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lunes

2019/05/06 De la “Folie à Deux” a la locura cotidiana


2019/05/06 De la “Folie à Deux” a la locura cotidiana

En las épocas en que era residente de psiquiatría, una lectura clínica me llamó particularmente la atención, se trataba de un cuadro clínico, considerado como de rara incidencia; se le denominaba la “locura de a dos” o la “Folie à Deux”, en su versión francesa.

Se trata de casos en los que una persona mentalmente perturbada en su registro de la realidad, con distorsiones clínicas del pensamiento o del afecto, logra influenciar a gente de su entorno cercano: pareja, amigo, empleado, etc., de tal manera que, en grados variables, esta persona cercana se “contagia” de su funcionamiento perturbado, llegando, en algunos casos, a ser un complemento patológico delirante, totalmente involucrado en sus fantasías desquiciadas y muchas veces ejecutor convencido de las mismas.

Es decir que, a partir de la relación con éste, empieza a mostrar indicios de la misma alteración, a nivel del sentir, del pensar o del comportarse, compartiendo, sin dudarlo, las ideas de la persona perturbada. Por ejemplo, puede tratarse de un pensamiento delirante o persecutorio, de sentimientos de grandiosidad o convicciones premonitorias sobre el futuro, entendimientos mágicos peculiares o bizarros sobre la naturaleza de las cosas, delirios místicos, etc...

Un ejemplo de una situación así, de carácter colectivo, es el caso de Charles Manson y el asesinato (por parte de sus seguidores, contaminados por sus ideas) de Sharon Tate y otros.

El sujeto influido de tal manera puede incluso “enriquecer” el delirio original, desbordando la imaginación, a distancia de los lineamientos de la realidad y del sentido común, llegando a formar parte, a plenitud, del estado creado al interior de este peculiar apego, participando ya no solo de la ideación o afectos sino del mismo contenido que adicionalmente se ha recreado en la interacción, en una suerte de “otra dimensión”, otra realidad   -una realidad secreta, idealizada y omnipotente cuando no llena de matices esotéricos o mágicos, de elevación o trascendencia-  que involucra de manera absoluta  sus convicciones y el sentido del ser.

Un sentimiento de unión especial transita entre sus mundos fusionados, o, mejor dicho “confusionados”, casi siempre con el agregado de sentirse indispensables el uno para el otro, compartiendo sensaciones variables entre las que destaca una comunión placentera, tan indescriptible como inédita, algo que por cierto “nadie puede entender”, sólo ellos.  Lo singular de este fenómeno es que, al producirse la separación, el miembro esencialmente “sano” recupera sus capacidades y funciones, es decir, vuelve a la normalidad al salir del campo de influencia del sujeto perturbado, recupera el juicio, reencontrando su identidad y el sentido común de la realidad.

No ocurre igual con el perturbado de origen, quien suele empeorar en su sintomatología y descompensarse, intensificando sus síntomas, agitarse e, incluso, llegar a atentar contra su vida o la de quien hasta entonces lo complementaba en el delirio. Al referirnos al empeoramiento, también puede ocurrir que nuestro personaje “perturbado” apele a mecanismos maníacos de negación y repudio y hasta denigración del objeto hasta el momento parasitado.

Esto último ocurre con mucha facilidad cuando la patología de origen es maníaco-depresiva, a lo que se adicionan características del entorno que lo facilitan, como tener poder, éxito, belleza física, etc.

Por un lapso, a veces prolongado, comparten una experiencia de aparente sintonía total. El vínculo con el otro transita por los linderos de ser uno con el otro; “almas gemelas que vuelven a juntarse” se les puede escuchar decir. La ilusión sostenida por dos da paso al delirio, al complemento perfecto que anula la experiencia dolorosa de una diferenciación capaz de cuestionarla. Se anula la necesidad y el vacío no existe; la realidad está lejos y amenaza; pero ellos, unidos, son absolutamente capaces de suprimirla y su mejor instrumento es negarla, repudiarla por inútil e innecesaria. La única realidad posible es la que ellos sostienen.

Suele ocurrir, sin embargo, que cada tanto asoma la duda inquietante de que el otro pudiera no estar totalmente entregado y, así, aparecen reiterados requerimientos de pruebas, a veces con rostros de tortura y sometimiento a los que el compañero se entrega, configurando, de a pocos, rituales de reafirmación, que mantienen la llama de la omnipotencia y del poder que conjura la amenaza de cualquier mal con rostro de engaño o de abandono. Por cierto, la mayor amenaza es que se rompa el frágil constructo organizado para tapar las temidas carencias de los involucrados en nuestra “folie a deux”.

Podemos ver sin dificultad que se ha instalado una relación que podríamos denominar de diferentes maneras, pero que, en principio, conlleva una realización fusional omnipotente, una simbiosis que dramatiza la absoluta necesidad del otro. El gran problema es que los concurrentes al ritual, en diferente proporción, han vivido severas fallas en relación a sus momentos simbióticos de origen, en el período inmediatamente posterior al nacimiento, cuando la madre es absolutamente indispensable para los fines de vivir y sentar las bases del ser en relación con un otro confiable.

En tanto así, el que realicen ahora, en esta relación tan peculiar, la fantasía restitutiva de aquella falla, tiene como correlato una creciente ansiedad: que vuelva a aparecer aquel vacío doloroso que hizo mella en las posibilidades de confiar e ilusionarse. Esto, más allá de las torturantes necesidades de pruebas de autenticidad, poco a poco se confunde con los traumas que se vivieron debido al abandono, maltrato o falta de reconocimiento empático.

Se oscila, entonces, entre la suspicacia desconfiada y el doloroso temor de perder al otro, lo que no deja de movilizar sentimientos hostiles, ya que la sospecha linda con la convicción y, paradójicamente se enciende más cuando el otro trata de aplacar los fuegos de la herida reabierta con explicaciones o excusas, que esgrimen infructuosamente y que usualmente brotan desde una culpa que no entienden en su origen, pero la sienten.

Como los niños, cuando les ocurre, piensan que algo hicieron mal y por eso su mamá no los quiere y los maltrata por lo que merecen el castigo o, que justifican el abandono “por ser tan malos”.

Momentos hay de creciente confusión y ansiedades desestructurantes, que provocan la ruptura de la relación. Y esto, cuando ocurre, suele ser porque la persona menos perturbada comprende que está verdaderamente en riesgo su existencia como sujeto y que hasta él mismo está en riesgo de perder la vida.

Es entonces cuando detona la separación y la búsqueda de algún refugio salvador, más acorde con la necesidad de resolver las propias carencias o mínimamente rescatar sus propios recursos hábiles para hacerse cargo de sí mismo y sostener su realidad de manera compatible y equilibrada con el entorno.

En el mejor de los casos, en el a posteriori, esto da lugar a un mejor entendimiento del sentido de la experiencia vivida, que le permitirá discriminar mejor la naturaleza de su fragilidad y de su búsqueda, a veces tan terriblemente entrampada en el desvarío traumático de su experiencia temprana.

El otro escenario, el peor, es aquel en que vuelve a buscar cualquier excusa para reencontrarse con el mágico ser con el que compartió el idealizado delirio o que de pronto la vida le ofrezca la oportunidad en encontrarse con algún otro con el cual repetir la historia. Ciertamente, en este último caso concluiremos que se trata de una muy precaria estructura de personalidad, con fallas en el sostenimiento del sentido de realidad, que oscila en encuentros y desencuentros con realidades idealizadas.

Si bien las descripciones de origen, aquellas del inicio de mi carrera, correspondían a complementos como esquizofrenia, paranoia u otra psicosis, con histeria, personalidad infantil o algún otro predisponente rasgo de personalidad, el largo trayecto recorrido hasta el presente me ha mostrado una inmensidad de formas, gamas y matices en las que habita la naturaleza de la locura compartida, desde las más “normales” en apariencia, en las que se unen parejas con problemas carenciales poco notorios o con problemas de personalidad de diferente calibre, que hacen enamoramientos tormentosos, hasta aquellos más difusos y grupales, pero igualmente importantes, en los que nos solemos quedar atrapados, sin la menor conciencia,  como ocurre en los fárragos manipulados de la sociedad de consumo.

Ni qué decir del siempre presente delirio fanático totalitario, que reaparece aquí o allá, con banderas de religiosidad, de reivindicación territorial, de género, étnicos, etc. que, al generarse, no discriminan niveles de diferenciación social, intelectual o cultural; situaciones que tantas veces comprobamos que obedecen a perversas y convincentes manipulaciones de la credibilidad humana.

Sobre este último punto, resulta increíble comprobar cómo mentes brillantes pudieron caer en la locura colectiva que desencadenó Hitler. Que, dicho sea de paso, nos permite reparar en que el influenciado no es solo una manifiesta mente frágil y predispuesta.

La fuerza de la influencia delirante llega a ser totalizante cuando va creciendo en un grupo en el que la convicción deja de lado la realidad y la prudencia más elemental, donde el sentimiento de  omnipotencia es demasiado tentador, más aún, cuando adquiere visos de realidad, cuando todo pareciera constatarlo, cuando el héroe se alza poderoso e idealizado, hasta que no hay límites que detengan sus manejos desvariados, menos aún, si del otro lado hay una humana búsqueda del rescate de una vulnerada autoestima, de una herida narcisista, derivada de alguna humillación no resuelta, como ocurrió con el pueblo alemán después de la primera guerra mundial.

En suma, la posibilidad de influencia es universal y habita en las cualidades innatas que tiene el ser humano para la interacción comunicativa y vincular con sus semejantes, en sus reacciones como grupo, tanto ante situaciones de peligro como en su sentido trascendente como especie.

La orientación del tema que tratamos, busca acercarse a los niveles en que el complemento vincular entrampa y confunde a los protagonistas, de manera que se movilizan en ellos dinámicas que dificultan su diferenciación y los hacen prevalecer en un funcionamiento difícil de resolver en un sentido trófico o sostenible por la razón y la coherencia. Igualmente, nos proponemos abordar la importancia de la influencia positiva como un regulador y facilitador del crecimiento personal, tanto en las relaciones de pareja como en la integración grupal.


El enamoramiento como una locura de a dos


En cierta medida, esta “locura de a dos” se reproduce de manera natural en los estados de enamoramiento, en donde la idealización de la pareja trasciende la relación de objeto. El otro es lo que cada quien quiere encontrar en él; en el mejor de los casos, al amparo de alguna cualidad real que es idealizada. No dejan de mezclarse, sin embargo, diferentes grados de expresiones de cualidades emotivas y expectativas que provienen de la experiencia de vida, en especial de las experiencias infantiles, no siempre vinculadas a circunstancias felices.

En otras palabras, alguien puede entrar en un enamoramiento, encontrando en su pareja los reflejos de una experiencia amorosa feliz con sus padres, asimilada ahora a su condición de adulto, como una continuidad identificatoria saludable y bien integrada.  Pero, por otro lado, en el enamoramiento se puede buscar encontrar en el otro a quien llenará los vacíos de lo doloroso y no resuelto de su situación infantil. En ambos casos se idealiza, pero en el primero hay cercanía con una realidad que está encontrando posibilidades de continuidad en una nueva situación exogámica.

En el segundo caso, muy por el contrario, la idealización es movilizada para tomar distancia de aquellas experiencias dolorosas que han quedado emparentadas a la experiencia de apertura afectiva y dependencia emocional de otro. Los sentimientos de cercanía y unión movilizan los anhelos de fusión, que, en los casos de un desarrollo con apego seguro, dan lugar a experiencias de intimidad, con mayor tolerancia a la separación, a la defusión, a la reconstitución de cada quien como individuo.

El enamoramiento es una de las grandes pruebas frente a la integración del sí mismo. No son huecas las expresiones “estoy loco por ti” o “me muero por ti” o “no puedo vivir sin ti”, etc.

Una persona bien integrada en su desarrollo personal y afectivo, es capaz de “perder la cabeza”, es decir, entregarse al mundo de la fantasía compartida y a los íntimos anhelos de fusión, pero sin perder del todo la objetividad y el sentido común. Y, si eventualmente cae en los encantos de la locura confusional, reproduce las circunstancias de fusión primaria, con mayor o menor dificultad de reestructurar su sí mismo, pero lo logra.
La mutua entrega en el enamoramiento, abre las puertas a la posibilidad de fusión y a un mundo de convicciones idealizadas, propio de los cuentos de hadas. La necesidad del otro moviliza una búsqueda que linda en la obsesión y el anhelo compulsivo. Por cierto, en tales circunstancias, hay una conocida ceguera a todo lo que cuestione el embeleso de la relación.

Desde la forma disfuncional del enamoramiento, se configuran una serie de variables de locura de a dos. No es infrecuente encontrar personas en las que el enamoramiento, suficientemente aderezado por apegos, afecto y sexualidad intensos, convierte al sujeto en un ser totalmente dependiente del otro, capaz de hacer por él (o por ella) absolutamente todo lo que el otro le pida (o le obligue a hacer), con tal de que no lo dejen, con tal de que “lo quieran”.

Es ese literal “me muero por él (ella)”, en donde uno de los dos, o los dos, tienen profundas carencias afectivas y, por tanto, configuran un lazo de intensa necesidad emocional que, como veremos, deriva en una búsqueda de fusión, de dominio absorbente o alguna forma de parasitismo o explotación, con mayor o menor presencia de castigos y maltratos por el pecado de no satisfacer a su pareja, quien, por cierto, demanda una entrega total imposible de saciar.

Son pues los casos en los que se parte de una atracción, en la que uno de los dos supone un poder que le es atractivo al otro, o, al revés, una debilidad que atrae a un “protector” o protectora”. Y la dupla encuentra pronto el cielo al compartir una complementación omnipotente, lamentablemente marcada por una ambivalencia que tiñe de violencia la tonalidad de la relación, en tanto reeditan el trauma de origen más que la vía de su solución.

Lo vemos a diario en las noticias, casi siempre bajo la forma de mujeres masacradas que se aferran a su maltratador. En el extremo de sus consecuencias, está la muerte misma, cuando de aferrarse se trata, en esa paradójica forma de poseer al otro a costa de la vida misma.


El chulo y su prostituta


En algunos casos, cuando se tornan indispensables el uno para el otro, uno de los dos empieza a explotar al otro. La figura que suele prevalecer en este sentido es la del varón que prostituye a su mujer.

En lo cotidiano, lo usual es ver que un hombre “toma posesión de una mujer” y ejerce un dominio total sobre ella; y, siempre detrás de esta relación está “el premio” del afecto, de la presencia y de la protección frente al desamparo, del no abandono, por lo cual la mujer lo entrega todo y siente que es un pacto en el que ella no puede fallar, entendiendo que fallar es no satisfacer los desmanes y abusos de su pareja, quien la deja cuando quiere y la toma cuando se le antoja, ocupando el lugar de quien hay que satisfacer en todas sus demandas. La pareja se convierte en una suerte de bebé voraz.

Si ella no acepta o protesta, la golpea para recordarle el pacto y que éste es el precio que tiene que pagar para mantener la relación. La ruptura le resulta impensable, intolerable, por lo que cede y se somete a cuanta ofensa, humillación o maltrato físico le imponga su “amado”.
Ella simplemente no tiene valor y todo se lo entrega a su explotador, quien, por supuesto, “se muere por ella”, pero no deja de amenazarla con matarla si no satisface sus insaciables necesidades, ya no solo de cosas materiales sino, también, de colocar en ella las emociones más abyectas de su propia naturaleza, despreciándola, rebajándola y torturándola física y psicológicamente, como probablemente él alguna vez fue tratado, implicando una suerte de venganza por abandonos vividos tempranamente.

Él tiene que tener el dominio total. El riesgo es el dolor de verse a merced de esa mala mujer que puede abandonarlo, como ya ocurrió tempranamente en su vida. Peor aún, si vio la misma dinámica en la relación entre sus padres.


La manipulación de la pareja


Una variable de la situación anterior la constituye la inversión de los roles que hemos mostrado. Ella siente la vulnerabilidad de su amante varón y lo acosa con sus demandas de afecto en la forma de riqueza, viajes, regalos, demostraciones de su poder sobre él ante otras mujeres, humillación, chantaje, explotación rapaz, insaciable, muchas veces destructiva, torturas frecuentes por la vía de la infidelidad y el juego del abandono por “otro mejor” (cosa que a veces concretan). El trasfondo angustiante de perderla hace que ceda una y otra vez, sostenido, aunque no siempre, por estratégicas concesiones amatorias que renuevan la fantasía del idílico Edén.

Esta situación es bastante frecuente en personas mayores que, habiendo gozado de los favores de la vida, se encuentran de pronto en la necesidad de negar el paso de los años y, al reaparecer los vacíos que habían podido ocultar hasta entonces, incluso con alguna maestría en el evitamiento de caer en la dependencia en la relación con sus eventuales parejas, disfrutan más bien de la abundancia de la oferta de la naturaleza sensual por la vía del poder, generalmente del dinero o de sus atributos físicos.

Por otro lado, tenemos la historia del Don Juan de la novela “¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?”, de Enrique Jardiel Poncela[1]. En ésta, al final de sus días, el protagonista, un seductor compulsivo, un Don Juan, se encuentra con su versión femenina, que lo derrota en la pugna por prevalecer sobre el otro, sometiéndolo e hiriéndolo de muerte en lo más hondo de su orgullo masculino.

Son esos casos en los que el otro representa el objeto, no tanto del deseo como “el de la deuda”.  Es el otro quien tiene que pagar por las afrentas vividas, haciéndolo padecerlas. El placer deriva de hacerlo sentir inferior, de humillarlo. Esto deriva, por cierto, de una necesidad omnipotente que hace que sea el otro el que sufra, más aún, si él mismo ha funcionado de esa manera, cuando la humillación implicaba el derrumbe de su omnipotencia.

Este es un ejemplo que recogemos cotidianamente en nuestra cultura, prevalentemente machista, cuyo ideal de mujer no solo es alguien sometida, sino que tiene que ser, además, alguien que esté dispuesta a ser rebajada y denigrada, al punto de su total convencimiento de que no tiene ningún valor, nada de lo que haga lo tiene, cayendo en la absoluta dependencia de su pareja, a quien de ninguna manera puede cuestionar.

No hay lugar para una autoestima que se base en otro asidero que el de la relación con su excelso marido. Tanto él como ella han sido influidos por la sociedad para llegar a desarrollar este tipo de emparejamiento. Sin embargo, son las características de la relación con sus respectivos padres, en especial con la madre, lo que marca la pauta de dicho resultado.

También, se da el caso de personas aparentemente normales que desarrollan entre ambos una resultante enloquecedora, que solo se interrumpe con su separación o, en su defecto, con la consolidación de una característica vincular disfuncional, que sostiene el emparejamiento.  Justamente por eso, comparten la relación a la manera de una diada transferencia – contratransferencia, en la que el escenario está sostenido por un juego de roles infantiles que se complementan, la mayoría de las veces derivados de situaciones traumáticas que toman la forma de evocaciones actuadas inconscientemente, de escenas vistas o sufridas, de maltratos vividos en algún momento de la infancia o la niñez.

En otros casos, ya no tan “locos”, vemos cómo se manipulan las creencias y sentimientos de la gente a través de la educación o la publicidad, para crear un convencimiento de cosas que soslayan criterios de realidad o el juicio mismo, como sucede en la sociedad de consumo, que lleva a que el sentimiento de sí, la representación de sí, que conforma un colectivo de subjetividades, termine siendo producto de intereses ajenos a la persona, alienándola de su encuentro con lo esencial de sí misma.

También, podemos encontrar estados de “fusión” entre dos, cuando se desarrolla la maravilla del vínculo entre la madre y el bebé. Esto no es posible, efectivamente, si no hay capacidad para la apertura empática, por parte de la madre, a la conexión más primitiva. El sostenimiento de la relación es predominantemente subcortical, sintónica y, por cierto, a predominio del acercamiento de los hemisferios cerebrales derechos de los participantes.

Con el transcurso de los años, he ido considerando el ejercicio de la psicoterapia, cada vez más, como una interacción de mutua influencia, en la que la trama “loca” (desfasada de la realidad o del presente, que habita en el paciente y es accesible en la medida en que el terapeuta sea capaz de compartir esos niveles de cercanía) se revierte a través de la relación con un terapeuta con posibilidades de influir positivamente en su paciente, al punto de generar con él una mayor posibilidad de cordura, traducida como “destrabar la subjetividad defensiva”, permitiendo un encuentro sintónico con el otro, es decir, con mejores fundamentos empáticos como para sostener posibilidades para la intimidad y un equilibrio afectivo basado en la confianza en poder ser uno mismo, diferenciado de aquel otro con quien mantiene dicha intimidad, con quien puede fundirse sin confundirse, donde, en el decir de Winnicott, es posible la ilusión sin perderse en el delirio.

miércoles

1994/11/25 Identificación proyectiva y patología borderline

III Jornada Interna del CPPL: “La Intervención en Psicoterapia Psicoanalítica”, 26 - 27 de Noviembre 1994



Es posible que todos sepamos, por lectura o referencia, que los pacientes con trastornos psicóticos utilizan, para relacionarse, mecanismos de identificación proyectiva.

Tal vez otros hayan obtenido este mismo conocimiento sobre la identificación proyectiva desde hallazgos ilustrativos en el ejercicio de su trabajo psicoterapéutico, psicoanalítico o –por qué no- psiquiátrico. Puede ser, también, que hayan vivido el fenómeno sin saber de qué se trata.

La experiencia me dice que es relativamente frecuente –más bien la norma- que no nos percatemos cuando se están produciendo fenómenos de esta naturaleza. El hecho de que transcurran esencialmente en el plano inconsciente de la situación de campo -es decir, en el terreno de la comunicación inconsciente-inconsciente entre el paciente y el terapeuta- hace que sólo nos demos cuenta si tenemos un cuidado especial en observar nuestro acontecer en la relación con el paciente.

Muchas veces, un síntoma físico nos da la señal; otras, será una fantasía, un sentimiento súbito, un sueño, una actuación en el “setting” o fuera de éste, etc. En estas y otras circunstancias posibles, un contenido del “self” del paciente penetra en el mundo (“self”) del terapeuta, promoviendo desde allí dichas consecuencias.

Si nos percatamos de ello, estaremos a tiempo de utilizarlo para la comprensión de la dinámica del paciente. Esto es más fácil en los casos en los que “la visita” no irrumpe de manera demasiado arrasadora. Podremos, así, darnos cuenta del “mensaje” que el paciente nos quiere hacer llegar de esta manera. En principio, se trata de la necesidad del paciente de poder “habitarnos”, de que nos podamos hacer cargo del contenido que nos está “encomendando”. Para este trámite, requerimos una capacidad consistente de preservar nuestra identidad e integridad, manteniéndonos a resguardo de las posibles cargas agresivo-destructivas que se nos hacen llegar por esta vía.

Esta fenomenología intenta reinstalar un vínculo por fusión. A través de un vínculo fusional temprano el sujeto quedó interferido en su evolución, en la problemática de individualizarse y, por supuesto, de individualizar; quedó atrapado en el punto justo del pasaje de la lectura subjetiva de las cosas al manejo objetivo de las mismas, allí donde la omnipotencia primaria requiere de garantías para declinar a favor del juicio de realidad. Parte de estas garantías provendrían, en el ejercicio terapéutico con este tipo de pacientes, de la capacidad del terapeuta para sostener, por un tiempo, las identificaciones proyectivas que su paciente le haga llegar.

Esto es fundamental, a mi entender, en el proceso de la cura de estos pacientes, proceso durante el cual reproducen la situación no resuelta de su pasado estructural, la falla estructurante (o desestructurante) que deriva en este tipo de estructura.

Por este motivo, no podemos permitirnos el lujo de poner en un lugar secundario a este difícil, importante y muy oscuro mecanismo, sabiendo que, al enfrentar este tipo de patología, habrá que vérselas con éste.

El terapeuta requiere conocer, más que en otras patologías, los alcances de sus posibilidades personales y su eventual fragilidad frente a este fenómeno. Incluso, es posible que, al término de una jornada atendiendo a estos pacientes, el terapeuta termine “cargado” y hasta, en el caso de una fragilidad especial, “quebrado” y/o con una propensión a actuaciones lesivas para consigo mismo, su entorno y/o –por qué no- hacia el mismo paciente, protagonizando hacia él agresiones, ataques interpretativos, provocando la interrupción del tratamiento, etc., etc.

Ya en circunstancias corrientes es necesaria una cierta labor de “descarga” de parte del terapeuta. Escribir, elaborar el material, supervisar, reunirse con su familia, con los amigos, entre otras acciones, son los modos usuales en que uno “se rescata del bombardeo cotidiano de las identificaciones proyectivas”.

Cabe agregar que, para estar al alcance operativo de las identificaciones proyectivas, hay que poder “abrirse”. Si estamos muy estructurados, muy parapetados tras los artificios de la técnica, podemos rebotar todo intento de llegada de dichas identificaciones proyectivas. Hay, pues, una “apertura profesional” que facilita este proceso, tal vez emparentable con la atención flotante (apertura del inconsciente del terapeuta).

Algunos autores psicoanalíticos, como los Baranger (citados por Etchegoyen) plantean, incluso, que un proceso analítico cualquiera no es completo si no se ha llegado a trabajar en el terreno de las identificaciones proyectivas; y, creo que esto es particularmente válido en el caso de los borderline.

Ahora, veamos que, así como hemos dicho que el terapeuta puede ser vulnerable a las identificaciones proyectivas del paciente, debido a las fragilidades estructurales o circunstanciales propias; pensemos, también, que el border es sumamente vulnerable a las identificaciones proyectivas de los demás. Es posible verificar que, en muchos casos, llegan a “especializarse” en recibir las cargas de las identificaciones proyectivas que los demás buscan depositar en él. Por cierto, lo más probable es que esta condición haya desarrollado a partir del vínculo con una madre que lo necesitó para tal efecto, es decir, para colocar en su bebé los contenidos menos gratos a sí misma. Suelo compararlo con lo que ocurre con el cuy, usado por el curandero para “sacar los malos humores” y, eventualmente, el “daño” de su paciente.

El bebé crece en medio de un proceso de especialización para ser “esponja” de las identificaciones proyectivas de la madre (o del entorno). De esta manera, logra tener un lugar en su medio y sobrevivir. El clima que acompaña a esta resultante constitutiva de su estructura suele ser de malestar, cuando no de amargura, no pudiendo escapar a su suerte, dada su condición temprana de inermidad frente a las identificaciones proyectivas de la madre.

La simbiosis original no se resuelve y, así, el bebé es parasitado por la madre, a quien ciertamente no le apremia para nada terminar con esta situación. Los límites no se estructuran y se instala una condición de membrana permeable, una criba, frente a las identificaciones proyectivas del entorno, constituyéndose, así, en el bebé, una manera de vincularse con los demás.

Es, entonces, un factor importante en la estructuración border, el que la madre no haya sostenido las identificaciones proyectivas de su bebé y, más bien, le haya impuesto las suyas. Vale la pena aclarar que me estoy refiriendo a identificaciones proyectivas desfavorables, persecutorias y lesivas para el bebé, vinculadas posiblemente con la envidia, a la manera como nos lo presenta Melanie Klein en su original propuesta sobre identificaciones proyectivas.

Hago esta salvedad ya que coincido con algunas publicaciones relativamente recientes que, a diferencia de Klein, proponen que las identificaciones proyectivas también son posibles en relación a contenidos buenos y benéficos para con el objeto y que llegan a formar parte, tal vez, de los primeros “objetos internos”. En este caso, la expresión de los contenidos de la madre, en su aproximación identificatoria con su bebé, diría que puede darse casi de la misma manera en la que le transmite los anticuerpos que lo protegen de algunas enfermedades. Creo que las diferentes propuestas sobre esta lectura inducen a pensar que este mecanismo permite acercarse al interior del otro, llegar a incluirse y, en caso de necesidad, poner parte de sí en el otro.

El proceso de individuación trae consigo la posibilidad de simbolizar. Con ello, va declinando este mecanismo a favor de la palabra. Pero, justamente alrededor del fracaso de la individuación, está, también, el de la simbolización y el funcionamiento con predominio del proceso primario, por ende, del vínculo a partir de la identificación proyectiva. Con esta dificultad tendrá que vérselas el terapeuta cuando trabaja con el paciente border, a diferencia de lo que ocurre con el neurótico. Con este último, la labor tendrá que ver básicamente con el levantamiento de la represión, para que surja lo reprimido y el inconsciente muestre las fallas, producto del conflicto edípico.

En el border, el inconsciente está allí, a flor de piel, y desconcierta al desprevenido, en especial cuando se reviste de una apariencia neurótica y sorprende por su capacidad de involucrarnos, de “meterse en nosotros” de una manera inesperada, promoviendo sensaciones ominosas. No hay mayor posibilidad para el “insight” y las cosas giran más alrededor de lo concreto, en una suerte de “in” o “out”, según penetren o salgan contenidos del self. Tampoco quedan muchas posibilidades para la interpretación.

En el trabajo con el paciente border, el concepto de “holding” se hace indispensable y permite, acaso, un sostén para que el terapeuta pueda confrontarlo, en el aquí y ahora, en un proceso que es necesariamente largo. La labor de reconstrucción sugiere la necesidad de una capacidad particular; tal vez aquella que señala Winnicott en la madre capaz de poder enfermar con su bebé en la tarea de ayudarlo a ser. No es, por cierto, la madre primitiva omnipotente, aunque por momentos funcione como tal. Es más bien aquélla que requiere y admite el sostén de su entorno: su marido, su propia madre, etc. Así como esa madre, el terapeuta, en estos casos más que en otros, requerirá sostén. Su propio análisis, la supervisión, su formación profesional, etc., serán indispensables, además, claro está, de la asistencia de su propia madre interna, asimilada a su propia receptividad.

Dada la inmensa fragilidad del paciente y su disposición “especializada”, es muy riesgosa la posibilidad de introducir en el campo de la terapia contenidos propios del terapeuta; y, más aún, cuando estos contenidos surgen como expresión de identificaciones proyectivas; en particular si provienen de núcleos primitivos no resueltos en el terapeuta, cargados de hostilidad agresivo-destructiva. En estos casos, el paciente se “percatará” del malestar de su terapeuta, haciéndolo suyo, poniéndose mal o teniendo fantasías, sueños, etc., relacionados con lo que a éste le pasa.

La reproyección apresurada del terapeuta, las interpretaciones a destiempo, son vividas por el paciente como un ataque o como un rechazo, como una reacción ya vivida previamente en su historia temprana. El terapeuta debe saberlo, especialmente el principiante siempre ávido de hacer interpretaciones “inteligentes”, pero no necesariamente acordes con lo que requiere el paciente.

Volviendo al tema de la fragilidad del border, he llegado a considerar de una manera importante, en su tratamiento, ayudarlo a protegerse de las identificaciones proyectivas de las personas de su entorno, que lo estén usando como depositario. Ayuda a este fin el mostrarle cómo se expone, cómo se carga y cómo, también, absorbe el malestar de aquél que le está transmitiendo dicho malestar.

En esta labor, trabajamos de una manera intensiva con una paciente que funcionaba de una manera muy, pero muy, eficiente pero siempre terminaba totalmente absorbida por su jefe, llegando incluso a desesperarse tratando de realizar propuestas utópicas de éste, al punto de no dormir, buscando encontrar las fórmulas imposibles. Toda su vida estaba absorbida por esto, teniendo, incluso, problemas con su marido y sus hijos. Se llegó a determinar que la paciente había llegado a constituir una especie de “folie a deux” con su jefe y que, al momento de la consulta, esto la había desbordado totalmente. Anteriormente, con otros jefes y parejas, le había ocurrido algo similar.

Se vio la necesidad de ayudarla en la tarea de estructurar no sólo sus tiempos y espacios sino, también, aspectos de su totalidad como persona, ya que funcionaba “fuera de sí” y siempre estaba dispuesta a ocupar el lugar del eslabón que le faltaba al otro.

Una observación interesante fue que, a medida que ella fue reestructurando sus límites, su jefe empezó a expresar necesidades de consulta que, al poco tiempo, derivaron en que la esposa de éste requiriera un tratamiento.

Este último ejemplo, apretadísimo por cierto, muestra algo que es más bien frecuente observar en las relaciones de pareja con características simbióticas, en donde uno de los dos tiende a depositar sus contenidos denigrados en el otro, en un vaivén interminable y siempre difícil de resolver, dada la común búsqueda de sostener la naturaleza simbiótica del vínculo.