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jueves

2019/09/18 Semblanza psicopatológica de los trastornos del deseo

Semblanza psicopatológica de los trastornos del deseo 

Ubicarnos en el entendimiento del deseo y su devenir, normal o patológico, nos tiene que colocar en un principio en el entendimiento de su significación.

Revisando la etimología[1] del término, encontramos que proviene del latín “desiderare”, compuesto por el prefijo “de” y la palabra “sidus, sideris” (estrella, constelación). En tanto así, provendría de “de sidere”, de las estrellas. Podríamos entender que, en el origen, suponía que la gracia de los dioses sostenía el destino de nuestros deseos y realizaciones. Tenía un sentido más cercano a lo mágico y cósmico, trascendiendo las particularidades del sujeto.

Más allá de la etimología, la Real Academia Española[2], nos aporta otros posibles entendimientos del “deseo”. Rescato el siguiente: Movimiento afectivo hacia algo que se apetece.   

Desear, pues, sería anhelar, sentir apetencia, aspirar a algo. El deseo, por tanto, es el anhelo de cumplir una voluntad o de saciar un gusto. En ocasiones, el deseo surge del recuerdo de vivencias pasadas que resultaron placenteras. Cuando el anhelo por una situación del pasado se torna muy intenso y genera tristeza, se habla de nostalgia…  En otros casos, el deseo es motivado por la potencialidad que se le confiere a aquello que se desea.    El deseo forma parte de la naturaleza humana y es uno de los motores de su conducta.

Sin ánimo de entrar en las múltiples lecturas teóricas que se pueden hacer del deseo, centraré mis puntos de vista en la observación evolutiva del deseo, a partir de la genética y la neurociencia. 

Tengamos en cuenta que el bebé humano debuta en la vida provisto de un potencial indispensable para la sobrevivencia. Éste se expresará mediante impulsores de búsqueda de un complemento, con una programación preestablecida. A partir del encuentro (o desencuentro) del bebé con el complemento, que moviliza su búsqueda, se da comienzo al desarrollo de un registro sensorial y vivencial, el cual se inscribe en lo que llamamos “la memoria implícita” o “huella mnémica”, de naturaleza totalmente inconsciente.   

Dada la condición de absoluta incapacidad del bebé de valerse por sí mismo, el sentido de la búsqueda inicial está indefectiblemente ligado a la necesidad de sobrevivencia, por lo que tiene marcadores muy sensibles respecto a la consecución o falla de esta búsqueda. En estos momentos, importa el encuentro del otro, allí donde es necesario que esté, tal como se espera que ocurra; de ello depende la vida misma.

En el proceso de búsqueda del objeto original participan inicialmente los sentidos, en particular el olfato. A ello se suman complementos para lograr el objetivo de contactar con el entorno protector requerido. Estos complementos son expresiones emocionales y de movimiento, como el llanto o la agitación motriz, que aumentan la presión de la demanda de contacto y atención. No se olviden de aquel dicho popular “quien no llora, no mama”.

Para tener una idea de estos potenciales genéticos de búsqueda, tomemos como ejemplo la realidad observada de que el bebé recién nacido, puesto en el vientre materno, calmado por el calor y contacto con la piel de la madre, por propia gestión, logra encontrar el pezón materno en el lapso aproximado de una hora. Observaciones al respecto han sido realizadas por Nils Bergman en Sudáfrica durante muchos años[3].

Estos momentos iniciales de búsqueda y encuentro del objeto están movilizados por la necesidad de sobrevivencia. Los logros en la relación con el objeto de la necesidad lo protegen del sentimiento de riesgo de muerte y de la angustia de desamparo, medidos en las observaciones de Bergman[4], como un significativo incremento del cortisol sanguíneo ante la separación o ausencia del cuidador.

El registro de la experiencia de encuentro con el objeto de la búsqueda, que puede partir del contacto de piel o el hallazgo y succión del pezón, quedan registrados como una impronta en la memoria implícita.

Quiero relevar el hecho de que desde el comienzo hay un monto energético de búsqueda, componente que habitará posteriormente en el desarrollo de la experiencia y la construcción del deseo; pero, en este momento inicial, tiene una particular importancia el registro del encuentro del objeto de la búsqueda, es decir, del sujeto de quien vamos a ser objeto de atención, con quien se establecerá luego una interacción en la que se intercambiarán roles de sujeto y objeto y se establecerá una mutua estimulación sintónica.

Todo lo anterior constituye el fundamento de la relación basada en la necesidad y el establecimiento de las memorias requeridas para la organización emocional y la integración del ser. Estamos hablando del “cableado” constitutivo de la organización del cerebro límbico del bebé, del hemisferio derecho que es el que muestra mayor predominio de desarrollo durante los tres primeros años.

Un punto central será la experiencia de encuentro, a partir de la cual, el sujeto, sostenido por el entorno, puede fluir desde sus potenciales. Es desde allí que encuentra plenitud el desarrollo de las bases de lo que conocemos como inteligencia emocional y confianza básica. Digamos que, en esencia, se trata de la capacidad para relacionarse empáticamente con el otro y explorar el entorno; de configurar sus deseos y expectativas respecto a sí mismo y a ese contexto en el que le ha tocado vivir, que eventualmente se extenderá en las dimensiones de lo que le gustaría (desearía) explorar (salir, viajar, hacer su vida fuera de los linderos familiares, etc.).

La necesidad de encuentro, a partir del esfuerzo de búsqueda, irá derivando a formas espontáneas de conexión e interacciones lúdicas, desde donde paulatinamente se desplazarán las inquietudes de búsqueda hacia objetos sustitutos de la madre y a una mayor independencia de ella. Una descripción oportuna y teorización pertinente, sintónica con lo expuesto, la encuentro en la visión de Winnicott sobre lo que llama objetos y fenómenos transicionales.

Las fallas en la etapa de necesidad también dejan huellas en la memoria implícita, en una forma que conocemos como registros de carencia o de déficit, lo que supone experiencias negativas en el encuentro con el objeto de la búsqueda o en las experiencias requeridas de interacción con el cuidador. Estas fallas pueden ser de grados variables, pero dejan un común denominador de vacío, de ausencia de una experiencia que debió ocurrir, que no se activó, generando, en cambio, emociones negativas, de desesperanza o rabia. De ello derivan distorsiones o dificultades en la posterior constitución del deseo.  Se trata no solo de la expresión de las dificultades afectivas sino, también, de una integración defectuosa del sí mismo, de sus deseos y de su sentido en la vida.

La adecuada complementación en la relación con el cuidador deriva paulatinamente en posibilidades de individuación y separación de los objetos originales, encontrándose en esta nueva etapa nuevas posibilidades de expresión de la búsqueda, expresada en una natural disposición para la exploración del entorno y una ampliación de la experiencia personal.

En esta etapa es cuando ya va tomando forma la noción de deseo, en una orientación diferente de la original necesidad de preservar la vida. Junto con ello aparecen expresiones relacionadas con el no deseo, el rechazo de lo que pudiera haberse estado aceptando previamente de manera pasiva, vinculado al deseo del otro. Se trata de un delicado tema que requiere ser tomado en cuenta, como una expresión más de la necesidad de reconocimiento del bebé como sujeto singular.

En estas expresiones, la satisfacción corre de cuenta del deseo de hacerlo por sí mismos -ya no asistidos por el cuidador- con una gratificación diferente que parte de la autoafirmación y del sentimiento de poder sostener la realización desde sí, desde la libre expresión de su potencial de hacerlo o lograrlo. Son experiencias que fortalecen al yo, generando huellas que contribuyen a su futuro compromiso en la búsqueda de satisfacer sus deseos.


En el curso de la vida, en el a posteriori de estas instancias tempranas, tendremos como resultado expresiones del deseo que muestran el sello de origen a través del tenor emocional que las acompaña. La gran diferencia se establece allí donde encontramos, de fondo, una problemática entrampada en la dimensión de la carencia; allí donde se complica el sostenimiento del equilibrio del deseo, poniéndose a prueba las fortalezas del yo y sus posibilidades para balancear sus debilidades o déficits.

Voy a hacer, a continuación, un desarrollo descriptivo de algunas características sintomáticas que se nos presentan en la clínica y que tipifican el trastorno en la configuración del deseo.

Al momento de estar ordenando las ideas para esta presentación, me vino a la mente un ejemplo, que considero oportuno en relación a esta temática. Surge en realidad de mi experiencia de vida cotidiana, en el marco del ejercicio de las buenas costumbres, en el edificio donde tengo mi consultorio. Una mañana, hace poco más de un año, yo bajaba en el ascensor. De pronto, éste se detuvo unos pisos más abajo (yo estoy en el piso 15) y subió un hombre a quien no había visto con anterioridad, de unos treinta y tantos años, con la barba sin afeitar, a quien saludé con un movimiento de cabeza. Para mi sorpresa, me replicó, alterado, que yo siempre saludaba de esa manera, que “¿por qué no saludaba como la gente?”. Me quedé callado por un instante, sin saber qué decir, para luego escucharme diciendo “¿Parece que le molesta que lo salude así?” Me respondió: “Claro, pues, ¿cómo no me va a molestar…? Eso no es un saludo, mejor no haga nada”. Fin del viaje. El ascensor llegó a la planta baja y, ya saliendo, mientras se alejaba apurado, le dije “Buen día”, sin encontrar respuesta de su parte. Quizás lo sintió como una ironía o burla. La verdad, ahora que lo escribo, no sé si trataba de ser conciliador o burlón. ¡Tratándose de mí, tengo que tener cuidado! Pero, por lo menos en mi intención consciente, primaba lo conciliador; correspondía ayudarlo a calmarse; no me había molestado con él; es más, no tenía registro de él como vecino (lo cual podría ser también una causa de su enojo).

En primer lugar, perfilemos la presencia de una persona que sube al ascensor con deseos de saludar o de ser saludado, de mostrarse y ser reconocido como buen vecino, tratando de ser o mostrarse amable. Notemos que muestra una falla en la lectura simbólica del saludo. Mi saludo gestual no fue registrado por él como tal. La frustración de su aparente expectativa, movilizó en él una inmediata reacción de enojo, expresión de una inmensa sensibilidad y vulnerabilidad. Parecía sentir mi saludo como una ofensa.  Se dio un viraje súbito hacia una emoción opuesta al supuesto original. Expresó, así, un movimiento afectivo de naturaleza binaria: blanco o negro, lo saludo como él desea o se enoja. De la misma manera, la cualidad del objeto parecía entrampada en esa otra dualidad: amigo o enemigo.  Actuó su enojo impulsivamente, enrostrando al causante de su frustración por la desmesurada afrenta, convencido, además, de la razón de su enojo, con lo cual mostraba fallas en el juicio de realidad, con prevalencia de la fantasía omnipotente y persecutoria.

Es posible, también, pensar que se sintió “ninguneado” por mí, que tal vez nos habíamos cruzado en otras oportunidades sin que percibiera de mi parte una direccionalidad amable hacia su persona. Dada la alta vulnerabilidad en el sustento de su autoestima, tendríamos, como resultante, que movilizó sus expresiones desde una compensación omnipotente que buscaba restituir una herida narcisista. De cualquier manera, en los mecanismos empleados para dar cuenta de su búsqueda de relación, predominaban formas primitivas, con mecanismos de proyección masiva, dejando notar un trasfondo carencial que no permitía sostener la cualidad de un deseo o garantizar su realización. En todo caso, para un lector calificado, queda el registro de una demanda inmensa de atención que no puede ser tramitada. 

El efecto que pudiera originar en su objeto oscilaba entre la confusión, el miedo, la respuesta hostil, el alejamiento y hasta, eventualmente, el entrampamiento en una discusión estéril. Mi respuesta, que intentaba llamar su atención a que lo había saludado a mi manera, tan solo tuvo el efecto de acentuar su desborde, por lo que ya no cabía el diálogo. Lo que necesitaba ahora, era alguien con quien discutir o pelear, estaba atrapado en su emoción hostil. No me volví a cruzar con él. Nunca sabrá que ahora me habitan sentimientos de gratitud hacia él por haberme ayudado con el material para este trabajo

El fracaso en la tramitación del deseo de acercamiento suele condenar a la soledad, con una profundización del sentimiento de vacío que hace inviable la satisfacción de los deseos afectivos de cercanía o reconocimiento. No pueden trascender la trampa narcisista en la que suelen encontrar algún grado de estabilidad emocional. Acaso la compañía de una mascota ayude en esas circunstancias. Son ideales para alguien que requiere de la incondicionalidad de su objeto.

Aunque, bueno, pasa de todo en esta vida. A propósito de mascotas, me acuerdo de otra anécdota de la vida cotidiana. En el inicio de mi jornada laboral, caminaba por una calle, a la vuelta de mi casa, y me encontré, llegando a la esquina, con una escena en la que un perrito de mediana estatura, más bien pequeño, ladraba frenético a otro más pequeño que cruzaba por la acera de enfrente. Ambos llevaban traílla y eran sujetados a duras penas por las empleadas que los habían sacado a pasear.  Prudentemente, al momento de pasar junto al ladrador histérico, tomé la mayor distancia que la calle permitía, con tan mala suerte que fue justo en el momento que mi movimiento llamó su atención y la señora que lo sujetaba tuvo un instante de mayor flaqueza y el perrito saltó sobre mí, alcanzando a morderme el pantalón y rasgarlo de manera increíble. De pronto, quedé con la totalidad de mi muslo derecho expuesto, sin lugar a soluciones pudorosas.

De alguna manera, me sentí responsable de lo que pasó. Yo me había fijado en que el perrito estaba fuera de sí, así es que, echando un bufido, me di media vuelta y regresé a casa a cambiarme de pantalón. En el camino de vuelta pensé en que ese perrito era un peligro y que tampoco se trataba de que los dueños no asumieran su responsabilidad, que quizás la mía era por lo menos reportar el caso al serenazgo; total, podría haber mordido a un niño…  Estaba en esas cavilaciones, cuando, al llegar al lugar del incidente, vi a través de unos barrotes a la empleada, la del perrito, en la puerta del edificio donde aparentemente vivían. Entonces, tomé la decisión de hablar con el dueño; felizmente, tenía un poco de tiempo. La empleada se mostró temerosa y renuente a llamarlo.  Entonces, tuve que presionarla con que avisaría al serenazgo y que se iba a armar un problema mayor para el dueño del perrito.

A los 10 minutos, bajó un hombre de unos cuarenta, hablando por su celular, sin dirigir la mirada a quien se suponía lo estaba esperando. No interrumpió su llamada hasta que terminó con lo que tenía por hablar. Guardó el teléfono mientras se dirigió a mí, diciendo “¿Usted quería hablar conmigo?”. Le expliqué lo que había ocurrido y me contestó: “¿Le ha hecho daño?”  Le dije que me había roto un pantalón de reciente adquisición. Y, bueno, “¿Cuánto cuesta eso?” me preguntó con un tono despectivo. Yo no había pensado en un reclamo de costos por lo que, dudando, le mencioné una cifra aproximada a lo que me había costado, a lo cual respondió: “¿Qué...? ¡nada que ver…!, ¿por un pantalón…?” “Oiga”, repliqué, “su perro me ha causado un perjuicio y le corresponde a usted asumirlo… Él me contestó, “Mire señor, yo no le dije a mi perro que lo muerda”.  Me quedé frío. En ese momento nuestro personaje metió la mano al bolsillo, sacando su teléfono y contestando otra llamada mientras me daba la espalda… Opté por retirarme, reconociendo que era inviable un diálogo negociador en esas circunstancias; estaba perdiendo mi tiempo y quizás terminara perdiendo, además del humor, una hora de trabajo. Eso sí, llegando al consultorio reporté el incidente al serenazgo y me olvidé del asunto. Bueno, es un decir, digamos que traté de rescatarme del mal rato y me puse a pensar, ya desde fuera, en lo insólito de la situación, leyendo los detalles de lo ocurrido en esta psicopatología de la vida cotidiana.  Mis deseos de contribuir con el orden y la justicia quedaron totalmente desairados. Incluso, dudo mucho que el serenazgo haya podido hacer entrar en razón a quien se comportó totalmente a la altura de su cachorro. ¡Fui mordido dos veces esa mañana! Nunca, como aquella vez, pude constatar que los animalitos reflejan el temperamento de sus dueños… ¿o es al revés…? En todo caso, el flujo de las proyecciones agresivas estaba allí, a la vista. 

De este personaje recogemos la observación de una persona inaccesible, de actitud despectiva, negadora, desdeñosa, omnipotente, totalmente agresiva y, ciertamente, sin la menor empatía respecto al daño infligido al otro. Vemos un modelo de funcionamiento en el que se comporta en permanente estado de lucha y el otro es un adversario al que hay que aplastar. El modelo es dominante, impositivo, prepotente.  Uno puede imaginar que el mayor sentido de la realización de sus deseos está por el lado de lograrlo por la razón o la fuerza, en donde la razón, por cierto, es su argumento, el cual puede llegar a desfases groseros del sentido común, a los que los demás deben someterse. Es decir, mantiene un sentido personal de la realidad que induce a pensar en posibles compromisos, también, en su juicio de realidad.

En ambos ejemplos podemos ver rasgos de personalidad sugerentes de narcisismo: uno, pasivo agresivo, demandante; el otro, agresivo sometedor, despectivo. En ambos casos inferimos trastornos en la configuración de sus deseos en la relación con los demás. Es posible, sin embargo, que, en áreas de desempeño autónomo, logren realizar otro tipo de deseos: en el trabajo, empresa, creatividad, etc. Esto casi siempre lo logran en función de apuntalar con ello sus necesidades de compensación por carencias afectivas.   

La evolución del deseo en la etapa simbiótica en situaciones de carencia lleva al sujeto a aferrarse más al ego, al narcisismo, al falso self.  Tiene un motor que funciona permanentemente ligado al terror, a la amenaza, más que al encuentro con el otro. En el universo de la organización narcisista es dónde más vamos a encontrar perturbaciones del deseo. Voy a citar una serie de manifestaciones que nos hablan de un trasfondo carencial de origen.

La huella mnémica activada, moviliza la sensación de amenaza de desastre total.  El futuro se lee como desamparo total y riesgo de muerte.  Se va formando un trauma acumulativo en torno al deseo de la persona afectada por una carencia temprana, que sigue, con desesperación, tratando de fusionarse con el objeto. Se genera la intolerancia a la frustración y una pobre capacidad para la postergación o la renuncia. Algunos tienden al modelo de la satisfacción inmediata del placer, con su correlato de descarte también inmediato. Sus vínculos no conllevan un compromiso afectivo.

La expresión del deseo tiene un carácter de perentoriedad de satisfacción, movilizando reacciones de irritabilidad, agresión o rechazo si no se les presta atención o se les aplaca el pedido, el que muy pronto adquiere las proporciones de una demanda dramática. No tienen mayor intermediación entre el deseo y la actuación. Son impulsivos. Pierden la perspectiva de las consecuencias o de la viabilidad o pertinencia del deseo. Por la variabilidad del deseo, por la inconsistencia del mismo, quieren practicar algo que en poco tiempo abandonan o en lo que no ponen mayor entusiasmo. Sin embargo, en un inicio pareciera que realmente lo desean e insisten en que los apoyen o satisfagan.

Suelen no disfrutar con la obtención de lo deseado, siempre le encuentran un “pero” y desdibujan la sensación de haberlo realizado o recibido. Suele acompañarlos una suerte de perfeccionismo inclemente que se especializa en ellos en encontrar o forzar la sensación de falta o falla. Pueden llegar a destruir su creación o el objeto de deseo obtenido. La búsqueda de lo deseado suele condensarse con lo idealizado, por lo cual es posible que sientan una euforia exaltada transitoria, extremadamente vulnerable a los embates de la realidad. El choque con la realidad moviliza, entonces, una terrible situación de frustración y tristeza incontenible, de desamparo, de autorreproche, una sensación de denigración o engaño, que pronto o en simultáneo se combina con rabia, resentimiento y hetero o autoagresión.

Suelen utilizar la manipulación del objeto, en particular explotando sus culpas o debilidades. En ocasiones, logran inocular en su objeto de deseo la culpa por no corresponder a la fantasía ideal, o sea, a la fusión con él. Suelen concurrir entonces mecanismos de identificación proyectiva y contraidentificaciones. Esto se expresa en una acomodación simbiótica, siempre precaria, con el objeto, una relación especular tan frágil como el cristal que les devuelve la pretendida imagen de sí mismos.

Son muy sensibles a la realización de los deseos del otro, lo cual los vulnera más que anima en la persistencia de la búsqueda de lo deseado. Lo viven como una demostración de que los demás pueden y ellos no, que tienen algo que a ellos les falta. Es posible encontrar en estas personas sentimientos de envidia y fantasías o deseos de que les vaya mal a los demás. De hecho, pueden llegar a sufrir con la felicidad ajena.

Pueden declinar lo deseado en tanto sienten que es algo que no van a lograr o conseguir; desarrollan una suerte de pesimismo que debilita su motivación y esfuerzos por conseguirlo. Una opción a esta condición es apelar a un optimismo utópico que va de la mano de una disposición pasivo – receptiva ingenua y tan mágica e ilusoria como ajena a la realidad.

Existen casos en los que eligen alguna capacidad o talento como instrumento para alejar el fantasma de la carencia; encuentran un incentivo de crecimiento en el que ponen esfuerzo e ingenio suficientes para llegar a constituir un mito de autosuficiencia y grandiosidad omnipotente.  Es, entonces, cuando les basta desear cualquier cosa y la obtendrán, hasta mostrarse exaltadamente generosos con los que representan su condición de origen. En otros casos, esta última actitud puede ser más bien de repudio o maltrato despectivo. 

La agresividad defensiva puede ahuyentar la amenaza del deseo, propio y ajeno, en tanto que moviliza profundos temores de fragilidad, abandono y pérdida, con el consiguiente dolor desestructurante que amenaza con resurgir. Pueden llegar al pánico o a reacciones fóbicas, si no les funciona esa defensa, y huir o ahuyentar a un pretendiente amoroso.

Frente a su objeto de deseo pueden funcionar como dominantes posesivos y controladores, lo que suelen combinar con requerimientos de sometimiento y rebajamiento del mismo. Muy fácilmente pueden hacer alianzas de relación agresiva, de forma tal que mutuamente alejan el fantasma del temido sentimiento de necesidad por el otro y el riesgo de su pérdida, cosa que, por supuesto, no desaparece, pero el lazo continúa. Suelen entramparse en sentimientos de resentimiento o rencor con su objeto de deseo. En estas circunstancias, fantasías de venganza, reproches y maldiciones pueblan su imaginación, manteniendo así, de manera asegurada, un vínculo que no terminan de perder, que se mantiene “vivo” en su mundo de fantasía.  Por cierto, es posible que, trascendiendo este receptáculo del vínculo, opten por oscuras formas de venganza que pueden llevarlos hasta el crimen con la fantasía de obtener así la definitiva posesión de su objeto. 

Podríamos extendernos en el enunciado de rasgos que distorsionan o perturban el deseo en personalidades marcadas por la carencia. De hecho, nos queda también abordar esta problemática en las patologías de conflicto. Pero, no quiero dejar pasar la oportunidad de enfocar y colocar en un primer plano un factor que nos toca a todos en la sociedad en que vivimos.  Me refiero a la configuración de falsos deseos, falsas necesidades, falsas soluciones, al falso reconocimiento o interés que tienen quienes manejan la publicidad en esta sociedad de consumo. Es un sistema perverso, de manipulación de nuestras debilidades, las que son estudiadas al punto que existe un capítulo especializado, el llamado neuromarketing, con la finalidad de movilizar fantasías de realización falaz, favoreciendo el desvío de suministros para una verdadera autoestima. Por ello, quizás tengamos que partir de estar atentos a reconocer el no deseo, o la no necesidad. Reforzar nuestros instrumentos de formación de criterio, con una educación que potencie los recursos del yo para definir sólidamente el diseño de sus deseos, acordes y viables en su colectivo social.

Ahora, bien, desde nuestro lugar como terapeutas, todo lo que podamos detectar como muestra de una falla, de un déficit en la organización emocional de nuestros pacientes (o vecinos) nos lleva a tener en cuenta la importancia de nuestra respuesta emocional o actitudinal. Allan Schore[5], un estudioso del neuropsicoanálisis, enfatiza la necesidad de funcionar terapéuticamente como reguladores emocionales. Esta sería una forma de restituir las condiciones de la falla original. Requiere de mucha cercanía afectiva y de la observación prioritaria de nuestra resonancia emocional, en simultáneo con la posibilidad de sentir al paciente;  incluso, como una forma de sentir por él, a fin de favorecer el desbloqueo de sus afectos y fluir emocionalmente, resonando con él y ayudándolo a resonar con nosotros, en una sintonía que eventualmente logrará matices sincrónicos pertinentes, producto de la mutua apertura y acercamiento inconsciente de los respectivos cerebros derechos, en lo que podríamos llamar una “resonancia simpática”, redondeando la tarea con un enriquecimiento en su capacidad de mentalizar, de favorecer la conciencia de sí mismo.

Quiero cerrar la presentación citando a Eduard Punset:

“… el deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización, la libertad. Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo de vivir y de hacerlo a su manera. Por eso sus autobiografías son más descriptivas que explicativas, pues sus vidas no tanto se deben a los resultados u objetivos cumplidos, sino al sentido inherente al mismo proceso de vivir. Y este proceso, de uno u otro modo, lo establece siempre el deseo…”  “… las emociones están en la base de los deseos y de la inteligencia emocional. Visto de este modo, el deseo se convierte en el portavoz de uno mismo”[6].

NOTAS

[1] Diccionario etimológico World Press en línea. https://etimologia.wordpress.com/2009/09/08/deseo/
[2] Real Academia Española... Diccionario de la Real Academia Española. 6 tomos. Madrid, Real Academia Española, 1970.
[3] Bergman, Nils…  “Tras nacer, un bebé no necesita nada de sus padres, excepto a sus padres, su presencia”.  Entrevista de Diana Oliver en el diario español “El País”, del 4 de junio 2019. 
[4] Bergman, Nils… Cómo actúa el cerebro sobre el cuerpo: opciones comportamentales del recién nacido. París, Sextas Jornadas Internacionales sobre Lactancia, marzo 2005
[5] Schore, Allan… La desregulación del cerebro derecho: un mecanismo fundamental del apego traumático y de la psicopatogénesis del desorden de estrés postraumático.  En: Australian and New Zealand Journal of Psychiatry 2002; 36:9–30
[6] Punset, Eduardo… El alma está en el cerebro: radiografía de la máquina de pensar. Barcelona, Editorial Aguilar, 2006. 


Bibliografía

Bergman, Nils : “Tras nacer, un bebé no necesita nada de sus padres, excepto a sus padres, su presencia”.  Entrevista de Diana Oliver en el diario español “El País”, del 4 de junio 2019.  
Bergman, Nils… Cómo actúa el cerebro sobre el cuerpo: opciones comportamentales del recién nacido. París, Sextas Jornadas Internacionales sobre Lactancia, marzo 2005.
Bowlby, John… La separación afectiva.  Buenos Aires, Ediciones Paidós, 1985.
Damasio, Antonio… En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos.  Madrid, Editorial Crítica, 2005.
Diccionario etimológico World Press en línea https://etimologia.wordpress.com/2009/09/08/deseo/
Kandel, Eric… Psiquiatría, Psicoanálisis y la nueva biología de la mente.  Barcelona, Ars Médica, 2007.
Kaplan-Solms, Karen… Solms, Mark… Estudios clínicos en neuropsicoanálisis.  Introducción a la neuropsicología profunda.  Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2005.
Morales, Pedro… De la Homeostasis al Apego y a la Regulación Afectiva.  Lima, setiembre de 2012.  https://neuro-psicoanalisis.blogspot.com/
Morales, Pedro… De la tarea de hacer consciente lo inconsciente al encuentro relacional de los inconscientes.  VIII Congreso de FLAPPSIP “Clínica Psicoanalítica en el Siglo XXI. Desafíos a la escucha." Lima, 22, 23 y 24 de mayo de 2015.
Morales, Pedro… Del Espacio Potencial al Espacio Potenciado.  Lima, IX Congreso del CPPL: "Subjetividad e Intersubjetividad", 6 - 8 Setiembre 2001
Morales, Pedro… Fluir para Influir.  Lima, XIII Congreso Peruano de Psicoanálisis: “Los Afectos: versiones y subversiones”, organizado por la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, octubre 2013.
Morales, Pedro… Sincronía y regulación emocional en el apego temprano.  Lima, XII Congreso de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, setiembre de 2011.
Punset, Eduardo… El alma está en el cerebro: radiografía de la máquina de pensar. Barcelona, Editorial Aguilar, 2006.
Real Academia Española... Diccionario de la Real Academia Española. 6 tomos. Madrid, Real Academia Española, 1970.
Schore, Allan… La desregulación del cerebro derecho: un mecanismo fundamental del apego traumático y de la psicopatogénesis del desorden de estrés postraumático.  En: Australian and New Zealand Journal of Psychiatry 2002; 36:9–30.
Schore, Allan… Los efectos de una relación de apego seguro sobre el desarrollo del cerebro derecho, la regulación del afecto y la salud mental infantil.  Departamento de Psiquiatría y Ciencias Biocomportamentales.  Universidad de California, Escuela de Medicina de Los Ángeles
Winnicott, Donald W.... Realidad y Juego.  Barcelona, Gedisa, 1982.
Winnicott, Donald... El gesto espontáneo. Barcelona, Paidós, 2000.




CPPL, Espacio Abierto, 18 de setiembre de 2019

miércoles

2006/11/17 Arando en el Mar. A propósito de las Patologías Actuales.

X Jornada Interna del CPPL, "Había una vez, una Institución...".  Lima,  17 y 18 noviembre 2006




Propuestas desde la Psicoterapia Analítica



Del cordel a la red

Del lenguado al pejerrey



Cuando era residente de psiquiatría, en el entonces Hospital Obrero de Lima, era bastante sabido entre los colegas cercanos que tenía una gran afición por la pesca. Al principio pescaba de todo, es decir, todo lo que era posible pescar desde una playa o desde las peñas; de vez en cuando, también, desde algún bote.

Con el tiempo, me fui especializando en la pesca del lenguado; pasaba horas revoleando el cordel (es la técnica), hasta que, aunque no siempre, lograba alguna presa. Una característica de la pesca del lenguado es que suele ser necesario estar metido en el agua, para acercarse más a las hendiduras de la arena donde suele asentarse el pez.

Pues bien, el tiempo ha pasado y tengo menos tolerancia al frío de nuestro océano y la piel se resiente más fácilmente con el sol, pese a los filtros solares. Las ocupaciones, el alejamiento de los compañeros de pesca y la aparición de otras opciones placenteras hicieron que poco a poco fuera dejando menos espacio para esta afición.

La realización de un viejo sueño me devuelve a la playa y a la tentación de la pesca. El asunto del frío, la falta de carnada para lenguado (se usa el pejerrey) y cierto desgano para recorrer las playas en busca de alguna presa fueron dejando sin estrenar los cordeles y anzuelos que seguía comprando en mis viajes y que guardaba para una ocasión como ésta.

Un día, en el verano, observé a un muchachito que, con una red, se las ingeniaba para sacar pejerreyes; era evidente que la red que usaba era para emplearla entre dos. El no tenía dificultades para hacerlo solo, pero me ofrecí a ayudarlo en calidad de aprendiz y, durante un rato, sacamos bastantes pejerreyes. El sacaba los pejerreyes para usarlos como carnada para buscar el lenguado. Es costumbre entre pescadores regalar algunos peces al que te ayuda en estos menesteres. Como no acepté su ofrecimiento, me invitó a pescar con él al día siguiente.

Eso sí lo acepté entusiasmado. Despertó en mí el pescador y me puse a preparar mis avíos, evocando las emociones que van surgiendo cuando contactas con el lenguado, desde la particular manera de picar hasta el hecho de que nunca sabes de qué tamaño es hasta que lo pescas y sientes su peso. Hay que sacarlo con cuidado; si no lo enganchaste bien se puede perder justo al final, cuando revienta la ola; o, si no tienes paciencia, se lo puede llevar la resaca. El juego de recoger el cordel con la presa, con una tensión pareja, sin romper la boca del lenguado; los riesgos y ventajas de usar un cordel delgado, de poner el plomo o el anzuelo en el terminal del cordel...cosas que van surgiendo con la ilusión, experiencia que fue creciendo desde niño, cuando pescaba con papá.

Bueno, el muchachito me dejó plantado al día siguiente. No vino a buscarme, como habíamos quedado. Me sentí engañado, pero, aún así, insistí en buscarlo donde se suponía que íbamos a pescar... Alcancé a ver que se iba con unos japoneses en una camioneta... “cosas de oferta y demanda...” Pensé “¡qué pena que la palabra no pese!” Podía entenderlo, pero no aceptarlo... además, me había movido el bicho de la pesca.

Yo siempre había sido reacio a pescar con cualquier tipo de red. Lo consideraba una traición al deporte, sentía que restaba el encanto de la búsqueda de la presa y el premio de la captura. La elección del tamaño de los anzuelos, de la carnada, de la cantidad de peso, del grueso del cordel, etc., eran para mí todo un rito roto por la tosca captura de lo que cayera en la red. Lo sentía como fallarle al propio pez, sin el sabor del juego, sin honor.

Me puse a conversar con un pescador que estaba en el lugar, un hombre de pueblo (que resultó ser un conocido cantante de la zona), ya mayor, quien me comenta que tiene una red para pescar pejerreyes y me invita a pescar con él... Me dijo que, si me gustaba, me podía conseguir una red, que no era muy cara.

Y, así fue, en consuelo de una frustración, que me encontré pescando con una red. Este señor me explicó los detalles de la pesca de pejerrey con este instrumento. Me convenció. Me hice de mi propia red y, esa misma mañana, me encontré pescando con unos amigos.

Nadie quería parar. La actividad era permanente: entrar, tender la red y luego jalar hasta la playa. Otro amigo se puso a preparar los pejerreyes y pudimos disfrutar de las delicias del pescado fresco y bien preparado. Ya tenía otra vez compañeros de faena; además, en una forma totalmente distinta y lúdica, y…. con extensiones culinarias exquisitas que forman parte de otra evolución, que es capítulo aparte.

Esta migración del anzuelo a la red, como instrumento de pesca, me hace pensar en las variables que siempre existen para dar cuenta de un objetivo cualquiera. La psicoterapia no se escapa a esta premisa, el asunto es que, a veces, podemos quedarnos en la repetición de una sola pauta, pese a que pudiera no dar los resultados esperados, por las razones que fuere. Muchos prejuicios subyacen a nuestra indisposición al cambio. Como en el caso de la red, hay que experimentar para saber si vale la pena.

Yo he pescado lenguados... muchos... pero cada vez hay menos lenguados en las playas. Digamos que hay otros peces accesibles, como los pejerreyes. Si comparamos los peces con los contenidos del inconsciente, los pejerreyes serían otra forma de presentación con la que contactar, obviamente de forma diferente a como se hace con los lenguados. Por supuesto que cada tanto podría presentarse la oportunidad de capturar algún lenguadito, pero también es rico y nutritivo el pejerrey, el deporte de la pesca y el juego de la experiencia humana.

El lenguado, grande y voluminoso, bien podría emparentarse con los visibles resultados del conflicto y la represión; los pejerreyes con la multitud de pequeños trozos de experiencia que forman parte de la estructura del sujeto, que se pueden relacionar en amplitud con experiencias de carencia e inermidad que nutren al conflicto.

Nosotros, cada vez, vamos tomando mayor conciencia de la diversidad de factores intervinientes, tanto en el enfermar, como en el proceso de la cura o del cambio. Los cambios se dan tanto en el contexto de las patologías como en los paradigmas sociales; en los logros de la tecnología y de los medios de comunicación; en el mayor conocimiento de la genética humana, de la bioquímica cerebral y hormonal; en la organización energética del ser humano y de su entorno; en las nuevas formas vinculadas al aprendizaje y a la estructuración de las familias y los grupos humanos en general... Todo ello nos hace pensar en nuevas configuraciones en la organización de las mentes con las que tenemos que aprender a lidiar.

Y, por otra parte, no siempre lo nuevo realmente lo es. La bulimia tuvo lugar entre los romanos, como argumento normal en el desenfreno de los apetitos. Igualmente, la anorexia y la auto restricción sacrificial, a lo Margarita Gautier. Las “neosexualidades” resurgen de un letargo de siglos. Ya en Sodoma y Gomorra estaba presente el tema, el mismo que encontramos en los hábitos normales de la antigua Grecia.

Los problemas de la corrupción y el egoísmo llamaron la atención de Aristóteles... hace más de dos mil años. Por diferentes motivos y circunstancias históricas, nos vemos, una y otra vez, confrontados con el mismo problema con diferentes rostros. Por un lado, la naturaleza del Narcisismo, que resurge desde lo escindido, como en nuestros tiempos, con mayor fuerza, tratando de disimular su naturaleza espectral con disfraces grandiosos, en seres atrapados en el cuerpo o en ideologías que no logran dar cuenta de la necesidad de vínculo humano que les subyace amenazante.

Y, por el otro, el cotidiano conflicto de la convivencia y la problemática edípica. Ahí, lo vedado resurge en la búsqueda de una liberación reformuladora: ya no “hacer” desde el sometimiento atemorizado a la autoridad superyoica o ideal, sino “ser” y “hacer” a partir de una comprensión y renuncia voluntaria a favor de alternativas valoradas por el Yo, desde su propia experiencia en la vida.



“Per via de levare et per via de porre” 
Entre la patología de conflicto y la patología por carencia


También, he analizado a muchos pacientes... no demasiados. La experiencia me ha dejado ver que son pocos los que son abordables en un psicoanálisis clásico, con resultados satisfactorios. De hecho, en las patologías narcisistas que prevalecen en nuestra época, la respuesta terapéutica requiere de un delicado estudio, que deriva en el uso de diferentes técnicas de abordaje.

Por otro lado, mi inquietud y mayor confianza, derivadas de la experiencia, me han permitido rescatar otros instrumentos, otras modalidades, otras variables dinámicas de trabajo recogidas a lo largo de mi formación como psiquiatra dinámico primero y, posteriormente, como psicoanalista. El manejo de los grupos, del psicodrama, de la comunidad terapéutica, de recursos provenientes de la gestalt o del análisis transaccional, la farmacoterapia, etc. han ido encontrando lugar, allí donde el paciente lo requería.

He podido ir rescatando lo más valioso de las disciplinas con las que me ha tocado en suerte trabajar y aprender. Creo que la actual es una época en la que se empieza a emprender el camino de la integración de recursos. Cada vez se comprende mejor que un único abordaje es insuficiente, que no es sólo la neurociencia y sus correctores farmacológicos la que resolverá el problema del paciente; tampoco lo es el psicoanálisis y sólo el psicoanálisis el que producirá tal magia. Algo más, diferente en cada caso, habrá que poner en práctica para ayudar a nuestros pacientes a recobrar la salud.

Los tiempos que nos tocan muestran retos difíciles frente a la patología. Más allá de la problemática narcisista grosera, encontramos un rubro muy grande, al que podría denominarse “los normópatas” (término que escuché por primera vez a Maty Caplansky), personas aparentemente normales, pero a partir de ser una suerte de producto en serie de la época.

Dentro de la “normopatía” es alarmante su relación con lo concreto, la ausencia de posibilidades de manejo simbólico, la -a veces- nula capacidad de pensarse, menos aún, dentro de posibilidades de insight. Un velo límbico nos acompaña, en un concierto deslumbrante de luces que distraen permanentemente su atención hacia un mundo falaz en el que se pierden sin encontrarse porque, en general, además, suelen no buscarse.

En esta normopatía solemos caer. Creamos normas que se apoderan de los creadores. Solemos observar que la teoría o la aparente razón técnica terminan a distancia de su finalidad y de su origen. Con frecuencia nos encontramos tratando de encasillar al paciente en nuestras propuestas antes que nosotros adecuarnos a él. Nos hemos olvidado de relacionarnos con la persona del paciente, nos quedamos en la enfermedad.

Desde esta repetición de pautas, muchas veces he derivado en un sentimiento de estar arando en el mar. La paciencia de pescador nos da muchas veces la clave para esperar que aparezca el pez, la oportunidad de capturarlo. Pero, también, hay un momento en que podemos darnos cuenta de que no es que el pez no esté, es que no estamos pescando adecuadamente. Más aún si a nuestro costado hay alguien que los está pescando. Es entonces que miramos cómo lo hace, qué carnada usa, qué tamaño de anzuelo, a qué profundidad dirige el cordel, etc.

Incluso, en los últimos años, la pesca va quedando obsoleta. No hay que arar en el mar, hay que sembrar en él. Las piscigranjas permiten una productividad asegurada y controlable, con un mayor rendimiento proteico. Esto por supuesto, en el ensayo metafórico corresponderá a nuestra participación en la crianza, en la salud, en la prevención, en el sembrado en terrenos fértiles. En salir - aunque sea un poco- de nuestros reductos aislados. Esto, felizmente, es un fenómeno creciente en la colectividad psicoanalítica.

De la misma manera, se puede trabajar la “pesca” del inconsciente con variaciones en la modalidad. Tenemos alternativas en el uso de la transferencia y en el trabajo focal, dirigiéndonos al fortalecimiento de los niveles de conciencia no exclusivamente desde la interpretación. Podemos acompañar a los pacientes en el mejor conocimiento de sí mismos desde una posibilidad de ser reconocidos en el ejercicio de relacionarse con los demás, de mejorar sus formas de expresarse y mostrar sin temor sus sentimientos, mediante un aprendizaje vivencial en la relación terapéutica.

La “pesca”, entonces, tendrá que ver con el registro de potenciales que ayudamos a desarrollar; con experiencias que no tuvieron lugar en el allá y entonces, que no circulan en el espacio de lo reprimido, pero que establecen demandas de respuesta, en principio, de reconocimiento y aceptación. Entonces, más que “sacar” algo, estaríamos en la situación de “poner” algo, derivado de un importante compromiso con nuestro paciente, desde el interés y la empatía, lo que nos ubica en una “vía de porre” peculiar, ya que esto no debe ser invasivo.

Recientemente, se está prestando mayor atención a las patologías por déficit. Estas son producto de carencias tempranas, de fallas en el contexto primario de la relación con la madre. Estas carencias son extensibles, en la comprensión de la causalidad, a todo nuestro contexto actual, a la estructura social en la que nos desarrollamos. El malestar subjetivo se ve, más que nunca, desbordado por una patología social, por una inmensidad abrumadora de estímulos provenientes de una cada vez más rápida modificación de los contextos y los paradigmas. La tecnología hace de las suyas y convierte en obsoleto, de manera implacable, todo aquello que apenas empezamos a aprender o a lo que comenzamos a acostumbrarnos, subvirtiendo la idea de constancia objetal.

Cuando hablamos de las patologías actuales, nos referimos a un mar de organizaciones sintomáticas, nuevos síndromes que nos plantean retos cada vez más difíciles de integrar desde una sola perspectiva.

La ludopatía aparece en el lugar en que ha fracasado la capacidad de jugar recreativamente. Se convierte en un distractor omnívoro, que pretende la fantasía de revertir el azar y evadir la realidad dolorosa del vacío personal.

La anorexia y la bulimia y, entre ambas, la ingesta compulsiva de alimentos, a más de configurar una problemática derivada de la oralidad, supone un fracaso en la transicionalidad, en donde la relación con el cuerpo queda exaltado por las angustias de pérdida y, en tanto así, se establece una relación consoladora “inconsolable” con el cuerpo, al cual, además, no terminan de configurar. Hay déficit estructural. El espacio psíquico no se ha organizado suficientemente como para sostener la representación de sí.

Lo mismo pasa con esas maravillosas criaturas de gimnasio que sacan brillo a sus cuerpos para lucirlos, para atrapar miradas, todo puesto en el cuerpo sin poder disfrutarlo en una intimidad personal compartida.

En las distintas formas de adicción pasa algo similar. Hay un fracaso en la organización personal y la realización omnipotente en el consumo de drogas pretende, en forma ilusa, llenar el vacío de objeto. Alcanza apenas para dramatizar en sí mismos el terrible desamparo al que sobreviven. Divididos en fantasmas de sí mismos no alcanzan a configurar una unidad.

Todos tienen dificultades para sostener sus límites, para controlar impulsos, para evaluar los riesgos y aprender de la experiencia. Todos han organizado defensas esquizoides de distinto grado de profundidad en las que el punto visible es un falso self que se hace flagrante cuando se ven enfrentados al reto de una intimidad.

La queja corriente, cuando nos visitan estos pacientes, es el vacío. Muchos de ellos han tenido logros importantes en la vida: “tengo una esposa maravillosa, hijos a los que adoro, una posición que a mis 40 muchos quisieran tener, profesionalmente me va muy bien... pero mi mujer se queja de que no me acerco a ella, no soy expresivo con mis hijos, dos de ellos están yendo a terapia... mis compañeros de trabajo dicen que soy un tirano. Y, estoy acá, simplemente porque la empresa esta al borde de la quiebra y no puedo dormir... Si las cosas se arreglan, lo más probable es que no venga, yo me conozco doctor...”, me dice un paciente recientemente.

Podríamos considerarlo un “normópata”: primero de la clase, destacado profesional, frío a la hora de tomar decisiones, no le interesa a quien se lleva por delante con tal de sacar adelante sus objetivos. Ahora, en crisis, se pregunta cuáles son verdaderamente sus objetivos.

Pareciera tener un buen pronóstico dado que es capaz de darse cuenta de todo lo que le pasa, pero el manejo racional está muy distante del niño asustado que vislumbro. El mundo de los afectos ha quedado fuera de su campo de experiencia, sustituido por un mundo marcado por las responsabilidades y obligaciones y un paradigma llamado éxito: profesional, material, familiar, etc.

Pero se da cuenta que algo falta. Algo que ve en otros que disfrutan de sus logros, que son capaces de generar lealtades y que son leales a su vez, cosa que él no puede; con las justas se comunica más allá de lo imprescindible y no registra expresiones de gratitud. Se da cuenta, pero no sufre por ello. Es entonces que empieza a temer perderlo todo. Como que ya se empieza a producir la pérdida (pérdida que ya se produjo, alguna vez, como dice Winnicott), justamente como producto del manejo impersonal de sus relaciones de trabajo.


El común denominador de las patologías actuales es el déficit

Las circunstancias propias de la economía global y el terrible empobrecimiento de nuestros pueblos hace que el movimiento migratorio sea cada vez mayor y la construcción de los ideales de organización familiar sean totalmente distintos a los de hace 30 años. El 70% de la población joven (y no tan joven) se iría del país si pudiera, con lo cual el apego resulta peligroso.

La familia nuclear que conocimos quienes tenemos unos años más, ha sido destruida por las urgencias y renuncias temporales y espaciales a las que nos obliga la economía de consumo.

Se hacen realidad, de forma cada vez más patética, las predicciones de A. Toffler respecto a la conformación de una sociedad del “descartable”. En este contexto, es tremendamente notoria la organización individualista, egocéntrica y narcisista, en cualquiera de sus envases de oferta. Todo funciona en relación a lo inmediato.

En este estado de cosas hay una urgencia adaptativa permanente, con pérdidas y separaciones que apenas tenemos tiempo de procesar. Nos decimos: “no hay que mirar atrás...” Hasta que terminamos con la sensación de que justamente atrás hay un grande y horroroso abismo; entonces, no nos queda más que seguir subiendo...

Apelamos, en nuestra fuga hacia arriba, al principio del placer, al punto de lograr una resultante hedonista generalizada, como ya dijimos, muy “normal”; pero es éste un hedonismo reactivo e insípido en donde el sentido de continuidad existencial individual queda entrampado, con una resultante bastante escuchada en los motivos de consulta: la sensación de vacío.

La realidad virtual sustituye, cada vez de manera más amplia, las relaciones con semejantes y diferentes. Los afectos se suelen desarrollar encontrando formas también virtuales, es decir, idealizadas, no siendo toleradas con facilidad en el contexto de la realidad.


De Príncipe a Sapo

Los rostros de la patología cambian, adquieren nuevas formas o modalidades. Pero, más que ello, hemos aprendido a mirar un poco más allá, sabemos cada vez mejor que tenemos que buscar a Narciso, también, en casa de Edipo. Y que Narciso, más que un arrogante antipático (no siempre aparece así) que le complica la vida al pobre Edipo, es un mendigo atormentado que no tuvo mucha suerte en la vida. Es el príncipe que trata de negar su condición de sapo; un ser atrapado en la omnipotencia como producto del encantamiento aterrador de alguna ausencia que no registró. Dicha omnipotencia le permite sobrevivir, mas no ser en la vida.

No tiene mayor alternativa que aferrarse a una imagen idealizada de sí mismo, -allí donde no se puede ver- y sin tener acceso a las bondades de la intimidad, porque no existe otro o, más bien, porque el otro sigue siendo aterrador en su encanto, ya que lo haría caer otra vez en la trampa original, de la que hay que tomar la máxima distancia posible.

El camino a recorrer pasa por ser un poco más sapo y lograr algún beso cariñoso, desencantador, venga de quien venga, pero que sea auténtico, que aprecie al sapo como tal. El gran obstáculo suele ser la renuencia del sapo a mostrarse y, más aún, a estar en disposición de que surja la oferta del beso. La investidura real del príncipe resiste a ultranza, convencida; resulta un ultraje dejar al sapo en libertad. “Es humillante”, nos dirá, resintiendo el que hagamos alguna aproximación de ayuda que casi siempre le sabe a lástima...”no lo quiero...”, “no es verdad”, “tienes que demostrarme que es cierto...” y, así, se abre la odisea de la cura.

Por supuesto que la solución terapéutica pasa también por ser sapo. Pero sapo sin conflicto es “sapo sabio”. En tanto así, no hay que intentar forzar al príncipe a ningún cambio. A lo más, se le irá reconociendo y respetando su función protectora, más bien sobreprotectora y ambivalente, en los cuidados del sapo. La ambivalencia se sobreentiende si tenemos en cuenta que su realeza no ha encontrado plenitud por tener que estar cuidando a este horrible bicho sin poder tener libertad.

Llegamos a conocer todo tipo de príncipes (y todo tipo de sapos). Como en la historia del principito, cada uno está aferrado a sus galas deslumbrantes y no tolera que se le mire de otra manera que no sea como súbditos obligados a servirle. Buscan atrapar la mirada, no vaya a ser que veamos al sapo... o al reyezuelo desnudo. Con un poco de humor y mucha empatía podemos, por un rato, jugar su juego, hasta que se sorprendan con nuestra posibilidad de disfrutar.

Por supuesto que ninguno cree realmente que disfrutemos del juego. Todos piensan que vamos a tratar de atrapar su mirada desde nuestra propia pretensión principesca. Así, el juego terapéutico puede comenzar con un cumplimiento de nuestros “reales mandatos”, habida cuenta que son hábiles para funcionar en base al deseo del otro. Es una pauta de sometimiento sostenible tan sólo por su adjudicación especular.

Si todo marcha bien, es posible que en algún momento puedan llegar a registrar que no nos es problema el variar las modalidades del juego mientras mantenemos algunas constantes, en especial nuestra sólida disposición e interés.

Esto, al principio, los asusta, pero llegan a reconocer que es parte de un juego del que también son capaces, del que de todas maneras forman parte. Es, entonces, cuando algo de confianza va dando lugar a mostrar al pequeño monstruo, al sapo, al ser sensible escondido y asustado que duda de la posibilidad de ser aceptado y querido.

La sociedad actual no tolera sapos. Busca el escape, la evitación. Recuerdo una vez que andaba tristón y fui a una reunión familiar. Me senté a un lado pensando mis cosas, mirando como se entretenían jugando cartas… Pronto empezó un bombardeo de:
- “¿Qué te pasa...?”
- “Estoy un poco tristón...”, respondí.
- ”Deja tus problemas en el consultorio...”
- ”Bueno, pero estoy así... qué problema hay... no se preocupen, sigan con lo que están haciendo, yo los miro esta vez”.
Pero, no contentos, siguieron:
- “Todo un psiquiatra... ¿no puede resolver sus cosas...?”
Entonces, dije:
- “Bueno… si insisten… Si quieren les cuento de qué se trata...”
Entonces, siguieron timbeando.

Entendamos al “sapo” como la persona que humanamente se angustia, que sufre, que tiene dolor. También la que ama y siente necesidades de depender, a veces de manera exagerada porque siente desamparo. Sentirlo nos llega a avergonzar. Lo que se espera son seres independientes, siempre sonrientes, que no creen problemas, que no molesten.

Así, se organiza la sociedad calmante y evasiva del dolor, del sujeto humano, al punto de la indiferencia o el desprecio del diferente doliente, que es repudiado en su condición (como ocurre respecto a las mujeres o a los “cholos”). Nos criamos en medio de esas premisas. Nuestras madres son las empleadas, muchas veces “cholas o serranas”, que maltratamos “principescamente”, con demandas caprichosas, sin consecuencias de gratitud. Nos desquitamos en ellas de la deuda parental.

La idealización de recursos terapéuticos, como la farmacoterapia o el psicoanálisis, necesita dejar sus reductos excluyentes para entrar en la vertiente de un realismo integrador. El ser humano necesita ser reconocido, despatologizado; y, también, los médicos y terapeutas que tienen que ver con la cura, tendrán que abandonar su lectura idealizada de sí mismos o de sus particulares técnicas y teorías.


El vínculo terapéutico y la búsqueda de intimidad

Este es un viejo tema que nos ha llevado a tomar distancia muchas veces de la amplísima gama de acontecimientos que tienen que ver con la cura, en particular en lo que atañe a la relación médico-paciente como eje sostenedor y, a la vez, como vehículo de cambio, como campo de experiencias, en donde la creatividad da lugar a nuevas inscripciones desde el aquí y ahora.

Aún así, muchas veces nos hemos sentido abrumados por el reto de la cura, hemos hecho heroicos sostenimientos del proceso “a todo pulmón”, con pobres resultados. Cuántas veces no hemos sentido que “aramos en el mar”, reiterando fórmulas constreñidas por un entendimiento agotado que se resiste a renovarse, a mirarse a la luz de los nuevos tiempos... de las nuevas patologías y de nuevas maneras de enfrentarlas.

Algo de un intento de sacudirse del entrampamiento teórico–técnico me parece haber observado en los congresos de Psicoanálisis y Psicoterapia, en donde se convoca, cada vez más, desde la clínica. También, hemos podido observar una creciente preocupación por comprender los instrumentos de la cura, de lo cual deriva una mayor integración y reconocimiento de los recursos de la psicoterapia psicoanalítica, en particular del lugar que tienen las aproximaciones denominadas “de apoyo” en la resolución de la problemática del paciente, como bien nos lo señala Wallerstein (1).

Se nos impone una consideración cada vez mayor al problema de fondo, al común denominador que reiteradamente encontramos en la patología. Me refiero a los problemas derivados de la carencia. No es que nuestro clásico enfoque de la problemática del conflicto no tenga lugar… Por supuesto que lo tiene, pero entiendo que el ritmo de la vida moderna ha socavado la relación humana en todos sus momentos indispensables, tanto en la infancia como en los distintos momentos de la vida, de manera que hay cada vez una mayor ausencia de experiencia de intimidad.

El entendimiento reducido a la problemática de la angustia de castración, tema central en la propuesta freudiana, se queda corto para explicar el vacío de organización proveniente de la ausencia de experiencia de intimidad, de reconocimiento y respeto en tanto individuos singulares. Esto anula la posibilidad de crearse, ante lo cual lo único que queda es “creerse”.


La exaltación narcisista y el “creerse”

En eso, en nuestro país hemos caído hasta el fondo del abismo. “Nos creemos”. Se produce una exaltación narcisista de cualquier atributo, vínculo o propiedad a partir de la cual sentimos una suerte de completud que podemos exhibir, casi siempre ante la mirada envidiosa de los demás; mirada que se da en concreto o que nos la imaginamos, con la cual redondeamos un sentimiento de placer.

El placer consiste en que el otro esté por debajo, cargado de una envidia de la que necesitamos desprendernos, que sentimos necesidad de endosar, viviendo una idealización del sí mismo, exaltación narcisista, proyección o identificación narcisista, triunfo sobre el otro, rebajamiento del otro, control omnipotente del objeto...

Todo esto tiene sabor a perverso por lo placentero, por un lado; y, por el otro, nos muestra una clara presencia de mecanismos primitivos que nos recuerdan el control maníaco y la negación del duelo, de la pérdida, de la carencia.

Los modelos parentales están corroídos por modalidades y esquemas que se reiteran por doquier. En casa se da el uso de recursos que niegan la necesidad humana de sostén o, en su defecto, que niega la necesidad de establecer los límites a la omnipotencia primitiva, moción perversa en la que existe una gratificación a las necesidades omnipotentes de la madre.

En esto se colude el padre, quien es permanentemente un personaje ausente, “abandonador”, que casi siempre se muestra agrediendo o humillando a la madre. Muchas veces se alcoholiza irresponsablemente, mostrándose entonces brutalmente omnipotente.

Se “cree”. Cualquier cosa sirve: ser hincha de algún club, ser peruano, buen amigo, el que paga los tragos (aún a costa de la familia)... Llegamos a creernos que somos lo máximo, cariñosos como nadie; y, admiramos en especial a los extranjeros, (teniendo que pagar una prima monstruosa por querer ser como ellos), a quienes vemos como modelos, siempre inalcanzables. Por otro lado, siempre alimentamos en lo oculto algún desprecio por aquello que nos cuesta reconocer en nosotros mismos.

Siendo así, nuestras identificaciones primitivas con el objeto idealizado terminan en una resultante melancólica. Atacando al objeto en nosotros mismos, con una rabia y envidia que no facilita otro tipo de elaboración identificatoria, porque no reivindica nuestra verdadera identidad. La impronta fratricida, parricida, matricida, la rabia narcisista por lo que no somos, ni siquiera nos permiten rescatarnos desde lo que alguna vez fuimos.

La historia de los incas se truncó justamente durante una lucha fratricida. No se pudo enfrentar al extranjero.  Lo idealizó.  Quisimos ser como ellos, pero desde el remedo...  Aún en las fiestas folklóricas se percibe el intento desde el uso de máscaras; máscaras de nostalgia melancólica utilizadas por seres omnipotentes que nunca terminaron de saciar su voracidad en nosotros (ni siquiera con nosotros), exacerbando esa misma voracidad, pero rabiosa, pero adormecida, pero temerosa, envilecida por el engaño y la costumbre del sometimiento, envilecida por una inocultable envidia que hace que, como hemos dicho, sea posible cualquier identificación.

Es ésa la voracidad envidiosa la que hace que personajes como nuestros políticos festinen obnubilados, a costa del hambre de aquellos que pretenden representar.  Se escinden.  La voracidad envidiosa los atrapa  y como único recurso encuentran la proyección en los hambrientos de su propia voracidad.  Como en el origen de este entrampamiento, en el fondo, los hambrientos esperan su turno, se identifican en el fondo y, también, se sacian, destrozándolos en las encuestas o a través de las parodias de los imitadores.

El problema es que se pierde con ello la perspectiva discriminadora elemental entre lo bueno y lo malo. Una consecuencia natural de esta dinámica es la expectativa de un régimen autoritario.  Alguien que organice la ley, alguien que pueda representar sin robar... la identidad de los representados.  Hasta ahora todos han caído en la tentación; el autoritarismo omnipotente ha sido la consecuencia y el mantenimiento del estancamiento en el que estamos.  Pareciera imposible salir del hoyo... Éste es nuestro mayor reto.

Los constructos reactivos, que vemos desfilar, no están al servicio de sostener experiencias humanas integrativas y terminan en organizaciones de falso self que, como dijimos anteriormente, se adornan con distintos ropajes.

La peor consecuencia para el terapeuta sería no tener vocación de servicio.  Sin haberse aproximado con amplitud a la relación consigo mismo, motivado por la sociedad de consumo o con la finalidad de obtener prestigio personal. Otro riesgo, no poco frecuente, es que el terapeuta se convierta en un esclavo de su técnica, de sus basamentos teóricos o simplemente de las dinámicas grupales que lo llevan a inhibir el procesamiento de su propia experiencia y creatividad.

En el congreso de FLAPPSIP,  el año pasado, alguien (no recuerdo quién) señaló las tremendas modificaciones que se estaban dando en la configuración del contexto de trabajo.  La crisis económica había logrado invertir el eje de la propuesta y era más bien el terapeuta quien tenía que adecuarse a las posibilidades del paciente.  La frecuencia de sesiones de una vez por semana se fue aceptando y para muchos no dejaba de ser psicoanálisis, cosa que antes resultaba impensable con menos de tres sesiones semanales.  Los honorarios, las ausencias por vacaciones, etc., fueron dando espacio a una significativa modificación de los parámetros tradicionales en una plaza tan representativa como es la de Argentina.

Fue hasta gracioso escuchar que esto que ellos viven como crisis es endémico en nuestro medio y que es justamente el motivo por el cual nuestro grupo suele llevar a estos encuentros los trabajos más definidos dentro del terreno de la psicoterapia analítica.

Nuestra labor en proyección social, tanto desde el sentido de una organización que se autosostiene a la par que tiene mayor cercanía a formas variadas de resolución de la patología, integrando en su oferta los servicios de psiquiatría, los abordajes tipo taller, el cine fórum, la familiaridad con el uso de medios y la participación a través de ellos, haciendo una labor de prevención, son los trazos de una serie de variables que fortalecen las posibilidades de trabajar  creativamente en este campo, sin tomar distancia de las concepciones metapsicológicas psicoanalíticas.

Otro elemento importante tiene que ver con la labor de formación de nuestros psicoterapeutas, con un eje cada vez más centrado en la clínica, así como con supervisiones intensivas en el programa de proyección social.  Esto abre una mirada mucho más cercana a la realidad de la demanda de la comunidad y su patología, tanto como del contacto con sus recursos, no siempre accesibles a tratamientos de largo aliento.

Nuestra propuesta curricular ha ido variando a lo largo de los años, acercándonos, cada vez más, entre las cátedras y el objetivo final de nuestra formación: un terapeuta clínico, con amplia capacidad de diálogo con las disciplinas afines y complementarias.

Como es obvio, las nuevas patologías están determinadas por variaciones en el contexto social, por los cambios en los hábitos y las costumbres (culturales, sociales, sexuales, etc.). El avance en la liberación de la mujer ha sido fuente de una serie de cambios en lo que respecta a la relación de pareja y a la constitución de la familia.  

Por otro lado, se dan variaciones en las estructuras de valores, en donde la hipertrofia de la sociedad de consumo prevalece desde el valor de "tener".  En la economía, en la competitividad, en la organización de las empresas (los monstruos monopólicos que antes estaban prohibidos), las novedades tecnológicas fulgurantes, el alucinante cambio en la cibernética y la explotación del juego como fuente de evasión y realización fantástica.  En muchos casos, la televisión se presenta como sustituto  de la relación parental, a manera de una nodriza que distrae.      

A ello, añadiremos la sobrepoblación mundial, las pugnas por el poder, la terrible escalada de la droga y de la corrupción, el culto a la figura, al cuerpo, a las dietas y, finalmente pero de inmensa importancia, el descuido de nuestro planeta y el paulatino efecto de recalentamiento que, año a año, va tocando las puertas de la razón sin ser atendido.

Nota

1. (Wallerstein, Robert… ¿ Un psicoanálisis o muchos? Revista Internacional de Psicoanálisis, 1988, Vol. 69).