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miércoles

2018 06 22 Apego y Regulación Emocional



En esta presentación, más que sostener un punto de vista teórico sobre el apego o la disciplina psicoanalítica, quisiera compartir con ustedes observaciones desde mi experiencia de más de 50 años en el ejercicio de la psicoterapia psicoanalítica, tanto desde el lugar de paciente en proceso de elaboración de una pérdida, como en el de terapeuta explorando y aprendiendo en la cotidiana tarea de ayudar a otros a lograr soluciones a sus desequilibrios y desajustes en el reto adaptativo que nos presenta la vida, en particular en lo que atañe a las relaciones con uno mismo y con los demás. Terreno éste último en el que los pacientes nos han ido presentando con cada vez mayor frecuencia trastornos relacionados con fallas en la relación de apego temprano, aquello que deriva en lo que se ha tenido en llamar “patologías de carencia”.

Los problemas que nos suelen traer los pacientes ya no son los mismos que hace 50 años; tampoco lo son las circunstancias en que vivimos. Los procesos de cambio en la ciencia y en la tecnología, por un lado, y los tentáculos de una sociedad de consumo que ha cambiado los paradigmas de nuestro tramado social, por el otro, han puesto en jaque nuestros recursos adaptativos. Hay una crisis de valores que menoscaba severamente la solidez de nuestros modelos de organización personal y la resultante suele ser la construcción de un falso self adaptativo antes que el funcionamiento desde un verdadero self coherente y cohesivo. En lenguaje sencillo, observamos que, cada vez más, es suficiente con “parecer” y no con “ser”.

La función materna, eje del indispensable apego temprano, está socavada por las exigencias de la necesidad de producir dinero o generar recaudos materiales, perdiendo de vista la expresión de un mandato biológico que determinará el desarrollo de las capacidades emocionales del hijo. Es la madre quien está en una condición especial para iniciar el ínterjuego relacional de estímulos y respuestas preverbales, que irán nutriendo el registro de las memorias procedimentales, que son la esencia para la interacción ulterior con el mundo, para enfrentar los retos adaptativos que la vida nos presenta, comenzando por el reto de autosostenernos y diferenciarnos, siendo capaces de “leernos” a nosotros mismos, tanto como de poder entender al semejante como alguien diferente.

El apego temprano está enmarcado en una situación de sobrevivencia en la que el bebé depende absolutamente de su entorno. Las fallas o ausencias del cuidador, que suele ser la madre, movilizan en el bebé profundas angustias de muerte, desamparo o abandono, con resultantes que fueron observadas en los años cuarenta por René Spitz, quien acuñó el término “depresión anaclítica” para referirse a la carencia afectiva subsecuente a la separación materna. Si ésta supera los cinco meses, señala Spitz, empieza a producirse un deterioro que posteriormente puede llegar a una afectación psicosomática irreversible, a la pérdida de vivacidad relacional e incluso a la muerte, pese a contar con una atención esencial básica nutricional. Concluye que se trata de una reacción a la ausencia de la madre y al afecto insuficiente por parte del personal de los orfanatos en donde desarrolla dichas observaciones.

Poco tiempo después, Harry Harlow, de una manera un poco cruenta, se dedica al estudio del apego temprano entre la madre y su bebé. Para dicho fin, lleva a cabo experimentos con chimpancés. Somete a los monos bebés a la separación de sus madres y los introduce en una jaula donde hay dos estructuras de alambre: una está conectada a un biberón, que el monito puede succionar para obtener leche; y, la otra estructura no ofrece alimento, pero está recubierta con una suave felpa en la que el monito suele acurrucarse luego de mamar. Se le mantiene aislado de la madre a la vez que del contacto emocional con los humanos.

Ante situaciones extrañas o atemorizantes, los monitos reaccionan con intenso miedo, corriendo a aferrarse a la mona de felpa. Si se le quitaba a la mamá de felpa, el monito entraba en una excitación sumamente angustiosa. Estos experimentos, que no describo en mayores detalles, permitieron confirmar que la deprivación materna, la falta de apego fisiológico natural con la madre, produce trastornos también en otras especies, no solo en los humanos.

John Bowlby integra las observaciones anteriores con las de un famoso etólogo, Konrad Lorenz (premio Nobel de fisiología en 1973), quien desde los años 30 se dedica a la observación de la conducta de patos y gansos, en particular a lo relacionado con sus pautas de apego, desde donde remarca el carácter biológico del establecimiento de dichos apegos y el peso del establecimiento temprano de una pauta de relación que denominó “impronta”. En el caso de patos y gansos, la impronta supone el establecimiento de una relación de apego irreversible con lo primero que encuentran en movimiento al momento de nacer que, en sus experimentos, solía ser él mismo. Los patitos, aunque Lorenz trataba de regresarlos donde su madre, lo seguían buscando a él, mostrando un fuerte apego, porque había sido su primer contacto vivo.

Bowlby hace observaciones de bebés o niños que son separados bruscamente de sus madres por diferentes circunstancias. Anota que se producen una serie de reacciones, que establecen una secuencia de tres momentos. En el momento inmediato de la separación y puesta en un lugar extraño, el bebé tiene reacciones de protesta y reclamo de búsqueda de la madre; luego de un tiempo, su protesta se atenúa y se muestra desesperanzado, con llantos atenuados. En un tercer momento, se comienza a mostrar indiferente, desapegado y como desinteresado por el entorno. Estas reacciones se atenúan si se encuentran en la nueva situación con una persona con cualidades empáticas que los acoja y sostenga emocionalmente (atenciones, tonos amables, contacto, juego, ternura, etc.).

Bowlby es quien busca integrar sus hallazgos a la comprensión psicoanalítica, encontrando un rechazo inicial por parte de sus colegas. Sin embargo, con el tiempo y mayores investigaciones y hallazgos, el escenario central del apego fue encontrando cada vez mayor acogida, entramándose con la visión “relacional” y “vincular”, que reorientan la labor terapéutica hacia formas que integran en grado mayor la relación afectiva, más allá del amparo de la palabra, como mediadora del proceso.

Peter Fonagy, psicoanalista inglés de esta orientación, propugna el trabajo de la “mentalización”, una función ligada a la posibilidad de “darse cuenta” de la intencionalidad de las acciones de los demás y de uno mismo, que ha quedado perturbada por las fallas de apego temprano.

En los últimos 20 años, Allan Schore, en Estados Unidos, se ha dedicado a la investigación del apego temprano, recogiendo conclusiones de una diversidad de investigaciones de otros autores. Encuentra una gran apoyatura en los hallazgos de las neurociencias, desde donde, junto con otros psicoanalistas, propone una resultante ligada por el concepto de inconsciente: el neuropsicoanálisis.

Entre los aportes más importantes de lo observado por Schore, tenemos que la interacción vincular que establecen la madre y el bebé está sostenida por los hemisferios cerebrales derechos de ambos, en particular por el sistema límbico. Como sabemos, en los comienzos de la vida predomina un intenso desarrollo del hemisferio cerebral derecho, que tiene una preponderante misión en la organización e integración de las expresiones afectivas. De la interacción entre la madre y su bebé surge una resultante que sedimenta en la memoria procedimental de cada quien y que en el bebé es crucial para el establecimiento de las claves para un lenguaje emocional futuro.

Esta aproximación límbica derecha tiene un interjuego de estimulación-respuesta, sostenido por un marcador psicofisiológico, que se traduce en una sintonía mutuamente estimulante, con reacciones que van tejiendo una trama de experiencias que dan lugar y forma al mutuo entendimiento y desarrollo creativo, en el que intermedian las miradas, los gestos, los tonos, la prosodia… y todo lo que antecede al lenguaje verbal. En los momentos más tempranos de este encuentro se da, de manera natural, fisiológica, un fenómeno especial llamado “sincronía”, que es una suerte de complementación en simultáneo entre madre y bebé… una vivencia en común. Por ejemplo, él bebé tiene hambre y la madre empieza a emanar leche, aunque no estén juntos.

El concepto de regulación emocional es uno de los temas centrales en la fenomenología del apego. Schore lo toma como un modelo a considerar en el escenario terapéutico, en la relación entre el psicoterapeuta y su paciente. Las emociones en general -y la angustia o depresión en particular- movilizan en la madre recursos emocionales de consolación, contención, presencia calmante, seguridad, protección, paciencia, etc. Paulatinamente, el bebé incorpora la experiencia de forma que en algún momento logra la propia autorregulación y la confianza en las posibilidades de sostenerse por sí mismo en ausencia de la madre.

Ciertamente, de este acompañamiento regulatorio llevado de manera natural, deriva lo que Bowlby denomina un apego seguro, es decir, la sensación suficiente de confianza en la estabilidad interior, como para atreverse a explorar en situaciones extrañas. Las fallas en el desarrollo de una interacción saludable con el entorno llevan a lo que denominó “apego inseguro”, es decir, una falta de confianza en la estabilidad interior, lo que supone, extensivamente, dificultades para explorar el entorno e interactuar con éste de forma flexible.

Estas configuraciones afectivas básicas, el apego seguro y el apego inseguro, tienen por cierto, variables cualitativas y cuantitativas y evolucionan en la vida enmarcada por experiencias que contribuyen a su reforzamiento o debilitación. Siendo éste un punto central para la evaluación del potencial que supone su inclusión en el proceso terapéutico.

Desde esta introducción, por cierto, muy sintética, al desarrollo del concepto de apego y a su trascendencia actual en la psicoterapia psicoanalítica como un concepto abierto, en evolución, que integra lo biológico y que se nutre de los hallazgos de las neurociencias y las nuevas investigaciones, vamos a dar espacio a los aconteceres de mi experiencia personal propuesta inicialmente.  


De paciente a psicoterapeuta

Poco tiempo después de cumplir mis 20 años, falleció mi padre.  Un fulminante cáncer de pulmón se lo llevó en pocos meses, llenándome de una inmensa tristeza, un dolor profundo que trataba con dificultad de soslayar tras la excusa que me prestaban las exigencias de estudio propias de un estudiante del primer año de medicina. Haciendo de tripas corazón, seguí adelante como pude, hasta que, a los pocos meses, como la brusca explosión de una represa, me desmoroné: tuve mi primer ataque de pánico, seguido por remezones intensos de angustia que no desaparecían con facilidad. Fue una terrible experiencia que me hundió en un fárrago de mil fantasías y temores. Me inundó la fantasía y los temores de quedar atrapado en la ciénaga de la impotencia, de tener que abandonar los estudios, de convertirme en un incapaz... aún así, "mascando vidrio", me esforcé y seguí para adelante, a duras penas… pero, el cuadro fue in crescendo… angustia insoportable, dificultad para dormir, nuevos ataques de pánico, fobia a los espacios cerrados… me ocurría en las clases, cuando apagaban las luces para proyectar láminas. Terminaba, entonces, saliéndome del salón, en medio de una sensación de ahogo, de falta de aire y con el corazón al galope, subiendo hacia mi garganta,  amenazando con estallar... me tomaba unos minutos y volvía a entrar, siguiendo la clases desde la parte de atrás, cerca a la puerta, por si tuviera que volver a salir. Nadie sabía lo que me pasaba, era algo que sentía poco digno de compartir.

Cuando no pude más, busqué ayuda y encontré prescripciones y recomendaciones de todo tipo: ejercicios de relajación, respiración, tranquilizantes, antidepresivos… y, desde mí mismo, un aferramiento al terreno de los estudios, que decidí heroicamente sacar adelante en memoria de mi padre. Como en una incierta cuerda floja aprendí a mantener el equilibrio, a torear los síntomas, generar estrategias para manejar los picos de angustia… hasta que descubrí la psicoterapia, el psicoanálisis. Un joven y muy erudito profesor, que nos daba clases de psiquiatría en la facultad de medicina, nos sedujo a varios alumnos con una propuesta irresistible: nos ofreció clases privadas de psicoanálisis, ¡gratis!, un regalo de la vida imposible de dejar pasar!. Fue así que ingresé a mi primer grupo de estudios sobre el fascinante mundo del inconsciente, "poderoso y mágico” del que nada sabía, pero mucho sentía que había que aprender, una nueva ruta hacia la salud...

Quedé fascinado por esta nueva mirada que trascendía osadamente lo aparente… y, por cierto, no tardé en pedir la oportunidad de ser paciente de nuestro deslumbrante profesor, honor que me fue conferido de inmediato, haciéndome sentir el más afortunado de los mortales. Así comenzaron los primeros cuatro años y medio de terapia personal, a los que luego se sumaron experiencias de psicoanálisis, y que, incluyendo los requeridos por mi formación como psicoanalista, sumaron un total de doce años de búsqueda interior. Para sostener el costo de mi terapia personal, cursos, compra de libros, supervisiones, etc., no había esfuerzo que no estuviera dispuesto a hacer: hacía taxi, monté una polla del fútbol con mis compañeros de estudios, trabajé en una clínica… Salté a una idealización total del psicoanálisis en esa versión que me tocó por entonces conocer.

En este nuevo espacio de estudios, de repente me encontré convertido en una suerte de  “genio”, en un "brillante estudiante", algo inédito en mi experiencia estudiantil. Esta situación derivaba de que mi erudito profesor y psicoterapeuta no dejaba de dar interpretaciones interesantísimas a partir de cualquier comentario que yo hiciera: “lo que Pedro nos quiere decir…” seguido de una serie de conceptos y asociaciones que me daba rubor discutir si realmente era lo que quise decir… porque no dejaba de ser un juego ilustrativo del que se aprendían cosas. Mis compañeros parecían verme de la misma manera, en una dinámica que poco a poco fui entendiendo como un fenómeno grupal... consecuencia de una sugestión orquestada por nuestro mentor.

En este contexto, entonces, pasé a ocupar el lugar del discípulo destacado, el de una suerte de delfín, que seguramente comparé con la relación entre Jung y Freud… ¡nada menos!  época de tremendas idealizaciones…! Cierto es que, en algún lugar de mi mente, nunca estuve del todo  convencido de la propuesta. Me daba cuenta de ello, pero preferí dejarlo así. Sentía una tremenda compensación: me mejoró el ánimo, volvía a una vida “normal”, las angustias se disiparon, mientras disfrutaba de una mística de aprendizaje que nunca antes había experimentado, cómo no seguir asido de este cómodo “flotador” que me rescataba del naufragio, que me daba tiempo, de a pocos, para aprender a nadar...

De lo que tardé en tomar conciencia fue de la cantidad de contradicciones que se producían entre el discurso de la enseñanza de la técnica y lo que puso en práctica mi psicoterapeuta en mi proceso con él. Aparte de darme clases, me supervisaba gratuitamente, me prestaba sus libros, íbamos al cine, al estadio (éramos hinchas del Muni), nos reuníamos a escuchar música en su departamento, viajábamos a congresos… Incluso, me llevó con él como su segundo a trabajar en una clínica psiquiátrica. Digamos que me adoptó. Protagonizó a un padre sustituto que restañaba mi pérdida, colocándome en un lugar idealizado... realizaba totalmente mis fantasías infantiles de ser el preferido de papá, para el sexto de seis hermanos era llegar a una gloria que no me hubiera osado imaginar.

Esto no tenía nada que ver con lo que había sido la relación con mi padre, a quien amé profundamente, pero sin tanta necesidad de apego idealizado.  Mi padre era un hombre de gran calidez, a quien simplemente sentía allí, disponible; percibía su confianza y la libertad que emanaba de ello. Su impronta emanaba del ejemplo, era un “arreglador”, no había cosa que no pudiera reparar,  carpintería, gasfitería, pintura, etc., incluso, eventualmente creaba instrumentos, producto de una habilidad especial para dar cuenta de sus necesidades. Me dejaba ser, sin presiones ni amenazas. En relación al tema del apego, creo que mi padre llenó en gran medida el vacío que dejaba mi madre, quien era más bien fría o poco tierna… salvo en lo que significaba atender nuestras necesidades básicas.  Alguna vez dije de mi padre que él “era una madre”.

Comparado con mi padre original, en algún momento, empecé a sentir que lo que protagonizaba mi terapeuta no correspondía con lo mío, empecé a sentir que esperaba una filiación dependiente, que, afectivamente no había "gratuidad". Poco a poco, fui comprendiendo que era parte de una trama de proyecciones e identificaciones transferenciales que se nutrían de mi contratransferencia y que mi transferencia, en última instancia, estaba tergiversada por las propias necesidades de mi psicoterapeuta, quien veía en mí a aquél que él hubiera querido ser… Cierto es que a su lado me planteaba, sin sufrir, la utopía de querer emularlo, en particular con respecto a su erudición. Él era un ratón de biblioteca con una memoria fotográfica mientras que una de las cosas de las cuales yo adolezco es de tener una buena memoria, tema que retomaremos más adelante como parte de mi posicionamiento en mi lugar como psicoanalista.

En paralelo a mi psicoterapia de aquel entonces, realizaba mi formación como psiquiatra dinámico en la escuela del Dr. Seguín, verdadero maestro, quien, a la cabeza de un equipo de destacados profesionales, sostenía una propuesta de integración de recursos: comunidad terapéutica, psicoterapia de grupo, psicoterapia individual, psiquiatría de enlace, farmacoterapia, psicodrama, medicina folklórica, etc.

La prédica central, que propugnaba el maestro Seguín, era el acercamiento humano al paciente, el “eros terapéutico”, principio con el cual guardaba total coherencia, lo mismo que con el ejercicio humano de la relación con sus discípulos, quienes, dicho sea de paso, no eran seducidos sino estimulados en libertad. Puedo decir que en su servicio había mística y calidez, una excelente relación de equipo que me ayudó muchísimo a recuperarme… siendo parte de una familia con un padre ejemplar.

Faltando poco para terminar mi psicoterapia (y comenzar mi análisis con un psicoanalista formado), mi terapeuta me desconcertó con una pregunta que ni remotamente esperaba: “¿Te incomoda si salgo con tal chica...?”  Él sabía que cada tanto yo salía con ella; no era nada serio, pero ¡había sido material de sesión…! De alguna manera me convenció, con la explicitación de que sus intenciones eran serias para con ella, por lo cual dejé de lado la mirada analítica de la situación. Todo resultaba pésimo técnicamente… y, sin embargo, ¡me ayudó tanto!

Claro, hubo un después en donde surgieron confrontaciones con estas cosas; primero conmigo mismo y luego con él. Para él, todo había estado bien. Decidí, entonces, que no había lugar para una extensión de la relación en términos de amistad, cosa que él propugnaba. En algún momento, le llegué a decir: “No puedo ser tu amigo simplemente porque a un amigo lo puedo mandar a la mierda y contigo no se puede…” 

Pero él no se soltaba de la idealización. Comprendí que no sabía relacionarse “a la de verdad”.  Era “el dueño de la pelota que no aprendió a jugar…”  Sin embargo, me ayudó; o quizás, mejor dicho, me apoyé en él para ayudarme… y salir, terminar de salir, cerrar el duelo.

Pocos años después, escuchaba a Otto Kernberg en una conferencia en Buenos Aires.  Él decía que un buen paciente (alguien medianamente integrado) funciona con cualquier terapeuta; que el paciente complicado sí requiere de alguien bien formado profesionalmente. Bueno, también es cierto que luego de esa experiencia seguí en análisis por varios años más, tiempo demás para elaboraciones y reelaboraciones... que, de alguna manera, siguen hasta la actualidad, sin las urgencias de los comienzos, puedo sostener la mirada analítica que me permite trabajar y vivir sin engañarme.

Creo que lo ocurrido tiene que ver con el haber participado de algo así como una idealización liberadora en la cual, felizmente, no quedé atrapado. ¿Me encontré con el “brillo en la mirada” que no tuve tempranamente?  No lo sé, pero es posible que también me haya reencontrado con el vacío engañoso de quien imposta por seducirte.  Felizmente, de alguna manera, se instaló la posibilidad de darme cuenta… de salir de la impostura y ponerle fin a la diada especular. Son posibles muchísimas interpretaciones y lecturas de este momento de mi vida, que era el comienzo mismo de mi carrera, partiendo de una experiencia marcada por la necesidad, hacia una continuidad sostenida ya por mi propio deseo.

Tuve luego otra experiencia analítica en la que sentí que no conectaba con mi psicoanalista, quien era demasiado ortodoxo y había momentos en que yo requería más cercanía y no la sentía. No tuve problemas en ponerle fin.

Encontré la sintonía que buscaba en otro psicoanalista en quien percibí una gran apertura, sin desmedro de su posición analítica. Más allá de su conocida erudición, se manejaba con una gran soltura en las sesiones, me agradaba en particular su sinceridad y su cálida sencillez, permitiendo con delicadeza una cercanía no invasiva por ambas partes.

El tramo final de mi camino hacia la identidad psicoanalítica ya tenía el cariz de una peregrinación.  Dejé todo lo que materialmente había logrado acumular, que no era mucho, para viajar al exterior a formarme. Siento, en la perspectiva del tiempo, que lo más importante de esa experiencia fue enfrentarme al reto de auto sostenerme por todos esos años y sobrevivir al intento; renunciar a todo, estar dispuesto a dar la vida por lograr el ansiado lugar como psicoanalista; y, al final, estar igualmente dispuesto a romper con el ideal. Fue una vivencia liberadora.

Mi psicoanalista didacta, una francesa brillante y encantadora, me acompañó en el tramo final de mi camino a la sencillez, al ejercicio de pisar tierra, a encontrarme con la realidad. Esta psicoanalista era, también, muy abierta y cercana, cálida y nada complicada. Fue un grato encuentro humano de dos personas que conocían del exilio.  En mi caso, comprendí que en gran parte mi proceso estaba ligado a la necesidad de enfrentarme a los fantasmas del desamparo y del desarraigo, a salir adelante fuera de mi “lugar seguro”.

Poco tiempo después de retornar a Lima, escribí un artículo titulado “Psicoanálisis, Mito y Realidad”, en donde reflexionaba sobre el final de mi proceso de formación (formal) en el sentido de que podía hablarse de un logro si es que se llegaba a una saludable “castración…” refiriéndome a una declinación de las aspiraciones narcisistas ideales, cosa que sentía que andaba por allí agazapada en mis ocultas aspiraciones de convertirme en un ser mítico. Me di cuenta, entonces, que estaba preparado para ser, para tener, pero también para renunciar, una cuota importante que me abría la perspectiva de poder ser yo mismo y construir a partir de la experiencia, sin temor al error, al destierro o a la condena. Amparado por cierto en la capacidad incorporada de una mirada psicoanalítica liberadora.

Algo de eso debe haberme alentado a embarcarme en la constitución del CPPL, institución que fundamos con queridos colegas, con la idea de generar un espacio alternativo a la sociedad analítica, que por entonces se nos antojaba como muy estricta y restrictiva. Por muchos años, el Centro fue un lugar de encuentro en donde flotaba un ambiente cálido y distendido, detalle que reiteradamente era remarcado por visitantes y expositores extranjeros invitados a nuestros congresos.


Mi lugar como psicoterapeuta

Hace ya muchos años que sigo a los investigadores de las distintas disciplinas psicoterapéuticas y neurocientíficas, que concuerdan en que el factor más importante en el logro de los objetivos terapéuticos no deriva tanto de la técnica que empleen y menos aún de la ideología teórica a la que adscriban, como que sí lo es desde la calidad del vínculo que logren desarrollar psicoterapeuta y paciente. 

Es un encuentro empático y sostenedor el que permite que el paciente encuentre la posibilidad de comprometerse integralmente en su proceso. De alguna manera, podemos entender que el pívot de la experiencia se centra en el encuentro “inconsciente – inconsciente”, con predominancia del lenguaje emocional, actitudinal, tonal o corporal entre los protagonistas de la experiencia, es decir, el terapeuta y su paciente.

De alguna manera, desde mis tiempos de formación como psiquiatra dinámico en la escuela del Dr. Seguin, se nos remarcó la premisa de la importancia de la relación “médico-paciente” y el sostenimiento del proceso desde el “Eros Terapéutico”, una variable del amor al semejante que era el eje de nuestra aproximación terapéutica.  Esta mirada, por cierto, nos era inculcada por el amor docente y fraterno que acompañaba nuestra formación. Como existía una mística por el aprendizaje ajeno a dogmas, con una distancia total de afanes proselitistas, se daba pie a que cada quien encontrara la fórmula terapéutica de su preferencia, siempre y cuando se involucrara con verdadero compromiso.

En Seguín encontré a un maestro que siempre compartía las novedades que recogía de sus lecturas, experiencias o asistencia a congresos, estimulando a sus discípulos a ponerlas en práctica. Fue allí donde me forjé como psicoterapeuta, en esa escuela de apertura, integración y cambio, a la que tanto debo.

Precisamente de las canteras de la escuela de Seguín surgieron la mayoría de las escuelas psicodinámicas en nuestro país.  Yo elegí el psicoanálisis y, como quiera que aún no se daba esta formación en Lima, emprendí el camino de la migración a Buenos Aires, en donde completé mi formación como analista.

En la Asociación Psicoanalítica Argentina me sorprendió encontrar un menú teórico-clínico bastante abierto, aunque se sentía mucho la influencia kleiniana y el pensamiento lacaniano empezaba a sonar fuerte.  Pero, también, existía una importante corriente winnicottiana que iba cobrando fuerza. Supervisé con una kleiniana y con un filo lacaniano, pese a que mi mayor sintonía estaba con Winnicott y su apuesta por la creatividad en el campo.

De vuelta en Lima, ejercí por varios años lo más cercano que pude al marco técnico de la disciplina psicoanalítica. El manejo de la neutralidad y la abstinencia necesarias para el desarrollo del proceso eran de cotidiana observancia, pero, de una forma u otra, aparecía cada tanto alguna variable y, amparado por la invitación al gesto espontáneo que recogí de las enseñanzas de Winnicott y que es inmanente a la naturaleza humana, hacía uso de éste.

Fue en el año 1995, supervisando para optar al grado de "psicoanalista didacta", con Saúl Peña, que le escucho decirme: “Oye, veo que tú eres bastante patero”, y no lo decía a la manera de una censura, sino como reconociendo un estilo personal una cierta soltura en la relación con el paciente.  Por lo menos, así lo entendí cosa que contribuyó al sentimiento de reconocimiento de mi forma personal de trabajar en cercanía afectiva con el paciente.

Por entonces ya andaba metido hasta las orejas en la corriente winnicottiana. La mayoría de mis trabajos de esa época elaboraban variables que surgían del trabajo con mis pacientes, procesos que algunas veces se salían de la ortodoxia, sin perder la esencia psicoanalítica.

Además, el trabajo en el Centro de Psicoterapia me permitió espacios para rescatar variables terapéuticas, como la implementación de una clínica de día, a la que bautizamos como “Carlos Alberto Seguín”. Desarrollamos también talleres de abordaje intensivo aplicados a patologías específicas, con manejo de variables de enfoque grupal.

Me doy cuenta ahora que era como estar rescatando aquellas prácticas de mi formación de origen, enriquecidas, por cierto, con lo recogido en la comprensión psicoanalítica y por el hecho de permitirme experimentar con variables.

También, implementamos en el CPPL un sistema de atención gratuita: una vez al año convocábamos al público en general a una experiencia en la que, combinando abordajes de psiquiatría y psicoterapia de una sola entrevista, junto con talleres y conferencias, integrados a su vez con comunicación masiva interactiva, aprovechando la audiencia radial del Dr. Fernando Maestre, dábamos cuenta de necesidades de información, experiencias emocionales correctivas, consultas personales, orientación y abordajes con posibilidades terapéuticas. Fueron épocas de mucha creatividad y mística que me es grato recordar.

Creamos, también, un espacio de atención permanente para personas de menores recursos, entrecruzando los requerimientos de formación de nuestros alumnos y terapeutas del CPPL con una gran demanda de atención proveniente del programa radial que conducía Fernando Maestre, en el cual participábamos activamente dentro de un marco educativo-terapéutico, haciendo aproximaciones puntuales a las consultas del público, que nos retaba a utilizar el formato de intervenciones de una sola vez, las cuales, con frecuencia, se nos hacía saber que habían tenido consecuencias terapéuticas.

Luego, alrededor del año 2005, nos juntamos tres colegas para formar un grupo de estudios interdisciplinario en torno a la neurociencia, siguiendo las huellas de un grupo de psicoanalistas que proponían el “neuropsicoanálisis”. Hubo, para mí, un antes y un después de esa experiencia: la comprensión de la trama organizativa del cerebro emocional me permitió calar hondo en la temática del apego y su relación con la memoria implícita, con la importancia de la apertura del inconsciente y los afectos del terapeuta en el abordaje de la problemática emocional del paciente, dando pleno sentido a lo que ya estaba aplicando en mi trabajo.

Leímos los trabajos de Eric Kandel, destacado neurocientífico y Premio Nobel (2000), quien, desde sus aportes sobre el estudio de la memoria implícita, invita a una integración del espacio inconsciente como área común entre psicoanálisis y neurociencia. Por cierto, el peso de la memoria implícita ha ido nutriendo nuestra valoración de los registros inconscientes sensitivo–sensoriales y emocionales, que subyacen a nuestras conductas, resultando este conocimiento invalorable en nuestro trabajo clínico.

Este tema recuerda abordajes como el del psicoanalista norteamericano Christopher Bollas, que nos habla de “lo sabido no pensado” y del “inconsciente receptivo”, puntos importantes de su teorización que coinciden en alguna medida con el concepto de “memoria implícita”.

Posteriormente, encontré grandes coincidencias con la psicoterapia psicoanalítica relacional, que plantea una relación terapéutica mucho más ligada a la comunicación entre los inconscientes del paciente y del psicoterapeuta.  Fue, entonces, cuando me di cuenta de que no era tan necesario tener una memoria explícita tan notable como la de mi primer terapeuta, sino que, lo más importante, lo imprescindible en el trabajo clínico era la capacidad de conectar en la terapia el inconsciente emocional del terapeuta con el del paciente. El proceso de cambio corre más por la cuenta de la regulación emocional que transita por canales que van más allá de la palabra. La empatía ocupa así el rol principal y la calidad del vínculo permite ir construyendo una base segura, equivalente a la que se da en el apego seguro temprano entre la madre y su bebé.

A propósito de este tema escribí, en su momento el trabajo “De la tarea de hacer consciente lo inconsciente al encuentro relacional de los inconscientes”, trabajo mencionado en la bibliografía.  Quisiera citar algunos párrafos de este trabajo:

“Las expresiones no verbales cobran mayor importancia y la dinámica de un acercamiento emocional similar a las circunstancias tempranas de la relación madre–bebé comprometen de una manera diferente la participación del analista. La diada “atención flotante”–“asociación libre” supone ahora el acercamiento de los inconscientes afectivos del paciente y del terapeuta, con atención a su resonancia relacional afectiva, promoviendo la emergencia de un flujo asociativo y de potenciales emocionales que no tuvieron oportunidad en la infancia temprana por fallas en la respuesta del ambiente.

Es así como vengo trabajando desde hace ya un tiempo, encontrando ahora la oportunidad de comprender mejor lo que hago; las nociones de memoria implícita, de impronta, del trabajo en sintonía, con sincronía, la regulación afectiva y el potencial transformacional que de ésta deriva, del proceso terapéutico como fenómeno de campo, de la importancia de los “enactments” en la sesión, de la “responsividad” (respuesta oportuna), del nuevo lugar que podemos otorgarle al concepto de disociación, etc., cobran sentido alrededor de la noción de conexión cerebral emocional límbica y de generación de nuevas sinapsis, lo que se traduce en una ampliación de la capacidad asociativa.

En lo personal, siento que trabajar de esta manera es una forma de fluir con el paciente, de abrir mi subjetividad a una resultante que amplía mi experiencia de ser, en este caso, con el paciente. Tengo la sensación de que, así, el proceso me resulta más ligero y a la vez más profundo; no tengo que inhibir emociones, éstas se adecúan solas en la dinámica de la sesión. Siempre, por cierto, con la salvaguarda de una atención operativa que contempla la escena y corrige o aporta las posibilidades para el entendimiento o la mentalización.”

Mi eje funcional ha variado hacia lo que hace unos años presenté en otro trabajo que titulé “Fluir para influir”. La propuesta era reconstituir las circunstancias fallidas del apego temprano y, de alguna manera, en el presente, participar en la regulación emocional del paciente, facilitando el logro de un equilibrio homeostático y una mejor integración del sí mismo. En esta tarea tiene mucho mayor cabida el acercamiento límbico del terapeuta, el poder sentir con el paciente, ayudarlo a integrar y reconocer lo que no le es posible percibir sin asociaciones de temor o angustia de quiebre.

En los tiempos que corren, mi trabajo incluye una apuesta total al fluir asociativo, integrando elementos que provienen de mi vida personal, tamizados de acuerdo al “timing” en el que nos encontremos. Si algo siento en este quehacer en el presente, es que disfruto mucho en el encuentro con ese semejante que me consulta; aprendo en cada caso sus claves afectivas con más facilidad, a distancia de encuadrarlos en titulaciones teóricas o racionalizaciones “eruditas” y, mucho más que nunca, me relaciono con la persona más que con su enfermedad.  Percibo que puedo acompañarlos mejor en sus necesidades de apego, sintiendo con ellos y ayudándolos a destrabar emociones bloqueadas e ignotas.


Bibliografía

Bollas, Christopher... Fuerzas de destino. Psicoanálisis e idioma humano.  Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1989. 
Bollas, Christopher... La sombra del objeto. Psicoanálisis de lo sabido no pensado. Buenos Aires, Editorial Amorrortu, 1991. 
Bowlby, John… La separación afectiva.  Buenos Aires, Ediciones Paidós, 1985.
Damasio, Antonio… En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos.  Madrid, Editorial Crítica, 2005.
Kandel, Eric… Psiquiatría, Psicoanálisis y la nueva biología de la mente.  Barcelona, Ars Médica, 2007. 
Kaplan-Solms, Karen… Solms, Mark… Estudios clínicos en neuropsicoanálisis.  Introducción a la neuropsicología profunda.  Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2005. 
LeDoux, Joseph… El cerebro emocional.  Buenos Aires, Editorial Ariel, 1999. 
Morales, Pedro… Del Espacio Potencial al Espacio Potenciado.  Lima, IX Congreso del CPPL: "Subjetividad e Intersubjetividad", 6 - 8 Setiembre 2001
Morales, Pedro… Fluir para Influir.  Lima, XIII Congreso Peruano de Psicoanálisis: “Los Afectos: versiones y subversiones”, organizado por la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, octubre 2013.
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Seguín, Carlos Alberto… Amor y psicoterapia.  Lima, Paidós, 1962.
Winnicott, Donald W.... Realidad y Juego.  Barcelona, Gedisa, 1982.
Winnicott, Donald... El gesto espontáneo. Barcelona, Paidós, 2000.

2014/10/11 Diacronía y Sincronía. Subjetividad e Intersubjetividad.

XVI Congreso CPPL “La Rebelión del Inconsciente. Psicoterapia y Neurociencias”
Octubre 2014

La subjetividad es esa forma particular que cada quien tiene de percibir e interpretar al otro y a sí mismo.  El percepto, es decir, el registro de lo percibido, está condicionado por una serie de factores, entre los que enfatizaría dos ejes como fundamentales: el de la experiencia vivida en un “espacio seguro”, en un ambiente de confianza básica; y, aquel otro en que los registros de la situación se dan en un clima que moviliza mecanismos de “ataque y fuga”.

Quien sostiene el funcionamiento subjetivo es, por cierto, el sujeto. Resulta necesario,  entonces, echar una ojeada a la constitución del sujeto y a su devenir cognitivo, en particular a aquello que proviene de su experiencia implícita, preverbal, que subyace como esencia de su subjetividad. 

El sujeto, en el inicio, es una suerte de “modelo para armar” (¡un modelo para amar!) con sus piezas singulares  -emociones, sensaciones, percepciones y registros del sensorio-  que irán configurándose en la interacción continua con el entorno.

La teoría del apego, en relación a este punto, a la evolución del sujeto en la vida, enfatiza la necesidad de una configuración basada en un vínculo afectivo, sostenedor a la vez que estimulante, y susceptible, también, de ser estimulado; con capacidad para dar respuestas sintónicas… y, como veremos, de manera especial, con posibilidades para encuentros sincrónicos.

La sintonía y la sincronía en el ínter juego relacional de la madre y su bebé constituyen la base para una disposición positiva en el encuentro estructurante del sujeto. El anhelo por el vínculo de apego transcurre así sin mayores interferencias, dando espacio al registro de la experiencia del sí mismo existiendo, siendo.

La experiencia del sí mismo, en sus comienzos, es una experiencia de a dos, la de una díada funcional que continúa la condición uterina hasta que el bebé logra desarrollar la capacidad tanto de percibirse a sí mismo como de llegar a tener conciencia creciente del otro como semejante y diferente.

A ello contribuyen también las fallas en la respuesta sintónica o sincrónica que, siendo registradas por la madre, la movilizan a tener gestos reparativos. La madre recurre a su propia capacidad de rescatarse de emociones negativas y autorregularse, apoyándose justamente en la percepción en sí misma de las expresiones emocionales de su afectado bebé, quien, desde este ejercicio repetido, puede también integrar la experiencia de rescate y regulación de las propias emociones negativas o de volver a contar con la madre, pese a que ella ha mostrado fallas en el encuentro.

Por cierto, el exceso de fallas o su prolongación en el tiempo restan posibilidades a una reparación “sincrónica”; los intentos de reparar simplemente resultan extemporáneos y, acaso, favorecedores de juegos relacionales que capitalizan la culpa mas no resuelven la desconfianza instalada. La regulación emocional, entonces, deriva a formas varias de manejar la experiencia fallida y de dar cuenta de las emociones negativas. La necesidad de manejar el sentido de lo bueno y lo malo se enrumba hacia la configuración de una subjetividad cerrada, con pocas o nulas posibilidades para experiencias de intimidad e intersubjetividad.

La sintonía tiene que ver con la capacidad de reflejar los estados emocionales del otro en uno mismo, devolviéndoselos a veces en eco resonante, como ocurre con el gesto alegre o la mirada dulce; otras veces, como complemento correspondiente al requerimiento del mensaje emocional, frente al llanto o las expresiones de inquietud o angustia.

La sincronía tiene que ver con el tiempo, con la coincidencia en el estar allí, oportuno, con la respuesta que el bebé requiere de manera perentoria.

Sintonía y sincronía no necesariamente andan juntas y la empatía sola no basta. En el período de apego temprano hay que estar allí, sintiendo con el bebé en el momento mismo en que surge la necesidad.

Es lamentable observar la frecuencia con que se dan fallas groseras en la capacidad empática de la madre, a veces por vacíos en su propia experiencia temprana, otras veces por interferencias varias que no propician un clima de tranquilidad y entrega a la delicada función que le toca en la crianza de su bebé.  Existen diversas circunstancias que pueden alterar el estado emocional o la accesibilidad de la madre, llegando a perturbar este encuentro para el que están naturalmente dotados ambos, madre y bebé.

Digamos que, de la óptima relación de apego temprano deriva un sujeto con capacidad amplia para la interacción sintónica y sincrónica, cuya subjetividad estará teñida de confianza y optimismo.  Las posibilidades de intimidad no movilizan en él angustias de fragilidad o desamparo. El aferramiento a lo propio (y subjetivo) no le resulta indispensable y es, más bien, alguien que puede compartir o desprenderse de sus cosas (ideas, intereses, poder).  Su forma de ver las cosas no se convierte en excluyente o indispensable; el interés ajeno puede, así, llegar a tener prioridad, sin desmedro de su sentimiento de valor personal.  En su vida predomina el diálogo antes que la discusión, pero es firme en sostener sus valores, con los que mantiene una esencial coherencia. Es susceptible de cambio y el camino de la vida le suele deparar cierto grado de sabiduría para asimilar el paso del tiempo y enfrentar la adversidad sin contratiempos. 

Visto en una dimensión diacrónica, mantiene lo esencial de sí mismo a la vez que una apertura al cambio, que la sedimentación de la experiencia de vida le va aportando, sintiendo con ello un enriquecimiento y profundidad que van poniendo distancia a la subjetividad del punto de partida.

En tanto mantiene una disposición sincrónica, no pierde la inercia transformacional. El cambio es una constante que lo enriquece como sujeto, dejando paulatinamente las necesidades de aferrarse a modelos o posturas, sin que ello atenúe su capacidad de disfrutar de sí mismo o de la relación con los demás. Diríamos que se vuelve cada vez más auténtico, transparente y accesible.  No lo aterran los errores y, más bien, se nutre de corregirlos, incentivando formas creativas de hacerlo.  Explora siempre nuevas experiencias y aprende del ejercicio de vivir y relacionarse, de ayudar y dejarse ayudar, de poder jugar distintos roles sin aferrarse a ninguno, salvo por placer natural.

Cuando se producen fallas importantes en la experiencia de apego temprano en lo que atañe a la sintonía y, en especial, a la sincronía, la subjetividad se organiza desde una premisa adaptativa diferente. Predomina la alerta de amenaza y la necesidad de control, que solo se atenúan sobre la base de una reacción defensiva que compromete severamente la capacidad de regulación emocional. Desde entonces, se comienza a apelar a mecanismos de inhibición, a reacciones desproporcionadas o a la distorsión del sentir propio, con la consiguiente confusión subjetiva. Esta disfuncionalidad regulatoria afectiva queda registrada como un patrón en la memoria implícita u operacional, como un contenido no accesible al recuerdo consciente, pero que determinará la esencia de la cualidad subjetiva de nuestra percepción de las cosas y, en particular, en la relación con el otro.

Si falla la funcionalidad sintónica y más aún la sincronía, la subjetividad se convierte  en un baluarte casi inexpugnable (con variables, por cierto).  Distintos ropajes la engalanan, al punto de que, en algunos casos, se llega a lucir hasta como un dechado de  “empatía”, en particular si con ello se logra la coincidencia de los demás hacia ésta (por ejemplo, en la psicopatía). Sin embargo, los problemas surgen intensos cuando algo o alguien la frustran o la cuestionan, cosa que le resulta intolerable. Es entonces que se produce un repliegue, quizás reforzado, hacia la subjetividad.  No hay posibilidades de integrar o asimilar la propuesta del otro.  De esta manera, no se produce una resultante intersubjetiva enriquecedora. No hay apertura a la integración de lo nuevo de la experiencia. Por tanto no hay modificación de la subjetividad en el devenir diacrónico del sujeto.

La sintonía está marcada por la necesidad de que el otro se adapte o coincida con su necesidad subjetiva.  En general, muestran poca disposición a declinar posiciones, acogiendo o integrando el punto de vista del otro. La supuesta adaptación en ellos tiene más el carácter de sometimiento que de integración, manteniéndose climas tensionales que no encuentran con facilidad el pasillo de la sintonía y menos aún la posibilidad sincrónica. Solo la eventualidad de respuestas “perfectas” da lugar a soluciones funcionales, pero siempre sobre la base del temor (al fracaso o a la pérdida del afecto) y a la necesidad de control.

Una circunstancia particular es aquella en la que algún talento especial los ubica como exitosos en el arte, las ciencias, las letras y demás.  Eruditos y destacados, sus argumentos y capacidades no hacen fácil vislumbrar el núcleo duro de su subjetividad disfuncional, más aún si logran ser grandes argumentadores. Es posible que, sin embargo, encuentren en su disciplina un refugio para sus temores y se mantengan sin variaciones en el mundo vincular, a lo largo de la vida.

Es entonces posible observar que, en la diacronía de su subjetividad, en el despliegue en el tiempo, predomina el patrón original, con poca apertura a experiencias sincrónicas, a nuevas experiencias de encuentro que, cuestionando su esencia subjetiva, marquen el sentido de un cambio, de una posibilidad de reformulación de los patrones emocionales de origen. Lo que encontramos es una tendencia a leer las nuevas circunstancias con las mismas claves del núcleo duro de la experiencia temprana; es lo que conocemos como compulsión repetitiva o quizás transferencia, en donde el encuentro con el otro queda siempre desdibujado por la percepción subjetiva teñida del  pasado emocional y la experiencia de intimidad o sincronía no tienen posibilidad en el presente. No hay renovación; por tanto, el patrón subjetivo se sostiene, entrampado por la necesidad de contrarrestar la huella de la falla en el organigrama original, en la experiencia de apego temprano. La modificación de la experiencia implícita no tiene lugar o es muy pobre.

Es la intención de este trabajo enfatizar el paralelo que significa la presencia de fallas o traumas tempranos y la configuración misma, a nivel del cerebro emocional, a nivel del sistema límbico, de las alteraciones en la regulación emocional, que derivan en estructuras disfuncionales en las distintas áreas del sistema neural afectado. El sedimento de estas experiencias fundantes forma el núcleo de nuestra memoria operacional implícita, la que condiciona el ordenamiento de las demás funciones mentales y la resultante subjetividad.

También, quisiera enfatizar que la ciencia ha podido determinar fehacientemente que, si bien estos derivados disfuncionales tienden a sostenerse en el tiempo, es también posible su modificación, en grados variables, mediante la psicoterapia. La influencia de ésta (de la psicoterapia) no se limita ahora a la sola idea de cambios en el comportamiento relacional o del "insight" racional; cada vez es más clara la relación entre el asociar libre y la atención flotante y la comunicación entre cerebros derechos con repercusiones de cambio, que incluyen la noción de neurogénesis y neuroplasticidad. 

La observación de las posibilidades de reorganización sináptica en los circuitos del sistema límbico permite comprobar cambios funcionales, que solemos llamar “estructurales”, en tanto que son estables en el comportamiento relacional afectivo.  Estos, cada vez son más ubicables en el mapeo de las áreas límbicas involucradas, en las que, además, se llega a observar su estabilidad o evolución en el tiempo.

Estos procesos son posibles en la psicoterapia, siempre y cuando el terapeuta incluya en su praxis una cualidad empática decantada y fluida, en la que integre posibilidades flexibles y sintónicas de influir y ser influido, de animar y ser animado, tanto como de acoger procesalmente afectos y emociones que supongan dolor, rabia o tristeza y demás, complementando, a partir de la experiencia emocional, en el aquí y ahora, lo que en el allá y entonces no tuvo oportunidad de encontrar posibilidad expresiva. De esta manera, la base segura entrampada en el sentimiento de control y poder, de una subjetividad defensiva, puede migrar a un eje de confianza básica relacionada con la plenitud o mayor capacidad expresiva del sí mismo.

El proceso de reversión de la trama subjetiva perturbada requiere de una particular sintonía y resonancia sincrónica, poniendo especial atención al hecho de que mucho de lo que se manifiesta de la memoria procedimental en el paciente se da mediante diferentes formas de actuación, a las que el terapeuta tendrá que responder en complemento sintónico y sincrónico.  Son detalles de lo que, de manera creciente, consideramos como un factor positivo y que hemos tenido a bien denominar “enactments”,  una suerte de experiencia emocional correctiva en la que la expresión del inconsciente encuentra de sorpresa a los protagonistas en un punto de ensamble sintónico y sincrónico.

Los acontecimientos sincrónicos suponen momentos de apertura a una cercanía muy íntima en la que se expresa un monto de seguridad como para arriesgar la ilusión de una respuesta acorde a la intención, en el momento en que se da el requerimiento. El reflejo “espontáneo” del terapeuta, sostenido más por su intuición, es decir, por su “sabiduría emocional” responde sin mediar intención racional, tal como suele ocurrir en la normal situación temprana de apego. Es entonces que ingresamos al terreno de la intersubjetividad, cuando podemos contactar y “resonar” con el paciente, cuando el diálogo es sostenido por una disposición afectiva y trófica que, en principio, nos deja una sensación difusa de bienestar o alegría que se irradia luego en nuestras vidas.

La sintonía permite fluir en la relación interpersonal, en el devenir cotidiano corriente. La intersubjetividad agrega posibilidades a la intimidad; lo que la caracteriza es la presencia de momentos pertinentes de sincronía afectiva, a distancia de interacciones proyectivas o baluartes subjetivos que no permiten “leer” al otro. Este tema nos hace recordar el artículo de Winnicott sobre relación y uso del objeto que, en este caso, aplicamos a las posibilidades de reproducir el escenario del apego temprano en el aquí y ahora, con el terapeuta, con posibilidades para el logro de una regulación emocional que no se produjo en el origen.


Bibliografía

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Damasio, Antonio… Y el cerebro creó al hombre.  Barcelona, Ediciones Destino, 2010.  
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LeDoux, Joseph… El cerebro emocional.  Buenos Aires, Editorial Ariel, 1999.  
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Winnicott, Donald W. ... Los procesos de maduración y el ambiente facilitador.  Buenos Aires, Editorial Paidós, 1993.  
Winnicott, Donald W.... Realidad y Juego.  Barcelona, Editorial Gedisa, 1982.  
Winnicott, Donald... El gesto espontáneo. Barcelona, Editorial Paidós, 2000.  
Yalom, Irvin... El don de la terapia.   Buenos Aires, Emecé, 2003.  

2013/05/27 Dolor que atrapa y dolor que libera


VII Congreso de FLAPPSIP
Hacia un psicoanálisis latinoamericano
"Abuso, dolor, denuncia. Clínica ante la indignación"
Mayo de 2013

El dolor es una alarma programada biológicamente que nos alerta del peligro de un daño físico inminente, lo que moviliza mecanismos reflejos neurofisiológicos y psíquicos de protección homeostática. Si bien tiene un origen genético y una organización neural particular, está inmanentemente ligado, en su regulación sensible y emocional, a las circunstancias propias del apego temprano.

La expresión del dolor tiene formas emocionales y corporales definidas que invocan respuestas de ayuda, protección y consuelo, a la vez que acciones para resolver la causa del dolor.  Como toda la existencia humana, la vivencia de dolor se irá tiñendo de la experiencia que se desarrolle en la interacción con el entorno, en principio con la madre.

La respuesta oportuna y calmante de los primeros tiempos es registrada en la memoria implícita, con el signo de la esperanza resolutiva, haciendo más tolerable el dolor y la conducción de su solución reparativa.

Por el contrario, si la exposición a situaciones de dolor ha sido muy intensa y, más aún, si no se ha contado con respuestas adecuadas del entorno (sintónicas y sincrónicas), la huella mnémica que se origina predispone a una lectura catastrófica del dolor, en particular en lo que atañe al sentimiento de impotencia y desesperanza. La experiencia de dolor deviene en traumática y tiene consecuencias desequilibrantes en relación a la organización de la estructura psíquica del sujeto. Se producen contaminaciones de dolor con rabia, confusión del sentido de la solución, con un viraje del natural pedido de ayuda hacia una reacción agresiva y hostil respecto al objeto que es sentido como ausente, abandonador o no protector (o, incluso, sádico desde una lectura Kleiniana).

En otros casos se produce una organización defensiva que erotiza el dolor o la agresión concomitante.

En las instancias tempranas de la evolución del yo (Self), no hay mayor diferenciación entre cuerpo y mente, entre dolor físico y dolor mental, por lo que hay correlatos asociativos, por ejemplo entre dolor y desamparo, conexión que predispone a una lectura dolorosa de futuros abandonos o desengaños que reactivan la huella de  aquella impronta de dolor.

Se establece una condición traumática que se reactiva en las futuras circunstancias de abandono, pérdida o desengaño. Ése es el dolor que atrapa, el dolor del entrampamiento melancólico, producto de un entorno carente de resonancia empática, en momentos en que el amparo es indispensable, en que es imprescindible la experiencia de ser calmado, de ser acompañado en el dolor y aliviado en el sufrimiento.

Detrás de cada vivencia de dolor hay una historia que se asoma buscando quizás desasirse de ocultas ligaduras que, desde las sombras del inconsciente, nos envían aún el mensaje pendiente de comprensión resolutiva.

El gran problema para abordar terapéuticamente el dolor que atrapa es la inmensa desconfianza que lo acompaña, la tremenda dificultad en declinar la defensa a favor de la esperanza. Los afectos están confundidos y sin regulación, por lo que se aferran al síntoma ante el riesgo siempre inminente de un derrumbe aún peor.

El dolor que libera cuenta una historia diferente, la historia de alguien que una o muchas veces se liberó o, mejor dicho, fue liberado del dolor, lo que lo predispuso a entender el dolor como ubicado en un tiempo, como algo que pasa, algo que a futuro se puede no tener.  En este caso, más bien, se trata de encontrarle el sentido al dolor: a veces puede ser el cuerpo que habla y es escuchado, otras veces es el alma que clama por tener un poco de atención.

El dolor que atrapa funciona a la manera de la melancolía. Al no encontrar la respuesta de amparo requerido, opta por la identificación con el objeto faltante–ausente, sosteniendo la ausencia desde una identificación rabiosa que, más bien, se solaza en mantener el dolor, generando una presencia dolorosa que trata de negar la ausencia.

A la manera de lo que Freud señalara para la angustia, existiría un logro en el desarrollo del yo que hace posible utilizar el dolor como señal. La ausencia de este logro condena a una ineficacia en el trámite del dolor y al uso rígido de defensas que involucran formas primitivas destinadas a la negación, la escisión, la somatización y alteraciones psíquicas y fisiológicas que enraizarán en los linderos de la melancolía y la patología psicosomática.

Una viñeta:
Luego de un prolongado viaje a su tierra, Beatriz, entre otras varias cosas, me comenta lo siguiente:
“Me ha vuelto ese dolor en los pies, ese dolor que te atrapa… Son los dolores que tiene mi mamá. Ya los había empezado a sentir allá, antes de venirme… Ahora sentí por primera vez las cosas como más reales, desmitificando una serie de cosas… a mis viejos los vi como siempre, simplemente que más viejos, pero como que nadie se daba cuenta que estaban más viejos…”

Lo interesante del relato es que aparece un par de días después que había enunciado el título de este trabajo, el cual tenía pensado desarrollar desde la experiencia con otros  pacientes, que tienen en común el cortarse el cuerpo para provocar el dolor.

No es infrecuente que esta paciente me hable de cosas relacionadas a temas o circunstancias por las que voy pensando o sintiendo (o viceversa). En este caso, suma a la lectura de contenido el que al final de la sesión (que era la primera luego de un viaje de un mes a su país de origen) cuando le digo que la he sentido intentando conectarse, pero con bastante dificultad para lograrlo, me responde confundida: “me quieres decir que ya no quieres que venga...?” (Apenas aterrizando me había llamado para ver si la atendía y no tuve horario disponible… Además, había ocupado su hora habitual, a la espera de su retorno, por lo que tuvimos la sesión en otro horario).

A lo largo del año de terapia en que la vengo atendiendo, la aquejaron dolores recurrentes en diferentes partes del cuerpo, en particular en las articulaciones, y había mejorado notoriamente, en paralelo a una mayor cercanía y estabilidad en su relación de pareja, previamente marcada por el control y maltrato al marido, con muestras de gran ambivalencia y confusión (comportamiento en el que ella reconocía rasgos de su padre).

Veíamos con frecuencia cómo se solía sentir invadida por las emociones de sus padres -ambos ambivalentes y confusos, especialmente el padre- de los que lograba mantener una precaria distancia autoafirmativa bajo la forma de expresiones rebeldes o de viajar a países lejanos en los que lograba un relativo éxito de sobrevivencia creativa.

El desencadenante de su último año de dolores y retracción social tenía relación temporal con el establecimiento del compromiso afectivo con su actual pareja, a quien acompaña en su retorno migratorio a su país de origen (el de él).

Su aspecto, modales y voz son los de una niña, Tiene un cerquillo hasta las cejas y el pelo, de color cobre intenso, recogido en “cola de caballo”.  Al principio asistía a las sesiones totalmente despeinada y desarreglada, al punto de dar la impresión de haberse venido en pijama.

Cuando la veo por primera vez, se muestra ávida de contención, trae un cortejo sintomático donde resalta un retraimiento social con tendencia a adormilarse, levantarse tarde y fatigarse muy rápido, todo lo cual motivó una ínter consulta a endocrinología. Le detectan un hipotiroidismo que sintomáticamente no cede con el tratamiento. También, se le prescribe Sertralina, con lo que se consigue alguna atenuación de sus manifestaciones de ansiedad.

Es notorio que, desde la primera entrevista, encuentro una gran facilidad para conectarme con ella, para sentirla, lo que me hace fácil hablarle de lo que ella siente y no puede expresar si no es desde el síntoma. Su abatimiento, su sensación de impotencia, la gran irritabilidad e impaciencia que en particular volcaba sobre su marido o su suegra, fueron poco a poco dejando espacio a una comprensión, que no necesariamente se reflejaba en la disminución de los síntomas.

Las sesiones eran intensas y de gran cercanía afectiva. Acompañarla en su dolor sin impacientarse ha sido tarea de casi un año, antes de verla dar un giro en su disposición social y en la disminución de los síntomas. Los dolores físicos casi desaparecieron. Llama, entonces, la atención la reactivación de los mismos luego del reencuentro con sus padres.

Esta vez, sin embargo, pareciera más el capítulo de una mayor reorientación de sus valencias afectivas.  Se siente reafirmada en el vínculo con su pareja, a la par que sus padres pueden ocupar un lugar en sus propios y respectivos espacios, mientras ella enfrenta el dolor de la separación definitiva.

Un tema que podemos inferir de sus expresiones de vida y, más aún, de ese final de sesión, es su inmenso temor al rechazo y a la pérdida. Las formas regresivas en las que ha estado atrapada y que la mostraban literalmente como una niña de cuarenta años, muestran la estrecha relación con temores de desamparo y profundas necesidades afectivas.

La dificultad en el restablecimiento de la comunicación emocional en nuestro reencuentro muestra cómo, al reactivarse las huellas de la relación con sus objetos primitivos, se atenúa la huella de los nuestros; de allí, además, la distorsión de su entendimiento en el sentido de creer que le estoy diciendo que no la quiero ver más.

Su madre, al despedirse, le entregó un informe psicológico de cuando era adolescente (ella no sabía si era de cuando era niña o de más grande). Me pregunta si se puede entender que, con este gesto, su madre se estaba despidiendo para siempre, ya que el sobre del informe incluía una foto de ella que mamá tenía colgada en un cuadro, en un lugar de la sala.

Como quiera que esta vez viene vestida como una mujer adulta común y corriente y que, además, me dice que ahora sí siente que está enamorada de su marido, le digo que quizás es ella la que siente que ésta es una despedida… aún difícil, que duele… en los pies, en ese lugar sintomático que comparte con la mamá (que es muy poco expresiva).

Como muestra de una posición diferente en su relación objetal, vemos que en este viaje se las ha ingeniado para tener un espacio aparte con su marido. Reserva un hotel cercano a lugares significativos de su infancia – adolescencia, (ella estaba alojada con la familia), porque quiso tener un encuentro íntimo con su cónyugue. Sin embargo, trata de que  no se interfiera el encuentro con la familia, de quienes recoge elogios para él, los que incluyen expresiones de gratitud por haberla ayudado en este último año.

Como quiera que sentía que algo no había terminado de conectarse, al final de la hora le doy un abrazo mientras le digo: “Bienvenida al barrio…todo va a estar bien….”   Se separa, me paga y luego ella me da un sentido abrazo en silencio… “Nos vemos el Jueves”, me dice, mientras se va.

Me parece que está claro aquello del dolor que atrapa.  A las identificaciones sintomáticas físicas con la madre, se suman una serie de detalles de su forma de hablar -a veces pachotesca, vulgar y apabullante- que muestran diferentes vertientes de sostén de identificaciones, también, con el padre. Ambos, padre y madre, fueron personajes inciertos e inasibles, caóticos y contradictorios, siendo el padre especialmente crítico de cualquier cosa, mostrando una negatividad estereotipada…”Todo tiene un pero para él”.

El dolor atrapa la totalidad de su existencia, a la manera de una melancolía de la que logra tomar distancia por períodos más o menos largos en los que, desde un funcionamiento disociado, se separa físicamente de la familia. A distancia, pone recursos adaptativos en función y es capaz de salir adelante en la difícil tarea de auto sostenerse, hasta que colapsa por el gran esfuerzo que supone mantenerse en  esta posición.

La ayuda mucho su creatividad en el diseño de vestidos. Tiene un estilo peculiar –digamos, “hippie”- que pega en un público femenino que lo consume, logrando así un significativo éxito económico. Su relación con su público se hace fluida desde formas superficiales relacionadas con la moda y el consumo.

La relación de pareja se instala de manera peculiar. Ella siente que acoge a un pequeño varón, necesitado de amparo. Lo dirige y estimula. Sin embargo, es él quien termina siendo el que se hace cargo de ella en la misma función, contribuyendo, sin saberlo, a que se instale en una profunda regresión, llena de síntomas y dolor físico, en la que más que el erotismo, prevalece un apego totalmente dependiente – ambivalente (mutuo). Se convierten en una suerte de huerfanitos que se acompañan en el desamparo.

Durante todo un año, se produce una prueba de tolerancia en la que ella constantemente lo ataca con duras críticas que él sobrelleva con estoicismo y cierta resignación pero que, al poco tiempo, trata de resolver mediante la búsqueda de apoyo terapéutico para ella, el cual por entonces me solicitan.

Sus sesiones transcurren en un clima de necesidad evacuativa permanente a la que se suma un esfuerzo de control racional especulativo en el que desmenuza cada detalle de su vida y de la de los demás. Forma ésta con la que mantiene a distancia sus ocultos temores a una mayor cercanía.

Trae una queja constante, un hartazgo de su situación y de sí misma, expresión del mantenimiento de su particular encuentro-desencuentro con sus precarios objetos internalizados-no diferenciados.

En medio de todo este escenario, no deja de haber un halo de ilusión, tonos y formas que invitan a una cercanía que no cala en su interior, que no logra internalizar.

A partir de ello, podemos ayudarla a poner un orden momentáneo en sus pensamientos y emociones, en particular en lo que se refiere a su frecuente distorsión de la realidad, producto de la desproporcionada lectura negativa de las intenciones de los demás hacia ella, en particular, las relacionadas con intentos de ayudarla o alentarla (detalle en el que su suegra pareciera verdaderamente exagerar).

Hay un desencuentro con su cuerpo y su arreglo femenino. Trata de que su busto, bastante prominente, pase desapercibido, medio aplastado, en particular por sentirse negativamente reactiva ante los piropos de los varones.

Tiene un bonito rostro y resulta llamativa desde el color de su cabello, que tiende a arrancarse compulsivamente en la parte superior, hacia la coronilla, causándose dolor.

Desde el inicio, siento una gran conexión con ella, me es sumamente fácil leerla en sus emociones y tonalidades. Desde una posición de niña pequeña, deposita toda su ilusión en la relación conmigo, detalle de una franja histérica que, si bien disociada, me hace vislumbrar posibilidades alentadoras para el pronóstico del tratamiento.  

El dolor que libera empieza a aparecer, muy a la manera de una elaboración de duelo. Se superpone por momentos con el dolor físico, pero tiene más bien matices de tristeza al entender que sus padres son personajes con carencias personales que hacen inútil la espera de que alguna vez respondan a sus reclamos de afecto y reconocimiento.

Puede remontar ocultas idealizaciones puestas en la expectativa de un retorno al entorno infantil idealizado. Se encuentra con estereotipias insustanciales de encuentros que tienen más de corriente y normal que de ideal fantástico o paradisíaco.

Es notorio que en este capítulo de descatectización identificatoria, comienza a reencontrarse con su sexualidad, tanto como con su femineidad. Cambia su estilo de vestir y logra mostrarse suelta en el encuentro social. Hace nuevos vínculos con personas fuera del ámbito familiar en que habita, explora el espacio cultural, termina de reparar su departamento y de instalarse con su marido.

Una luz de ilusión la empieza a acompañar en sus sesiones de terapia, pero no son ya las expresiones de la niña ingenua de los comienzos. Los dolores se han atenuado o no aparecen y una mayor vitalidad va encontrando espacio para retomar actividades productivas. Muy recientemente, empieza a considerar la posibilidad de embarazarse, cosa que previamente rechazaba de plano, entre otras razones, por considerar que no sería una buena madre… Es como lograr sacudirse de las identificaciones con su madre insuficiente y, además, poder declinar ese lado infantil en una criatura  que ahora puede cuidar, como va aprendiendo también a hacer consigo misma. Tiene una creciente capacidad de diferenciar lo adulto de lo infantil en sí misma, al punto de “estar cambiando de voz.”  Va dejando de descargar en su marido las agresiones a las que su padre la sometió, pudiendo, con ello, encontrarlo como sostenedor y amable (en el sentido de digno de amor).

Hay un viraje simultáneo en el sentido de desenredarse de una trampa narcisista en pro de poder relacionarse con los demás, lo que se expresa en una paulatina mayor tolerancia con los otros y consigo misma.  Va aceptando que le hagan atenciones sin sentirse suspicaz. Ella misma tiene gestos crecientes de gratitud y cuidado con sus objetos, en medio de lo cual va creciendo su satisfacción en la cama, sorprendiéndome con relatos de experiencias sexuales vividas con anteriores parejas que la muestran muy activa y animosa, con un especial placer en posar desnuda para ser fotografiada por su pareja de entonces, en lugares insólitos (casas abandonadas y viejas, por ejemplo).

Y, así como se reencuentra con episodios personales de disfrute de sí misma y de su erotismo, empieza a desprenderse de objetos del pasado, en especial de sus ropajes de niña, los vestidos que alguna vez diseñó con los que venía a sus sesiones al comienzo. Como quiera que era todo un cargamento que ocupaba espacio físico, decide ponerlos en remate para salir de ello y dejar espacios para nuevos proyectos que empiezan a surgir en su mente.

Es consciente de que ahora se viste diferente, que su voz es diferente, de que habla diferente con la gente… pero aún hay un halo penoso en desprenderse y aceptar su nueva condición… Es el camino que emprendió en su terapia, la búsqueda de encontrarse y poder ser, un dolor de parto de sí misma, que la muestra ahora más vital y mejor integrada. ¡Valió la pena!