apego temprano.

En los últimos 20 años, Allan Schore, en Estados Unidos, se ha dedicado a la investigación del apego temprano, recogiendo conclusiones de una diversidad de investigaciones de otros autores. Encuentra una gran apoyatura en los hallazgos de las neurociencias, desde donde, junto con otros psicoanalistas, propone una resultante ligada por el concepto de inconsciente: el neuropsicoanálisis.

Entre los aportes más importantes de lo observado por Schore, tenemos que la interacción vincular que establecen la madre y el bebé está sostenida por los hemisferios cerebrales derechos de ambos, en particular por el sistema límbico. Como sabemos, en los comienzos de la vida predomina un intenso desarrollo del hemisferio cerebral derecho, que tiene una preponderante misión en la organización e integración de las expresiones afectivas. De la interacción entre la madre y su bebé surge una resultante que sedimenta en la memoria procedimental de cada quien y que en el bebé es crucial para el establecimiento de las claves para un lenguaje emocional futuro.

Esta aproximación límbica derecha tiene un interjuego de estimulación-respuesta, sostenido por un marcador psicofisiológico, que se traduce en una sintonía mutuamente estimulante, con reacciones que van tejiendo una trama de experiencias que dan lugar y forma al mutuo entendimiento y desarrollo creativo, en el que intermedian las miradas, los gestos, los tonos, la prosodia… y todo lo que antecede al lenguaje verbal. En los momentos más tempranos de este encuentro se da, de manera natural, fisiológica, un fenómeno especial llamado “sincronía”, que es una suerte de complementación en simultáneo entre madre y bebé… una vivencia en común. Por ejemplo, él bebé tiene hambre y la madre empieza a emanar leche, aunque no estén juntos.

El concepto de regulación emocional es uno de los temas centrales en la fenomenología del apego. Schore lo toma como un modelo a considerar en el escenario terapéutico, en la relación entre el psicoterapeuta y su paciente. Las emociones en general -y la angustia o depresión en particular- movilizan en la madre recursos emocionales de consolación, contención, presencia calmante, seguridad, protección, paciencia, etc. Paulatinamente, el bebé incorpora la experiencia de forma que en algún momento logra la propia autorregulación y la confianza en las posibilidades de sostenerse por sí mismo en ausencia de la madre.

Ciertamente, de este acompañamiento regulatorio llevado de manera natural, deriva lo que Bowlby denomina un apego seguro, es decir, la sensación suficiente de confianza en la estabilidad interior, como para atreverse a explorar en situaciones extrañas. Las fallas en el desarrollo de una interacción saludable con el entorno llevan a lo que denominó “apego inseguro”, es decir, una falta de confianza en la estabilidad interior, lo que supone, extensivamente, dificultades para explorar el entorno e interactuar con éste de forma flexible.

Estas configuraciones afectivas básicas, el apego seguro y el apego inseguro, tienen por cierto, variables cualitativas y cuantitativas y evolucionan en la vida enmarcada por experiencias que contribuyen a su reforzamiento o debilitación. Siendo éste un punto central para la evaluación del potencial que supone su inclusión en el proceso terapéutico.

Desde esta introducción, por cierto, muy sintética, al desarrollo del concepto de apego y a su trascendencia actual en la psicoterapia psicoanalítica como un concepto abierto, en evolución, que integra lo biológico y que se nutre de los hallazgos de las neurociencias y las nuevas investigaciones, vamos a dar espacio a los aconteceres de mi experiencia personal propuesta inicialmente.  


De paciente a psicoterapeuta

Poco tiempo después de cumplir mis 20 años, falleció mi padre.  Un fulminante cáncer de pulmón se lo llevó en pocos meses, llenándome de una inmensa tristeza, un dolor profundo que trataba con dificultad de soslayar tras la excusa que me prestaban las exigencias de estudio propias de un estudiante del primer año de medicina. Haciendo de tripas corazón, seguí adelante como pude, hasta que, a los pocos meses, como la brusca explosión de una represa, me desmoroné: tuve mi primer ataque de pánico, seguido por remezones intensos de angustia que no desaparecían con facilidad. Fue una terrible experiencia que me hundió en un fárrago de mil fantasías y temores. Me inundó la fantasía y los temores de quedar atrapado en la ciénaga de la impotencia, de tener que abandonar los estudios, de convertirme en un incapaz... aún así, "mascando vidrio", me esforcé y seguí para adelante, a duras penas… pero, el cuadro fue in crescendo… angustia insoportable, dificultad para dormir, nuevos ataques de pánico, fobia a los espacios cerrados… me ocurría en las clases, cuando apagaban las luces para proyectar láminas. Terminaba, entonces, saliéndome del salón, en medio de una sensación de ahogo, de falta de aire y con el corazón al galope, subiendo hacia mi garganta,  amenazando con estallar... me tomaba unos minutos y volvía a entrar, siguiendo la clases desde la parte de atrás, cerca a la puerta, por si tuviera que volver a salir. Nadie sabía lo que me pasaba, era algo que sentía poco digno de compartir.

Cuando no pude más, busqué ayuda y encontré prescripciones y recomendaciones de todo tipo: ejercicios de relajación, respiración, tranquilizantes, antidepresivos… y, desde mí mismo, un aferramiento al terreno de los estudios, que decidí heroicamente sacar adelante en memoria de mi padre. Como en una incierta cuerda floja aprendí a mantener el equilibrio, a torear los síntomas, generar estrategias para manejar los picos de angustia… hasta que descubrí la psicoterapia, el psicoanálisis. Un joven y muy erudito profesor, que nos daba clases de psiquiatría en la facultad de medicina, nos sedujo a varios alumnos con una propuesta irresistible: nos ofreció clases privadas de psicoanálisis, ¡gratis!, un regalo de la vida imposible de dejar pasar!. Fue así que ingresé a mi primer grupo de estudios sobre el fascinante mundo del inconsciente, "poderoso y mágico” del que nada sabía, pero mucho sentía que había que aprender, una nueva ruta hacia la salud...

Quedé fascinado por esta nueva mirada que trascendía osadamente lo aparente… y, por cierto, no tardé en pedir la oportunidad de ser paciente de nuestro deslumbrante profesor, honor que me fue conferido de inmediato, haciéndome sentir el más afortunado de los mortales. Así comenzaron los primeros cuatro años y medio de terapia personal, a los que luego se sumaron experiencias de psicoanálisis, y que, incluyendo los requeridos por mi formación como psicoanalista, sumaron un total de doce años de búsqueda interior. Para sostener el costo de mi terapia personal, cursos, compra de libros, supervisiones, etc., no había esfuerzo que no estuviera dispuesto a hacer: hacía taxi, monté una polla del fútbol con mis compañeros de estudios, trabajé en una clínica… Salté a una idealización total del psicoanálisis en esa versión que me tocó por entonces conocer.

En este nuevo espacio de estudios, de repente me encontré convertido en una suerte de  “genio”, en un "brillante estudiante", algo inédito en mi experiencia estudiantil. Esta situación derivaba de que mi erudito profesor y psicoterapeuta no dejaba de dar interpretaciones interesantísimas a partir de cualquier comentario que yo hiciera: “lo que Pedro nos quiere decir…” seguido de una serie de conceptos y asociaciones que me daba rubor discutir si realmente era lo que quise decir… porque no dejaba de ser un juego ilustrativo del que se aprendían cosas. Mis compañeros parecían verme de la misma manera, en una dinámica que poco a poco fui entendiendo como un fenómeno grupal... consecuencia de una sugestión orquestada por nuestro mentor.

En este contexto, entonces, pasé a ocupar el lugar del discípulo destacado, el de una suerte de delfín, que seguramente comparé con la relación entre Jung y Freud… ¡nada menos!  época de tremendas idealizaciones…! Cierto es que, en algún lugar de mi mente, nunca estuve del todo  convencido de la propuesta. Me daba cuenta de ello, pero preferí dejarlo así. Sentía una tremenda compensación: me mejoró el ánimo, volvía a una vida “normal”, las angustias se disiparon, mientras disfrutaba de una mística de aprendizaje que nunca antes había experimentado, cómo no seguir asido de este cómodo “flotador” que me rescataba del naufragio, que me daba tiempo, de a pocos, para aprender a nadar...

De lo que tardé en tomar conciencia fue de la cantidad de contradicciones que se producían entre el discurso de la enseñanza de la técnica y lo que puso en práctica mi psicoterapeuta en mi proceso con él. Aparte de darme clases, me supervisaba gratuitamente, me prestaba sus libros, íbamos al cine, al estadio (éramos hinchas del Muni), nos reuníamos a escuchar música en su departamento, viajábamos a congresos… Incluso, me llevó con él como su segundo a trabajar en una clínica psiquiátrica. Digamos que me adoptó. Protagonizó a un padre sustituto que restañaba mi pérdida, colocándome en un lugar idealizado... realizaba totalmente mis fantasías infantiles de ser el preferido de papá, para el sexto de seis hermanos era llegar a una gloria que no me hubiera osado imaginar.

Esto no tenía nada que ver con lo que había sido la relación con mi padre, a quien amé profundamente, pero sin tanta necesidad de apego idealizado.  Mi padre era un hombre de gran calidez, a quien simplemente sentía allí, disponible; percibía su confianza y la libertad que emanaba de ello. Su impronta emanaba del ejemplo, era un “arreglador”, no había cosa que no pudiera reparar,  carpintería, gasfitería, pintura, etc., incluso, eventualmente creaba instrumentos, producto de una habilidad especial para dar cuenta de sus necesidades. Me dejaba ser, sin presiones ni amenazas. En relación al tema del apego, creo que mi padre llenó en gran medida el vacío que dejaba mi madre, quien era más bien fría o poco tierna… salvo en lo que significaba atender nuestras necesidades básicas.  Alguna vez dije de mi padre que él “era una madre”.

Comparado con mi padre original, en algún momento, empecé a sentir que lo que protagonizaba mi terapeuta no correspondía con lo mío, empecé a sentir que esperaba una filiación dependiente, que, afectivamente no había "gratuidad". Poco a poco, fui comprendiendo que era parte de una trama de proyecciones e identificaciones transferenciales que se nutrían de mi contratransferencia y que mi transferencia, en última instancia, estaba tergiversada por las propias necesidades de mi psicoterapeuta, quien veía en mí a aquél que él hubiera querido ser… Cierto es que a su lado me planteaba, sin sufrir, la utopía de querer emularlo, en particular con respecto a su erudición. Él era un ratón de biblioteca con una memoria fotográfica mientras que una de las cosas de las cuales yo adolezco es de tener una buena memoria, tema que retomaremos más adelante como parte de mi posicionamiento en mi lugar como psicoanalista.

En paralelo a mi psicoterapia de aquel entonces, realizaba mi formación como psiquiatra dinámico en la escuela del Dr. Seguín, verdadero maestro, quien, a la cabeza de un equipo de destacados profesionales, sostenía una propuesta de integración de recursos: comunidad terapéutica, psicoterapia de grupo, psicoterapia individual, psiquiatría de enlace, farmacoterapia, psicodrama, medicina folklórica, etc.

La prédica central, que propugnaba el maestro Seguín, era el acercamiento humano al paciente, el “eros terapéutico”, principio con el cual guardaba total coherencia, lo mismo que con el ejercicio humano de la relación con sus discípulos, quienes, dicho sea de paso, no eran seducidos sino estimulados en libertad. Puedo decir que en su servicio había mística y calidez, una excelente relación de equipo que me ayudó muchísimo a recuperarme… siendo parte de una familia con un padre ejemplar.

Faltando poco para terminar mi psicoterapia (y comenzar mi análisis con un psicoanalista formado), mi terapeuta me desconcertó con una pregunta que ni remotamente esperaba: “¿Te incomoda si salgo con tal chica...?”  Él sabía que cada tanto yo salía con ella; no era nada serio, pero ¡había sido material de sesión…! De alguna manera me convenció, con la explicitación de que sus intenciones eran serias para con ella, por lo cual dejé de lado la mirada analítica de la situación. Todo resultaba pésimo técnicamente… y, sin embargo, ¡me ayudó tanto!

Claro, hubo un después en donde surgieron confrontaciones con estas cosas; primero conmigo mismo y luego con él. Para él, todo había estado bien. Decidí, entonces, que no había lugar para una extensión de la relación en términos de amistad, cosa que él propugnaba. En algún momento, le llegué a decir: “No puedo ser tu amigo simplemente porque a un amigo lo puedo mandar a la mierda y contigo no se puede…” 

Pero él no se soltaba de la idealización. Comprendí que no sabía relacionarse “a la de verdad”.  Era “el dueño de la pelota que no aprendió a jugar…”  Sin embargo, me ayudó; o quizás, mejor dicho, me apoyé en él para ayudarme… y salir, terminar de salir, cerrar el duelo.

Pocos años después, escuchaba a Otto Kernberg en una conferencia en Buenos Aires.  Él decía que un buen paciente (alguien medianamente integrado) funciona con cualquier terapeuta; que el paciente complicado sí requiere de alguien bien formado profesionalmente. Bueno, también es cierto que luego de esa experiencia seguí en análisis por varios años más, tiempo demás para elaboraciones y reelaboraciones... que, de alguna manera, siguen hasta la actualidad, sin las urgencias de los comienzos, puedo sostener la mirada analítica que me permite trabajar y vivir sin engañarme.

Creo que lo ocurrido tiene que ver con el haber participado de algo así como una idealización liberadora en la cual, felizmente, no quedé atrapado. ¿Me encontré con el “brillo en la mirada” que no tuve tempranamente?  No lo sé, pero es posible que también me haya reencontrado con el vacío engañoso de quien imposta por seducirte.  Felizmente, de alguna manera, se instaló la posibilidad de darme cuenta… de salir de la impostura y ponerle fin a la diada especular. Son posibles muchísimas interpretaciones y lecturas de este momento de mi vida, que era el comienzo mismo de mi carrera, partiendo de una experiencia marcada por la necesidad, hacia una continuidad sostenida ya por mi propio deseo.

Tuve luego otra experiencia analítica en la que sentí que no conectaba con mi psicoanalista, quien era demasiado ortodoxo y había momentos en que yo requería más cercanía y no la sentía. No tuve problemas en ponerle fin.

Encontré la sintonía que buscaba en otro psicoanalista en quien percibí una gran apertura, sin desmedro de su posición analítica. Más allá de su conocida erudición, se manejaba con una gran soltura en las sesiones, me agradaba en particular su sinceridad y su cálida sencillez, permitiendo con delicadeza una cercanía no invasiva por ambas partes.

El tramo final de mi camino hacia la identidad psicoanalítica ya tenía el cariz de una peregrinación.  Dejé todo lo que materialmente había logrado acumular, que no era mucho, para viajar al exterior a formarme. Siento, en la perspectiva del tiempo, que lo más importante de esa experiencia fue enfrentarme al reto de auto sostenerme por todos esos años y sobrevivir al intento; renunciar a todo, estar dispuesto a dar la vida por lograr el ansiado lugar como psicoanalista; y, al final, estar igualmente dispuesto a romper con el ideal. Fue una vivencia liberadora.

Mi psicoanalista didacta, una francesa brillante y encantadora, me acompañó en el tramo final de mi camino a la sencillez, al ejercicio de pisar tierra, a encontrarme con la realidad. Esta psicoanalista era, también, muy abierta y cercana, cálida y nada complicada. Fue un grato encuentro humano de dos personas que conocían del exilio.  En mi caso, comprendí que en gran parte mi proceso estaba ligado a la necesidad de enfrentarme a los fantasmas del desamparo y del desarraigo, a salir adelante fuera de mi “lugar seguro”.

Poco tiempo después de retornar a Lima, escribí un artículo titulado “Psicoanálisis, Mito y Realidad”, en donde reflexionaba sobre el final de mi proceso de formación (formal) en el sentido de que podía hablarse de un logro si es que se llegaba a una saludable “castración…” refiriéndome a una declinación de las aspiraciones narcisistas ideales, cosa que sentía que andaba por allí agazapada en mis ocultas aspiraciones de convertirme en un ser mítico. Me di cuenta, entonces, que estaba preparado para ser, para tener, pero también para renunciar, una cuota importante que me abría la perspectiva de poder ser yo mismo y construir a partir de la experiencia, sin temor al error, al destierro o a la condena. Amparado por cierto en la capacidad incorporada de una mirada psicoanalítica liberadora.

Algo de eso debe haberme alentado a embarcarme en la constitución del CPPL, institución que fundamos con queridos colegas, con la idea de generar un espacio alternativo a la sociedad analítica, que por entonces se nos antojaba como muy estricta y restrictiva. Por muchos años, el Centro fue un lugar de encuentro en donde flotaba un ambiente cálido y distendido, detalle que reiteradamente era remarcado por visitantes y expositores extranjeros invitados a nuestros congresos.


Mi lugar como psicoterapeuta

Hace ya muchos años que sigo a los investigadores de las distintas disciplinas psicoterapéuticas y neurocientíficas, que concuerdan en que el factor más importante en el logro de los objetivos terapéuticos no deriva tanto de la técnica que empleen y menos aún de la ideología teórica a la que adscriban, como que sí lo es desde la calidad del vínculo que logren desarrollar psicoterapeuta y paciente. 

Es un encuentro empático y sostenedor el que permite que el paciente encuentre la posibilidad de comprometerse integralmente en su proceso. De alguna manera, podemos entender que el pívot de la experiencia se centra en el encuentro “inconsciente – inconsciente”, con predominancia del lenguaje emocional, actitudinal, tonal o corporal entre los protagonistas de la experiencia, es decir, el terapeuta y su paciente.

De alguna manera, desde mis tiempos de formación como psiquiatra dinámico en la escuela del Dr. Seguin, se nos remarcó la premisa de la importancia de la relación “médico-paciente” y el sostenimiento del proceso desde el “Eros Terapéutico”, una variable del amor al semejante que era el eje de nuestra aproximación terapéutica.  Esta mirada, por cierto, nos era inculcada por el amor docente y fraterno que acompañaba nuestra formación. Como existía una mística por el aprendizaje ajeno a dogmas, con una distancia total de afanes proselitistas, se daba pie a que cada quien encontrara la fórmula terapéutica de su preferencia, siempre y cuando se involucrara con verdadero compromiso.

En Seguín encontré a un maestro que siempre compartía las novedades que recogía de sus lecturas, experiencias o asistencia a congresos, estimulando a sus discípulos a ponerlas en práctica. Fue allí donde me forjé como psicoterapeuta, en esa escuela de apertura, integración y cambio, a la que tanto debo.

Precisamente de las canteras de la escuela de Seguín surgieron la mayoría de las escuelas psicodinámicas en nuestro país.  Yo elegí el psicoanálisis y, como quiera que aún no se daba esta formación en Lima, emprendí el camino de la migración a Buenos Aires, en donde completé mi formación como analista.

En la Asociación Psicoanalítica Argentina me sorprendió encontrar un menú teórico-clínico bastante abierto, aunque se sentía mucho la influencia kleiniana y el pensamiento lacaniano empezaba a sonar fuerte.  Pero, también, existía una importante corriente winnicottiana que iba cobrando fuerza. Supervisé con una kleiniana y con un filo lacaniano, pese a que mi mayor sintonía estaba con Winnicott y su apuesta por la creatividad en el campo.

De vuelta en Lima, ejercí por varios años lo más cercano que pude al marco técnico de la disciplina psicoanalítica. El manejo de la neutralidad y la abstinencia necesarias para el desarrollo del proceso eran de cotidiana observancia, pero, de una forma u otra, aparecía cada tanto alguna variable y, amparado por la invitación al gesto espontáneo que recogí de las enseñanzas de Winnicott y que es inmanente a la naturaleza humana, hacía uso de éste.

Fue en el año 1995, supervisando para optar al grado de "psicoanalista didacta", con Saúl Peña, que le escucho decirme: “Oye, veo que tú eres bastante patero”, y no lo decía a la manera de una censura, sino como reconociendo un estilo personal una cierta soltura en la relación con el paciente.  Por lo menos, así lo entendí cosa que contribuyó al sentimiento de reconocimiento de mi forma personal de trabajar en cercanía afectiva con el paciente.

Por entonces ya andaba metido hasta las orejas en la corriente winnicottiana. La mayoría de mis trabajos de esa época elaboraban variables que surgían del trabajo con mis pacientes, procesos que algunas veces se salían de la ortodoxia, sin perder la esencia psicoanalítica.

Además, el trabajo en el Centro de Psicoterapia me permitió espacios para rescatar variables terapéuticas, como la implementación de una clínica de día, a la que bautizamos como “Carlos Alberto Seguín”. Desarrollamos también talleres de abordaje intensivo aplicados a patologías específicas, con manejo de variables de enfoque grupal.

Me doy cuenta ahora que era como estar rescatando aquellas prácticas de mi formación de origen, enriquecidas, por cierto, con lo recogido en la comprensión psicoanalítica y por el hecho de permitirme experimentar con variables.

También, implementamos en el CPPL un sistema de atención gratuita: una vez al año convocábamos al público en general a una experiencia en la que, combinando abordajes de psiquiatría y psicoterapia de una sola entrevista, junto con talleres y conferencias, integrados a su vez con comunicación masiva interactiva, aprovechando la audiencia radial del Dr. Fernando Maestre, dábamos cuenta de necesidades de información, experiencias emocionales correctivas, consultas personales, orientación y abordajes con posibilidades terapéuticas. Fueron épocas de mucha creatividad y mística que me es grato recordar.

Creamos, también, un espacio de atención permanente para personas de menores recursos, entrecruzando los requerimientos de formación de nuestros alumnos y terapeutas del CPPL con una gran demanda de atención proveniente del programa radial que conducía Fernando Maestre, en el cual participábamos activamente dentro de un marco educativo-terapéutico, haciendo aproximaciones puntuales a las consultas del público, que nos retaba a utilizar el formato de intervenciones de una sola vez, las cuales, con frecuencia, se nos hacía saber que habían tenido consecuencias terapéuticas.

Luego, alrededor del año 2005, nos juntamos tres colegas para formar un grupo de estudios interdisciplinario en torno a la neurociencia, siguiendo las huellas de un grupo de psicoanalistas que proponían el “neuropsicoanálisis”. Hubo, para mí, un antes y un después de esa experiencia: la comprensión de la trama organizativa del cerebro emocional me permitió calar hondo en la temática del apego y su relación con la memoria implícita, con la importancia de la apertura del inconsciente y los afectos del terapeuta en el abordaje de la problemática emocional del paciente, dando pleno sentido a lo que ya estaba aplicando en mi trabajo.

Leímos los trabajos de Eric Kandel, destacado neurocientífico y Premio Nobel (2000), quien, desde sus aportes sobre el estudio de la memoria implícita, invita a una integración del espacio inconsciente como área común entre psicoanálisis y neurociencia. Por cierto, el peso de la memoria implícita ha ido nutriendo nuestra valoración de los registros inconscientes sensitivo–sensoriales y emocionales, que subyacen a nuestras conductas, resultando este conocimiento invalorable en nuestro trabajo clínico.

Este tema recuerda abordajes como el del psicoanalista norteamericano Christopher Bollas, que nos habla de “lo sabido no pensado” y del “inconsciente receptivo”, puntos importantes de su teorización que coinciden en alguna medida con el concepto de “memoria implícita”.

Posteriormente, encontré grandes coincidencias con la psicoterapia psicoanalítica relacional, que plantea una relación terapéutica mucho más ligada a la comunicación entre los inconscientes del paciente y del psicoterapeuta.  Fue, entonces, cuando me di cuenta de que no era tan necesario tener una memoria explícita tan notable como la de mi primer terapeuta, sino que, lo más importante, lo imprescindible en el trabajo clínico era la capacidad de conectar en la terapia el inconsciente emocional del terapeuta con el del paciente. El proceso de cambio corre más por la cuenta de la regulación emocional que transita por canales que van más allá de la palabra. La empatía ocupa así el rol principal y la calidad del vínculo permite ir construyendo una base segura, equivalente a la que se da en el apego seguro temprano entre la madre y su bebé.

A propósito de este tema escribí, en su momento el trabajo “De la tarea de hacer consciente lo inconsciente al encuentro relacional de los inconscientes”, trabajo mencionado en la bibliografía.  Quisiera citar algunos párrafos de este trabajo:

“Las expresiones no verbales cobran mayor importancia y la dinámica de un acercamiento emocional similar a las circunstancias tempranas de la relación madre–bebé comprometen de una manera diferente la participación del analista. La diada “atención flotante”–“asociación libre” supone ahora el acercamiento de los inconscientes afectivos del paciente y del terapeuta, con atención a su resonancia relacional afectiva, promoviendo la emergencia de un flujo asociativo y de potenciales emocionales que no tuvieron oportunidad en la infancia temprana por fallas en la respuesta del ambiente.

Es así como vengo trabajando desde hace ya un tiempo, encontrando ahora la oportunidad de comprender mejor lo que hago; las nociones de memoria implícita, de impronta, del trabajo en sintonía, con sincronía, la regulación afectiva y el potencial transformacional que de ésta deriva, del proceso terapéutico como fenómeno de campo, de la importancia de los “enactments” en la sesión, de la “responsividad” (respuesta oportuna), del nuevo lugar que podemos otorgarle al concepto de disociación, etc., cobran sentido alrededor de la noción de conexión cerebral emocional límbica y de generación de nuevas sinapsis, lo que se traduce en una ampliación de la capacidad asociativa.

En lo personal, siento que trabajar de esta manera es una forma de fluir con el paciente, de abrir mi subjetividad a una resultante que amplía mi experiencia de ser, en este caso, con el paciente. Tengo la sensación de que, así, el proceso me resulta más ligero y a la vez más profundo; no tengo que inhibir emociones, éstas se adecúan solas en la dinámica de la sesión. Siempre, por cierto, con la salvaguarda de una atención operativa que contempla la escena y corrige o aporta las posibilidades para el entendimiento o la mentalización.”

Mi eje funcional ha variado hacia lo que hace unos años presenté en otro trabajo que titulé “Fluir para influir”. La propuesta era reconstituir las circunstancias fallidas del apego temprano y, de alguna manera, en el presente, participar en la regulación emocional del paciente, facilitando el logro de un equilibrio homeostático y una mejor integración del sí mismo. En esta tarea tiene mucho mayor cabida el acercamiento límbico del terapeuta, el poder sentir con el paciente, ayudarlo a integrar y reconocer lo que no le es posible percibir sin asociaciones de temor o angustia de quiebre.

En los tiempos que corren, mi trabajo incluye una apuesta total al fluir asociativo, integrando elementos que provienen de mi vida personal, tamizados de acuerdo al “timing” en el que nos encontremos. Si algo siento en este quehacer en el presente, es que disfruto mucho en el encuentro con ese semejante que me consulta; aprendo en cada caso sus claves afectivas con más facilidad, a distancia de encuadrarlos en titulaciones teóricas o racionalizaciones “eruditas” y, mucho más que nunca, me relaciono con la persona más que con su enfermedad.  Percibo que puedo acompañarlos mejor en sus necesidades de apego, sintiendo con ellos y ayudándolos a destrabar emociones bloqueadas e ignotas.


Bibliografía

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